MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO. TERCERA PIEZA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Entre las bondades que puede tener esta herramienta llamada “internet”, y en la compleja como exhaustiva navegación que uno puede trazar, con el consiguiente riesgo de “horas-nalga” (perdón, pero es que no hay frase más correcta y verídica que esa) que se pasan frente a la computadora, resulta que en una página de arte, raros especímenes que se convierten en aliento espiritual indispensable, pude encontrarme con la reproducción de un óleo que recrea desde otra mirada la visión que un artista puede tener del toreo.[1] Generalmente existe la creencia de que sólo hay un puñado de “grandes artistas” del pincel que han hecho época en el mundo de los toros, y hasta nos perdemos en que son los imprescindibles de la tauromaquia, cuando muchos de sus trazos y hasta su exposición temática se convierten en lugares comunes.

   Pero al encontrarme con “Aprendices de torero”, supe que el modernismo no se había esfumado sin antes dejar testimonio de una evidencia taurina. Dicha obra no la describiré, pues no tengo el conocimiento para ello. En todo caso, son más que oportunas las visiones que al respecto nos deja James Oles:

Manuel González Serrano (1917-1960)

Aprendices de torero, 1948.

Óleo / Madera. 60 x 80 cm.

En un lote baldío en los suburbios de la ciudad, cinco jóvenes juegan a ser toreros. Cuatro sostienen telas rojas mientras que el quinto está a horcajadas sobre un palo que sostiene el cráneo de un toro. A la derecha, un oscuro muro manchado proyecta una sombra sobre el suelo; a la izquierda una extraña construcción sin ventanas, con estatuas alegóricas arriba de la cornisa enmarca la escena. Detrás del muro sobresalen unas ramas deshojadas y construcciones de acero igualmente esqueléticas que se elevan entre los edificios más antiguos. A la distancia se observa una plaza de toros con arcadas debajo de un horizonte montañoso. Aunque los detalles podrían referirse a lugares reales de la ciudad de México, la escena es más teatral de lo que parece a primera vista. En La ventana (ca. 1952, colección particular), de este mismo artista, la cornisa del edificio también está coronada por una escultura, donde parece hacer referencia al pasado colonial o decimonónico. Tanto las estatuas como los jóvenes y la exagerada perspectiva recuerdan las obras de Carlos Orozco Romero (Sueño, colección Blaisten) y de Juan Soriano (Paisaje lírico, 1949-1951, colección particular). Asimismo, en el fondo del retrato de Rubén Salazar Mallén de 1949 (colección Ricardo Pérez Escamilla) hay esqueletos de acero similares, aunque también nos recuerden de la famosa película Los olvidados de Luis Buñuel, de 1950, donde los nuevos edificios modernistas del campus de la UNAM sirven como símbolos utópicos de progreso, contraste irónico con la violencia que los jóvenes protagonistas infligen y aguantan. Aunque más lírica, esta imagen de González Serrano también plasma jóvenes atrapados entre el pasado y el presente, bajo el manto de la marginación. Las escenas taurinas fueron un tema importante para los artistas europeos desde Manet hasta Picasso, pero en el siglo XX nadie fue tan prolífico como Carlos Ruano Llopis (1878-1950), un ilustrador español cuya obra apareció en innumerables carteles, incluyendo los publicitarios que se colocaban en la antigua Plaza de toros de la “Condesa” en la década de los años cuarenta. Sin embargo, las representaciones del toro mismo son escasas en la historia moderna del arte mexicano, por su asociación con la hispanofilia conservadora más que con el nacionalismo “progresista”. Entre los pocos paralelismos directos con la pintura de González Serrano son el cuadro de Antonio Ruiz (La capeada, 1936, colección desconocida) y una fotografía de Lola Álvarez Bravo que muestra a dos jóvenes toreando (Novilleros, ca. 1945), obras que también realzan el juego más que el ritual.[2]

    José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Raúl Anguiano, y otros ARTISTAS mexicanos, incluyeron -como Manuel González Serrano- los toros en su obra. Haya sido por encargo, haya sido como un reflejo de su posición –a favor o en contra-, o porque formaba parte de sus aficiones, el hecho es que podemos disfrutar de una buena legión de hacedores que por fortuna rompen con los fuertes atavismos que se forjan alrededor de unos pocos nombres, que se han vuelto referencia, pero no son verdaderamente los que irrumpen en forma tan sorpresiva como ha ocurrido al ingresar a una más de las salas de esta galería taurina terminando aquí su gozoso recorrido.

 14 de febrero de 2011.


[1] James Oles, Arte moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autonóma de México, 2005.

[2] http://www.museoblaisten.com/v2008/indexEsp.asp?myURL=paintingSpanishFondo&numID=5705

Esta página tiene un gran valor no sólo estético, sino didáctico. Nos guía a quienes somos “neófitos” en materia de diversas expresiones del arte y con la brevedad en sus interpretaciones, cosa que se agradece, termina uno comprendiendo el valor estético de muchos creadores mexicanos, desde los siglos virreinales y hasta nuestros días.

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