INUSITADO ENCUENTRO CON IGNACIA RUIZ: TORERA Y ATRACANTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES., 6.

 INUSITADO ENCUENTRO CON IGNACIA RUIZ: TORERA Y ATRACANTE.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Detrás de este retrato, que es uno de los cientos, quizá miles que recogen los registros penitenciarios de la segunda mitad del siglo XIX mexicano, se encuentra la afortunada mujer que un día probó la gloria de manera efímera y hasta compartió las palmas con el más importante torero que desarrolló fuerte hegemonía por cincuenta años. Me refiero a Bernardo Gaviño, quien vistió el traje de luces la friolera de 721 ocasiones según la más acabada revisión que he realizado al respecto de su trayectoria profesional. A continuación presento una muestra de auténtica curiosidad, que será el motivo del presente análisis.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 19 de febrero de 1865. Dos arrogantes toros de Atenco por la cuadrilla de Bernardo Gaviño y mojigangas como la travesura campestre de tres toros para el coleadero, entre otros entretenimientos.

   El programa dice:

“1º.-Dos arrogantes toros de Atenco por la cuadrilla de Bernardo Gaviño.

“2º.-La lid de un becerro por la compañía de mujeres, el que después de picado, banderillearán a caballo “La Limeña”, en competencia con Ignacia Ruiz “La Barragana”.

“3º.-El segundo becerro, después de picado, será banderilleado por Victoriana Gil, parada en una silla. Enseguida se lanzará el becerro y será jineteado por la ranchera Antonia Gutiérrez.

“4º.-Se procederá a la gran travesura campestre de tres toros para el coleadero.

“5º.-Lidia del tercer toro de muerte por la Cía. de Gaviño.

“6º.- y último.-Toro embolado”.[1]

    Es una lástima que quien un buen día alcanzó el reconocimiento popular, otro lo cambiara por el desprecio que la sociedad tuvo al encontrarla culpable de robo. La que un día se integró a la interesante relación del protagonismo femenino en los toros, sumándose a nombres como los de: Victoriana Sánchez, Dolores Baños, Soledad Gómez, Pilar Cruz, Refugio Macías, Ángeles Amaya, Mariana Gil, María Guadalupe Padilla, Carolina Perea, Antonia Trejo, Victoriana Gil, Antonia Gutiérrez, María Aguirre “La Charrita Mexicana” y la española Ignacia Fernández “La Guerrita”, a lo largo de la segunda mitad del siglo antepasado, no es ahora más que una simple y desgraciada delincuente que tiene que dejarse retratar, cubrir con el rebozo la poca o mucha vergüenza que podía mostrar ese rostro moreno, de rasgos indígenas y cuyo nombre y remoquete juntos, recuerdan el de alguna célebre suripanta o “margarita” decimonónica dedicadas a las muchas y variadas formas de ejercer el efecto del amor…, aunque fuera comprado.

   Identifíquese.

   Me llamo Ignacia Ruiz, me dicen “La Barragana”

   Estoy aquí por robo. Apenas unos pocos años atrás probé fortuna en los toros, aunque sin demasiada suerte, pero la vida me ha llevado por senderos sinuosos que no siempre resultan ser los mejores. Desgraciada de mí que hoy enfrento la sentencia de usted, señor ministro, a quien pido clemencia, la necesaria para no padecer más penurias.

   El Juez parece decirnos: Ese rostro aparenta inocencia pero también un dolor que tuvo que tragarse la –ahora sí- inconmovible mujer que cometió el delito de que se le acusa.

   Al parecer, su caso fue muy controvertido, ya que para Eduardo Ruiz, a la sazón secretario del Chinaco Vicente Riva Palacio, juarista a ultranza-, la tal Barragana era patriota y no maleante, en tanto que para Pablo Robles –también de tendencia liberal y republicano-, sólo era una marimacho feroz, sanguinaria y carente de propósitos libertarios.[2] Por aquellos años, con caminos infestados de bandidos, no faltaban también algunas asaltantes. Tal es el caso de “un” maleante solitario que cada semana atracaba la diligencia que iba a Morelia hasta que, calcula Khevenhüller en su “Diario”-, juntó una buena suma de dinero y decidió cometer su última fechoría, en la cual reveló su identidad al perplejo grupo de pasajeros: ¡era una mujer y la pistola que utilizaba en sus robos estaba descargada! Otro caso es el de la Carambada, que operaba por los alrededores de Querétaro y que, cometida su fechoría, “esgrimía la pistola en una mano y se descubría un pecho con la otra. “Mira quién te despojó”, gritaba con entusiasmo, lo que era todo un ataque contra el machismo.[3]

   El hecho demuestra que eso de los toros no se le dio a Ignacia Ruiz como sí ocurrió con Lupe “La Torera”, de ahí que tuviese que delinquir para sobrellevar la vida en medio de sus limitadas circunstancias. Ese es en buena medida, otro de los reflejos de la necesidad movida por la pobreza.

   En el intenso quehacer de la investigación, de pronto aparece este interesante retrato[4] que de buenas a primeras me ha causado una curiosidad más allá de lo normal. Y una vez más me lleva a la confirmación de que una parte del gremio taurino es muestra cabal en donde pululan delincuentes de baja estofa o se hace notar otro sector por su fuerte carga de analfabetismo e ignorancia.

   Ahora bien, la pregunta que sigue aquí es en relación a su alias: “La barragana”. ¿”Barragana” de quién?

   La fotografía del último tercio del siglo XIX tuvo entre otras funciones, la de un registro sobre aquellos personajes de la sociedad cuyo destino de pronto estaba enfrentado a situaciones ingratas, tales como el robo, el asesinato, la prostitución. En el caso de Ignacia Ruiz quedó la “mancha” de haber sido acusada de robo, aunque hasta el momento no ha sido posible confirmar si en los registros sobre prostitución, y debido a su seudónimo confesado, también aparece algún retrato que confiere como en el caso, el uso de una escenografía en la que quedan registrados varios componentes:

a)La extracción social de donde proviene el acusado (el caso de “La Barragana”, nos refleja el de una mujer humilde, puesto que el rebozo es prenda distintiva de aquellas, a diferencia de los vestidos de grandes vuelos entre las de dudosa reputación que además en auténtico desparpajo, luces sus encantos).

b)Aquí se emplea una silla. En el caso de las prostitutas, aparecen algunas columnas y pedestales como elemento de decoración, sin faltar los telones de fondo. El control que debió tener la autoridad sobre aquellos personajes nos lleva a pensar que, haciendo el uso pertinente del estereotipo fotográfico que imperaba por entonces, no podía romper con ciertos moldes, esquemas o modelos establecidos, de tal forma que ello nos permite conocer la delincuencia en cartes de visite estilizadas hasta donde lo permitía el decoro.

   Vago y efímero podría resultar el texto que ahora empiezo a rematar, pero es que el hallazgo no pudo ser más afortunado. Conocer a los personajes que rondaron cerca de otro gran protagonista del toreo en México como lo fue Bernardo Gaviño me llena de gusto por el hecho de que este valioso retrato se une a la ya amplia iconografía que con todo y las circunstancias que se desprenden de él, nos permite acercarnos a otro más de los protagonistas de ese largo periodo taurino encabezado por el diestro de Puerto Real. Aunque caras vemos…


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. T. I., p. 170.

[2] Orlando Ortiz: Diré Adiós a los señores. Vida cotidiana en tiempos de Maximiliano y Carlota. México, Santillana Ediciones Generales, S.A., de C.V., 2007. 291 p. (Punto de lectura, 402), p. 46.

[3] Op. Cit., p. 45-6. Además: Pablo Robles: Los plateados de tierra caliente. México, Dirección General de Publicaciones y Bibliotecas / SEP y Premiá editora, 1982. (La Matraca, 8).

[4] Se encuentra en el fondo Felipe Teixidor del Archivo General de la Nación. Autor no identificado. México., ca. 1870. Impresión a la albúmina 4 x 2.5 pulgadas.

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