Archivo mensual: diciembre 2012

EDITORIAL. VUELTA AL ENGAÑO…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Una vez más, ahora en la plaza de toros “México”, se consumó otro engaño, a la vista de miles de testigos que fueron presenciando la materialización de un fraude. ¡Novillos por toros! Evidentemente y como ya va siendo costumbre, no habrá examen post mortem, salvo que ahora apliquemos los aficionados o ciudadanos, la petición de dicha prueba científica a través, por ejemplo, del IFAI, en espera de que así se nos haga caso.

   Autoridades sin autoridad, manirrotas, sin ganas de aplicar el reglamento en vigor, ya sea porque este no tiene suficientes alternativas legales para darle poderes al juez de plaza, o es que esta figura se está viendo sometida por la autorregulación que impone la empresa.

   En ese sentido, diría uno en términos de la dignidad ausente que ¡no se vale! todo lo que vienen haciendo los principales actores, protagonistas o participantes que intervienen directamente en la celebración del espectáculo taurino en este país. Desde las más altas esferas y hasta el componente más marginal en nuestra sociedad, hoy día en que apenas se ha iniciado un sexenio más, la desilusión es uno de los factores que invaden nuestra percepción. Si lo que ha ocurrido o viene ocurriendo en los más recientes gobiernos es espejo de lo que pasa en lo más tangible o descarnado de nuestra realidad, esto nos llena de desaliento. Y tal efecto lo percibimos directamente en el ambiente taurino que no alcanza su auténtica madurez en este país. Recordemos que en el sexenio de Salinas de Gortari se pretendió posicionar a México en los países del primer mundo. Más tarde se reconocería que esto era imposible, de ahí que sigamos siendo, más para mal que para bien, un país subdesarrollado, y parece que ese comportamiento, dicha patología funciona a las mil maravillas en la cosa taurina.

   De verdad, ¡qué pena!

   ¿Qué pretenden todos los partícipes en la organización de los festejos taurinos en el país? ¿Desprestigio? ¿Condiciones precisas para ensoberbecer a los contrarios, y darles, por tanto elementos para consumar sus propósitos, que no son otros que acabar con las corridas de toros?

   A este paso, eso no tardará mucho.

   Es lamentable que los principales motores que mueven el espectáculo, y por tanto el negocio, los ingresos y los egresos. En una palabra: la dinámica financiera se mueva con una mentalidad que no corresponde con la realidad de unos tiempos como los que corren. Imperan diversos criterios establecidos por la modernidad, por la globalización. Y gusten o no, pero el hecho de que ahí están y se han convertido en la amenaza latente en muchas sociedades. Ya se sabe, la tauromaquia es una diversión popular con fuerte carga de elementos anacrónicos que, de quererlo, pueden convivir o cohabitar con el progreso. Pero buena parte de los hechos siguen viéndose manufacturados como si se tratara de aquello que ocurrió cobijado por la informalidad, el relajamiento y la mínima condición de pretender y acometer negocios malsanos, irregulares, truculentos y lo que es peor, asquerosos.

   Con esa forma de pensar o de actuar no se llega a ninguna parte y la única garantía es que el producto o sus resultados sigan siendo esta suma de irregularidades, muchas veces en la inminente frontera con el fraude, si no es que rebasan ese límite y ocupan sin mayor problema dicho territorio, en donde sin el menor miramiento sus involucrados parecen no enterarse de que han logrado cumplir con el desagradable propósito de no pretender, ni siquiera con un poquito de dignidad, hacer las cosas ya no digo con el profesionalismo teórico y pragmático más deseable, sino cobrando conciencia de que metidos en un negocio el hecho es mantener cautiva a una clientela, satisfecha por los buenos resultados. Y los buenos resultados no afloran por ningún lado, o estos son aislados.

   Por ejemplo, la plaza de toros “México” tiene años, sí años, de que no se llena hasta “la bandera”. La empresa ha procurado tener en los festejos en torno al 5 de febrero como su “tabla de salvación”, pero aún así no ha logrado llegar a ese punto, con todo y que acude un público que no es precisamente el taurino, pero que debería serlo en la medida en que se le ofrece un espectáculo que lo atraiga una vez y otra también. Si esos miles de potenciales y nuevos aficionados no acuden al siguiente llamado es porque no les interesa, de ahí que quienes seguimos asistiendo seamos esos sectores reducidos que intentamos no fallar y no traicionar nuestro espectáculo. Pero como puede observarse, a quienes sí nos traicionan son esas partes perfectamente ubicadas en el entorno de la organización del espectáculo, que siguen empeñadas en ofrecer lo que en México decimos: “kilos de a ochocientos gramos”.

   Y es que sólo estamos pidiendo que si anuncian toros, toros deben aparecer en el ruedo, sin que quepa el menor índice de duda. Las figuras, los matadores de toros que para eso están, son quienes deben enfrentarlos y entonces tendríamos el resultado de una fiesta en todo su esplendor. Pero cuando al anuncio de toros, aparecen novillos y al anuncio de matadores de toros estos tienen que rebajar su categoría profesional para convertirse en novilleros. Y lo que es peor, en consumar un engaño, eso es lo que ya no puede permitirse.

   Que las empresas tienen que hacer un esfuerzo y adquirir toros o novillos –según el tipo de espectáculo que organicen-, es su obligación. Que las autoridades deben aplicar las normas, el reglamento y todos los criterios pertinentes para que el desarrollo de la corrida de toros o la novillada sea el mejor es un deseo de muchos. Que la prensa debe cumplir un papel de información, de guía y tutela en plan absolutamente imparcial es también parte de ese proceso de lo deseable y no de la afinidad condicional que existe en muchos casos, lo que impide tener respeto hacia muchos de estos que debiendo ser periodistas, sólo son informadores.

   Que estamos a la espera de que los ganaderos ofrezcan la materia prima en toda su dimensión y no remedos. Ya vemos que el papel de los “veedores” es dañino y que habiendo toros en el campo lo que se ofrece en la plaza no corresponde con la realidad, pero tampoco con la dignidad y respetabilidad del “ganadero-señor” que todos quisiéramos. Son tan pocas las excepciones…

   ¿Hasta cuándo tendremos una maquinaria taurina que trabaje de manera más armónica, equilibrada, con capacidad suficiente de alejarse de todo mal?

   A las clara se percibe que hay muchas en este país, y que tienen una mentalidad emprendedora, positiva. En los toros, esos criterios parecen no existir. 

12 de diciembre de 2012.

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EL ARTE… ¡POR EL ARTE! JOSÉ GUADALUPE POSADA EN LOS TOROS (VII).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    ¿Fue José Guadalupe Posada quien le hizo “sombra” a Manuel Alfonso Manilla, o fue Manilla el que se encargó de opacar a Posada?

   Yo creo que ni lo uno ni lo otro. Posada y Manilla fueron complementarios. Hoy día, no se tiene evidencia de que entre ambos existiera algún trato o amistad. Sin embargo, en el quehacer cotidiano coincidían permanentemente. El trabajo de ambos, antes de la incorporación definitiva de la fotografía, sirvió para enriquecer las publicaciones (fuesen periodísticas o de publicidad) donde participaron al menos en la parte taurina, desde 18856 y hasta 1933 en que deja de haber este tipo de evidencias que, como ya se pudo comprobar, fue producto del remanente o el cierre de imprentas donde se acumularon sus planchas.

   En esos primeros grabados o dibujos, por lo menos los que van de 1885 a 1890 se deja notar un esfuerzo serio por recrear el movimiento reflejado por las embestidas de los toros, o las suertes con capa o muleta, así como la intervención de picadores y banderilleros, lo que supone una intención claramente notoria de establecer, o separar entre toda la dinámica y el movimiento propios en el desarrollo del espectáculo, el momento preciso en que alguna suerte o momento se convertía para cualquiera de los dos, en el instante en el que “detenían el tiempo”; donde el “obturador” de sus ojos se disparaba para recoger la escena más apropiada, misma que pasaba a formar parte del catálogo de sus obras.

   Esos trazos son burdos, y no tienen la composición estética requerida o exigida académicamente. En cambio, gozan del privilegio espontáneo en movimientos ingenuos, lo cual permite resignificar desde este tipo de quehaceres una nueva forma de expresión que es distinta a la de los de una o dos generaciones atrás. Fue, sobre todo en la sexta década del XIX donde las visiones ilustradas en cietos carteles rebasan la fascinación. Años más tarde, y con el paso de la prohibición a las corridas de toros, puestas a fines de 1867, cambiaron en mucho las visiones pues el trabajo de ilustración pasó a la mano y a la inspiración de artistas menores, lo que generó una baja de calidad. Fue hasta que llegaron Manilla y Posada para que las imágenes taurinas se recuperaran lentamente en sus manos.

   Lo que hicieron, uno y otro fue convertirse en colaboradores y enriquecedores de una plástica taurina desde la mirada del grabado o el dibujo, mismos ejercicios que ya venían expresándose abiertamente en diversas publicaciones periodísticas, entre las que debe separarse el que era un trabajo eminentemente político y todo aquel que ilustrase parte de la vida cotidiana, sin faltarle a esa revisión su carga o su toque de ingrediente político, subliminal. Ya lo decía unos párrafos atrás, la “Oca Taurina” de José Guadalupe Posada se convierte en algo así como la summa y concentración de todas sus visiones, la de un taurino enterado, que además proponiéndoselo o no, presenta en cada una de las casillas, la clara y evidente asunción del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna. Allí están reunidas por primera vez un conjunto de escenas o secuencias que dan idea de aquella novedosa propuesta técnica y estética que maduró en nuestro país a partir de 1887 y que ya, para la transición secular, dejaba ver el grado de avance y evolución que alcanzó, justo para comenzar un siglo como el XX, en el que el toreo en México podía considerarse del todo profesional.

   Pues bien, gracias a Posada, como también es gracias a la labor de los frentes de periodistas en sus diversas posiciones y trincheras, el hecho de que sea posible apreciar sus propias interpretaciones al respecto de aquel proceso de evolución que además sucede en tiempos relativamente cortos, si nos atenemos al hecho de que desde 1887 inició la gran transformación, hasta el 1900 en que ya se encuentra levantada la gran obra, que sigue sostenida por españoles, pero que, en tiempo también muy corto, se integraría a aquel conjunto uno de los “nuestros”. Me refiero a Rodolfo Gaona.

   Si observamos con detalle la ilustración de la “Oca Taurina” encontraremos infinidad de referencias y detalles que obligan a un detenido repaso.[1]

OCA TAURINA_JGP_FRENTE

 OCA TAURINA_JGP_VUELTA

    Veamos, para empezar, la imagen central y los cuatro costados del mismo trabajo.

OCA TAURINA_JGP_ILUSTRACIÓN CENTRAL

    En esta ilustración, encerrada en un óvalo, con lo que viene a convertirse en la pieza central del conjunto de imágenes, se plantea la llegada de los nuevos aficionados a la plaza de toros, construcción que emerge con toda su sobriedad y portento, además rematada por la bandera nacional, distintivo perfecto en el que el espíritu del nacionalismo reconoce al espectáculo, pero lo hace suyo. Allí están mezcladas diversas clases sociales que todas se dirigen en “perfecto orden”, siguiendo quizá el principio de la “pax porfiriana” para ir a la plaza. No se trata de un mero pasaje para cumplir con la obligación de entregar una imagen más. Aquí puede notarse el interesante “ojo clínico” de un José Guadalupe Posada que recrea la presencia de elementos sociales que pretenden ser espejo de la forma en que el “orden” está circunscrito a los controles establecidos por un régimen que podría ser tolerante, pero que también podía llegar a la represión. 

   En cuanto a los cuatro elementos ornamentales que adornan igual número de esquinas del grabado en lo general, también pueden apreciarse aspectos definidos que dan idea del cambio sintomático que registró la tauromaquia de aquel entonces, detentada, en lo fundamental por dos figuras a las que, una composición deliberada y particular, me permite encerrar en ese nuevo óvalo. Se trata, no podía ser de otra manera que de Ponciano Díaz y Luis Mazzantini. Cada quien, desde su trinchera, estableció los parámetros más apropiados, o las decisiones concretas y definitivas que convertirían el toreo en un nuevo amanecer. Por tanto, me parece que la construcción de aquellas estructuras se debe a todos esos elementos aquí reunidos, ejes fundamentales del capítulo más depurado de la tauromaquia decimonónica que, en cosa de muy pocos años alcanzó la deseada depuración de todos quienes de alguna manera se sintieron comprometidos en verla evolucionar, gracias a diversas participaciones. 

OCA TAURINA_JGP_CUATRO ELEMENTOS ORNAMENTALES_ARRIBA

 Los elementos de la parte superior.

 OCA TAURINA_JGP_CUATRO ELEMENTOS ORNAMENTALES_ABAJO

 Los elementos de la parte inferior

 …y una feliz y deliberada consecuencia…

 COMPOSICIÓN DELIBERADA

CONTINUARÁ.


[1] La Jornada. suplemento para niñas y niños Un, Dos, Tres, por Mí y por todos mi compañeros. Año IV, Nº 101, 9 de marzo de 2002.

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“VER TOROS” EN OPINIÓN DE CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS”. (CONTINÚA).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. PARTE XXI.

“VER TOROS” OPINIÓN QUE HACE POCO MÁS DE UN SIGLO TUVO EL PERIODISTA CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS” Y QUE HOY SE REVISA Y SE COMPARA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Estamos pues, en posibilidades de comenzar la “disección” al texto que nos ha legado “Carolus”. Pero ¡cuidado!, no hay que caer en el remolino de las pasiones, ni tampoco en el de las comparaciones. Siendo una misma fiesta, es diferente. Las épocas y las distancias van a influir mucho para entender ciertos aspectos, de ahí que sugiera una mirada en perspectiva, con ojos de siglo XXI y una prospectiva hacia lo que nos depara el futuro. Todo aquello sucedido hace poco más de un siglo, no es más que otra condición en medio de su más estrecha posibilidad de evolución y adaptación en un territorio fértil como lo fueron las plazas de toros de este país. A todo ello, hay que agregar el ingrediente de la presencia del ganado español con el que se puso en marcha un proceso de cruzamiento y selección totalmente distintos, con lo que detona la etapa profesional en la ganadería de bravo en México.

   Dice Carlos M. López en una primera parte de su “análisis”:

    En ninguna de las diversiones conocidas, se ve mayor concurrencia, mayor alegría, mayor cantidad y calidad de sensaciones que en las corridas de toros, en ninguna se disfruta de más expansión; ninguna está más de acuerdo con el temperamento de nuestra raza; en ninguna se observa, como en ella, una masa de público en que están representadas todas las clases sociales todos los trajes, todas las profesiones, todos los caracteres. Es la única en donde todos los pesares se olvidan, todas las preocupaciones de la vida.

   Para los afectos a las corridas de toros, un cartel bien confeccionado, es un incentivo de tal manera poderoso, que conmueve las fibras de nuestra alma, desde unos días antes de la corrida, y cuando se llega la hora, todos lo sacrificamos por asistir a ella; nos levantamos de la mesa, casi sin acabar de comer, tomamos a escape el primer coche que pasa, y volamos más que corremos, por temor de llegar tarde y no encontrar buen sitio. La mayor de las desgracias que puede acontecer a un aficionado, es entrar a la Plaza cuando ya el paseo de la cuadrilla hubo pasado.

   Y esto le pasa al niño, al anciano, al obrero, al ministro, al hombre de ciencia, al desocupado, al soltero, al novio, al cargado de familia, al de buen o mal genio, al de temperamento bullicioso o al indiferente y perezoso.

   Y sin embargo de esta agitación y de este interés, cuán pocos de los que allí están, entienden lo que van a ver. ¡Sin embargo de esta escasez de conocedores, qué multitud de opiniones y de consejos, qué variedad de sentencias y reglas, qué cantidad de discusiones, de disputas y de riñas”

   ¿De qué depende esto? ¿Acaso de la falta de conocimientos en los concurrentes?

   Mucha parte, efectivamente, depende de la ignorancia; pero no es eso lo principal: depende de que no todos sabemos ver toros, es decir, no todos vemos allí lo que debemos ver; del mismo modo que de diez turistas que visitan un país, uno tal vez, será el único que lo vea bien, como deben verse las cosas.

   Seremos más explícitos.

    De ello se puede tener la siguiente visión. Que para alguien que vivió el principio de aquella nueva época del toreo en nuestro país, esto a partir de 1887, encuentra, en la perspectiva de veinte años transcurridos, enormes diferencias. Ya es un público que muestra diversos comportamientos, no es una masa compacta y se derivan sus múltiples vertientes, las de un conglomerado informe, como hoy día, el cual asiste a la plaza de toros en diversos afanes e intenciones de aprender o relajarse. Sin embargo, la opinión de “Carolus” a diferencia de la nuestra, es que en él le va la vida con aquel, su empeño didáctico que asume en inusual extremismo de riguroso tutor o responsable de disipar la doctrina más eficaz, sugiriendo ciertos patrones de comportamiento que en ese y este otro tiempo sigue siendo difícil su aplicación, de ahí que siguiera los principios en los que seguramente, el “Centro Taurino Espada Pedro Romero” fijó como los indicados para divulgar el conocimiento que no todos tendrían, pero conocimiento que era necesario para establecer las diferencias entre lo que significaba la lidia de un toro y sus embestidas, o las suertes practicadas en determinados terrenos. En fin, que esa labor didáctica la asumía consciente de contar para ello, con una tribuna que consideraba indispensable para tal difusión. Por lo tanto, concluye con ciertos temores: “(…) de esta escasez de conocedores, qué multitud de opiniones y de consejos, qué variedad de sentencias y reglas, qué cantidad de discusiones, de disputas y de riñas”

   ¿De qué depende esto? ¿Acaso de la falta de conocimientos en los concurrentes?

   Mucha parte, efectivamente, depende de la ignorancia; pero no es eso lo principal: depende de que no todos sabemos ver toros (…)”

   Viene a continuación otra de sus preocupaciones, dirigida a separar o distinguir los diversos grupos o frentes que asisten a la plaza de toros, mostrando cada uno de ellos particular comportamiento:

    ¿Cuáles son las diversas agrupaciones que forman el público de toros?

   Figura, en primer término, por la cantidad, lo que podremos llamar turbamulta, o sea ese conjunto de tontería humana que todo lo ve superficialmente; que no se quiere tomar molestia alguna para averiguar el por qué de lo que está mirando; ese abigarrado montón de individuos de todas edades y condiciones, que sólo van a las corridas por disfrutar del desorden, por gritar, por insultar a mansalva, por ver cosas estupendas.

   Esta fracción de concurrencia os dirá que la corrida estuvo magnífica, si presenció algún suceso extraordinario y terrible, si hubo, muchos caballos muertos, si resultaron cogidos uno o más lidiadores, si hubo escándalo en la Plaza, ya sea porque se cayó un pedazo de ella o porque saltó un toro a los tendidos y resultaron estropeados los espectadores.

   Esta turbamulta, en los toros, es lo que caracteriza a la bestia humana.

   Otro grupo, de no escasa importancia, es el de los que van allí por no tener otra parte a donde ir, por costumbre de asistir a cuanta diversión se presente; que no van por lo que pasa en el redondel, sino por ver la gente, por saber quiénes van, porque los vean a ellos, o por cualquier otro motivo baladí, que está muy lejos de relacionarse con lo que ha de pasar entre los dos luchadores: la fiera y el hombre.

   Este grupo sobra allí, como sobran en todas partes. Puede decirse que constituye el público de género neutro, tan perjudicial en política, como en ciencia, como en sociedad, como en todo.

   Preguntarle sobre el éxito de la corrida, es hablarle en griego. El no entiende de esas cosas; no va allí a eso.

   En seguida, viene el grupo de los villamelones, es decir, de los que presumen mucho, pero nada saben; de los que aplauden cuando debieran silbar y silban cuando debieran aplaudir, de los que tratan de tú a los toreros y los dirigen desde la barrera; de los que gritan que pongan banderillas los matadores, sin saber si quieren o pueden hacerlo, y si conviene; de los que increpan al cambiador de suertes porque dispone esto o aquello; de los que gritan “nóoo” cuando no es de su gusto lo que ordena el regidor o lo que hace el torero; de los que regalan la oreja del toro aun cuando no les pertenezca; de los que discuten sin cesar y de los que disputan por todo.

    Califica de “turbamulta” a ese conjunto de “tontería humana” que todo lo ve “superficialmente”. La cantidad de esa gente puede ser considerable, si se aprecia o se distingue con particular conjunto de expresiones y comportamientos que aducen su declarada presencia, la que, para nuestros tiempos, y no hace mucho relativamente, Juan Pellicer Camará calificaba como “público transitorio”, ese que se deja seducir por un cartel, o por los toreros, pero que no acude precisamente para otra cosa que no sea divertirse, pasar el rato, relajarse, descargar sus iras, sus frustraciones sin conocimiento de causa. Es un público que así como podría dejarse influir por las demás opiniones, podría terminar polarizando e influyendo definitivamente en las decisiones generales, como sucedía y sucede en aquellos y estos tiempos. Es decir, que tal presencia no ha cambiado significativamente dentro de los afanes que tendríamos quienes hemos acudido por años a la plaza de toros. Ese cambio, a lo que se ve, es difícil y complicado. A la plaza de toros ingresa una multitud variable, diversa en opiniones que, por tanto, tiene el derecho de estar allí, aunque lo que suceda se determinará, en buena medida, por elementos que se dan sobre la marcha. El de toros, es un espectáculo que transcurre sin saberse, hasta el final del mismo, cuál o cuáles pueden ser sus balances definitivos, concretos. La causalidad y la casualidad se hacen presentes en el desarrollo del mismo. Características del ganado, condiciones del tiempo, detalles previstos e imprevistos, un momento preciso e inesperado, todo eso puede influir en el curso y desarrollo del espectáculo. Quizá ese sector de personas no lo aprecie como lo aprecia, al detalle el aficionado, el enterado, y no tomar en cuenta tales circunstancias los aleja de toda posibilidad de tener el balance más apropiado del festejo que se encuentran presenciando. Hay quien, estando a nuestro lado no tiene idea clara de diversos significados artísticos, técnicos o rituales que se procesan en la corrida de toros en cuanto tal, y aunque lo dan por hecho, son ajenos a la dimensión absoluta del mismo (si por absoluto es lo más completo en la apreciación, en donde podemos contar con una mejor y más completa mirada de toda esa espectacular puesta en escena). 

CONTINUARÁ.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 1713.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Poca información tenemos del Lic. D. Diego Ambrosio de Orcolaga, Abogado de la Real Audiencia de la misma Corte, quien sacó a luz una espléndida obra el año de 1713, por motivo de la celebración –por espacio de Tres Semanas-, del Natalicio del Serenísimo Señor Infante de las Españas El Sr. D. Felipe Pedro Gabriel…[1]

   Veamos qué nos dice Orcolaga:

1713

Si de Astros, y de Estrellas, son fanales…

 

Si de Astros, y de Estrellas, son fanales

del Vulgo de las luces, Presidentes,

no se vieron jamás concursos tales,

venir de las comarcas diferentes

el arte, el gusto y la naturaleza,

ni con más Majestad, ni más grandeza.

Los balcones que al sol fueron lumbreras,

en orden tan valiente descollaron,

que Babilonios fuertes, las esferas

o Babeles confusos los juzgaron:

No sin razón, porque sus primaveras

en fecundos pensiles se atraparon,

y las lenguas, que elogios pretendieron

en tanta multitud, se confundieron.

Mayo, y abril parece que en tal día

barajados en flores se apostaban,

si de ámbares el uno flux decía,

en otro las primeras se miraban:

Cada cual entre si se compería (sic),

cuando por puntos de amalibea luchaban;

que en tales lances, bien supo el verano

por rendirse al real pie, ganar de mano.

La belleza, donaire, y gentileza

de racionales, de cupido arpones

más cuerpo supo a dar su belleza

por robar con más alma, corazones!

Si bandolera aquí naturaleza

a sus leyes fundando en sin razones

dejó a esta gracias, parcas de las vidas

de ella prendadas, del primor prendidas.

 

(La Fiesta de los Toros)

 

En continuado triduo le jugaron

de los que Diana[2] aquel favor menguante

medio círculo enfrente señalaron,

(dilema de la parca terminante!)

cuyo denuedo intrépido juzgaron

ser de otra esfera monstruo dominante,

y es que quizá se desprendió en un vuelo

en tauro transformado, el león del cielo.

De Europa, y de Pasiphe los amados,

de Perilo tormentos encendidos,

de Jafan los ardientes apagados,

y de Jarama linces conocidos,

de toda esta tarde toreados

se vieron acosados, y curtidos,

que en el valor, y el alma de tal día

cobarde se escogió la valentía.

Por que puesto en la lid, el bruto fuerte,

horrible gladiador de arena tanta,

si su fiereza hermosa los divierte,

su despego, y orgullo los espanta;

mas si su vista es teatro de la muerte,

y del asombro su membruda planta,

desvanece esta máquina arrogante

el filo ensangrentado, de un infante.

El jueves, ya que al cesar se le daba

lo que era suyo, a DIOS de todo dueño

de sus mismas finezas se tomaba,

para gratificarle en tanto empeño:

Luz de la zambra del que celebraba

Melchifedec, y Aarón le dio en diseño,

y en el Pan de los Ángeles, de Nieve,

a DIOS le paga con lo que a Dios debe!

Con el que en la vía láctea fue amasado

pan en flor de azucena, siempre bello (…)[3]

   Las astas de los Toros, fingen el semicírculo de Diana (la –del toro de Júpiter, robador de Europa, y de los de aliento de llamas que Jasón apagó con la magia de Medea), cfr. Ovidio, Metan. 2, 846, y 7, 100… –De la demencia de Pasifae, Virgilio, Egl. 6, 45 (y R. Darío, La Gesta del Coso). –Perilo, artífice de Atenas, forjó para Fálaris un toro de metal, que caldeado, arrancaba mugidos a sus víctimas encerradas en él… –Tales mitologías taurinas, las zahiere lindamente D. Leandro de Moratín, en La derrota de los Pedantes; mas olvidó la egregia oda de su padre, D. Nicolás, a Pedro Romero… (Méndez Plancarte).

   Nuestro siguiente autor es el que puede considerarse como el primer cronista taurino: Fray José Gil Ramírez, “natural de México, Lector Jubilado del Orden de San Agustín, eruditísimo en las letras humanas… y maestro del célebre joven abogado D. José Villerías y Roelas”, el cual “vivió ciego muchos años y falleció por el de 1720” (Beristain). Su obra capital es Esfera Mexicana[4] (1714), donde hace exquisita y valiente descripción de unas fiestas –como un rapto de una pluma / del águila de Augustino (Orcolaga)-, sin contar otra crónica especial de “Toros y Gallos”, en prosa líricamente gongorina y de grande eficacia plástica: las Sombras del Tauro, que Nicolás Rangel, al catalogar tan deliciosa narración, lo gradúa de el primer revistero taurino del siglo XVIII[5]

   El 6 de febrero de 1713, los miembros del Cabildo dijeron:

 Que están inmediatas las fiestas del nacimiento del Serenísimo Señor Infante (Felipe Pedro Gabriel, quien nació el 7 de junio de 1712 en Madrid, hijo de Felipe V de España y de María Luisa Gabriela de Saboya), y dispuesta la plaza del Volador para que en ella se lidien los toros.[6]

    Siete días después comenzaron las fiestas que inmediatamente fueron registradas por diversos autores; entre los que se encuentra Fr. José Gil Ramírez, quien dejó asentado en El paraíso de la Gula (-La Pirámide Gastronómica en la Plaza Mayor de México, para el popular alborozo, por el Nacimiento del Infante D. Felipe Pedro, 1713-), unos pequeños fragmentos de las octavas que nos llevan hasta el entorno de la plaza, y por supuesto, de la gula:

1713

Cuanto Ganado a espaldas de la nuca…

 Cuanto Ganado a espaldas de la nuca[7]

cuchillo sufre, que su aliento beba,

plato aquí fue de popular boruca,

si desquite a la mano que le ceba.

Desierto Metepec, yerma Toluca

-moderna Extremadura a España Nueva-,

lloraron, imitando ondas al Nilo,

las sartas de Chorizos, hilo a hilo.

 

Sabroso el Pavo, honor de cuanto vuela,

guloso al apetito convidaba;

la Gallina, el Carnero y Terneruela,

y el fiero Toro[8] de arrogancia brava (…)[9]

   Aclaremos, en términos generales, la gula –exceso de bebida- fue la perdición de las clases bajas, las que en ese mismo siglo quedarían, junto con el resto de la sociedad, perfectamente retratadas por Hipólito Villarroel.[10] Gil Ramírez sugiere ese título para “este opíparo Paraíso de la Gula, cuya descripción cantó, no sin sal, un curioso…” Y su idea y donación fueron del Duque de Linares, a quien informan los Comisarios: “El Pirámide… con cosas comestibles… costó cuatro mil sesenta y tres pesos…”[11]

   La Estatua de la Paz,[12] de José Rivera Bernárdez, es obra que salió publicada en 1722, con motivo de las nupcias del Señor D. Luis I con la Señora Hija del Duque de Orleáns, la cual no ignoró la ocasión de las fiestas de toros, que acompañaron aquel fastuoso acontecimiento.

   Otra relación de sucesos de aquel año es la de Diego de Gorospe Yrala: Relación de las aclamaciones festivas… que con solemnizó… Manila… la jura… del… príncipe… Luis Felipe Fernando de Borbón… México: Vda, Miguel Ribera Calderón, 1713.

 UNA APROXIMACIÓN A LOS PREÁMBULOS DE LA FIESTA TAURINA NOVOHISPANA.

    Propio de las ocasiones en que los alumnos de las instituciones educativas terminaban sus ciclos escolares, se realizaban diversas celebraciones, como la que nos refiere Francisco de Alcocer en su Tratado del juego (Salamanca, 1558, p. 295):

   En universidades famosas y adonde ay varones eminentes en letras y de grande consciencia, quando recibe alguno las insignias y grado de Doctor (…), se corren los dichos toros…

   José de Villerías y Roelas (1695-1728), natural de la ciudad de México y abogado de su audiencia. A la más fina erudición en las letras humanas y lenguas latina y griega, juntó la aplicación más incansable; siempre enfermizo y siempre entregado a los libros, murió, con gran detrimento de la literatura mexicana a los 33 años de su edad en 1728. Estudiante de jurisprudencia, alumno del agustino fray José Gil Ramírez, hombre de estudio, letras y leyes, compuso, en latín o en castellano diversas obras de carácter literario, filológico, histórico y misceláneo, como es el caso de su Descripción de la mascarada y paseo con que la Real Universidad, nobleza y pueblo de esta imperial corte de México celebró la posesión de la cátedra de Vísperas de Teología que obtuvo el Rdo. P. Fray José de las Heras… México, Herederos de Francisco Rodríguez Lupercio, 1721, obra que en sí misma no posee ninguna referencia para el presente trabajo, pero por otro lado da una completa visión sobre los participantes en el mencionado desfile, que lo mismo acudían a estas mascaradas y paseos que a los toros, con lo que es posible tener una aproximación a los preámbulos de la fiesta novohispana. De tal forma que para congregar a los referidos protagonistas, escribió un poema descriptivo que recibía el nombre latino de victor [vencedor], composición originalmente escrita en griego. Los epigramas son breves –en total, treinta versos-, que poseen importancia singular, que sirven para imaginar el boato, pero sobre todo la diversa comunidad que pudo participar en la “posesión de una cátedra” que en la plaza, recordando que fue la del Volador la que entonces daba con mayor frecuencia diversos espectáculos. Y ya que estando tan cerca la Universidad del mencionado coso, vayamos lo mismo al desfile que a los toros, porque

Cuando a las dos y media (antes un poco;

mas miento, que las dos eran cabales),

se vieron sólo a la función, que toco,

despoblados los barrios y arrabales.

    Que ya se ve, el noble o el pueblo llano gozaban intensamente ambas demostraciones.

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Casa con telas colgadas, detalle del cuadro Traslado de las monjas de Valladolid, 1738. Fuente: Historia de la vida cotidiana en México. T. II. La ciudad barroca, lám. 16.

NOTA IMPORTANTE: Los datos anteriores, provienen de mi trabajo (inédito):
José Francisco Coello Ugalde: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI al XXI, obra que está a punto de reunir 2,000 muestras. o poemas.


[1] Biblioteca Nacional: 1109 LAF (1713) LAS TRES GRACIAS / MANIFIESTAS / En el Crisol de la Lealtad de México, don- / de con universales, celebró su aplauso por / espacio de Tres Semanas, el Fausto, y di- / choso Natalicio del Serenísimo Señor In- / fante de las Españas / El Sr. D. PHELIPE PEDRO GABRIEL, / que prospere la Divina Majestad para Co- / lumna de la Fe, y aumento de su Monarquía / Refiérelo sumariamente por sus Tres Estancias, EL LIC. D. / DIEGO AMBROSIO DE ORCOLAGA, Abogado DE / la Real Audiencia de la misma Corte; / QUIEN DEBIDAMENTE LE DEDICA. Y OFRECE / AL SEÑOR D. DOMINGO / ZABALBURU, / Del Consejo de su Majestad, Caballero / del Orden de Santiago, Gobernador, y / Capitán General, que fue de las Islas Fili- / pinas, y Presidente de la Real Audiencia, / que en ellas reside. / Con Licencia en México: Por los herederos de Juan Joseph Guillena Carrascoso.156 ff., ff. 24-25.

[2] Diana: diosa virgen de la caza.

[3] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2)., p. 77-78.

[4] Op. Cit., p. 84. Cfr. Luis González Obregón: Las calles de México. Prólogo de José Luis Martínez, Cronista de la ciudad de México. México, Promociones Editoriales Mexicanas, S.A. de C.V., 1983. 420 p. Ils., retrs., fots., p. 169. El título de la obra es el siguiente: ESPHERA MEXICANA. SOLEMNE ACLAMACIÓN y festivo movimiento de los Cielos DELINEADO. En los leales aplausos que el Feliz Nacimiento del serenísimo Señor Infante D. PHILIPE PEDRO –Que Dios prospere-, consagró, dividida en los ilustres globos que la componen, la muy Noble, y muy Leal Ciudad de México… ESCRITA por el M.R.P.F. Joseph Gil Ramírez, etc. En México, por la viuda de Miguel de Ribera, en el Empedradillo, año de 1714, folio 39 a 43.

[5] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots., p. 115-121.

[6] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 V, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 86.

[7] Debe referirse al ganado que pasaba directamente al rastro, que por cierto se encontraba ubicado muy cerca de lo que fue el templo de San Pablo.

[8] Esta afirmación nos permite entender el concepto de bravura que entonces debe haber existido, puesto que el toro es fiero y además, arrogante, lo que marca una idea de avances significativos en la posibilidad de la génesis de la crianza en cuanto tal, por parte de los propietarios de ganado.

[9] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo…, parte segunda, op. Cit., p. 182.

[10] Hipólito Villarroel: Enfermedades políticas que padece la Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que se le deben aplicar para la curación si se quiere que sea útil al Rey y al Público, introducción por Genaro Estrada, estudio preliminar y referencias bibliográficas de Aurora Arnáiz Amigo. México, Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1979. 518 p. Además: Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas, op. Cit.

[11] Rangel: Historia del toreo en…, op. Cit., p. 120.

[12] Biblioteca Nacional: 1212/LAF/1722 Rivera Bernárdez, José. Estatua de la Paz antiguamente colocada en el monte palatino por Tito, y Vespasiano y ahora nuevamente trasladada (…) en las nupcias del Señor D. Luis I con la Señora Hija del Duque de Orleáns…, México, imp. Por Joseph Bernardo de Hogal, 1722 / (8º). 128 p. Cfr. Coello Ugalde: Relaciones taurinas…, op. Cit., p. 102-105.

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ALGUNAS NOTAS HISTÓRICAS SOBRE SINALOA Y SUS TOREROS.

MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO Nº 30.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   En realidad, una historia taurina sobre el estado de Sinaloa, no ha sido escrita. Es casi seguro que ciertas diversiones de carácter caballeresco (siglos XVI al XVIII) se hayan efectuado en algún sitio del hoy próspero estado de la república mexicana. También deben haberse dado los primeros testimonios del toreo de a pie (segundo tercio del siglo XVIII y hasta nuestros días), pero no existe evidencia al respecto. Lo que sí es un hecho es que a esas tierras han ido los mejores toreros del orbe taurino desde tiempos que es difícil precisar, pero el pretexto del carnaval ha permitido que se hagan imprescindibles sus fiestas, y sin que en ellas falte la taurina.

   Sin más datos que puedan escribirse al respecto, me ocuparé -a continuación- de mencionar referencias de dos toreros cuya cuna es algún lugar de Sinaloa. Me refiero a Gerardo Santa Cruz Polanco y a Guillermo Danglada, sin olvidar a Timoteo Rodríguez, también otro diestro decimonónico.

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Retrato de Gerardo Santa Cruz Polanco.

  Del primero dice el antiguo periodista mexicano ROQUE SOLARES TACUBAC, anagrama de Carlos Cuesta Baquero, lo siguiente:

    Gerardo Santa Cruz Polanco, espada originario de Sinaloa, según afirmación de algunos aficionados, o de Puebla, según dicen otros. Actuaba principalmente en los estados de la costa occidental, sobre todo en las plazas de Culiacán y Mazatlán. Toreó también en san Luis Potosí y en la plaza metropolitana de “El Paseo”, en compañía de los hijos del antiguo torero Ignacio Gadea.

    Santa Cruz Polanco, como apunta Cuesta Baquero, fue un diestro que tuvo una influencia taurina durante los últimos 20 años del siglo XIX. Como muchos, es considerado “señor feudal”, es decir, un personaje que supo controlar unos terrenos muy concretos, a tal grado que era el amo y señor de la situación, no permitiendo que nada ni nadie alterara dicho dominio. De esa forma los hubo muy identificados en diversas partes de la provincia. Bajo dichas características Santa Cruz Polanco se hizo importante y tuvo una hegemonía destacada. Por aquel entonces, Ponciano Díaz Salinas (1856-1899) era el torero mexicano más importante, cuya trascendencia está marcada en haber proyectado dos maneras de torear: a caballo y a pie; ambas con un espíritu totalmente nacionalista, que luego tuvo que enfrentar a la llegada de los españoles, esto a partir de 1885.

   Bajo la influencia del atenqueño Ponciano, diestro que se ganó el afecto popular como muy pocos lo han conseguido, su peso era determinante en otros que se encontraron con que había que cambiar de concepto impuesto por los hispanos. Con este contraste se encontró Santa Cruz Polanco quien creó la cuadrilla “Ponciano Díaz” en señal de protesta al de Atenco, que a sus ojos traicionaba el toreo mexicano. Era el principio del fin de un gran esplendor. Y cómo no iban a reclamarle al torero con bigotes, si su expresión genuinamente mexicana y campirana a la vez, caía en un conflicto, ya que luego de la llegada de diestros españoles a México parece que se deja influir por esa nueva corriente. Donde tras regresar con la alternativa obtenida en España -el 17 de octubre de 1889-, ya no era el mismo, a pesar de la idolatría y el fervor popular. Todo parece indicar que los efectos hispánicos en su perfil profesional lo alteraron severamente y devino así su papel protagónico.

   Bien, tras esta explicación sobre lo que era el toreo hace poco más de un siglo, veamos algunos otros detalles de Gerardo Santa Cruz Polanco. Uno de ellos es que ganó muy buen dinero y lo invirtió comprando terrenos en una alejada zona de la entonces ciudad de México, allá por el rumbo de la hacienda de los Morales o del Huisachal. Poco a poco se fue haciendo costumbre de que la gente preguntara ¿de quién son esos terrenos? Y no faltaba quien contestara:

-De Gerardo Santa Cruz Polanco.

   Con toda seguridad, muchos deben haber abreviado el nombre para ajustarlo en Polanco, “son de Polanco”. Y el paso del tiempo permitió que la costumbre bautizara con dicho nombre a lo que en la actualidad conoce todo mundo a esos terrenos que dan vida a la colonia POLANCO, en la ciudad de México.

   Un hecho curioso más que cita ROQUE SOLARES TACUBAC es el de que cuando Santa Cruz Polanco preparaba la suerte de matar, gritaba la ridícula fachendosa frase: “¡Torito, prepárate a morir!”.

084_GUILLERMO DANGLADA

 Una de las pocas imágenes de Guillermo Danglada en activo, y cuyo único gran mérito haya sido que Rodolfo Gaona le concediera la alternativa.

    En cuanto a Guillermo Danglada tenemos los siguientes datos:

   Matador de toros. En el año de 1885 nació este torero en las costas de Pacífico, precisamente en la ciudad de Mazatlán. Desde niño le nació la afición a los toros, pues apenas contaba quince años, cuando vistió por vez primera el traje de luces en la plaza de Tepic. Fueron muchos los años que anduvo toreando -unos diez-, hasta que logra figurar en un cartel en plaza de categoría. Y, en 1911, se presenta en el “Progreso” de Guadalajara en una novillada en la que gustó mucho y escuchó las ovaciones del público. Señalo como dato curioso, que en esta ocasión, llevaba como banderillero a Ignacio Sánchez Mejías, que en aquel entonces radicaba en México y sin ninguna popularidad taurina. Después de esta corrida, tomó parte en buen número de festejos y su nombre adquirió gran popularidad. En la plaza de “Chapultepec” -desaparecida-, actuó en repetidas ocasiones con la aprobación general. Decidió tomar la alternativa, y el 13 de abril de 1924, Rodolfo Gaona se la dió en la plaza de “El Toreo”. Años más tarde aún seguía actuando, pero con poca frecuencia, por lo que decidió retirarse de la profesión y dedicarse a la vida hogareña.

   Heriberto Lanfranchi, en su obra: La fiesta en México y en España 1519-1969, vol. II., p. 676 apunta sobre Danglada:

-Nació en Mazatlán, Sin., el 19 de diciembre de 1888. (De 1908 a 1910 toreó muchos festivales taurinos benéficos en su ciudad natal).

1910, julio 17.-Tepic, Nay.: primera vez de luces.

1912, septiembre 16.-El Toreo (D.F.): presentación de novillero en esta plaza.

1924, abril 13.-El Toreo (D.F.): alternativa (padrino: Rodolfo Gaona; testigo: Luis Freg; toro “Caporal”, de Ajuluapam).

   Siguió toreando, poco, por los estados de la república hasta 1933. Basto como torero, mataba con buen estilo de certeras estocadas.

1933, diciembre 17.-Plaza “Vista Alegre” (D.F.): última vez que toreó en la capital (mano a mano con Francisco Tamarit “Chaves”; 4 toros de Quiriceo).

   Murió hace unos diez años en el peor de los abandonos.

   Hasta aquí este esfuerzo por desentrañar de los viejos infolios y de los libros, algunos pocos datos sobre los diestros que Sinaloa ha tenido, siendo de alguna manera reconocidos como “hijos distinguidos” de este estado del occidente mexicano.

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 Timoteo Rodríguez brindando un toro… en el gabinete fotográfico.

    En cuanto a Timoteo Rodríguez, aunque él negaba haber nacido en Mazatlán, hacia 1860, aduciendo que era natural de León, Guanajuato, el hecho es que los registros marcan su origen en el estado occidental de México.

   Heriberto Lanfranchi nos dice de él lo siguiente:

 En 1887 cambió de oficio (era acróbata) y decidió ser matador profesional. Fue banderillero con Pedro Nolasco Acosta y al separarse, se fue al norte del país, donde conoció y se casó con María Aguirre “La Charrita Mexicana”. En 1894, el 3 y 17 de junio, toreó en la plaza MIXCOAC, de la ciudad de México, siendo éstas las únicas veces que se presentó en el Distrito Federal. Por cierto, la primera tarde recibió una alternativa de manos de Francisco Villegas “Naranjito”, quien era tan novillero como él, la cual no el sirvió jamás para nada. Siguió toreando por los estados y el 10 de marzo de 1895, al actuar en una corrida a beneficio de su esposa en Durango, Dgo., fue herido de poca gravedad en la pantorrilla derecha por un toro de Guatimapé al hacerle un quite al picador José María Monta. Desgraciadamente, se declaró la gangrena y falleció el jueves 14.

    Vayan pues, para el recuerdo los nombres de GERARDO SANTA CRUZ POLANCO, TIMOTEO RODRÍGUEZ y de GUILLERMO DANGLADA, figuras que Sinaloa, como estado floreciente en nuestro país ha dado a la tauromaquia.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Con bombo y platillo anuncian en forma por demás riesgosa, un festejo que se desarrollará el próximo sábado 8 de diciembre en la plaza de toros “Armillita” de Saltillo, Coahuila. Si no han visto los “pavos” que van a lidiarse allí, y que pertenecen a Real de Saltillo, pueden ustedes apreciarlos a continuación: LOS DE REAL DEL SALTILLO...

Disponible diciembre 4, 2012 en: http://www.torosenelmundo.com/noticias.php?id_noticia=3029

   No hay ninguna necesidad de que se engañe a la afición saltillense, como lo pretenden quienes se encuentran detrás de todo este asunto. Una y otra vez se ha repetido aquí, y en otros sitios donde suele haber independencia de opinión, que no se entiende la forma en que muchas empresas siguen empeñadas en organizar espectáculos taurinos sin la materia prima adecuada.

   La terna se encuentra formada por: Arturo Macías El Cejas, Pedro Gutiérrez El Capea y Juan Pablo Sánchez. Temo que, consumado el engaño, los tres espadas queden considerados como novilleros, y no matadores de toros, que para eso entonces, hay un abismo considerable. “Fraile Mostén, tú lo quisiste, tú te lo ten…”

   En este país que sigue siendo de notorios atrasos y subdesarrollos se vuelve a demostrar una vez más la forma en que pueden organizar un festejo y donde desde la empresa, pasando por el propietario del ganado y hasta las autoridades y la prensa –quien quiera entrar en el círculo vicioso-, van a festinar el hecho de que se está haciendo fiesta, y de que contribuyen con su trabajo y su esfuerzo en los propósitos de la deseada mejoría de la calidad del espectáculo, así como de sus posibles intenciones en sumarse a todo aquel otro esfuerzo, ese sí quizá realizado con un poquito más de dignidad, y cuya sola intención es la de buscar se reconozca a la fiesta como patrimonio cultural inmaterial, lo que no es poca cosa, desde luego. Ello implica la cabal demostración de que quienes participan en toda la celebración de un espectáculo deben hacerlo pensando y orientando sus esfuerzos en lo que todavía no se da en términos de excelencia en este país: la calidad total. Y no estoy diciendo o alentando que las corridas de toros pasen por el proceso de certificación –lo que por otro lado es absolutamente imposible, dada entre otras cosas, su condición de elementos intangibles que intervienen en su puesta en escena-, de una ISO9000, 2000 por ejemplo, sino que impere el sentido común, el de querer hacer bien las cosas. Por eso las plazas de toros no se están llenando, la afición no encuentra los suficientes elementos para acudir de manera entusiasta, aún pagando lo que tenga que pagar por ver un buen espectáculo.

   Ya que ha sido posible mostrar la materia prima, es curioso ver el resultado, como lo fueron estas imágenes, donde prácticamente la cámara se cierra sobre el objetivo (o las imágenes fueron editadas y recortadas en su punto más justo, para mayor apariencia del ganado),  que son esos ejemplares a los cuales yo no llamaría precisamente TOROS, así con mayúsculas, pues no lo son, evidentemente (esperemos que, en la medida de que apliquen el reglamento estatal correspondiente, si es que lo quieren aplicar, se tenga evidencia clara y científica de sus edades, para evitar toda sospecha).

   Enoja, y mucho la terquedad de varias organizaciones en su conjunto. de seguir por la senda menos indicada. Por eso insisto, los aficionados no se “retratan” en las taquillas. Mi ejemplo, del que he insistido no una, sino varias veces, es el mejor contrapeso de comparación. Veamos.

   Si en el Auditorio Nacional por ejemplo, anuncian en algún momento una “corta temporada” de 3 o 5 conciertos de algún artista de moda, la certeza asegura que dicho espacio se llenará durante las 3 o 5 ocasiones, a pesar de los costos elevados en que se vende el boletaje. Eso significa que la empresa encargada de ofrecer tales espectáculos busca garantías de que la gente vaya, se llene el auditorio y salgan a gusto luego de haber visto una representación que compensa el valor de cualquiera de las localidades. Pero en la fiesta de los toros, muy pocos tienen una visión así y hasta lo llevan a uno a imaginar que lo hacen de manera deliberada o mal intencionada, o de plano no lo saben hacer. Por eso es tanto nuestro insistir en que para hacer un poquito mejor las cosas, vale la pena un esfuerzo más. Y ya verán, lo demás se va a dar por añadidura.

   Ahora bien, si pretenden insistir, como se puede notar en este caso concreto en Saltillo, Coahuila tal situación significa que el respeto al público vale bien poco. Que el respeto a una tradición también, y que todo lo demás simple y sencillamente se queda o podría irse a la deriva.

   Señores, por favor ya no insistan.

   Por lo que más quieran: hagan las cosas como lo manda, al menos el sentido común.

   Tanto va el cántaro a la fuente… hasta que se rompe.

4 de diciembre de 2012.

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“VER TOROS” EN OPINIÓN DE CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS”.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. PARTE XX.

“VER TOROS” OPINIÓN QUE HACE POCO MÁS DE UN SIGLO TUVO EL PERIODISTA CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS” Y QUE HOY SE REVISA Y SE COMPARA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Para entender el contenido del texto que se incorpora a esta sección, es preciso hacer algunas reflexiones, con objeto de ubicarlo en su auténtica dimensión, sobre todo la que daba el tiempo en que se pergueñaron tales apreciaciones, pero sobre todo el trasfondo habido en tal circunstancia, lo cual generó, desde luego, la postura de su autor.

   Carlos M. López, que fijó su seudónimo haciendo uso en el correspondiente latino: CAROLUS, fue uno de los integrantes más activos de una asociación que, desde 1888 tuvo notable actividad, sobre todo en la capital del país. Ese grupo, denominado “Centro Taurino Pedro Romero” no fue sino el resultado de una fuerte tendencia a dar razón de todo el peso que significaba, en este país, la reciente presencia del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, que desplazaba en forma definitiva el quehacer, según lo refiere “P.P.T” (que, según el estilo de sus escritos, podría tratarse ni más ni menos que del Dr. Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac, y que Salvador García Bolio atribuye al Dr. Vicente Morales),[1] quien afirmaba: “Que la citada asociación haya tenido por insignia el nombre del portentoso torero hispano, deja comprender inmediatamente que era adicta al modo de torear que los recientemente arribados toreros peninsulares trajeron a la República Mexicana, estilo artístico que tenía diferencias básicas con el de los lidiadores aborígenes, aleccionados por Bernardo Gaviño –fallecido trágicamente dos años antes, en el primer mes de 1886- y que estaba entronizado en el gusto de los aficionados.

   “La diversidad entre ambos estilos tauromáquicos trajo la división en facciones: “evolucionistas” –los adeptos a los hispanos- y “conservadores”-, los partidarios de los lidiadores aborígenes”.[2]

 CARLOS M. LÓPEZ_CAROLUS

 Carlos M. López, “Carolus”, periodista taurino de entre siglos (XIX y XX).

   Según Vicente Morales, o ¿Carlos Cuesta Baquero?, Carolus “no era un vulgar, sino que poseía distinción” (una distinción que encajaría en la posición social en que habría estado para entonces, lo que significa guardar una serie de coincidencias con el “porfiriato”). Vestía con elegancia, por lo que el continente de don Carlos era “de figurín, de dandy, de petrimetre, de lechugino (aplique el lector el calificativo que más le acomode tomar, todos corresponden a la realidad).

   Y nótese a continuación lo que el autor de esta semblanza refiere en sentido estrictamente descriptivo, al esbozarle un perfil, el mismo que debieron asumir los “taurinos” de la época:

   “He sido nímio en la descripción externa de “Carolus”, para mostrar que la afición varonil a la tauromaquia no implica el pringoso aspecto. Un excelente aficionado, no queda excluido de presentarse limpio, decente, con exterioridad no vulgar”, lo que habla o procura hacer entender que son condiciones privativas del aficionado a los toros en aquel entonces. Lo culto parece darle signos de mayor credibilidad que si lo otro fuese traer “pringoso aspecto”, como en despectiva alusión a los “rotos” e integrantes del pueblo, sin más.

   Cuando ya la descripción permite conocer sus gustos o tendencias en lecturas y autores, puede entenderse que sus preferencias se inclinaban por los franceses, como Racine, Chateaubriand o Víctor Hugo.

   Pues bien, en lo referente a quehaceres de escritura taurina, ya era conocido desde 1887, cuando publicó sus primeras notas en El Arte de la Lidia, siendo sus textos los que sustituyeron la elaboración de otros tantos trabajos en “pésimos versos” que escribiera un tal “Juan Picici, el Sopla Fuego”, que no eran sino una mal calca de las “Cartas Taurómacas” que escribiera en Sevilla don José Velázquez Sánchez “Don Clarencio”, autor, entre otras obras fundamentales de los “Anales del Toreo”.

   Sobre la manufactura de sus reseñas, “P.P.T.” nos dice que “no existía la intransigencia, sino la ductilidad. Siempre acompañaba la censura, con alguna alusión a circunstancia que la atenuara. En esto fue precursor de bastantes de los actuales escritores, que siguen ese procedimiento”. Por tales “hechuras” fue blanco de terribles críticas en el seno del “Centro Taurino Pedro Romero”. Y es que reconocía ser afín a la línea o conducta de Julio Bonilla, a la sazón director de aquella primera publicación taurina aparecida en México, a partir de 1884, cuando confesaba que “el estaba enteramente con la conducta de don Julio Bonilla, siempre dispuesta a no granjearse enemigos, sino amigos, aunque no fuesen correligionarios”. E iba a más. En ocasiones pregonaba: “Preguntad aquí en México, en Cuba y en España, cuál es el mejor de los periódicos taurinos de la República Mexicana, y contestarán: “El Arte de la Lidia”. ¿Por qué? Porque es ACOMODATICIO, ADULADOR, AMIGUERO, INDULGENTE Y NUNCA HIERE SUSCEPTIBILIDADES”.

   Pues bien, dejando otra parte de esa reseña para la siguiente ocasión, veamos qué opinión le merecían una serie de aspectos al buen don Carlos, en un texto que escribió en Toros y Toreros. Órgano del Centro Taurino. San Luis Potosí, Nº 3, extraordinario, publicado el 20 de enero de 1907. Es decir, ya han pasado 20 años desde sus primeras colaboraciones a esta, que debe guardar una especie de aglutinamiento de ideas y propuestas, todas ellas de avanzada, aunque cargadas de elementos de muy difícil cumplimiento –como lo veremos- a la hora de darnos el perfil ideal de un aficionado a los toros. Cabe la posibilidad de que posteriormente de haber realizado toda la lectura, tenga como remate, una serie de apreciaciones que servirán no para confrontar, sino para entender la visión que entonces se tendría de todo su contenido, respecto a lo que hoy día, en este 2012 que ya va finalizando tenemos esos mismos sectores de presuntos aficionados o conocedores, que ya quisiéramos considerarnos como “aficionados” luego de todas las descripciones con que nos deleita Carlos M. López.

 VER TOROS.

    En ninguna de las diversiones conocidas, se ve mayor concurrencia, mayor alegría, mayor cantidad y calidad de sensaciones que en las corridas de toros, en ninguna de disfruta de más expansión; ninguna está más de acuerdo con el temperamento de nuestra raza; en ninguna se observa, como en ella, una masa de público en que están representadas todas las clases sociales todos los trajes, todas las profesiones, todos los caracteres. Es la única en donde todos los pesares se olvidan, todas las preocupaciones de la vida.

   Para los afectos a las corridas de toros, un cartel bien confeccionado, es un incentivo de tal manera poderoso, que conmueve las fibras de nuestra alma, desde unos días antes de la corrida, y cuando se llega la hora, todos lo sacrificamos por asistir a ella; nos levantamos de la mesa, casi sin acabar de comer, tomamos a escape el primer coche que pasa, y volamos más que corremos, por temor de llegar tarde y no encontrar buen sitio. La mayor de las desgracias que puede acontecer a un aficionado, es entrar a la Plaza cuando ya el paseo de la cuadrilla hubo pasado.

   Y esto le pasa al niño, al anciano, al obrero, al ministro, al hombre de ciencia, al desocupado, al soltero, al novio, al cargado de familia, al de buen o mal genio, al de temperamento bullicioso o al indiferente y perezoso.

   Y sin embargo de esta agitación y de este interés, cuán pocos de los que allí están, entienden lo que van a ver. ¡Sin embargo de esta escasez de conocedores, qué multitud de opiniones y de consejos, qué variedad de sentencias y reglas, qué cantidad de discusiones, de disputas y de riñas”

   ¿De qué depende esto? ¿Acaso de la falta de conocimientos en los concurrentes?

   Mucha parte, efectivamente, depende de la ignorancia; pero no es eso lo principal: depende de que no todos sabemos ver toros, es decir, no todos vemos allí lo que debemos ver; del mismo modo que de diez turistas que visitan un país, uno tal vez, será el único que lo vea bien, como deben verse las cosas.

   Seremos más explícitos.

   ¿Cuáles son las diversas agrupaciones que forman el público de toros?

   Figura, en primer término, por la cantidad, lo que podremos llamar turbamulta, o sea ese conjunto de tontería humana que todo lo ve superficialmente; que no se quiere tomar molestia alguna para averiguar el por qué de lo que está mirando; ese abigarrado montón de individuos de todas edades y condiciones, que sólo van a las corridas por disfrutar del desorden, por gritar, por insultar a mansalva, por ver cosas estupendas.

   Esta fracción de concurrencia os dirá que la corrida estuvo magnífica, si presenció algún suceso extraordinario y terrible, si hubo, muchos caballos muertos, si resultaron cogidos uno o más lidiadores, si hubo escándalo en la Plaza, ya sea porque se cayó un pedazo de ella o porque saltó un toro a los tendidos y resultaron estropeados los espectadores.

   Esta turbamulta, en los toros, es lo que caracteriza a la bestia humana.

   Otro grupo, de no escasa importancia, es el de los que van allí por no tener otra parte a donde ir, por costumbre de asistir a cuanta diversión se presente; que no van por lo que pasa en el redondel, sino por ver la gente, por saber quiénes van, porque los vean a ellos, o por cualquier otro motivo baladí, que está muy lejos de relacionarse con lo que ha de pasar entre los dos luchadores: la fiera y el hombre.

   Este grupo sobra allí, como sobran en todas partes. Puede decirse que constituye el público de género neutro, tan perjudicial en política, como en ciencia, como en sociedad, como en todo.

   Preguntarle sobre el éxito de la corrida, es hablarle en griego. El no entiende de esas cosas; no va allí a eso.

   En seguida, viene el grupo de los villamelones, es decir, de los que presumen mucho, pero nada saben; de los que aplauden cuando debieran silbar y silban cuando debieran aplaudir, de los que tratan de tú a los toreros y los dirigen desde la barrera; de los que gritan que pongan banderillas los matadores, sin saber si quieren o pueden hacerlo, y si conviene; de los que increpan al cambiador de suertes porque dispone esto o aquello; de los que gritan “nóoo” cuando no es de su gusto lo que ordena el regidor o lo que hace el torero; de los que regalan la oreja del toro aun cuando no les pertenezca; de los que discuten sin cesar y de los que disputan por todo.

   Este grupo es la polilla de la diversión, pero a la vez es el que contribuye más a su popularidad; abunda como las moscas y está representado por todas las categorías de la sociedad. Esta parte es lo que puede calificarse como el partido necio, el más próximo al stultorum infinit est numerus; sin embargo, no deja de ser interesante porque algunos de sus miembros llevan consigo la sal de la mar.

   Si queréis divertiros un rato, preguntad a varios villamelones, uno después de otro, cómo estuvo la corrida. Tendréis para rato con la enormidad de desatinos y de pareceres, enteramente contrarios, que os dirán. Eso sí, no se quedarán callados por nada de este mundo; todo lo contrario, habrá en sus explicaciones todo género de detalles y de pequeñeces interesantísimas para la Historia de los Disparates.

   Viene, en seguida, el grupo de los apasionados, de los idólatras, de los que no ven, oyen ni entienden más que a través de su fantoche. Son si se quiere, inteligentes; las más veces lo son; pero como tienen de antemano un compromiso contraído consigo mismos, para no adorar otro santo, todo lo que hacen los demás, son boleras manchegas, o cuando más casualidades. Su consigna es: para los competidores del ídolo, leña, mucha leña, fuego y sangre; para él, incienso, disimulo y dianas. A las veces, son insoportables. Hace un gesto el ídolo: aplausos, bravos y cigarros; da una patadita: bravos, cigarros y aplausos; guiña el ojo: vivas, bravos (por algo lo guiña, allí debe de haber gato). Tira un capotazo, aun cuando sea a diez metros de la cabeza del toro… Oh! eso es el colmo de la gracia y del salero… el sumun de la perfección y del arte!

    Preguntarle a este grupo por su favorito, es como preguntarle al panadero por sus roscas. ¡Qué quieren ustedes que diga?

   Hay un grupo, no muy numeroso, de personas entendidas, aficionados de buena fe, que han estudiado mucho, que han leído a Pepe-Hillo y a Montes, a Sánchez de Neira y a Peña y Goñi, que saben quién fue Pedro Romero, Costillares y Lagartijo; que conocen los fierros y la historia de las ganaderías; que han visto muchas corridas, pero que a pesar de su ciencia, no saben ver toros, ya sea por impedimento físico o por excesiva nerviosidad. En rigor, no tienen culpa alguna, porque ponen de su parte cuanto pueden, pero pueden poco.

   El penúltimo grupo, muy escaso, por fortuna, es el de los matemáticos. Cada uno de estos señores, es una verdadera calamidad, porque todo lo pican, todo lo muerden, todo les parece mal, nada está bien hecho. Llevan consigo, a las corridas, escuadras, compases, niveles, teodolitos, cuanta cháchara sirve para medir los terrenos, calcular los tiempos, sorprender las inclinaciones de cabeza, medir los ángulos de los pies, adivinar la altura de los brazos y conocer las velocidades. Si el torero se desvía un centímetro del terreno que pisa, ya no es quiebro, ya no es recibir, ya no es volapié, ya no es nada; aquello es una abominación, un desacato.

   Este grupo de maniáticos, es del todo inofensivo. Se le oye y se le deja hablar por pura complacencia; pero da pena ver su ira y su aflicción y no se les contraría.

   Queda un grupo insignificante, con el que no daremos fácilmente, aun cuando lo busquemos; un grupito que pasa desapercibido, por su misma pequeñez; con el que rara vez nos codeamos; un grupito callada, que no grita, que no da lecciones en la Plaza, que apenas si da su opinión cuando se le pide, que no deje la educación en la puerta, que no se distrae, que observa mucho, que no discute, ni mucho menos disputa; que de todo sonríe; que disfruta a su manera o se aburre soberanamente según el caso: el de los aficionados que saben ver toros.

   ¿Es, pues, tan difícil saber ver toros?

   Sí, indudablemente.

   Es tan difícil el buen ojo del aficionado a toros, como el buen ojo médico.

   Entre los médicos, cuál es la condición de más mérito, la cualidad más envidiada, la base del éxito para curar? La del diagnóstico.

   Si no sabe el médico, con seguridad, lo que tiene el enfermo, mal podrá indicar la substancia curativa que ha de aliviárselo. ¿Basta con los efectos y los síntomas para determinar en qué órgano reside el mal? ¿Siendo los síntomas de diversas enfermedades tan parecidos entre sí, y a la vez tan distintos en cada enfermo –al grado de que cada enfermo es un caso- y por añadidura, siendo los enfermos los que dan los síntomas y dicen sus dolores, podrán ser éstos la base de un seguro diagnóstico, cuando por regla general siempre están preocupados y atribuyen sus males a cosas muy distintas de las verdaderas?

   ¿El ojo médico procede de la mucha práctica, de la mucha observación, de los muchos conocimientos, o de una cualidad intuitiva, peculiar, que muy contados médicos tienen?

   A mi juicio, es una disposición del instinto, una revelación del juicio, un don especial que descansa en algo real y efectivo, aunque se desconozca todavía; algo así como el instinto adivinador del hombre de negocios que en cuanto emprende gana.

   ¿Qué se entiende por ver toros?

   Ver toros, es conocer la historia del arte de torear a pie y a caballo, desde el toreo a la jineta, del siglo XVIII, hasta nuestros días; saber por qué y cómo se abandonó el toreo a caballo por el de a pie, el arte de rejonear por el de capear y matar a estoque; saber quiénes fueron Pedro Romero y José Cándido y en qué consistieron sus dos escuelas, la rondeña y la sevillana.

   Ver toros, es haber estudiado las obras didácticas de Pepe Hillo, Montes, Sánchez de Neira, Carmena y Millán, Peña y Goñi, &. &., haber leído los periódicos técnicos que desde fecha remota se han venido publicando en España y en México, dando cuenta de las corridas celebradas en Madrid, Sevilla, San Sebastián, México, San Luis Potosí, Puebla, &. &. Entre las primeras ocupa lugar preferente La Lidia, porque además de su texto que contiene muchas enseñanzas, sus ilustraciones son un verdadero sistema objetivo, para perfeccionar éstas. Los periódicos mexicanos que deben traerse a la vista, son los que se publicaron en la época que podemos llamar del Renacimiento, de esta diversión en nuestro país, y son: El Arte de la Lidia (aunque no merece entera fe, porque siempre se distinguió como periódico de especulación, pero algo bueno tuvo, sin embargo). La Muleta, El Cencerro, El Zurriago, El Boletín Taurino (órgano del Centro Pedro Taurino) y algún otro. Estos periódicos, además de artículos doctrinales, traen algunas apreciaciones dignas de estudios y crónicas imparciales, en las que se pueden conocer a fuerza comparaciones el distinto juego de las ganaderías del país.

   Ver toros, es conocer a fondo el Reglamento de corridas, vigente en la localidad.

   Ver toros, es conocer todas las suertes del toreo, tanto las que se practican como las que se han echado en olvido; saber el mérito y las dificultades de cada una, y la oportunidad en que deben ejecutarse.

   Con este caudal de conocimientos y en posesión de esa cualidad de buen ojo taurómaco, de ese golpe de vista certero de que hablé, aun falta algo para saber ver toros.

   Ver toros, es ocurrir a los chiqueros y a los corrales de la Plaza, la víspera y el día de la corrida, para poder apreciar con toda calma y con las facilidades necesarias, el pelo de las reses, su encornadura, su color, sus carnes y su edad, si posible fuere: los defectos poco aparentes, como escasez de vista, fuerza de remos, nerviosidad, &. &. Procurar averiguar cuando han salido los animales de la desea, qué tiempo han hecho de camino, cómo han caminado –si por su pie o en cajones de ferrocarril- y en el primer caso, si mancornados o sueltos- y si se les ha dado alimento y lo han comido. El día de la corrida hay que averiguar cuáles han sido los procedimientos seguidos para enchiquerarlos y examinar cada uno de los chiqueros para saber en qué condiciones están y cuál de ellos le tocó a determinado animal de los que van a jugar.

   Otra de las observaciones que debe hacer el aficionado de que me ocupo, es la de las condiciones de los caballos destinados al piquete, para poder apreciar aunque sea aproximadamente, la resistencia que opondrán al empuje de los toros, y para decir con justicia, si el toro fue de poder, porque muchas veces se considera como muestra de gran empuje, lo que no fue otra cosa que excesiva debilidad del caballo, ya sea por sus pocas condiciones o por su mala alimentación.

   Todo esto influye en el juego de los toros y por lo mismo servirá de base para que el aficionado pueda saber si en caso de un éxito mediano o malo, toda la culpa es del torero o del toro o hay algún otro que la tenga.

   Ver toros, es hacerse cargo del tamaño de las puyas que van a usar los picadores, así como del tope que las limita. Si para la generalidad del público no tiene gran interés este detalle, para el que quiere apreciar las suertes con equidad y exactitud., lo tiene mucho, pues las más de las veces de esto depende el buen o mal juego del toro. Si por ejemplo, un picador detiene a un toro de Atenco con una puya de 15 milímetros de arista, lo probable es que lo maltrate de tal modo, que en los demás tercios, busque alivio en las tablas huyendo de toda pelea. En cambio, si la puya se usa más corta para un toro de Santín o de Guanamé [se entiende en las condiciones que antes tenían estos últimos] sus efectos serán casi nulos y el toro pasará al segundo tercio, en circunstancias difíciles para los banderilleros.

   Ver toros, es conocer, gracias a la práctica adquirida, la pelea especial de cada ganadería, pues aun cuando en todas hay toros de distintas condiciones, sin embargo, la regla se establece por el juego que ellos dan en lo general.

   Por ejemplo: la ganadería de Atenco, tuvo ciertas peculiaridades [no las conserva, por desgracia]. Han sido toros de corta estatura, de pocas libras, recios de carne, de color castaño en todos sus diversos matices, especialmente claro –que fue el de los progenitores- de pelambre hirsuta, casi siempre melenos, apretados de cuerna y astifinos; de mucha resistencia para el castigo de varas, pues eran pegajosos y recargaban demasiado [al grado que había que colearlos para separarlos] boyantes y sencillos. Su lidia tenía que ser rápida porque se fatigaban pronto, debido precisamente a sus excelentes condiciones de bravura.

   Los toros de Santín son de gran romana, pelifinos, bien encornados, de color castaño o negro, de gran poder y de muchos pies. Su lidia es difícil porque tienen mucho sentido y acaban colándose o cortando terreno.

   Los toros de Guanamé, son hermosos también, de buena romana; por lo general verdugos chorreados, de gran morrillo y mucho poder. Su lidia es también difícil, porque se defienden después del primer tercio. Por lo general no recargan en varas y se duelen al castigo. [Esta raza ha degenerado mucho, pero en su tiempo, fue de las mejores]

   Los toros de San Diego de los Padres, casi todos negros zainos, son de espléndido trapío, astifinos y en lo general mal encornados por ser cornicortos y caídos. Son de poder pero de poca ley, blandos al castigo y quedados.

   Los toros del Cazadero, cruzados ya con toros españoles y rivales en un tiempo de los de Atenco, son bellos ejemplares, pero han perdido por completo sus condiciones.

   Los toros de Cieneguilla y Venadero, son bravucones, corniveletos y de muchos pies, pero con pocas facultades para la lidia. Se huyen pronto y se defienden. Tienen todas las condiciones de los toros ladinos.

   Los toros de Piedras Negras, Espíritu Santo y San Nicolás Peralta, son hoy por hoy los llamados a remplazar a los anteriores; están cruzados con toros españoles, tienen excelente trapío y muchas facultades, distinguiéndose en el primer tercio por su voluntad y poder. Son toros que requieren una lidia muy inteligente para que no desmerezcan en el último tercio.

   El conocimiento de la brega especial de cada ganadería ayuda mucho para apreciar el trabajo de las cuadrillas, y si conveniente es saberla, para los buenos aficionados, para los toreros y para los cronistas es del todo necesario.

   Ver toros es abandonar la práctica; muy generalizada y viciosa de no poner toda la atención en la manera de ejecutar las suertes, sino en el resultado de ellas. Muy pocas son las personas que al entrar a parear un banderillero, se fijen en las condiciones del toro, en la manera acertada o desacertada de los peones para colocarlo en el terreno debido, en la salida del banderillero, en la manera de cuadrar y clavar. Lo común es atender solamente al sitio en que las banderillas quedaron clavadas, como si esto no se pudiera ver después.

   En la suerte suprema, es todavía más difícil ver toros. Lo que parece interesar a los concurrentes, es si entró la espada entera y en qué sitio, haciendo a un lado lo más importante de la suerte, que es el trabajo del diestro para perfilarse, citar, vaciar y entrar. Los ojos de los que quieren juzgar de acto tan lucido, no saben posarse sobre el brazo derecho del matador y sobre el morrillo del toro, sino sobre los pies de aquél y sobre su mano izquierda abarcando en lo posible la faena del brazo derecho, para ver si hubo arqueo o alguna chapuza fuera de las reglas del arte.

   Ver toros, por fin, es concentrar toda la atención en lo que está pasando en el ruedo, no perder detalle, no distraerse con pláticas, enterarse de todo –hasta del estado de salud de los diestros- y ser muy discretos en las opiniones que se dan, pues a lo mejor se puede meter la pata.

 CARLOS M. LÓPEZ.


[1] Salvador García Bolio: EL PERIODISMO TAURINO EN MÉXICO. Historia. Fichas técnicas. Cabeceras. Con un prólogo de Alberto A. Bitar Letayf “A.A.B.”, Director de “El Redondel”. México, Bibliófilos Taurinos de México, s.a.e., s.p.i., 120 p. Ils., facs., p. 41.

[2] La Lidia. Revista gráfica taurina, Nº 13, del 19 de febrero de 1943.

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INVITACIÓN MUY ESPECIAL…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   El próximo sábado 8 de diciembre de 2012, en punto de las 12 horas, se realizará el siguiente evento, en homenaje a José Alameda, a los cien años de su nacimiento.

CARTEL 3

CARTEL1

Muchas gracias.

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