JOSÉ JUAN TABLADA: UN PASAJE DE LA FERIA DE LA VIDA. 2ª PARTE.

JOSÉ JUAN TABLADA: UN PASAJE DE LA FERIA DE LA VIDA COMO APRECIACIÓN DE LA REALIDAD DEL ESPECTÁCULO TAURINO EN MÉXICO A FINES DEL SIGLO XIX.

POR JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Segunda de dos partes.

    Vemos que también se ocupa en dar razón de los aficionados de avanzada, esa pequeña élite afortunada en discutir temas de actualidad con ideas tan importantes y valiosas como las de Sánchez de Neira o Peña y Goñi “árbitros de la materia”, con quienes se hará un trazo más correcto de la tauromaquia que merece México y que gracias al papel de José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López, Diego Prieto y otros, fue posible cristalizar aquel proyecto.

   Ahora bien, sobre el acontecimiento que nos describe a continuación se exhiben las condiciones intolerantes de muchos que aun se niegan a aceptar el toreo, por condescender a las formas nacionales que han dominado durante muchos años el ambiente del espectáculo en México, mismo que comienza a desmembrarse ante lo que ya es toda una realidad.

   Sale a flote el síntoma de “patriotería”, arrebatado y descontrolado también. El choque de mexicanos con españoles adquiere resonancias de escándalo, de “vendettas” en el que el arreglo por la vía de la violencia es el último recurso para salvar el honor de lo que apenas unas horas antes -durante la corrida- no pudo quedar resuelto, porque cada grupo es partidario de “su torero”.

   En el patio del F.C. Central, regresando de la plaza de toros de Cuautitlán, recuerdo haberme encontrado de pronto y sin saber como, en el núcleo mismo de una de esas batallas callejeras.

   Los energúmenos patrioteros vitoreaban a Ponciano Díaz y vomitaban los más soeces insultos y las más rabiosas maldiciones, contra “Rebujina” o Rebujiña que había toreado aquella tarde y como la propia madre del torero fuese objeto de las inverecundas blasfemias, el númen de la razón y de la justicia apareció de pronto, de la manera más inesperada… Apareció personificado en un muchacho español, de blusa y boina, con espíritu de paladín y vocación de mártir, que alzando los brazos al cielo, como tomándolo por testigo de la injusticia que reivindicaba, clamó en patética explosión:

   -Pero sheñores, paisanos… qué tienen que ver en eshto México y España y nueshtrash madresh y nuestrosh padresh?…

   Su impresión justa y castiza provocó solo un denuesto más ultrajante y entonces el joven astúr, dándose cuenta de que la razón naufragaba entre los putrílagos del pulque, apeló a los puños y cargando contra los energúmenos a puñetazo limpio, derribó a tres empulcados, hizo huir a los demás y operó el vacío en torno suyo y luego satisfecho de haber cumplido con un deber, pero incapaz en su inocencia de medir el peligro que en derredor preparaba fatales represalias no halló otra mejor que cruzarse de brazos.

   Repuestos de la arrolladora acometida los hampones preparaban la embestida gregaria; uno de ellos alzó una enorme piedra del suelo, otro se llevó la mano al cinto, apercibiendo la traidora “charrasca” y más allá otra voz intentó lanzar el botafuego gritando enronquecida:

   -¡Al hígado… con los gachupines!

   Yo sentí claramente que la tragedia iba a precipitarse y súbita inspiración me movió a conjurarla de la única manera posible. Me puse de acuerdo con mis amigos y señalando a un grupo indistinto de jinetes que a lo lejos culminaba sobre la multitud, rompimos a gritar con entusiasmo:

   -¡Allí está Ponciano, señores…! ¡Vamos a vitorearlo!

   Tratando de reconocer al ídolo, el siniestro y amenazante grupo de poncianistas, hizo un movimiento hacia los charros y aprovechando el movimiento estratégico obligamos al mozo español a subir con sus amigos en una carretela que pasaba y que al punto se alejó…

   El mozo que me identificó más tarde y me brindó generosa amistad convertido en próspero industrial, jura y perjura que fuí su salvador… Casó con mexicana, tiene cinco hijos mexicanos, dos profesionistas distinguidos y los demás industriales e inventor uno de ellos… Imagínese que estrago hubiera causado aquel puñal poncianista que detuvo mi mañoso grito!

   Por lo demás aquel Ponciano cuya fanática idolatría causaba tales paroxismos era buena persona, aunque pésimo torero. Como jinete era excelente y maestro en las lucidas y útiles faenas del jaripeo, muy varonil, muy pintoresco y muy nuestro… En las dehesas de Atenco, Ponciano era el charro de más renombre, pocos le aventajaban en los donaires del lazo, en la difícil suerte de derribar reses coleándolas y ninguno lo superó en la de banderillar a caballo que ejecutó en la Plaza de Toros de Madrid, mereciendo ovaciones y la distinción de aparecer en “La Lidia”, el semanario consagrador de héroes taurinos, en una litografía a colores, ejecutando la suerte tan arriesgada y difícil que nadie después de Ponciano Díaz, su inventor, ha vuelto a ejecutar desde entonces.

   Cuando Ponciano capeó y mató el primer toro en alguna encerrona y por ello fué celebrado, no imaginaba sin duda que iba a ser proclamado prócer del toreo, capaz de competir con los españoles amaestrados y duchos y aun de ofuscarlos… jamás sospechó que iba a ser objeto de aquella popularidad tumultuosa y batalladora y obligado a pesar suyo a pugnar por aquella competencia insostenible en que lo arrojaba el delirio popular…

    Con respecto a Ponciano Díaz, de una cosa estaba totalmente convencido: del uso de sus bigotes, señal de hombría en su persona y que lo fue para los patilludos en España, aunque mal visto en nuestro propio país. De las respuestas que formuló a Eduardo Noriega, su crítico más declarado, bien puede afirmarse que podría aceptar todo cuanto de novedad se estaba imponiendo en el toreo de México, puesto que se ve, consideró su actitud; pero sin saber en qué términos de honestidad, pues diversas actuaciones del diestro en la última década del siglo XIX, dan idea de un fiasco tras otro.

   Precisamente “La Muleta” publicación periódica, fue tribuna para esa nueva expresión del toreo español asentado en México, pero asimismo partidaria incondicional en el nuevo amanecer de esta etapa del toreo. Su hispanismo logró que todo aquello nacional impuesto por Ponciano fuera desapareciendo gracias a una sistemática campaña que luego continuó el mismo Noriega en “El Noticioso”.

     Ponciano era modesto y nada tan ajeno a su carácter como las fanfarronadas y las golferías comunes a la andante torería. Recuerdo haber asistido a una entrevista en que don Eduardo Noriega, el más inteligente y culto aficionado de entonces y cuya autoridad en toros demostró “La Muleta”, aquel semanario nuestro, muy semejante a “La Lidia” matritense, trababa de convencer a Ponciano de la urgente necesidad de torear de muleta, de parar los pies, de evitar los herraderos, de verter a picadores y peones con la propiedad requerida, de corregir, en una palabra las mil transgresiones a las enseñanzas clásicas de que eran reos Ponciano y su cuadrilla… Con respetuoso acatamiento a la inteligencia y a la autoridad de su consejero Ponciano asentía, dándole en todo la razón y estimulado por aquella docilidad, don Eduardo abordó un punto que de seguro le pareció cosa fácil y mero detalle, sin importancia:

   -Por ejemplo, Ponciano, decía el director de “La Muleta”, en la época cuyo traje han adoptado los toreros, con ligeras alteraciones, no se usaban los bigotes… El efecto de los bigotes con ese traje es grotesco; es un terrible anacronismo…

   Creo que el más resabioso toro de Atenco no desconcertó a Ponciano tanto como aquellas palabras.

   Quizás la voz “anacronismo” le pareció especialmente peligrosa y de muchísimo sentido. El caso es que alarmado e indignado ante el probable y urgente sacrificio de sus apéndices subnasales y super labiales, salió como nunca de “estampía”, interrumpiendo a don Eduardo que a duras penas contenía la risa:

   -¡No, don Eduardo… eso sí que no! ¡Yo no me rasuro los bigotes! ¡Haré lo que usted quiera… recibiré toros… me dormiré en la cuna, me atracaré de toro… no moveré los pies! ¡Pero rasurarme los bigotes… Qué va! ¡Lo menos que podría sucederme era que me gritaran gachupín y me quemaran la plaza!

   Ante Ponciano, la realidad del anacronismo se funde en una sola pieza y acaba por absorberlo. Muere en el crepúsculo del siglo XIX llevando consigo un pasado que ya no corresponde con el sentido vigoroso de lo que es esa otra tauromaquia que probablemente se negó a hacer suya, a asumir y a practicar, convencido de que “su” manifestación se convertía en el último reducto de algo propio, algo de lo que él acepta como depositario de búsquedas e invenciones en medio de toda esa libertad que permitió un siglo que, como el decimonónico dejó que el libre albedrío se expresara como una más de las formas del ser del mexicano, libre de todo atavismo con lo español, aunque esto no sea del todo correcto, pues las desviaciones que enfrenta la nueva nación son de orden social y político muy profundas.

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