EL ESPEJO ENTERRADO: O DE COMO DESCUBRIR LA OTRA CARA DEL TOREO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Carlos Fuentes a sus ochenta y pico de años es hoy por hoy, uno de los autores mexicanos con reconocimiento universal indiscutible. La interminable lista de títulos publicados y sus ediciones en otros tantos idiomas, dan idea de la supremacía que alcanza el creador de, entre otras muchas obras de La región más transparente, Aura o Artemio Cruz.

   En su vasta producción, hay un título que me gustaría comentar desde la perspectiva taurina. Se trata de El espejo enterrado.[1]

   La visión del novelista metido a historiar acontecimientos del pasado, para ponerlos al servicio del presente, roza las fronteras de una realidad que solo le es concedida a unos cuantos, mismos que nos privilegian con sus visiones llenas de metáforas, y en cuyos adentros -el propio Fuentes- va entretejiendo historias que ocurrieron, historias concretas de dos mundos que se miran, se oponen, se deben uno al otro. España en el viejo mundo, México en el nuevo, en el que se descubre algo totalmente distinto y que va a cobrar un significado en sentidos diversos. Me refiero a la expansión territorial que abarca a México y buena parte de lo que hoy en día es el continente americano. A la proyección terrenal de la evangelización que superó un politeísmo de las más diversas escalas. Y después, asimilado todo el sentido de la conquista, comienza ese verdadero descubrimiento de las riquezas que ofrece América a una España que tras el esplendor de Carlos V, y Felipe II se tambalea en manos de Felipe III.

   La navegación por historias del más diverso tenor se mece en un inteligente vaivén que surca los siglos de una íntima relación entre España y México (con virajes constantes hacia la historia universal también), hasta llegar a nuestros días, pero sin olvidar un tema común para ambas naciones y que Fuentes supo abordar inteligentemente desde el comienzo de sus notas.

   Don Carlos se revela como aficionado a los toros, en cuya opinión destaca todos los significados e ingredientes que se prepararon para incorporar una profunda herencia, que devino tradición secular. ¿Cómo ocurre dicha incorporación o acercamiento? Desde mi modo de ver, bajo el carácter de resentimiento que late aún varias capas abajo de nuestra identidad ya definida. Para esto nos dice el autor:

 Vista por algunos como una virgen inmaculada, por otros como una sucia ramera, nos ha tomado tiempo darnos cuenta de que nuestra relación España es tan conflictiva como la relación de España con ella misma: irresuelta, a veces enmascarada, a veces resueltamente intolerante, maniquea, dividida entre el bien y el mal absolutos. Un mundo de sol y sombra, como en la plaza de toros. A menudo, España se ha visto a sí misma de la misma manera que nosotros la hemos visto. La medida de nuestro odio es idéntica a la medida de nuestro amor. ¿Pero no son éstas sino maneras de nombrar la pasión?

    La visión con que descubre la presencia torera con toda su intensa y descarnada realidad convive con un juego de odios y de amores oscilantes desde el comienzo mismo de toda nuestra historia. Sus encuentros permanentes con los artistas españoles reafirman las ideas de todo aquello que pervive en el toreo, viva muestra de un viejo ejercicio que se resiste a morir, compartiendo con la modernidad llevada a su extremo cibernético. Por eso nos dice que una constante española es

 la capacidad para hacer de lo invisible visible, mediante la integración de lo marginal, lo perverso, lo excluido, a una realidad que en primer término es la del arte.

 Y todo eso se alcanza a aplicar en la fiesta brava, la fiesta de los toros. Una fiesta moldeada a partir de influencias ibéricas, celtas, griegas, fenicias, cartaginesas, romanas, godas, árabes y judías. No ignora la mitología que ya ve salir por la puerta grande a Teseo, vencedor del minotauro. Sin embargo, llegamos a la parte nodal de su exposición. Nos habla del sacrificio del toro como la “hendedura de una de las más antiguas ceremonias de la humanidad: la muerte ritual del animal sagrado”.

   Lo que durante siglos ha sido asunto de disputas fue establecido desde su génesis misma: el sacrificio del toro es y tiene una orientación hacia el rito, en que el toro es la figura protagónica. Figura en permanente relación con otro ritual: la religión.

    En la plaza de toros el pueblo se reúne, en lo que una vez fue un rito semanal, el sacrificio del domingo en la tarde, el declive pagano de la misa cristiana. Dos ceremonias unidas por el sentido sacrificial, pero diferentes en su momento del día: misas matutinas, corridas vespertinas. La misa, una corrida iluminada por el sol sin ambigüedades del zenit. La corrida, una misma de luz y sombras teñida por el inminente crepúsculo.

    Y nos dice sin alardes que el toreo alcanzó niveles de organización hacia el siglo XVIII, que tienen sus personajes un poder emblemático similar al que se respira en Holywood. Que la corrida autoriza una arrogancia y exhibicionismo sexuales. Una tesis fascinante es aquella donde describe al matador como un “príncipe mortal”, puesto que “La corrida de toros es una apertura a la posibilidad de la muerte, sujeta a un conjunto preciso de normas” y que ocurre bajo la profundidad de una ceremonia. Y se propone ampliar con sus ideas el sentido de lo que es “cargar la suerte”, la cual

 consiste en usar con arte la capa a fin de controlar al toro en vez de permitirle que siga sus instintos. Mediante la capa y los movimientos de los pies y el cuerpo, el matador obliga al toro a cambiar de dirección e ir hacia el campo de combate escogido por el torero. Con la pierna adelantada y la cadera doblada, el matador convoca al toro con la capa: ahora el toro y el torero se mueven juntos, hasta culminar en el pase perfecto, el instante asombroso de una cópula estatuaria, toro y torero entrelazados, dándose el uno al otro las cualidades de fuerza, belleza y riesgo, de una imagen a un tiempo inmóvil y dinámica. El momento mítico es restaurado: el hombre y el toro son una vez más, como en el Laberinto de Minos, la misma cosa.

    Las teorías y los tratados se vinieron abajo al solo encanto poético que se despide de una apreciación que casi nos quiere decir: así es el amor, así se entrega el amor.

   La del toreo es una ceremonia trágica donde se evoca “nuestra violenta sobrevivencia a costa de la naturaleza”. Y toda esa gran ceremonia convive -como ya se ha mencionado- con aquella otra donde el carácter religioso va de aquí para allá como una sombra inseparable.

   Y bien, en recorrido meteórico apenas si se ha podido abordar parte de la magistral obra de Carlos Fuentes que no soslayó a la apasionante y polémica fiesta brava.

   El espejo enterrado de Carlos Fuentes, es un libro imprescindible.

   No puedo dejar de mencionar que el propio Fuentes fue invitado a ser pregonero en la feria de Sevilla en febrero del año 2003 para lo cual preparó un texto, publicado por la Universidad Nacional.

1957. En la foto aparecen, de arriba abajo:

Rafael Ruiz Harrel, Manuel Osante López, Carlos Monsiváis,

Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Fuentes, José Enrique Moreno

de Tagle y Javier Wimer Zambrano.

La Jornada. La Jornada de enmedio,

 martes 11 de noviembre de 2008.


[1] Carlos Fuentes: El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 440 pp. Ils., retrs., maps. (Colección Tierra Firme).

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