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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. MAYO DE 1791.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 GACETA DE MÉXICO, D.F., del 10 de mayo de 1791, p. 5: El día 3 comenzó la primera corrida de toros en la Plaza de San Diego, que continuaron hasta el día 12, haciendo alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas; hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides: se mataron ciento y ochenta Toros, que se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres; el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales.

   La sola nota, que es apenas un pequeño registro de las actividades allí descritas, podría resultar curiosa, interesante. Sin embargo, encierra una serie de elementos lo suficientemente atractivos como para no descuidar su contenido. Por ejemplo, el primer dato que salta a la vista es la celebración de 10 festejos, uno por cada día, desde el 3 y hasta el 10 de mayo, en una época del año que no es muy común, quizá para nuestro tiempo, aunque sí para el de aquellos días, sujeto a un calendario rigurosamente religioso, establecido en las “Fiestas de Tabla”. En todas ellas, “hicieron alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas, hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)” “Alarde” y “destreza” de “Chulos” y “Toreros de a pie y de a caballo”, esto indica el alto grado de avance por un lado. Y de aceptación por el otro en los entonces nuevos o más avanzados planteamientos que la tauromaquia estaba alcanzando por entonces, expresión que parece dar lugar al reacomodo que vino a ponerse en práctica, luego de aquel cambio de protagonismo habido entre los nobles y los lacayos, y donde estos asumieron el papel de primeros actores, en tanto que los de a caballo ya no fueron necesariamente miembros de la nobleza o de grupos estamentarios, sino otros tantos integrantes del nuevo componente que asumía la responsabilidad de aquella condición en la que iba acomodándose el toreo en plena época donde imperaban, como telón de fondo, unas ideas de avanzadas que impulsó la ilustración, cambio ideológico de progreso que tuvo fuertes discrepancias con el contenido esencial de todos los significados que emanaban del toreo, cargado de ingredientes que no se correspondían con el iluminismo del “siglo de las luces” pero que logró un buen intento de ponerse al día a la hora de recomponer esa particular puesta en escena.

   “Se mataron ciento y ochenta Toros”. Lamentablemente, a reserva de dar un día con la “Cuenta de gastos” o alguna “Relación de Sucesos”. La que más se aproxima a estos hechos, es aquella que sucedió un año antes, y que fue el certamen realizado por la Real Universidad de México a fines de 1790, conocido en prensas como OBRAS de elocüencia y poesía premiadas (…) con motivo de la exaltación al trono de (…) el Sr. D. Carlos IIII (sic) Rey de España y de las Indias. México, 1791. Hubo diversas composiciones, de la más rica métrica inspiración. Entre otras se encuentra un elogio castellano de D. Joseph Sartorio “colegial que fue del mismo Colegio de San Ildefonso, a quien se le asignó un premio de dos medallas de oro y quatro de plata”. O aquella otra, una oda sáfico-adónica en metro castellano sin rima, compuesta por el Doctor en Teología don Juan de Castañiza Colegial actual del Real y más Antiguo de San Ildefonso, a quien se le adjudicó el premio de una Medalla de oro y quatro de plata. La obra lleva el título de: RAPTO POÉTICO EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE México en la proclamación (…) que comienza presentando algunos versos latinos como: Hic diez veré mihi festus atrás / Eximet curas: ego nec tumultim, / Nec mori pervim metuam, tenente / Caesare terras. (Hor. Lib. III. Od. XIV)

1791 

RAPTO POÉTICO

EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE

México en la proclamación (…)

 

Lleva consigo la sabrosa almendra

que Xocohochco y que Caracas crian;

y el que Orizava y Córdova producen

fino tabaco.

 

Cargada de estos y otros muchos dones,

la leal Señora del Indiano Imperio

se postra humilde, y al Monarca nuevo

tierna saluda (…)

 

Vive imitando a Luises y Fernandos,

vive escediendo a Carlos y Felipes,

vive felice quanto amado, amante

de ambas Españas.

 

Así explicaba México su gozo

el día que a Carlos Quarto proclamaba;

lo demás que hizo su lealtad sincera

cántelo Clío.[1] 

   Dichos “toros (…), se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres (…)”. En tal apunte se percibe que esos festejos tuvieron fines benéficos, extendidos a las cárceles, Comunidades Mendicantes[2] y otras personas pobres, que bien pudieron ser niños expósitos, por ejemplo.

   Finalmente: “el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Dicha descripción refiere un escenario –la Plaza de San Diego-, ubicada a un costado del quemadero de la Inquisición, y también del Convento de San Diego, y que hoy se ubicaría donde se encuentra ubicado el “Laboratorio de Arte Alameda” o Antigua “Pinacoteca Virreinal”, calle de Dr. Mora, en el centro de la ciudad de México.

CombentoSanDiego_web

 Disponible marzo 19, 2014 en: http://www.urbanfreak.net/showthread.php/7352-GALER%C3%8DA-FOTOGR%C3%81FICA-El-M%C3%A9xico-de-Ayer/page55

    “Adorno y compostura de la plaza en pinturas y cortinaje”, que solo podría entenderse con la imagen que incluyo a continuación:

IMAGEN_038 Es esta una fiel representación del sabor barroco mexicano de fines del siglo XVIII, cuando el virrey Conde de Gálvez, uno de los más entusiastas taurinos de aquella época pudo admirar esta estampa, reproducida en un biombo. ”Corrida de toros”. Siglo XVIII. Col. Pedro Aspe Armella. En: ARTES DE MÉXICO. La ciudad de México I. Enero 1964/49-50.

   Con su “iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Tal circunstancia, que nos habla del bullicio que podía despertar un poder de convocatoria como aquel, deja ver que, a los ojos del cronista, existe toda una visión de condiciones gozosas, disfrutables lo mismo a pie que a caballo, sin faltar las músicas, e incluso contar con la oportunidad, sobre todo de aquellos desvelados, de observar la difícil y complicada maniobra de la introducción del ganado, mismo que arribaba a los corrales de la plaza en medio de muchos clarines, chirimías, cajas y timbales, lo cual es indicativo de aspectos relacionados con el sello distintivo que adquirían tales espectáculos, pero también la forma en que se practicaba aquella movilización, tan riesgosa para la comunidad como para los curiosos y más de algún adorador de Baco, de esos que nunca faltan…

   Pero tampoco faltaron aquellos que cuestionaron tales expresiones como un auténtico relajamiento de las costumbres, y hasta lo regularon, evitando con ello que, al amparo de la noche o de las sombras, se cometieran abusos de toda índole.

   Finalmente, con aquella plaza iluminada, espectáculo que debe haber tenido su punto de interés muy especial, nos alejamos con objeto de prepararnos para la siguiente jornada, en la que el atractivo será una más de aquellas corridas de toros, las cuales “hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)”, lo que significa el hecho de que fueron concebidas al amparo de mojigangas y otras amenidades como:

 -Lidia de toros “a muerte” y cuya estructura básica, convencional o tradicional pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[3] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[4] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Benjamín Flores Hernández nos ofrece un rico panorama al respecto:

 -Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

 Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representaban sentidos extraños y estrafalarios, de conformidad al motivo con que fueran convocadas las fiestas.


[1] Biblioteca Nacional: R / 1791 / M4UNI: OBRAS de Eloqüencia y poesía (…), 1791., p. 3-5.

[2] Según el Diccionario de la Real Academia Española: Mendicante. Se dice de las religiones que tienen por instituto pedir limosna, y de las que por privilegio gozan de ciertas inmunidades.

[3] Benjamín Flores Hernández. Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces (tesis de licenciatura), p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[4] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Dicho libro está plagado de referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

-Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

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¿FUE CIERTA LA PRESENCIA DE HIDALGO y ALLENDE EN SAN LUIS POTOSÍ, DURANTE EL MES DE OCTUBRE DE 1800?

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El rumor de tal “encuentro” sigue presente en el imaginario popular. Sin embargo, no ha podido dilucidarse si tal encuentro ocurrió como lo cuenta ese pasaje cargado de lo anecdótico, pero no de lo verídico. El informe que acompaña estas breves notas, procede de una fuente directa, como es la Gazeta de México, que en su número 30 del martes 20 de enero de 1801, registra las noticias que ocurrieron durante el mes de octubre anterior. Con detallada circunstancia, puede uno leer la descripción del acontecimiento que serviría como telón de fondo al mencionado encuentro. Me refiero a la dedicación del templo a la Reyna de los Cielos María Santísima de Guadalupe, que significó la organización de diversas fiestas como era costumbre por entonces. Tales conmemoraciones consistieron en la procesión, danzas y las infaltables corridas de toros, que fueron dos para mayor conocimiento. Sin embargo, la propia Gazeta no da mayor información al respecto de aquel asunto el que, para algunos autores ha significado un serio trabajo de investigación. Allí está la obra de don Rafael Montejano y Aguiñaga: Estuvo Hidalgo en San Luis Potosí cuando la dedicación del Santuario y las memorables corridas de toros en 1800?[1]

   Si aún quedaran dudas, me permito compartir con ustedes la noticia registro que quedó registrada en la Gazeta de México, tal y como fue posible encontrarla en la Hemeroteca Nacional de España…

GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 1 GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 2 GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 3

 …en espera de que ustedes, como yo, saquen sus propias conclusiones al respecto.


[1] Rafael Montejano y Aguiñaga: Montejano y Aguiñaga, Rafael. ¿Estuvo Hidalgo en San Luis Potosí Cuando la Dedicación del Santuario y las Memorables Corridas de Toros en 1800?. San Luis Potosí: Academia de Historia Potosina, 1979.

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SE INAUGURA LA PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO EN 1788.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Según las Efemérides Taurinas Mexicanas de D. Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.) refiere que, para el 24 de noviembre de 1788 se estrenaba la que fue, primera edificación o la más primitiva de la famosa plaza de San Pablo, colindante al templo del mismo nombre y que, en varias etapas, se mantuvo funcionando hasta 1864, aproximadamente.

   Sin embargo, y acudiendo a la prensa de la época, fundamentalmente la Gazeta de México, se manejan otros datos que conviene aclarar, aprovechando además los interesantes apuntes que se desprenden de la “crónica”, que no es sino una limitada reseña de los acontecimientos aquí abordados. Por ejemplo, en la del martes 18 de noviembre de 1788, dice que

 GAZETA DE MÉXICO_18.11.1788

    El día 16 (de los corrientes, tal día fue domingo) se hizo el primer Ensayo para las próximas corridas de toros, en la misma Plaza que se ha construido para ellas en la de San Pablo: según se avisó al Público será el segundo próximo Domingo (día 25), y comenzará la primer Corrida el día 1° de Diciembre (es decir, el lunes 1°) y la segunda el 15 (de nuevo también en lunes).

   La siguiente Gazeta… del 2 de diciembre de 1788, en efecto nos confirma lo anterior y relata que

 GAZETA DE MÉXICO_02.12.1788

    El día 1° comenzaron las corridas de Toros, que en ambas semanas no habrá los Miércoles por ser día ocupado. Se ha presentado los lidiadores de a pie vestidos de terciopelo y tizú de plata, distinguiendo a una quadrilla de otra los colores verde y negro. La de a caballo con chupa y calzón de ante, gabán de color roxo, y todos con galones de plata. La completa horquesta de Música ha hecho los intermedios muy divertidos. Están preparadas distintas invenciones para dar el lleno a la diversión de las tardes, sin embargo de que la bondad del ganado por sí solo la promete; y no ha sido la menor la variedad de modos con que se ha partido la plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio, que se han desempeñado como si fueran de la Tropa más arreglada.

   La segunda corrida comenzará el día 15 por concurrir en la semana siguiente dos días festivos.

   Finalmente, y para hacer más completo el presente “reportaje”, me remito a la siguiente Gazeta… del martes 23 de diciembre en la cual encontramos el siguiente párrafo:

 GAZETA DE MÉXICO_23.12.1788

    El día 15 comenzó la segunda corrida de Toros, cuyas funciones han sido iguales a las de la primera, así por el escogido ganado, como por las diversiones con que se han alternado las lidias, partiéndose ya la Plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento fixo de México.

   De todo lo anterior se concluye que la “inauguración” no fue el 24 sino el 25 de noviembre de 1788.

   Sin embargo, de las breves notas que registran tres Gazetas… hay suficientes elementos para acercarnos a la forma en que se desarrollaban los espectáculos taurinos hacia finales del siglo XVIII.

   Para empezar, esa plaza “primitiva” estuvo, como bien se apuntó, a espaldas de la iglesia de San Pablo y a unos metros del rastro de la ciudad por aquel entonces, lo que supondría que los toros ya muertos en el ruedo de la plaza, se destazaran directamente en aquel sitio dedicado al asunto.

   Cuando aparece el término “ensayo” esto se refiere a algo que con mayor amplitud ha abordado el Dr. Benjamín Flores Hernández, el que apunta:

 Una vez se hubieron establecido definitivamente en la ciudad de México las temporadas de corridas protagonizadas por lidiadores profesionales de a pie y sujetas a una organización precisa, empezó a ser común la realización de ensayos previos a ellas. Primeramente dichos ensayos se hacían en un rancho cercano, tal la hacienda de Narvarte (esto hacia 1770), pero más adelante llegaron a tener una categoría casi igual a la de las corridas formales, por lo que se llevaban a cabo en un coso especialmente edificado para ellos en las afueras de la capital.[1]

   Siendo por aquellos días tan predominante aquel sistema denominado “Fiestas de tabla”, el cual acumulaba tal cantidad de celebraciones, esto en la realidad debe haber ocasionado serios disgustos a nivel laboral, pues ¿dónde se imaginan ustedes que andaría buena parte del gremio laboral, durante un día laborable y a hora más que prudente? Por eso, fue necesario poner cierto orden para evitar, entre otras cosas, el relajamiento de las costumbres, tema del que se ocupó a profundidad Juan Pedro Viqueira Albán.[2]

   “Lidiadores de a pie”, que aparecen, según el orden en la escena, en un primerísimo lugar, mismo que adquirieron dichos personajes tras el reacomodo habido a lo largo de buena parte de aquel siglo, en el que la tauromaquia sufrió una serie de recomposiciones técnicas que vinieron dando razón y equilibrio a lo que finalmente quedó resuelto en la primera “Tauromaquia” que es compendio de aquella gran experiencia, la de José Delgado “Pepe Hillo”, cuya primera edición data del año 1796. Ocho años separan dicha publicación de las fiestas en San Pablo, suficiente tiempo para entender que las estructuras taurómacas estaban más que afinadas para continuar por la senda de un siglo como el XIX, en donde el toreo tuvo su primera gran época de esplendor. Lo anterior todavía significaba dejar todo en un proceso entendido como el de la prueba de laboratorio.

   En efecto, al haber en el ruedo dos cuadrillas, estas tuvieron que distinguirse en uno y en otro color para evitar confusiones primero. Encontrar habilidades y exaltarlas, de ser necesario como un segundo recurso de distinción entre los que ostentaban el color verde respecto a los que llevaban en sus ropajes el color negro. En seguida, son mencionados los que formaban la “cuadrilla de a caballo”, algo así como otra sección que marcaba, en definitiva la ruptura entre el protagonismo de esta con respecto a aquella. Ya no eran los de a caballo quienes con su jerarquía dominante, monopolizaban el espectáculo en términos de un acaparamiento de todas las atenciones, pues anteriormente eran los caballeros venidos de casas y linajes muy arraigados quienes detentaron por muchos años tal privilegio. Este se terminó debido al supuesto desdén impuesto por la casa de los borbones que, desde 1700 gobernó el imperio español, pero que siendo monarcas de origen francés, esto significaba no reconocer ciertos usos y costumbres que los españoles seguían manteniendo, a pesar de aquel distanciamiento, el cual se acentuó con la propagación de las ideas ilustradas que pasaron fundamentalmente de Francia a España por vía de sus más reconocidos intelectuales: Voltaire, Rousseau, Jovellanos, Campomanes y otros.

   Que haya habido una “horquesta” y no una banda, significa que muchos espectáculos no solo estuvieron amenizados por chirimías, atabales sino por un grupo de músicos que interpretaban lo mismo instrumentos de cuerda que los metales o las percusiones, como una orquesta en pleno, y cuyas piezas debieron haber causado gran gozo entre los asistentes.

   El “redactor” de la Gazeta… apunta sobre los toros una curiosa referencia que refiere la “bondad del ganado”, como “cualidad de bueno” (según el DRAE), entonces se tendría como tal concepto a aquellos astados que, con bravura, casta y poder tuviesen ganado el privilegio de tal denominación, sobre todo en una época en la que las haciendas, como unidades de producción agrícola y ganadera todavía no contaban con un sistema específico, o al menos esta es la sospecha, en que se apoyaran no los hacendados o dueños de dichas extensiones, sino sus empleados, sobre todo los caballerangos y la gente del campo, acostumbrada a realizar actividades concretas como el “rodeo”, lazar y colear, llevar los numerosos grupos de cabezas de ganado de un lugar a otro, donde habría pasto y agua, con tal de observar, que esa sería la práctica cotidiana más importante; observar qué tipo de ganado era el propicio para enviar a las plazas. Dependiendo del juego ofrecido, de una “bravura” o de una “casta” que dejara satisfechos los deseos de los diestros, o del público, entonces, en esa medida es como se conjugaban también los otros componentes que habrían permitido que esos toros tuviesen configurada a su alrededor, cierto delineamiento con el que se marcaban o acentuaban las condiciones de –insisto-, “bravura” o “casta” que serían, en esos momentos, condiciones tan anheladas como hoy.

   Esa variedad de modos para el “partimento” de la plaza, supone la posibilidad de que aquello era un auténtico espectáculo, donde los de a caballo procederían a realizar cuantas evoluciones o piruetas permitiera la gala de un desfile, armonizado y complementado por las “Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio”, que en tanto condiciones de protección, dejan ver que el sector del comercio estaría muy involucrado en la organización del espectáculo (para el cual, existía un asentista o empresario, involucrado con algunos de los integrantes más poderosos de los gremios, de los que dependía en buena medida el que el mecanismo de las fiestas se moviera). Sin ellos, o sin la fuerza de estos –por ejemplo, el gremio de “tablajeros”-, las corridas no tendrían efecto, mismo que quedaba sellado con el permiso concedido por el virrey en turno.

   Finalmente, algo que llama la atención es esa otra distinción sobre “diversiones con que se han alternado las lidias”, lo cual significa que todo espectáculo de aquellas épocas pudo haberse confeccionado siguiendo unos patrones específicos en donde estaban incluidas las mojigangas, el uso de mongibelos o recreadas figuras para alguna representación. También estarían allí los “dominguejos”, y el uso de los fuegos de artificio, sin faltar el “palo encebado” o la “cucaña”, cuya mejor explicación es esta obra de Francisco de Goya:

 767px-Francisco_de_Goya_y_Lucientes_045

Disponible noviembre 24, 2013 en: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Francisco_de_Goya_y_Lucientes_045.jpg

En fin, creo que no faltaría motivo para encontrar en las fiestas taurinas novohispanas verdaderas celebraciones que, como la que aquí se recrean, nos remite a la mismísima inauguración de la plaza de toros de San Pablo, un 25 de noviembre de 1788. Es de lamentar que no aparezcan hasta ahora, ni los nombres de los toreros de a pie, ni los de a caballo. Tampoco la procedencia del ganado.


[1] Benjamín Flores Hernández: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., fots., facs., cuadros., p. 210.

[2] Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps.

 

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UN DÍA COMO HOY, 11 DE NOVIEMBRE… DE 1675.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Entre las primeras participaciones de ganado de Atenco, destinado a fiestas durante el siglo XVII, está la de 1652, así como la del 11 de noviembre de 1675 cuando se corrieron tres toros de dicha hacienda con motivo del cumpleaños del Rey, donde además se presentó el Conde de Santiago, auxiliado de 12 lacayos.

   Fue Antonio de Robles quien dedicó la siguiente referencia:

-Toros a los años del rey Felipe IV de la casa de los Austrias (11, 19 y 20 de noviembre). [1]

   Una de las relaciones de fiestas o de sucesos que se escribieron durante su reinado, corresponde al Festivo obsequio al mysterio de la concepcion de la reyna de los Angeles, la siempre Virgen Maria, celebrado (como titular) en su convento de la concepcion de la ciudad vieja, o almolonga; y executado por orden de nuestro gran monarca, y Senor Felipe IV, el grande, en la publicacion del Decreto sacro… que… despacho por el año de 1662. Su breve descripción, y general epílogo de las demás fiestas en esta ciudad de Guatemala, escrivió el Padre Fray Estevan de Avilés… quien con todo afecto lo consagra al M.R.P. Fray Miguel Rumbo… Guatemala. En Guatemala, Por Joseph de Pineda Ybarra, Impressor, y mercader de libros, 1663. “Licencia” de Joseph de Guzmán y de Antonio Álvarez de Vega. 14 p.

O esta otra de Diego Velázquez de Valencia: 1666. Elogio de Felipe IV el Grande. México, viuda de Bernardo Calderón.

   Sin embargo, entre lo que más se acerca a aquel acontecimiento, con el sólo objeto de saber en qué medida se practicaban ciertas demostraciones caballerescas, lo encontramos en el Romance de los Rejoneadores. Pero antes de ello, me permito traer hasta aquí, como en otras ocasiones, parte de un texto que se encuentra en mi trabajo –inédito-: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, del que extraigo la siguiente y valiosa información.

LOS FESTEJOS QUE LA CIUDAD DE MÉXICO RINDIÓ A CARLOS II CON MOTIVO DE SU ENTRADA EN EL GOBIERNO EN 1676.

   El Pbro. Br. D. Ignacio de Santa Cruz Aldana, fue uno de los varios autores que dejaron testimonio de las fiestas celebradas en 1676, por motivo de la asunción al trono del último integrante de la casa de los Austrias, Carlos II, fundamentalmente en la capital de la Nueva España. De las Reales fiestas en la exaltación de D. Carlos II, tenemos el siguiente ejemplo publicado en

1677

 Reales fiestas en la exaltación de D. Carlos II.

 

Va de romance de chanza,

que en asunto tan festivo

es burla escribir de veras

(fuera de burla lo digo).

Aquí con nuestro Anastasio

los que al Helicón[2] subimos

a caza de gangas siempre,

valerosos Gongorinos!

Con quien me entiende, me entiendo,

que esta vez Pantaleonizo,

poeta de buen humor,

no colérico, sanguíneo…;

…Y tú, cristal de Hipocrene,

espejo en quien yo me miro,

haz que en mi abono el Pegaso[3]

dé el poético relincho.

al Parnaso, pues, me acojo,

y a la escuela de Apolillo,

o a la amiga con las Nueve

ponerme quiero a pupilo.

Erase, pues, que se era

de Noviembre a veinticinco

una noche y estos versos,

ella helada y ellos fríos,

cuando solamente un tlaco

de Luna (que es cuarto Indio)

el hemisferio alumbrada,

que estaba de luz mendigo.

Tan escura noche era,

que –temiendo dar de hocicos-

aun los Planetas errantes

andaban con gomecillos;

si no es ya que a sueño suelto,

en sus casas recogidos,

en su Apogeo roncaba

cada cuál en su Epiciclo.

La boca de lobo, calle

con esta noche su pico,

y de obscuridad el culto

no diga: este verso es mío.

De aquéllas que ni las manos

se ven (como alguno dijo),

en que no paros somontes

eran los gatos, más tintos.

Claro está que con mil hachas

se ha esta noche esclarecido:

¿No está claro, cuando por

contarlas me despabilo?

Empiezo, pues, mi máscara

(perdóneme el libro quinto)

y mi más amada empiezo,

(que soy poeta muy fino);

en que la gran providencia

del que es más sabio que Ovidio[4]

de más cara en más barata

el metamorfosis hizo.

Aquí de las Aganipe[5]

vuelvo a implorar el auxilio

que me azoga asunto tanto

a ley de engrasado indigno.

El que a la Real imagen

virrey retrata tan vivo,

que es su segunda persona,

así como te lo pinto;

de cuyo feliz gobierno

-segundo Atlante[6] que admiro-

de este nuevo mundo los

dos Polos están asidos;

Fénix[7] raro en cuya pluma

renace la de Augustino,

ribera en quien yo me hallo

del gran Teseo[8] el asilo;

juez tan justo, y tan atento

a este proceso infinito,

que en costas ha condenado

tan solamente al velillo,

que toda viviente salga

con su negro vestidico

ordena, excusando gastos;

bien haya, amén, tal arbitrio.

. . . . . . . . . .

No hay hombre cuerdo a caballo,

dice aquel adagio antiguo;

y todos aquesta noche

son locos de buen juicio.

Los Cristianos caballeros,

ya los borrenes proscritos,

los fustes bridones truecan

por los jinetes Moriscos.

Precisándose van de airosos,

y –poco desvanecidos-

no los aplausos les hacen

el que pierdan los estribos.

Los caballos generosos,

ni andaluces ni castizos,

son del Betis hijos-de-algo:

Porque del aire son hijos.

alazanes y zebrunos,

rucios, rodados, morcillos,

grullos, cabezas de moro,

canelas, bayos, mohínos,

aceiteros, naranjados,

castaños, zainos, tordillos,

sahonados, azulejos,

overos y remolinos.

Nombres son de albeitería

(vea, quien quisiere, los libros,

que Calvo y Reyna no erraron

aunque herrar era su oficio).

Los jinetes, pues, bizarros,

a los caballos ariscos

no son lerdos en picarlos,

que matándolos van vivos.

Pasaron de dos en dos

estos Géminis crecidos,

Cástor y Pólux[9] adultos

(que éste no es juego de niños).

Como atendidos se ven

de su Apolo Ciparisos,

camparon alegres hoy

hechos de oro pinitos.

Tiernos escuchan el eco,

y hoy –que se oyen aplaudidos

de más de una Ninfa[10]- son

enamorados Narcisos.[11]

A fuer de su sangre ilustres

parecen a los jacintos,

y a los Adonis[12] hermosos

a fuer del duro colmillo.

(¡A culto me meto! Fuera

del obscuro Laberinto

me salgo: quédese sólo

el fiero Tauro de Minos.)

Digo, pues, de los Montados

lo bizarro y lo jarifo,

lo donairoso y galán,

por cierto muy buen aliño!

Piernas hacen de jinetes,

a sus botas atenidos,

de ámbar precioso adobadas,

(yo me atengo a las de vino).

Cada cual a su rocín

las espuelas prende altivo

cual si fueran alfileres,

(tan bien tocados los miro).

Cuatro colores les da

hoy el Príncipe propicio

con providencia, por que

no vayan descoloridos:

Del mismo Cielo el azul,

y lo blanco del armiño,

lo anteado, y lo encarnado,

porque les venga nacido.

De las libreras costosas

que en la Máscara han salido,

como mal Sastri-Poeta

no acierto a coger el hilo;

que es antigua vanidad

de nuestro Español capricho,

que quien es su dueño diga

de los pajes el vestido.

No el oro rico de Arabia,

ni la púrpura de Tyro,

ni de Ceilán el rubí,

ni la esmeralda de Quito,

echó menos el deseo;

que lo más preciso y rico

entre los demás crïados

aquesta noche ha servido…[13] 

   A la mitad de este romance apareció la alusión de ya los borrenes proscritos; y viene al caso porque, aligeradas las sillas de montar, sin las almohadillas de tal nombre, y dispuestas a la jineta modo o escuela tan acostumbrado en México, en aquella Nueva España del XVII, y que tanto sirvió para efectuar los famosos juegos de cañas y hasta con tal método –a la brida-, se corrieron toros.

   De nuestro autor dijo alguna vez Beristain de Souza que fue literato y virtuoso, natural de México, beneficiado de las Minas de Tezicapan, y en 1667 Capellán de San Lorenzo de México. En cuanto al Romance recogido, el tema es lo de menos, y lo de más el chispeante floreo de ingeniosidades, circunloquios y juguetones paréntesis… Cástor y Pólux…, son los Astros benévolos… de la Monarquía Española.

   En alguna otra parte del trabajo hemos acudido a la marcadísima influencia que Luis de Góngora y Argote provocó creando un influjo determinante en la cultura literaria del México novohispano. Gongorismo era el pan nuestro de cada día para los diferentes autores que se veían influidos por el cromatismo de su poesía. En 1640 –por ejemplo-, la huella de la poesía aparece definitiva, ya no tímida o aislada, sino patente y constante. María Estrada Medinilla, en su Relación de la feliz entrada en México… del Marqués de Villena, hacía por entonces una explícita profesión de fe culterana, eso sin mencionar el corte totalmente gongorino del poema:

 …epítetos vulgares

no son para las cosas singulares

    Los diferentes títulos atribuidos a sus partidarios como Príncipe Castellano; Apolo cordobés; Príncipe de los líricos de España, es una muestra clara de que sus versos, de que su escuela también, invaden el ambiente de Lope y Quevedo; de Jacinto Polo, Pantaleón Ribera y Calderón, durante casi todo el siglo XVII.

   En tal influencia no vemos sino lo retórico, mezclado con una serie de funciones como los cultismos sintácticos, hipérbaton, fórmulas estilísticas, simetría bilateral, perífrasis y alusis, metáfora e imagen. Un ejemplo claro de dicho concepto se encuentra en:

 1677 

…sangre derramada

…sangre derramada

en el papel de la arena

fue corónica purpúrea

a sus hazañas eternas… 

   Es decir, que para Luis de Sandoval y Zapata, La sangre derramada en la arena, sirvió de crónica a sus hazañas –las de la nobleza-.

   Y bien, llegamos a lo que se puede considerar el primer gran ejercicio literario que dedica buena parte de la obra al asunto taurino. Se trata del Romance de los Rejoneadores que es parte de la Sencilla Narración… de las Fiestas Grandes… de haber entrado… D. Carlos II, q. D. G., en el Gobierno, México, Vda. De Calderón, 1677. Dicha obra celebra las Fiestas por la mayoridad de D. Carlos II, 1677. El Capitán D. Alonso Ramírez de Vargas ofrece una delectación indigenista en esta Sencilla Narración… y refulgen los romances para los rejoneadores –una de las más garbosas relaciones taurinas al gusto de Calderón-…

   D. Carlos II, el postrer Habsburgo de España, había tenido un bello rasgo de piedad Eucarística, cediendo su carroza a un Sacerdote que a pie llevaba el Viático a una choza, etc.; tal lo narró en una Copia de Carta escrita de Madrid (México, 1685), realizada con varios sonetos de ingenios de esta Corte. Así, en el Anfiteatro de Felipe el Grande, de Pellicer (Madrid, 1631), una bala certera de Felipe IV, fulminando a un Toro, había hermanado –cada uno con su soneto- a Lope y Calderón, Quevedo y caro bán, Rioja y nuestro Alarcón, Valdivieso y Jáuregui, Esquilache y Bocángel…; y estotra gallardía de Carlos II, -regia humildad católica, y con el oro viejo de la tradición de la Casa de Austria-, merecía, más que el tiro de Felipe, el lírico aplauso.

   Del Capitán Alonso Ramírez de Vargas (1662-1696), quien a decir de Octavio Paz “fue poeta de festejo y celebración pública”, entre los que hubo en la Nueva España “mediano… pero digno”. Autor “de varios centones con versos de Góngora, fue sobre todo un epígono del poeta cordobés, aunque también siguió a Calderón, a Quevedo y, en lo festivo, al brillante y desdichado Anastasio Pantaleón de Ribera, muerto a los 29 años de sífilis”. Ramírez de Vargas –sigue diciendo el autor de Las trampas de la fe-,[14] tenía buena dicción y mejor oído…” Pues bien, de tan loado autor es su famoso Romance de los Rejoneadores, parte también de la Sencilla Narración…, bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Francisco Goñi de Peralta y don Diego Madrazo a los que les

 Salió un feroz Bruto, josco

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Ícaro el atrevimiento.

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró, amenazando el cerco.

 

Y Francisco Goñi de Peralta

 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

y –a ser la piel de Cartago-

en cada animal horrendo

Reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abetos.

Veamos del Capitán Alonso Ramírez de Vargas, el

1677

Romance a Carlos II.

 

Soberano excelso Joven,

robusto y tierno Gigante,

que donde el valor anima

anticipa las edades…:

…Indicio fue del triunfo

que esperan tus estandartes,

ver -cuando a reinar empiezas-

las medias lunas menguantes.

(. . . . . . . . . .)

Cuando el bracelete animes,

la dura manopla calces,

el grabado peto ajustes

y el limpio acero descargues;

cuando el Andaluz oprimas

que al Betis la grama pace,

siendo -en virtud de su dueño-

la herradura corvo alfanje,

temerán los Federicos

al mesmo Carlos de Gante

confesando la ruina

lo que negaba el alarde.[15] 

   El nuevo Rey entraba al Gobierno a los 15 años; pero, nunca robusto, merecía nombrarse El Doliente y El Hechizado… Los toros muertos, con sus medias lunas menguantes, auguran derrotas de los mahometanos…

   Juan Gutiérrez de Padilla, lo abordamos aquí, no precisamente por tratarse de un poeta novohispano, sino de un músico ídem., (Málaga, ca. 1590-Puebla, 1664). Maestro de Capilla en Cádiz desde 1629, quien se destaca por realizar un trabajo no musicalizado -lo que se llama a capella- del autor español José de Valdivieso (1560-1638). La obra fue una Ensaladilla de Navidad donde el trabajo polifónico vocal se intitula Las estrellas se ríen y que es un juego de cañas a 3 y a 6, donde se entonaban entre otros, los siguientes versos: 

Atabales tocan, suenan clarines,

y las cañas juegan los serafines.

Que bien entra su cuadrilla

que bien corre, qué bien pasa,

aparta, aparta, afuera, afuera,

que entra el valeroso amor

cuadrillero de unas cañas.[16] 

   La ensaladilla comienza advirtiendo que Porque está parida la Reina / corren toros y cañas juegan. A todo ello en lo particular nos imaginamos un gran cuadro, en la Plaza Mayor, o en el Volador, entonándose los dichos versos, o siendo interpretada por chirimías, atabales, sacabuches, flautas de pico. Ora espineta, viola da gamba, tromba marina; ora el rabel, ya la guitarra barroca o el laúd; ya la vihuela, los orlos o las bombardas…

   En el tendido soleado saludamos al capitán Don Alonso Ramírez de Vargas quien en su Sencilla Narración de las Fiestas Grandes por haber entrado D. Carlos II, q.D.g. en el Gobierno publicada en 1677, incluyó su famoso Romance de los Rejoneadores bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Peralta y Madrazo.

   Un afortunado encuentro con la reproducción de esta obra,[17] nos permite entender la magnitud de aquella celebración, por lo que considero importante recoger de dicha trascripción los datos más útiles para este trabajo.

ALONSO RAMÍREZ DE VARGAS_001

 De la colección de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

CIRCO MÁXIMO[18] 

FEROCES BESTIAS ERAN LAS QUE CONTENDÍAN en la arena de los anfiteatros, y particularmente el toro, sacrificado a Neptuno; así Silio Itálico;[19] 

Principio statuunt aras cadit taurus

victima Neptuno[20] 

Y Virgilio, Eneida 2: 

Lsocon ductus Neptuno forte Sacerdos

solemnes Taurum ingentem mactabat ad Aras. 

   Festivo empleo fue para el vulgar alborozo el juego de los toros, que con intermisión de mayores ostentaciones duró seis días.[21] Esta orden se observaba en los juegos circenses, dando lugar a la plebe para el vulgar regocijo, de donde también se llamaron plebeyos, sin dejar de ser grandes.

   Fue intimación de Su Excelencia a la acertada y siempre plausible disposición del señor don Fernando Altamirano de Velasco y Castilla, conde de Santiago, adelantado de las Islas Filipinas, señor de la Casa de Castilla y Sosa, inmediato heredero del marquesado de Salinas, como a corregidor actual desta Ciudad de México,[22] siendo único comisario de todas las fiestas que (con sus discretas ideas, partos nobilísimos de su magnanimidad generosa y vigilante anhelo, que acostumbra en el servicio de Su Majestad) sazonó la más grande, la más solemne pompa, dividida en muchas que vieron las pasadas edades y que pudieron calificar de insuperables los reinos más famosos. Con cuya resolución se escogió sitio bastante para la erección de los tablados, siéndolo la plazuela que llaman del Volador: ilustrada[23] por la parte del oriente con la Real Universidad; por la del poniente, con hermosa casería; por la del sur, con el Colegio de Porta Coeli, y por la del norte, con el Palacio. Ideóse la planta[24] por los maestros,[25] ejecutada en cuadro suficientemente proporcionado. Descollóse después a la altura competente, quedando fabricado un labirinto hermoso de madera, tan bien discernido y conmensurado en gradas, aposentos, escaleras, separaciones, toldos, puertas y descombramiento, que el menor ingenioso Teseo[26] (aun con la muchedumbre que los ocupaba), sin necesidad de conductores, los distinguiera, y sin auxilios industriosos, los penetrara. Fábrica tan conforme a la de los anfiteatros de los juegos circenses, que la hicieron una aun sus menores requisitos, según la descripción rigurosa de Lipsio y los demás autores, cuya contextura (oh, erudito lector) te pongo al margen para que no deseches el símbolo.[27]

   No se echó menos la plaza mayor para circo, que lo despejado y alegre de ésta se pudo adaptar, bien que no a la grandeza que la ilustraba; saliendo a ella desde el Palacio (que está contiguo) Su Excelencia,[28] asistida de los señores de la Real Audiencia, en su carroza que tiraban seis bien remendadas pías,[29] seguida de otras de su noble y virtuosa familia. Engrandeció Su Excelencia un tablado ricamente adornado, como suficientemente estendido, para que lo autorizasen los demás Tribunales; asignándole todos los asientos conforme a las dignidades y personas.

   Seguíase otro –no menos espacioso y aderezado- convertido en un hermoso jardín, mejor que los que hicieron célebre a Chipre, cuyo campo enriquecía fértil copia de racionales flores en cada matrona conyugal Vesta. Si no era bello multiplicado oriente de tantas auroras, cuantas eran las señoras que lo hermosearon –como las otras vestales que cuenta Lipsio-, ennoblecián con su asistencia los espectáculos.

   Ocupó otro tablado capacísimo, y con admiración vestido de ricas ataujías,[30] el muy ilustre, muy noble y docto Cabildo de esta metrópoli, cuyos sujetos llenos de méritos son dignos del más alto cayado, de la púrpura más eminente; celebrando el motivo de tanta fiesta y asistiendo a tan debidos aplausos.

   Continuábase en otro bien aliñado la Real Universidad, ilustrada de tan grandes talentos que puede competir con las mayores del orbe, con quien no le bastó ser antes a la de Atenas. No faltando tan grave concurso en los otros antiguos juegos, coafirma Quintiliano 15, In ludo fuit, Et fuerunt, Et Doctores, et Medici, Et Ministri.

   Señaláronse otros para los abogados, relatores y demás ministros de la Real Audiencia desta Corte.

   Otros para los Colegios, como el Real de Cristo, etcétera, que hasta en esta distribución y concurrencias se emularon estos juegos con los magnos o consuales, como admiró Tertuliano: Quod Colegia, quod Sacerdotia, quod officia moneantur.

   No estaba con menos aseo el circo o plaza, regada con tan menudo cuidado que el polvo se retiró humilde a la tempestad de lluvias con que los aguadores lo sujetaron, pagando en olor barrisco el ultraje de la repulsa; quizá por observar en esto la limpieza e industria con que se regaba en los anfiteatros con aquellas conducciones o fístulas que traen varios autores, y mejor al intento Séneca, Epist. 91: Num quid dubitas, quin sparsio illa quae ex fundamentis mediae, Arenae crescens in summam altitudinem, Amphiteatri per venir, cun intentione aquae fiat? Y Antonio Musa apud Senecam, qui sparsiones adoratos imbres dixit.

   Llenos ya los asientos con inumerable y vario concurso de la Ciudad y sus contornos, que a la fama de tanta fiesta incitó la curiosidad y trujo el deseo; acomodados de gratis los conocidos o con estipendio los estraños, a el alegre señuelo del templado sonoro metal para dar principio a los juegos.

   Attuba commisos media canit aggere ludos. Entró a despejar la plaza el señor conde de Santiago –como a quien tocaba por corregidor-; agobiando con su dispuesta gentileza la espalda a un bien formado bruto, con ferocidad hermoso y con reporte soberbio, excelencias que se las hacía parecer mayores la airosidad del impulso, la ocupación del dueño, que, procurando imitar su gravedad y denuedo, gallardeaba ufano una rica gualdrapa de negro terciopelo en cuyo campo se opuso para más gala lo blanco de unas randas o franjones de plata para que, resaltando con la guarnición lo atezado,[31] luciera, a pesar del color de su ventura, lo oscuro. Equivocó sagazmente lo caballero con lo ministro con un vestido de negro terciopelo aprensado a labores, que animaba su neutral aire con la perfecta disposición de cuerpo y talle; sobresaliendo a la noche del vestido los argentados celajes de los cabos bordados de menuda plata, hilada de la prolijidad para desempeño del arte. Brillaba sobre la segunda noche del sombrero todo un firmamento de estrellas de toda magnitud en un cintillo de diamantes, que los prohijara envidioso el Ceilán, partos de sus serranías por el oriente y pureza de sus fondos como por lo precioso de sus quilates. Asistíale por delante copia de inferiores ministros de vara, respetados cocos de la plebe, a quienes seguía el número de veinte y cuatro lacayos, vestidos de bien costosas y sazonadas libreas,[32] oculta casi la tela de un rico paño ala de mosca con lo recamado de la plata en randas escogidas para el intento por demás primor y aprecio. (Bandas de puntas de plata, cabos de lo mismo, que sobre anteado encendido se daba la mano uno y otro para mayor lucimiento; espadas al pavón argentadas). Sirviéndole de grave respecto dos pajes inmediatos al freno, vestidos garbosamente a la chamberga,[33] que eran el blanco del buen gusto. Con esta gala y señorío paseó la plaza, a cuya respetuosa y agradable vista –sin necesidad del amago, a la dulce violencia de su aspecto, descombrado el circo- sobró el de su garbo para despejo. Apenas desocupó la plaza, encaminándose al tablado dispuesto para la nobilísima ciudad mexicana, cuando haciendo reseña los clarines para que se echase toro, 

Iam placidae dan signa tubae iam sortibus ardes.

fumat Arena sacris. 

   Diose al primer lunado bruto libertad limitada, y hallándose en la arena, que humeaba ardiente a las sacudidas de su formidable huella, empezaron los señuelos y silbos de los toreadores de a pie, que siempre son éstos el estreno de su furia burlada con la agilidad de hurtarles –al ejecutar la arremetida- el cuerpo; entreteniéndolos con la capa, intacta de las dos aguzadas puntas que esgrimen; librando su inmunidad en la ligereza de los movimientos; dando el golpe en vago,[34] de donde alientan más el coraje; doblando embestidas, que frustradas todas del sosiego con que los llaman y compases con que los huyen, se dan por vencidos de cansados sin necesidad de heridas que los desalienten.

   Siguiéronse a éstos los rejoneadores, hijos robustos de la selva, que ganaron en toda la lid generales aplausos de los cortesanos de buen gusto y de las algarazas[35] vulgares. Y principalmente las dos últimas tardes, que siendo los toros más cerriles, de mayor coraje, valentía y ligereza, dieron lugar a la destreza de los toreadores; de suerte que midiéndose el brío de éstos con la osadía de aquéllos, logrando el intento de que se viese hasta dónde rayaban sus primores, pasaron más allá de admirados porque saliendo un toro (cuyo feros orgullo pudo licionar[36] de agilidad y violencia al más denodado parto de Jarama),[37] al irritarle uno con el amago del rejón, sin respetar la punta ni recatear[38] el choque, se le partió furioso redoblando rugosa la testa. Esperóle el rejoneador sosegado e intrépido, con que a un tiempo aplicándole éste la mojarra[39] en la nuca, y barbeando en la tierra precipitado el otro, se vio dos veces menguante su media luna, eclipsándole todo el viviente coraje.

   Quedó tendido por inmóvil el bruto y aclamado por indemne el vaquero; no siendo éste solo triunfo de su brazo, que al estímulo de la primera suerte saboreado, saliendo luego otro toro –como a sustentar el duelo del compañero vencido-, halló en la primera testarada igual ruina, midiendo el suelo con la tosca pesadumbre y exhalando por la boca de la herida el aliento.

   Ardió más el deseo de la venganza con el irracional instinto en otros dos, no menos valientes, que sucesivamente desocuparon el coso como explorando en el circo [a] los agresores, y encontrándo[se] con otros igualmente animosos y expertos; hallaron súbitamente a dos certeros botes,[40] castigado su encono y postrada su osadía, sirviendo tanto bruto despojo de común aclamación al juego.

   Admirado juzgó el concurso no haber más que hacer, así en la humana industria como en la natural fuerza, y a poco espacio se vio la admiración desengañada de otra mayor que ocasionó el expectáculo siguiente.

   Fulminóse a la horrible palestra un rayo en un bruto cenceño y vivo, disparando fuego de sus retorcidas fatales armas, a cuyo bramoso estruendo, opuesto un alanceador montaraz tan diestro como membrudo, a pie y empuñada una asta con las dos manos, cara a cara, le seseó con un silbo a cuyo atractivo[41] se fue el animal con notable violencia; y el rústico –prendiéndole el lomo con osadía y destreza, firme roca en los pies, sin apelar a fuga o estratagema- se testereó con él, deteniéndole con el fresno[42] por tres veces el movimiento, sin que el toro –más colérico cuanto más detenido- pudiese dar un paso adelante; tan sujeto que, agobiando[43] el cuerpo para desprenderse del hierro, se valió deste efugio para el escape, dejando al victorioso por más fuerte, que no contento aspiraba a más triunfo buscándole la cola para rendirlo, acompañado deotro, que con una capa –imperturbable- lo llamaba y ágil lo entretenía. Afijóse[44] en su greñudo espacio, y dando a fuerza de brazos en el suelo con aquella ferocidad brumosa, se le trabaron ambos de las dos llaves; y concediéndole la ventaja de levantarse, le llevaron como domesticado de aquella racional coyunda a presentar a Su Excelencia, con tanto desenfado que –ocupado el uno en quitarse la melena de los ojos- lo llevó sujeto el otro sin haber menester al compañero por algún rato; siguiéndose a esto, que caballero el uno sobre el toro, sin más silla que el adusto lomo ni más freno que la enmarañada cerviz, rodeó mucha parte de la plaza, aplaudidos entrambos con víctores y premios; siendo éstos muy parecidos a los tesalos, que concurrían en el Circo Máximo, como cuenta Suetonio Praeterea Thesalos equites, qui feros tauros perspatia circi agunt, insiliuntque de fesos et ad terram cornibus detrabunt.

   Ni paró el festivo juego sólo en la orgullosa fiereza de los toros, valor y maestría de los rejonistas (que fueron premiados con los mismos despojos de su brazo), sino que sirvió también de admiración entretenida ver a uno déstos correr una tarde no menos regocijada que las demás en un ligero caballo hijo del viento; y en el mismo arrebatado curso, saltar de la silla al suelo y del suelo a la silla por varias veces, ya a la diestra, ya a la sinistra, sin que le estorbase la velocidad al bruto ni el jinete le impidiese la carrera; ante sí lo paró y sujetó cuando quiso. Este ejercicio de agilidad conseguían felizmente los romanos, licionados en unos ecúleos[45] de madera; haciendo a bajar y subir sin tardanza en las escaramuzas y tumultos de la guerra, como toca Virgilio. 

Corpora saltu

subiiciunt in equos. 

   Y especifica Vegecio[46]: Non tantum a tironibus, sed etiam a stipendios is militibus salitio equorum districte semper est, exacta. Quem usum usque ad hanc aetatem, licet iam cum dissimulatione, peruenisse manifestum est. Equi lignei hieme sub tecto, aestate ponebantur in campo super hos iuniores primo inermes, dum cosuetudine proficerent, demun armati cogebantur ascendere. Tantaque cura erat ut non solum a dextris, sed etiam a sinistris et insilire, et dsilire condiscerent, e vaginatos etiam gladios vel contos tenentes. Hoc eim assidua meditationes faciebant scilicet ut in tumultu proelii sine mora ascenderent, quitam studiose excercebantur in pace. No despreciando esta prenda la grandeza de Pompeyo ni la majestad del César.

   De grande gusto y entretenimiento fueron las cinco tardes que duraron estos juegos plebeyos, ejercitados a uso deste Nuevo Mundo; pero de mayor estimación y aprecio para los cortesanos políticos [fue] otra, de las más plausibles que puede ocupar sin ponderaciones la Fama y embarazar sus trompas, en que a uso de Madrid, mantuvieron solo dos caballeros airosos y diestros en el manejo de el rejón quebradizo y leyes precisas de la jineta[47] en el caso: don Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos reinos en los preludios de su juventud, y don Francisco Goñi de Peralta, hijo deste mexicano país; dos personas tan llenas de prendas cuantas reconoce esta ciudad en las estimaciones que los mira. Y porque Polimnia significa la memoria de la Fama (según Diedma), cuidadosa de que las verdinegras ondas del Lete no escondieran en la profundidad del olvido los aseos robustos con que desempeñaron valientes la lid más trabada que las que admiró Italia (en sus espectáculos venatorios); pidiendo la venia al Délfico Padre,[48] pasó con invisible vuelo desde las amenas frescuras del Premeso hasta los sudores ardientes del circo cantando así: 

   A continuación, vienen los versos completos de lo que, a juicio de Alfonso Méndez Plancarte es el Romance de los Rejoneadores del propio Ramírez de Vargas.[49]

 1677 

Romance de los Rejoneadores.

 

Llegó el esperado día

de aquel planeta ligero,

que con la lira y las plumas

azota y halaga el cierzo,[50]

 

Cuando (al despeñarse el Sol

-faetón menos indiscreto,

Eridano más glorioso-[51]

hacia el húmedo reïno)

 

Salió (como siempre) el Conde,

y con novedad, supuesto

que salir como ninguno

era lucir como él mesmo,

 

en una viviente nube,

que preñada de su aliento

relámpagos fulminaba

en pies, en menos y en cuello;

 

Obediente al grave impulso,

templaba los ardimientos

y en sus mismas inquietudes

iba buscando el sosiego

 

Con el natural instinto;

sintiendo el garboso imperio,

(aun bulliciosa) aprendía

la gravedad de su dueño.

 

La copia de los lacayos

mendigo al número hicieron

y a cuantas fecundas minas

metales conciben tersos.

 

Entró a despejar la plaza;

pero fue un ocioso intento,

pues cuanto iba despejando

embarazaban sus siervos.

 

Y llevándose de todos

los ojos y los afectos

en sus atenciones propias,

quedaban con vista y ciegos.

 

Salióse, quedando el circo

tan regado y tan compuesto,

que juró obediente el polvo,

desde allí, de ser aseo.

 

La Palestra quedó sola,

donde entraron al momento

dos Garzones tan bizarros

en la gana y el denuedo,

que los envidiara Jove

para el dulce ministerio

mejor que al arrebatado

del Frigio monte soberbio.

Por hacer su mesa noble

escogió para copero.[52]

 

Gallardamente mandaban

dos vitales Mongibelos[53]

que en mal mordidas espumas

tascan[54] nieve y viven fuego.

 

Ocho lacayos delante,

costosos a todo resto

en gala, les servían

de admiración y respeto.

 

Aire y experiencia unían,

que caben a un mismo tiempo

como en el arte lo airoso,

en lo natural lo diestro.

 

Para contienda tan ardua

dieron el primer paseo,

asegurándose el triunfo

a vista de tanto objeto.

 

Sí, que bastaba el influjo

dimanado del primero

asumpto, pues si era Carlos

todo había de ser trofeos.

 

Diose la seña, y al punto

el coso a la lid abierto;

como quien en opresiones

cólera estaba haciendo,

 

…Salió un feroz Bruto, josco[55]

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Icaro[56] el atrevimiento;

 

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró amenazando el cerco;

 

Sí, que en la frente erigía

(mortal pronóstico siendo)

de los dos lunados rayos

el semicírculo negro;

 

La cola, encima del anca,

formaba desde su centro

una víbora enroscada

de más eficaz veneno.

 

A suerte los Contenedores[57]

su valentía tuvieron,

que alcanza mayor victoria

donde obra más el esfuerzo,

 

Y haciendo juguete airoso

de su furia y de su ceño,

con esperalle el cuidado

le castigaba el desprecio,

 

Hasta que precipitado,

en ondas de sangre envuelto,

deshecha la cera a rayos,[58]

llamáronle el Mar Bermejo.

 

Con lo demás fue lo propio:

domellados los descuellos,

que sólo la audacia noble

libró en el yerro el acierto.

 

…No tan rápido Jarama

se precipita soberbio

sobre el escollo más firme,

sobre el roble más entero,

 

Y con undosos bramidos

puebla el páramo de estruendo,

esgrimiendo en los cristales

sus dos retorcidos cuernos,

 

Y hechos pedazos sus vidrios

a heridas que le da el cerro,

ligero pasa, y pretende

sólo el escapar huyendo,

 

Donde encontrando la grama

parece que va paciendo

su esmeralda, recelando

los choques y los encuentros,

 

A cuyo valiente impulso

que allí le resiste opuesto,

sangre cándida derrama

por su enmarañado cuello:

 

Como cada fiero Bruto

que por lo bruto y lo fiero

se arrojaba a sólo ser

en tantas partes deshecho,

 

Cuantos eran los rejones

que fulminaban sangrientos

Peralta, escollo en la silla,

y Madrazo, bien puesto[59]

 

Roble, en cuya ardiente lucha

coral la cerviz vertiendo,

en Aquelóos[60] undosos

a los Brutos convirtieron…

 

Nunca estuvieron gravados

a la sujeción del duelo,

que no padece fortuna

el arte cuando es perfecto.

 

Aras le erijan los que

hicieron peligro el riesgo,

que sólo pueden los dos

hacer primor el empeño.

 

Purpúreo lo publicaba

el fresno herrado en fragmentos,

que siendo la astilla azote,

era consistencia el yerro.

 

…Curioso lector, aquí

con más atención te quiero:

verás aquesta vez sola

hacer gala lo sangriento.

 

Salió el robador de Europa[61]

mentido en un tosco gesto,

mostrando en valor y orgullo

lo fulminante y lo excelso.

 

Llamóle Madrazo, a cuyo

impulso, el rejón deshecho,

con quedar medio en la nuca,

voló al aire el otro medio.

 

Admiróse; mas Peralta,

viendo embarazado el centro

de la testa, en ambos lados

le dejó otros dos suspensos,

 

Tan igualmente quebrados,

con tal fortaleza impresos,

que un penacho de carmín

todos los tres parecieron,

 

Hasta que el Bruto, mirando

era, más que adorno, juego,

de plumaje tan pesado

quiso desasirse presto,

 

Y de la frente sañuda

los dos troncos sacudiendo,

despidió a encender los otros

allá en la región del Fuego.

 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

 

y -a ser la piel de Cartago-[62]

en cada animal horrendo

reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abeto…

 

No fueron menos los que

logró en su valor don Diego,

que el número es ceremonia

si lo supone el aliento.

 

No se le atrevieron todos,

que al amago sólo atentos,

recelando su rüina,

hicieron sagrado el miedo;

 

Viéndolo tan cortesano,

hipócritamente huyendo,

para obligarlo cobardes

se valieron del respecto.

 

La tarde, toda a porfía

hábito el tesón hicieron,

con tantos actos heroicos,

que les hizo agravio el tiempo,

 

Porque envidiosas las sombras

tendieron su manto denso,

pero no pudo la noche

estorbar sus licimientos.[63]

 

Los hipérboles cesaron

aquí, lugar no tuvieron;

sirvan allá discurridos

sólo al encarecimiento.[64]

 

   Terminó las métricas graves cláusulas Polimnia encomendado a la inmortalidad el aplauso y obligando al tiempo a hacer una caución juratoria de que, a pesar del desmedido inconstante vuelo, grabaría, en las imperceptibles alas, la perpetuidad de sus nombres. 

   De la Máscara grave, lucida sin imitación, costosa sin ejemplar, de la nobleza de México,[65] donde hubo durante las seis noches luminarias en medio de gran lucimiento, y demostraciones a caballo al grado de que: 

Su luz el Sol despeñó

entre lóbregos desmayos,

y como en el mar cayó,

todo el oro de sus rayos

sal y agua se volvió.

 

La noche quiso oponer

sus sombras al ardimiento,

y por no poderlo ver

a todo su lucimiento

se lo quiso obscurecer.

 

En fin, llegóse a apagar

en el piélago, que inquiere

ese ardiente luminar,

que cada día se muere

y vuelve a resucitar.

 

Cuando en el parque se vio

toda la caballería

y de allí a plaza salió

con tan grande bizarría,

que igualada se excedió.

 

De todos el gasto a posta

competía en el empeño,

y llegaron por la posta[66]

al puerto del desempeño

andando de costa en costa.

 

Tan bien puestos y ajustados

de la jineta a los modos

salieron con desenfados,

que con ser tan vivos todos

me parecieron pintados.

 

Bien a muchos esta vez

la brida les ajustaba,

y con igual interés

cada cual se acompañaba

con otro de su jaez.

 

Repartióse singular

un iris de mil primores

porque pudiesen campar,

que no es siempre avergonzar

esto de salir de colores.[67]

 

Cuatro les dio la fortuna

y el gusto sin elegirlas,

y con no escusar ninguna

al llegar a repartirlas

todos se hicieron a una.

 

Mas porque todos estéis,

oh, lectores importunos,

en el caso y lo admiréis,

fue la color de unos

blanca, como ya sabéis.

 

A otros cupo la encarnada,

y juraré por mi vida

que viéndolos a la entrada

con ser gente tan lucida,

fue aquésta la más gradada.

 

Mas si el purpúreo clavel

con artificio lucido

de aquéste forma un vergel,

ambar espira vestido

del blanco jasmín aquél.

 

Color muerto no lo ha habido

ni apagado en el decoro

de ejército tan lucido,

porque iba en ascuas de oro

el anteado[68] encendido.

 

Lo cerúleo es bien se apreste,

pues lugar al gasto dio,

y sacando ufanos éste,

en el azul se cumplió

lo de cueste lo que cueste.

 

El matiz estuvo raro

en su consono[69] esplendor;

mas si en mi elección reparo,

el azul fue lo mejor,

y lo digo por lo claro.

 

Escogidos con desvelos

fueron para la ocasión

todos cuatro sin recelos,

pero el azul sin ficción

me pareció de los cielos.

 

De dos en dos sin rumor,

compañeros en la gala,

salieron, y en el primor,

porque cada uno se iguala

con otro de su color.

 

Los lacayos de mil modos

vestidos iban galanes,

en diversos trajes todos:

esguízaros[70] y alemanes,

cimbrios, lombardos y godos.

 

Otros ricamente ufanos

con aplaudidos decoros

por de-sastres inhumanos,

siendo unos buenos cristianos,

iban vestidos de moros.

 

Con estudios placenteros,

cada lacayo se ensaya

en los trajes noveleros[71]

de los reinos estranjeros,

que el festín pasó de raya.

 

Otros vistieron después

la francesa con desgarro,

mas según el humor es,

porque un español bizarro

parecía mal francés.

 

De naciones esquisitas

ibas otros (embrazado

el arco, doy las escritas

aquí, que siempre he escusado

el poner al margen citas).

 

Vestidos de cortesanos

unos negros se veían

con crédito y altiveces

negros tan negros, que hacer podían

tórrida la Noruega con sus teces,

y blanca la Etiopia con sus manos.

 

Solo el traje del indio sobre

que ninguno lo ha vestido,

mas como vive entre el robre,[72]

lo dejó por escondido

o lo perdonó por pobre.

 

Dando a los ojos delicia,

cada librea acabada

salir pudo sin malicia

con el pleito de pasa

puesta en tela de justicia.

 

Fueron leales ambiciones

el sacar diversos trajes

de que sigan sus pendones,

rindiéndole vasallajes

al Rey todas las naciones.

 

Llegó lo rico y galante

a lo imposible –confieso-,

pues diciendo allí delante:

¿hay exceso semejante?

hubo semejante exceso.

 

Los brutos que a mi sentir

llegaron a gobernar,

con ellos no hay competir,

que frío se ha de quedar

el señor Guadalquivir;

 

Pues si dicen que a engendrallos

va allí el Böreas[73] sin sosiego

y nacen para admirallos

el regañón[74] y el gallego[75]

en figuras de caballos,

 

Acá, lozanos y prestos,

del fuego y aire que cruza

son partos graves, dispuestos,

aunque no tengan aquéstos

aquella estrella andaluza.

 

Que con una hacha saliera

el uno y otro a ordenalles

se vino, porque se viera;

y lucieron en las calles

por una y por otra cera.[76]

 

Con esta gala y decencia

para salir no se atrasa

de alguno la diligencia,

y yendo allá su Excelencia,

decían todos plaza, plaza.

 

Descrebilla será error,

aunque el precepto me incita,

porque fue de tal primor

su adorno, que necesita

de más ardiente orador.

 

Mas si al superior amago

un súbdito no sosiega

-aunque no veo lo que hago-,

parece que satisfago

con una obediencia ciega.

 

El palenque claro está

que bien enramado fue,

pues dirigido hacia allá

florecía a vista de

la Ribera de Alcalá.[77]

 

Dicha de nuestro horizonte

que en verdes floridas señas,

aunque lloren en el monte,

sólo allí estaban risueñas

las hermanas de Faetone.[78]

 

Veinte columnas no escasa

luz brillaban oportunas,

con quien la del Sol se atrasa;

sí, que tenía cada una

bien asentada su basa;

 

Pues donde llegó a rayar[79]

no hay ejemplar en ningunas,

muy bien se pueden llevar

el Non plus estas columnas,

que hasta allí pudo llegar.

 

Tanta luz, tanto farol

al circo se entró de tajo,

que en obsequioso arrebol

sin bastarías del Sol

el cielo se vino abajo.

 

Aun lo insensible de veras

gustos rebosó logrados

con sus luces placenteras,

que votivos los tablados

todos se hicieron lumbreras.

 

Y en el aplauso fiel

de asumpto tanto (que eternas

edades ciña el laurel)

innumerables linternas

hicieron mucho papel.

 

No admiró en su antigüedad

Roma tanta llama fina,

bien que sin voracidad,

que lo que allá fue rüina,

acá fue celebridad.

 

Y como se había bajado

a la plaza el firmamento

-de lucero amontonado

tanta copia-, a lo que siento,

era del cielo un traslado.

 

Sitio bastó a sus centellas

con tener más resplandores,

vanidad haciendo dellas,

porque bajar las estrellas

antes fue alzarse a mayores.

 

Trocóse el curso sucinto

del Sol al festivo amago,

y en tan raro labirinto,

siendo de santo distinto,

fue este día de Santiago.

 

Aquel airoso traslado

de su padre en lo lucido,

de sí mismo en lo ajustado,

el que es en todo medido

siendo tan Adelantado.

 

El que por luz superior

está al desengaño asido,

el que anda con fino ardor

de sí propio corregido

para ser Corregidor.

 

Pintarle no he de escusallo,

antes el deseo crece,

sólo podré dibujallo

cuando pintado aparece

el Conde sobre un caballo.

 

Aunque el afecto a mi ver

me lleva, corto he de andar

porque esto que llego a hacer

no es pintar como querer,[80]

sí, querer como pintar.

 

Atiende al pincel más rudo

en tan altas perfecciones,

oh lector, yo no lo dudo,

que sólo el objeto mudo

está llamando atenciones.

 

Garboso el talle, el brazo descuidado,

suelto a el aire, que el mesmo se hacía,

pues si diestro dos veces lo ejercía,

iba en ocios galantes ocupado.

 

Nunca siniestro el otro era entregado

al gobierno de un céfiro que ardía:

un tordillo galán, a quien había

uno y otro elemento organizado.

 

El rostro grave bien que descubría

visos lo afable con lo serio unido,

haciendo opuestos consona armonía.

 

En todo tan discreto y tan lucido,

que de su imperio, gala y bizarría

hasta el bruto se dio por entendido.

 

En tan cándidos empleos

de los colores que dio

para sí, por más trofeos

la divisa que eligió

fue el blanco de sus deseos.

 

Y porque fuera perfecto

a la majestad que exhala

el fausto (que bien electo),

fueron los cabos de gala

y el vestido de respeto.

 

Pero a decir me acomodo

que uno solo lo igualaba

en la grandeza, en el modo,

en las libreas, que en todo

vivero[81] le acompañaba.

 

Y porque fuera imperfecto

este borrón material,

sólo bosquejarlo aceto,[82]

que quedara desigual

a no hacerle este soneto.[83]

 

Iba de el Valle el Conde esclarecido,

honor de los Viveros generoso,

en un bridón, aborto[84] prodigioso,

de su misma violencia detenido.

 

Por boca y narices, encendido,

desahogar quisiera lo fogoso,

y hace –al tascar el freno imperïoso-

copos de espuma el alacrán[85] mordido.

 

Por la falta de el anca y por la cumbre

del bien crinado cuello, demostraba

nieve en sudor de su ardiente pesadumbre.

 

El fuego en sus quietudes ocultaba;

y viendo nieve expuesta, oculta lumbre,

era el volcán, sin duda, de Orizaba.

 

Cada lacayo, un brinquiño,[86]

parecía sayagués,[87]

vistiendo -¡qué lindo aliño!-,

la pureza del armiño

que tan celebrada es.

 

Con aquesta majestad

fueron capitaneando

la nobleza y la lealtad,

y hasta la brutalidad[88]

iba de gusto danzando.

 

Los clarineros sin tretas

por delante engalanados,

vistiendo galas tan netas,

iban todos muy hinchados,

siendo unos pobres trompetas.[89]

 

Entraron con gran placer

en la plaza, y no cabía,

del concurso, a mí entender,

un alguacil, que no había

donde echar un alfiler.[90]

 

Nuestro Visorrey, que espera

tanta pompa, alborozado

celebra al Rey, que en su esfera

es de un Príncipe el cuidado

y es el afán de Ribera;

 

Él, que por alta moción,

del redil con la influencia,

del gobierno con la unión,

es dos por jurisdicción

y único por Excelencia.

 

Cada Licurgo[91] ajustado

no tenía más negocio

que el objeto celebrado,

pues, sirviendo en el cuidado,

le festejan en el ocio.

 

Asistían sus anhelos

con los demás Tribunales,

viendo en sus leales celos

de Ministros los desvelos

vueltos en fiestas reales.

 

De matronas se seguía

un oriente en un tablado

donde el Sol amanecía,

y a excesos multiplicado

hicieron la noche día.

 

A tanta vista, a atención

tanta, la Real presencia

viendo en representación,

se iban acercando con

muchísima reverencia;

 

Tanta que, sin ser desaire,

las hachas con que lucían

en tan garboso donaire,

viendo con el que la hacían,

se las apagaba el aire;

 

Mas fueron sostituidas

de joyas en cada broche,

y en todas tan excedidas,

que nunca se vio la noche

con tinieblas más lucidas.

 

Prosiguieron el paseo

con tal serie y prevención,

que en el discreto rodeo

no vio el militar empleo

tan bien dispuesto escuadrón.

 

Esta pompa repitieron

otro día[92] cuando el coche

del Sol[93] más templado vieron,

que tanto asumpto quisieron

celebrar de día y de noche.

 

Esta tarde hizo alarde

del gusto la bizarría;

mas quisiera no cobarde

que así fuese cada día,

pero no de tarde en tarde.

 

Hasta las nubes por ver

tanta fiesta –alborotadas

del susto, aunque de placer

como estaban tan preñadas-

se les antojó llover.

 

Cuyos húmedos efectos

gustaron, que así lo fragua

lo franco; y en los sujetos,

calabobos[94] no era el agua,

antes fue cala discretos;

 

Que intentaron destruir

las libreas brilladoras

y cuanto vino a lucir,

porque galas tan señoras

no volvieran a servir.

 

Ningunos[95] se detuvieron

ni llegaron a encubrir,

pues tan nobles anduvieron

que sin reboso[96] lucir

y sin máscara pudieron.[97]

 

   Esto es parte de una gran pieza poética que, en muchas ocasiones de fiesta quedó como testimonio de importantes conmemoraciones, conservada en la memoria del siglo XVII, mismo que comienza a mostrar pequeñas pero definitivas modificaciones en el curso de un espectáculo que durante el siglo que nos congrega, vivirá cambios telúricos definitivos.


[1] Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

[2] Ángel Ma. Garibay K: Mitología griega. Dioses y héroes. México, 5ª edición, Editorial Porrúa, S.A., 1975. XV-260 p. (“Sepan cuantos…”, 31)., p. 117.

Helicón: montaña de Beocia, la más alta de c. 1890 ms. Se halla entre el golfo de Corinto y el Copais. Tiene en su cumbre un santuario a las Musas, en una de las cañadas superiores.

Abajo está Ascra, patria de Hesiodo. Está la fuente de Hipocrene, que brotó a una coz de Pegaso, y que es la fuente de inspiración para los poetas.

[3] Pegaso: caballo alado, nacido de la sangre de Medusa. Un estudio profundo al respecto de este solo tema, lo aborda Guillermo Tovar de Teresa en: Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII. México, Editorial Vuelta-Ediciones Heliópolis, 1993. 99 p. Ils.

[4] Ovidio: poeta romano.

[5] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 30.

Aganipe: hija del río Permeso, ninfa de las aguas. Era la que custodiaba la fuente que de ella tomó nombre en el monte Helicón, y que era el sitio de reunión muy grato a las musas.

[6] Atlante o Atlas: gigante hijo de Júpiter que por haber ayudado a sus compañeros contra su padre fue condenado a soportar al mundo en sus espaldas.

[7] Fénix: la famosa ave que se incendiaba y renacía.

[8] Teseo: príncipe griego que venció al Minotauro.

[9] Cástor y Pólux: Los dióscuros, hijos de Zeus y de Leda.

[10] Ninfas: diosas de las aguas y los bosques.

[11] Narcisos: hijo del río Cefiso, de tan notable belleza, que se enamoró de su imagen.

[12] Adonis: griego amado por Venus, modelo de la belleza juvenil.

[13] Ib., p. 154-156. De la Relación de las Reales Fiestas por  los Felices Años de Carlos II…, del Pbro. Br. D. Ignacio de Santa Cruz Aldana México., Hereds. De Juan Ruiz, 1677.

[14] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz, o Las Trampas de la Fe. 3ª. Ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 673 p. Ils., retrs., fots. (Sección de obras de lengua y estudios literarios)., p. 82, 327, 407-408.

[15] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos… (Primera parte: 1621-1721), op. Cit., p. 94.

[16] José María de Cossío: Los toros en la poesía castellana. Argentina, Espasa-Calpe, 1947. 2 vols.Vol. II., p. 56-57.

[17] Dalmacio Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la literatura novohispana (1650-1700). Prefacio de José Pascual Buxó. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1998. 280 p. (Estudios de Cultura Literaria Novohispana, 13)., p. 193-232.

[18] Francisco J. Flores Arroyuelo: Del toro en la antigüedad: Animal de culto, sacrificio, caza y fiesta. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, S.L., 2000. 153 p. Biblioteca Nueva. (Colección la Piel de toro, dirigida por Andrés Amorós, 11)., p. 95. Los primeros juegos romanos o magni, hechos por disposición de Tarquinio tras tomar al asalto la ciudad de Apíolas, comenzaron a celebrarse anualmente en los Idus de septiembre, y con una duración de cuatro días, que más adelante fue ampliada a siete, y por último a secuencias mayores, en el circo que se construyó en el valle que corría entre las colinas del Aventino y Palatino, y al que se le dio en apropiada correspondencia el nombre de máximo, aunque estos juegos, según parece, vinieron a sustituir, magnificados, a otros que se desarrollaban en el Capitolio en honor de Júpiter Ferestrius hechos por iniciativa de Rómulo.

[19] Op. cit., p. 210.

[20] Silio Itálico: Tiberio Cacio Asconio Silio Itálico (c. 26-c101 d.C.), poeta latino autor de Púnica, el poema latino más extenso.

[21] Antonio de Robles asienta que el lunes 16 (de noviembre) se empezaron a jugar toros por la entrada del rey en el gobierno (duraron seis días).

[22] Fernando Altamirano de Velasco: tercer sucesor del mencionado título. Fue corregidor de la Ciudad de México de 1675 a 1677.

[23] Ilustrada: ilustrar: engrandecer o ennoblecer.

[24] Planta: figura que forma sobre el terreno la cimentación de un edificio.

[25] Maestros: arquitectos.

[26] Teseo: alusión al pasaje donde Teseo logra escapar del laberinto de Creta gracias al hilo que le proporcionó Ariadna.

[27] Símbolo: la analogía o comparación: cualquiera cosa que por representación, figura o semejanza nos da a conocer o nos explica otra.

[28] Fray Payo Enríquez de Ribera: fue arzobispo de la Nueva España de 1670 a 1681; y, al mismo tiempo, virrey de 1673 a 1681.

[29] Pías: pía: el caballo u yegua cuya piel es manchada de varios colores.

[30] Ataujías: adornos hechos de oro, plata u otros metales embutidos unos con otros con suma delicadeza y primor, y con esmaltes de varios colores.

[31] Atezado: lo que tiene color negro.

[32] Libreas: vestido uniforme.

[33] A la chamberga: con casaca ancha cuya longitud pasaba de las rodillas.

[34] En vago: en vano: sin el sujeto u objeto a que se dirige la acción, y así se dice golpe en vago.

[35] Algarazas: alborozo. Algaraza: ruido de muchas voces juntas, pero festivo y alegre.

[36] Licionar: aleccionar, enseñar.

[37] Jarama: región de España famosa por la bravura de sus toros.

[38] Recatear: evitar.

[39] Mojarra: muharra: el hierro acerado que se pone en el extremo superior del asta de la bandera.

[40] Botes: golpes fuertes. Botes de lanza o pica: el golpe que se da o tira con la punta de alguna de estas armas.

[41] Atractivo: que lo llama.

[42] Fresno: sinécdoque de lanza.

[43] Agobiando: encorvando. Agobiar: inclinar o encorvar la parte superior del cuerpo hacia la tierra.

[44] Afijóse: se plantó.

[45] Ecúleo: artefacto que semeja a un caballo.

[46] Vegecio: Flavio Vegecio Renato, escritor latino del siglo IV d.C. Autor de un Epitome rei militaris.

[47] Jineta: cierto modo de andar a caballo recogidas las piernas en los estribos.

[48] Délfico Padre: Apolo.

[49] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos… (Segunda parte: 1621-1721), op. Cit., p. 102. “El juego de Toros… duró seis días”; y uno de ellos, “a uso de Madrid, mantuvieron solos dos Caballeros, airosos y diestros en el manejo del Rejón quebradizo y leyes precisas de la Jineta…: D. Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos Reinos, y D. Fco. Goñi de Peralta, hijo de este Mexicano país”…

[50] Cierzo: viento del norte frío y seco.

[51] Faetón: …Eridano, hijo de Océano y Tetis e identificado con el río Po, recogió a Faetón –hijo de Apolo que condujo el carro del Sol- después de que Júpiter lo fulminara.

[52] Al que arrebatado…: alusión a Ganimedes, joven que fue raptado en el monte Frigio por Júpiter y que en el Olimpo se desempeñaba como copero de los dioses. Los dos últimos versos de esta estrofa fueron suprimidos por Méndez Plancarte, quizás para formar dos cuartetas propias del romance.

[53] Dos vitales Mongibelos o Etnas: los caballos fogosos.

[54] Tascan: muerden. Tascar el freno: mordar los caballos o mover el bocado entre los dientes.

[55] Josco: hosco: se aplica al color muy oscuro que se distingue poco del negro, pero también “llamamos toros hoscos los que tienen sobrecejos oscuros y amenazadores, que ponen miedo”.

[56] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 144.

Icaro, Icario: hijo de Dédalo. Cuando su padre fabricó una máquina para volar y evadir la prisión en que le había puesto Minos, le hizo sus alas de armazón de madera y cera. Y le recomendó que no volara tan alto que el sol le derritiera la cera y viniera abajo, ni tan bajo, que humedeciera el mar sus alas. No hizo caso el joven y se encumbró, con lo cual sus alas se deshicieron y cayó en el mar, llamado más tarde Icario por razón de su historia.

[57] Contenedores: los rejoneadores. Contenedor: el opuesto o contrario en la pelea, lidia, disputa o contienda con otro.

[58] Hasta que precipitado…: Ícaro: el que voló tan alto con las alas de cera, que el Sol se las derritió, precipitándolo al mar.

[59] Puesto: Méndez Plancarte enmienda opuesto, quizá para completar el octosílabo.

[60] Aquelóos: numen fluvial, padre de las sirenas, trocado de río en toro para luchar contra Hércules, quien le arrancó un cuerno, que fue el de la abundancia (Ovidio, Met. 9, 80-8) y aquí la opuesta metamorfosis: los toros, al desangrarse, tórnanse ríos.

[61] Robador de Europa: El mentido robador de Europa (Góng. Soled. I, 2), es Júpiter disfrazado de toro, y aquí dejando ver en él lo fulminante y lo excelso.

[62] Piel de Cartago…: Dido, para fundar su Ciudad, compró el terrero que abarcara una piel de toro; mas no lo cubrió con ella, sino lo cercó con finísimas correas, logrando amplia extensión… (Eneida, I, 368).

[63] Licimientos: lucimientos.

[64] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 218-222; Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721) Parte segunda, op. Cit., p. 91-92.

[65] Ibidem., p. 222. Miércoles 25, día de Santa Catalina, fue la máscara de los caballeros; salieron como doscientos cincuenta hombres; las libreas fueron tan buenas que no hay ejemplar desde que se descubrió México que se había mejorado; pasó por la calle de San Bernardo a las ocho de la noche y fue a la Inquisición a las Nueve.(Diario, 205).

[66] Por la posta: la prisa, la presteza y la velocidad en que se ejecuta alguna cosa.

[67] Salir colores: salir los colores al rostro: por empacho, vergüenza o corrimiento.

[68] Anteado: especie de color dorado bajo.

[69] Consono: en consonancia: conveniente, correspondiente, concordante y conforme con otra cosa.

[70] Esquízaros: suizos.

[71] Novelero: amigo de las novedades, ficciones y cuentos.

[72] Robre: roble.

[73] A engendrallos / va allí el Bóreas: Boreas, hijo de Astreo y de Eos, es dios del viento del norte. Engendró con Harpía velocísimos caballos.

[74] Regañón: el viento septentrional [norte] por lo molesto y desabrido que es.

[75] Gallego: el viento cauro [noroeste] porque viene de la parte de Galicia.

[76] Cera: acera.

[77] Ribera de Alcalá: fray Payo fue catedrático de teología en Alcalá.

[78] Las hermanas de Faetone: las Helíades, quienes lloraron amargamente por la muerte de Faetón, y fueron transformadas en álamos.

[79] Rayar: sobresalir y distinguirse entre otros.

[80] Pintar como querer: de los que a su modo fingen y cuentan las cosas como quieren.

[81] Vivero: el conde del Valle de Orizaba, “el principesco señor de la casa de los Azulejos”.

[82] Aceto: acepto.

[83] Este soneto: lo reprodujo Méndez Plancarte con el título de “El Caballo del Conde del Valle de Orizaba” Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721) Parte primera, op. Cit., p. 92.

[84] Aborto: se toma frecuentemente por cosa prodigiosa, suceso extraordinario y portento raro.

[85] Alacrán: pieza del freno de los caballos, a manera de gancho retorcido.

[86] Brinquiño: estar hecho un brinquiño: frase que se aplica y dice del que es muy prolijo o aseado en su modo de andar y vestir y que se precia de galán y compuesto.

[87] Sayagués: apodo de grosero y tosco, porque los de Sayago lo son mucho.

[88] Brutalidad: los caballos.

[89] Pobres trompetas: expresión con que se desprecia a alguno y se le nota de hombre bajo y de poca utilidad.

[90] Alfiler: en germanía, policía.

[91] Licurgo: famoso legislador de Esparta.

[92] Jueves 26, volvió a salir la máscara por la tarde, y entró en la Plaza, y corrieron los caballeros delante del señor virrey y audiencia (Diario, 205).

[93] Coche del Sol: alusión al carro del Sol, que conducía Apolo.

[94] Calabobos: lluvia menuda.

[95] Ningunos: adj. indefinido que antiguamente solía usarse en plural.

[96] Rebozo: embozo.

[97] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 222-230.

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Archivado bajo EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS

PROCLAMACIÓN DEL MONARCA CARLOS IV EN VALLADALID (HOY MORELIA).

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Habiendo cumplido un primer ciclo que comprendía el acopio de diversas noticias taurinas, registradas entre los siglos XVI al XVIII, el propósito ahora es ir mostrando, quizá en forma aleatoria o conforme vayan apareciendo también, otro tipo de informes o descripciones que permitan entender el desarrollo del espectáculo en diversos años de aquel periodo que significó la consolidación de un sistema político, económico, religioso y cultural de enorme importancia, el cual con el paso de los años, también acabó por agotarse, al punto de que fue necesaria la presencia de todo un conjunto de nuevas condiciones para emanciparse del viejo régimen.

   Por tal motivo, uno de los primeros documentos con que este ejercicio se ha encontrado es la Gazeta de México, en cuyo número 32, y fechada el 26 de abril de 1791, se incluye una interesante descripción de hechos, relacionada con la proclamación del monarca Carlos IV, misma que fue aderezada de infaltables festejos que incluyeron las infaltables corridas de toros, entre otras demostraciones que por entonces se acostumbraban. Dado lo interesante de su contenido, me parece muy apropiado traerlo hasta aquí, destacando en el mismo las conmemoraciones ocurridas en la Provincia de Michoacán. Para ello ha de respetarse en la medida de lo posible el tipo de escritura que se acostumbraba, lo cual significa salvar algunos posibles “errores” ortográficos o de redacción que, entrados en desuso, podrían causar cierta confusión. Sin embargo, su contenido es el que posee toda aquella esencia con la que pretendo seguir avanzando para que este propósito siga reuniendo los nutrientes básicos que nos proveen de informes como los que podremos leer a continuación.

 Gazeta de México, tomo IV, Núm. 32, pp. 301-307, 26 de abril de 1791.

 Valladolid Marzo 15

 Relación de las Fiestas con que celebró esta Ciudad la feliz Proclamacion de Nuestro Católico Monarca Señor D. CARLOS IIII.

 La Provincia de Michoacán, que desde los primeros tiempos de la conquista de estos Reynos manifestó quan agradable le era la subordinación a los Reyes Católicos, haciendo el Rey Calzonzi los más voluntarios rendimientos al Señor Don Carlos V, entonces gloriosamente Rey de España, continúa y continuará siempre en estas manifestaciones, así lo acreditan las expresiones que esta su Capital de Valladolid, sin embargo de sus ningunos fondos ha hecho en lo presente feliz Proclamación de nuestro amado Soberano el Señor DON CARLOS IIII, y conociendo que no haría mucho aunque más encarecidas; pues si tuvieron aquel voluntario reconocimiento los Señores naturales del Pais, ¿qué mucho que empeñen sus obsequios y manifestación de su regocijo los que ya no sólo son Españoles por su vasallaje, sino también por su naturaleza y origen?

Efectivamente, luego que se recibió la Cédula de S. M. para que pudiese en Real nombre levantar Estandartes, comenzó el Ayuntamiento a tratar sobre asunto tan grave; y como por la cortedad de sus Propios no hallase caudal alguno para hacer visibles sus justos regocijos, el Alférez Real renunció por su parte toda ayuda de costa, y el Ayuntamiento acordó que a sus propias expensas se erogasen los gastos, sin más auxilio que lo que produxese la Plaza de toros y funciones teatrales, teniendo este por un pequeño tributo de aquellos a que es acreedora la Majestad.

Dióse cuenta al Exmo. Señor Conde de Revilla Gigedo Virrey de este Reyno, y habiéndolo aprobado su Superioridad, contribuyeron los Regidores, cada uno con lo que a su parte tocaba, para el desempeño de estas funciones: y continuando en tomar las providencias oportunas, se acabo de allanar todo, explicando su zelo el Alcalde Provincial Don Isidro Huarte con tomar la comisión de corridas de toros y Comedias, franqueando el dinero necesario, y desando al del Procurador general lic. Francisco de la Riva, y Mayordomo de la Ciudad D. Francisco de la Ravia las pinturas de Casas Reales, su iluminación, y adorno de Reyes de Armas, de manera, que si los Regidores no lograron el honor de hacerlo todo a sus expensas, fue por el oportuno manejo que tuvo a este fin su Comisionado.

A consequencia de las medidas tomadas por el Ayuntamiento, y zelosas providencias y Bandos de gobierno, en que brilló el talento, acierto y zelo del Señor Intendente D. Juan Antonio Riaño, se pintaron hermosamente todas las casas de las calles que habían de servir de carrera para el Paseo, y se abvirtió en todos los Vecinos de esta Ciudad tal júbilo, que al no haber faltado tiempo, luego que se señaló el día para la Real Proclamación, ni ser tan corto el número de los Pintores, no hubiera quedado por pintar ni aun la más despreciable casa de los retirados barrios de la Ciudad.

Las luces eran casi infinitas en toda ella; pero en las calles de la estación se distinguían considerablemente las Casas del Ayuntamiento, la Iglesia Catedral, el Palacio del Illmo. Sr. Obispo, y Casa de Alférez Real D. Joseph Bernardo de Foncerrada. A las primeras las hacía vistosísimas a más de su exquisita pintura, numerosa iluminación de candilejas, fanales y achas de cera, la hermosa y bien pintada Perspectiva de orden dórico, que se puso dirigida por el Señor Intendente, para que sirviese de fachada al Tablado, en que baxo de dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro estaban cubiertos los Retratos de SS. MM., pues esta tenía un hermoso y bien pintado arco sobre pedestal correspondiente, con diversos jeroglíficos y alusiones muy propias, coronándolo todo más Estatua que representaba a nuestro Augusto Soberano: el cortinaje era también de terciopelo carmesí galoneado de oro, los gallardetes muchos pendientes de las azoteas, y una cortina con las Armas Reales excelentemente pintada. Todo estaba de muy fino gusto, y manifestando qual había sido su dirección.

A la segunda sus misma arquitectura le abría paso para su lucimiento; porque estaban iluminadas sus largas cornisas; sus elevadísimas torres, sus grandes portadas, y todas las demás partes son susceptibles de luces, a que se añadía un gran número de banderas y cortinas de terciopelo carmesí galoneado de oro, presentaban un conjunto armonioso, que servía de encanto a la vista.

El tercero, a más de su crecida iluminación de cera y candilejas, y lucido y costoso cortinaje de terciopelo carmesí galoneado de oro, tenía una elevada Perspectiva de orden jónico, en que se encendieron quantas candilejas se pudo, y en su mucho trabajo, buena pintura, y versos alusivos a la solemnidad del día, se conoció muy bien la lixendad y zelo de quien lo dedicaba.

La del Alférez Real presentaba un objeto tan agradable, que arrastró en su favor el aplauso público. Estaba primorosamente pintada, y a mas de tres mil y doscientas luces que la hermoseaban, tenía crecido número de achas de cera en todos sus balcones, especialmente en los del medio, de donde se voló el tablado que sirvió para el tercer acto de Jura, y en donde estaban los Retratos de SS.

MM. Sus colgaduras eran de damasco carmesí; y como las paredes se cubrían con espejos y otras diversas invenciones formadas de cornucopias de cristal, todas cubiertas de candilejas, presentaban una multiplicación de luces, que así por la materia como por la configuración, formaban un todo que llenaba la pública expectación.

Tenía a más de esto una hermosa Perspectiva, que excedía la altura de la casa, en que estaban doce columnas de orden compuesto sobre correspondientes pedestales. En el intercolumpio que correspondía a su medio se abrió un hermoso arco, y en las enjutas se colocaron dos figuras que se representaban la Agricultura y el Comercio. Las quatro columnas del centro estaban abrazadas por un frontispicio, en que se puso esta Inscripción:

A CARLOS IIII

Y LUISA DE BORBÓN

JOSEPH BERNARDO DE FONCERRADA

En el cuerpo que cargaba sobre las columnas se pusieron dos estatuas que representaban el Amor y la Gratitud. En el medio y coronándolo todo estaban otras dos, que representaban a SS. MM.

En los intercolumpios laterales estaban dos puertas, y encima dos medallas de baxo relieve. En la una se figuró la Jura de Artaxerxes, y en la otra la de Asuero poniendo a Ester en su trono. Sobre los macizos de los dos ángulos estaban a la mano derecha las estatuas de Asia y África, y a la izquierda la de Europa y América. Sobresalía a la Perspectiva un competente tablado rodeado de un hermoso barandal, desde donde se hizo el tercer acto de la Proclamación. En el arco que estaba abierto en el intercolumnio de en medio se pusieron los dos Retratos de SS. MM. en dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro, y cubiertos con una cortina de tisú del mismo metal, y delante de esos Soberanos objetos estaban colgado tres hermosas arañas de plata encendidas de cera, y que haciendo cuerpo con las achas, se mantuvieron las tres noches de iluminación. Pendían de las azoteas hermosos y bien pintados gallardetes, y en medio de ellos una bandera de damasco carmesí con el Escudo de Armas Reales. En fin nada se ahorró al obsequio con que querías tributar a sus Soberanos los fieles deseos del Dueño.

En la tarde del día 12, después de haberse congregado en el Ayuntamiento, se separó este del señor Intendente, dexandolo acompañado con los Ministros principales, Repúblicanos, Gefes de Oficitivas y Cuerpo de Oficialidad, y paso baxo de mazas a la Casa de Alférez Real. Este salió servido de ocho Lacayos con el Real Estandarte, fabricado a todo costo y a sus expensas, y los Reyes de Armas, y se incorporó entre los dos Alcaldes Ordinarios, volviéndose con él el Ayuntamiento, llevando delante a los Gobernadores de Naturales de esta República, y un buen piquete de Dragones; y a la retaguardia un excelente golpe de música de instrumentos bélicos, otro de la misma Tropa, y cerrando el coche del Alférez Real tirado de seis caballos con otros enjaezados que llevaba de respecto.

Desmontándose todos frente a las Casas de Ayuntamiento, subieron por su escalera principal hasta la entrada del Tablado, donde estaba el Señor Intendente, y allí habiéndole entregado el Alférez Real el Estandarte, lo introduxo en el Tablado, y puso en el lugar correspondiente. En él se executó el primer acto de la Real Alférez Real Don Joseph Bernardo de Foncerrada, que desde allí arrojó porción de monedas acuñadas, y una fuente de plata, hecho todo a sus propias expensas. Pasado este acto se descubrieron los Reales Retratos, con cuya vista deshogó el Pueblo sus efectos con infinitos vivas y aclamaciones. El público regocijo se aumentó con el general repique de campanas de todas las Iglesias, las descargas de la Tropa y pedreros de la Ciudad, sin que la multitud de gentes, así de moradores como de forasteros, hubiese causado el más leve desorden, pues toda estuvo atenta a las zelosas providencias de quien la mandaba.

Pasado este acto salió el Ayuntamiento y toda la comitiva, que se componía de cuarenta y seis Caballeros a caballo ricamente enjaezados, (sin incluir los Gobernantes de Naturales de esta República) precedida de un piquete de Dragones, y siguiendo todos los demás en el orden que ya está dicho, y fueron hasta el Tablado, que se formó por parte de la N. C. frente al Palacio del Illmo. Señor Obispo, adornado como correspondía.

En él se verificó el segundo acto de la Real Proclamación, y concluido, volvió el Alférez a tirar porción de monedas y otra fuente de plata, en cuyo tiempo el Illmo. Señor Obispo echó desde sus balcones muchas monedas corrientes. Se descubrieron allí los retratos de SS. MM. con cuya vista repitió el Pueblo la manifestación de su regocijo con reiterados vivas y nuevas aclamaciones.

Concluido este acto se ordenó el Paseo hasta la casa del Alférez Real, donde fue la tercera Proclamación, y allí volvió a esparcir otra porción considerable de monedas y otra fuente de plata. Se descubrieron los Retratos de SS. MM. y al ver estos soberanos y amables objetos el Pueblo, reiteró sus inmensos vivas, y manifestó su sensible regocijo con sus repetidas encarecidas expresiones de júbilo. Volvióse a ordenar el Paseo, y por las calles que estaban señaladas se regresó hasta las Casas de Cabildo, donde se desmontaron y entraron todos, entregando a la entrada el Tablado el Alférez Real el Estandarte al Señor Intendente, quien lo puso allí en un pedestal de plata, y duró hasta concluirse los tres días de la iluminación, del mismo modo que había estado antes en el Tablado de la Casa del Alférez Real. Fenecidos de esta manera los tres actos de Proclamación, volvió el Ayuntamiento con los demás Convidados a dexar al Alférez Real en su Casa.

Este ya tenía dispuestos dos hermosos salones, tirando varias paredes de su Casa, para que la mucha gente del concurso hallase capacidad bastante, y pudiese disfrutar de las demostraciones con que quería manifestar su lealtad y regocijo de los Soberanos. En el uno, que estaba magníficamente adornado con cornucopias, arañas y deseres de plata, dio un exquisito y explendido refresco al Ayuntamiento y demás Cuerpos que concurrieron, y en él hubo tanta opulencia, delicadeza y abundancia, que nada tuvo que extrañar el buen gusto.

Concluido el refresco se trasladaron las Damas y todos los concurrentes al otro salon, en el que resplandecía el más fino gusto y primor, pues a mas de sus hermosas columnas y tapices finos, lo hacia brillar el crecido número de luces, teniendo a más de varias cornucopias nueve arañas, todas de cristal. Siguió el bayle, que duró hasta la media noche, con la seriedad y decoro correspondiente, alegrándolo todo una numerosa y bien acogida orquestra de instrumentos bélicos y de cuerda, que vinieron algunos aún de Lugares bastante distantes de esta Ciudad.

El día 13, a las nueve de la mañana, después de haberse congregado la N. C. en las Casas Reales, mandó una Diputación y el Escribano por el Alférez Real, los que se incorporaron en el Ayuntamiento, y se ordenó su salida para la Santa Iglesia Catedral.

Verificóla presidido por el Alférez Real, y luego que llegó a las puertas de la Iglesia lo recibieron dos Señores Capitulares y dos Capellanes de Coro, y lo condujeron hasta dejarlo en sus asientos acostumbrados. Comenzó la función, en la que predicó el Señor Magistral Dr. D. Ildefonso Gómez, Sugeto cuya literatura lució completamente en este lance por su eloqüente, juicioso y erudito Sermón. Toda la función tuvo una magnificencia que jamás se ha visto, pues sin embargo del conocido esplendor de esta Santa Iglesia, para este día se pintó de nuevo, y no contentándose con su propia y lucida orquestra, hizo que se solicitaran de otras partes y a toda costa voces e instrumentos sobresalientes de toda clase, de modo, que de justicia se le debe conferir que echó el resto en esta función, y que en ella nada tuvo que (envidiar) ni el buen gusto ni el esplendor. Acabada la función se retiró el Ayuntamiento acompañado de los mismos Señores Capitulares y Capellanes, hasta las puertas de la Santa Iglesia, y luego que llegó a sus Casas Reales, retiradas las Mazas, volvió a dexar a su Casa al Alférez Real.

Este obsequió al Ayuntamiento y demás Convidados con un exquisito y espléndido refresco en la misma sala y mesas, y con no inferior gusto y delicadeza que el día anterior.

En la tarde del mismo día manifestaron varios de los Gremios su amor y fidelidad a nuestro Soberano sacando un lucido Carro con invenciones hermosas y alusivas al plausible asunto que causaba sus alegrias, y llevando dentro de él Personas vestidas con mucha oportunidad, y entre ellas una que representó una bien ordenada Loa, así enfrente de las Casas Reales como en las demás partes donde estaban los Retratos de SS. MM. Entre los Gremios que salieron este día se distinguió mucho el de los Sastres, pues todos escoltaron el Carro montados en caballos de brazos bien enjaezados y con ricos aderezos, de modo que manifestaban su particular regocijo, presentando al Público un delicioso Paseo.

En el día siguiente comenzó la Corrida de toros en un famoso Anfiteatro erigido por la N. C. la que continuó hasta el Sábado 5 de este, que fue el último día, alternándose en los que no eran de toros doce Comedias, que duraron hasta el día de Carnestolendas.

En la noche del día 14 repitió el alférez Real en su Casa un magnifico refresco, a que continuo el sarao, que solo se interrumpió el tiempo de la cena (que se sirvió con abundancia y simetría) y duró hasta otro día a las once de la mañana. En este sarao brilló todo quanto puede desear el buen gusto, concurriendo ochenta y seis Damas ricamente vestidas, y se bailaron contradanzas hasta de veinte y seis parejas. La orquestra se componía de quantos instrumentos caben en un eficaz y costosa diligencia; pero sobre todo lo que hizo esta función más plausible fue los incesantes vivas al Rey, que llenarán para siempre de gloria a la Casa en que se tributaron.

En la noche del día 11 hubo a expensas del Alférez Real unos lucidísimos fuegos compuestos de quatro árboles, varios gigantes navíos, armados, corredizos, y otros artificios, que dieron aquella noche mucha diversión al Público.

En la siguiente se quemó un gran castillo por parte de la Santa Iglesia Catedral, y en la sucesiva costeó los fuegos la N. C. que se compusieron de quatro excelentes árboles, diversas ruedas, armados, y muchos voladores, con los que tuvo el Pueblo un agradable espectáculo, sin que hubiese la menor desgracia.

En la tarde y noche del Domingo 20 sacaron los otros Gremios un vistosísimo Carro con ideas y alusiones muy propias, representando Loas en los parages ya mencionados, todas llenas de encomios muy propios y debidos a SS. MM. Los Plateros y Pintores, los Obrageros, Silleros y otros Artesanos fueron los que costearon esta obra, ayudándolos libremente el Alférez Real, y sacaron Paseo como el antecedente, que excedió a lo que pudiera esperar el Público atendida la cortedad de sus proposiciones.

No satisfecho el Alférez Real con sus anteriores y costosas demostraciones en honor y aplauso de nuestro Católico Monarca, proyectó otras que cediesen en obsequio y justa celebridad de la Reyna

nuestra Señora.

Estas fueron formar quatro quadrillas de los Sujetos de la primera distinción y brillantes de esta Ciudad, cada una de ocho individuos y con diversa vanda que le sirviese de distintivo. Una llevaba vanda blanca, otra amarilla, otra verde, y otra encarnada; y como iban guiados de dos Capitanes, que lo fueron el Regidor perpetuo Joseph Joaquín de Iturbide y el Honorario D. Joseph María Sagazola, llevaban cada uno de estos la suya compuesta de los dos colores que eran distintivos de sus quadrillas. El Alférez Real hizo de Padrino de todas, y como tal su vanda se componía de los quatro colores, con los que se presentó al Público una vista muy agradable Formadas las quadrillas, y guiadas por el Alférez Real, entraron en la Plaza de toros las tardes de los días 26 y 27, y en ella corrieron cañas, e hicieron otras varias figuras y evoluciones con tanta destreza y lucimiento, que no hubieran salido mejores aun con muchos meses de exercicio. En la primera tarde, en una formación en batalla, gritó el Alférez Real un Viva al Rey, al que correspondieron todas las quadrillas, y después del inmenso número de los expectadores. En la segunda gritó un Viva la Reyna, a que se correspondió en los mismos términos, llenando con esto a la Plaza de tal alegría, que se hubiera tenido por singular gloria poderla poner delante de los preciosos ojos de nuestra Augusta Reyna. Los palmeteos y vivas fueron infinitos; y aunque con ellos se encendía el fuego de los caballos, no se erró alguna evolución, y sólo sirvió para aumentar hermosura a las parejas, y dar más lucimiento a la destreza de los que gobernaban.

Pasados estos dos apreciables actos, y con la misma dedicación a la Reyna nuestra Señora, dio el Alférez Real otro excelente sarao, que sólo se interrumpió el rato de la cena, en el hubo la misma abundancia de viandas y delicadeza que en las funciones antecedentes. A esto precedió un abundante refresco, y duró el sarao hasta las quatro de la mañana. Fueron incesantes los vivas al Rey nuestro Señor y su Real Familia; pero como esta funcion se dedicó en aplauso de la Reyna nuestra Señora, se terminó tocando la orquestra un excelente Viva, que estaba compuesto a este fin.

El regocijo del Público se aumentó con las orquestras que se pusieron en los tablados de las Casas del Ayuntamiento y las del Alférez Real, con la singularidad de que sin embargo de ser tan numeroso el concurso de la Plebe, parece que toda estaba llena de ideas de honor y dedicada únicamente a celebrar la Proclamación de nuestro Augusto Soberano, pues no hubo en estos días la menor desgracia ni desorden que turbase el juicio y tranquilidad, que en todo sirvió como de evidente señal de su regocijo y leal complacencia.

Pareciendo pocas todas estas demostraciones, así el Ayuntamiento como al Alférez Real, en comparación de las que quisieran hacer en obsequio de nuestro Soberano, y para inmortalizar la memoria de día tan feliz, tratarán luego que se desembarazen las Plazas de erigir Monumentos públicos en que se perpetúe la Real Proclamación; que aunque perecederos, por ser, materiales deleznables, les procurará añadir duración el costo, la diligencia y los fieles deseos de los que sacrifican.

El primero será una espaciosa Fuente, cuyo dibuxo se consiguió de México por el zelo del Señor Intendente, quitando la antigua que ha estado sirviendo en la Plaza mayor de esta Ciudad. Su diámetro es de diez y seis varas; sus juegos de agua varios y exquisitos; su arquitectura del mejor gusto; y encima de la columna, de los módulos correspondientes a la obra, se pondrá una Estatua que represente al Rey nuestro Señor, con una inscripción sencilla que acuerde siempre a los posteriores el día de su dichosa Proclamación Este es el Monumento que dedica el Ayuntamiento, con expresión tan encarecida, que quando trató este asunto, el Alguacil mayor D. Matías Antonio de los Ríos dixo, hablando por los ausentes, que si algunos no pudiesen contribuir a una obra tan gloriosa, estaba pronto a dar de su caudal la parte que tocase a los otros. Este es en fin el Monumento que consagra el Ayuntamiento al Rey nuestro Señor, a quien quisiera poner más allá de la jurisdicción de los siglos, y en el que presenta al Público el licor más hermoso de la naturaleza, creyendo que le serán para siempre favorables sus aguas, como bebidas en la que puede llamarse Fuente de la Fidelidad.

El segundo será otra Fuente, que asimismo tributa a los Reyes nuestros Señores el Alférez Real D. Joseph Bernardo de Foncerrada, y se pondrá en la plazuela de San Juan de Dios. Esta tendrá ocho varas de diámetro, según el dibujo que también consiguió de México el Señor Intendente con proporción a los tamaños de la plazuela: su arquitectura será fina; diversos sus juegos de agua; y la columna de su medio rematará con una Medalla que lleve en el anverso los Bustos del Rey y la Reyna nuestros Señores, y en el reverso las Armas Reales, poniendo en uno y otro lado unas inscripciones propias, así para perpetuar la memoria de la feliz y Real Proclamación, como para inmortalizar el que la dedica la gloria que tiene de ser su Vasallo.

Nada bastaría a sus fieles deseos para demostrar a los Soberanos su justísima fidelidad, y el inexplicable honor que ha tenido en proclama al Rey nuestro Señor, y por último desahogo quisiera que se gravara en este Monumento el glorioso renombre de Fuente del Amor y la Gratitud.

Estas son las leales expresiones que los Vasallos Vallisoletanos han dedicado a los Reyes nuestros Señores, cuyas Reales Personas miran como un benéfico rasgo de la hermosa Naturaleza. Su Soberano autor detenga la Historia de tan feliz Reinado, como que será señal de su duración: y haga que se multipliquen más y más las ideas, cuya sucesión es inevitable medida del tiempo, para que los futuros vean prolongadas por siglos las vidas preciosas de los mejores Reyes CARLOS QUARTO y LUISA DE BORBÓN.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. DE 1804 AL MOMENTO DE LA INDEPENDENCIA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

 Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[1]

    Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[2]

    A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

   Ahora bien, en buena parte de los espectáculos que se celebraron por aquellos años, ya fue un común denominador la presencia de ciertos elementos complementarios o parataurinos denominados “Mojigangas”, las que, a lo largo del siglo XIX lograron posicionarse en lugar especial hasta el punto de ser elemento fundamental que ya no pudo faltar en muchos festejos taurinos. De ahí que convenga aclarar algunos datos al respecto, mismos que he tratado en otro trabajo de mi autoría: Las Mojigangas: Aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX. Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas Nº 29. México, 1998-2001. 201 p. Ils., fots., retrs. (Inédito), y en sus p. 5-6 apunto lo siguiente:

 Mojiganga: Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo pasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan vasto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

   Finalmente en este lento acopio de información, y del cual se va alcanzando la culminación, al menos en esta etapa, todavía aparecen un par de datos que tienen que ver con documentos que se generaron a partir de pretextos festivos que los mismos se alcanzan de publicitar, los cuales ocurrieron en 1804. Veamos.

 Larrañaga, Bruno Joseph De. Poema heroyco en celebridad de la colocación de la estatua colosal de bronce de nuestro católico monarca el Sr. D. Carlos Quarto, Rey de España y Emperador de Las Indias, por D. Bruno Joseph de Larrañaga, Tesorero Mayordomo de la N. C. de México. Con las licencias necesarias.[México]: En la oficina de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, año de 1804. 10 p.

 Cantos de las musas mexicanas con motivo de la colocación de la estatua equestre de bronce de nuestro augusto soberano Carlos IV.México: Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1804. 138 p.

    En próximas entregas, me adelanto en dar un breve avance de lo que será esa otra etapa de Aportaciones…, tengo prevista una serie de registros a los cuales pretendo dar el tratamiento más apropiado para su correcto uso e interpretación, puesto que provienen básicamente de la prensa de aquellas épocas, sobre todo del último cuarto del siglo XVIII. Por fortuna, van apareciendo, y aunque por el momento parecen no dar un paisaje razonado sobre el comportamiento de la tauromaquia por aquellas épocas, un buen y conveniente antídoto es, como ya lo adelantaba en otros trabajos, la afortunada aparición de un libro imprescindible: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores, del Doctor en Historia Benjamín Flores Hernández, y cuyo contenido es un andamiaje perfecto para entender no sólo un segmento del siglo también conocido como “de las luces”, sino de un siglo dieciocho en su totalidad. Me será muy útil para entender acciones y reacciones, pues un estudio de esa naturaleza –puedo adelantarme a decir-, no lo había en México. Quizá se trate del primero que se haya concebido con propósitos muy concretos.

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Don Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez era entusiasta aficionado a los toros, pero también un “don Juan”, pues esta señorita torera le quitaba el sueño.

Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 12. “Señoritas toreras”.


[1] Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 263.

[2] Benjamín Flores Hernández: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México)., p. 111.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. PARA EL AÑO DE 1803…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   A lo largo de 1803, hubo en esta ciudad de México, algunos acontecimientos, que no sólo recaen en el poder de convocatoria que generaban las corridas de toros. Los hubo, por ejemplo en el ámbito teatral. Por tanto, fue el 11 de febrero cuando en el Coliseo, y a raíz de los gastos por la Solemne canonización del Glorioso Mártir Mexicano SAN FELIPE DE JESÚS, se celebró la curiosa función:

CARTEL TEATRO_11.02.1803

Colección del autor.

    En el transcurso del mes de mayo, y según la Gazeta de México N° 36 que comenzó a circular a partir del día 21, también es posible enterarnos de los siguientes acontecimientos:

GACETA DE MÉXICO_N° 36_21.05.1803_p. 3GACETA DE MÉXICO_N° 36_21.05.1803_p. 4

   Para el 11 de noviembre de 1803, en la misma publicación, sólo que en su número 47, páginas 5 y 6 se dieron a conocer las siguientes noticias:

GACETA DE MÉXICO_N° 47_11.11.1803_p. 5GACETA DE MÉXICO_N° 47_11.11.1803_p. 6

   Finalmente, y a raíz de un hecho sin precedentes, se tuvo ocasión para culminar el año en forma por demás intensa. Veamos en qué consistieron tales circunstancias.

   Aprovecho para comentar que los datos que vienen a continuación, provienen de mi trabajo –inédito-: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”.

   Re-descubrimiento, en la Plaza Mayor la estatua ecuestre del rey Carlos IV, cuyo trabajo estuvo a cargo del célebre escultor valenciano Manuel Tolsá. La fecha del segundo descubrimiento[1] sucedió el 9 de diciembre de 1803. Estaba rodeada por armónica balaustrada, con cuatro elevadas puertas de hierro de primorosa hechura, obra de metalista Luis Rodríguez de Alconedo.

   En la continuación de lo ocurrido en aquel acontecimiento, y donde Valle-Arizpe[2] parece tener frente a sí la relación de fiestas,[3] apunta con singular desparpajo las ocurrencias principales, que parecen más nota de “sociales” y no otra cosa.

   Entre otras cosas apunta:

    Rompió el límpido cristal del aire el humeante trueno de diez piezas de artillería, unánimemente disparadas. Luego el fragor de las tupidas salvas de los regimientos de la Nueva España, de Dragones y de la Corona. Y al terminar este gran ruido se alzó al cielo un agudo estrépito de clarines y el ronco estruendo de los parches y atronaron los festivos repiques de las campanas de la ciudad entera que envolviéronla ampliamente en su música y la tornaron toda sonora.

202.PALACIO NACIONAL3

   Se abrieron las cuatro anchas puertas de la elipse y el oleaje humano se precipitó por ellas como un agua tumultuosa y contenida a la que le alzan las compuertas para que corra libre. Llenó el ambiente un apretado rumor de comentarios henchidos de admiración. Todo en la ancha plaza eran pláticas y algarabías. Un oleaje de rumor creciente.

   Antes de descubrirse la estatua, hubo en la Santa Iglesia Catedral gran solemnidad, ofició la misa de pontificial el arzobispo don Francisco de Lizana y Beaumont, y se cantó un solemne tedéum por la capilla catedralicia con el acompañamiento de la vasta polifonía del órgano. Asistió a esa función solemne, llena de infinitas luces de velas y de cirios y con mucha plata en el altar, no solo toda la clerecía, sino multitud de frailes de todas las religiones, y con los señores virreyes, lo más principal de la ciudad.

   En seguida toda esa vistosa concurrencia se trasladó al Real Palacio para ponerse a sus ventanas y balcones mientras sonaba el amplio gozo de un repique a vuelo y entre él había un estremecido son de brillante trompetería. Poco después de aquel elegante señorío tronaba de palmoteos entusiastas en una agitación de manos enjoyadas.

    Luego del principal asunto que convocó a la ciudad toda, y

 para completar cumplidamente el festejo, hubo gran besamanos en Palacio, con magníficos refrescos, exquisitas suculencias que salieron de los conventos de monjas. Después, banquetes, paseos públicos de gala en la Alameda y en Bucareli, iluminaciones, corridas de toros, lindas comedias en el Coliseo.[4]

    En el libro aquí reseñado, A de V-A vuelve a citar el caso del virrey Marquina, palabras más, palabras menos, pero que se corresponde a la misma historia o recuento del que se ocupó en otras tantas obras que engrandecen su prestigio literario. Quien sigue siendo la protagonista, la amable doña María Ignacia, Javiera, Rafaela, Agustina, Feliciano, la cual

 Lució mucho su garbo y gentileza en la brillante corte del virrey Iturrigaray. Era muy afecto este señor don José, como su ostentosa mujer, doña Inés de Jáuregui y Aróstegui, a las grandes fiestas, bailes, paseos, corridas de toros, peleas de gallos, cacerías, banquetes aparatosos. Siempre andaba tratando don José de Iturrigaray de cosas de entretenimiento y gusto. Con festejos públicos solazaba al pueblo, pues que todo su afán era ganárselo con halagos para hacerlo muy de su lado, pues dizque pretendía coronarse rey de México. Del metalista y batifulla Luis Rodríguez Alconedo se decía, como cosa muy veraz, que había labrado con mucho primor la corona llena de pedrería para el nuevo soberano. La Güera Rodríguez andaba embelesada en todos esos recreos y regocijos. Nunca rehusó solaces. Siempre vivió con delicia, sumida entre regalos, sin más idea que divertir el ánimo sabrosamente.[5]

    Fruto de aquellos sucesos, un autor desconocido publica la DESCRIPCIÓN del modo con que se conduxo, elevó y coloco sobre su base la real estatua de nuestro augusto soberano el Señor Don Carlos IV. y de las fiestas que se hicieron con este motivo.-México, s.n., [1803] 12p.


[1] El primero, a lo que se ve, ocurrió entre noviembre y diciembre de 1796.

[2] Artemio de Valle-Arizpe: La Güera Rodríguez. 6ª reimpr. México, Editorial Diana, 1982. 216 p.

[3] Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rossana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados)., p. 162.

Cuatro años quedan ya para que el décimo octavo siglo de la era cristiana concluya, cuando, ya en el poder el rey Carlos IV es celebrado con costosísimas fiestas en la Nueva España. La Descripción de las fiestas celebradas en la Imperial Corte de México con motivo de la solemne colocación de una ESTATUA EQUESTRE de nuestro augusto soberano el Señor Don Carlos IV en la Plaza Mayor, fiestas hacia 1796 (relación hacia 1804) dice: “Para completar la solemnidad de tan feliz día, y satisfacer diez y seis corridas de Toros, distribuidas en dos semanas. Con este objeto se había construido, fuera de la ciudad, y con inmediación al Paseo de Bucareli, una gran plaza de figura ochavada. Los palcos destinados al Exmo. Señor Virrey, Real Audiencia, N. C. y Tribunales se veían decorados con magnificencia, y los demás estaban vestidos de damasco de distintos colores, o pintados con bastante gusto, cuya variedad formaba una perspectiva muy graciosa y risueña. S.E. asistió solo en los quatro últimos días, porque no se lo permitieron las graves atenciones del Gobierno, y la indisposición de la Exma. Señora Virreyna. Concurrieron a esta diversión innumerables personas de todas clases, y estuvo el luxo en todo su punto; reservándose las demás circunstancias para otra pluma que tenga el tiempo necesario para expresarlas”.

Lamentablemente una búsqueda exhaustiva hecha alrededor de las diversas relaciones de fiesta y otros testimonios sobre este acontecimiento, no arrojan ningún dato acerca de alguna producción poética, reduciéndose –en su amplitud-, a la narración detallada de aquel acontecimiento, en el que, por cierto, tengo ante mis ojos la “Lista de los Toreros de a pie, y de a caballo,[3] y Sueldos que ganaron”. Entre los de a pie encontramos a:

Manuel Moretilla, Andrés Gil, Joaquín Puerto, Cayetano Rodríguez, José González, Agustín Silva, Francisco Medina, Nicolás Bonilla, José Torres, Narciso Márquez, José Mariano Gutiérrez Altamirano, Miguel García, Juan Montesino, Francisco Robles, Joaquín Rodríguez (ni Costillares ni Cagancho; ni tampoco el excepcional caballo de Pablo Hermoso de Mendoza; sólo un homónimo). José Luis Soto, Alejandro Cortés, Gregorio Mateos, Ignacio Guzmán, José Rosales, José Félix Cardoso y José Figueroa. De a caballo: Felipe Silva, Nicolás Casas, José Ramírez, José Télles, José Paredes, Gregorio Monroy, Bartolo Monroy, José Hernández, Christóval Álvarez, Manuel Medina, José Enciso, Manuel Luna. El documento está fechado hacia el 24 de diciembre de 1796.

[4] Valle-Arizpe: La Güera…, op. Cit., p. 105-7.

[5] Ibidem., p. 162-3.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. DE 1798 A 1801.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Nuevos datos vienen a enriquecer este compendio de información, mismo que se ocupa de todas aquellas circunstancias y acontecimientos ocurridos durante el periodo novohispano, en el cual y como ya se sabe, hubo infinidad de festejos, aunque no todos registrados y no de todos la suficiente información, debido a muchas razones que requiere un buen tiempo para explicarlas, desmenuzarlas y entenderlas. En todo caso, el trabajo que ahora exige esta línea de investigación apenas comienza, y de proponerse tener un apretado número de noticias, significa revisar y seguir revisando diversas fuentes, archivos y demás elementos que supongan el hecho de que nos provean de esos datos en los que andamos a su búsqueda.

 DESCRIPCIÓN de las fiestas celebradas en la Imperial Corte de México con motivo de la solemne colocación de una estatua equestre de nuestro Augusto Soberano El Señor Don Carlos IV. 1798. — México, n. p. [1798] 16p.

 José Mariano Estevan de Bezanilla Mier y Campo. Mutuos empeños del patrocinio de la Virgen Nuestra Señora en la augusta persona del Señor Rey Don Felipe II… México: Mariano José de Zúñiga y Ontiveros, 1800.

 Ramón Francisco Casaus y Torres. Sermón eucarístico… en las fiestas reales… por la feliz exaltación de… Pío VII… México: Mariano José de Zúñiga y Ontiveros, 1800.

    Que hubiera en Nueva España algunos virreyes poco afectos a los toros es natural, pero una prohibición de gran alcance no se dejó notar. En 1801 el virrey Marquina, el de la “famosa fuente en que se orina” prohibió una corrida ya celebrada con mucha pompa, a pesar de la gota del simpático personaje. Veamos a detalle este caso, que proviene de mi trabajo –inédito-: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”.

 [PASAJE Nº 26]: SEGUNDA SERIE. COSAS DE MARQUINA. MAGNÍFICO DECRETO.[1]

    Quien se ocupe de relatar alguno de los sucedidos en torno al gobierno y la persona de Félix Berenguer de Marquina, quincuagésimo quinto virrey, que gobernó la Nueva España, del 29 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803, se topará con un personaje difícil, complicado. Por ende, obtuso y que se ganó, durante su mandato, varios epítetos, pasquines y uno que otro golpe durante sus salidas anónimas, donde personalmente verificaba el cumplimiento de su administración y justicia. Eran tan burdos sus ropajes y modos con los que pretendía despistar a los ciudadanos que estos, persuadidos de su notable y evidente presencia, y aprovechándose de ingenuas y bien concertadas tretas, se le iban encima saliendo el pobre hombre a toda prisa con rumbo a palacio, no sin llevarse, desde luego, uno que otro recuerdo en el cuerpo.

   Don Félix, en sus afanes de mejoras urbanas, deja quizá su única herencia: una fastuosa fuente de la que el humor anónimo y popular respondió de inmediato a aquel desacierto con este pasquín:

Para perpetua memoria,

Nos dejó el virrey Marquina

Una fuente en que se orina,

Y aquí se acabó su historia.

   Pero vayamos al asunto que nos convoca en esta ocasión.

 No gustaba nada de las corridas de toros el virrey Marquina. No era aficionado a ellas, como lo fue don Luis de Velasco, “muy lindo hombre de a caballo”, y el evangélico fray García Guerra, y como lo fueron casi todos los señores virreyes de la Nueva España. Marquina les tenía repugnante aversión. ¿Corridas de toros? ¡No, nunca! Mejor, torneos, pasos de armas, correr la sortija, jugar estafermos o pandorgas, tirar bohordos, quebrar lanzas; mejor que hubiera mascaradas o fiestas de moros y cristianos. Pero ¿toros? ¡No, horror!, y no había corridas de toros.

   Pero una vez sí hubo una sin que lo supiera el bueno de Marquina, virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España y presidente de su Real Audiencia y Chancillería se le habían extendido por el hígado los humores hipocondríacos porque se le escalentó la hez de la sangre y se le subieron al cerebro; eso afirmaron los sapientes doctores del real Protomedicato. Derribado por la enfermedad, cayó en cama. Marquina con una calentura licuante, derivada de los humores gruesos que le andaban por el cuerpo desmayándole la voluntad.

   Pero pasados días lo levantaron los constante julepes de guayacán y sasafrás, las copiosas sangrías que le dieron, las ventosas húmedas y fajadas, las cataplasmas de salvia, porque dice un dicho de viejas: “Salvia, salva”, y los fuertes opilativos que para refrescarle el hígado de la destemplanza caliente le suministraron a diario y con mucho tino los médicos, tino que les venía por sus vastos y constantes estudios de años y años. Y así, con todas estas cosas magníficas, se le fue a Marquina el mal y volvió a la salud. Y cuando iba bajando apaciblemente a la convalecencia, fue cuando tuvo lugar aquella corrida de toros que tanto entusiasmó a la ciudad y de la que el pobre señor no tuvo ningún conocimiento.

   En la sosegada tertulia que a diario se hacia a los atardeceres en su abrigada alcoba de enfermo, alrededor de su cama, se comentaron los pintorescos lances e incidentes de la bella fiesta de toros.

   -Pero ¿de cuál corrida de toros tratan, señores?

   -Pues de la corrida de toros de esta tarde, Excelentísimo Señor.

   Hasta entonces no se enteró el cacoquimio Marquina que había habido esa tarde una corrida de toros. Se salió entonces Marquina de la apacible calma de su carácter afectuoso, se encendió en repentina cólera y cayó en un frenesí mortal. Puso en movimiento a los gentileshombres de servicio, a los lacayos, a los pajes, a todo el personal de Palacio, para que en el acto buscaran a su señoría el secretario y lo llevaran sin pérdida de tiempo, ante su presencia, porque la cosa urgía, apuraba. Ya sabían bien que su señoría el secretario estaba o ya en la Catedral rezando devotamente el santo rosario en el altar del Perdón, o bien se hallaba en la mancebía de la Camarona, en la calle de Las Gallas.

   Mientras llegaba su señoría el secretario, el simplón virrey Marquina se metió en grandes pensamientos, mirando con ojos vagos el jardín a través de los cristales de su balcón. El ancho jardín a esa hora crepuscular se esfumaba con delicada imprecisión y era todo suavidad dulce y gozosa. La fuente musitaba su eterna canción y los árboles cabeceaban blandamente de sueño.

   Llegó su señoría el secretario muy atildado y ceremonioso ante el virrey Marquina, haciéndole muchas caravanas y mesuras con la cabeza, y Su Excelencia le dictó un acuerdo terminante, magistral, estupendo, para que lo publicara inmediatamente por decreto, sin ninguna dilación. En ese decreto se ordenaba -¡magnífico!- que esa corrida de toros se declaraba nula y sin ningún valor… Y así se hizo.

   ¡Era mucho hombre, caramba, ese Marquina![2]

    ¿De qué festejo se trata tan escandalosa respuesta de Marquina, y por qué reaccionó de esa forma?

   Bien sabemos que este virrey era antitaurino. Sin embargo, existen algunas consideraciones que manifiestan, con su aprobación condicionada, a autorizar ciertos festejos de los que veremos a continuación algunos detalles. Del consabido asunto del decreto citado por A de V-A podría afirmar que pudiera tratarse de un amplio expediente que se localiza en el Archivo General de la Nación.[3]

   Y es que a pesar del interés de la Corona en la reglamentación de los gastos por la llegada de los virreyes y las actividades taurinas, prevalecieron puntos de vista irreconciliables, como apunta Miguel Ángel Vásquez Meléndez.[4] En 1800, en ocasión del arribo del virrey Félix Berenguer de Marquina, se replanteó el tema a partir de que éste consideró pertinente cancelar las fiestas en su honor, debido a la complicada situación financiera que vivía España a causa de las constantes guerras. Ante tal proposición los regidores le recordaron que sus antecesores Pedro Castro y Figueroa y Miguel José de Azanza habían sido homenajeados con corridas de toros en 1740 y 1798, respectivamente, cuando la Corona española enfrentaba contiendas con Gran Bretaña. Tampoco se habían suspendido los festejos en 1794, a la llegada del virrey Miguel de la Grúa y Branciforte, no obstante la guerra contra Francia.

    Según los regidores, las corridas podían celebrarse aun en tiempos de guerra. Tal aprobación, por supuesto, procuraba reservar el derecho de estos funcionarios a la asignación, manejo y custodia de los fondos para la recreación. La conveniencia de las corridas y los beneficios económicos que producían para la ciudad resultaban incuestionables desde la perspectiva de los regidores. A las ganancias monetarias había que agregar los beneficios producidos por tales celebraciones, en las que cobraba un especial significado el inicio de un nuevo período gubernativo. El reino español y su colonia novohispana ratificaban su grandeza, su poderío político y económico en cada arribo de un virrey; la ocasión era propicia para fortalecer la cohesión interna y el orden social.

   La oposición del virrey Marquina contradecía otras prácticas fomentadas por sus antecesores. Las corridas de toros, bajo la égida de los regidores, podían convertirse en medios para obtener recursos para la urbanización de la capital del virreinato. Así lo pensó en 1743 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, cuando le propuso al Ayuntamiento la celebración de una lidia anual cuyo producto se aplicaría a las obras públicas. De proceder semejante, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, determinó en 1768, con el concurso del Ayuntamiento, la realización de una serie de corridas con el fin de recaudar fondos para el presidio de San Carlos. Los alcances económicos para ambos gobernantes resultaron totalmente opuestos; mientras en la gestión del virrey marqués de Croix las corridas produjeron 24, 324 pesos, destinados a labores de limpieza, el conde de Fuenclara enfrentó la negativa del Ayuntamiento para la realización de las lidias y la obtención de recursos aplicables en mejoras urbanas.[5]

   Las ganancias obtenidas en 1768 durante el gobierno del marqués de Croix parecen la mejor refutación a los comentarios adversos que Hipólito Villarroel formularía años más tarde.[6] Sin embargo, el éxito financiero taurino resultó impredecible: junto a las ganancias de 1768 se registraron ingresos menores, que fundamentaban las apreciaciones de Villarroel sobre el tiempo invertido y el escaso margen de beneficios. Ante evidencias tan contrastantes, la realización de corridas como parte de la presencia gubernativa en la administración de los espacios recreativos, ocupó la atención de cronistas, regidores, virreyes, consejeros y religiosos; se transitó desde las propuestas de cambio hasta las de fomento de un mayor número de corridas. La necesidad de una reforma era evidente; correspondía a la autoridad emprenderla buscando la conciliación de intereses y la preservación del orden social.[7]

    Sin afán alguno de contradecir a A de V-A, pero tampoco de quedarnos con la incógnita sobre la contundente afirmación al respecto del “decreto” que Marquina pudo haber firmado o no, están ese otro conjunto de razones ya planteadas por Vásquez Meléndez, a partir del expediente donde se le informó con acuciosidad al nuevo virrey de las otras circunstancias en que otros tantos virreyes pudieron aprobar sus recepciones estando España en momentos sociales, políticos y militares ciertamente difíciles. Félix Berenguer de Marquina, navegante reconocido, Jefe de Escuadra en la Marina Real para mayor abundamiento, es acusado de su poco sentido común no sólo en asuntos como el que se trata aquí. También en otros donde sus decisiones eran de vital importancia, pero donde solo salía a lucir un impertinente carácter obtuso y cerrado.

    Es cierto, cuatro meses tenía de gobernar la Nueva España el señor Berenguer de Marquina, y ninguna señal era clara, conforme a la costumbre inveterada ya, de celebrar, entre otras razones, con fiestas de toros, la recepción del nuevo virrey. Este se rehusaba dando razones de todo tipo, con lo que entre pretexto y pretexto, se iba pronunciando más su antitaurinismo. Y es que esas razones las fundaba a su preclara idea de pensar que se sacrificaban gruesas sumas de su peculio, antes que permitirlas, afán, insisto de unos propósitos que buscaban reafirmar la posición austera en que ubicaba su gobierno.

   Tras las razones ya expuestas por varios funcionarios del ayuntamiento, quienes todavía manifestaron el “que se verifiquen las Corridas de Toros, con motivo del Recibimiento del Excelentísimo Señor Virrey Don Félix Berenguer de Marquina…, a razón de que para celebrarlas, se reintegrarían siete mil pesos “en que pudieron exceder los gastos de su recibimiento” mismo.

   Planteados, como ya se sabe los argumentos por parte de los funcionarios del Ayuntamiento sobre que en otras ocasiones, fueron recibidos entre fiestas algunos virreyes, no obstante las circunstancias bélicas enfrentadas por España, vinieron algunos más de esta índole:

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Félix Berenguer de Marquina

No siendo por lo mismo opuesta a las actuales circunstancias la Corrida de Toros que debe celebrarse, en obsequio de la venida de V.E., tampoco podrá pensarse ser contraria a la más buena moral. Ella es una diversión bien recibida, propia y adaptable al carácter de la Nación que la prefiere a otras muchas; se hace a la luz del día, en el Teatro más público, a la vista de la Superioridad y de todos los Magistrados, en el centro de la Ciudad, autorizada por la asistencia de todos los Tribunales Eclesiásticos y Seculares, y se toman cuantas precauciones y seguridades son necesarias y correspondientes al buen orden, a la mejor policía, a la quietud pública y a cuantos extremos puede y debe abrazar el más sano gobierno y las más acertadas providencias, sobre las que se vigila y cela con el mayor empeño, para combinar la diversión y el decoro.

   Ni menos puede temerse aumente las indigencias y necesidades del público, así porque los pobres, que son la parte que más las siente, son libres a dejar de disfrutarla por falta de proporción, o porque no les acomode; como porque, por el contrario, muchos de ellos logran la ventaja de tener en qué ocuparse, y en qué vencer los jornales que tal vez no ganarían no presentándoseles igual ocasión; causa principal porque es tan plausible y de aprecio el que cuando se padecen escaseces y necesidades, se proporcionen obras públicas en que la gente trabaje y gane algún sueldo con qué ocurrir a el socorro de sus miserias. La parte del vecindario que concurre a las funciones de Toros, es muy corta con respecto al todo de la población de esta Capital y lugares fuera de ella, de donde vienen muchas familias a lograr este desahogo, gastando gustosos el desembolso que puede inferirles, y disfrutándose con ello el que gire algún trozo de caudal que, a merced de igual diversión, se gasta y comercia, sin estarse estancado en los que sin ese motivo lo retendrían en su poder; de lo que es indudable, resulta beneficio al público, tan constante, que cuantos saben lo que es en México una Corrida de Toros, y aun la Superioridad ha conocido, que con ventajas del Común se halla un considerable comercio, sirviendo de arbitrio a muchos que con él buscan y utilizan en ese tiempo para la atención de sus obligaciones, resultando por lo mismo, que el gasto o desembolso que hacen los sujetos pudientes y de facultades, presenta a algunos la ocasión de logar las de que carecían.

   Por otra parte, es también muy digno de atención, el que estando mandado por S.M. y con particulares encargos el que se manifieste el regocijo en los recibimientos de los Excelentísimos Señores Virreyes, lo cual cede en honor y decoro del Soberano a quien representan, y sirve de que el pueblo, a quien por lo regular es necesario le entre por los ojos, con demostraciones públicas, el respecto y reconocimiento que es debido, forme concepto de la autoridad para que la venere; a que se agrega, que sobre que en la función de Toros se ostentan como en ninguna otra, el decoro y atención que se dedican al Jefe Superior del Reino, es también muy a propósito para que el público le conozca y sepa a quien debe respeta y obedecer (…) Sala Capitular de México, Septiembre 2 de 1800.[8]

    Estas son, entre muchas otras razones, las que expuso el pleno del Ayuntamiento, encabezado para esa ocasión por los siguientes señores: Antonio Méndez Prieto y Fernández, Ildefonso José Prieto de Bonilla, Ignacio de Iglesias Pablo, Antonio Rodríguez de Velasco, Juan Manuel Velázquez de la Cadena, León Ignacio Pico, Antonio Reinoso de Borja, El Marqués de Salinas y Francisco Sáez de Escobosa.

   Dichos señores, en respuesta a petición hecha por el propio Berenguer de Marquina al respecto del oficio fechado en 2 de septiembre,[9] les envía este otro, tres días después, donde

 Espero me avise a qué cantidad ascendieron los gastos de mi entrada en esta Capital, y que me remita V.S. copia de los Reales Cédulas que cita.[10]

 Y la respuesta que encontró de los comisionados fue que de los tres días del recibimiento, ocurridos el 30 de abril, 1º y 2º de mayo en su Real Palacio, se gastó la cantidad de $13,142.00 pesos… Así que, para la pretendida fiesta de recepción, incluida la lidia de toros, el tozudo Marquina les contestó a los graves señores lo siguiente:

 Sin embargo de que examinado y premeditado todo, me ocurría no poco que decir, si tratara por junto la materia, estimo preferible limitarme a manifestar que todo lo que se entiende por adorno de Palacio, o más propiamente hablando, de la habitación de los Virreyes, me fue preciso comprarlo o tomarlo en traspaso a mi antecesor, por el crecido precio que en la actualidad tienen todas las cosas (…);

Además

 No creo que un Virrey deba procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político, a pesar de cuantas reflexiones intenten minorarlos: y antes bien, me parece que producirá mayor veneración, amor y respeto a la alta dignidad que representa, el concepto que forman de sus desvelos, por el bien y felicidad común, y su conducta y proceder, integridad y pureza.[11]

    Como vamos viendo hasta ahora, las intenciones para convencer al señor Berenguer se estrellaban día con día con argumentos a favor y en contra. Pero el “Magnífico decreto” no aparece por ningún lado, a menos que todos los pronunciamientos del que fuera el quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España vayan construyendo en sí mismos el revelamiento convertido en graciosa ocurrencia de nuestro autor.

   A todo lo anterior se agrega otra nueva razón con la que

 Me obligo a contestar a los diputados de esa N. Ciudad, cuando hicieron verbalmente en su nombre la expresada solicitud, que se difiere para cuando se hiciera la paz, y no encontrando motivos que justamente persuadan deberse variar esta determinación, me veo imposibilitado de poder complacer a V.S. accediendo a la instancia que repite en su mencionado oficio; pero, como al propio tiempo que deseo combinarlo todo, es mi ánimo y constante voluntad, no perjudicar en lo más mínimo a los vasallos del Rey Nuestro Señor ni a las rentas públicas del cargo de V.S., le remito 7,000 pesos para que con ellos se cubra el exceso de los gastos de mi entrada, sobre los 8,000 asignados, esperando que cuando V.S. haya liquidado la cuenta respectiva, me la pasará para completar lo que aun faltare, o para que se me devuelta el sobrante si hubiere.

   Cesando así la principal causa que precisaba a V.S. a reiterar y esforzar su instancia para el permiso de la Corrida de Toros, cesa por consecuencia el motivo de volver a tratar del asunto, que por ahora queda terminado con esta resolución.

   Dios, etc., 11 de septiembre de 1800.-A la Nobilísima Ciudad”.[12]

    Y por supuesto, como apunta el propio Rangel, es ocioso todo comentario que se haga a estos documentos. Su sola lectura retrata fielmente al antitaurómaco Señor Marquina. En otro asunto semejante, se encuentra su mismo comportamiento para no permitir unas corridas de toros, ocurridas en Jalapa, claro, siempre bajo difíciles estiras y aflojas.[13]

   Veamos el caso de Jalapa. Como primer punto, habrá que aclarar que fue el propio Cura párroco de Jalapa, Gregorio Fentanes quien pidió al virrey Marquina no permitiera las corridas en esa población, a pesar de la defensa que para tales festejos hiciera el abogado de aquel Ayuntamiento, Marcelo Álvarez.

 Como es de suponerse, el Virrey anti-taurómaco negó de plano que en lo sucesivo se verificaran tales fiestas sin permiso previo, no obstante que desde tiempo inmemorial se efectuaban sin ese requisito; pero se había propuesto suprimir la fiesta brava, y no importaba el pretexto que invocara a fin de lograrlo…[14]

    En el debate originado entre las tres autoridades, todavía tuvo arrestos el Ayuntamiento para plantear lo siguiente:

 Y para que ningún requisito se heche de menos, patrocinan la costumbre los de la licencia Superior de este Gobierno. Este virtualmente la tiene concedida (la autorización para las corridas de toros) en la aprobación del abasto de carnes de aquella Villa. El Señor Intendente de la Provincia, instruido de lo que se ejecuta, se decide por la continuación de un uso que no lastima, y sí consulta a la remoción de otros daños. Por todo lo cual, suplico a la prudente bondad de V. Exa., se digne mandar suspender los efectos de la Orden de diez y siete de febrero de este año (1801), concediendo su superior permiso para que en la primera venidera Pascua se lidien Toros en el modo y forma que van referidos; librándose al intento el despacho correspondiente.

   A V. Exa. suplico así lo mande, que es justicia: juro etc.-Don Felipe de Castro Palomino, (Rúbrica).-Marcelo Álvarez, (Rúbrica).

   Este ocurso tan bien razonado y un tanto irónico, pasó al Asesor General, quien dijo, que sin embargo de las reflexiones que contiene, la materia era de puro Gobierno y que la Licencia que solicitaba el Ayuntamiento de Jalapa, pendía únicamente del Virrey; que en atención al concepto que su Excelencia tenía formado de semejantes solicitudes y de los daños que por lo regular se originaban de ellas, resolviera lo que le pareciera. Y el decreto que siguió a esta consulta fue: “Habiendo respecto de Jalapa las mismas justas consideraciones que he tenido para denegar igual solicitud a esta Ciudad, no ha lugar a la instancia del Cabildo de dicha Villa.-México, Noviembre 25 de 1801. (Rúbrica del Virrey)”.[15]

    Hasta ahora, y antes de terminar con este pasaje, no hay evidencia alguna sobre lo que A de V-A afirma en una de sus tradiciones, leyendas y sucedidos del México virreinal. Sin embargo, con el propósito de apelar a la última instancia, me parece oportuno incorporar aquí lo que resultó ser una más de las minuciosas revisiones a los documentos custodiados por el Archivo General de la Nación.


[1] Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Tradiciones. Leyendas y sucedidos del México virreinal. (Nota preliminar de Federico Carlos Sainz de Robles). México, Aguilar editor, S.A., 1976. 476 p. Ils., p. 414-416.

[2] Op. Cit.

[3] AGN. Ramo: Correspondencia de virreyes, primera serie, vol. 284, exp. 8. “Representación de la Noble Ciudad sobre que se verifiquen las corridas de toros con motivo del recibimiento del excelentísimo señor virrey don Félix Berenguer de Marquina”.

[4] Miguel Ángel Vásquez Meléndez: Fiesta y teatro en la ciudad de México (1750-1910). Dos ensayos. México, CONACULTA, Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral “Rodolfo Usigli”, escenología, ac., 2003. 347 p., p. 67.

[5] AHDF: Actas de Cabildo, vol. 68-A: Acta de Cabildo de 8 de enero de 1743, fs. 5-7; Acta de Cabildo de 14 de mayo de 1779, fs. 64.

[6] Véase bibliografía.

[7] Vásquez Meléndez, Op. Cit., p. 67-68.

[8] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Editorial Cosmos, 1980. 374 p. Ils., facs., fots. (Edición facsimilar)., p. 305-306.

[9] En: GUIDE TO THE MICROFILM COLLECTION. Latin American History and Culture: An Archival Record Series 1: The Yale University Collection of Latin American Manuscripts Filmed from the holdings of the The Yale University Collection of Latin American Manuscripts Primary Source Microfilm an imprint of Thomson Gale, p. 101 aparece el siguiente dato: “Copia de la carta con que dio respuesta en 11 de septiembre de 1800 el excelentísimo señor virrey a la solicitud de la ciudad de México sobre permiso para que hubiese corrida de toros por la entrada de Su Excelencia.” Es posible que la dicha carta sea un documento en el que se enuncie la postura del mencionado virrey acerca de autorizar o no él o los festejos que organizó el cabildo o la ciudad para su recepción, mismo que puede ser el tan traído y llevado asunto de la prohibición.

[10] Op. Cit., p. 307.

[11] Ibidem., p. 309.

[12] Ibid., p. 309-310.

[13] Francisco López Izquierdo: LOS TOROS DEL NUEVO MUNDO. (1492-1992). Madrid, Espasa-Calpe, 1992. 372 p. ils., fots., facs. (La Tauromaquia, 47)., p. 63-64. Don Félix Berenguer de Marquina, nuevo virrey de la Nueva España, no consintió se le obsequiara con toros en la ciudad de México; sin embargo, hubo de conceder licencia para que los indios de San Miguel el Grande celebraran ese año de 1800 sus acostumbradas corridas, aunque sólo autorizó tres días en lugar de las dos semanas que desde hacía muchísimos años tenían concedidos por privilegio. Se hizo ver al virrey Marquina la necesidad de celebrarlas durante esas dos semanas, por ser las corridas buena fuente de ingresos; pero no cedió. Para mayor información al respecto, véase:

Miguel Ángel Vásquez Meléndez: “Perjuicios y desórdenes en San Miguel el Grande con motivo de las corridas de toros no autorizadas”. En: Archivo General de la Nación. Boletín Nº 2. México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 2003. 6ª época, noviembre-diciembre, 2003, Nº 2. 199 p. ils., fots., facs. (p. 21-28).

[14] Rangel: Historia del toreo en México…, op. Cit., p. 319.

[15] Ibidem., p. 323-324.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. DE 1787 A 1796.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En el periodo indicado, estos vienen a ser los datos localizados, que tienen desde su esencia misma, la enorme posibilidad de contener circunstancias que, a no dudar, incluyen la acostumbrada celebración de festejos taurinos, aún y cuando no es tan explícita su argumentación. Sin embargo, y tomando en cuenta el proceso que la costumbre había establecido hasta entonces, nada difícil sería que en buena parte de los mismos se encontrara con ingredientes que refieran a la tauromaquia. Salvo aquel ejercicio poético que también acompaña las presentes notas, todos los materiales aquí reunidos provienen de mi trabajo –inédito-: “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”.

    Diego Martínez. Excusa que de Calíope de no haber venido con sus hermanas las musas a celebrar el virreinato del Excmo. Sr. Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México. México, 1787, por Felipe de Zúñiga y Ontiveros.

 1788. BANDO de 16 de agosto notificando el nacimiento del Infante Don Carlos Ma. Isidro, hijo de los Príncipes de Asturias.

AGN. Bandos. XIV, 367.

 1789. BANDO de 2 de diciembre, notificando el nacimiento de la Infanta Doña María Isabel, hija de los Reyes.

AGN. Bandos. XV, 98.

 Breve relación de las funciones que hicieron en los dias 31 de Enero, 2 y 7 de Febrero de 1790. Los patrones del noble arte de platería en debida demostración de su amor y lealtad por la exâltacion á el trono de nuestro amado soberano el Sr. Don Carlos IV. baxo de la direccion del Sr. D. Modesto dde Salcedo y Somodevilla, caballero de la Orden de San Juan, … Dada a luz por los patrones del mismo noble arte. Con las licencias necesarias. — México: por D. Felipe de Zúñiga y Ontiveros, en el mismo año, [1790] [2], 18 p., [1]

    El 27 de diciembre de 1789 fue inaugurado solemnemente en la Nueva España el reinado de Carlos IV, por lo cual el virrey Revillagigedo ordenó los regocijos acostumbrados para celebrar tan regio acontecimiento.[1] Inmediatamente en los días 31 de enero, 2 y 7 de febrero de 1790 los patrones del noble arte de platería realizaron debidas demostraciones “de su amor y lealtad por la Exaltación á el Trono de nuestro amado soberano el Sr. Don Carlos IV”. Aunque en la relación no se citan corridas de toros, sin embargo en la octava XX dice así:

 1790

Feliz Cuerpo por fin que mas conseguido…

 

Feliz Cuerpo por fin que mas conseguido

manifestar tu afecto y rendimiento,

celebrando al Monarca esclarecido

que ha llenado sus Reynos de contento:

No temas se obscurezca en el olvido

de tu fidelidad el monumento,

porque siendo al gran Carlos dedicado,

está libre de ser nunca olvidado.[2] 

   En el certamen realizado por la Real Universidad de México a fines de 1790, conocido en prensas como OBRAS de elocüencia y poesía premiadas (…) con motivo de la exaltación al trono de (…) el Sr. D. Carlos IIII (sic) Rey de España y de las Indias. México, 1791. Hubo diversas composiciones, de la más rica métrica inspiración. Entre otras se encuentra un elogio castellano de D. Joseph Sartorio “colegial que fue del mismo Colegio de San Ildefonso, a quien se le asignó un premio de dos medallas de oro y quatro de plata”. O aquella otra, una oda sáfico-adónica en metro castellano sin rima, compuesta por el Doctor en Teología don Juan de Castañiza Colegial actual del Real y más Antiguo de San Ildefonso, a quien se le adjudicó el premio de una Medalla de oro y quatro de plata. La obra lleva el título de: RAPTO POÉTICO EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE México en la proclamación (…) que comienza presentando algunos versos latinos como: Hic diez veré mihi festus atrás / Eximet curas: ego nec tumultim, / Nec mori pervim metuam, tenente / Caesare terras. (Hor. Lib. III. Od. XIV)

 1791

RAPTO POÉTICO

EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE

México en la proclamación (…)

 

Lleva consigo la sabrosa almendra

que Xocohochco y que Caracas crian;

y el que Orizava y Córdova producen

fino tabaco.

 

Cargada de estos y otros muchos dones,

la leal Señora del Indiano Imperio

se postra humilde, y al Monarca nuevo

tierna saluda (…)

 

Vive imitando a Luises y Fernandos,

vive escediendo a Carlos y Felipes,

vive felice quanto amado, amante

de ambas Españas.

 

Así explicaba México su gozo

el día que a Carlos Quarto proclamaba;

lo demás que hizo su lealtad sincera

cántelo Clío.[3] 

   Cuatro años quedan ya para que el décimo octavo siglo de la era cristiana concluya, cuando, ya en el poder el rey Carlos IV es celebrado con costosísimas fiestas en la Nueva España.La Descripción de las fiestas celebradas en la Imperial Corte de México con motivo de la solemne colocación de una ESTATUA EQUESTRE de nuestro augusto soberano el Señor Don Carlos IV en la Plaza Mayor, fiestas hacia 1796 (relación hacia 1804) dice: “Para completar la solemnidad de tan feliz día, y satisfacer diez y seis corridas de Toros, distribuidas en dos semanas. Con este objeto se había construido, fuera de la ciudad, y con inmediación al Paseo de Bucareli, una gran plaza de figura ochavada. Los palcos destinados al Exmo. Señor Virrey, Real Audiencia, N.C. y Tribunales se veían decorados con magnificencia, y los demás estaban vestidos de damasco de distintos colores, o pintados con bastante gusto, cuya variedad formaba una perspectiva muy graciosa y risueña. S.E. asistió solo en los quatro últimos días, porque no se lo permitieron las graves atenciones del Gobierno, y la indisposición de la Exma. Señora Virreyna. Concurrieron a esta diversión innumerables personas de todas clases, y estuvo el luxo en todo su punto; reservándose las demás circunstancias para otra pluma que tenga el tiempo necesario para expresarlas”.[4]

   Lamentablemente una búsqueda exhaustiva hecha alrededor de las diversas relaciones de fiesta y otros testimonios sobre este acontecimiento, no arrojan ningún dato acerca de alguna producción poética, reduciéndose –en su amplitud-, a la narración detallada de aquel acontecimiento, en el que, por cierto, tengo ante mis ojos la “Lista de los Toreros de a pie, y de a caballo,[5] y Sueldos que ganaron”. Entre los de a pie encontramos a:

Manuel Moretilla, Andrés Gil, Joaquín Puerto, Cayetano Rodríguez, José González, Agustín Silva, Francisco Medina, Nicolás Bonilla, José Torres, Narciso Márquez, José Mariano Gutiérrez Altamirano, Miguel García, Juan Montesino, Francisco Robles, Joaquín Rodríguez (ni Costillares ni Cagancho; ni tampoco el excepcional caballo de Pablo Hermoso de Mendoza; sólo un homónimo). José Luis Soto, Alejandro Cortés, Gregorio Mateos, Ignacio Guzmán, José Rosales, José Félix Cardoso y José Figueroa. De a caballo: Felipe Silva, Nicolás Casas, José Ramírez, José Télles, José Paredes, Gregorio Monroy, Bartolo Monroy, José Hernández, Christóval Álvarez, Manuel Medina, José Enciso, Manuel Luna. El documento está fechado hacia el 24 de diciembre de 1796.

 1791. BANDO de 27 de julio, del Conde de Revilla Gigedo, avisando el nacimiento de la Infanta Da. María Teresa; hija de SS.MM.

AGN. Bandos. XVI, 40.

 Elogio de Carlos IIII: rey de España y de las Indias / su autor Manuel Antonio Valdés. — México: Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1791. xix p. ; 20 cm.

 1792. BANDO de 27 de septiembre, del Conde de Revilla Gigedo, comunicando el nacimiento del Infante Don Felipe María Francisco, hijo de los Reyes.

AGN. Bandos. XVI, 191.

 SARTORIO, José Manuel. La felicidad de México en el establecimiento de la v. Orden Tercera de Siervos de María… México: Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1792.

 1792: SAN LUIS POTOSÍ, cd. El Ayuntamiento de San Luis Potosí informa al virrey Revillagigedo que don Pedro Alonso de Alles remitirá medallas de oro, plata y cobre para que sean enviadas al monarca y su familia. Se detalla que las de oro son once, veinte de plata y veinte de cobre, y a quiénes deben otorgarse. Se incluyen los testimonios de amor y fidelidad sobre la proclamación del nuevo monarca Carlos IV y una descripción detallada de los festejos, adorno de las calles y casas, así como actos relativos al evento. Archivo General de la Nación, Ramo: Policía, Vol. 111, exp. s/n, fs. 381, 400

 1793: Diego García Panes: Diario particular del camino que sigue un virrey de México. Desde su llegada a Veracruz hasta su entrada pública en la capital […] [1793], transcripción de Alberto Tamayo, estudio introductorio de Lourdes Díaz-Trechuelo, Madrid, CEHOPU / CEDEX (Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente), 1994.

Juguetillo de los Toros. Puebla de Los Ángeles, imp. en la Oficina de Don Pedro de la Rosa. 1793. [8] p.; 15 cm.

 1794. BANDO del 26 de agosto, comunicando el nacimiento del Infante Don Francisco de Paula, hijo de los reyes.

AGN. Bandos. XVII, 465.

 Pan y Toros… Oración apologética en defensa del estado floreciente de la España, dicha en la plaza de toros por D. N. el año de 1794. Méjico, imprenta de Ontiveros. [1820], 16p.

 1796. BANDO de marzo, notificando los enlaces entre los Infantes D. Antonio (hermano de Carlos IV) CON Dª María Amalia (hija del Rey) y de Dª María Luisa (hija del Rey) con el Príncipe de Parma, animando festejarlos, como costumbre.

AGN. Bandos. XVIII, 270.

 Inscripciones en celebridad de la real imagen de nuestro católico soberano Carlos IV… México, 1796.

Descripción de las fiestas celebradas en la Imperial Corte de México con motivo de la solemne colocación de una estatua ecuestre de nuestro augusto soberano el Señor D. Carlos IV en la plaza mayor (1796). México.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots. T. I., p. 110.

[2] Biblioteca Nacional: R/1790/M4SAL. Breve Relación de las funciones (…) 1790, p. 13.

[3] Biblioteca Nacional: R / 1791 / M4UNI: OBRAS de Eloqüencia y poesía (…), 1791., p. 3-5.

[4] Biblioteca Nacional: 185 / LAF (18..) Descripción de las fiestas celebradas en México (…), p. 15.

[5] A.H.D.F.: Ramo: Cuentas de gastos de entradas de Virreyes, Vol. 4300, exp. 15: Cuenta de las primera corrida de toros celebrada con el plausible motivo de la colocación de la estatua equestre de Nuestro augusto soberano el Sr. D. Carlos Cuarto (Q.D.G.) (…), 79 f., ff. 39 y 39 v.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. DE 1779 A 1786.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

1779: Nos dice Heriberto Lanfranchi, que en 1779, tras varios años de ayuno taurino, los aficionados de México lo mitigaron en parte gracias a la iniciativa que tuvo el empresario del teatro principal de la ciudad. En efecto, se le ocurrió a dicho señor que podría cubrir los intermedios de las representaciones con la lidia de toros en el patio del teatro; y así lo hizo, gustando tanto su innovación que tuvo que repetirla varias veces, cada vez con más éxito, hasta que el virrey Bucareli, considerando que se estaban burlando de él, ya que todos los habitantes de la ciudad sabían que no era afecto a la lid de toros, mandó que el teatro fuera clausurado y acabó así con la naciente costumbre.[1]

Los siguientes registros, proceden, como en otras ocasiones de mi trabajo: “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, actualmente con un registro de 2000 poemas.

1783

 Descripción de las Fiestas que hicieron los diputados de la ciudad de Tehuacan, en celebridad de la dedicación del templo de Nuestra Señora del Carmen.

Rasgo Épico

Bella escuadra de Moros, y Cristianos

al general concurso iba rigiendo

con las lenguas, los ojos, y las manos,

y el desazón pasado previniendo

del desafío arrogante

ningún oyente se quedó ignorante.

 

Mas que mucho si entonces ya se veía

un pequeño vestigio, un leve rastro

de cómo aquella celestial Poesía,

producción era del insigne Castro,

que de Ángel, mas que de hombre

sobre mil vivas elevaba el nombre.

 

Entretanto el Señor don Joseph Prieto

para las Fiestas Reales, que procura,

examina sujeto por sujeto,

y el acierto entre todos asegura,

ya la noche fallece,

y el concurso con ella desaparece.

 

Pero qué importa si otro nuevo día

en los brazos nació del rubio Apolo,

a dar a Tehuacan más alegría,

que a infelices arenas dio el Pactólo

imágenes funestas,

si bien doradas; vamos a las Fiestas.

 

Se presentó la Plaza guarnecida,

y de nobles Tapices adornada,

sobre un cuadro perfecto constituida,

y a curioso nivel perfeccionada,

tan alegre, tan bella,

que apenas podrá hallarse otra como ella.

 

No por sus galas, no por su grandeza,

ni porque fuese en costos peregrina,

no por su adorno, no por su riqueza;

sino es porque le dio mano divina

por divisa española

gracia especial de ser como ella sola.

 

El Castillo en el medio se miraba

asunto digno de inmortal Poesía,

que en tres cuerpos formales descollaba

dispuestos en perfecta simetría,

de cuyo Arte, y Figura

se hicieron cargo la Poesía, y Pintura.

 

El primer día de Fiestas en media hora

se vió la Plaza tan de gente llena,

que aquel esmero mismo, que la explora

es inquietud, que mas la desordena,

cuyo remedio inicia

valida de las Armas la Justicia.

 

A este tiempo pobladas las Lumbreras

de varias gentes observó el cuidado:

De voces racionales, y parleras

un jardín era, sí, cada Tablado,

que al Cielo comparaba

si no lo que lucía, lo que brillaba.

 

La Nobleza primera no se excusa

de señalar aquel festivo anhelo

con varias galas; mas espera Musa,

que arrastrando tu acento por el suelo,

ya con sonora pompa

viene el Violín, el Pífano, y la Trompa.

 

Abriéronse las Puertas principales

de la Plaza, y a un tiempo entrar en ellas

se vieron en dos Niños especiales

sobre dos Brutos fijas dos Estrellas,

que en el punto que entraron

de Géminis el Signo figuraron.

 

Uno era Pliego Príncipe Cristiano,

adalid de la Noble comitiva,

que venía conduciendo a Don Mariano

de la Vega, en acción la más festiva,

de Músicos, y Criados

igualmente vestidos, y adornados.

 

El otro Prieto fue Príncipe Moro

de Don Joseph Mateos también seguido

para el efecto mismo, que un Tesoro

(sin ponderarlo) traía en el Vestido,

honrando a sus Blasones

criados cautivos, Músicos Ariones.[2]

 

Con un vestido verde se presenta

de Terciopelo guarnecido de Oro

el partidor Cristiano, a quien intenta

en Arte y Galas exceder el Moro;

pero no lo consigue,

que la conducta igual en los dos sigue.

 

En los cuatro Caballos mil primores

todos admiran de una y otra parte,

y a no diferenciarse en los colores,

decir pudieran que eran los de Marte:

Tal era su viveza,

su hermosura, su gala, su destreza.

 

Tomó cada uno el puesto señalado,

y en esta forma se ordenó el paseo,

pareciendo que hacía uno, y otro lado

iba marchando el Délfico Muséo,

el que siendo concluido

nuevos asuntos emprendió el sentido.

 

Con diestro impulso de sagrada Mano,

llevándose tras si los corazones,

parten la Plaza el Moro, y el Cristiano,

mejor dijera, dos exhalaciones,

que al uno, y otro Bando

no partiendo iban ya, sino volando.

 

Bellas tropas de Moros, y Cristianos

se presentaron en las cuatro esquinas,

que de manera mil corriendo ufanos

las ideas practicaron peregrinas,

que al estruendo de Marte

había curioso prevenido el Arte.

 

Distintas veces en la Plaza entraron

los Cristianos así como los Moros,

y sus festivos juegos alternaron

con varios lances a valientes Toros,

los que ofrecidos fueron

a los mismos que allí muerte les dieron.

 

Querer significar la diferencia

de figuras, de juegos, de labores,

que en los tres días formó la concurrencia

de sus festivos diestros Corredores,

fuera intentar cogellas,

o numeras del Cielo las Estrellas.

 

Baste decir, que fueron repetidas

la Marcha, la Partura, la Carrera,

por tres veces en Galas distinguidas,

la última, si, mejor que la primera,

y que el Día del Combate

el Cristiano valor al Moro abate.

 

Baste decir que ya vencido el Moro,

de ardides muchos se valió este Día:

Como andaban la Pólvora, y el Oro,

publicando las Glorias de MARÍA,

cuya Imagen amante

a la cristiana Fe voló triunfante.

 

Se acabaron las Fiestas, mas no acaba,

ni acabará el Amor de describirlas:

La misma Fama, que las decoraba,

con las cien Trompas no sabrá decirlas;

pero ninguna de estas

fue la mayor ventura de estas Fiestas.

 

Todo lo anduvo disponiendo el modo;

mas quien no admira ver en su progreso,

suceder tanto, y acabarse todo

sin que se hubiera visto un mal suceso,

ni en los torpes ensayos,

ni en la Plaza corriendo los Caballos.

 

Ni en las Torres los bronces agitando,

ni en el Coso a los Toros ofendiendo,

ni en las Risas la Plebe comerciando,

ni en las calles la Pólvora encendiendo;

todo lo gobernaba

mano Divina, que entre todo andaba.

 

Siendo la copia de la gente inmensa,

ninguna cosa se notó perdida,

ni se vio que de Dios alguna ofensa,

públicamente fuese cometida,

ni una voz alterada,

ni una gota de sangre derramada.

 

¡Este si que es favor imponderable

pocas veces del Mundo merecido!

Blazonar puedes Tehuacan amable,

de que tu gozo fue gozo cumplido,

pero no, no blazones,

que MARÍA gobernaba tus acciones.

 

¡O Soberana Reina, y quien lograra,

significar tu Gracia! ¡Quién pudiera,

decir lo que eres Tú! Yo lo intentara,

si como Dios lo sabe, lo supiera,

y entonces sí diría

con toda perfección lo que es MARÍA.

 

Bien veo, Ilustre Conde,

del Mexicano suelo clara Lumbre,

que tu gloria se esconde

a mi talento oscuro,

y que si de ella a la sublime cumbre

por el sereno y puro

líquido el vuelo alzara,

suerte igual a la de Ícaro probara.

 

Mas tanto gano en esto,

y tal virtud en tu Persona admiro,

que el despeno funesto

que a mi arrojo cupiera,

no me atierra: ya en uno y otro giro

por la celeste esfera

lúcida me remonto,

y se aleja de mi el undoso Ponto.

 

En vibrantes fulgores

de blanca luz observo revestidos

a tus claros Mayores,

que con muerte gloriosa

por el Orbe dejaron esparcidos

sus nombres, y la honrosa

fama que se adquirieron,

a su Posteridad la transmitieron.[3]

 1784

    Carlos Lorenzo Hinzpeter, aporta con los siguientes datos, una información importante alrededor del torero mulato, veracruzano de nacimiento y que llevó en vida el nombre de Ramón de Rozas Hernández, y que, por el hecho de haberse hecho a la mar, llegó a España, donde por lo tanto fue contemporáneo de Mariano Ceballos y José Delgado “Illo”.

   En el centro de su apunte, aparece una octava que retrata los quehaceres tauromáquicos de nuestro paisano que al parecer, tuvo mejor fortuna en la vieja que en la nueva España.

 RAMON DE ROZAS HERNÁNDEZ: UN REJONEADOR MEXICANO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVIII.

    Leyendo el número 18 de la Revista de Estudios Taurinos, editada en Sevilla, encontré en su página 220, información sobre la existencia de un rejoneador mexicano del siglo XVIII, oriundo de Veracruz, llamado el negro Ramón de Rozas Hernández. Esta noticia  me llevó a investigar más sobre este personaje y en la página 838 del tercer tomo de Los toros de José María de Cossío, encontré los siguientes datos, que transcribo:

   Lidiador del último tercio del siglo XVIII. Era negro de raza y, a pesar de anunciarse en algún cartel como natural de Veracruz, debió nacer en Jerez de la Frontera el año 1762. Así lo afirma en instancia dirigida al Ayuntamiento de Pamplona el año 1791. Se le ha apellidado Rozas y la Rosa, pero su verdadero apellido era Rozas. Algún tratadista afirma que fue discípulo de Mariano Ceballos, y que, practicaba las suertes del toreo peruano. No he dado con la fuente de la primera especie. En cuanto a la segunda, como veremos, practicaba el toreo tan arbitrario y de fantasía que no puede adscribirse a escuela alguna definida. Aparece en Madrid, por primera vez a lo que ha alcanzado a aclarar mi diligencia, el 27 de septiembre de 1784. En ese día se le anuncia de la siguiente manera: “A fin de aumentar la diversión del público con alguna variedad digna de su obsequio, el noveno toro será amarrado a dos palos, que se fijarán en la plaza, para que lo ensille y monte un negro de veintidós años de edad, llamado Ramón de Rozas Hernández, natural de la ciudad de Veracruz, en el Reino de Nueva España, el que, a imitación del difunto Mariano Ceballos, quebrará rejones desde el mismo toro, al que soltará después, matando, por último, con un puñal, al que va montando. Debió cumplir con lo ofrecido lucidamente, pues para la corrida del 4 de octubre vuelve a anunciársele, y esta vez con su ditirambo en verso, que transcribo por su mucha curiosidad:

No esté el señor Belorofonte ufano…

No esté el señor Belorofonte ufano
de que un
monstruo rindió, que eso es quimera;
no se aplaudan hazañas del
Tebano,
que son
fábula, historia y friolera.
Vengan acá, si están por ahí a mano,
llevarán dos lecciones de manera
que admiren al negrillo en estas
lides
Belorofonte ser, y más que Alcides.

    En años siguientes continúa exhibiendo sus habilidades en la plaza de Madrid y en muchas otras donde es solicitado. Introduce variantes pintorescas en su trabajo. En una ocasión se anuncia para “mancornar al bicho y figurar con la mayor propiedad que esta dándole de merendar”; otra vez, para montar al novillo, templar la guitarra y cantar “con todo primor el sonsatillo” o bien para picar a su toro a pie. De sus habilidades como torero de a pie poseemos un testimonio inestimable. En febrero de 1789 se celebran en Santander grandes fiestas por la proclamación de Carlos IV. Entre ellas figuran unas novilladas, y de todas tenemos noticia puntual por una Relación que escribiera, y se conserva manuscrita, don Pedro García de Diego, vista de la Aduana de Santander. En ella se dice, ponderando la habilidad de los que ponían banderillas, estos elogios que no creo dudoso referirlos a Ramón de Rozas: “En este ejercicio lució, con extraña agilidad, un negro llamado Ramón, que jugaba con los novillos, haciendo delante de ellos diversas figuras con especial acierto; tan diestro de manos, como si el toro no las tuviese para acometerle, y tan suelto de pies, que libraba toda su seguridad en lo imposible de darle alcance. Clavó todas las banderillas que quiso, con tanta prontitud y limpieza, que se temió bien el que primero faltasen banderillas que brazos.” Por este tiempo  trata sin duda de practicar el toreo normal, pues le vemos agregado a la cuadrilla de Francisco Garcés. Con el que acude a Pamplona en 1791, y con el que torea. Actuó, como he indicado, de toreador, y el secretario, escribe en la nomina: “Al negro Ramón de Rozas por consideración se le dio una onza”. Al año siguiente repite su actuación. En el año 1798 se dirige nuevamente al Ayuntamiento de Pamplona, donde se ofrece a montar un toro en pelo sólo con una cincha maestra, sin más arreo, merendar encima del toro, y después cantará y tocará un pasito con cascabeles, y hará que baile un muñeco que trae, encima del toro, y después se le pondrán banderillas de fuego estando a caballo, y lo capeará la cuadrilla a pie hasta fin de matarlo.

Ramón de Rozas practicaba todas las variantes del toreo americano, como lo practicó sobre un mal caballo en Pamplona y montando toros dondequiera. Debió intentar ser torero de a pie, y en esta pretensión no le acompaño sin duda la fortuna.[4]

1785

 El Sol Triunfante…

 Octava

 

Luego que nace el Sol joven gallardo

Y al Orbe muestra su dorado bozo

En su esplendor que nunca tiene tardo

Por rédito de lugar cobra gozo

Nuevo Sol Joven ínclito BERNARDO[5]

Tanto al Reyno renuevas alborozo

Que excedida la pública alegría

Hoy tiene glorias que antes no tenía.

 

Bruno Francisco y José Raphael Larrañaga.[6]

   Por la llegada al gobierno virreinal de don Bernardo de Gálvez, conde de Gálvez, hijo de don Matías Gálvez quien murió víctima de la peste el 3 de noviembre de 1784, se hicieron las imprescindibles funciones taurinas para celebrar la entrada de este nuevo representante del rey, que, a la postre era Carlos III. De entre las notas del Diario de José Gómez o de la Gaceta de México, entresacamos los siguientes curiosos datos:

 El 15 de noviembre de 1785 fue la segunda corrida de toros. En esta tarde toreó una mujer ahijada del señor Virrey. El 16 no hubo toros porque llovió todo el día. El 21 fue la tercera corrida, y en este día bajó el Virrey y su esposa en el birlocho a pasear la plaza por mañana y tarde. Estuvieron los toros muy malos y esta tarde salieron dos hombres en unos zancos a torear, y fue lunes. (Gómez).[7]

Al respecto de la ahijada del señor virrey, don Carlos María de Bustamante apunta sobre

 Gálvez, [quien] hacía los mayores esfuerzos por ganarse una popularidad hasta entonces desconocida, y que mancillaba, por no decir, prostituía, la alta dignidad de virrey. ¿Qué es esto de dar gusto al populacho en barullo para girar en un quitrín en derredor de la plaza de toros como pudiera Nerón en la de Roma para ganar aplausos? ¿Qué sentarse al lado de una mujerzuela banderillera, con agravio de la decencia pública, y aun de su misma esposa que lo presenciaba?[8]

    De mujeres en los ruedos mexicanos contamos con antecedentes que se remontan a fines del siglo XVIII, precisamente en fiestas celebradas en la plaza de toros “El Volador” dedicadas en noviembre de 1785 al Exmo. Sor. Dn. Bernardo de Gálvez, virrey de toda la Nueva España y Capitán General. Y como don Bernardo se propuso condescender con el pueblo:

1785 

En este mismo dia en la Mañana…

 

En este mismo dia en la Mañana

en un Virloche[9] con presteza suma

se vido la Persona mui Galana

del Conde Galvez qe. como una pluma

volava de la Plaza el pavimento

como las Aves cruzan pr. el viento.

   Con Manuel Quiroz y Campo Sagrado autor de los Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez… 1786, y gracias al trabajo de Salvador García Bolio[10] es posible conocer en detalle los hechos de noviembre y diciembre de 1785, donde actuaron en 22, 23 y 24 de noviembre dos, cuatro y seis mujeres toreras respectivamente.

 1786

 Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado.

 

El veinte y dos siguieron las corridas

de Toros dando al Publico contento

se vieron dos Mujeres aplaudidas

al mirarlas torear con tanto aliento

pues fuertes Amazonas[11]

les entregaban al toro sus Personas.

   De esta obra, se escogen ahora los versos relacionados con tema taurino.

13

 Mostrose Augusto rubio y amoroso

y de Virgo miraba el rostro ameno

gozando sus placeres deleitosa

entre las Glorias de su Indiano ceno

y entonces las Florestas

a su Vi-rey disponen unas fiestas.

 

14

 A Tauro por los suelos quieren veer

demellándole la hasta venenosa

haziendo de sus ruinas el placer

en la del Bolador Plazuela ermosa

y sin ser nada escasa

en ella miden y reparten Plaza.

 

15

 A fabricar comienzan su grandeza

los Artífices diestros con esmero

formándola en tal arte y gentileza

que excedieron al Arte y el Madero

pues como cantería

esta dórica Plaza persuadía.

 

16

 En el recinto ponen vellas gradas

guarnecidas de Bayas primorosas

las que estaban al ayre resguardadas

de todas intemperies rigurosas

pues ni tauro ni fevo

dañar pudieron a ningún Mancebo.

 

17

 Siguieron las Lumbreras guarnecidas

de preciosos matizes explayadas

donde muchas Personas distinguidas

procuraron tenerlas adornadas

dando envidia el primor de sus colores

al más vello Jardín de ermosas Flores.

 

18

 Elevaron alo alto sus tendidos

con grande simetría agigantados

de uniformes columnas sostenidos

y de rectas cornizas adornados

formando sus Balaustres sin dar quexas

de verdes esmeraldas muchas Rexas.

 

19

 Adornados de Alfombras y Tapizes

se vieron sus alturas mui cavales

siendo una Primavera sus Matizes

para ocupar los regios Tribunales

los que bien distribuidos

aqual mas se obstentan de lucidos.

 

20

 En las sombras el Arte con primor

puntualm.se te vido exejutado

que opacándole a Febo su rigor

dejaron el lugar acomodado

donde muy librem.te

sin incomodidad vido la jente.

 

21

 Quatro Puertas se vieron en la Plaza

formando los ochavos excelentes

estas con sus columnas y su vaza

con proporciones amplias y eminentes

quedando desahogadas

para entrar y salir por sus fachadas.

 

22

 Una columna con estraña idea[12]

pusieron de figuras adornada

la q.e de noche convertida en tea

dejó toda la Plaza iluminada

formando el artificio con esmeros

en su iluminación diestros coheteros.

 

23

 En esta se vio Flora de presente

sosteniendo los cables mui galante

a Vulcano[13] también que fuertem.te

sus Brazos declaraban lo pujante

carg.do el luminar

sin que nadie le viera descanzar.

 

24

 Apolo y Marte puestos en palestra

a Neptuno y a Júpiter miraron

que opuestos p.r querer todos la diestra

a competensia un sirculo formaron

asiendo en sus ibleos

al publico presentes sus trofeos.

 

25

 Unas tarjas de octavas Peregrinas

sirvieron a estos Dioses p.a Penas

cuyos metros en letras cristalinas

viva Gálvez dijeron mui ufanas

cubriendo sus lugares

de emblemas de las mas particulares.

 

26

 Desde el Palacio R.l hasta el tablado

se vido un pasadiso distinguido

por ambos lados de tablas aforrado

y de fuertes umbrales sostenido

para que su Exa.

a la Plaza pasase con su Audiencia.

 

27

 Comenzó el tribun.l del Virreynato

con Majestuosas sillas de Brocados

las que formaron rejio el aparato

dejando dos lugares separados

que a las Personas Reales

les formaron Fellizes y citiales.

 

28

 Siguió el de la ciudad al otro lado

de ricas colgaduras guarnecido

de bien bestidas Bancas adornado

que formaron un teatro mui lucido

con vista tan galana

que sus Armas mostró la Corte Indiana.

 

29

 La Minería con su fachada ermosa

formó su Tribunal q.e fue el tercero

haziendola ala vista deleitosa

la variedad de adornos de su esmero

que con ainco insaciable

un Alcázar formaba respetable.

 

30

 Siguió el del Consulado mui galante

en el quarto lugar tan reluciente

en Nacares tapizes rozagante

que imbidia dio a Letona lo decente

y el Dios Momo corrido

quedó sin duda al verlo tan lucido.

 

31

 El Cavildo Eclesiástico dio prueba

de su quinto lugar p.r su grandeza

esto con sus adornos lo subleva

para enseñar al público una pieza

tan regia y respectuosa

que se miró entre seria Sor ermosa.

 

32

 La Yttre.l Colegiata acompetensia

preparó su cavildo en sexto grado

francam.te explayando la decencia

para no ser en nada señalado

pues con roja prevista

al comun todo deleitó su vista.

 

33

 El Claustro Doctoral aq.n le toca

el séptimo lugar con gentileza

su estancia la compuso apide voca

tendiendo colgadura con franqueza

donde galan se vido

de Capelos y Borlas asistido.

 

34

 El Protom.to generoso

al Público mostró sus Maravillas

cuio octavo lugar se vio lustroso

guarnecido de sedas amarillas

que con lucido teatro

al Público le dieron anfiteatro.

 

35

 Dos lumbreras con Berdes Celosías

formaron Tribun.l al S.to Oficio

que destellando graves alegrías

de suma autoridad dieron indicio

que en el estar cerradas

dieron muestras de ser las señaladas.

 

36

 En este dieron fin los Tribun.s

que ilustraron la Plaza y sus recintos

declarando los gozos mui marciales

encadenando vellos laberintos

pues todas las Lumbreras

festivas alegraron las Esferas.

 

37

 Construida enteram.te en sus adornos

fue la Plaza modelo de alegrías

y entapizados todos sus contornos

dieron ala tristeza bateria

pues hizo p.r que save

hazer caver amas de lo q.e cave.

 

38

 En catorce los Toros comenzaron

de Nov.e del año ochenta y cinco

en este día los gozos se explayaron

y todos pretendieron con grande ainco

el dar aproporcion

con sus avilidades diversión.

 

39

 En este mismo día en la Mañana

en un Virloche con presteza suma

se vido la Persona mui Galana

del Conde Gálvez q.e como una pluma

volava de la Plaza el pavimento

como las Aves cruzan p.r el viento.

 

40

 Dos lijeros Bucéfalos tiraban

la Maquina eminente rodadora

en la que dos Personas se miraban

que formando venían nueva Aurora

porq.e sus exellensias

quisieron dilatar sus preeminencias.

 

41

 Qual Rayo desatado de la esfera

cruzó Nuestro Virrey gallardam.te

dando ala Pleve gozo su Carrera

como así mismo al pobre y al decente

que al veerlo tan humano

consuelo fue feliz del País Indiano.

 

42

 El Mormollon de gentes ocupaba

la estancia de la Plaza en espesura

ni un pequeño resquicio se encontraba

para poder salir de su apretura

y en tanto lavirinto

se extraviaba la mente y el distinto.

 

43

 Entró la Tropa con medidos pasos

dando a los parches vozes retumbantes

y al punto despojó los embarazos

por presentarse solo los Infantes

los que mui arreglados

en el partir mostraron ser Soldados.

 

44

 Quedó por fin la plaza despejada

o por otro bulgar quedó partida

y estado el bullicio sosegada

sus embarazos se miró expedida

y con pasos violentos

fueron tomando todos sus asientos.

 

45

 Entregada la llave y echa señal

salió una fiera con horrible saña

q.e siega por la ravia se despeña

y entre las corbas puntas se enmaraña

queriendo su desvelo

hazer profundos hoyos en el suelo.

 

46

 Era de faz sañuda y enojada

etiope por color ancho el pescuezo

en la frente la crin mui enroscada

fornida la anca en serviguillo grueso

con dos puntas triunfantes

que a su testa sirvieron por Turbantes.

 

47

 Salió del Cozo sentellando fuego

arrebatando del suelo las Arenas

no vio la gente p.r q.e salió ciego

y rompiendo de babas las cadenas

corrió con valor pleno

que pareció de Júpiter y el Trueno.

 

48

 Tocó al Arma este Bruto vengativo

en medio de la Plaza con fiereza

con ímpetu tan fuerte y tan altivo

q.e asombro dio de veer su fortaleza

dejando obscurecidos

los vientos al bapor de sus bufidos.

 

49

 Salieron al instante valerosos

unos Mancebos bien aderezados

pretendiendo el herirlo tan ansiosos

que de si mismos quedaron olvidados

pegando Banderillas

por entremedio de sus dos cuchillas.

 

50

 Reboleando las Capas lo torean

y con agudas Baras se defienden

con diligentes bueltas lo mofean

y con silvos y vozes mas lo encienden

el que qual Can rabioso

a todos les embiste muy furioso.

 

51

 En fin echa la seña lo mataron

pasándole el pescuezo con la espada

el Pecho y corazón le atravesaron

dejando su fiereza domellada

por que el echo Sangriento

a los demas sirviese de escarmiento.

 

52

 Cerrose la mañana con seis Toros

jugando p.r la tarde los restantes

y quando aucento Fevo los Tesoros

destelló Flora rayos tan flamantes

que con su Economía

se vio la Noche convertida en día.

 

53

 Refulgente la Fragua de Vulcano

yluminó la Plaza con presteza

formó de ermosas luzes un verano

p.r q.e México Viera la grandeza

que gozos obstentando

por la Plaza de Toros fue paseando.

 (. . . . . . . . . .)

 59

 El quinze se siguió la diversión

en los términos mismos de aquel día

hubo de fuegos la iluminación

y todo lo demas con vizarria

sin que nada faltase

que tal vez la bugata lo anotase.

 (. . . . . . . . . .)

 64

 Prepararon los Toros al contento

en el día con muchas diversiones

no faltó nada del divertim.to

festivas y amplias sus composiciones

y con nuevos trofeos

por la noche siguieron los paceos.

 

65

 El veinte y dos siguieron las corridas

de Toros dando al Publico contento

se vieron dos Mujeres aplaudidas

al mirarlas torear con tanto aliento

pues fuertes Amazonas

le entregaban al toro Sus Personas.

 (. . . . . . . . . .)

 67

 En el siguiente dia veinte y tres

las fiestas y los toros prosiguieron

el Loco pegó parches al travez

p.r lo que muchas galas le valieron

q.e con chiste bailando

a todos los Sres. fue alegrando.

 (. . . . . . . . . .)

 95

 Siguiéronse los toros este dia

que cerró la semana placentera

con tanto aplauso gusto y alegría

que de nuevo formó otra Primavera

pues rompiendo Capuces

viva Gálvez dijeron vellas luzes.

 

96

 Suspendiose tres dias esta corrida

por ser costumbre yá determinada

ley q.e siempre se ha visto establecida

y rara vez o nunca derogada

y así por este medio

se vio la Plaza en confusión y tedio.

 

97

 Amaneció el Farol p.r el Oriente

de el luminoso Febo rutilante

en el día 28 del presente

repartiendo fulgores mui galante

pues con luz nada escaza

se vellos Rayos se vistió la Plaza.

 

98

 Enserraron los toros mui temprano

para dar diversión con entereza

toreo gallardam.te el Samorano

y D.n Tomas tambien con sutileza

pues se vieron hazer dos mil primores

a todos los que fueron toreadores.

 (. . . . . . . . . .)

 101

 Sesaron las corridas p.r entonces

hasta el Jueves primero de Diz.e

esculpirse se pudo en duros bronces

el Juvilo tan grande del nov.e

que todo festejoso

se vido de el Invierno Victorioso.

 

102

 Concluyó la Semana y las corrida

p.r acavarse el plazo señalado

y sin embargo de estar ya cumplidas

quedó todo el comun esperanzado

pidiendo a S. Exa.

dé p.a otra Semana Su licencia.

 

103

 Ambigua les quedó Su preten.on

hasta que en el acuerdo fuese visto

hizieron todos representa.on

con ancioso deceo siempre listo

declarando oprimidos

estar p.r el presente mui perdidos.

 

104

 Con corazon benigno y placentero

el Conde Galvez a piedad movido

(atributos q.e son de Caballero)

p.a amparo de el Pobre y desvalido

que como padre amante

ministra los consuelos al instante.

 

105

 Lograron a medida del deceo

la licencia impetrada francam.te

aconocer se dio p.r el Perceo

que reparte sus gracias igualm.te

con ard.te Tan ard.te Zelo

que socorrer sus ancias es suanelo.

 

106

 Otra Semana pidieron los perdidos

p.r veer si se miraban restaurados

sus Memoriales fueron admitidos

y a su contento todos despachados

alcanzando la gracia

que anciosos pretendian con eficacia.

 

107

 Adornaron la Plaza nuevam.te

aun q.e faltaron varios Tribun.es

no por eso dejó de estar decentte

ni quedaron los huecos desiguales

pues formando tendidos

gallardam.te quedaron mui lucidos.

 

108

 Conttó el Diz.e diez y nuevo dias

en los q.e las corridas comenzaron

volvieron a nacer las alegrías

que felism.te todos observaron

con gozo tan prolijo

que todo fue placer y regosijo.

 

109

 Torearon este dia quatro Señores

sin que de nadie fueran conocidos

los Muchachos torearon con primores

q.e en Granadas estaban escondidos

pues improvisamente

en la Plaza los vio toda la gente.

 

110

 Cerrose el dia con toda diversión

satisfaciendo al Publico puntual

huvo ala noche la iluminación

siguiéndose el paceo mui marcial

con eminente traza

que se vio echa Pénsil toda la Plaza.

 

111

 En el veinte lo mismo aconteció

toreando los Muchachos y Sres.

su Exa. las galas lestiró

en Bandas y Mascadas superiores

quedando victoriados

los que a torear salieron de tapados.

 (. . . . . . . . . .)

 113

 La tarde del veinti uno fue un regalo

al veer la diversión tambien trazada

pues pusieron en medio un alto palo

que se quedó la vista embelesada

y aunq.e se opuso Febo

no le pudo quitar nada del zevo.

 

114

 De monedas de Plata guarnecido

y de Sombrero y Capa fue adornado

liveral para todos y aplaudido

el capote que estava galoneado

pues pretendió el anelo

el Suvir asta lo alto con el buelo.

 

115

 Con presurosas ancias fugitivo

suvió con mil trabajos temeroso

un pobre con deceo tan activo

que a los pies les puso alas presuroso

y estando ya en su altura

mostró con el Sombrero su ventura.

 

116

 En fin con infinitas diversion.s

la tarde concluyó mui apacible

el luminar dio fuego a sus Achones

para quitar la obscuridad temible

aclarando el Trofeo

en el marcial concurso del paseo.

 

117

 En veinte y dos dio pasmo la grandeza

de un Monte carnaval que fue formado

de Alajas q.e encerraron la riqueza

y de Animales vivos adornados

que al veerlo nada escaso

el Bulgo le nombró Monte Parnaso.

 

118

 Se compuso de enaguas y Mascadas

capas de ricos Paños de colores

de Plata y Oro todas galoneadas

con Camisas y Fuentes superiores

terneras y Jamones

pabos Pollos Gallinas y Lechones.

 

119

 Un Almacen al Publico le dieron

amplio p.r las Alajas q.e colgaron

cabritos y Animales le pusieron

que alos Ojos de todos deleitaron

para q.e librem.te

lo pudiera Coger toda la gente.

 

120

 Entró nuestro virrey en su virloche

mas q.e Alexandro magno en lo triunfante

aventajando de Plutón el coche

al que asombró su curso rutilante

que en rapida Carrera

luminar Convirtió toda la esfera.

 

121

 Llegose al Monte con gallardo buelo

y con lucida intupida arrogancia

tomó de los que estaban un pañuelo

midiendo vellam.te la distancia

y con franquesa honrrosa

en las manos lo puso de su Esposa.

 

122

 Jugaronse tres toros y echa seña

con imbension de fuego en el mom.to

innumerable gente se despeña

apretando el Concurso el pavim.to

y muchos apresados

de los Toros salieron rebolcados.

 

123

 Velosm.te en el Monte se suvieron

haciendo de sus Bienes el saqueo

la Capa p.r en medio la partieron

y los mas se quedaron sin empleo

pues lo que uno tomaba

otro venía y se lo arrebataba.

 

124

 Finalizó el bullicio con mil penas

p.a algunos q.e inútiles se hallaron

dieron fin con el Monte a manos llenas

todos los que coxer algo lograron

por que hasta la madera

cargaron como cosa mui lijera.

 

125

 Los toros prosiguieron afugarse

con q.e la tarde dio al placer el lleno

regocijos y gustos fevo esparce

al retirarse para su ancho seno

y cerrando la noche

luzes desbrocha de Letona el Coche.

 

126

 Toda la Plaza se vido iluminada

de Damas y Galanes asistido

p.r todas partes mui engalanada

que no se vio otra noche mas lucida

por q.e quatro grandas con donaire

viva Galvez dixeron p.r el Aire.

 

127

 Aquí mi Musa se acaba

pues las fiestas fenecieron

siendo todo lo plausible

lo mas eroico del echo

los Ojos q.e dispertaron

de las Sombras de Leteo

forzosam.te el despojo

haze la noche a su imperio

estableciendo en la Plaza

el mas famoso festejo

dedicado a S. Exa.

con Glorias y pasatiempos

como a tan digno Señor

de este Mexicano Ceno

p.r lo q.e mi corto numen

y mi balbuciente ingenio

viéndose inepto interpreta

el perdon de tantos yerros.

Suplicando mui rendido

a todo el noble congreso

le concedan la dispensa

a tan rudos pensam.tos

adquiriendo solo un Victor

p.a el enunciado objetto

diciendo q.e el Conde viva

de Galvez S.r Supremo

p.a amparo de los pobres

del septentrional terreno

p.r lo que a las Musas pido

sigan canoras diciendo

Viva: Viva: Viva: Vivas.

en los más Altos empleos.[14]

   El esplendor de las fiestas, durante la última etapa del siglo XVIII, se transportaba a géneros no concebidos. Una de otra celebración, contaba con diferencias marcadas. Del intenso y grande aparato de la anterior se tornaba en el magnífico boato de la siguiente. Aquel espíritu cotidiano de celebrar los motivos de carácter monárquico, fiestas profanas y religiosas, tiene encendida la llama una vez más, en esta ocasión, por motivo de la llegada del virrey don Bernardo de Gálvez al cual, desde el 25 de septiembre de 1785 hasta el 22 de diciembre del mismo año, se efectuaron grandes ocasiones de celebración.

   Por una instrucción de su Majestad (Carlos III) se ordenaba a los Virreyes de Nueva España que anualmente se organizaran corridas de toros en la capital de la Nueva España, a fin de que la Real Hacienda se resarciera de los fondos que el Conde de Gálvez había tomado para la construcción del Castillo de Chapultepec.[15] El 21 de enero se iniciaron las corridas en el Volador. Como el ganado salió infumable, don Ignacio Castera, designado por el Virrey don Manuel Antonio Florez mandó previniendo mayores escándalos mezclar diversiones intermedias como el correr venados, liebres y perros, y además conejos chiquitos. Por tan general fraude, los aficionados bastante molestos, se dieron a lanzar denuestos a las autoridades, e incluso a inscribir más de algún pasquín anónimo, como el que circuló en famosa décima:

 1786

PASQUÍN ANÓNIMO.

 

El género de venados

que en la Plaza ha de correr,

sin duda que debe ser,

el de los hombres casados.

Y muchos enamorados

que a sus mujeres y damas

las llevan a ver las tramas

donde se enrreda el venado,

que quedará desollado

sin dinero y con escamas.[16]


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 101. Además: Juan Pedro Viqueira Albán. ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps., p. 45.

[2] Ángel Ma. Garibay K.: Mitología griega. Dioses y héroes. México, 5ª edición, Editorial Porrúa, S.A., 1975. XV-260 p. (“Sepan cuantos…”, 31)., p. 52. Arión: hijo de Poseidón y la ninfa Onea. Fue maravilloso tocador de lira y él invento el ditirambo en honor de Dioniso.

[3] Descripción de las Fiestas que hicieron los diputados de la ciudad de Tehuacan…, Op. Cit.

[4] www.bibliofilostaurinos.com.mx En esta página de reciente creación, encuentro el dato ahora recogido.

[5] Los autores se refieren al virrey Bernardo de Gálvez.

[6] Bruno Francisco Larrañaga y José Rapahel Larrañaga: El Sol triunfante. Aclamación de las proezas y honores políticos y militares de el Excmo. Señor D. BernardoGálvez, Conde de Gálvez. (ca. 1785). México, Frente de Afirmación Hispanista, A.C., 1990. 147 p. Ils. (Edición facsimilar)., p. 66-67.

[7] Lanfranchi: La fiesta brava en México…, op. Cit., T. I., p. 104.

[8] Carlos María de Bustamante: Suplemento a la historia de los tres siglos de Méjico, p. 178. Apud. Los tres siglos de México durante el gobierno español: hasta la entrada del ejército trigarante. Obra escrita en Roma por el padre Andrés Cavo, de la Compañía de Jesús. Publicada con notas y suplementos por el licenciado (…). México, Imprenta de J. R. Navarro, Editor. Calle de Chiquis Nº 6, 1852.

[9] Virloche: carro.

[10] Salvador García Bolio y Julio Téllez García: Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988.  50 h. Edición facsimilar.

[11] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 35.

Amazonas: el mito debe ser muy antiguo y por eso es confuso. Probablemente pertenece a una cultura prehelénica. En general es un pueblo de mujeres guerreras, que no tienen hombres consigo y que para tener descendencia hacen periódicamente venir varones. Lo cual tampoco es muy claro en su leyenda.

[12] Probablemente se trate del “monte parnaso” o asta que servía para realizar algunos otros divertimentos extrataurinos. (Véanse versos 117 a 124 de esta descripción).

[13] Vulcano: dios de la tierra.

[14] García Bolio, op. Cit., h. 7-42.

[15] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. Ils., facs., fots., p. 191.

[16] Op. Cit.

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