LA JURA DE AGUSTÍN I EN 1823.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 6.

LA JURA COMO EMPERADOR DE AGUSTÍN ITURBIDE Y SU POLÉMICO DESENLACE. SEGUNDA de CUATRO PARTES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 Esta efeméride se remonta al 24 de enero de 1823.

    En la primera parte de esta pequeña serie, pudimos ver las condiciones en que se manejó el imperio de Agustín de Iturbide, y la única conclusión que puede haber al respecto es esa falta de madurez, tanto del personaje como del proceso de emancipación, lo que implicaba una mejor condición de estabilidad política, económica y social que permitieran un parto independentista menos doloroso. Sin embargo, la jura del emperador produjo entre su desarrollo un buen conjunto de corridas de toros. Infinidad de fiestas que ocurrieron en el virreinato e incluso en buena parte del siglo XIX, se desarrollaron con el propósito de apoyar la obra pública en diversas manifestaciones.

   No hay que olvidar que un acueducto, un conjunto de calles empedradas, o hasta el apoyo para bancos de sangre, o para la vestimenta de diversos elementos de un ejército, se vieron impulsadas en tanto obras, desde la celebración de una o varias corridas de toros. De ese modo, con la asunción de Agustín I, se organizaron los festejos no sólo fijados por y para el ritual, sino los que la costumbre había establecido desde siglos atrás. Por tal motivo, y a consecuencia del beneficio favorable que arrojaron esas fiestas taurinas, el Supremo poder Ejecutivo tuvo oportunidad de discutir el destino del saldo favorable, a partir de una exposición que aclara aquella práctica sumida en los usos y costumbres de la época. Para mejor entenderlo, recojo aquí parte de esa discusión.

 GACETA DEL GOBIERNO SUPREMO DE MÉXICO, D.F., T. I, del 26.04.1823, p. 1:

CORRIDAS DE TOROS EXTRAORDINARIOS.

El Supremo poder Ejecutivo, ha dispuesto la publicación de los documentos siguientes:

1º Representación que el Excmo. Ayuntamiento de esta corte hizo a la Excma. Diputación Provincial, al remitir el expediente formado sobre gastos ocasionados en la jura del Sr. Iturbide, ocurrida el 24 de enero de 1823.

    Cumpliendo este Ayuntamiento con lo que V. E. pide en oficio de 3 del corriente, acompaña el expediente que se formó para la jura del Sr. D. Agustín Iturbide; como igualmente los acuerdos de las respectivas cuentas de los gastos que se erogaron en la solemnidad y demás conducente a la materia. Por todo ello verá V.E., que el gasto total ascendió a setenta y cuatro mil pesos, de cuya suma solo se ha podido devengar la de veinte y siete mil, que produjo la plaza de toros, siendo el descubierto de cuarenta y seis mil ps., y de esta partida, se está debido a los particulares que prestaron diez y seis mil doce pesos, y el resto ha sido el gasto que sufrieron los fondos del común.

   Ambas deudas son de la mayor consideración, ya por lo respectivo a los préstamos, quienes con sobrada justicia quieren se les cumpla lo prometido, en lo que interesa el honor de este Ayuntamiento, tan desconceptuado por desgracia de mucho tiempo atrás; ya por el descubierto de las cajas de la Ciudad, las que por lo mismo no pueden llenar sus deberes en los diversos ramos que hoy llaman imperiosamente su atención, y de no hacerlo, la población se halla expuesta al más inminente peligro, como se convence por las razones siguientes:

   La limpia de los ríos que circulaban a la ciudad, deben limpiarse anualmente para impedir la inundación que de otro modo sería inevitable; mas como en los años anteriores no se pudo verificar con la exactitud correspondiente, ha llegado el caso de que los que antes eran ríos, hoy se ven convertidos en zanjas tan estrechas y ensolvadas, que es imposible puedan encerrar todo el caudal de agua que a ellas viene, y lo será mucho más, el que debe haber en este año para el que se pronostican aguas abundantes y muy tempranas, como ya lo estamos palpando. El conducto desde la Magdalena, hasta la calzada de ntra. Sra. de Guadalupe, está tan perfectamente ensolvado, que por el ojo del puente, no puede pasar una naranja: ¿y podrá pasar toda el agua que allí se reúne, y forma una columna inmensa? El ayuntamiento en virtud de los conocimientos que tiene, y la exposición que se le ha hecho, de resultas de la última vista de ojos que practicó la comisión en 8 del próximo pasado marzo, hace presente a V. E., y lo hará oportunamente al público, que si los ríos y demás acueductos no se limpian prontamente y como corresponde, la ciudad y mucha parte de sus inmediaciones va a padecer la más terrible inundación, la que tendrá que sufrir irremisiblemente, así por su naturaleza y causas, como porque los fondos del común no tienen de donde sacar el mucho dinero que importará precisamente el desagüe.

   En cuanto a la limpia de atargeas parece inútil recomendar la necesidad: cualquiera que haya andado las calles de México, se habrá convencido de que no pueden verse en peor estado, y todos convendrán en que el ensolve de ellas, no solo es otro nuevo motivo para la inundación que se pronostica, sino que los mismas del material corrompido que depositan, amenazan una epidemia destructora, si no es que la escarlatina que tanto ha afligido al vecindario más ha de un año, tiene su origen de este principio. Este urgentísimo ramo de atargeas, está íntimamente unido con el de las azequias principales, con las que se comunican, de manera, que nada se conseguiría limpiando las atargeas, y no las azequias; por que en tal caso el nivel de estas queda más alto que el de aquellas, y por consecuencia precisa, resulta, que las aguas de dentro de la ciudad, no solo quedan estancadas y sin salida, sino que la de las azequias entra a las atargeas: esto hace inevitable la limpia simultánea de azequias, atargeas y ríos, y todo con la mayor prontitud por lo avanzado de la estación: y para que el ayuntamiento no se le acuse de omiso, debe hacer presente, que para estos y otros gastos igualmente urgentes, contaba con lo producido de las corridas de toros, que debieron verificarse en la pascua, y después confiado en la licencia que se le ofreció oportunamente, y se estorvó por las ocurrencias posteriores.

   A todas estas necesidades se agrega la de empedrados, banquetas, alumbrado y demás que presentan el cuadro más desagradable; el insoportable gasto de sesenta mil pesos anuales en los Hospitales, y cerca de diez y ocho mil en la cárcel, de cuyas atenciones, no se puede prescindir, y todas son del momento, a no ser que a los locos se echen a la calle, los enfermos lazarinos y antoninos se mezclen con nosotros, el miserable pueblo no se cure en sus enfermedades, y que los presos se mueran de hambre en las cárceles. De público y notorio se sabe que, de mucho tiempo atrás los fondos de la ciudad están exhaustos por los repetidos gastos que ha tenido; hoy no se pagan réditos ni deudas sagradas; no pueden cumplirse las atenciones de policía; esto lo ve el pueblo, lo resiente, murmura, maldice, y toda la execración recae en los regidores, a quienes se acusa de omisos, indolentes, e ineptos: se insultan, y con razón, se avergüenzan de presentarse al público; pues no falta quien diga, que los padres de la patria, se han convertido en sus mayores verdugos.

   Querer que las urgentes necesidades del día, se socorran con los caudales de la ciudad, es pensar en lo excusado. No pagar las deudas contraídas últimamente, es el acto de injusticia más odioso, y que acabará de destruir la opinión, no dejando confianza para que los vecinos auxilien en lo sucesivo: dejar que las cosas sigan su curso natural, es destruir la ciudad, envolviéndola en ruinas irreparables. Luego es de absoluta necesidad ocurrir a tamaños males con el arbitrio que se proporcione. El Ayuntamiento no encuentra otro, que el de las corridas de toros en la plaza que formó para la jura: cualquiera consideración que resista este proyecto, debe cesar al imperio de la necesidad, siempre que el impedimento no sea esencial y de trascendencia.

   Acaso se pulsará el inconveniente de que la ubicación de la plaza, provoca a la diversión con perjuicio del pueblo; pero como a este no se le obliga con una fuerza coactiva, ni la exacción lleva otro objeto, que su propio bien, la ocasión que se le ofrece, es tan laudable, como necesaria: de lo contrario, sería preciso cerrar las casas donde se fomenta el lujo, las tiendas, el parian, el teatro, y todo cuanto provoca a gastos necesarios, porque la razón es tan general y adecuada, que no se encuentra motivo para aplicarla a un caso excluyendo los demás; y como por otra parte, lo que se desea es, que el pueblo contribuya voluntariamente y sin advertirlo, resulta que lejos de ser óbice la ocasión próxima que se quiere remover, estamos en el caso de buscar por los medios lícitos. Si al pueblo se le brindara con una diversión a que no puede resistir su inclinación, para que el producido de ella se gastara inútilmente, o si los fondos dela ciudad pudieran soportar las urgentes atenciones del momento, sería la mayor iniquidad obligarlo a un sacrificio; pero cuando los fondos comunes no tienen un real, y es para el bien del vecindario, a quien amenazan gravísimos males, ¿será mejor economizarle al pueblo gastos voluntarios, y que por lo regular los hace el que puede, dejándolo abandonado en su miseria y males sin tamaño, o convidarlo a una contribución que lo librará de los peligros que lo amenazan? Cuando el pueblo vea inundadas sus calles, apestadas sus casas, destruidas las fincas, y perjudicados sus intereses, ¿agradecerá la consideración que se le tiene en que no gaste voluntariamente en la diversión de toros? El Ayuntamiento cree, que el pueblo preferiría gustoso una tan suave contribución, y si se le pidiera voto, no dudaría el vecindario resolverse a favorecer la insinuada exacción.

   Sólo tiene en contra esta exposición el argumento de que en la plaza de S. Pablo, puede conseguirse igual objeto; pero, o es cierta la exposición, o no: si lo primero, el mismo gasto se le ocasiona al público, sin otra variación, que la del lugar, que tal vez hace más costosa la diversión por la distancia; si lo segundo, nada se adelanta, y volvemos a los anteriores principios. A más de que, aun cuando en la plaza antigua se alcanzara el fin que se desea, esto no puede verificarse sino después de mucho tiempo, y las urgencias no son para entonces, sino para el momento: aquella plaza producirá en la semana cantidades muy mezquinas, y los gastos en las principales atenciones de la limpia, deben ascender a mil o más pesos semanarios, ya por la naturaleza de la obra, como porque es preciso suplir con el número de trabajadores lo que falta de tiempo antes de que la estación se avance, porque de lo contrario, se gastará el dinero sin conseguirse el fin.

   Aun hay todavía otro estorbo más poderoso para que las corridas no sean en la plaza antigua; y es, que aun está vigente la contrata de D. José María Landa en este ramo. O se le ha de suspender a Landa su contrata, o el Ayuntamiento le paga a este el arrendamiento de su plaza; uno y otro ofrece los mayores inconvenientes.

   Aun allanados estos, queda otro de una gravedad, cual es el costo que importa quitar la plaza del Ayuntamiento, y componer el terreno que queda, el que es preciso empedrar, descombrar, y quitar la mucha piedra y tierra que está echada a los costados, y la demás que se ha de quitar de aquel sitio, y ésta obra no baja de costo de ocho mil pesos enteramente perdidos. ¿De dónde coge la ciudad esta suma, cuando no tiene un real? Aunque la comisión de toros dice, que se debe contar con el valor de la madera existente, este es para pagar parte de los diez y ocho mil ps. que se están debiendo en solo la cuenta de la plaza, según aparece del respectivo cuaderno: los acreedores pedirían, y con razón, la madera para cubrir sus créditos, y no se les podía negar por motivo alguno. Aún concediendo que la plaza antigua pudiera producir lo necesario para los urgentes gastos, sería después de dos meses: es decir, cuando ya las aguas están en su fuerza y ni se puede verificar la limpia, ni entonces es útil.

   Con que resulta, que si las corridas de toros son en la plaza de S. Pablo, sobre no dar esta el producido necesario, ni el tiempo oportuno, se aumentan los gastos notablemente sin haber de donde costearlos.

   Se ha expuesto repetidas ocasiones la escasez del fondo común, y no parecerá exageración si se considera que para los gastos anteriores extraordinarios de la jura y demás, se pidieron adelantados los arrendamientos de las fincas, y ahora hacen falta en los objetos de sus asignaciones: que hay existente mucho papel moneda, que V.E. no permitió se vendiera con quebranto, cuando se le pidió la correspondiente licencia; de tal escasez provienen los trabajos para pagar las memorias, y las angustias del Ayuntamiento, quien nada puede hacer, porque para todo se necesita dinero, que no hay.

   En tales circunstancias y no teniendo el ayuntamiento otros recursos, ha propuesto el arbitrio de diez y seis corridas de toros en los términos que expresa la comisión, como único medio de salvar a la ciudad de los males que le amenaza, y pagar las deudas últimamente contraídas; si no se adoptase, el Ayuntamiento verá con dolor verificados sus recelos; pero le quedará el consuelo de no haber omitido los recursos que están a su alcance apurándolos cuanto le ha sido posible; y pues no tiene otros, solo le falta hacer presente a V.E. que se ha difundido en esta exposición, por tocar todos los puntos que convencen la necesidad, justicia y utilidad, para que si la solicitud no fuere concedida, se entienda que el Ayuntamiento se exime desde ahora de toda responsabilidad: y si el pueblo declamare imputándole culpa a esta corporación, ella hará el manifiesto correspondiente de su conducta, los pasos que dio, las razones que alegó, y el resultado y causa de sus peticiones.

   Mas como el Ayuntamiento está persuadido que V.E. posee iguales filantrópicos sentimientos y se desvela por la felicidad del común a que corresponde, desde luego se lisonjea que V.E. por su parte contribuir al feliz éxito de la solicitud, y concluye recomendando el pronto despacho de este punto, porque un solo día hace falta para las operaciones de limpia, y cualesquiera atraso, por pequeño que sea, causa perjuicios irreparables.

   Dios guarde a V.E. muchos años. Sala capitular del Ayuntamiento constitucional de México 12 de abril de 1823. Domingo Ortiz, Francisco Arteaga, Lic. Felipe Sierra, Cosme del Río, Francisco de Córdova, Francisco Morales, Lic. José Ignacio Alva, José Antonio de Zúñiga.-Excma. diputación provincial.

CONTINUARÁ.

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