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 SOBRE ACONTECIMIENTOS OCURRIDOS ENTRE AGOSTO Y OCTUBRE DE 1817.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Se entiende que en esos momentos, habida cuenta de un pretexto más que notorio para efectuar entre otras fastuosas celebraciones, corridas de toros, la Junta de la Ciudad, de conformidad a los usos y costumbres establecidos en aquellas épocas, puso en práctica la convocatoria de rigor para que los asentistas e interesados pudiesen comprometerse a organizar una temporada consistente en 12 festejos, los cuales, con toda seguridad se llevaron a cabo en el nuevo espacio destinado para ello: La Real Plaza de toros de San Pablo a partir del 14 de octubre. Los datos en ese sentido, aunque escasean, dejan ver parte de aquellos preparativos, aunque se desconoce por más información buscada al respecto qué sucedió durante los mismos. De alguna forma, los siguientes registros nos permiten acercarnos al entorno administrativo en que devino aquella conmemoración, la cual considero, debe haber originado encontradas reacciones en medio de un ambiente cuyo caldo de cultivo era la independencia, sin más.

CABECERA DE LA GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO

Cabecera de la Gaceta del Gobierno de México que por aquellos días daba a conocer al público lector dos acontecimientos de gran importancia y que aquí se refieren… Imagen tomada del portal de internet: HEMEROTECA NACIONAL DIGITAL DE MÉXICO. (http://www.hndm.unam.mx/)

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 02.08.1817, p. 8:

 Por acuerdo de la junta de la ciudad, celebrada el día 28 del pasado, está mandado salga a la almoneda el remate de la plaza de Toros, para las doce corridas que han de verificar el mes de octubre, en celebridad de los desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el Sr. Infante D. Carlos para que los que quieran hacer postura, ocurran a la secretaría mayor de cabildo a imponerse de las condiciones con que lo han de ejecutar.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 16.08.1817, p. 8:

 MÉXICO. La junta de ciudad en acuerdo de 8 del corriente agosto ha mandado se anuncie al público, que estando para salir a la almoneda el arrendamiento de la plaza de toros por las doce corridas que han de verificarse el mes de octubre próximo venidero, en celebridad de los Desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el serenísimo Sr. Infante D. Carlos, ha dispuesto la superioridad del Exmo. Sr. Virrey que las noches de aquellos doce días haya paseo y diversiones sobresalientes, que concluirán a las diez de cada una. La persona que quisiera hacer postura ocurra a la secretaría de cabildo a tomar las instrucciones necesarias.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 09.10.1817, p. 8:

Estando determinado que el catorce del corriente comiencen las doce tardes de corridas de toros que han de verificarse por fiestas reales, con el objeto de celebrar los desposorios de nuestro católico Monarca EL SEÑOR DON FERNANDO SÉPTIMO, y su augusto hermano el serenísimo señor infante DON CARLOS, se noticia al público por si hubiere algunos postores que quieran entrar en el arrendamiento de toda la plaza, o por partes, con el fin de que ocurran a las casas de esta Diputación por la mañana desde las nueve, y por la tarde desde las cuatro, a tratar con los señores comisionados para el efecto: entendidos de que la plaza se entregará forrada, con asientos, y pintada.

    De alguna forma, la autoridad que seguía siendo el alter ego de la monarquía en turno, permitió que la exaltación de aquel doble desposorio alcanzara niveles como los que se pueden leer en el siguiente soneto:

 Remonta el vuelo fama vocinglera

Y de FERNANDO al pie, tu trompa humilla;

Dile que en Nueva España el celo brilla

El valor triunfa, la lealtad impera.

 

Dile que aquel virey que a Dios venera

Sirve a su Rey, y al reyno maravilla:

Di que Liñan las tropas acaudilla,

Y que ORRANTIA hace, que el orgullo muera.

 

Dile que Mina: genio malhadado

Es ya el oprobio de la empresa altiva,

Que empezó en él, y en mucho ha acabado.

 

Y por fin dile, que con voz festiva

Celo, valor, y amor acrisolado

Gritan al mundo que FERNANDO viva.[1]

    Los mensajes subliminales abundan en sus catorce versos. Por aquel entonces, quien gobernaba como virrey fue Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza,[2] quien impuso mano firme para mantener un gobierno que se desestabilizaba a cada momento, sobre todo porque la insurrección insurgente alteraba sus estructuras y ambiciones. En cuanto a D. Francisco Orrantia, Coronel y Comandante del Ejército del Norte al servicio del rey, contrainsurgente por consecuencia, se encontraba luchando en el “ojo del huracán”, es decir la actual zona de Guanajuato. Una de las batallas que le dieron lustre a dicho personaje fue precisamente la del ataque y dispersión de las gavillas unidad al “traidor” (Francisco Javier) Mina en la Hacienda de la Caxa y Valle de Santiago, ocurrida el 10 de octubre, de lo que resultó la consabida prisión del “Traidor” Mina efectuada por el propio Orrantia muy cerca de Irapuato, en el rancho del “Venadito” “cerca de la Tlachiquera” el 28 de octubre siguiente. Entre quienes también participaron en aquella acción se encontraba el mariscal de campo D. Pascual de Liñan y comandante en jefe de la división del Bajío, con lo cual se consumó “este importante servicio hecho al Rey nuestro Señor y al público”. Entre tanto, y procurando no hacer más ruido del que pudieran despertarse sospechas, uno de los actos públicos con que se rememoraba a los dos borbones en pleno casamiento, fue el de esas 12 corridas de toros que ya se ve, no faltaron para tan digna celebración.

CARLOS MARIA ISIDRO DE BORBÓN

   Pocos retratos se conocen de Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, personaje un tanto cuanto opacado por la actividad realizada por Fernando VII, su hermano. Sin embargo, esta pintura de Vicente López Portaña nos permite acercarnos a quien fue, además Infante de España:

 Disponible mayo 30, 2014 en: http://pessoasenmadrid.blogspot.mx/2013/06/maria-francisca-de-braganza.html


[1] Gaceta del Gobierno de México, del 4 de noviembre de 1817, p. 6.

[2] 61° virrey de la Nueva España, del 20 de septiembre de 1816 al 6 de julio de 1821.

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 LA AFIRMACIÓN DE LO MEXICANO EN EL TOREO A LA ESPAÑOLA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Lo inconcebible pero terrenable al fin y al cabo fue y sigue siendo el hecho de que las corridas de toros, convertidas en herencia y fruto del contacto habido desde el momento mismo de la conquista española, con toda su carga de sinsabores y demás circunstancias, siga  en el gusto de amplios sectores populares de nuestro país, ahora que estamos en plena revisión y celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicanas. Ese hecho tuvo durante el periodo virreinal una importante participación que por sí sola es motivo de diversas revisiones, a cual más de importante y apasionante también. Sin embargo, lo que nos interesa en este momento es saber porqué un espectáculo como el taurino, tuvo la virtud durante buena parte del siglo XIX en aceptar o asimilar el ingrediente específico de lo mexicano como carácter esencial de su constitución, para luego, durante el desarrollo de todo el siglo XX y lo que va del XXI, se haya convertido en toda una manifestación, incluso de órdenes universales.

   El proceso de emancipación, evidentemente no fue un hecho casual. Se fue gestando en la medida en que las condiciones que privaban en una Nueva España desgastada, agobiada por diversas medidas económicas que implementó la corona (las Reformas Borbónicas), como remedio para paliar los gastos de diversas guerras, pero sobre todo del deterioro monárquico que estaba fracturando seriamente las estructuras de esa composición detentada por los borbones, a la par que se dejaban ver con fuerza inusitada los principios ilustrados[1] que ejercieron fuerte influencia entre quienes tuvieron una fe ciega por aquella doctrina. El hecho es que una de las víctimas de ese ambiente ideológico fueron los festejos taurinos, calificados de anacrónicos, salvajes, y que nada tenían que ver con el progreso establecido a la luz de las ideas del iluminismo, vertiente estimulada por importantes pensadores franceses, que luego encontró en los españoles y hasta en los novohispanos, el eco pertinente.

   Sin embargo, España seguía debatiéndose entre diversos destinos, dos de ellos ya señalados aquí: sus constantes enfrentamientos bélicos y su deterioro económico. De esa forma se encontró con el arribo del siglo XIX. Y tal circunstancia en buena medida fue causa y efecto para que su principal colonia o virreinato, México, estuviese siendo sometido a fuertes rigores impuestos en la sobreexplotación de sus metales, lo que originaba el envío de fuertes remesas de plata, lo que originó, entre otras cosas, un desequilibrio económico y el malestar social por consecuencia. Hasta aquí, sólo hemos mencionado dos, entre muchos otros factores que fueron la suma de inestabilidad que fue preparando de alguna manera el terreno de lo que unos años más tarde sería el movimiento de independencia.

   Mencionadas las “Reformas Borbónicas”, estas fueron una serie de estrategias cuyos principios estuvieron presentes en el desarrollo de los intereses materiales y el aumento de la riqueza de la monarquía mediante cambios importantes en aspectos fiscales, militares y comerciales, así como el fomento a diversas actividades productivas, según nos lo afirma de nueva cuenta Luis Jáuregui.

   Quienes implantaron aquel principio en forma que parecería demoledora, fueron los virreyes, sobre todo a partir de los que, bajo el reinado de Carlos III, expresaron su convencimiento sobre el nuevo patrón de comportamiento, y hasta llegaron algunos de ellos a aplicar medidas restrictivas en el caso de las corridas de toros, como fue el caso concreto de Carlos Francisco de Croix (25 de agosto de 1766 al 22 de septiembre de 1771); frey Antonio María de Bucareli (23 de septiembre de 1771 al 9 de abril de 1779); Martín de Mayorga (del 23 de agosto de 1779 al 28 de abril de 1783). Luego ocurrió lo mismo con Manuel Antonio Flores (del 17 de agosto de 1787 al 16 de octubre de 1789) y el más representativo de ellos: Félix Berenguer de Marquina (del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803), quien fue alter ego, en este caso de Carlos IV.

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Archivo Histórico del Distrito Federal. Diversiones públicas, Vol. 855, exp. 51: Sobre las órdenes que han de observarse para el arreglo de las corridas de toros en la plaza de Xamaica.-Fojas 7. (Enero de 1814. 24 x 16 cm).

    Circunstancias como las mencionadas en los párrafos anteriores, deben haber ocasionado la infiltración de diversos aspectos donde el carácter americano primero; mexicano después, se hicieron evidentes a la luz de una expresión que no quedaba reducida al espacio de las plazas de toros. También se articulaba en los ámbitos rurales. Dicho en otras palabras: La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

   A la luz de aquel escenario tan particular, surgieron toreros cuyos nombres, hoy casi olvidados, fueron capaces de dejar una estela de popularidad que recuperamos en nombres tales como el Capitán: Felipe Estrada, y su segundo espada: José Antonio Rea.

   O banderilleros como: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón). Entre los picadores estaban: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo. No podemos olvidar a los hermanos Ávila (José María, Sóstenes y Luis) quienes sostienen el andamiaje del toreo mexicano, un toreo que vive con ellos relativas transformaciones que fueron a darse entre los años de 1808 y 1857, largo período en el que son dueños de la situación.

   La figura torera nacional alcanza en aquellas épocas un significado auténtico de deslinde con los valores hispanos, al grado de quedar manifiesto un espíritu de autenticidad misma que se da en México, asumiendo significados que tienen que ver con esa nueva razón de ser, sin soslayar los principios técnicos dispersos en el ambiente. No sabemos con toda precisión el tipo de aspectos que pudieron desarrollarse en la plaza; esto es de las maneras o formas en que pusieron en práctica el ejercicio, en por lo menos la fase previa a la presencia del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda. Debemos recordar de pasada, el todavía fresco carácter antihispano que prevalece en el ambiente. Pero después de él -a mediados del siglo XIX- va a darse una intensa actividad no solo en la plaza, también en los registros de plumas nacionales y extranjeras mismas que revisaremos más adelante. Y puede quedar constancia de ciertas formas, entendidas como la extensión de todo aquel contexto al que nos referíamos en la primera parte, cuando se hizo recuento de quehaceres taurinos y parataurinos muy en boga hacia fines del siglo XVIII. Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1822,[2] y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador.[3] Todo ello ocurre bajo una despreocupación que es lo que va a darle al espectáculo un sello de identificación muy especial, pues la fiesta[4] cae en un estado de anarquía, de desorden, pero como tales, muy legítimos, puesto que anarquía y desorden que pueden conducir al caos, no encaminaron a la diversión pública por esos senderos. De pronto el espectáculo empezó a saturarse de modalidades poco comunes que, al cabo del tiempo se aceptaron en perfecta combinación con el bagaje español. No resultó todo esto un antagonismo. Muy al contrario, se constituyó ese mestizaje que se consolidó aun más con la llegada de Bernardo Gaviño en 1835, conjugándose así una cadena cuyo último eslabón es Ponciano Díaz.

   Parece todo lo anterior una permanente confusión. Y sí, efectivamente se dio tal fenómeno, como resultado de sacudirse toda influencia hispánica, al grado de llevar a cabo representaciones del más curioso tono tales como cuadros teatrales que llevaron títulos de esta corte: “La Tarasca”, “Los hombres gordos de Europa”, “Los polvos de la Madre Celestina”, “Doña Inés y el convidado de piedra”, entre muchos otros. A esta circunstancia se agregan los hombres fenómenos, globos aerostáticos y hasta el imprescindible coleo,[5] todo ello salpicado de payasos, enanos, saltimbanquis, mujeres toreras sin faltar desde luego la “lid de los toros de muerte”. Esto es la base y el fundamento del toreo español, que finalmente no desapareció del panorama.

   Con toda la mezcla anterior -que tan solo es una parte del gran conjunto de la “fiesta”-, imaginemos la forma en que ocurrieron aquellos festejos, y la forma en que cayeron en ese desorden y esa anarquía auténticamente válidos, pues de alguna manera allí estaban logradas las pretensiones de nuestros antepasados.


[1] Luis Jáuregui: “Las Reformas Borbónicas”. En: Nueva Historia Mínima de México Ilustrada Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal, El Colegio de México, 2008. Colegio de México, 551 p. Ils., fots., maps. p. 197 y 199. Las características principales del movimiento ilustrado son la confianza en la razón humana, el descrédito de las tradiciones, la oposición a la ignorancia, la defensa del conocimiento científico y tecnológico como medio para transformar el mundo y la búsqueda, mediante la razón y no tanto la religión, de una solución a los problemas sociales. En pocas palabras, la Ilustración siguió un ideal reformista. Su aplicación fue un proceso de modernización adoptado en el siglo XVIII por prácticamente todos los monarcas europeos, de ahí la forma de gobierno conocida como “despotismo ilustrado”.

[2] El jefe superior interino de la provincia de México Luis Quintanar expidió el 6 de abril de 1822 un AVISO AL PUBLICO que pasa por ser uno de los primeros reglamentos (aunque desde 1768 y luego en 1770 ya se dispusieron medidas para el buen orden de la lidia).

[3] Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: Diversiones Públicas, Toros Leg. 856 exp. 102. Proyecto de reglamento para estas diversiones. 1851, Reglamento de toros, 5 f.

[4] Josef Pieper. Una teoría de la fiesta, p. 17. Celebrar una fiesta significa, por supuesto, hacer algo liberado de toda relación imaginable con un fin ajeno y de todo “por” y “para”.

[5] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 128.

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¿CÓMO ERAN LOS FESTEJOS TAURINOS AL COMENZAR EL SIGLO XIX MEXICANO?

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    1801 fue recibido por los novohispanos en medio de apacible ambiente, aunque no sin ocultar cierta inquietud por los hechos que estaban ocurriendo en España, a raíz de que dicho imperio invadía Portugal el 16 de mayo. En tanto, de este lado del mundo, gobernaba el discutido quincuagésimo virrey don Félix Berenguer de Marquina, cuyo periodo abarcó del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803. Y lo calificamos de “discutido”, pues el bueno de don Félix era un antitaurino declarado, además de contar con otros arranques peculiares, tan atrevidos, que hasta quedaron plasmados en un famoso pasquín:

 Para perpetua memoria,

Nos dejó el virrey Marquina

Una fuente en que se orina,

Y aquí se acabó su historia.

    Obtuso que era el hombre, se negó a gastar más de lo permitido en su recepción, y en otras ocasiones más, aunque se mantiene la duda sobre si ocurrieron ciertas fiestas de toros, y más aún si las prohibió por medio de un famoso decreto. Sucede que en 1800, en ocasión del arribo del virrey Félix Berenguer de Marquina, se replanteó el tema a partir de que éste consideró pertinente cancelar las fiestas en su honor, debido a la complicada situación financiera que vivía España a causa de las constantes guerras. Ante tal proposición los regidores le recordaron que sus antecesores Pedro Castro y Figueroa y Miguel José de Azanza habían sido homenajeados con corridas de toros en 1740 y 1798, respectivamente, cuando la Corona española enfrentaba contiendas con Gran Bretaña. Tampoco se habían suspendido los festejos en 1794, a la llegada del virrey Miguel de la Grúa y Branciforte, no obstante la guerra contra Francia.

    Según los regidores, las corridas podían celebrarse aun en tiempos de guerra. Tal aprobación, por supuesto, procuraba reservar el derecho de estos funcionarios a la asignación, manejo y custodia de los fondos para la recreación. La conveniencia de las corridas y los beneficios económicos que producían para la ciudad resultaban incuestionables desde la perspectiva de los regidores. A las ganancias monetarias había que agregar los beneficios producidos por tales celebraciones, en las que cobraba un especial significado el inicio de un nuevo período gubernativo. El reino español y su colonia novohispana ratificaban su grandeza, su poderío político y económico en cada arribo de un virrey; la ocasión era propicia para fortalecer la cohesión interna y el orden social.

   La oposición del virrey Marquina contradecía otras prácticas fomentadas por sus antecesores. Las corridas de toros, bajo la égida de los regidores, podían convertirse en medios para obtener recursos para la urbanización de la capital del virreinato. Así lo pensó en 1743 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, cuando le propuso al Ayuntamiento la celebración de una lidia anual cuyo producto se aplicaría a las obras públicas. De proceder semejante, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, determinó en 1768, con el concurso del Ayuntamiento, la realización de una serie de corridas con el fin de recaudar fondos para el presidio de San Carlos. Los alcances económicos para ambos gobernantes resultaron totalmente opuestos; mientras en la gestión del virrey marqués de Croix las corridas produjeron 24, 324 pesos, destinados a labores de limpieza, el conde de Fuenclara enfrentó la negativa del Ayuntamiento para la realización de las lidias y la obtención de recursos aplicables en mejoras urbanas.[1]

    Las ganancias obtenidas en 1768 durante el gobierno del marqués de Croix parecen la mejor refutación a los comentarios adversos que Hipólito Villarroel formularía años más tarde.[2] Sin embargo, el éxito financiero taurino resultó impredecible: junto a las ganancias de 1768 se registraron ingresos menores, que fundamentaban las apreciaciones de Villarroel sobre el tiempo invertido y el escaso margen de beneficios. Ante evidencias tan contrastantes, la realización de corridas como parte de la presencia gubernativa en la administración de los espacios recreativos, ocupó la atención de cronistas, regidores, virreyes, consejeros y religiosos; se transitó desde las propuestas de cambio hasta las de fomento de un mayor número de corridas. La necesidad de una reforma era evidente; correspondía a la autoridad emprenderla buscando la conciliación de intereses y la preservación del orden social.[3]

   Sin afán alguno de contradecir a A de V-A, pero tampoco de quedarnos con la incógnita sobre la contundente afirmación al respecto del “decreto” que Marquina pudo haber firmado o no, están ese otro conjunto de razones ya planteadas por Vásquez Meléndez, a partir del expediente donde se le informó con acuciosidad al nuevo virrey de las otras circunstancias en que otros tantos virreyes pudieron aprobar sus recepciones estando España en momentos sociales, políticos y militares ciertamente difíciles. Félix Berenguer de Marquina, navegante reconocido, Jefe de Escuadra en la Marina Real para mayor abundamiento, es acusado de su poco sentido común no sólo en asuntos como el que se trata aquí. También en otros donde sus decisiones eran de vital importancia, pero donde solo salía a lucir un impertinente carácter obtuso y cerrado.

VIRREY MARQUINA

Félix Berenguer de Marquina.

    Es cierto, cuatro meses tenía de gobernar la Nueva España el señor Berenguer de Marquina, y ninguna señal era clara, conforme a la costumbre inveterada ya, de celebrar, entre otras razones, con fiestas de toros, la recepción del nuevo virrey. Este se rehusaba dando razones de todo tipo, con lo que entre pretexto y pretexto, se iba pronunciando más su antitaurinismo. Y es que esas razones las fundaba a su preclara idea de pensar que se sacrificaban gruesas sumas de su peculio, antes que permitirlas, afán, insisto de unos propósitos que buscaban reafirmar la posición austera en que ubicaba su gobierno.

   Tras las razones ya expuestas por varios funcionarios del ayuntamiento, quienes todavía manifestaron el “que se verifiquen las Corridas de Toros, con motivo del Recibimiento del Excelentísimo Señor Virrey Don Félix Berenguer de Marquina…, a razón de que para celebrarlas, se reintegrarían siete mil pesos “en que pudieron exceder los gastos de su recibimiento” mismo.

   Planteados, como ya se sabe los argumentos por parte de los funcionarios del Ayuntamiento sobre que en otras ocasiones, fueron recibidos entre fiestas algunos virreyes, no obstante las circunstancias bélicas enfrentadas por España, vinieron algunos más de esta índole:

 No siendo por lo mismo opuesta a las actuales circunstancias la Corrida de Toros que debe celebrarse, en obsequio de la venida de V.E., tampoco podrá pensarse ser contraria a la más buena moral. Ella es una diversión bien recibida, propia y adaptable al carácter de la Nación que la prefiere a otras muchas; se hace a la luz del día, en el Teatro más público, a la vista de la Superioridad y de todos los Magistrados, en el centro de la Ciudad, autorizada por la asistencia de todos los Tribunales Eclesiásticos y Seculares, y se toman cuantas precauciones y seguridades son necesarias y correspondientes al buen orden, a la mejor policía, a la quietud pública y a cuantos extremos puede y debe abrazar el más sano gobierno y las más acertadas providencias, sobre las que se vigila y cela con el mayor empeño, para combinar la diversión y el decoro.

   Ni menos puede temerse aumente las indigencias y necesidades del público, así porque los pobres, que son la parte que más las siente, son libres a dejar de disfrutarla por falta de proporción, o porque no les acomode; como porque, por el contrario, muchos de ellos logran la ventaja de tener en qué ocuparse, y en qué vencer los jornales que tal vez no ganarían no presentándoseles igual ocasión; causa principal porque es tan plausible y de aprecio el que cuando se padecen escaseces y necesidades, se proporcionen obras públicas en que la gente trabaje y gane algún sueldo con qué ocurrir a el socorro de sus miserias. La parte del vecindario que concurre a las funciones de Toros, es muy corta con respecto al todo de la población de esta Capital y lugares fuera de ella, de donde vienen muchas familias a lograr este desahogo, gastando gustosos el desembolso que puede inferirles, y disfrutándose con ello el que gire algún trozo de caudal que, a merced de igual diversión, se gasta y comercia, sin estarse estancado en los que sin ese motivo lo retendrían en su poder; de lo que es indudable, resulta beneficio al público, tan constante, que cuantos saben lo que es en México una Corrida de Toros, y aun la Superioridad ha conocido, que con ventajas del Común se halla un considerable comercio, sirviendo de arbitrio a muchos que con él buscan y utilizan en ese tiempo para la atención de sus obligaciones, resultando por lo mismo, que el gasto o desembolso que hacen los sujetos pudientes y de facultades, presenta a algunos la ocasión de logar las de que carecían.

   Por otra parte, es también muy digno de atención, el que estando mandado por S.M. y con particulares encargos el que se manifieste el regocijo en los recibimientos de los Excelentísimos Señores Virreyes, lo cual cede en honor y decoro del Soberano a quien representan, y sirve de que el pueblo, a quien por lo regular es necesario le entre por los ojos, con demostraciones públicas, el respecto y reconocimiento que es debido, forme concepto de la autoridad para que la venere; a que se agrega, que sobre que en la función de Toros se ostentan como en ninguna otra, el decoro y atención que se dedican al Jefe Superior del Reino, es también muy a propósito para que el público le conozca y sepa a quien debe respeta y obedecer (…) Sala Capitular de México, Septiembre 2 de 1800.[4]

    Estas son, entre muchas otras razones, las que expuso el pleno del Ayuntamiento, encabezado para esa ocasión por los siguientes señores: Antonio Méndez Prieto y Fernández, Ildefonso José Prieto de Bonilla, Ignacio de Iglesias Pablo, Antonio Rodríguez de Velasco, Juan Manuel Velázquez de la Cadena, León Ignacio Pico, Antonio Reinoso de Borja, El Marqués de Salinas y Francisco Sáez de Escobosa.

   Dichos señores, en respuesta a petición hecha por el propio Berenguer de Marquina al respecto del oficio fechado en 2 de septiembre,[5] les envía este otro, tres días después, donde

 Espero me avise a qué cantidad ascendieron los gastos de mi entrada en esta Capital, y que me remita V.S. copia de los Reales Cédulas que cita.[6]

 Y la respuesta que encontró de los comisionados fue que de los tres días del recibimiento, ocurridos el 30 de abril, 1º y 2º de mayo en su Real Palacio, se gastó la cantidad de $13,142.00 pesos… Así que, para la pretendida fiesta de recepción, incluida la lidia de toros, el tozudo Marquina les contestó a los graves señores lo siguiente:

 Sin embargo de que examinado y premeditado todo, me ocurría no poco que decir, si tratara por junto la materia, estimo preferible limitarme a manifestar que todo lo que se entiende por adorno de Palacio, o más propiamente hablando, de la habitación de los Virreyes, me fue preciso comprarlo o tomarlo en traspaso a mi antecesor, por el crecido precio que en la actualidad tienen todas las cosas (…);

 Además

 No creo que un Virrey deba procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político, a pesar de cuantas reflexiones intenten minorarlos: y antes bien, me parece que producirá mayor veneración, amor y respeto a la alta dignidad que representa, el concepto que forman de sus desvelos, por el bien y felicidad común, y su conducta y proceder, integridad y pureza.[7]

    Como vamos viendo hasta ahora, las intenciones para convencer al señor Berenguer se estrellaban día con día con argumentos a favor y en contra. Pero el “Magnífico decreto” no aparece por ningún lado, a menos que todos los pronunciamientos del que fuera el quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España vayan construyendo en sí mismos el revelamiento convertido en graciosa ocurrencia de nuestro autor.

   A todo lo anterior se agrega otra nueva razón con la que

 Me obligo a contestar a los diputados de esa N. Ciudad, cuando hicieron verbalmente en su nombre la expresada solicitud, que se difiere para cuando se hiciera la paz, y no encontrando motivos que justamente persuadan deberse variar esta determinación, me veo imposibilitado de poder complacer a V.S. accediendo a la instancia que repite en su mencionado oficio; pero, como al propio tiempo que deseo combinarlo todo, es mi ánimo y constante voluntad, no perjudicar en lo más mínimo a los vasallos del Rey Nuestro Señor ni a las rentas públicas del cargo de V.S., le remito 7,000 pesos para que con ellos se cubra el exceso de los gastos de mi entrada, sobre los 8,000 asignados, esperando que cuando V.S. haya liquidado la cuenta respectiva, me la pasará para completar lo que aun faltare, o para que se me devuelta el sobrante si hubiere.

   Cesando así la principal causa que precisaba a V.S. a reiterar y esforzar su instancia para el permiso de la Corrida de Toros, cesa por consecuencia el motivo de volver a tratar del asunto, que por ahora queda terminado con esta resolución.

   Dios, etc., 11 de septiembre de 1800.-A la Nobilísima Ciudad”.[8]

    Y por supuesto, como apunta el propio Rangel, es ocioso todo comentario que se haga a estos documentos. Su sola lectura retrata fielmente al antitaurómaco Señor Marquina. En otro asunto semejante, se encuentra su mismo comportamiento para no permitir unas corridas de toros, ocurridas en Jalapa, claro, siempre bajo difíciles estiras y aflojas.[9]

   Veamos el caso de Jalapa. Como primer punto, habrá que aclarar que fue el propio Cura párroco de Jalapa, Gregorio Fentanes quien pidió al virrey Marquina no permitiera las corridas en esa población, a pesar de la defensa que para tales festejos hiciera el abogado de aquel Ayuntamiento, Marcelo Álvarez.

 Como es de suponerse, el Virrey anti-taurómaco negó de plano que en lo sucesivo se verificaran tales fiestas sin permiso previo, no obstante que desde tiempo inmemorial se efectuaban sin ese requisito; pero se había propuesto suprimir la fiesta brava, y no importaba el pretexto que invocara a fin de lograrlo…[10]

    En el debate originado entre las tres autoridades, todavía tuvo arrestos el Ayuntamiento para plantear lo siguiente:

 Y para que ningún requisito se heche de menos, patrocinan la costumbre los de la licencia Superior de este Gobierno. Este virtualmente la tiene concedida (la autorización para las corridas de toros) en la aprobación del abasto de carnes de aquella Villa. El Señor Intendente de la Provincia, instruido de lo que se ejecuta, se decide por la continuación de un uso que no lastima, y sí consulta a la remoción de otros daños. Por todo lo cual, suplico a la prudente bondad de V. Exa., se digne mandar suspender los efectos de la Orden de diez y siete de febrero de este año (1801), concediendo su superior permiso para que en la primera venidera Pascua se lidien Toros en el modo y forma que van referidos; librándose al intento el despacho correspondiente.

   A V. Exa. suplico así lo mande, que es justicia: juro etc.-Don Felipe de Castro Palomino, (Rúbrica).-Marcelo Álvarez, (Rúbrica).

   Este ocurso tan bien razonado y un tanto irónico, pasó al Asesor General, quien dijo, que sin embargo de las reflexiones que contiene, la materia era de puro Gobierno y que la Licencia que solicitaba el Ayuntamiento de Jalapa, pendía únicamente del Virrey; que en atención al concepto que su Excelencia tenía formado de semejantes solicitudes y de los daños que por lo regular se originaban de ellas, resolviera lo que le pareciera. Y el decreto que siguió a esta consulta fue: “Habiendo respecto de Jalapa las mismas justas consideraciones que he tenido para denegar igual solicitud a esta Ciudad, no ha lugar a la instancia del Cabildo de dicha Villa.-México, Noviembre 25 de 1801. (Rúbrica del Virrey)”.[11]

    Hasta ahora, y antes de terminar con este pasaje, no hay evidencia alguna sobre lo que A de V-A afirma en una de sus tradiciones, leyendas y sucedidos del México virreinal. Sin embargo, con el propósito de apelar a la última instancia, me parece oportuno incorporar aquí lo que resultó ser una más de las minuciosas revisiones a los documentos custodiados por el Archivo General de la Nación.

   Y no sólo se dedicó a rondar por aquí y por allá, buscando qué corregir entre los males de la sociedad. También, se empeñó en prohibir, junto con el Santo Oficio lo que cierta ocasión tuvo oportunidad de apreciar, causándole incomodidad. Se trataba ni más ni menos que de una representación anónima de cierto baile que estaba tomando fuerza entre los del pueblo, y que denominaban el jarabe gatuno, que por cierto se bailaba maullando y remedando los movimientos del gato, y que por sus insinuaciones y provocaciones, le parecía bastante escandaloso, como también a los de la Inquisición, quienes llegaron a decir cosas como las que siguen:

 (…) que la gente disoluta para calmar el temor de los incautos y (para) disfrazar su diabólica intención de perder las almas redimidas por Jesucristo desfiguran o inventan de nuevo el baile y las coplas, prohibimos todo el que se le parezca y convenga, por palabras, acciones y meneos, en el objeto de provocar a lascivia, aunque se diferencie la canción, el nombre y la figura; y del mismo modo cualquiera copla de este género, a pesar de cualquier disfraz de que se valga la malicia para burlar nuestras providencias y evadir las penas impuestas en los edictos del Santo Oficio… Y mandamos que luego que este nuestro edicto llegue a vuestra noticia, o de él supiéredes de cualquiera manera, no bailéis dicho Jarabe gatuno, ni cantéis sus coplas, ni cualquiera otro y otras que se parezcan, y que traigáis y exhibáis ante Nos o ante nuestros comisarios las citadas coplas y traslados de ellas (17 y 23 de junio de 1801).

    En tanto, La Gaceta de México, daba a conocer diversas noticias, como uno de los pocos medios de difusión de la época, aunque no se olvidó de dar de vez en vez alguna de carácter taurino.

   Las plazas de toros que por entonces funcionaban eran las del Volador, la plazuela de los Pelos, Tarasquillo o la de Necatitlán. Desde finales del siglo XVIII funcionaba en otro sector de la ciudad, el barrio de San Pablo, una plaza que con el tiempo se convertiría en espacio importantísimo, al menos hasta 1864, último año del que se tiene registro. Nos referimos a la que conocemos como la Real Plaza de toros de San Pablo.

   Y entre las ganaderías, se contaba con las que siguen:

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Fuente: Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 225-7.

   En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

 Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[12]

    Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[13]

 Hasta antes y durante el movimiento de independencia, pocos son los festejos celebrados en tiempos que ya son turbulentos. Pero la guerra dio paso al ocio y entre batalla y batalla, los más importantes caudillos encabezaban este o aquel espectáculo, siguiendo la lógica del Fiscal de la Real Hacienda quien, en noviembre de 1813 estaba de acuerdo con los espectáculos públicos, por la razón “política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, que ocurran en su consternación e impidan que su imaginación se corrompa”.

   Con la salida de los ejércitos invasores de España y la asunción al trono de Fernando VI en 1814 fue motivo para que una vez más se lidiaran toros, a pesar de que el virrey Félix Ma. Calleja no muy afecto a tales divertimentos los autorizó, encargando al cabildo del ayuntamiento la organización de los mismos. Dicha orden iba en sentido contrario a la costumbre del Ayuntamiento que se ocupaba de esto. Pero el hecho es que, al darse la orden era una forma de humillar a quienes habían apoyado las reformas liberales. Todos ellos, los criollos liberales, formaban el cuerpo oficial y representativo del corazón político de una Nueva España sumergida en la transición por la independencia. Aunque tal fue la pugna entre esto y aquel, que Calleja pronto decretó la desaparición del ayuntamiento electo, para reinstalar al anterior un grupo más nutrido de españoles, por lo que les evitó la carga molesta a que se enfrentaban.

   Lo anterior se convirtió en el soporte en que las corridas de toros y sus aderezos se desarrollaron durante el siglo XIX.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograron cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujó a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, como resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía, resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX.

   Finalmente, ¿qué toreros estaban actuando por aquéllas épocas?

   Un rotulón de la época nos aclara el asunto:

 “…Estando próximas las corridas de toros que en celebridad de la feliz restitución de nuestro amado Soberano, el señor don Fernando VII, al trono de sus mayores, han de ejecutarse en esta capital, y debiendo observarse en ellas por parte del público, todo lo que existen el buen orden, y constituye la inocente alegría y diversión, como corresponde al alto objeto en cuyo obsequio se celebran estas funciones, y a la idea que debe formarse de un pueblo ilustrado, he resuelto que se cumpla y ejecute lo siguiente:

1.-Luego que la tropa acabe de partir la plaza, no quedarán en ella por motivo alguno sino los toreros. En el caso de que algún aficionado quisiere ejecutar alguna suerte o habilidad,  pedirá permiso, y sólo estará dentro del circo, el tiempo necesario para lucir su destreza: por consecuencia, nadie bajará a la plaza hasta después de muerto el último toro, a excepción del tiempo que dure el embolado, si lo hubiere.

2.-Los capataces de cuadrillas de toreros, antes de salir a la plaza, se presentarán con su gente al señor alcalde del primer voto, para que éste vea por sí mismo si hay alguno ebrio, en cuyo caso no le permitirá torear y lo pondrá en arresto.

3.-En las vallas ni entre barreras, no quedará paisano ni militar alguno que no esté destinado expresamente a dicho paraje.

4.-No se arrojarán absolutamente a la plaza desde las lumbreras y tendidos, cáscaras de fruta ni otras cosas, que a más de ensuciar la plaza, pueden perjudicar a los toreros. Tampoco se escupirá ni echará nada de lo referido sobre las gradas, que pueda incomodar a los que se sienten en ellas.

5.-Los espectadores no abstendrán de proferir palabras indecentes ni contra determinada clase de personas, pues además de ser contra la moral, perjudican a la buena crianza.

6.-Estar libre y expedito el tránsito de las calles del puente de Palacio, Portaceli, Universidad y Palacio, no colocándose en ellas puesto alguno de frutas ni otro efecto cualquiera, ni sentándose gentes en las banquetas y puertas de todo este círculo, y evitándose que por su ámbito se formen corrillos y queden gentes paradas a ver las que suben y bajan a los tablados, de lo que cuidarán las respectivas centinelas.

7.-Será también del cargo de ellas y de las patrullas y rondas, destinadas a los mismos parajes, impedir las entradas de coches y caballos a las inmediaciones de la plaza, sin embargo de que se pondrán vigas en las bocacalles del puente de Palacio, San Bernardo, Portaceli, rejas de Balvanera y Universidad.

8.-Acabada la corrida de la tarde, se cerrarán inmediatamente las puertas de la Plaza, y a nadie se permitirá entrar ni permanecer en ella, a excepción de los cuidadores.

9.-De ningún modo se harán tablados y se formarán sombras en las azoteas de las casas del contorno de la Plaza, sin exceptuar la Universidad, Ni el Real Palacio, si consentirá que se agolpe gente en ellas, para evitar una desgracia. De lo cual se encargarán las patrullas y rondas, avisando al vecino de la casa donde se observe este abuso, a fin de que lo remedie, y de no hacerlo, se dará parte al Sr. Alcalde de primer voto, para que tome providencia.

10.-Renuevo las prevenciones de mi bando de 13 del corriente sobre prohibición de armas, y se abstendrá de llevarla de cualquier especie, todo aquel que por su clase o destino no deba portar las permitidas.

11.-Los que puedan llevar armas de las no vedadas y estén colocados cerca del callejón de entrebarreras, sean militares o paisanos, no usarán de ellas en modo alguno contra los toros que salten la valla, ni nadie los apaleará ni atormentará, pues es contra la diversión de los demás espectadores, y es de la incumbencia de los toreros hacer salir al animal del callejón.

12.-Para evitar los robos y las violencias durante la corrida, en los demás puntos de la población, rondará en este tiempo los alcaldes menores sus respectivos cuarteles, repartiéndose entre ellos la comisión por días, de manera que en cada una anden por lo menos ocho rondas en el término del espectáculo, sin perjuicio de las patrullas que se destinarán al mismo fin.

13.-El que faltare a cualquiera de los artículos indicados, quedará sujeto a la pena corporal o pecuniaria que se le impondrá en el acto, según las circunstancias de la persona y de la falta, aplicándose las segundas a beneficio de los fondos de la Cárcel Diputación, sin que valga fuero alguno, por ser materia de policía y buen gobierno.

14.-Para el pronto castigo de los infractores, en  lo  relativo  a lo anterior de la Plaza, habrá un juzgado en ella misma, compuesto de uno de los señores alcaldes de la Real Sala del Crimen, cuyo turno arreglará el señor gobernador de ella, un escribano y un ministro ejecutor de justicia: procediendo dicho señor magistrado a la imposición de penas en el acto, según la calificación que hiciere del delito.

15.-El sargento mayor de la plaza auxiliará con la fuerza armada al señor Juez, en los casos que lo necesite, y concurrirá por su parte a que los individuos militares observen el buen orden en los mismos términos que se previene para el paisanaje, impidiendo que ningún individuo militar salga a torear.

Y para que nadie pueda alegar ignorancia, mando que publicado por bando en este capital, se remita a las autoridades que corresponda. Dado en este Real Palacio de México, a 24 de enero de 1815. Félix María Calleja. Por mandato de S.E.”.

   La cuadrilla que se encargó de la lidia de los toros fue la siguiente:

Capitán: Felipe Estrada.

Segundo espada: José Antonio Rea.

Banderilleros: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón).

Picadores: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo.

    Como quedó dicho, fueron ocho las corridas celebradas:

 “AVISO.-Con el objeto de celebrar la feliz restitución al trono de Nto. católico monarca, el señor D. Fernando VII, han comenzado antes de ayer las ocho corridas de toros dispuestas por la Nobilísima Ciudad para los días 25, 26, 27, 28, 30 y 31 del corriente enero, y 1o. y 3 del próximo febrero”. (Diario de México, No. 27, tomo V, del viernes 27 de enero de 1815).

    ¿Y la clase de suertes que se practicaban, cuáles eran las más populares?

 EL JARABE: BAILE POPULAR MEXICANO

Por GABRIEL SALDIVAR

del Ateneo Musical Mexicano

    Llegando al XIX aparece un Jarabe que se ha hecho famoso, el Jarabe Gatuno, por haber sido objeto de prohibición de parte de las autoridades civiles, religiosas e inquisitoriales, en edictos firmados por el virrey, el arzobispo y los inquisidores mayores, respectivamente. Por la descripción que de sus movimientos y evoluciones hacen los expresados documentos, se piensa inmediatamente en las danzas de origen africano, y no sería remoto, si algún día aparece su música, que se descubra alguna influencia negra, ya que este elemento fue de gran importancia social en la época que nos ocupa.

   Por 1813, era el Jarabe una de las canciones guerreras de los insurgentes; y después transcurre un silencio hasta el año de 1839, sin que en la literatura nacional, encontrara en mis investigaciones, cita alguna de este canto vernáculo; es en este año cuando la Calderón de la Barca, acompaña a sus cartas las melodías del Jarabe Palomo, El Aforrado, Los Enanos y menciona El Canelo, El Zapatero y alguno más que no recuerda nuestra memoria, publicados en Nueva York en 1843; con la circunstancia de que ya entonces se bailaban en las canoas del Paseo de Santa Anita, el célebre paseo de tiempos remotos; y vuelven a mencionarse por Zamacois en sus versos “Un Baile Leperocrático”, publicados en el “Calendario Impolítico para 1853″, que reprodujo en “El Jarabe” (1861) y anónimo en el artículo “La China” de “Los mexicanos pintados por sí mismos”, resaltado en el “Calendario Universal para el año de 1858″; en la Opera Cómica de Barilli estrenada en 1859, y en “El Libro de mis Recuerdos”, de García Cubas que, aunque publicado en 1904, se refiere a la segunda mitad del siglo XIX, aludiéndose en todos ellos a los cantos que acompañaban al baile.

   Durante el Imperio de Maximiliano, se le da importancia a la canción mexicana del pueblo, y fue entonces cuando se hicieron muchos arreglos de los aires populares, lo cual viene a repercutir al fin del siglo con la impresión cuidadosa en cuanto a las melodías, esto es, sin modificaciones esenciales aunque sin mucha justeza en la armonización, ya por que no se tomara en cuenta la producida por los músicos del pueblo, de una riqueza contrapuntística intuitiva, pero que los investigadores que hasta ahora hemos tenido, están todavía muy lejos de estudiar concienzudamente, sin que esto quiera decir que no los haya, muy capaces, pero el caso es que si han efectuado trabajos de esa naturaleza, no los han dado a conocer debidamente; pues sólo tengo noticia del que a fines del siglo pasado, en 1897, diera a la estampa el Lic. Juan N. Cordero, aunque trata someramente el Jarabe; obra muy poco conocida de nuestros músicos y tengo a satisfacción haber sido el primero que consultara el ejemplar que existe en la Biblioteca del Conservatorio, ya que sus pliegos estaban aún cerrados, probablemente desde hacía cuarenta años.

   Entre los primeros jarabes impresos, anoto los “jarabes Mexicanos” para guitarra, de la imprenta de Murguía y Cía., incluidos en las ilustraciones; los arreglos de Julio Ituarte, medio siglo después de las Variaciones sobre el tema del jarave (sic) Mexicano de José Antonio Gómez, y la Colección de 30 jarabes y sones dispuesta por Miguel Ríos Toledano, como las más importantes que hasta la fecha hayan salido de las prensas nacionales. Después, por 1905, Castro Padilla hace la selección de los nueve aires del Jarabe Oficial, y Felipa López, maestra tapatía de baile, la de los pasos del mismo, procediendo ambos sin apegarse a la tradición, y lo que es más, haciendo a un lado el buen gusto; a lo cual sin hacer ninguna alusión, responde José de J. Martínez con su Verdadero Jarabe Tapatío, publicado en 1913 por Enrique Munguía, obra integrada por varios sones populares de Jalisco y formada según es tradicional en aquella región.


NOTAS IMPORTANTES:

Las notas aquí incluidas provienen del trabajo –inédito- de José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 62. “ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE Y LOS TOROS”. 598 p. Ils., retrs., fots., grabs., facs.

Por lo tanto, me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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Archivado bajo EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS

ESTADO DE LA GANADERÍA EN MÉXICO DURANTE LA COLONIA, EL PERIODO VIRREINAL Y EL SIGLO XIX.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Aquí se reúnen varias “efemérides”, las que pudieron ocurrir al comenzar el proceso colonial, así como el registro del que inmediatamente fue el del “virreinato”. Así como pueden verse o estimarse como “efemérides”, también pueden verse o entenderse como importantes capítulos con los que fueron integrándose las primeras unidades de producción agrícola y ganadera que se constituyeron en la Nueva España.

    Se sabe con toda seguridad que en los diversos viajes que efectuó Cristóbal Colón desde 1492 hasta 1503, las embarcaciones se convirtieron en depósitos de ganado mayor y menor cuyos puntos de entrega fueron las Antillas y la Española, sitios donde lograban recuperarse las pocas cabezas que llegaban con vida y que, al cabo de un tiempo se reproducían para crecer en cantidades importantes. Hatos ganaderos de diversa índole pasaron a Cuba desde 1517 y a México unos años después.

   Por los deseos de expansión propios de la corona española a fines del siglo XV y tras el acontecimiento mayor en el que Cristóbal Colón fue eje fundamental en 1492, se sucedió paulatinamente la ocupación de tierras americanas por aventureros, militares y misioneros quienes traían consigo su modus vivendi del que dependían para su cotidiano transcurrir.

   Fue en el segundo viaje del almirante genovés, el de 1493 y en noviembre cuando llegó a la isla de la Dominica “todo género de ganado para casta” como lo apunta Enrico Martínez en su obra Repertorio de los tiempos e historia de Nueva España (1606).

   El miércoles veinticinco de septiembre del año de 1493 se inicia en Cádiz, el segundo viaje de navegación llevado en empresa por el almirante genovés Cristóbal Colón. Concluye -felizmente- el tres de noviembre siguiente, al llegar a la isla de la Dominica, que era, y es parte del contexto de la América Insular.

   Dentro del cargamento se sabe que venían cantidades considerables de ganado “…pasaron también oficiales y labradores, embarcaron de todo género de ganado para casta…” Y el término “para casta” fue manejado con el sentido de explicar que aquel “género de ganado” serviría simple y llanamente para la reproducción.

   Establecidos los antecedentes sobre el traslado de ganado de Europa a América, pasemos ahora a observar la manera en que se fomenta el desarrollo de diversas variedades de plantas y animales, obra realizada por quienes se comenzaban a convertir más colonizadores que en conquistadores. Aunque ni una ni otra labor se olvidó.

 ¿Por qué no recordar en Cortés al pionero que introdujo desde las Antillas semillas, caña de azúcar, moreras, sarmientos y ganado para iniciar su labor ya no de conquista, sino de colonización?

 Se pregunta Sonia Corcuera.

   Hacia 1512, al fundarse en la isla de Cuba la ciudad de Baracoa, Hernán Cortés sigue, con mayor éxito que en la Española (Santo Domingo), sus pacíficas tareas de escribano y granjero. Emprende paralelamente el cultivo de la vid, cría vacas y toros, ovejas y yeguas; explota minas de oro y se entrega al comercio.

   Después de la llegada de los españoles a México, después de la conquista, de la cual ha dicho Fernando Benítez: Tenochtitlan no murió de muerte natural sino violentamente, por la espada, único final digno de una ciudad guerrera, para 1524 se encontraban establecidos algunos factores para llevar a cabo el proceso de la agricultura y el de la crianza. Así se cuenta con bestias de carga y de leche (bestias de carga y arrastre: caballo, mula y buey; de carne y de leche: vacas, cerdos, ovejas, cabras, gallinas y pavos de castilla sin contar otras especies de menor importancia), cosas tan provechosas como necesarias a la vida.

    El 24 de junio de 1526

 que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”.

 se corren toros en México por primera vez.

   Entonces ¿qué se lidió al citar el término “ciertos toros”, si no había por entonces un concepto claro de la ganadería de toros bravos?

   ¿No serían cíbolos?

   Recordemos que Moctezuma contaba con un gran zoológico en Tenochtitlan y en él, además de poseer todo tipo de especies animales y otras razas exóticas, el mismo Cortés se encarga de describir a un cíbolo o bisonte en los términos de que era un “toro mexicano con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos”.

   El bisonte en época de la conquista ascendía a unos cincuenta millones de cabezas repartidas entre el sur de Canadá, buena parte de la extensión de Estados Unidos de Norteamérica y el actual estado de Coahuila.

   Si bien los españoles debían alimentarse -entre otros- con carnes y sus derivados, solo pudieron en un principio contar con la de puerco traída desde las Antillas. Para 1523 fue prohibida bajo pena de muerte la venta de ganado a la Nueva España, de tal forma que el Rey intervino dos años después intercediendo a favor de ese inminente crecimiento comercial, permitiendo que pronto llegaran de la Habana o de Santo Domingo ganados que dieron pie a un crecimiento y a un auge sin precedentes.

   Esta tesis de cíbolos o bisontes adquiere una dimensión especial cuando en 1555 el virrey don Luis de Velasco ordenó se dieran corridas. Y estas se enriquecieron disponiendo de 70 toros de los “chichimecas”, de que nos ocuparemos en su momento.

   Hernán Cortés nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Es posiblemente el valle de Toluca sitio pionero donde se llevó a cabo la revolución agrícola inicial en toda Mesoamérica. Tierras aptas para la siembra y mejor espacio para pastoreo de ganado mayor y menor. El conquistador decide instalarse de forma provisional en Coyoacán mientras la ciudad de México-Tenochtitlan es modificada sustancialmente a un nuevo entorno, propio de concepciones renacentistas. Al poco tiempo, Cortés decide salir hacia el valle de Toluca en compañía del señor de Jalatlaco Quitziltzil, su aliado; y ello ocurre aproximadamente entre 1523 y 1524, pero antes de su viaje infructuoso a las Hibueras (1524-1526).

   Nos ocuparemos ahora de Don Juan Gutiérrez Altamirano (1501-ca.1565). Era natural de la villa de Paradinas “caballero de grandísima discreción y prudencia y de grandísimo consejo”, hijo de don Hernán Gutiérrez Altamirano, quien fue alcaide de Arenas, lugar cercano a Talavera, y capitán de cien lanzas que tenía en Arévalo y Ontiveros, y de doña Teresa Carrillo. Probablemente pasó a Santo Domingo hacia 1520 y a Tierra Firme unos años después; de 1524 a 1526 fue teniente gobernador y juez de residencia en Cuba, y al año siguiente se encontraba en México. Fue recibido por vecino de la ciudad el 15 de noviembre de 1527 y el 17 de febrero de 1531 se le hizo merced del solar donde construyó su casa, que más tarde fue ocupado por sus descendientes, los condes de Santiago de Calimaya, cuya casa palacio aun existe en la esquina de Pino Suárez y El Salvador (hoy Museo de la ciudad de México).

   Casó con la metilense doña Juana Altamirano y Pizarro, prima hermana de Hernán Cortés en Texcoco, seguramente recién llegada ella en el séquito del marqués del Valle cuando regresó de Castilla en 1531.

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El conquistador nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 3. “Atenco”.

    Gutiérrez Altamirano se recibió de abogado en Salamanca y era caballero de la orden de San Juan. A la vez que primo de Cortés, fue hombre de todas sus confianzas al grado de que en el viaje que realizó el conquistador a España en 1528, quedó en compañía de Diego de Ocampo al tanto de todos sus negocios.

   Es muy común el confundir a este nuevo poblador americano, con el conquistador Juan Altamirano Al respecto dice Daniel Medina de la Serna lo siguiente:

 [...]habiendo sido un personaje importante [el dicho Gutiérrez Altamirano], con influencias, y habiendo ocupado cargos señalados, primero en Santo Domingo y luego en Cuba y “no siendo dilapidador” lo lógico es que haya amasado alguna fortuna y haber contado con algunos bienes entre los que quizá haya habido algunas puntas de ganado y que al trasladarse a la Nueva España, donde su pariente era el que partía el bacalao, haya pensado en traerlos; pero no bravos, antes al contrario, mientras más pacíficos y mansuetos fueran, tanto mejor, para facilitar su traslado; pero cuyas crías, al paso del tiempo, en la soledad del monte y el ningún trato con el hombre se volverían montaraces y bravías.

    Esto es probable en la medida en que ya existía comercio de ganado para el abasto, pero  ¿qué hay sobre aquello de las reses navarras?

   Ni Carriquiri ni Zalduendo existían para entonces. Los toros navarros y su acreditada fiereza son bien reconocidos desde el siglo XIV pues no faltaban fiestas, por ejemplo en Pamplona, lugar donde se  efectuaron con frecuencia. Posibles descendientes de don Juan Gris y ascendientes del marqués de Santacara (Joaquín Beaumuont de Navarra y Azcurra Mexía) pudieron haber tenido trato con Gutiérrez Altamirano directamente en el negocio de compra-venta de los ganados aquí mencionados, y que pastaron por vez primera en tierras atenqueñas.

   Presuponen algunos que los toros navarros eran de origen celta. Gozaban de pastos salitrosos en lugares como Tudela, Arguedas, Corella y Caparroso dominados por el reino de Navarra.

   Transcurre la Edad Media, las fiestas y torneos caballerescos abarcan el panorama y nada mejor para ello que toros bravos de indudable personalidad, cuyo prestigio y fama hoy son difíciles de reconocer en medio de escasas noticias que llegan a nuestros días.

   Es cierto también que con anterioridad a los hechos de 1528, inicia todo un proceso de introducción de ganados en diversas modalidades para fomentar el abasto necesario para permitir una más de las variadas formas de vivir europeas, ahora depositadas en América.

   Se sabe que por la época del escándalo de llegada y muerte de doña Catalina Xuárez “la Marcayda” (oct.-nov. 1522) había en el palacio de Texcoco caballos y vacas de las cuales se aprovechaba su leche como alimento. El mismo Bernal Díaz del Castillo nos dice que los indios se dedicaban a la agricultura; así, antes de 1524 son

 labradores, de su naturaleza lo son antes que viniésemos a la Nueva España, y agora (ca. 1535) crían ganados de todas suertes y doman bueyes y aran las tierras.

    Con respecto a Juan Gutiérrez Altamirano (nuevo poblador americano pero no conquistador; no confundirlo con el conquistador Juan Altamirano), primo de Hernán Cortés, le fue otorgada la encomienda de Calimaya y los pueblos de Metepec y Tepemaxalco.

   Obtuvo como repartimiento y en principio el pueblo de Calimaya y sus sujetos. Las extensiones luego fueron creciendo y para 1528, año del inicio de una etapa -la de Atenco como ganadería sin más-, nos encontramos con cosas muy notables por conocer. Si bien la pretensión de Cortés fue establecer en su propiedad de Atenco la crianza de ovejas, el interés del Lic. Altamirano fue el siguiente:

 [la] estancia en término de Calimaya la hice desde el principio y cimientos para tener mis ganados mayores y menores y la poblé con ella teniéndolos en ella y un español y gente los guardase el año de mil quinientos veinte y ocho habite mío e poseído la tengo y poseo y siempre a la continua la he reparado…

 Era calpixqui o mayordomo de la mencionada propiedad, residencia a su vez de las primeras reses, un yerno de Alonso de Aguilar (gobernador de Xalatlaco), de apellido Praves.

   La declaración anterior pertenece a un documento fechado en 1557 en que se llevaron a efecto los “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación”. Tal, quedó asentado en lo que es hoy el exp. 4 del vol. 276 perteneciente al ramo VINCULOS del Archivo General de la Nación. Esta fuente es la única de que dispongo para plantear, sobre la base de sus contenidos, la idea de que ni llegó ganado procedente de Navarra, y ni eran doce pares de toros y de vacas, puesto que son afirmaciones que no concuerdan con una realidad, como es la de la llegada de ganados mayores y menores procedentes de las Antillas o de la Española, lugares que concentran -para su correspondiente reparto en el continente recién descubierto y conquistado-, mil y un elementos de la vida cotidiana que provenían de España siendo el puerto de Veracruz el punto final y receptor de toda esa travesía.

   Los “Autos fechos…” es un gran juicio de declaraciones en torno a la persona de Gutiérrez Altamirano Buena parte de los indios de la región, empleados y otros fueron cuestionados sobre la forma y manera de su relación con el dicho don Juan así como de sus propiedades y manera de usarlas y distribuirlas.

   Aquí cabe la mención a un breve, pero extraordinario trabajo realizado por Daniel Medina de la Serna que se ocupa en detalle, de todos estos acontecimientos referentes al principio misterioso que como hacienda tuvo Atenco desde el siglo XVI. Me refiero a Atenco… ¿o el mito? México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C. 1991. 14 pp. ils. (Colección Lecturas taurinas, 12). En él encontramos toda una serie de datos e informaciones en relación al desarrollo y formación de Atenco en medio de las condiciones que se establecieron para controlar el abasto en la Nueva España y el papel que jugó en aquellos momentos el protagonista de esta historia, el Lic. Gutiérrez AltamiraNº

   Queda asentado de que para 1557 Gutiérrez Altamirano es poseedor de la estancia de Chapultepec. Pero es aún más concisa la declaración de Juan Nagualquen o Naguati, indio natural de Calimaya que sabe y proporciona datos sobre Chapultepeque:

 cabe en término del dicho pueblo de Calimaya la cual conoce desde el día que se asentó se pobló se ubicó estancia hasta cerca de hoy a más de treinta años (…) la segunda pregunta dice lo que sabe de esta pregunta es que puede haber treinta años poco más o menos a este habiendo bido (sic) que el dicho Licenciado Altamirano puso asiento la dicha estancia de Chapultepeque sitio este lugar donde al presente estamos hizo en ella las casas y corrales de que se han servido hasta el día de hoy y bido luego y las pobló de obejas y después de vacas y otros ganados y los tuvo allá que este y pacíficamente y viéndose de todo ello como cosa suya propia bido luego puso en ella un calpisque español que se decía Francisco (¿de Praves?) y es verdad y bido como dicho tienen que el dicho Licenciado Altamirano fue el primero edificador de la dicha estancia como muy cosa suya del dicho Licenciado(…).

    Con esto queda establecido el principio con el que Altamirano se fija tareas concretas de un ganadero en potencia, sin que ello permita asegurar que dichas actividades hayan tenido principios específicos de un compromiso dirigido hacia la crianza de toros bravos, aspecto que tomará visos de lo profesional a fines del siglo XIX cuando los Barbabosa tienen bajo su control la hacienda de Atenco. Desde luego, Atenco ostenta el importante crédito de ser la primera y más primitiva ganadería que se relaciona con la fiesta de toros en México; reconocida como tal incluso por España. Si bien fue hasta 1652 en que se sabe se corrieron públicamente toros de los condes de Santiago, entre 1528 y 1651 deben haber existido otros motivos de fiesta en los que el ganado de los condes se empleara en el desarrollo de diversiones y fastos propios de la época.

   A su vez, todo esto tiene una relación directa con otro factor: el del inicio y desarrollo del toreo en México, un toreo que definitivamente se diferencia del español, en el sentido de que aunque sigue las normas del dominante a caballo, no todos los mexicanos ligados al espectáculo podían ejercerlo, sobre todo tratándose de indios, a quienes se les tenía prohibido el ser jinetes. Así que con estos planteamientos no es nada difícil que hayan ocurrido cosas totalmente distintas a las desarrolladas en la península española, marcando una diferenciación en torno a estos dos sitios de explotación y desarrollo tauriNº

   Ahora nos hacemos la pregunta: ¿cómo ganado de Atenco en una determinada época comienza a manifestar características afines con las ramas de Carriquiri y Zalduendo que es en donde cabe la reflexión más cercana a la profesionalización que marcaron los dueños de la ganadería?

   El año de 1528 transcurre en condiciones en las que la llegada de ganado -generalmente para abasto- se convierte en algo cotidiano y regido por la Mesta, organismo entregado al incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios, quienes manifestaron los severos daños a movimientos fraudulentos dirigidos a los agricultores y a la propiedad territorial, siendo los indígenas el grupo más afectado. Con esto quiero reforzar la idea de que muchas otras ganaderías tuvieron un origen parecido en la Nueva España, con la salvedad de que Atenco se caracterizó por ser una ganadería encargada de distribuir toros para las constantes fiestas virreinales (aunque sea hasta el 3 de septiembre de 1652 cuando se sabe por primera vez de la lidia de toros de los condes de Calimaya), cosa que también hicieron otros señores, como Diego Suárez de Peredo, don Mateo de Molina, fr. Jerónimo de Andrada o los condes de Orizaba. El hecho de que los condes de Santiago de Calimaya estuvieran tan vinculados a este proceso seguramente los orilló a crear un perfil que por lógica demandaba buscar orígenes. ¿Cuáles fueron esos orígenes? Todo lo relacionado con su pasado hegemónico de altos vuelos, en el mayorazgo, no en el condado.

   Joaquín García Icazbalceta, respetable bibliófilo congregó una de las bibliotecas más importantes hacia fines del siglo XIX, y en la cual se encontraban documentos valiosísimos. En su trabajo OBRAS, Tomo 1, opúsculos varios 1. México, Imp. de V. Agüeros, Editor, 1896. 460 pp., nos presenta en el pasaje “El ganado vacuno en México” datos como el que sigue:

    La asombrosa multiplicación del ganado vacuno en América sería increíble, si no estuviera perfectamente comprobada con el testimonio de muchos autores y documentos irrecusables. Desde los primeros tiempos siguientes a la conquista, los indios poco acostumbrados a la vista y vecindad del ganado, padecían a causa de él, mucho daño en sus personas y sementeras, lo cual dió lugar a repetidas disposiciones de la corte, que vacilaba entre la conveniencia de que los ganados se aumentasen, y el deseo, que en ella era constante, de procurar el bien de los indios. Entre esas disposiciones es notable la relativa a la gran cerca que se labró en el valle de Toluca para encerrar el ganado de los españoles. Consta en la cédula real de 3 de Junio de 1555, que por su interés histórico y por hallarse únicamente un libro rarísimo (la Monarquía Indiana, Libro I, cap. 4), me resuelvo a copiar, a pesar de su mucha extensión. Dice así:

   El Rey-Nuestro Presidente é oidores de la Audiencia Real de la Nueva España. A Nos se ha hecho relación que D. Luis de Velasco, nuestro visorrey de esa tierra, salió a visitar el valle de Matalcingo, que está doce leguas desa ciudad de México, cerca de un lugar que se llama Toluca, que es en la cabecera del valle, é que tiene el dicho valle quince leguas de largo, é tres y cuatro y cinco de ancho en partes, y por medio una ribera, y que hay en él mas de sesenta estancias de ganados, en que dizque hay mas de ciento cincuenta mil cabezas de vacas é yeguas, y que los indios le pidieron que hiciese sacar el dicho ganado del valle, porque recibían grandes daños en sus tierras y sementeras, y haciendas, y que no las osaban labrar, ni salir de sus casas, porque los toros los corrían y mataban, y que los españoles dueños de las estancias, y el cabildo de la Iglesia mayor desa ciudad, por otra, le pidieron que no se sacase el ganado de la Iglesia, que perdía lo más sustancial de sus diezmos, y a los oidores y a la ciudad que se les quitaba de su provisión y entretenimiento lo más o lo mejor que tenían. E que visto lo que los unos y los otros decían, y mirada y tanteada toda la dicha tierra, y comunicado con ciertos religiosos y con los dichos indios principales naturales del dicho valle y todas sus comarcas, irató que se hiciese una cerca que dividiese las tierras de los indios de las de esas estancias, cada una conforme a la cantidad de ganado que tuviese; que la cerca se tasase por buenos hombres, y que la dicha cerca se hizo, la cual tiene más de diez leguas, medidas por cordel, y que los indios tienen por bien que del precio della se compre censo para tenerla reparada siempre, por estar seguros de los daños de los ganados, y que se trasó la cerca en diez y siete mil y tantos pesos de oro común, y que al tiempo del pedir la paga a los dueños de las estancias, apelaron para esa Audiencia de mandarles el dicho visorrey pagar, y que han hecho el negocio pleito, con fin de dilatarlo todo lo más que pudieren, por que los indios no sean pagados, ni la cerca no se conserve, que es lo que pretenden, y que convenía mandásemos que los que tienen ganado en el valle pagasen la cerca ó sacasen los ganados, por que con ello se contentarían los indios, aunque lo más conveniente para el sustento y conservación de la una república y de la otra era que la cerca se pague, porque el ganado se conservase sin daño de los naturales. E visto todo lo susodicho y entendido que es conveniente que la dicha cerca se conserve, envío a mandar al dicho visorrey, que en lo del pagar la dicha cerca los españoles, ejecute luego lo que en ello tiene ordenado. Por ende, yo vos mando que vosotros ayudéis é favorezcáis a la ejecución dello, sin que pongáis estorbo alguno: é si los dichos españoles ó alguno de ellos se agraviare, mandamos que se ejecute el dicho repartimiento sin embargo dello, é vosotros veréis los agravios, y haréis sobre ello, llamadas é oídas las partes a quien tocare, brevemente justicia, y avisarnos heis de lo que en ello se hiciere. Fecha en la Villa de Valladolid, a tres del mes de Junio de mil é quinientos é cincuenta é cinco años.-La Princesa.-Por mandado de su Majestad, su Alteza en su nombre, Francisco de Ledesma.

    Hasta aquí Icazbalceta. Por otro lado consideremos el crecimiento desmesurado que alcanzó el ganado durante estos primeros años del desarrollo de la ganadería en México, de tal forma que fue imposible poner control, lo cual permitió que se extendiera hasta puntos tan alejados como Zacatecas. Así por ejemplo, el año de 1587 en los reportes marítimos se anota el movimiento de 74,350 cueros tan sólo de la Nueva España, mas 35,444 de Santo Domingo, dando un total de 99,794. Ya el mismo Torquemada nos advierte que en sesenta estancias, tan sólo del valle de Toluca llegó a haber cerca de ciento cincuenta mil cabezas de ganado vacuNº ¡Una barbaridad!

   Con respecto a las diversas ordenanzas que mandó dictar el conquistador, oriundo de Medellín, tenemos el siguiente informe.

   De unas ordenanzas de 1525 (Archivo del Excmo. Sr. Duque de Terranova y Monteleone). Habla de las funciones de las carnicerías:

 Item: Que ninguna carne de la que se hubiere de pesar en la dicha carnicería se mate en ella, ni desuelle, ni abra sino que haya matadero fuera de la dicha villa en parte que la suciedad é hediondez no pueda inficionar la salud de la dicha villa, el cual dicho matadero haga el consejo verso para por cada res que el carnicero matare, ó abriere, ó desollare, en la dicha carnicería, pague dos pesos de oro aplicados la mitad para el fiel, y la mitad para las obras públicas.

Item: Que si el dicho sitio (para asentar ganado) fuere para ganado vacuno, ó ovejuno, este le sea guardado término de una legua, é que nadie le entre en el dicho término, soladicha pena.

 Item: Que todos los “traedores” de cualquier género de ganado que sea, tenga su hierro, é señal, el cual registren ante el escribano del Cabildo, é el que no tuviera el dicho hierro, e señal que pierda las reses que tuviere para herrar, o señalar. Esta instrucción se hizo en (…) del mes de (…) del año de 1525.

    Y el mismo Cortés, hace un complemento a las ordenanzas que mandó dictar en la reciente Nueva España; la que dicta desde Honduras donde establecía que

 …si alguien deseaba dedicarse a la cría de ganado, debía tener la autorización del ayuntamiento el cual le fijaba un sitio y un asiento. El dueño podía protestar la invasión en caso de que otro se adueñara sin haber llegado al diálogo. Se extendían sus dominios hasta una legua a la redonda si se trataba de vacas (…)

 y por supuesto de toros (…) Por la mezcla de diversos ganados cada dueño debía marcar sus animales con un hierro particular registrado ante el escribano del Ayuntamiento, costumbre que vino de España y sentó sus reales en América.

   La crianza del ganado implicaba un intercambio comercial muy importante, por lo que, para medir su expansión y sus excesos, se hizo expedir el 30 de junio de 1526 una cédula rubricada por

 EL REY

 Nuestros gobernadores e oficiales y otras justicias de las islas españolas, san Juan de Cuba, e Santiago, por parte de los procuradores de la Nueva España fue (h)echa relación que algunas veses, quieren sacar ganados, cavallos e lleguas e vacas, puercos e ovejas e otros ganados para la dicha tierra. Como no se podía hacer tal cosa, El Rey dice que: “Me fue suplicado, y pedido, por merced que no les pusieren impedimento en el sacar de los dichos ganados e cavallos, e yeguas para la dicha Nueva España, o como la mi merced fuese: Por ende yo voi mando, que agora de aqui adelante debeis e concintais vacas de esas dichas a cualesquier personas, para la dicha Nueva España, los cavallos, e yeguas, e puercos, e vacas, e ovejas e otros ganados que quisieren e por bien tuvieren, libre y desembargada… Se firmó en Toledo a 24 de noviembre de 1525.

    Un tema que se asocia con estas circunstancias es el de los mayores propietarios que podían repartir ganado (mayor y menor) a las carnicerías. Ellos eran:

-Indudablemente Hernán Cortés.

-Alonso de Villaseca, minero y negociante, el hombre más rico en su tiempo de la Nueva España (hacia la década de 1560)

-El doctor Santillan, oidor de México.

-Antonio de Turcios, escribano de la audiencia.

-Juan Alonso de Sosa, tesorero real.

   Se suma a esta lista un número importante de encomenderos, alcaldes de mesta, miembros del cabildo de la ciudad de México y grandes propietarios de ganado como:

-El lic. Juan Gutiérrez de Altamirano

-Jerónimo López.

-Juan Bello.

-Jerónimo Ruíz de la Mota.

-Luis Marín

-Villegas (¿Pedro de?)

-Juan Jaramillo.

-Doña Beatriz de Andrada.

-Juan de Salcedo.

    Hacia 1540 tuvo efecto un proceso de transformación muy importante. Al utilizar una infraestructura mínima para el cuidado del ganado, hubo por tanto crecidos descuidos, que dieron origen a conflictos entre los poseedores de tierras y ganados. Desgraciadamente hubo afectados, que fueron los indios “sujetos de aquellas estancias”, quienes también protestaban ante las autoridades virreinales por las invasiones reiterativas del ganado (Real Cédula del 3 de junio de 1555) sobre todo cuando este causaba estragos entre los pobladores que vivían alrededor de las estancias. Por eso en 1530 el cabildo ordenó y autorizó a los criadores de ganado un derecho de uso sobre los pastos llamado “sitio” o “asiento”, que no implicaba la posesión de la tierra. Como requisito se pedía el que se cercaran aquellas posesiones.

   Con la repartición de tierras -y esto es muy importante recalcarlo-, la ganadería se formalizó a partir de 1550. Aunque con anterioridad hayan existido concesiones que se llevaron a la práctica.

   También, al iniciarse la mitad del siglo XVI la multiplicación excesiva y asombrosa del ganado en sus diversas variedades nos conduce a pensar en que haya ocurrido una especie de agotamiento biológico o “degeneración” en el ganado, debido al hecho de que ninguna “sangre nueva” venía a injertarse en el circuito o proceso reproductivo (…)

   En 1555 se dieron corridas por orden del primer virrey don Luis de Velasco, el cual dispuso de 70 toros de los chichimecas. Como dato curioso se dice que en ellas salieron toros bravísimos y, alguno, ¡hasta de veinte años…!

 Toros no se encerraban menos de setenta y ochenta toros, que los traían de los chichimecas, escogidos, bravísimos que lo son a causa de que debe haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día y otros; en el campo no había más, pues la carne a los perros… Por eso el virrey don Luis de Velasco, “el lindo hombre de a caballo” como se le llamaba, “tenía de costumbre, todos los sábados ir al campo a Chapultepec, que es un bosque como está figurado (…), y allí tenía de ordinario media docena de toros bravísimos; hizo donde se corriese (un toril muy lindo).

    Tales sucesos ocurrieron en el año de 1555, 29 años después de los hechos del día de san Juan de 1526, en que por primera vez se corren “ciertos toros” en la Nueva España, registro histórico plasmado en la quinta carta-relación de Hernán Cortés.

   A fines del siglo XVI aparece el siguiente dato, justo de 1594:

 Hernando Altamirano, vecino de san Miguel Chapultepeque y posteriormente vecino de Zinacantepec vendió a Sebastián Goya mil novillos a tres pesos siete tomines cada cabeza, como mil vacas a dos pesos cuatro tomines cada cabeza y dos mil vecerros mitad machos y mitad hembras a doce tomines y cuartillo cada cabeza los cuales se entregaron en la estancia de Atenco. (Archivo de Notarías de Toluca. Notaría Nº 1, leg. Nº 3, cuad. 1 exp. 79).

    Nótese ya la designación con que es conocida la gran estancia capaz de proveer a compradores -fueren estos de abasto, o los mayordomos encargados de satisfacer las demandas en las fiestas de la capital o de las provincias de Nueva España-.

   Al adentrarse en la historia de una ganadería tan importante como Atenco, el misterio de los “doce pares de toros y de vacas” con procedencia de la provincia española de Navarra y que Nicolás Rangel lo asentó en su obra Historia del toreo en México (época colonial) 1529-1821 p. 10, simplemente no puedo aceptarla como real. El mucho ganado que llegó a la Nueva España debe haber sido reunido en la propia península luego de diversas operaciones en que se concentraban cientos, quizás miles de cabezas de ganado llegados de más de alguna provincia donde el ciclo de reproducción permitía que se efectuara el proceso de movilización al continente recién descubierto. Claro que una buena cantidad de cabezas de ganado murieron en el trayecto, lo cual debe haber originado un constante tráfico marítimo que lograra satisfacer las necesidades de principio en la América recién colonizada y posteriormente conquistada.

   De siempre ha existido la creencia de que Atenco es la ganadería más antigua. Efectivamente lo es puesto que se fundó en 1528 pero no como hacienda de toros bravos.

   Seguramente la crianza del toro per se tiene su origen en el crecimiento desmesurado de las ganaderías que hubo en la Nueva España al inicio de la colonia.

   Los primeros afectados fueron los indios y sus denuncias se basaban en la reiterativa invasión de ganados a sus tierras lo cual ocasionó varios fenómenos, a saber:

1)A partir de 1530 el cabildo de la ciudad de México concede derechos del uso de la tierra llamados “sitio” o “asiento”, lo cual garantizaba la no ocupación de parte de otros ganaderos.

2)Tanto don Antonio de Mendoza y don Luis de Velasco en 1543 y 1551 respectivamente, ordenaron que se cercaran distintos terrenos con intención de proteger a los indígenas afectados, caso que ocurrió en Atenco el año de 1551.

3)Se aplicó en gran medida el “derecho de mesta”. A causa de la gran expansión ocurrida en las haciendas, en las cuales ocurría un deslizamiento de ganados en sus distintas modalidades, mismos que ocupaban lo mismo cerros que bosques, motivando a un repliegue y al respectivo deslinde de las propiedades de unos con respecto a otros. Como se sabe la mesta -herencia del proceso medieval- fue un organismo entregado al incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios, quienes manifestaron los severos daños a movimientos fraudulentos dirigidos a los agricultores y a la propiedad territorial, siendo los indígenas los principalmente afectados.

4)Bajo estas condiciones nace por lógica de los necesarios movimientos internos de orden y registro un quehacer campirano ligado con tareas charras. Esto es, lo que hoy es una actividad de carácter netamente de entretenimiento, ayer lo fue -y sigue siéndolo- en el campo, como labor cotidiana.

   De ahí que delimitada la ganadería se diera origen involuntariamente a un primer paso de lo profesional y que Atenco, por lo tanto deje una huella a lo largo de 300 años por la abundancia de toros criollos no criados específicamente como toros de lidia, concepto este que se va a dar en México hasta fines del siglo XIX.

   La ganadería novohispana se orientó hacia el concepto del abasto y en parte, debido a la grande y rápida reproducción registrada, a una colateral de la vida cotidiana: las fiestas caballerescas. El mucho ganado existente permitió el desarrollo de infinidad de estas demostraciones no sólo en la capital, también en sus provincias y en poblaciones tan lejanas como Durango o Mérida.

   Lo que es un hecho es que la ganadería como concepto profesional y funcional se dispuso con ese carácter, y en España hacia fines del siglo XVIII. México lo alcanzará hasta un siglo después. Que el ganado embestía, era la reacción normal de su defensa; y obvio, entre tanta provocación existía un auténtico y furioso ataque de su parte.

   Ganado vacuno lo había en grandes cantidades. Su destino bien podía ser para el abasto que para ocuparlo en fiestas, donde solo puede imaginarse cierta bravuconería del toro que seguramente, nada debe haber tenido de hermoso, gallardo o apuesto como le conocemos en la actualidad (claro, cuando es hablar del TORO). Quizás eran ganados  con cierta presentación, eso sí, con muchos años y posiblemente una cornamenta extraña y espectacular.

   Su primera aparición pública data del año 1652, el martes 3 de septiembre por motivo del cumplimiento de sus años. ¿De quién? Del virrey don Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste y con toros, que se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada.

   Y dejando estas historias, llegamos a 1824, año desde el cual la ganadería de Atenco nutrió de ganado en forma por demás exagerada -quizás hasta indiscriminada- a las plazas, cercanas y las de la capital.

   Si Nicolás Rangel nos dice que los doce pares de toros y de vacas -“raíz brava para Atenco”-  fueron traídos para un fin específico: crear un pie de simiente, su aseveración está lejos de toda realidad. La profesionalización de la ganadería llegó mucho tiempo después (fines del siglo XVII y principios del XVIII en España; fines del XIX en México). En España, hacia 1732 se fue haciendo común la práctica impuesta por la Maestranza en dos vertientes: una, que sus empleados salían a buscar los toros asilvestrados o bien, encargaba a un varilarguero de su confianza la compra de reses en el circuito de abastos). En tanto el ganado que se empleaba para las fiestas poseía una cierta casta, era bravucón, y permitía en consecuencia el lucimiento de los caballeros y las habilidades de pajes y gentes de a pie. El abasto, disponiendo de la coyuntura del rastro, y la plaza  son los únicos destinos del ganado, aunque al parecer no fue posible que mediara entre ambos aspectos alguna condición particular. No había evidencia clara en la búsqueda de bravura en el toro.

   El peso específico de la ganadería brava en México va a darse formalmente a partir de 1887 año en que la fiesta asume principios profesionales concretos. Mientras tanto lo ocurrido en los siglos coloniales y buena parte del XIX no puede ser visto sino como la suma de esfuerzos por quienes hicieron posible la presencia siempre viva de la diversión taurina. Mientras un toro embistiera estaba garantizado el espectáculo. Quizás, el hecho de que las fiestas en la colonia se sustentaron con 100 toros promedio jugados durante varios días, o era por el lucimiento a alcanzar o porque era necesario que un toro entre muchos corridos en un día permitiera aprovechársele. Tomemos en cuenta que se alanceaban, es decir su presencia en el coso era efímera. Ya en el siglo XIX la presencia de decenas de ganaderías refleja el giro que va tomando la fiesta pero ningún personaje como ganadero es mencionado como criador en lo profesional. Es de tomarse en cuenta el hecho de que sus ganados estaban expuestos a degeneración si se les descuidaba por lo que, muy probablemente impusieron algún sistema de selección que los fue conduciendo por caminos correctos hasta lograr enviar a las plazas lo más adecuado al lucimiento en el espectáculo. Los concursos de ganaderías que se dieron con cierta frecuencia son el parámetro de los alcances que se propusieron y hasta hubo toro tan bravo “¡El Rey de los toros!” de la hacienda de Sajay (Xajay) que se ganó el indulto en tres ocasiones: el 1 y 11 de enero de 1852; y luego el 25 de julio, acontecimiento ocurrido en la plaza de san Pablo. La bravura, lejos de ser una simple casta que los hace embestir en natural defensa de sus vidas, fue el nuevo concepto a dominar con mayor frecuencia. En 1887 comenzó la etapa de la exportación de ganado español a México con lo que la madurez de la ganadería de bravo se consolidó en nuestro país.

   De ese modo he intentado resolver un pequeño pasaje con el que aun nos confundimos como aficionados, pues se sigue en esa creencia fabulosa y mítica de los toros navarros que llegaron a Atenco en el siglo XVI y que nos puso para bien entretenernos y complicarnos el bueno de don Nicolás Rangel.

   Aunque surge un nuevo dilema que más adelante desarrollaré en amplitud. Se trata de explicar hasta donde me sea posible la hipótesis de que Bernardo Gaviño haya sido el encargado de sugerir y hasta de traer el ganado español con el fenotipo del navarro. O lo que es lo mismo, los toros de Zalduendo o Carriquiri como un pie de simiente moderno a la hacienda de Atenco, propiedad por entonces de don José Juan Cervantes y Michaus, último conde de Santiago de Calimaya y con el que guardó profunda amistad. Asimismo no debemos descuidar otro aspecto probable, el que se relaciona con el hecho de que en 1888 los Barbabosa adquieren un semental de Zalduendo, típico de la línea navarra, poniéndolo a padrear en terrenos atenqueños.

   Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate -que la adquiere en 1878- al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Si bien, repuesta la afición de 1887 en adelante, algunos toros navarros -ahora sí- llegaron por aquí, pero la ganadería adquirió relevancia a comienzos de nuestro siglo mezclándose con sangre de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

   Cuando hechos del pasado se cubren con un velo difícil de retirar, es el momento de perseguir que la razón sea quien campee con sus argumentos sólidos, porque de otra forma, caemos en el riesgo de ser sometidos a engaño.

   Quedan como ejemplo de haciendas que lidiaron toros en forma regular hasta el siglo XVIII las siguientes:

 HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN1

HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN2

   Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante el siglo XVIII o el XIX un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

ORLAS

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. MAYO DE 1791.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 GACETA DE MÉXICO, D.F., del 10 de mayo de 1791, p. 5: El día 3 comenzó la primera corrida de toros en la Plaza de San Diego, que continuaron hasta el día 12, haciendo alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas; hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides: se mataron ciento y ochenta Toros, que se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres; el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales.

   La sola nota, que es apenas un pequeño registro de las actividades allí descritas, podría resultar curiosa, interesante. Sin embargo, encierra una serie de elementos lo suficientemente atractivos como para no descuidar su contenido. Por ejemplo, el primer dato que salta a la vista es la celebración de 10 festejos, uno por cada día, desde el 3 y hasta el 10 de mayo, en una época del año que no es muy común, quizá para nuestro tiempo, aunque sí para el de aquellos días, sujeto a un calendario rigurosamente religioso, establecido en las “Fiestas de Tabla”. En todas ellas, “hicieron alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas, hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)” “Alarde” y “destreza” de “Chulos” y “Toreros de a pie y de a caballo”, esto indica el alto grado de avance por un lado. Y de aceptación por el otro en los entonces nuevos o más avanzados planteamientos que la tauromaquia estaba alcanzando por entonces, expresión que parece dar lugar al reacomodo que vino a ponerse en práctica, luego de aquel cambio de protagonismo habido entre los nobles y los lacayos, y donde estos asumieron el papel de primeros actores, en tanto que los de a caballo ya no fueron necesariamente miembros de la nobleza o de grupos estamentarios, sino otros tantos integrantes del nuevo componente que asumía la responsabilidad de aquella condición en la que iba acomodándose el toreo en plena época donde imperaban, como telón de fondo, unas ideas de avanzadas que impulsó la ilustración, cambio ideológico de progreso que tuvo fuertes discrepancias con el contenido esencial de todos los significados que emanaban del toreo, cargado de ingredientes que no se correspondían con el iluminismo del “siglo de las luces” pero que logró un buen intento de ponerse al día a la hora de recomponer esa particular puesta en escena.

   “Se mataron ciento y ochenta Toros”. Lamentablemente, a reserva de dar un día con la “Cuenta de gastos” o alguna “Relación de Sucesos”. La que más se aproxima a estos hechos, es aquella que sucedió un año antes, y que fue el certamen realizado por la Real Universidad de México a fines de 1790, conocido en prensas como OBRAS de elocüencia y poesía premiadas (…) con motivo de la exaltación al trono de (…) el Sr. D. Carlos IIII (sic) Rey de España y de las Indias. México, 1791. Hubo diversas composiciones, de la más rica métrica inspiración. Entre otras se encuentra un elogio castellano de D. Joseph Sartorio “colegial que fue del mismo Colegio de San Ildefonso, a quien se le asignó un premio de dos medallas de oro y quatro de plata”. O aquella otra, una oda sáfico-adónica en metro castellano sin rima, compuesta por el Doctor en Teología don Juan de Castañiza Colegial actual del Real y más Antiguo de San Ildefonso, a quien se le adjudicó el premio de una Medalla de oro y quatro de plata. La obra lleva el título de: RAPTO POÉTICO EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE México en la proclamación (…) que comienza presentando algunos versos latinos como: Hic diez veré mihi festus atrás / Eximet curas: ego nec tumultim, / Nec mori pervim metuam, tenente / Caesare terras. (Hor. Lib. III. Od. XIV)

1791 

RAPTO POÉTICO

EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE

México en la proclamación (…)

 

Lleva consigo la sabrosa almendra

que Xocohochco y que Caracas crian;

y el que Orizava y Córdova producen

fino tabaco.

 

Cargada de estos y otros muchos dones,

la leal Señora del Indiano Imperio

se postra humilde, y al Monarca nuevo

tierna saluda (…)

 

Vive imitando a Luises y Fernandos,

vive escediendo a Carlos y Felipes,

vive felice quanto amado, amante

de ambas Españas.

 

Así explicaba México su gozo

el día que a Carlos Quarto proclamaba;

lo demás que hizo su lealtad sincera

cántelo Clío.[1] 

   Dichos “toros (…), se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres (…)”. En tal apunte se percibe que esos festejos tuvieron fines benéficos, extendidos a las cárceles, Comunidades Mendicantes[2] y otras personas pobres, que bien pudieron ser niños expósitos, por ejemplo.

   Finalmente: “el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Dicha descripción refiere un escenario –la Plaza de San Diego-, ubicada a un costado del quemadero de la Inquisición, y también del Convento de San Diego, y que hoy se ubicaría donde se encuentra ubicado el “Laboratorio de Arte Alameda” o Antigua “Pinacoteca Virreinal”, calle de Dr. Mora, en el centro de la ciudad de México.

CombentoSanDiego_web

 Disponible marzo 19, 2014 en: http://www.urbanfreak.net/showthread.php/7352-GALER%C3%8DA-FOTOGR%C3%81FICA-El-M%C3%A9xico-de-Ayer/page55

    “Adorno y compostura de la plaza en pinturas y cortinaje”, que solo podría entenderse con la imagen que incluyo a continuación:

IMAGEN_038 Es esta una fiel representación del sabor barroco mexicano de fines del siglo XVIII, cuando el virrey Conde de Gálvez, uno de los más entusiastas taurinos de aquella época pudo admirar esta estampa, reproducida en un biombo. ”Corrida de toros”. Siglo XVIII. Col. Pedro Aspe Armella. En: ARTES DE MÉXICO. La ciudad de México I. Enero 1964/49-50.

   Con su “iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Tal circunstancia, que nos habla del bullicio que podía despertar un poder de convocatoria como aquel, deja ver que, a los ojos del cronista, existe toda una visión de condiciones gozosas, disfrutables lo mismo a pie que a caballo, sin faltar las músicas, e incluso contar con la oportunidad, sobre todo de aquellos desvelados, de observar la difícil y complicada maniobra de la introducción del ganado, mismo que arribaba a los corrales de la plaza en medio de muchos clarines, chirimías, cajas y timbales, lo cual es indicativo de aspectos relacionados con el sello distintivo que adquirían tales espectáculos, pero también la forma en que se practicaba aquella movilización, tan riesgosa para la comunidad como para los curiosos y más de algún adorador de Baco, de esos que nunca faltan…

   Pero tampoco faltaron aquellos que cuestionaron tales expresiones como un auténtico relajamiento de las costumbres, y hasta lo regularon, evitando con ello que, al amparo de la noche o de las sombras, se cometieran abusos de toda índole.

   Finalmente, con aquella plaza iluminada, espectáculo que debe haber tenido su punto de interés muy especial, nos alejamos con objeto de prepararnos para la siguiente jornada, en la que el atractivo será una más de aquellas corridas de toros, las cuales “hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)”, lo que significa el hecho de que fueron concebidas al amparo de mojigangas y otras amenidades como:

 -Lidia de toros “a muerte” y cuya estructura básica, convencional o tradicional pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[3] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[4] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Benjamín Flores Hernández nos ofrece un rico panorama al respecto:

 -Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

 Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representaban sentidos extraños y estrafalarios, de conformidad al motivo con que fueran convocadas las fiestas.


[1] Biblioteca Nacional: R / 1791 / M4UNI: OBRAS de Eloqüencia y poesía (…), 1791., p. 3-5.

[2] Según el Diccionario de la Real Academia Española: Mendicante. Se dice de las religiones que tienen por instituto pedir limosna, y de las que por privilegio gozan de ciertas inmunidades.

[3] Benjamín Flores Hernández. Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces (tesis de licenciatura), p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[4] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Dicho libro está plagado de referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

-Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

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¿FUE CIERTA LA PRESENCIA DE HIDALGO y ALLENDE EN SAN LUIS POTOSÍ, DURANTE EL MES DE OCTUBRE DE 1800?

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El rumor de tal “encuentro” sigue presente en el imaginario popular. Sin embargo, no ha podido dilucidarse si tal encuentro ocurrió como lo cuenta ese pasaje cargado de lo anecdótico, pero no de lo verídico. El informe que acompaña estas breves notas, procede de una fuente directa, como es la Gazeta de México, que en su número 30 del martes 20 de enero de 1801, registra las noticias que ocurrieron durante el mes de octubre anterior. Con detallada circunstancia, puede uno leer la descripción del acontecimiento que serviría como telón de fondo al mencionado encuentro. Me refiero a la dedicación del templo a la Reyna de los Cielos María Santísima de Guadalupe, que significó la organización de diversas fiestas como era costumbre por entonces. Tales conmemoraciones consistieron en la procesión, danzas y las infaltables corridas de toros, que fueron dos para mayor conocimiento. Sin embargo, la propia Gazeta no da mayor información al respecto de aquel asunto el que, para algunos autores ha significado un serio trabajo de investigación. Allí está la obra de don Rafael Montejano y Aguiñaga: Estuvo Hidalgo en San Luis Potosí cuando la dedicación del Santuario y las memorables corridas de toros en 1800?[1]

   Si aún quedaran dudas, me permito compartir con ustedes la noticia registro que quedó registrada en la Gazeta de México, tal y como fue posible encontrarla en la Hemeroteca Nacional de España…

GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 1 GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 2 GAZETA DE MÉXICO_20.01.1801_p. 3

 …en espera de que ustedes, como yo, saquen sus propias conclusiones al respecto.


[1] Rafael Montejano y Aguiñaga: Montejano y Aguiñaga, Rafael. ¿Estuvo Hidalgo en San Luis Potosí Cuando la Dedicación del Santuario y las Memorables Corridas de Toros en 1800?. San Luis Potosí: Academia de Historia Potosina, 1979.

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SE INAUGURA LA PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO EN 1788.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Según las Efemérides Taurinas Mexicanas de D. Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.) refiere que, para el 24 de noviembre de 1788 se estrenaba la que fue, primera edificación o la más primitiva de la famosa plaza de San Pablo, colindante al templo del mismo nombre y que, en varias etapas, se mantuvo funcionando hasta 1864, aproximadamente.

   Sin embargo, y acudiendo a la prensa de la época, fundamentalmente la Gazeta de México, se manejan otros datos que conviene aclarar, aprovechando además los interesantes apuntes que se desprenden de la “crónica”, que no es sino una limitada reseña de los acontecimientos aquí abordados. Por ejemplo, en la del martes 18 de noviembre de 1788, dice que

 GAZETA DE MÉXICO_18.11.1788

    El día 16 (de los corrientes, tal día fue domingo) se hizo el primer Ensayo para las próximas corridas de toros, en la misma Plaza que se ha construido para ellas en la de San Pablo: según se avisó al Público será el segundo próximo Domingo (día 25), y comenzará la primer Corrida el día 1° de Diciembre (es decir, el lunes 1°) y la segunda el 15 (de nuevo también en lunes).

   La siguiente Gazeta… del 2 de diciembre de 1788, en efecto nos confirma lo anterior y relata que

 GAZETA DE MÉXICO_02.12.1788

    El día 1° comenzaron las corridas de Toros, que en ambas semanas no habrá los Miércoles por ser día ocupado. Se ha presentado los lidiadores de a pie vestidos de terciopelo y tizú de plata, distinguiendo a una quadrilla de otra los colores verde y negro. La de a caballo con chupa y calzón de ante, gabán de color roxo, y todos con galones de plata. La completa horquesta de Música ha hecho los intermedios muy divertidos. Están preparadas distintas invenciones para dar el lleno a la diversión de las tardes, sin embargo de que la bondad del ganado por sí solo la promete; y no ha sido la menor la variedad de modos con que se ha partido la plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio, que se han desempeñado como si fueran de la Tropa más arreglada.

   La segunda corrida comenzará el día 15 por concurrir en la semana siguiente dos días festivos.

   Finalmente, y para hacer más completo el presente “reportaje”, me remito a la siguiente Gazeta… del martes 23 de diciembre en la cual encontramos el siguiente párrafo:

 GAZETA DE MÉXICO_23.12.1788

    El día 15 comenzó la segunda corrida de Toros, cuyas funciones han sido iguales a las de la primera, así por el escogido ganado, como por las diversiones con que se han alternado las lidias, partiéndose ya la Plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento fixo de México.

   De todo lo anterior se concluye que la “inauguración” no fue el 24 sino el 25 de noviembre de 1788.

   Sin embargo, de las breves notas que registran tres Gazetas… hay suficientes elementos para acercarnos a la forma en que se desarrollaban los espectáculos taurinos hacia finales del siglo XVIII.

   Para empezar, esa plaza “primitiva” estuvo, como bien se apuntó, a espaldas de la iglesia de San Pablo y a unos metros del rastro de la ciudad por aquel entonces, lo que supondría que los toros ya muertos en el ruedo de la plaza, se destazaran directamente en aquel sitio dedicado al asunto.

   Cuando aparece el término “ensayo” esto se refiere a algo que con mayor amplitud ha abordado el Dr. Benjamín Flores Hernández, el que apunta:

 Una vez se hubieron establecido definitivamente en la ciudad de México las temporadas de corridas protagonizadas por lidiadores profesionales de a pie y sujetas a una organización precisa, empezó a ser común la realización de ensayos previos a ellas. Primeramente dichos ensayos se hacían en un rancho cercano, tal la hacienda de Narvarte (esto hacia 1770), pero más adelante llegaron a tener una categoría casi igual a la de las corridas formales, por lo que se llevaban a cabo en un coso especialmente edificado para ellos en las afueras de la capital.[1]

   Siendo por aquellos días tan predominante aquel sistema denominado “Fiestas de tabla”, el cual acumulaba tal cantidad de celebraciones, esto en la realidad debe haber ocasionado serios disgustos a nivel laboral, pues ¿dónde se imaginan ustedes que andaría buena parte del gremio laboral, durante un día laborable y a hora más que prudente? Por eso, fue necesario poner cierto orden para evitar, entre otras cosas, el relajamiento de las costumbres, tema del que se ocupó a profundidad Juan Pedro Viqueira Albán.[2]

   “Lidiadores de a pie”, que aparecen, según el orden en la escena, en un primerísimo lugar, mismo que adquirieron dichos personajes tras el reacomodo habido a lo largo de buena parte de aquel siglo, en el que la tauromaquia sufrió una serie de recomposiciones técnicas que vinieron dando razón y equilibrio a lo que finalmente quedó resuelto en la primera “Tauromaquia” que es compendio de aquella gran experiencia, la de José Delgado “Pepe Hillo”, cuya primera edición data del año 1796. Ocho años separan dicha publicación de las fiestas en San Pablo, suficiente tiempo para entender que las estructuras taurómacas estaban más que afinadas para continuar por la senda de un siglo como el XIX, en donde el toreo tuvo su primera gran época de esplendor. Lo anterior todavía significaba dejar todo en un proceso entendido como el de la prueba de laboratorio.

   En efecto, al haber en el ruedo dos cuadrillas, estas tuvieron que distinguirse en uno y en otro color para evitar confusiones primero. Encontrar habilidades y exaltarlas, de ser necesario como un segundo recurso de distinción entre los que ostentaban el color verde respecto a los que llevaban en sus ropajes el color negro. En seguida, son mencionados los que formaban la “cuadrilla de a caballo”, algo así como otra sección que marcaba, en definitiva la ruptura entre el protagonismo de esta con respecto a aquella. Ya no eran los de a caballo quienes con su jerarquía dominante, monopolizaban el espectáculo en términos de un acaparamiento de todas las atenciones, pues anteriormente eran los caballeros venidos de casas y linajes muy arraigados quienes detentaron por muchos años tal privilegio. Este se terminó debido al supuesto desdén impuesto por la casa de los borbones que, desde 1700 gobernó el imperio español, pero que siendo monarcas de origen francés, esto significaba no reconocer ciertos usos y costumbres que los españoles seguían manteniendo, a pesar de aquel distanciamiento, el cual se acentuó con la propagación de las ideas ilustradas que pasaron fundamentalmente de Francia a España por vía de sus más reconocidos intelectuales: Voltaire, Rousseau, Jovellanos, Campomanes y otros.

   Que haya habido una “horquesta” y no una banda, significa que muchos espectáculos no solo estuvieron amenizados por chirimías, atabales sino por un grupo de músicos que interpretaban lo mismo instrumentos de cuerda que los metales o las percusiones, como una orquesta en pleno, y cuyas piezas debieron haber causado gran gozo entre los asistentes.

   El “redactor” de la Gazeta… apunta sobre los toros una curiosa referencia que refiere la “bondad del ganado”, como “cualidad de bueno” (según el DRAE), entonces se tendría como tal concepto a aquellos astados que, con bravura, casta y poder tuviesen ganado el privilegio de tal denominación, sobre todo en una época en la que las haciendas, como unidades de producción agrícola y ganadera todavía no contaban con un sistema específico, o al menos esta es la sospecha, en que se apoyaran no los hacendados o dueños de dichas extensiones, sino sus empleados, sobre todo los caballerangos y la gente del campo, acostumbrada a realizar actividades concretas como el “rodeo”, lazar y colear, llevar los numerosos grupos de cabezas de ganado de un lugar a otro, donde habría pasto y agua, con tal de observar, que esa sería la práctica cotidiana más importante; observar qué tipo de ganado era el propicio para enviar a las plazas. Dependiendo del juego ofrecido, de una “bravura” o de una “casta” que dejara satisfechos los deseos de los diestros, o del público, entonces, en esa medida es como se conjugaban también los otros componentes que habrían permitido que esos toros tuviesen configurada a su alrededor, cierto delineamiento con el que se marcaban o acentuaban las condiciones de –insisto-, “bravura” o “casta” que serían, en esos momentos, condiciones tan anheladas como hoy.

   Esa variedad de modos para el “partimento” de la plaza, supone la posibilidad de que aquello era un auténtico espectáculo, donde los de a caballo procederían a realizar cuantas evoluciones o piruetas permitiera la gala de un desfile, armonizado y complementado por las “Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio”, que en tanto condiciones de protección, dejan ver que el sector del comercio estaría muy involucrado en la organización del espectáculo (para el cual, existía un asentista o empresario, involucrado con algunos de los integrantes más poderosos de los gremios, de los que dependía en buena medida el que el mecanismo de las fiestas se moviera). Sin ellos, o sin la fuerza de estos –por ejemplo, el gremio de “tablajeros”-, las corridas no tendrían efecto, mismo que quedaba sellado con el permiso concedido por el virrey en turno.

   Finalmente, algo que llama la atención es esa otra distinción sobre “diversiones con que se han alternado las lidias”, lo cual significa que todo espectáculo de aquellas épocas pudo haberse confeccionado siguiendo unos patrones específicos en donde estaban incluidas las mojigangas, el uso de mongibelos o recreadas figuras para alguna representación. También estarían allí los “dominguejos”, y el uso de los fuegos de artificio, sin faltar el “palo encebado” o la “cucaña”, cuya mejor explicación es esta obra de Francisco de Goya:

 767px-Francisco_de_Goya_y_Lucientes_045

Disponible noviembre 24, 2013 en: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Francisco_de_Goya_y_Lucientes_045.jpg

En fin, creo que no faltaría motivo para encontrar en las fiestas taurinas novohispanas verdaderas celebraciones que, como la que aquí se recrean, nos remite a la mismísima inauguración de la plaza de toros de San Pablo, un 25 de noviembre de 1788. Es de lamentar que no aparezcan hasta ahora, ni los nombres de los toreros de a pie, ni los de a caballo. Tampoco la procedencia del ganado.


[1] Benjamín Flores Hernández: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., fots., facs., cuadros., p. 210.

[2] Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps.

 

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UN DÍA COMO HOY, 11 DE NOVIEMBRE… DE 1675.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Entre las primeras participaciones de ganado de Atenco, destinado a fiestas durante el siglo XVII, está la de 1652, así como la del 11 de noviembre de 1675 cuando se corrieron tres toros de dicha hacienda con motivo del cumpleaños del Rey, donde además se presentó el Conde de Santiago, auxiliado de 12 lacayos.

   Fue Antonio de Robles quien dedicó la siguiente referencia:

-Toros a los años del rey Felipe IV de la casa de los Austrias (11, 19 y 20 de noviembre). [1]

   Una de las relaciones de fiestas o de sucesos que se escribieron durante su reinado, corresponde al Festivo obsequio al mysterio de la concepcion de la reyna de los Angeles, la siempre Virgen Maria, celebrado (como titular) en su convento de la concepcion de la ciudad vieja, o almolonga; y executado por orden de nuestro gran monarca, y Senor Felipe IV, el grande, en la publicacion del Decreto sacro… que… despacho por el año de 1662. Su breve descripción, y general epílogo de las demás fiestas en esta ciudad de Guatemala, escrivió el Padre Fray Estevan de Avilés… quien con todo afecto lo consagra al M.R.P. Fray Miguel Rumbo… Guatemala. En Guatemala, Por Joseph de Pineda Ybarra, Impressor, y mercader de libros, 1663. “Licencia” de Joseph de Guzmán y de Antonio Álvarez de Vega. 14 p.

O esta otra de Diego Velázquez de Valencia: 1666. Elogio de Felipe IV el Grande. México, viuda de Bernardo Calderón.

   Sin embargo, entre lo que más se acerca a aquel acontecimiento, con el sólo objeto de saber en qué medida se practicaban ciertas demostraciones caballerescas, lo encontramos en el Romance de los Rejoneadores. Pero antes de ello, me permito traer hasta aquí, como en otras ocasiones, parte de un texto que se encuentra en mi trabajo –inédito-: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, del que extraigo la siguiente y valiosa información.

LOS FESTEJOS QUE LA CIUDAD DE MÉXICO RINDIÓ A CARLOS II CON MOTIVO DE SU ENTRADA EN EL GOBIERNO EN 1676.

   El Pbro. Br. D. Ignacio de Santa Cruz Aldana, fue uno de los varios autores que dejaron testimonio de las fiestas celebradas en 1676, por motivo de la asunción al trono del último integrante de la casa de los Austrias, Carlos II, fundamentalmente en la capital de la Nueva España. De las Reales fiestas en la exaltación de D. Carlos II, tenemos el siguiente ejemplo publicado en

1677

 Reales fiestas en la exaltación de D. Carlos II.

 

Va de romance de chanza,

que en asunto tan festivo

es burla escribir de veras

(fuera de burla lo digo).

Aquí con nuestro Anastasio

los que al Helicón[2] subimos

a caza de gangas siempre,

valerosos Gongorinos!

Con quien me entiende, me entiendo,

que esta vez Pantaleonizo,

poeta de buen humor,

no colérico, sanguíneo…;

…Y tú, cristal de Hipocrene,

espejo en quien yo me miro,

haz que en mi abono el Pegaso[3]

dé el poético relincho.

al Parnaso, pues, me acojo,

y a la escuela de Apolillo,

o a la amiga con las Nueve

ponerme quiero a pupilo.

Erase, pues, que se era

de Noviembre a veinticinco

una noche y estos versos,

ella helada y ellos fríos,

cuando solamente un tlaco

de Luna (que es cuarto Indio)

el hemisferio alumbrada,

que estaba de luz mendigo.

Tan escura noche era,

que –temiendo dar de hocicos-

aun los Planetas errantes

andaban con gomecillos;

si no es ya que a sueño suelto,

en sus casas recogidos,

en su Apogeo roncaba

cada cuál en su Epiciclo.

La boca de lobo, calle

con esta noche su pico,

y de obscuridad el culto

no diga: este verso es mío.

De aquéllas que ni las manos

se ven (como alguno dijo),

en que no paros somontes

eran los gatos, más tintos.

Claro está que con mil hachas

se ha esta noche esclarecido:

¿No está claro, cuando por

contarlas me despabilo?

Empiezo, pues, mi máscara

(perdóneme el libro quinto)

y mi más amada empiezo,

(que soy poeta muy fino);

en que la gran providencia

del que es más sabio que Ovidio[4]

de más cara en más barata

el metamorfosis hizo.

Aquí de las Aganipe[5]

vuelvo a implorar el auxilio

que me azoga asunto tanto

a ley de engrasado indigno.

El que a la Real imagen

virrey retrata tan vivo,

que es su segunda persona,

así como te lo pinto;

de cuyo feliz gobierno

-segundo Atlante[6] que admiro-

de este nuevo mundo los

dos Polos están asidos;

Fénix[7] raro en cuya pluma

renace la de Augustino,

ribera en quien yo me hallo

del gran Teseo[8] el asilo;

juez tan justo, y tan atento

a este proceso infinito,

que en costas ha condenado

tan solamente al velillo,

que toda viviente salga

con su negro vestidico

ordena, excusando gastos;

bien haya, amén, tal arbitrio.

. . . . . . . . . .

No hay hombre cuerdo a caballo,

dice aquel adagio antiguo;

y todos aquesta noche

son locos de buen juicio.

Los Cristianos caballeros,

ya los borrenes proscritos,

los fustes bridones truecan

por los jinetes Moriscos.

Precisándose van de airosos,

y –poco desvanecidos-

no los aplausos les hacen

el que pierdan los estribos.

Los caballos generosos,

ni andaluces ni castizos,

son del Betis hijos-de-algo:

Porque del aire son hijos.

alazanes y zebrunos,

rucios, rodados, morcillos,

grullos, cabezas de moro,

canelas, bayos, mohínos,

aceiteros, naranjados,

castaños, zainos, tordillos,

sahonados, azulejos,

overos y remolinos.

Nombres son de albeitería

(vea, quien quisiere, los libros,

que Calvo y Reyna no erraron

aunque herrar era su oficio).

Los jinetes, pues, bizarros,

a los caballos ariscos

no son lerdos en picarlos,

que matándolos van vivos.

Pasaron de dos en dos

estos Géminis crecidos,

Cástor y Pólux[9] adultos

(que éste no es juego de niños).

Como atendidos se ven

de su Apolo Ciparisos,

camparon alegres hoy

hechos de oro pinitos.

Tiernos escuchan el eco,

y hoy –que se oyen aplaudidos

de más de una Ninfa[10]- son

enamorados Narcisos.[11]

A fuer de su sangre ilustres

parecen a los jacintos,

y a los Adonis[12] hermosos

a fuer del duro colmillo.

(¡A culto me meto! Fuera

del obscuro Laberinto

me salgo: quédese sólo

el fiero Tauro de Minos.)

Digo, pues, de los Montados

lo bizarro y lo jarifo,

lo donairoso y galán,

por cierto muy buen aliño!

Piernas hacen de jinetes,

a sus botas atenidos,

de ámbar precioso adobadas,

(yo me atengo a las de vino).

Cada cual a su rocín

las espuelas prende altivo

cual si fueran alfileres,

(tan bien tocados los miro).

Cuatro colores les da

hoy el Príncipe propicio

con providencia, por que

no vayan descoloridos:

Del mismo Cielo el azul,

y lo blanco del armiño,

lo anteado, y lo encarnado,

porque les venga nacido.

De las libreras costosas

que en la Máscara han salido,

como mal Sastri-Poeta

no acierto a coger el hilo;

que es antigua vanidad

de nuestro Español capricho,

que quien es su dueño diga

de los pajes el vestido.

No el oro rico de Arabia,

ni la púrpura de Tyro,

ni de Ceilán el rubí,

ni la esmeralda de Quito,

echó menos el deseo;

que lo más preciso y rico

entre los demás crïados

aquesta noche ha servido…[13] 

   A la mitad de este romance apareció la alusión de ya los borrenes proscritos; y viene al caso porque, aligeradas las sillas de montar, sin las almohadillas de tal nombre, y dispuestas a la jineta modo o escuela tan acostumbrado en México, en aquella Nueva España del XVII, y que tanto sirvió para efectuar los famosos juegos de cañas y hasta con tal método –a la brida-, se corrieron toros.

   De nuestro autor dijo alguna vez Beristain de Souza que fue literato y virtuoso, natural de México, beneficiado de las Minas de Tezicapan, y en 1667 Capellán de San Lorenzo de México. En cuanto al Romance recogido, el tema es lo de menos, y lo de más el chispeante floreo de ingeniosidades, circunloquios y juguetones paréntesis… Cástor y Pólux…, son los Astros benévolos… de la Monarquía Española.

   En alguna otra parte del trabajo hemos acudido a la marcadísima influencia que Luis de Góngora y Argote provocó creando un influjo determinante en la cultura literaria del México novohispano. Gongorismo era el pan nuestro de cada día para los diferentes autores que se veían influidos por el cromatismo de su poesía. En 1640 –por ejemplo-, la huella de la poesía aparece definitiva, ya no tímida o aislada, sino patente y constante. María Estrada Medinilla, en su Relación de la feliz entrada en México… del Marqués de Villena, hacía por entonces una explícita profesión de fe culterana, eso sin mencionar el corte totalmente gongorino del poema:

 …epítetos vulgares

no son para las cosas singulares

    Los diferentes títulos atribuidos a sus partidarios como Príncipe Castellano; Apolo cordobés; Príncipe de los líricos de España, es una muestra clara de que sus versos, de que su escuela también, invaden el ambiente de Lope y Quevedo; de Jacinto Polo, Pantaleón Ribera y Calderón, durante casi todo el siglo XVII.

   En tal influencia no vemos sino lo retórico, mezclado con una serie de funciones como los cultismos sintácticos, hipérbaton, fórmulas estilísticas, simetría bilateral, perífrasis y alusis, metáfora e imagen. Un ejemplo claro de dicho concepto se encuentra en:

 1677 

…sangre derramada

…sangre derramada

en el papel de la arena

fue corónica purpúrea

a sus hazañas eternas… 

   Es decir, que para Luis de Sandoval y Zapata, La sangre derramada en la arena, sirvió de crónica a sus hazañas –las de la nobleza-.

   Y bien, llegamos a lo que se puede considerar el primer gran ejercicio literario que dedica buena parte de la obra al asunto taurino. Se trata del Romance de los Rejoneadores que es parte de la Sencilla Narración… de las Fiestas Grandes… de haber entrado… D. Carlos II, q. D. G., en el Gobierno, México, Vda. De Calderón, 1677. Dicha obra celebra las Fiestas por la mayoridad de D. Carlos II, 1677. El Capitán D. Alonso Ramírez de Vargas ofrece una delectación indigenista en esta Sencilla Narración… y refulgen los romances para los rejoneadores –una de las más garbosas relaciones taurinas al gusto de Calderón-…

   D. Carlos II, el postrer Habsburgo de España, había tenido un bello rasgo de piedad Eucarística, cediendo su carroza a un Sacerdote que a pie llevaba el Viático a una choza, etc.; tal lo narró en una Copia de Carta escrita de Madrid (México, 1685), realizada con varios sonetos de ingenios de esta Corte. Así, en el Anfiteatro de Felipe el Grande, de Pellicer (Madrid, 1631), una bala certera de Felipe IV, fulminando a un Toro, había hermanado –cada uno con su soneto- a Lope y Calderón, Quevedo y caro bán, Rioja y nuestro Alarcón, Valdivieso y Jáuregui, Esquilache y Bocángel…; y estotra gallardía de Carlos II, -regia humildad católica, y con el oro viejo de la tradición de la Casa de Austria-, merecía, más que el tiro de Felipe, el lírico aplauso.

   Del Capitán Alonso Ramírez de Vargas (1662-1696), quien a decir de Octavio Paz “fue poeta de festejo y celebración pública”, entre los que hubo en la Nueva España “mediano… pero digno”. Autor “de varios centones con versos de Góngora, fue sobre todo un epígono del poeta cordobés, aunque también siguió a Calderón, a Quevedo y, en lo festivo, al brillante y desdichado Anastasio Pantaleón de Ribera, muerto a los 29 años de sífilis”. Ramírez de Vargas –sigue diciendo el autor de Las trampas de la fe-,[14] tenía buena dicción y mejor oído…” Pues bien, de tan loado autor es su famoso Romance de los Rejoneadores, parte también de la Sencilla Narración…, bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Francisco Goñi de Peralta y don Diego Madrazo a los que les

 Salió un feroz Bruto, josco

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Ícaro el atrevimiento.

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró, amenazando el cerco.

 

Y Francisco Goñi de Peralta

 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

y –a ser la piel de Cartago-

en cada animal horrendo

Reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abetos.

Veamos del Capitán Alonso Ramírez de Vargas, el

1677

Romance a Carlos II.

 

Soberano excelso Joven,

robusto y tierno Gigante,

que donde el valor anima

anticipa las edades…:

…Indicio fue del triunfo

que esperan tus estandartes,

ver -cuando a reinar empiezas-

las medias lunas menguantes.

(. . . . . . . . . .)

Cuando el bracelete animes,

la dura manopla calces,

el grabado peto ajustes

y el limpio acero descargues;

cuando el Andaluz oprimas

que al Betis la grama pace,

siendo -en virtud de su dueño-

la herradura corvo alfanje,

temerán los Federicos

al mesmo Carlos de Gante

confesando la ruina

lo que negaba el alarde.[15] 

   El nuevo Rey entraba al Gobierno a los 15 años; pero, nunca robusto, merecía nombrarse El Doliente y El Hechizado… Los toros muertos, con sus medias lunas menguantes, auguran derrotas de los mahometanos…

   Juan Gutiérrez de Padilla, lo abordamos aquí, no precisamente por tratarse de un poeta novohispano, sino de un músico ídem., (Málaga, ca. 1590-Puebla, 1664). Maestro de Capilla en Cádiz desde 1629, quien se destaca por realizar un trabajo no musicalizado -lo que se llama a capella- del autor español José de Valdivieso (1560-1638). La obra fue una Ensaladilla de Navidad donde el trabajo polifónico vocal se intitula Las estrellas se ríen y que es un juego de cañas a 3 y a 6, donde se entonaban entre otros, los siguientes versos: 

Atabales tocan, suenan clarines,

y las cañas juegan los serafines.

Que bien entra su cuadrilla

que bien corre, qué bien pasa,

aparta, aparta, afuera, afuera,

que entra el valeroso amor

cuadrillero de unas cañas.[16] 

   La ensaladilla comienza advirtiendo que Porque está parida la Reina / corren toros y cañas juegan. A todo ello en lo particular nos imaginamos un gran cuadro, en la Plaza Mayor, o en el Volador, entonándose los dichos versos, o siendo interpretada por chirimías, atabales, sacabuches, flautas de pico. Ora espineta, viola da gamba, tromba marina; ora el rabel, ya la guitarra barroca o el laúd; ya la vihuela, los orlos o las bombardas…

   En el tendido soleado saludamos al capitán Don Alonso Ramírez de Vargas quien en su Sencilla Narración de las Fiestas Grandes por haber entrado D. Carlos II, q.D.g. en el Gobierno publicada en 1677, incluyó su famoso Romance de los Rejoneadores bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Peralta y Madrazo.

   Un afortunado encuentro con la reproducción de esta obra,[17] nos permite entender la magnitud de aquella celebración, por lo que considero importante recoger de dicha trascripción los datos más útiles para este trabajo.

ALONSO RAMÍREZ DE VARGAS_001

 De la colección de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

CIRCO MÁXIMO[18] 

FEROCES BESTIAS ERAN LAS QUE CONTENDÍAN en la arena de los anfiteatros, y particularmente el toro, sacrificado a Neptuno; así Silio Itálico;[19] 

Principio statuunt aras cadit taurus

victima Neptuno[20] 

Y Virgilio, Eneida 2: 

Lsocon ductus Neptuno forte Sacerdos

solemnes Taurum ingentem mactabat ad Aras. 

   Festivo empleo fue para el vulgar alborozo el juego de los toros, que con intermisión de mayores ostentaciones duró seis días.[21] Esta orden se observaba en los juegos circenses, dando lugar a la plebe para el vulgar regocijo, de donde también se llamaron plebeyos, sin dejar de ser grandes.

   Fue intimación de Su Excelencia a la acertada y siempre plausible disposición del señor don Fernando Altamirano de Velasco y Castilla, conde de Santiago, adelantado de las Islas Filipinas, señor de la Casa de Castilla y Sosa, inmediato heredero del marquesado de Salinas, como a corregidor actual desta Ciudad de México,[22] siendo único comisario de todas las fiestas que (con sus discretas ideas, partos nobilísimos de su magnanimidad generosa y vigilante anhelo, que acostumbra en el servicio de Su Majestad) sazonó la más grande, la más solemne pompa, dividida en muchas que vieron las pasadas edades y que pudieron calificar de insuperables los reinos más famosos. Con cuya resolución se escogió sitio bastante para la erección de los tablados, siéndolo la plazuela que llaman del Volador: ilustrada[23] por la parte del oriente con la Real Universidad; por la del poniente, con hermosa casería; por la del sur, con el Colegio de Porta Coeli, y por la del norte, con el Palacio. Ideóse la planta[24] por los maestros,[25] ejecutada en cuadro suficientemente proporcionado. Descollóse después a la altura competente, quedando fabricado un labirinto hermoso de madera, tan bien discernido y conmensurado en gradas, aposentos, escaleras, separaciones, toldos, puertas y descombramiento, que el menor ingenioso Teseo[26] (aun con la muchedumbre que los ocupaba), sin necesidad de conductores, los distinguiera, y sin auxilios industriosos, los penetrara. Fábrica tan conforme a la de los anfiteatros de los juegos circenses, que la hicieron una aun sus menores requisitos, según la descripción rigurosa de Lipsio y los demás autores, cuya contextura (oh, erudito lector) te pongo al margen para que no deseches el símbolo.[27]

   No se echó menos la plaza mayor para circo, que lo despejado y alegre de ésta se pudo adaptar, bien que no a la grandeza que la ilustraba; saliendo a ella desde el Palacio (que está contiguo) Su Excelencia,[28] asistida de los señores de la Real Audiencia, en su carroza que tiraban seis bien remendadas pías,[29] seguida de otras de su noble y virtuosa familia. Engrandeció Su Excelencia un tablado ricamente adornado, como suficientemente estendido, para que lo autorizasen los demás Tribunales; asignándole todos los asientos conforme a las dignidades y personas.

   Seguíase otro –no menos espacioso y aderezado- convertido en un hermoso jardín, mejor que los que hicieron célebre a Chipre, cuyo campo enriquecía fértil copia de racionales flores en cada matrona conyugal Vesta. Si no era bello multiplicado oriente de tantas auroras, cuantas eran las señoras que lo hermosearon –como las otras vestales que cuenta Lipsio-, ennoblecián con su asistencia los espectáculos.

   Ocupó otro tablado capacísimo, y con admiración vestido de ricas ataujías,[30] el muy ilustre, muy noble y docto Cabildo de esta metrópoli, cuyos sujetos llenos de méritos son dignos del más alto cayado, de la púrpura más eminente; celebrando el motivo de tanta fiesta y asistiendo a tan debidos aplausos.

   Continuábase en otro bien aliñado la Real Universidad, ilustrada de tan grandes talentos que puede competir con las mayores del orbe, con quien no le bastó ser antes a la de Atenas. No faltando tan grave concurso en los otros antiguos juegos, coafirma Quintiliano 15, In ludo fuit, Et fuerunt, Et Doctores, et Medici, Et Ministri.

   Señaláronse otros para los abogados, relatores y demás ministros de la Real Audiencia desta Corte.

   Otros para los Colegios, como el Real de Cristo, etcétera, que hasta en esta distribución y concurrencias se emularon estos juegos con los magnos o consuales, como admiró Tertuliano: Quod Colegia, quod Sacerdotia, quod officia moneantur.

   No estaba con menos aseo el circo o plaza, regada con tan menudo cuidado que el polvo se retiró humilde a la tempestad de lluvias con que los aguadores lo sujetaron, pagando en olor barrisco el ultraje de la repulsa; quizá por observar en esto la limpieza e industria con que se regaba en los anfiteatros con aquellas conducciones o fístulas que traen varios autores, y mejor al intento Séneca, Epist. 91: Num quid dubitas, quin sparsio illa quae ex fundamentis mediae, Arenae crescens in summam altitudinem, Amphiteatri per venir, cun intentione aquae fiat? Y Antonio Musa apud Senecam, qui sparsiones adoratos imbres dixit.

   Llenos ya los asientos con inumerable y vario concurso de la Ciudad y sus contornos, que a la fama de tanta fiesta incitó la curiosidad y trujo el deseo; acomodados de gratis los conocidos o con estipendio los estraños, a el alegre señuelo del templado sonoro metal para dar principio a los juegos.

   Attuba commisos media canit aggere ludos. Entró a despejar la plaza el señor conde de Santiago –como a quien tocaba por corregidor-; agobiando con su dispuesta gentileza la espalda a un bien formado bruto, con ferocidad hermoso y con reporte soberbio, excelencias que se las hacía parecer mayores la airosidad del impulso, la ocupación del dueño, que, procurando imitar su gravedad y denuedo, gallardeaba ufano una rica gualdrapa de negro terciopelo en cuyo campo se opuso para más gala lo blanco de unas randas o franjones de plata para que, resaltando con la guarnición lo atezado,[31] luciera, a pesar del color de su ventura, lo oscuro. Equivocó sagazmente lo caballero con lo ministro con un vestido de negro terciopelo aprensado a labores, que animaba su neutral aire con la perfecta disposición de cuerpo y talle; sobresaliendo a la noche del vestido los argentados celajes de los cabos bordados de menuda plata, hilada de la prolijidad para desempeño del arte. Brillaba sobre la segunda noche del sombrero todo un firmamento de estrellas de toda magnitud en un cintillo de diamantes, que los prohijara envidioso el Ceilán, partos de sus serranías por el oriente y pureza de sus fondos como por lo precioso de sus quilates. Asistíale por delante copia de inferiores ministros de vara, respetados cocos de la plebe, a quienes seguía el número de veinte y cuatro lacayos, vestidos de bien costosas y sazonadas libreas,[32] oculta casi la tela de un rico paño ala de mosca con lo recamado de la plata en randas escogidas para el intento por demás primor y aprecio. (Bandas de puntas de plata, cabos de lo mismo, que sobre anteado encendido se daba la mano uno y otro para mayor lucimiento; espadas al pavón argentadas). Sirviéndole de grave respecto dos pajes inmediatos al freno, vestidos garbosamente a la chamberga,[33] que eran el blanco del buen gusto. Con esta gala y señorío paseó la plaza, a cuya respetuosa y agradable vista –sin necesidad del amago, a la dulce violencia de su aspecto, descombrado el circo- sobró el de su garbo para despejo. Apenas desocupó la plaza, encaminándose al tablado dispuesto para la nobilísima ciudad mexicana, cuando haciendo reseña los clarines para que se echase toro, 

Iam placidae dan signa tubae iam sortibus ardes.

fumat Arena sacris. 

   Diose al primer lunado bruto libertad limitada, y hallándose en la arena, que humeaba ardiente a las sacudidas de su formidable huella, empezaron los señuelos y silbos de los toreadores de a pie, que siempre son éstos el estreno de su furia burlada con la agilidad de hurtarles –al ejecutar la arremetida- el cuerpo; entreteniéndolos con la capa, intacta de las dos aguzadas puntas que esgrimen; librando su inmunidad en la ligereza de los movimientos; dando el golpe en vago,[34] de donde alientan más el coraje; doblando embestidas, que frustradas todas del sosiego con que los llaman y compases con que los huyen, se dan por vencidos de cansados sin necesidad de heridas que los desalienten.

   Siguiéronse a éstos los rejoneadores, hijos robustos de la selva, que ganaron en toda la lid generales aplausos de los cortesanos de buen gusto y de las algarazas[35] vulgares. Y principalmente las dos últimas tardes, que siendo los toros más cerriles, de mayor coraje, valentía y ligereza, dieron lugar a la destreza de los toreadores; de suerte que midiéndose el brío de éstos con la osadía de aquéllos, logrando el intento de que se viese hasta dónde rayaban sus primores, pasaron más allá de admirados porque saliendo un toro (cuyo feros orgullo pudo licionar[36] de agilidad y violencia al más denodado parto de Jarama),[37] al irritarle uno con el amago del rejón, sin respetar la punta ni recatear[38] el choque, se le partió furioso redoblando rugosa la testa. Esperóle el rejoneador sosegado e intrépido, con que a un tiempo aplicándole éste la mojarra[39] en la nuca, y barbeando en la tierra precipitado el otro, se vio dos veces menguante su media luna, eclipsándole todo el viviente coraje.

   Quedó tendido por inmóvil el bruto y aclamado por indemne el vaquero; no siendo éste solo triunfo de su brazo, que al estímulo de la primera suerte saboreado, saliendo luego otro toro –como a sustentar el duelo del compañero vencido-, halló en la primera testarada igual ruina, midiendo el suelo con la tosca pesadumbre y exhalando por la boca de la herida el aliento.

   Ardió más el deseo de la venganza con el irracional instinto en otros dos, no menos valientes, que sucesivamente desocuparon el coso como explorando en el circo [a] los agresores, y encontrándo[se] con otros igualmente animosos y expertos; hallaron súbitamente a dos certeros botes,[40] castigado su encono y postrada su osadía, sirviendo tanto bruto despojo de común aclamación al juego.

   Admirado juzgó el concurso no haber más que hacer, así en la humana industria como en la natural fuerza, y a poco espacio se vio la admiración desengañada de otra mayor que ocasionó el expectáculo siguiente.

   Fulminóse a la horrible palestra un rayo en un bruto cenceño y vivo, disparando fuego de sus retorcidas fatales armas, a cuyo bramoso estruendo, opuesto un alanceador montaraz tan diestro como membrudo, a pie y empuñada una asta con las dos manos, cara a cara, le seseó con un silbo a cuyo atractivo[41] se fue el animal con notable violencia; y el rústico –prendiéndole el lomo con osadía y destreza, firme roca en los pies, sin apelar a fuga o estratagema- se testereó con él, deteniéndole con el fresno[42] por tres veces el movimiento, sin que el toro –más colérico cuanto más detenido- pudiese dar un paso adelante; tan sujeto que, agobiando[43] el cuerpo para desprenderse del hierro, se valió deste efugio para el escape, dejando al victorioso por más fuerte, que no contento aspiraba a más triunfo buscándole la cola para rendirlo, acompañado deotro, que con una capa –imperturbable- lo llamaba y ágil lo entretenía. Afijóse[44] en su greñudo espacio, y dando a fuerza de brazos en el suelo con aquella ferocidad brumosa, se le trabaron ambos de las dos llaves; y concediéndole la ventaja de levantarse, le llevaron como domesticado de aquella racional coyunda a presentar a Su Excelencia, con tanto desenfado que –ocupado el uno en quitarse la melena de los ojos- lo llevó sujeto el otro sin haber menester al compañero por algún rato; siguiéndose a esto, que caballero el uno sobre el toro, sin más silla que el adusto lomo ni más freno que la enmarañada cerviz, rodeó mucha parte de la plaza, aplaudidos entrambos con víctores y premios; siendo éstos muy parecidos a los tesalos, que concurrían en el Circo Máximo, como cuenta Suetonio Praeterea Thesalos equites, qui feros tauros perspatia circi agunt, insiliuntque de fesos et ad terram cornibus detrabunt.

   Ni paró el festivo juego sólo en la orgullosa fiereza de los toros, valor y maestría de los rejonistas (que fueron premiados con los mismos despojos de su brazo), sino que sirvió también de admiración entretenida ver a uno déstos correr una tarde no menos regocijada que las demás en un ligero caballo hijo del viento; y en el mismo arrebatado curso, saltar de la silla al suelo y del suelo a la silla por varias veces, ya a la diestra, ya a la sinistra, sin que le estorbase la velocidad al bruto ni el jinete le impidiese la carrera; ante sí lo paró y sujetó cuando quiso. Este ejercicio de agilidad conseguían felizmente los romanos, licionados en unos ecúleos[45] de madera; haciendo a bajar y subir sin tardanza en las escaramuzas y tumultos de la guerra, como toca Virgilio. 

Corpora saltu

subiiciunt in equos. 

   Y especifica Vegecio[46]: Non tantum a tironibus, sed etiam a stipendios is militibus salitio equorum districte semper est, exacta. Quem usum usque ad hanc aetatem, licet iam cum dissimulatione, peruenisse manifestum est. Equi lignei hieme sub tecto, aestate ponebantur in campo super hos iuniores primo inermes, dum cosuetudine proficerent, demun armati cogebantur ascendere. Tantaque cura erat ut non solum a dextris, sed etiam a sinistris et insilire, et dsilire condiscerent, e vaginatos etiam gladios vel contos tenentes. Hoc eim assidua meditationes faciebant scilicet ut in tumultu proelii sine mora ascenderent, quitam studiose excercebantur in pace. No despreciando esta prenda la grandeza de Pompeyo ni la majestad del César.

   De grande gusto y entretenimiento fueron las cinco tardes que duraron estos juegos plebeyos, ejercitados a uso deste Nuevo Mundo; pero de mayor estimación y aprecio para los cortesanos políticos [fue] otra, de las más plausibles que puede ocupar sin ponderaciones la Fama y embarazar sus trompas, en que a uso de Madrid, mantuvieron solo dos caballeros airosos y diestros en el manejo de el rejón quebradizo y leyes precisas de la jineta[47] en el caso: don Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos reinos en los preludios de su juventud, y don Francisco Goñi de Peralta, hijo deste mexicano país; dos personas tan llenas de prendas cuantas reconoce esta ciudad en las estimaciones que los mira. Y porque Polimnia significa la memoria de la Fama (según Diedma), cuidadosa de que las verdinegras ondas del Lete no escondieran en la profundidad del olvido los aseos robustos con que desempeñaron valientes la lid más trabada que las que admiró Italia (en sus espectáculos venatorios); pidiendo la venia al Délfico Padre,[48] pasó con invisible vuelo desde las amenas frescuras del Premeso hasta los sudores ardientes del circo cantando así: 

   A continuación, vienen los versos completos de lo que, a juicio de Alfonso Méndez Plancarte es el Romance de los Rejoneadores del propio Ramírez de Vargas.[49]

 1677 

Romance de los Rejoneadores.

 

Llegó el esperado día

de aquel planeta ligero,

que con la lira y las plumas

azota y halaga el cierzo,[50]

 

Cuando (al despeñarse el Sol

-faetón menos indiscreto,

Eridano más glorioso-[51]

hacia el húmedo reïno)

 

Salió (como siempre) el Conde,

y con novedad, supuesto

que salir como ninguno

era lucir como él mesmo,

 

en una viviente nube,

que preñada de su aliento

relámpagos fulminaba

en pies, en menos y en cuello;

 

Obediente al grave impulso,

templaba los ardimientos

y en sus mismas inquietudes

iba buscando el sosiego

 

Con el natural instinto;

sintiendo el garboso imperio,

(aun bulliciosa) aprendía

la gravedad de su dueño.

 

La copia de los lacayos

mendigo al número hicieron

y a cuantas fecundas minas

metales conciben tersos.

 

Entró a despejar la plaza;

pero fue un ocioso intento,

pues cuanto iba despejando

embarazaban sus siervos.

 

Y llevándose de todos

los ojos y los afectos

en sus atenciones propias,

quedaban con vista y ciegos.

 

Salióse, quedando el circo

tan regado y tan compuesto,

que juró obediente el polvo,

desde allí, de ser aseo.

 

La Palestra quedó sola,

donde entraron al momento

dos Garzones tan bizarros

en la gana y el denuedo,

que los envidiara Jove

para el dulce ministerio

mejor que al arrebatado

del Frigio monte soberbio.

Por hacer su mesa noble

escogió para copero.[52]

 

Gallardamente mandaban

dos vitales Mongibelos[53]

que en mal mordidas espumas

tascan[54] nieve y viven fuego.

 

Ocho lacayos delante,

costosos a todo resto

en gala, les servían

de admiración y respeto.

 

Aire y experiencia unían,

que caben a un mismo tiempo

como en el arte lo airoso,

en lo natural lo diestro.

 

Para contienda tan ardua

dieron el primer paseo,

asegurándose el triunfo

a vista de tanto objeto.

 

Sí, que bastaba el influjo

dimanado del primero

asumpto, pues si era Carlos

todo había de ser trofeos.

 

Diose la seña, y al punto

el coso a la lid abierto;

como quien en opresiones

cólera estaba haciendo,

 

…Salió un feroz Bruto, josco[55]

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Icaro[56] el atrevimiento;

 

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró amenazando el cerco;

 

Sí, que en la frente erigía

(mortal pronóstico siendo)

de los dos lunados rayos

el semicírculo negro;

 

La cola, encima del anca,

formaba desde su centro

una víbora enroscada

de más eficaz veneno.

 

A suerte los Contenedores[57]

su valentía tuvieron,

que alcanza mayor victoria

donde obra más el esfuerzo,

 

Y haciendo juguete airoso

de su furia y de su ceño,

con esperalle el cuidado

le castigaba el desprecio,

 

Hasta que precipitado,

en ondas de sangre envuelto,

deshecha la cera a rayos,[58]

llamáronle el Mar Bermejo.

 

Con lo demás fue lo propio:

domellados los descuellos,

que sólo la audacia noble

libró en el yerro el acierto.

 

…No tan rápido Jarama

se precipita soberbio

sobre el escollo más firme,

sobre el roble más entero,

 

Y con undosos bramidos

puebla el páramo de estruendo,

esgrimiendo en los cristales

sus dos retorcidos cuernos,

 

Y hechos pedazos sus vidrios

a heridas que le da el cerro,

ligero pasa, y pretende

sólo el escapar huyendo,

 

Donde encontrando la grama

parece que va paciendo

su esmeralda, recelando

los choques y los encuentros,

 

A cuyo valiente impulso

que allí le resiste opuesto,

sangre cándida derrama

por su enmarañado cuello:

 

Como cada fiero Bruto

que por lo bruto y lo fiero

se arrojaba a sólo ser

en tantas partes deshecho,

 

Cuantos eran los rejones

que fulminaban sangrientos

Peralta, escollo en la silla,

y Madrazo, bien puesto[59]

 

Roble, en cuya ardiente lucha

coral la cerviz vertiendo,

en Aquelóos[60] undosos

a los Brutos convirtieron…

 

Nunca estuvieron gravados

a la sujeción del duelo,

que no padece fortuna

el arte cuando es perfecto.

 

Aras le erijan los que

hicieron peligro el riesgo,

que sólo pueden los dos

hacer primor el empeño.

 

Purpúreo lo publicaba

el fresno herrado en fragmentos,

que siendo la astilla azote,

era consistencia el yerro.

 

…Curioso lector, aquí

con más atención te quiero:

verás aquesta vez sola

hacer gala lo sangriento.

 

Salió el robador de Europa[61]

mentido en un tosco gesto,

mostrando en valor y orgullo

lo fulminante y lo excelso.

 

Llamóle Madrazo, a cuyo

impulso, el rejón deshecho,

con quedar medio en la nuca,

voló al aire el otro medio.

 

Admiróse; mas Peralta,

viendo embarazado el centro

de la testa, en ambos lados

le dejó otros dos suspensos,

 

Tan igualmente quebrados,

con tal fortaleza impresos,

que un penacho de carmín

todos los tres parecieron,

 

Hasta que el Bruto, mirando

era, más que adorno, juego,

de plumaje tan pesado

quiso desasirse presto,

 

Y de la frente sañuda

los dos troncos sacudiendo,

despidió a encender los otros

allá en la región del Fuego.

 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

 

y -a ser la piel de Cartago-[62]

en cada animal horrendo

reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abeto…

 

No fueron menos los que

logró en su valor don Diego,

que el número es ceremonia

si lo supone el aliento.

 

No se le atrevieron todos,

que al amago sólo atentos,

recelando su rüina,

hicieron sagrado el miedo;

 

Viéndolo tan cortesano,

hipócritamente huyendo,

para obligarlo cobardes

se valieron del respecto.

 

La tarde, toda a porfía

hábito el tesón hicieron,

con tantos actos heroicos,

que les hizo agravio el tiempo,

 

Porque envidiosas las sombras

tendieron su manto denso,

pero no pudo la noche

estorbar sus licimientos.[63]

 

Los hipérboles cesaron

aquí, lugar no tuvieron;

sirvan allá discurridos

sólo al encarecimiento.[64]

 

   Terminó las métricas graves cláusulas Polimnia encomendado a la inmortalidad el aplauso y obligando al tiempo a hacer una caución juratoria de que, a pesar del desmedido inconstante vuelo, grabaría, en las imperceptibles alas, la perpetuidad de sus nombres. 

   De la Máscara grave, lucida sin imitación, costosa sin ejemplar, de la nobleza de México,[65] donde hubo durante las seis noches luminarias en medio de gran lucimiento, y demostraciones a caballo al grado de que: 

Su luz el Sol despeñó

entre lóbregos desmayos,

y como en el mar cayó,

todo el oro de sus rayos

sal y agua se volvió.

 

La noche quiso oponer

sus sombras al ardimiento,

y por no poderlo ver

a todo su lucimiento

se lo quiso obscurecer.

 

En fin, llegóse a apagar

en el piélago, que inquiere

ese ardiente luminar,

que cada día se muere

y vuelve a resucitar.

 

Cuando en el parque se vio

toda la caballería

y de allí a plaza salió

con tan grande bizarría,

que igualada se excedió.

 

De todos el gasto a posta

competía en el empeño,

y llegaron por la posta[66]

al puerto del desempeño

andando de costa en costa.

 

Tan bien puestos y ajustados

de la jineta a los modos

salieron con desenfados,

que con ser tan vivos todos

me parecieron pintados.

 

Bien a muchos esta vez

la brida les ajustaba,

y con igual interés

cada cual se acompañaba

con otro de su jaez.

 

Repartióse singular

un iris de mil primores

porque pudiesen campar,

que no es siempre avergonzar

esto de salir de colores.[67]

 

Cuatro les dio la fortuna

y el gusto sin elegirlas,

y con no escusar ninguna

al llegar a repartirlas

todos se hicieron a una.

 

Mas porque todos estéis,

oh, lectores importunos,

en el caso y lo admiréis,

fue la color de unos

blanca, como ya sabéis.

 

A otros cupo la encarnada,

y juraré por mi vida

que viéndolos a la entrada

con ser gente tan lucida,

fue aquésta la más gradada.

 

Mas si el purpúreo clavel

con artificio lucido

de aquéste forma un vergel,

ambar espira vestido

del blanco jasmín aquél.

 

Color muerto no lo ha habido

ni apagado en el decoro

de ejército tan lucido,

porque iba en ascuas de oro

el anteado[68] encendido.

 

Lo cerúleo es bien se apreste,

pues lugar al gasto dio,

y sacando ufanos éste,

en el azul se cumplió

lo de cueste lo que cueste.

 

El matiz estuvo raro

en su consono[69] esplendor;

mas si en mi elección reparo,

el azul fue lo mejor,

y lo digo por lo claro.

 

Escogidos con desvelos

fueron para la ocasión

todos cuatro sin recelos,

pero el azul sin ficción

me pareció de los cielos.

 

De dos en dos sin rumor,

compañeros en la gala,

salieron, y en el primor,

porque cada uno se iguala

con otro de su color.

 

Los lacayos de mil modos

vestidos iban galanes,

en diversos trajes todos:

esguízaros[70] y alemanes,

cimbrios, lombardos y godos.

 

Otros ricamente ufanos

con aplaudidos decoros

por de-sastres inhumanos,

siendo unos buenos cristianos,

iban vestidos de moros.

 

Con estudios placenteros,

cada lacayo se ensaya

en los trajes noveleros[71]

de los reinos estranjeros,

que el festín pasó de raya.

 

Otros vistieron después

la francesa con desgarro,

mas según el humor es,

porque un español bizarro

parecía mal francés.

 

De naciones esquisitas

ibas otros (embrazado

el arco, doy las escritas

aquí, que siempre he escusado

el poner al margen citas).

 

Vestidos de cortesanos

unos negros se veían

con crédito y altiveces

negros tan negros, que hacer podían

tórrida la Noruega con sus teces,

y blanca la Etiopia con sus manos.

 

Solo el traje del indio sobre

que ninguno lo ha vestido,

mas como vive entre el robre,[72]

lo dejó por escondido

o lo perdonó por pobre.

 

Dando a los ojos delicia,

cada librea acabada

salir pudo sin malicia

con el pleito de pasa

puesta en tela de justicia.

 

Fueron leales ambiciones

el sacar diversos trajes

de que sigan sus pendones,

rindiéndole vasallajes

al Rey todas las naciones.

 

Llegó lo rico y galante

a lo imposible –confieso-,

pues diciendo allí delante:

¿hay exceso semejante?

hubo semejante exceso.

 

Los brutos que a mi sentir

llegaron a gobernar,

con ellos no hay competir,

que frío se ha de quedar

el señor Guadalquivir;

 

Pues si dicen que a engendrallos

va allí el Böreas[73] sin sosiego

y nacen para admirallos

el regañón[74] y el gallego[75]

en figuras de caballos,

 

Acá, lozanos y prestos,

del fuego y aire que cruza

son partos graves, dispuestos,

aunque no tengan aquéstos

aquella estrella andaluza.

 

Que con una hacha saliera

el uno y otro a ordenalles

se vino, porque se viera;

y lucieron en las calles

por una y por otra cera.[76]

 

Con esta gala y decencia

para salir no se atrasa

de alguno la diligencia,

y yendo allá su Excelencia,

decían todos plaza, plaza.

 

Descrebilla será error,

aunque el precepto me incita,

porque fue de tal primor

su adorno, que necesita

de más ardiente orador.

 

Mas si al superior amago

un súbdito no sosiega

-aunque no veo lo que hago-,

parece que satisfago

con una obediencia ciega.

 

El palenque claro está

que bien enramado fue,

pues dirigido hacia allá

florecía a vista de

la Ribera de Alcalá.[77]

 

Dicha de nuestro horizonte

que en verdes floridas señas,

aunque lloren en el monte,

sólo allí estaban risueñas

las hermanas de Faetone.[78]

 

Veinte columnas no escasa

luz brillaban oportunas,

con quien la del Sol se atrasa;

sí, que tenía cada una

bien asentada su basa;

 

Pues donde llegó a rayar[79]

no hay ejemplar en ningunas,

muy bien se pueden llevar

el Non plus estas columnas,

que hasta allí pudo llegar.

 

Tanta luz, tanto farol

al circo se entró de tajo,

que en obsequioso arrebol

sin bastarías del Sol

el cielo se vino abajo.

 

Aun lo insensible de veras

gustos rebosó logrados

con sus luces placenteras,

que votivos los tablados

todos se hicieron lumbreras.

 

Y en el aplauso fiel

de asumpto tanto (que eternas

edades ciña el laurel)

innumerables linternas

hicieron mucho papel.

 

No admiró en su antigüedad

Roma tanta llama fina,

bien que sin voracidad,

que lo que allá fue rüina,

acá fue celebridad.

 

Y como se había bajado

a la plaza el firmamento

-de lucero amontonado

tanta copia-, a lo que siento,

era del cielo un traslado.

 

Sitio bastó a sus centellas

con tener más resplandores,

vanidad haciendo dellas,

porque bajar las estrellas

antes fue alzarse a mayores.

 

Trocóse el curso sucinto

del Sol al festivo amago,

y en tan raro labirinto,

siendo de santo distinto,

fue este día de Santiago.

 

Aquel airoso traslado

de su padre en lo lucido,

de sí mismo en lo ajustado,

el que es en todo medido

siendo tan Adelantado.

 

El que por luz superior

está al desengaño asido,

el que anda con fino ardor

de sí propio corregido

para ser Corregidor.

 

Pintarle no he de escusallo,

antes el deseo crece,

sólo podré dibujallo

cuando pintado aparece

el Conde sobre un caballo.

 

Aunque el afecto a mi ver

me lleva, corto he de andar

porque esto que llego a hacer

no es pintar como querer,[80]

sí, querer como pintar.

 

Atiende al pincel más rudo

en tan altas perfecciones,

oh lector, yo no lo dudo,

que sólo el objeto mudo

está llamando atenciones.

 

Garboso el talle, el brazo descuidado,

suelto a el aire, que el mesmo se hacía,

pues si diestro dos veces lo ejercía,

iba en ocios galantes ocupado.

 

Nunca siniestro el otro era entregado

al gobierno de un céfiro que ardía:

un tordillo galán, a quien había

uno y otro elemento organizado.

 

El rostro grave bien que descubría

visos lo afable con lo serio unido,

haciendo opuestos consona armonía.

 

En todo tan discreto y tan lucido,

que de su imperio, gala y bizarría

hasta el bruto se dio por entendido.

 

En tan cándidos empleos

de los colores que dio

para sí, por más trofeos

la divisa que eligió

fue el blanco de sus deseos.

 

Y porque fuera perfecto

a la majestad que exhala

el fausto (que bien electo),

fueron los cabos de gala

y el vestido de respeto.

 

Pero a decir me acomodo

que uno solo lo igualaba

en la grandeza, en el modo,

en las libreas, que en todo

vivero[81] le acompañaba.

 

Y porque fuera imperfecto

este borrón material,

sólo bosquejarlo aceto,[82]

que quedara desigual

a no hacerle este soneto.[83]

 

Iba de el Valle el Conde esclarecido,

honor de los Viveros generoso,

en un bridón, aborto[84] prodigioso,

de su misma violencia detenido.

 

Por boca y narices, encendido,

desahogar quisiera lo fogoso,

y hace –al tascar el freno imperïoso-

copos de espuma el alacrán[85] mordido.

 

Por la falta de el anca y por la cumbre

del bien crinado cuello, demostraba

nieve en sudor de su ardiente pesadumbre.

 

El fuego en sus quietudes ocultaba;

y viendo nieve expuesta, oculta lumbre,

era el volcán, sin duda, de Orizaba.

 

Cada lacayo, un brinquiño,[86]

parecía sayagués,[87]

vistiendo -¡qué lindo aliño!-,

la pureza del armiño

que tan celebrada es.

 

Con aquesta majestad

fueron capitaneando

la nobleza y la lealtad,

y hasta la brutalidad[88]

iba de gusto danzando.

 

Los clarineros sin tretas

por delante engalanados,

vistiendo galas tan netas,

iban todos muy hinchados,

siendo unos pobres trompetas.[89]

 

Entraron con gran placer

en la plaza, y no cabía,

del concurso, a mí entender,

un alguacil, que no había

donde echar un alfiler.[90]

 

Nuestro Visorrey, que espera

tanta pompa, alborozado

celebra al Rey, que en su esfera

es de un Príncipe el cuidado

y es el afán de Ribera;

 

Él, que por alta moción,

del redil con la influencia,

del gobierno con la unión,

es dos por jurisdicción

y único por Excelencia.

 

Cada Licurgo[91] ajustado

no tenía más negocio

que el objeto celebrado,

pues, sirviendo en el cuidado,

le festejan en el ocio.

 

Asistían sus anhelos

con los demás Tribunales,

viendo en sus leales celos

de Ministros los desvelos

vueltos en fiestas reales.

 

De matronas se seguía

un oriente en un tablado

donde el Sol amanecía,

y a excesos multiplicado

hicieron la noche día.

 

A tanta vista, a atención

tanta, la Real presencia

viendo en representación,

se iban acercando con

muchísima reverencia;

 

Tanta que, sin ser desaire,

las hachas con que lucían

en tan garboso donaire,

viendo con el que la hacían,

se las apagaba el aire;

 

Mas fueron sostituidas

de joyas en cada broche,

y en todas tan excedidas,

que nunca se vio la noche

con tinieblas más lucidas.

 

Prosiguieron el paseo

con tal serie y prevención,

que en el discreto rodeo

no vio el militar empleo

tan bien dispuesto escuadrón.

 

Esta pompa repitieron

otro día[92] cuando el coche

del Sol[93] más templado vieron,

que tanto asumpto quisieron

celebrar de día y de noche.

 

Esta tarde hizo alarde

del gusto la bizarría;

mas quisiera no cobarde

que así fuese cada día,

pero no de tarde en tarde.

 

Hasta las nubes por ver

tanta fiesta –alborotadas

del susto, aunque de placer

como estaban tan preñadas-

se les antojó llover.

 

Cuyos húmedos efectos

gustaron, que así lo fragua

lo franco; y en los sujetos,

calabobos[94] no era el agua,

antes fue cala discretos;

 

Que intentaron destruir

las libreas brilladoras

y cuanto vino a lucir,

porque galas tan señoras

no volvieran a servir.

 

Ningunos[95] se detuvieron

ni llegaron a encubrir,

pues tan nobles anduvieron

que sin reboso[96] lucir

y sin máscara pudieron.[97]

 

   Esto es parte de una gran pieza poética que, en muchas ocasiones de fiesta quedó como testimonio de importantes conmemoraciones, conservada en la memoria del siglo XVII, mismo que comienza a mostrar pequeñas pero definitivas modificaciones en el curso de un espectáculo que durante el siglo que nos congrega, vivirá cambios telúricos definitivos.


[1] Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

[2] Ángel Ma. Garibay K: Mitología griega. Dioses y héroes. México, 5ª edición, Editorial Porrúa, S.A., 1975. XV-260 p. (“Sepan cuantos…”, 31)., p. 117.

Helicón: montaña de Beocia, la más alta de c. 1890 ms. Se halla entre el golfo de Corinto y el Copais. Tiene en su cumbre un santuario a las Musas, en una de las cañadas superiores.

Abajo está Ascra, patria de Hesiodo. Está la fuente de Hipocrene, que brotó a una coz de Pegaso, y que es la fuente de inspiración para los poetas.

[3] Pegaso: caballo alado, nacido de la sangre de Medusa. Un estudio profundo al respecto de este solo tema, lo aborda Guillermo Tovar de Teresa en: Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII. México, Editorial Vuelta-Ediciones Heliópolis, 1993. 99 p. Ils.

[4] Ovidio: poeta romano.

[5] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 30.

Aganipe: hija del río Permeso, ninfa de las aguas. Era la que custodiaba la fuente que de ella tomó nombre en el monte Helicón, y que era el sitio de reunión muy grato a las musas.

[6] Atlante o Atlas: gigante hijo de Júpiter que por haber ayudado a sus compañeros contra su padre fue condenado a soportar al mundo en sus espaldas.

[7] Fénix: la famosa ave que se incendiaba y renacía.

[8] Teseo: príncipe griego que venció al Minotauro.

[9] Cástor y Pólux: Los dióscuros, hijos de Zeus y de Leda.

[10] Ninfas: diosas de las aguas y los bosques.

[11] Narcisos: hijo del río Cefiso, de tan notable belleza, que se enamoró de su imagen.

[12] Adonis: griego amado por Venus, modelo de la belleza juvenil.

[13] Ib., p. 154-156. De la Relación de las Reales Fiestas por  los Felices Años de Carlos II…, del Pbro. Br. D. Ignacio de Santa Cruz Aldana México., Hereds. De Juan Ruiz, 1677.

[14] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz, o Las Trampas de la Fe. 3ª. Ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 673 p. Ils., retrs., fots. (Sección de obras de lengua y estudios literarios)., p. 82, 327, 407-408.

[15] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos… (Primera parte: 1621-1721), op. Cit., p. 94.

[16] José María de Cossío: Los toros en la poesía castellana. Argentina, Espasa-Calpe, 1947. 2 vols.Vol. II., p. 56-57.

[17] Dalmacio Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la literatura novohispana (1650-1700). Prefacio de José Pascual Buxó. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1998. 280 p. (Estudios de Cultura Literaria Novohispana, 13)., p. 193-232.

[18] Francisco J. Flores Arroyuelo: Del toro en la antigüedad: Animal de culto, sacrificio, caza y fiesta. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, S.L., 2000. 153 p. Biblioteca Nueva. (Colección la Piel de toro, dirigida por Andrés Amorós, 11)., p. 95. Los primeros juegos romanos o magni, hechos por disposición de Tarquinio tras tomar al asalto la ciudad de Apíolas, comenzaron a celebrarse anualmente en los Idus de septiembre, y con una duración de cuatro días, que más adelante fue ampliada a siete, y por último a secuencias mayores, en el circo que se construyó en el valle que corría entre las colinas del Aventino y Palatino, y al que se le dio en apropiada correspondencia el nombre de máximo, aunque estos juegos, según parece, vinieron a sustituir, magnificados, a otros que se desarrollaban en el Capitolio en honor de Júpiter Ferestrius hechos por iniciativa de Rómulo.

[19] Op. cit., p. 210.

[20] Silio Itálico: Tiberio Cacio Asconio Silio Itálico (c. 26-c101 d.C.), poeta latino autor de Púnica, el poema latino más extenso.

[21] Antonio de Robles asienta que el lunes 16 (de noviembre) se empezaron a jugar toros por la entrada del rey en el gobierno (duraron seis días).

[22] Fernando Altamirano de Velasco: tercer sucesor del mencionado título. Fue corregidor de la Ciudad de México de 1675 a 1677.

[23] Ilustrada: ilustrar: engrandecer o ennoblecer.

[24] Planta: figura que forma sobre el terreno la cimentación de un edificio.

[25] Maestros: arquitectos.

[26] Teseo: alusión al pasaje donde Teseo logra escapar del laberinto de Creta gracias al hilo que le proporcionó Ariadna.

[27] Símbolo: la analogía o comparación: cualquiera cosa que por representación, figura o semejanza nos da a conocer o nos explica otra.

[28] Fray Payo Enríquez de Ribera: fue arzobispo de la Nueva España de 1670 a 1681; y, al mismo tiempo, virrey de 1673 a 1681.

[29] Pías: pía: el caballo u yegua cuya piel es manchada de varios colores.

[30] Ataujías: adornos hechos de oro, plata u otros metales embutidos unos con otros con suma delicadeza y primor, y con esmaltes de varios colores.

[31] Atezado: lo que tiene color negro.

[32] Libreas: vestido uniforme.

[33] A la chamberga: con casaca ancha cuya longitud pasaba de las rodillas.

[34] En vago: en vano: sin el sujeto u objeto a que se dirige la acción, y así se dice golpe en vago.

[35] Algarazas: alborozo. Algaraza: ruido de muchas voces juntas, pero festivo y alegre.

[36] Licionar: aleccionar, enseñar.

[37] Jarama: región de España famosa por la bravura de sus toros.

[38] Recatear: evitar.

[39] Mojarra: muharra: el hierro acerado que se pone en el extremo superior del asta de la bandera.

[40] Botes: golpes fuertes. Botes de lanza o pica: el golpe que se da o tira con la punta de alguna de estas armas.

[41] Atractivo: que lo llama.

[42] Fresno: sinécdoque de lanza.

[43] Agobiando: encorvando. Agobiar: inclinar o encorvar la parte superior del cuerpo hacia la tierra.

[44] Afijóse: se plantó.

[45] Ecúleo: artefacto que semeja a un caballo.

[46] Vegecio: Flavio Vegecio Renato, escritor latino del siglo IV d.C. Autor de un Epitome rei militaris.

[47] Jineta: cierto modo de andar a caballo recogidas las piernas en los estribos.

[48] Délfico Padre: Apolo.

[49] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos… (Segunda parte: 1621-1721), op. Cit., p. 102. “El juego de Toros… duró seis días”; y uno de ellos, “a uso de Madrid, mantuvieron solos dos Caballeros, airosos y diestros en el manejo del Rejón quebradizo y leyes precisas de la Jineta…: D. Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos Reinos, y D. Fco. Goñi de Peralta, hijo de este Mexicano país”…

[50] Cierzo: viento del norte frío y seco.

[51] Faetón: …Eridano, hijo de Océano y Tetis e identificado con el río Po, recogió a Faetón –hijo de Apolo que condujo el carro del Sol- después de que Júpiter lo fulminara.

[52] Al que arrebatado…: alusión a Ganimedes, joven que fue raptado en el monte Frigio por Júpiter y que en el Olimpo se desempeñaba como copero de los dioses. Los dos últimos versos de esta estrofa fueron suprimidos por Méndez Plancarte, quizás para formar dos cuartetas propias del romance.

[53] Dos vitales Mongibelos o Etnas: los caballos fogosos.

[54] Tascan: muerden. Tascar el freno: mordar los caballos o mover el bocado entre los dientes.

[55] Josco: hosco: se aplica al color muy oscuro que se distingue poco del negro, pero también “llamamos toros hoscos los que tienen sobrecejos oscuros y amenazadores, que ponen miedo”.

[56] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 144.

Icaro, Icario: hijo de Dédalo. Cuando su padre fabricó una máquina para volar y evadir la prisión en que le había puesto Minos, le hizo sus alas de armazón de madera y cera. Y le recomendó que no volara tan alto que el sol le derritiera la cera y viniera abajo, ni tan bajo, que humedeciera el mar sus alas. No hizo caso el joven y se encumbró, con lo cual sus alas se deshicieron y cayó en el mar, llamado más tarde Icario por razón de su historia.

[57] Contenedores: los rejoneadores. Contenedor: el opuesto o contrario en la pelea, lidia, disputa o contienda con otro.

[58] Hasta que precipitado…: Ícaro: el que voló tan alto con las alas de cera, que el Sol se las derritió, precipitándolo al mar.

[59] Puesto: Méndez Plancarte enmienda opuesto, quizá para completar el octosílabo.

[60] Aquelóos: numen fluvial, padre de las sirenas, trocado de río en toro para luchar contra Hércules, quien le arrancó un cuerno, que fue el de la abundancia (Ovidio, Met. 9, 80-8) y aquí la opuesta metamorfosis: los toros, al desangrarse, tórnanse ríos.

[61] Robador de Europa: El mentido robador de Europa (Góng. Soled. I, 2), es Júpiter disfrazado de toro, y aquí dejando ver en él lo fulminante y lo excelso.

[62] Piel de Cartago…: Dido, para fundar su Ciudad, compró el terrero que abarcara una piel de toro; mas no lo cubrió con ella, sino lo cercó con finísimas correas, logrando amplia extensión… (Eneida, I, 368).

[63] Licimientos: lucimientos.

[64] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 218-222; Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721) Parte segunda, op. Cit., p. 91-92.

[65] Ibidem., p. 222. Miércoles 25, día de Santa Catalina, fue la máscara de los caballeros; salieron como doscientos cincuenta hombres; las libreas fueron tan buenas que no hay ejemplar desde que se descubrió México que se había mejorado; pasó por la calle de San Bernardo a las ocho de la noche y fue a la Inquisición a las Nueve.(Diario, 205).

[66] Por la posta: la prisa, la presteza y la velocidad en que se ejecuta alguna cosa.

[67] Salir colores: salir los colores al rostro: por empacho, vergüenza o corrimiento.

[68] Anteado: especie de color dorado bajo.

[69] Consono: en consonancia: conveniente, correspondiente, concordante y conforme con otra cosa.

[70] Esquízaros: suizos.

[71] Novelero: amigo de las novedades, ficciones y cuentos.

[72] Robre: roble.

[73] A engendrallos / va allí el Bóreas: Boreas, hijo de Astreo y de Eos, es dios del viento del norte. Engendró con Harpía velocísimos caballos.

[74] Regañón: el viento septentrional [norte] por lo molesto y desabrido que es.

[75] Gallego: el viento cauro [noroeste] porque viene de la parte de Galicia.

[76] Cera: acera.

[77] Ribera de Alcalá: fray Payo fue catedrático de teología en Alcalá.

[78] Las hermanas de Faetone: las Helíades, quienes lloraron amargamente por la muerte de Faetón, y fueron transformadas en álamos.

[79] Rayar: sobresalir y distinguirse entre otros.

[80] Pintar como querer: de los que a su modo fingen y cuentan las cosas como quieren.

[81] Vivero: el conde del Valle de Orizaba, “el principesco señor de la casa de los Azulejos”.

[82] Aceto: acepto.

[83] Este soneto: lo reprodujo Méndez Plancarte con el título de “El Caballo del Conde del Valle de Orizaba” Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721) Parte primera, op. Cit., p. 92.

[84] Aborto: se toma frecuentemente por cosa prodigiosa, suceso extraordinario y portento raro.

[85] Alacrán: pieza del freno de los caballos, a manera de gancho retorcido.

[86] Brinquiño: estar hecho un brinquiño: frase que se aplica y dice del que es muy prolijo o aseado en su modo de andar y vestir y que se precia de galán y compuesto.

[87] Sayagués: apodo de grosero y tosco, porque los de Sayago lo son mucho.

[88] Brutalidad: los caballos.

[89] Pobres trompetas: expresión con que se desprecia a alguno y se le nota de hombre bajo y de poca utilidad.

[90] Alfiler: en germanía, policía.

[91] Licurgo: famoso legislador de Esparta.

[92] Jueves 26, volvió a salir la máscara por la tarde, y entró en la Plaza, y corrieron los caballeros delante del señor virrey y audiencia (Diario, 205).

[93] Coche del Sol: alusión al carro del Sol, que conducía Apolo.

[94] Calabobos: lluvia menuda.

[95] Ningunos: adj. indefinido que antiguamente solía usarse en plural.

[96] Rebozo: embozo.

[97] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 222-230.

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Archivado bajo EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS

PROCLAMACIÓN DEL MONARCA CARLOS IV EN VALLADALID (HOY MORELIA).

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Habiendo cumplido un primer ciclo que comprendía el acopio de diversas noticias taurinas, registradas entre los siglos XVI al XVIII, el propósito ahora es ir mostrando, quizá en forma aleatoria o conforme vayan apareciendo también, otro tipo de informes o descripciones que permitan entender el desarrollo del espectáculo en diversos años de aquel periodo que significó la consolidación de un sistema político, económico, religioso y cultural de enorme importancia, el cual con el paso de los años, también acabó por agotarse, al punto de que fue necesaria la presencia de todo un conjunto de nuevas condiciones para emanciparse del viejo régimen.

   Por tal motivo, uno de los primeros documentos con que este ejercicio se ha encontrado es la Gazeta de México, en cuyo número 32, y fechada el 26 de abril de 1791, se incluye una interesante descripción de hechos, relacionada con la proclamación del monarca Carlos IV, misma que fue aderezada de infaltables festejos que incluyeron las infaltables corridas de toros, entre otras demostraciones que por entonces se acostumbraban. Dado lo interesante de su contenido, me parece muy apropiado traerlo hasta aquí, destacando en el mismo las conmemoraciones ocurridas en la Provincia de Michoacán. Para ello ha de respetarse en la medida de lo posible el tipo de escritura que se acostumbraba, lo cual significa salvar algunos posibles “errores” ortográficos o de redacción que, entrados en desuso, podrían causar cierta confusión. Sin embargo, su contenido es el que posee toda aquella esencia con la que pretendo seguir avanzando para que este propósito siga reuniendo los nutrientes básicos que nos proveen de informes como los que podremos leer a continuación.

 Gazeta de México, tomo IV, Núm. 32, pp. 301-307, 26 de abril de 1791.

 Valladolid Marzo 15

 Relación de las Fiestas con que celebró esta Ciudad la feliz Proclamacion de Nuestro Católico Monarca Señor D. CARLOS IIII.

 La Provincia de Michoacán, que desde los primeros tiempos de la conquista de estos Reynos manifestó quan agradable le era la subordinación a los Reyes Católicos, haciendo el Rey Calzonzi los más voluntarios rendimientos al Señor Don Carlos V, entonces gloriosamente Rey de España, continúa y continuará siempre en estas manifestaciones, así lo acreditan las expresiones que esta su Capital de Valladolid, sin embargo de sus ningunos fondos ha hecho en lo presente feliz Proclamación de nuestro amado Soberano el Señor DON CARLOS IIII, y conociendo que no haría mucho aunque más encarecidas; pues si tuvieron aquel voluntario reconocimiento los Señores naturales del Pais, ¿qué mucho que empeñen sus obsequios y manifestación de su regocijo los que ya no sólo son Españoles por su vasallaje, sino también por su naturaleza y origen?

Efectivamente, luego que se recibió la Cédula de S. M. para que pudiese en Real nombre levantar Estandartes, comenzó el Ayuntamiento a tratar sobre asunto tan grave; y como por la cortedad de sus Propios no hallase caudal alguno para hacer visibles sus justos regocijos, el Alférez Real renunció por su parte toda ayuda de costa, y el Ayuntamiento acordó que a sus propias expensas se erogasen los gastos, sin más auxilio que lo que produxese la Plaza de toros y funciones teatrales, teniendo este por un pequeño tributo de aquellos a que es acreedora la Majestad.

Dióse cuenta al Exmo. Señor Conde de Revilla Gigedo Virrey de este Reyno, y habiéndolo aprobado su Superioridad, contribuyeron los Regidores, cada uno con lo que a su parte tocaba, para el desempeño de estas funciones: y continuando en tomar las providencias oportunas, se acabo de allanar todo, explicando su zelo el Alcalde Provincial Don Isidro Huarte con tomar la comisión de corridas de toros y Comedias, franqueando el dinero necesario, y desando al del Procurador general lic. Francisco de la Riva, y Mayordomo de la Ciudad D. Francisco de la Ravia las pinturas de Casas Reales, su iluminación, y adorno de Reyes de Armas, de manera, que si los Regidores no lograron el honor de hacerlo todo a sus expensas, fue por el oportuno manejo que tuvo a este fin su Comisionado.

A consequencia de las medidas tomadas por el Ayuntamiento, y zelosas providencias y Bandos de gobierno, en que brilló el talento, acierto y zelo del Señor Intendente D. Juan Antonio Riaño, se pintaron hermosamente todas las casas de las calles que habían de servir de carrera para el Paseo, y se abvirtió en todos los Vecinos de esta Ciudad tal júbilo, que al no haber faltado tiempo, luego que se señaló el día para la Real Proclamación, ni ser tan corto el número de los Pintores, no hubiera quedado por pintar ni aun la más despreciable casa de los retirados barrios de la Ciudad.

Las luces eran casi infinitas en toda ella; pero en las calles de la estación se distinguían considerablemente las Casas del Ayuntamiento, la Iglesia Catedral, el Palacio del Illmo. Sr. Obispo, y Casa de Alférez Real D. Joseph Bernardo de Foncerrada. A las primeras las hacía vistosísimas a más de su exquisita pintura, numerosa iluminación de candilejas, fanales y achas de cera, la hermosa y bien pintada Perspectiva de orden dórico, que se puso dirigida por el Señor Intendente, para que sirviese de fachada al Tablado, en que baxo de dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro estaban cubiertos los Retratos de SS. MM., pues esta tenía un hermoso y bien pintado arco sobre pedestal correspondiente, con diversos jeroglíficos y alusiones muy propias, coronándolo todo más Estatua que representaba a nuestro Augusto Soberano: el cortinaje era también de terciopelo carmesí galoneado de oro, los gallardetes muchos pendientes de las azoteas, y una cortina con las Armas Reales excelentemente pintada. Todo estaba de muy fino gusto, y manifestando qual había sido su dirección.

A la segunda sus misma arquitectura le abría paso para su lucimiento; porque estaban iluminadas sus largas cornisas; sus elevadísimas torres, sus grandes portadas, y todas las demás partes son susceptibles de luces, a que se añadía un gran número de banderas y cortinas de terciopelo carmesí galoneado de oro, presentaban un conjunto armonioso, que servía de encanto a la vista.

El tercero, a más de su crecida iluminación de cera y candilejas, y lucido y costoso cortinaje de terciopelo carmesí galoneado de oro, tenía una elevada Perspectiva de orden jónico, en que se encendieron quantas candilejas se pudo, y en su mucho trabajo, buena pintura, y versos alusivos a la solemnidad del día, se conoció muy bien la lixendad y zelo de quien lo dedicaba.

La del Alférez Real presentaba un objeto tan agradable, que arrastró en su favor el aplauso público. Estaba primorosamente pintada, y a mas de tres mil y doscientas luces que la hermoseaban, tenía crecido número de achas de cera en todos sus balcones, especialmente en los del medio, de donde se voló el tablado que sirvió para el tercer acto de Jura, y en donde estaban los Retratos de SS.

MM. Sus colgaduras eran de damasco carmesí; y como las paredes se cubrían con espejos y otras diversas invenciones formadas de cornucopias de cristal, todas cubiertas de candilejas, presentaban una multiplicación de luces, que así por la materia como por la configuración, formaban un todo que llenaba la pública expectación.

Tenía a más de esto una hermosa Perspectiva, que excedía la altura de la casa, en que estaban doce columnas de orden compuesto sobre correspondientes pedestales. En el intercolumpio que correspondía a su medio se abrió un hermoso arco, y en las enjutas se colocaron dos figuras que se representaban la Agricultura y el Comercio. Las quatro columnas del centro estaban abrazadas por un frontispicio, en que se puso esta Inscripción:

A CARLOS IIII

Y LUISA DE BORBÓN

JOSEPH BERNARDO DE FONCERRADA

En el cuerpo que cargaba sobre las columnas se pusieron dos estatuas que representaban el Amor y la Gratitud. En el medio y coronándolo todo estaban otras dos, que representaban a SS. MM.

En los intercolumpios laterales estaban dos puertas, y encima dos medallas de baxo relieve. En la una se figuró la Jura de Artaxerxes, y en la otra la de Asuero poniendo a Ester en su trono. Sobre los macizos de los dos ángulos estaban a la mano derecha las estatuas de Asia y África, y a la izquierda la de Europa y América. Sobresalía a la Perspectiva un competente tablado rodeado de un hermoso barandal, desde donde se hizo el tercer acto de la Proclamación. En el arco que estaba abierto en el intercolumnio de en medio se pusieron los dos Retratos de SS. MM. en dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro, y cubiertos con una cortina de tisú del mismo metal, y delante de esos Soberanos objetos estaban colgado tres hermosas arañas de plata encendidas de cera, y que haciendo cuerpo con las achas, se mantuvieron las tres noches de iluminación. Pendían de las azoteas hermosos y bien pintados gallardetes, y en medio de ellos una bandera de damasco carmesí con el Escudo de Armas Reales. En fin nada se ahorró al obsequio con que querías tributar a sus Soberanos los fieles deseos del Dueño.

En la tarde del día 12, después de haberse congregado en el Ayuntamiento, se separó este del señor Intendente, dexandolo acompañado con los Ministros principales, Repúblicanos, Gefes de Oficitivas y Cuerpo de Oficialidad, y paso baxo de mazas a la Casa de Alférez Real. Este salió servido de ocho Lacayos con el Real Estandarte, fabricado a todo costo y a sus expensas, y los Reyes de Armas, y se incorporó entre los dos Alcaldes Ordinarios, volviéndose con él el Ayuntamiento, llevando delante a los Gobernadores de Naturales de esta República, y un buen piquete de Dragones; y a la retaguardia un excelente golpe de música de instrumentos bélicos, otro de la misma Tropa, y cerrando el coche del Alférez Real tirado de seis caballos con otros enjaezados que llevaba de respecto.

Desmontándose todos frente a las Casas de Ayuntamiento, subieron por su escalera principal hasta la entrada del Tablado, donde estaba el Señor Intendente, y allí habiéndole entregado el Alférez Real el Estandarte, lo introduxo en el Tablado, y puso en el lugar correspondiente. En él se executó el primer acto de la Real Alférez Real Don Joseph Bernardo de Foncerrada, que desde allí arrojó porción de monedas acuñadas, y una fuente de plata, hecho todo a sus propias expensas. Pasado este acto se descubrieron los Reales Retratos, con cuya vista deshogó el Pueblo sus efectos con infinitos vivas y aclamaciones. El público regocijo se aumentó con el general repique de campanas de todas las Iglesias, las descargas de la Tropa y pedreros de la Ciudad, sin que la multitud de gentes, así de moradores como de forasteros, hubiese causado el más leve desorden, pues toda estuvo atenta a las zelosas providencias de quien la mandaba.

Pasado este acto salió el Ayuntamiento y toda la comitiva, que se componía de cuarenta y seis Caballeros a caballo ricamente enjaezados, (sin incluir los Gobernantes de Naturales de esta República) precedida de un piquete de Dragones, y siguiendo todos los demás en el orden que ya está dicho, y fueron hasta el Tablado, que se formó por parte de la N. C. frente al Palacio del Illmo. Señor Obispo, adornado como correspondía.

En él se verificó el segundo acto de la Real Proclamación, y concluido, volvió el Alférez a tirar porción de monedas y otra fuente de plata, en cuyo tiempo el Illmo. Señor Obispo echó desde sus balcones muchas monedas corrientes. Se descubrieron allí los retratos de SS. MM. con cuya vista repitió el Pueblo la manifestación de su regocijo con reiterados vivas y nuevas aclamaciones.

Concluido este acto se ordenó el Paseo hasta la casa del Alférez Real, donde fue la tercera Proclamación, y allí volvió a esparcir otra porción considerable de monedas y otra fuente de plata. Se descubrieron los Retratos de SS. MM. y al ver estos soberanos y amables objetos el Pueblo, reiteró sus inmensos vivas, y manifestó su sensible regocijo con sus repetidas encarecidas expresiones de júbilo. Volvióse a ordenar el Paseo, y por las calles que estaban señaladas se regresó hasta las Casas de Cabildo, donde se desmontaron y entraron todos, entregando a la entrada el Tablado el Alférez Real el Estandarte al Señor Intendente, quien lo puso allí en un pedestal de plata, y duró hasta concluirse los tres días de la iluminación, del mismo modo que había estado antes en el Tablado de la Casa del Alférez Real. Fenecidos de esta manera los tres actos de Proclamación, volvió el Ayuntamiento con los demás Convidados a dexar al Alférez Real en su Casa.

Este ya tenía dispuestos dos hermosos salones, tirando varias paredes de su Casa, para que la mucha gente del concurso hallase capacidad bastante, y pudiese disfrutar de las demostraciones con que quería manifestar su lealtad y regocijo de los Soberanos. En el uno, que estaba magníficamente adornado con cornucopias, arañas y deseres de plata, dio un exquisito y explendido refresco al Ayuntamiento y demás Cuerpos que concurrieron, y en él hubo tanta opulencia, delicadeza y abundancia, que nada tuvo que extrañar el buen gusto.

Concluido el refresco se trasladaron las Damas y todos los concurrentes al otro salon, en el que resplandecía el más fino gusto y primor, pues a mas de sus hermosas columnas y tapices finos, lo hacia brillar el crecido número de luces, teniendo a más de varias cornucopias nueve arañas, todas de cristal. Siguió el bayle, que duró hasta la media noche, con la seriedad y decoro correspondiente, alegrándolo todo una numerosa y bien acogida orquestra de instrumentos bélicos y de cuerda, que vinieron algunos aún de Lugares bastante distantes de esta Ciudad.

El día 13, a las nueve de la mañana, después de haberse congregado la N. C. en las Casas Reales, mandó una Diputación y el Escribano por el Alférez Real, los que se incorporaron en el Ayuntamiento, y se ordenó su salida para la Santa Iglesia Catedral.

Verificóla presidido por el Alférez Real, y luego que llegó a las puertas de la Iglesia lo recibieron dos Señores Capitulares y dos Capellanes de Coro, y lo condujeron hasta dejarlo en sus asientos acostumbrados. Comenzó la función, en la que predicó el Señor Magistral Dr. D. Ildefonso Gómez, Sugeto cuya literatura lució completamente en este lance por su eloqüente, juicioso y erudito Sermón. Toda la función tuvo una magnificencia que jamás se ha visto, pues sin embargo del conocido esplendor de esta Santa Iglesia, para este día se pintó de nuevo, y no contentándose con su propia y lucida orquestra, hizo que se solicitaran de otras partes y a toda costa voces e instrumentos sobresalientes de toda clase, de modo, que de justicia se le debe conferir que echó el resto en esta función, y que en ella nada tuvo que (envidiar) ni el buen gusto ni el esplendor. Acabada la función se retiró el Ayuntamiento acompañado de los mismos Señores Capitulares y Capellanes, hasta las puertas de la Santa Iglesia, y luego que llegó a sus Casas Reales, retiradas las Mazas, volvió a dexar a su Casa al Alférez Real.

Este obsequió al Ayuntamiento y demás Convidados con un exquisito y espléndido refresco en la misma sala y mesas, y con no inferior gusto y delicadeza que el día anterior.

En la tarde del mismo día manifestaron varios de los Gremios su amor y fidelidad a nuestro Soberano sacando un lucido Carro con invenciones hermosas y alusivas al plausible asunto que causaba sus alegrias, y llevando dentro de él Personas vestidas con mucha oportunidad, y entre ellas una que representó una bien ordenada Loa, así enfrente de las Casas Reales como en las demás partes donde estaban los Retratos de SS. MM. Entre los Gremios que salieron este día se distinguió mucho el de los Sastres, pues todos escoltaron el Carro montados en caballos de brazos bien enjaezados y con ricos aderezos, de modo que manifestaban su particular regocijo, presentando al Público un delicioso Paseo.

En el día siguiente comenzó la Corrida de toros en un famoso Anfiteatro erigido por la N. C. la que continuó hasta el Sábado 5 de este, que fue el último día, alternándose en los que no eran de toros doce Comedias, que duraron hasta el día de Carnestolendas.

En la noche del día 14 repitió el alférez Real en su Casa un magnifico refresco, a que continuo el sarao, que solo se interrumpió el tiempo de la cena (que se sirvió con abundancia y simetría) y duró hasta otro día a las once de la mañana. En este sarao brilló todo quanto puede desear el buen gusto, concurriendo ochenta y seis Damas ricamente vestidas, y se bailaron contradanzas hasta de veinte y seis parejas. La orquestra se componía de quantos instrumentos caben en un eficaz y costosa diligencia; pero sobre todo lo que hizo esta función más plausible fue los incesantes vivas al Rey, que llenarán para siempre de gloria a la Casa en que se tributaron.

En la noche del día 11 hubo a expensas del Alférez Real unos lucidísimos fuegos compuestos de quatro árboles, varios gigantes navíos, armados, corredizos, y otros artificios, que dieron aquella noche mucha diversión al Público.

En la siguiente se quemó un gran castillo por parte de la Santa Iglesia Catedral, y en la sucesiva costeó los fuegos la N. C. que se compusieron de quatro excelentes árboles, diversas ruedas, armados, y muchos voladores, con los que tuvo el Pueblo un agradable espectáculo, sin que hubiese la menor desgracia.

En la tarde y noche del Domingo 20 sacaron los otros Gremios un vistosísimo Carro con ideas y alusiones muy propias, representando Loas en los parages ya mencionados, todas llenas de encomios muy propios y debidos a SS. MM. Los Plateros y Pintores, los Obrageros, Silleros y otros Artesanos fueron los que costearon esta obra, ayudándolos libremente el Alférez Real, y sacaron Paseo como el antecedente, que excedió a lo que pudiera esperar el Público atendida la cortedad de sus proposiciones.

No satisfecho el Alférez Real con sus anteriores y costosas demostraciones en honor y aplauso de nuestro Católico Monarca, proyectó otras que cediesen en obsequio y justa celebridad de la Reyna

nuestra Señora.

Estas fueron formar quatro quadrillas de los Sujetos de la primera distinción y brillantes de esta Ciudad, cada una de ocho individuos y con diversa vanda que le sirviese de distintivo. Una llevaba vanda blanca, otra amarilla, otra verde, y otra encarnada; y como iban guiados de dos Capitanes, que lo fueron el Regidor perpetuo Joseph Joaquín de Iturbide y el Honorario D. Joseph María Sagazola, llevaban cada uno de estos la suya compuesta de los dos colores que eran distintivos de sus quadrillas. El Alférez Real hizo de Padrino de todas, y como tal su vanda se componía de los quatro colores, con los que se presentó al Público una vista muy agradable Formadas las quadrillas, y guiadas por el Alférez Real, entraron en la Plaza de toros las tardes de los días 26 y 27, y en ella corrieron cañas, e hicieron otras varias figuras y evoluciones con tanta destreza y lucimiento, que no hubieran salido mejores aun con muchos meses de exercicio. En la primera tarde, en una formación en batalla, gritó el Alférez Real un Viva al Rey, al que correspondieron todas las quadrillas, y después del inmenso número de los expectadores. En la segunda gritó un Viva la Reyna, a que se correspondió en los mismos términos, llenando con esto a la Plaza de tal alegría, que se hubiera tenido por singular gloria poderla poner delante de los preciosos ojos de nuestra Augusta Reyna. Los palmeteos y vivas fueron infinitos; y aunque con ellos se encendía el fuego de los caballos, no se erró alguna evolución, y sólo sirvió para aumentar hermosura a las parejas, y dar más lucimiento a la destreza de los que gobernaban.

Pasados estos dos apreciables actos, y con la misma dedicación a la Reyna nuestra Señora, dio el Alférez Real otro excelente sarao, que sólo se interrumpió el rato de la cena, en el hubo la misma abundancia de viandas y delicadeza que en las funciones antecedentes. A esto precedió un abundante refresco, y duró el sarao hasta las quatro de la mañana. Fueron incesantes los vivas al Rey nuestro Señor y su Real Familia; pero como esta funcion se dedicó en aplauso de la Reyna nuestra Señora, se terminó tocando la orquestra un excelente Viva, que estaba compuesto a este fin.

El regocijo del Público se aumentó con las orquestras que se pusieron en los tablados de las Casas del Ayuntamiento y las del Alférez Real, con la singularidad de que sin embargo de ser tan numeroso el concurso de la Plebe, parece que toda estaba llena de ideas de honor y dedicada únicamente a celebrar la Proclamación de nuestro Augusto Soberano, pues no hubo en estos días la menor desgracia ni desorden que turbase el juicio y tranquilidad, que en todo sirvió como de evidente señal de su regocijo y leal complacencia.

Pareciendo pocas todas estas demostraciones, así el Ayuntamiento como al Alférez Real, en comparación de las que quisieran hacer en obsequio de nuestro Soberano, y para inmortalizar la memoria de día tan feliz, tratarán luego que se desembarazen las Plazas de erigir Monumentos públicos en que se perpetúe la Real Proclamación; que aunque perecederos, por ser, materiales deleznables, les procurará añadir duración el costo, la diligencia y los fieles deseos de los que sacrifican.

El primero será una espaciosa Fuente, cuyo dibuxo se consiguió de México por el zelo del Señor Intendente, quitando la antigua que ha estado sirviendo en la Plaza mayor de esta Ciudad. Su diámetro es de diez y seis varas; sus juegos de agua varios y exquisitos; su arquitectura del mejor gusto; y encima de la columna, de los módulos correspondientes a la obra, se pondrá una Estatua que represente al Rey nuestro Señor, con una inscripción sencilla que acuerde siempre a los posteriores el día de su dichosa Proclamación Este es el Monumento que dedica el Ayuntamiento, con expresión tan encarecida, que quando trató este asunto, el Alguacil mayor D. Matías Antonio de los Ríos dixo, hablando por los ausentes, que si algunos no pudiesen contribuir a una obra tan gloriosa, estaba pronto a dar de su caudal la parte que tocase a los otros. Este es en fin el Monumento que consagra el Ayuntamiento al Rey nuestro Señor, a quien quisiera poner más allá de la jurisdicción de los siglos, y en el que presenta al Público el licor más hermoso de la naturaleza, creyendo que le serán para siempre favorables sus aguas, como bebidas en la que puede llamarse Fuente de la Fidelidad.

El segundo será otra Fuente, que asimismo tributa a los Reyes nuestros Señores el Alférez Real D. Joseph Bernardo de Foncerrada, y se pondrá en la plazuela de San Juan de Dios. Esta tendrá ocho varas de diámetro, según el dibujo que también consiguió de México el Señor Intendente con proporción a los tamaños de la plazuela: su arquitectura será fina; diversos sus juegos de agua; y la columna de su medio rematará con una Medalla que lleve en el anverso los Bustos del Rey y la Reyna nuestros Señores, y en el reverso las Armas Reales, poniendo en uno y otro lado unas inscripciones propias, así para perpetuar la memoria de la feliz y Real Proclamación, como para inmortalizar el que la dedica la gloria que tiene de ser su Vasallo.

Nada bastaría a sus fieles deseos para demostrar a los Soberanos su justísima fidelidad, y el inexplicable honor que ha tenido en proclama al Rey nuestro Señor, y por último desahogo quisiera que se gravara en este Monumento el glorioso renombre de Fuente del Amor y la Gratitud.

Estas son las leales expresiones que los Vasallos Vallisoletanos han dedicado a los Reyes nuestros Señores, cuyas Reales Personas miran como un benéfico rasgo de la hermosa Naturaleza. Su Soberano autor detenga la Historia de tan feliz Reinado, como que será señal de su duración: y haga que se multipliquen más y más las ideas, cuya sucesión es inevitable medida del tiempo, para que los futuros vean prolongadas por siglos las vidas preciosas de los mejores Reyes CARLOS QUARTO y LUISA DE BORBÓN.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. DE 1804 AL MOMENTO DE LA INDEPENDENCIA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

 Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[1]

    Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   No hay mucho que decir. El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[2]

    A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

   Ahora bien, en buena parte de los espectáculos que se celebraron por aquellos años, ya fue un común denominador la presencia de ciertos elementos complementarios o parataurinos denominados “Mojigangas”, las que, a lo largo del siglo XIX lograron posicionarse en lugar especial hasta el punto de ser elemento fundamental que ya no pudo faltar en muchos festejos taurinos. De ahí que convenga aclarar algunos datos al respecto, mismos que he tratado en otro trabajo de mi autoría: Las Mojigangas: Aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX. Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas Nº 29. México, 1998-2001. 201 p. Ils., fots., retrs. (Inédito), y en sus p. 5-6 apunto lo siguiente:

 Mojiganga: Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo pasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan vasto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

   Finalmente en este lento acopio de información, y del cual se va alcanzando la culminación, al menos en esta etapa, todavía aparecen un par de datos que tienen que ver con documentos que se generaron a partir de pretextos festivos que los mismos se alcanzan de publicitar, los cuales ocurrieron en 1804. Veamos.

 Larrañaga, Bruno Joseph De. Poema heroyco en celebridad de la colocación de la estatua colosal de bronce de nuestro católico monarca el Sr. D. Carlos Quarto, Rey de España y Emperador de Las Indias, por D. Bruno Joseph de Larrañaga, Tesorero Mayordomo de la N. C. de México. Con las licencias necesarias.[México]: En la oficina de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, año de 1804. 10 p.

 Cantos de las musas mexicanas con motivo de la colocación de la estatua equestre de bronce de nuestro augusto soberano Carlos IV.México: Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1804. 138 p.

    En próximas entregas, me adelanto en dar un breve avance de lo que será esa otra etapa de Aportaciones…, tengo prevista una serie de registros a los cuales pretendo dar el tratamiento más apropiado para su correcto uso e interpretación, puesto que provienen básicamente de la prensa de aquellas épocas, sobre todo del último cuarto del siglo XVIII. Por fortuna, van apareciendo, y aunque por el momento parecen no dar un paisaje razonado sobre el comportamiento de la tauromaquia por aquellas épocas, un buen y conveniente antídoto es, como ya lo adelantaba en otros trabajos, la afortunada aparición de un libro imprescindible: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores, del Doctor en Historia Benjamín Flores Hernández, y cuyo contenido es un andamiaje perfecto para entender no sólo un segmento del siglo también conocido como “de las luces”, sino de un siglo dieciocho en su totalidad. Me será muy útil para entender acciones y reacciones, pues un estudio de esa naturaleza –puedo adelantarme a decir-, no lo había en México. Quizá se trate del primero que se haya concebido con propósitos muy concretos.

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Don Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez era entusiasta aficionado a los toros, pero también un “don Juan”, pues esta señorita torera le quitaba el sueño.

Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 12. “Señoritas toreras”.


[1] Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 263.

[2] Benjamín Flores Hernández: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México)., p. 111.

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