IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. REVELADO Nº 11: ¡¡¡BAJAN!!!

IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. REVELADO Nº 11: ¡¡¡BAJAN!!!

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Es la tarde del 11 de octubre de 1908. Impresionante caída de “latiguillo”[1] que sufrió el picador apodado “Veneno”. Eran los años heroicos de principios de siglo XX mexicano. Se trata de la plaza de toros “El Toreo” de la colonia Condesa. Más datos, no me los pregunten, porque no los tengo. Sin embargo, la imagen nos presenta una dura realidad de lo intenso que podía llegar a ser ese tercio de varas, donde la cabalgadura no contaba todavía con el agregado del peto, protección que fue implantada en nuestro país hasta el 12 de octubre de 1930.

   El resultado del tumbo fue un “batacazo”[2] de “órdago”,[3] aspecto que evitó, en la medida de lo posible el espada Antonio Boto “Regaterín” y las infanterías que también aparecen atentas. Los toros de esa jornada pertenecieron a Santín, y según lo que relata la crónica aparecida en el Sol y Sombra, año XII, del 19 de noviembre de 1908, Nº 656, es que “nos convencimos de que en esa vacada empieza a faltar la sangre y el poder”.

   Más adelante EL RESERVA, que es el responsable de la nota, dice que entre todos los toros (que fueron siete) tomaron veintinueve varas, a cambio de once tumbos (el de la imagen es uno de ellos) y siete “mosquitos”[4] despanzurrados.

   Me parece que hoy día simplemente no podríamos soportar escenas como estas, superadas, por fortuna, por la aplicación certera y serena de elementos propios de la civilización, capaces de mejorar un conjunto de imágenes que fueron terribles y que aquellas generaciones de aficionados fueron capaces de tolerar.

   Las crónicas taurinas que, desde el último tercio del siglo XIX comenzaron a aparecer aisladamente por un lado. Y luego con una buena carga de rechazo por otro en diversos periódicos nos dan cuenta de que, para que una corrida fuera buena, era necesario que murieran buena parte de los caballos adquiridos para el efecto. Cierta parte de la bravura se medía en función de ese factor, pero también se utilizaba el “limoncillo” y no la punta piramidal de hoy día, que además ya está complementada con la cruceta. Por tanto, el efecto del “limoncillo” daba por resultado que la acumulación de puyazos se multiplicara considerablemente, junto con la de caídas, tumbos y caballos destripados. A eso, también es preciso puntualizar que los picadores se hicieron de una práctica que los llevó a convertirse en verdaderos dominadores, hecho que se corroboraba por la sencilla razón de que si defendían una cabalgadura, y además salían con dicho caballo en más de dos tardes, esto significaba que su capacidad no sólo estaba en dar puyazos, sino en el manejo de las riendas, y el de una correcta ejecución de la suerte, al grado de que, aquellos caballos, montados por estos personajes, salían vivos no sólo en una, sino en dos o hasta más tardes.

   Ocho días más adelante, y en el semanario La Fiesta Nacional, año V, del 24 de noviembre de 1908, Nº 234, dando cuenta del festejo ocurrido el 18 de octubre, FESTIVO, el “reporter” y corresponsal de aquella emblemática publicación madrileña, apuntaba:

   “La suerte de varas, una de las más hermosas en el toreo, ha sido injustamente relegada, y sin embargo, apenas si tiene importancia en las corridas! De esto no debe culparse al público, que siempre aplaude las buenas varas y censura las malas con acritud, sino a los piqueros, que a fuerza de marrullerías y entregar caballos, han conseguido que se mire casi con repugnancia lo que debía levantar un montón de palmas, si al ejecutarlo lo hicieran como el arte lo manda y no según los consejos de Santa Jinda. Todas estas reflexiones son debidas a que, cosa rara, hoy hemos visto un piqueros que, ansiosos de palmas, señaló los altos en seis ocasiones, picó con un palmo de palo y procuró siempre salvar al caballo, cosa que deben comprender los pincha ratas, es en ellos un deber, aunque en los tiempos que corren parezca lo contrario. Veneno, que es el piquero a que me he venido refiriendo, tiene afición y conocimientos; pero aquella debieran tenerla todos los que toman el arte de picar como profesión, y estos (los conocimientos), los llegarían a tener sólo por la afición, que casi nada es imposible al hombre de voluntad. Pero plumas más bien cortadas que la mía han hablado en vano sobre este asunto; así es que después de felicitar a Veneno, entraré de lleno en mis funciones, puesto que seguir sería ·hablar en un desierto”.

   En el próximo Revelado… podremos apreciar el detalle a que me he referido al citar aquella parte de la puya denominada “limoncillo”, para lo cual he tenido la fortuna de hallar un auténtico “garbanzo de a libra”.


[1] Dícese de la caída del picador que, por efecto de la acometida del toro, es arrojado del caballo por la grupa y choca contra la arena de espaldas a todo lo largo de su cuerpo.

[2] Golpe fuerte y con estruendo que dan los picadores cuando caen.

[3] Locución adjetiva coloquial que se refiere a lo extraodinario o aquello fuera de lo común.

[4] Término coloquial de aquella época con que se podía describir a los caballos, jamelgos no siempre en buenas condiciones, y más de uno en famélicas condiciones, de ahí que la comparación con el mosquito lo diga todo.

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