Archivo mensual: febrero 2011

EL TOREO: NI ARTE, NI DEPORTE. SACRIFICIO. PARTE II

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 II

    Dar la mejor explicación sobre ese asunto es acudir, en primera instancia, a la autorizada opinión de un antropólogo, a sabiendas de que conseguiremos su primer argumento, partiendo del supuesto de la condición original del hombre en o dentro de las primeras sociedades trivales, donde tuvieron que establecerse códigos de supervivencia a partir de los ciclos agrícolas, ligados a los naturales cambios de estación. Ello implicaba una pronta adecuación para no ser rebasados por asuntos extraordinarios –de cara a las calamidades, por ejemplo-, lo que obligó a crear figuras de ámbito totémico para encontrar en ellas el respaldo a sus necesidades cotidianas. Por razones absolutamente misteriosas comenzó a cultivarse un culto que, ligado al sacrificio como respuesta para “forzar” a aquella figura creada y moldeada por esos mismos grupos con vistas a conseguir los mejores resultados, a partir de sus capacidades extraordinarias, fuera de lo común. No bastaba ofrecer el resultado de la cosecha. De ser necesario se daba paso a situaciones más extremas como ofrendar la sangre en medio de ciertos rituales creados bajo perfiles que pronto adquirieron una caprichosa estructura de desarrollo, en medio de vericuetos y complicaciones que poco a poco desencadenaban en aquel desollamiento o en la muerte potencial.

   Esta visión proyectada a un pasado muy remoto nos permite deslizar esa imagen sobre la que posee el toreo de nuestros tiempos. Observamos enormes semejanzas entre el ritual y el sacrificio, referidas al trasfondo que constituye a una y otra estructura. En todo caso es necesario separar elementos sustantivos, propios de cada unidad.

   Entre lo que ocurrió en aquellas primeras fiestas en el siglo XII y las que transcurren hasta el comienzo del siglo XXI ha habido enormes modificaciones que ya habrá momento de revisar. Pero todo aquello atrás de ese inicio de un toreo mucho más estructurado o articulado, tenemos que entenderlo como un proceso de situaciones ligadas al complejo horizonte de la mitología, especto que se adhirió a las condiciones de rito y sacrificio que ya mostraban una compleja evolución tejida con finos trazos, susceptibles y maleables al mismo tiempo.

   Sin pretender un complejo panorama, es preciso hacer algún muestreo entre las culturas antiguas más representativas, por ende vinculadas con las que hoy día son resultado, con su infaltable pizca de elementos soterrados, tanto de la pasada experiencia como del presente.

   Centraré esta justificación acudiendo al encuentro y fusión de dos culturas absolutamente contrarias, de las que resultó una nueva y distinta que no niega sus raíces. La cultura occidental católica, con su avanzada española tan luego culminó la guerra “de los ocho siglos” y la del entonces “nuevo mundo”, indígena, politeísta, en medio del desarrollo de una civilización absolutamente madura en cuanto a la aplicación concreta de técnicas y de artes muy refinadas.

   Al margen de la discusión y la polémica generadas a partir de si fue “encuentro” o “encontronazo”; “invención” o “invasión”, he de ocuparme de esa superposición que fue consecuencia. Y no se si tal superposición sea el término más adecuado.

   En “Los ritos: Un juego de definiciones” de Alfredo López Austin[1], encuentro las mejores condiciones para explicar este proceso, el que trataré de resumir hasta donde me sea posible, para luego pasar a todo el ámbito europeo y luego, transitar por lo que resultó concretamente aquella “superposición” o sincretismo.

   De entrada dice López Austin que debe establecerse una distinción previa y sencilla entre rito y ritual. El término ritual tiene dos acepciones diferentes. La primera, como adjetivo, es “lo perteneciente o relativo al rito”, y así puede utilizarse en los términos acto ritual, forma ritual, paso ritual o norma ritual. En su segunda acepción, como sustantivo, se refiere a un conjunto de ritos. Y va más allá.

   En el uso común, rito tiene un sentido muy amplio: “costumbre o ceremonia”. Así aparece en el Diccionario de la lengua española. Sin embargo, aquí necesitamos una definición más restringida, aplicable a pautas de conducta dirigidas a los seres sobrenaturales. En ese sentido, puede precisarse que “rito es toda práctica fuertemente pautada que se dirige a la sobrenaturaleza”. Aunque precisa, la definición anterior no es suficientemente explicativa. Es necesario que nos detengamos en sus elementos definitorios.

 a)La práctica puede ser tanto colectiva como individual. Sin embargo, es de naturaleza social. Por rito no puede entenderse cualquier práctica individual reiterada, sino la establecida por las costumbres o por la autoridad.

b)La práctica está dirigida a los entes sobrenaturales. Pretende afectarlos, ya sean dioses o fuerzas.

c)Una parte considerable de los ritos implica un intento de comunicación. Este sucede cuando se pretende afectar la voluntad de los dioses con expresiones verbales o no verbales.

d)Por lo regular, los ritos tienen fines precisos. De éstos, los más frecuentes son: 1)percibir las formas de acción sobrenatural sobre el mundo y 2)alcanzar un efecto o mantener un estado en el mundo por medio de la afectación al poder sobrenatural.

e)La pauta no está absolutamente taxada o sujeta a reglas. Con frecuencia los oficiantes operan bajo cánones cuya flexibilidad permite variables, sustituciones, omisiones o adiciones.

f)El carácter canónico del rito, es decir, precisamente regulado, lo hace apropiado y eficaz. Una acción libre no garantiza su efecto sobre los entes sobrenaturales[2].

    Luego de la primer lectura al estudio de López Austin, puede entenderse que de los seis incisos, existe un alto porcentaje de participación del ente sobrenatural concebido en la figura de un dios con una capacidad por encima del común denominador que, por complicadas estructuras que se van construyendo entre la parte terrenal y la espiritual, se hizo posible en las culturas indígenas del pasado una diversidad de formas rituales que pueden ser la oblación, ofrenda de fuego, ofrenda de copal, juramento “comiendo tierra”, ofrecimiento de comida y libación, hasta llegar a casos particulares como el rito de Toxcatl, donde tan luego se tenía a un enemigo prisionero, se le preparaba, pintándolo y ataviándolo buscando sus captores encontrar en esa acción la imagen viva del dios Tezcatlipoca. El día de su muerte era llevado a un templo a las afueras de la ciudad, abandonando diversos objetos previamente proporcionados. Una vez en la parte superior del templo, se le sacrificaba para que el dios renaciera con nuevo vigor. Muerta esta imagen viva del dios, se elegía al sustituto para que viviera con los mismos honores y representación durante un año, hasta el día del sacrificio.

   El rito en cuanto tal, implicaba celebraciones rituales que daban origen a fiestas, proceso integrado a una liturgia del ritual mexica, siendo la occisión ritual, es decir, la extracción del corazón un paso ritual concreto.

   López Austin, se pregunta ¿por qué el rito es una práctica regulada? bajo la siguiente estructura:

    Entre las causas que hacen del rito una sucesión de actos cuidadosa, pero no absolutamente taxada, se encuentran los siguientes:

a)Todo rito es una expresión, y por ello debe quedar normado por las leyes especificas de las formas de expresión utilizadas. Cuando la expresión es comunicativa, debe ser, además, convincente, lo que implica una formalidad mayor. La comunicación puede obligar a la observación de estrictas reglas de cortesía, aun en el caso de que el mensaje sea agresivo.

b)La operación puede poseer un alto grado de dificultad o un costo elevado como requisitos de eficacia. A mayor bien solicitado –por ejemplo-, mayor debe ser el mérito del fiel. El costo no puede ser dejado a la libre determinación del fiel.

c)El rito supone formas de cumplimiento de obligaciones mutuas en una relación de reciprocidades estrictamente establecidas. El incumplimiento puede ocasionar consecuencias funestas. Por ejemplo, una mujer recién parida recompone su salud en el baño de vapor, pero debe recompensar a la diosa del temascal por ensuciar su morada con las impurezas del parto. Si la mujer no compensa a la diosa con la ofrenda usual, en los términos precisos que marca la costumbre, ella y el recién nacido estarán expuestos a la enfermedad y a la muerte.

d)El rito obedece a un conjunto de principios técnicos que se suponen que garantizan su eficacia. Estos principios pueden ser genéricos, pero los hay específicos, pues las características del ente al que se dirige el acto o la particularidad de la solicitud exigen precisión ritual.

e)La sobrenaturaleza es muy peligrosa. El ejecutante debe protegerse de sus peligros con actos que suponen un contacto seguro o, al menos, no demasiado riesgoso. Un rito que se ejecuta mal o parcialmente puede ocasionar un daño.

f)Los fieles suponen que el rito tiene una eficacia empíricamente demostrada por su práctica reiterada a través de las generaciones.

g)El rito adquiere sacralidad per se. En ocasiones su sacralidad deriva de que los fieles creen que determinados ritos fueron instituidos por los dioses mismos en el momento de la creación, y que fueron comunicados a los primeros seres humanos.

h)Se atribuye al rito una operatividad inmanente, más allá de su función vinculatoria entre los ámbitos humano y sobrenatural.

   En algunas ocasiones se estima que no sólo la falta, sino el exceso en el rito, puede ser contraproducente.

i)En términos prácticos –y psicológicos- el creyente debe justificar la falibilidad de su acción ritual. Si no alcanza los propósitos pretendidos, puede atribuir su fracaso no al rito mismo, en el cual sigue confiando, sino a alguna falla voluntaria o involuntaria, identificada o no, en su ejecución.

j)El rito suele cristalizarse como una forma obligatoria de conducta que liga al fiel y lo identifica, por un comportamiento taxado, como parte de una comunidad. Su conducta lo señala como individuo incluido y le crea responsabilidades sociales[3].

    Para todo ello, marca formas de ritualidad percibida como patrones de comportamiento establecidos básicamente por los mexicas, mayas y tarascos en los siguientes términos[4]:

 

LA TERMINOLOGÍA DE LA RITUALIDAD

TÉRMINO
DEFINICIÓN

EJEMPLOS

RITO

Práctica fuertemente pautada que se dirige a la sobrenaturaleza. Es una ceremonia compuesta casi siempre por elementos rituales heterogéneos que están encaminados a un fin preciso, lo que da a la ceremonia unidad, coherencia y, generalmente, una secuencia ininterrumpida. Rito de imposición de nombre a un niño de pocos días de nacido. Comprendía una gran diversidad de actos: oraciones y ofrecimiento de la criatura a los dioses, limpieza del cuerpo del niño, imposición de nombre en sentido estricto, etc.

Rito terapéutico particular con oración mímica, tatuaje del enfermo, etc.

Conjunto complejo de actos rituales destinados a propiciar la fecundación de la milpa.

Ceremonia de los apicultores a Bacab Hobnil.

ACTO RITUAL Hecho significante, unitario, que constituye un elemento ceremonial de un rito. Oración dirigida al dios Pitao Cozobi para obtener una buena cosecha de maíz.

Punción de los labios en la ceremonia de purificación y penitencia por los pecados cometidos.

Acción de lanzar granos de maíz como procedimiento adivinatorio.

Colocación de una piedra semipreciosa en la boca de un cadáver.

RITUAL Conjunto de ritos pertenecientes a una religión, a una comunidad religiosa, o destinados a un fin común. Prácticas culturales de los tarascos.

Conjunto de los distintos ritos terapéuticos.

Oficios ceremoniales propios de las parteras.

Conjunto de ritos funerarios.

CELEBRACIÓN RITUAL Rito dirigido a la veneración o exaltación de una persona o de un hecho sagrados. Rito anual maya de renovación del templo en la fiesta de Ocán, en honor a los dioses chaacoob, con dedicación de nuevos braseros e imágenes de los dioses de la lluvia.
FIESTA Conjunto de prácticas rituales y no rituales que confluyen en una misma dedicación o celebración ritual. Concentración de peregrinos, ritos, consumo de comidas y bebidas, jolgorio, actos de comercio, etc., en ocasión de la celebración ritual al dios Xacuu en Yanhuitlán.
FORMA RITUAL Figura o modo ritual que constituye un tipo de acto común a distintos ritos. Súplica. Ofrenda. Danza. Autosangría. Occisión ritual. Sahumerio hacia los cuatro rumbos. Imprecación. Canto.
PASO RITUAL Elemento significante de una forma ritual. Invasión. Movimiento de los brazos en las danzas. Pasos de danza. Impetración en una oración. Baladro. Colocación de espinas ensangrentadas en una bola hecha de zacate. Ornamentación de imágenes.
NORMA RITUAL Regla de observancia en la ejecución de un rito. Los danzantes debían ejecutar sus movimientos sin música ni canto en una parte de la fiesta de ochpaniztli.
LITURGIA Conjunto de normas fijadas por la costumbre o instituidas oficialmente por una comunidad para la ejecución ritual.

Orden calendárico, participación reglamentada de los distintos sectores de la sociedad, prescripción de ritos y su secuencia, ayunos, ingestión taxada de alimentos y bebidas, abstención sexual de los participantes, prohibiciones específicas, etc., en la secuencia de las fiestas anuales.

    En contraste a todo lo anterior, veremos a continuación el tipo de ritualidad que operaba entre los europeos, luego los contrastes generados en el periodo de los encuentros entre españoles y mexicanos durante los meses que van de abril de 1519 a agosto de 1521, plagados de incruentas batallas y fascinantes realidades a cada momento reveladas, así como los primeros resultados que aportó ese sincretismo ritual. Con esta suma de factores habré de explicar –finalmente- cual fue la vestimenta espiritual que constituyó la aceptación, luego el gusto y lo que entre ambas circunstancias devino afición a los toros.

   Dice Bernal Díaz del Castillo

 Como nuestro capitán Cortés y el fraile de la Merced vieron que Montezuma no tenía voluntad que en el cu de su Uichilobos pusiésemos la cruz no hiciésemos iglesia, y porque desde que entramos en aquella ciudad de México, cuando se decía misa hacíamos un altar sobre mesas y le tornaban a quitar, acordóse que demandásemos a los mayordomos del gran Montezuma albañiles para que en nuestro aposento hiciésemos una iglesia, y los mayordomos dijeron que lo harían saber a Montezuma. Y nuestro capitán envió a decírselo con dona Marina y Aguilar y con Orteguilla su paje, que entendía ya algo la lengua, y luego dio licencia y mandó dar todo recaudo. Y en dos días teníamos nuestra iglesia hecha y la santa cruz puesta delante de los aposentos, y allí se decía misa cada día hasta que se acabó el vino, que como Cortés y otros capitanes y el fraile estuvieron malos cuando las guerras de Tlaxcala, dieron prisa al vino que teníamos para misas, y después que se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ella, y porque viesen el adorar y vernos de rodillas delante de la cruz, especial cuando tañíamos el Avemaría[5].

 Por otro lado, y al respecto de los sacrificios indígenas, apunta el cronista-soldado:

 Dejemos hablar de esto y digamos cómo por la mañana, después que hacían sus oraciones y sacrificios a los ídolos, o almorzaba poco cosa, y no era carne, sino ají estaba empachado una hora en oír pleitos de muchas partes de caciques que a él venían de lejanas tierras (…)[6]

 Cortés le dijo (a Moctezuma) que mirase que no hiciese cosa con que perdiese la vida, (cuando ya Moctezuma ya estaba preso) y que para ver si había algún descomedimiento o mandaba a sus capitanes o papas que le soltasen o nos diesen guerra, que para aquel efecto enviaba capitanes y soldados para que luego le matasen a estocadas en sintiendo alguna novedad de su persona, y que vaya mucho en buena hora, y que no sacrificase ningunas personas, que era gran pecado contra nuestro Dios verdadero, que es el que le hemos predicado, y que allí estaban nuestros altares y la imagen de Nuestra Señora ante quien podría hacer oración. Y Montezuma dijo que no sacrificaría ánima ninguna; y fue en sus ricas andas muy acompañado de grandes caciques, que con gran pompa, como solía, y llevaba delante sus insignias, que era como vara o bastón, que era la señal que iba allí su persona real, como hacen a los visorreyes de esta Nueva España[7].


[1] Arqueología mexicana. Ritos del México prehispánico. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Noviembre-diciembre, 1998 (Arqueología mexicana, 38)., p. 4-17.

[2] Op. Cit., p. 6.

[3] Ibidem., p. 12-13.

[4] Ibid., p. 15.

[5] Bernal Díaz del Castillo: Cortés y Moctezuma. México, Planeta/Joaquín Mortiz-Conaculta, 2002. 127 p. (Ronda de Clásicos Mexicanos)., p. 57-58.

[6] Op. Cit., p. 76.

[7] Ibidem., p. 78.

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EL ESPEJO ENTERRADO: O DE COMO DESCUBRIR LA OTRA CARA DEL TOREO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Carlos Fuentes a sus ochenta y pico de años es hoy por hoy, uno de los autores mexicanos con reconocimiento universal indiscutible. La interminable lista de títulos publicados y sus ediciones en otros tantos idiomas, dan idea de la supremacía que alcanza el creador de, entre otras muchas obras de La región más transparente, Aura o Artemio Cruz.

   En su vasta producción, hay un título que me gustaría comentar desde la perspectiva taurina. Se trata de El espejo enterrado.[1]

   La visión del novelista metido a historiar acontecimientos del pasado, para ponerlos al servicio del presente, roza las fronteras de una realidad que solo le es concedida a unos cuantos, mismos que nos privilegian con sus visiones llenas de metáforas, y en cuyos adentros -el propio Fuentes- va entretejiendo historias que ocurrieron, historias concretas de dos mundos que se miran, se oponen, se deben uno al otro. España en el viejo mundo, México en el nuevo, en el que se descubre algo totalmente distinto y que va a cobrar un significado en sentidos diversos. Me refiero a la expansión territorial que abarca a México y buena parte de lo que hoy en día es el continente americano. A la proyección terrenal de la evangelización que superó un politeísmo de las más diversas escalas. Y después, asimilado todo el sentido de la conquista, comienza ese verdadero descubrimiento de las riquezas que ofrece América a una España que tras el esplendor de Carlos V, y Felipe II se tambalea en manos de Felipe III.

   La navegación por historias del más diverso tenor se mece en un inteligente vaivén que surca los siglos de una íntima relación entre España y México (con virajes constantes hacia la historia universal también), hasta llegar a nuestros días, pero sin olvidar un tema común para ambas naciones y que Fuentes supo abordar inteligentemente desde el comienzo de sus notas.

   Don Carlos se revela como aficionado a los toros, en cuya opinión destaca todos los significados e ingredientes que se prepararon para incorporar una profunda herencia, que devino tradición secular. ¿Cómo ocurre dicha incorporación o acercamiento? Desde mi modo de ver, bajo el carácter de resentimiento que late aún varias capas abajo de nuestra identidad ya definida. Para esto nos dice el autor:

 Vista por algunos como una virgen inmaculada, por otros como una sucia ramera, nos ha tomado tiempo darnos cuenta de que nuestra relación España es tan conflictiva como la relación de España con ella misma: irresuelta, a veces enmascarada, a veces resueltamente intolerante, maniquea, dividida entre el bien y el mal absolutos. Un mundo de sol y sombra, como en la plaza de toros. A menudo, España se ha visto a sí misma de la misma manera que nosotros la hemos visto. La medida de nuestro odio es idéntica a la medida de nuestro amor. ¿Pero no son éstas sino maneras de nombrar la pasión?

    La visión con que descubre la presencia torera con toda su intensa y descarnada realidad convive con un juego de odios y de amores oscilantes desde el comienzo mismo de toda nuestra historia. Sus encuentros permanentes con los artistas españoles reafirman las ideas de todo aquello que pervive en el toreo, viva muestra de un viejo ejercicio que se resiste a morir, compartiendo con la modernidad llevada a su extremo cibernético. Por eso nos dice que una constante española es

 la capacidad para hacer de lo invisible visible, mediante la integración de lo marginal, lo perverso, lo excluido, a una realidad que en primer término es la del arte.

 Y todo eso se alcanza a aplicar en la fiesta brava, la fiesta de los toros. Una fiesta moldeada a partir de influencias ibéricas, celtas, griegas, fenicias, cartaginesas, romanas, godas, árabes y judías. No ignora la mitología que ya ve salir por la puerta grande a Teseo, vencedor del minotauro. Sin embargo, llegamos a la parte nodal de su exposición. Nos habla del sacrificio del toro como la “hendedura de una de las más antiguas ceremonias de la humanidad: la muerte ritual del animal sagrado”.

   Lo que durante siglos ha sido asunto de disputas fue establecido desde su génesis misma: el sacrificio del toro es y tiene una orientación hacia el rito, en que el toro es la figura protagónica. Figura en permanente relación con otro ritual: la religión.

    En la plaza de toros el pueblo se reúne, en lo que una vez fue un rito semanal, el sacrificio del domingo en la tarde, el declive pagano de la misa cristiana. Dos ceremonias unidas por el sentido sacrificial, pero diferentes en su momento del día: misas matutinas, corridas vespertinas. La misa, una corrida iluminada por el sol sin ambigüedades del zenit. La corrida, una misma de luz y sombras teñida por el inminente crepúsculo.

    Y nos dice sin alardes que el toreo alcanzó niveles de organización hacia el siglo XVIII, que tienen sus personajes un poder emblemático similar al que se respira en Holywood. Que la corrida autoriza una arrogancia y exhibicionismo sexuales. Una tesis fascinante es aquella donde describe al matador como un “príncipe mortal”, puesto que “La corrida de toros es una apertura a la posibilidad de la muerte, sujeta a un conjunto preciso de normas” y que ocurre bajo la profundidad de una ceremonia. Y se propone ampliar con sus ideas el sentido de lo que es “cargar la suerte”, la cual

 consiste en usar con arte la capa a fin de controlar al toro en vez de permitirle que siga sus instintos. Mediante la capa y los movimientos de los pies y el cuerpo, el matador obliga al toro a cambiar de dirección e ir hacia el campo de combate escogido por el torero. Con la pierna adelantada y la cadera doblada, el matador convoca al toro con la capa: ahora el toro y el torero se mueven juntos, hasta culminar en el pase perfecto, el instante asombroso de una cópula estatuaria, toro y torero entrelazados, dándose el uno al otro las cualidades de fuerza, belleza y riesgo, de una imagen a un tiempo inmóvil y dinámica. El momento mítico es restaurado: el hombre y el toro son una vez más, como en el Laberinto de Minos, la misma cosa.

    Las teorías y los tratados se vinieron abajo al solo encanto poético que se despide de una apreciación que casi nos quiere decir: así es el amor, así se entrega el amor.

   La del toreo es una ceremonia trágica donde se evoca “nuestra violenta sobrevivencia a costa de la naturaleza”. Y toda esa gran ceremonia convive -como ya se ha mencionado- con aquella otra donde el carácter religioso va de aquí para allá como una sombra inseparable.

   Y bien, en recorrido meteórico apenas si se ha podido abordar parte de la magistral obra de Carlos Fuentes que no soslayó a la apasionante y polémica fiesta brava.

   El espejo enterrado de Carlos Fuentes, es un libro imprescindible.

   No puedo dejar de mencionar que el propio Fuentes fue invitado a ser pregonero en la feria de Sevilla en febrero del año 2003 para lo cual preparó un texto, publicado por la Universidad Nacional.

1957. En la foto aparecen, de arriba abajo:

Rafael Ruiz Harrel, Manuel Osante López, Carlos Monsiváis,

Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Fuentes, José Enrique Moreno

de Tagle y Javier Wimer Zambrano.

La Jornada. La Jornada de enmedio,

 martes 11 de noviembre de 2008.


[1] Carlos Fuentes: El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 440 pp. Ils., retrs., maps. (Colección Tierra Firme).

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LA MENTIRA, CUANDO ES VERDAD, ES MENTIRA.

CRÓNICA. LUNES 7 DE FEBRERO DE 2011, SEGUNDO FESTEJO CONMEMORATIVO AL LXV ANIVERSARIO DE LA PLAZA DE TOROS “MÉXICO”. DIEGO VENTURA (A CABALLO), MIGUEL ÁNGEL PERERA, OCTAVIO GARCÍA “EL PAYO” Y ARTURO SALDÍVAR, CON 2 DE REYES HUERTAS (PARA EL REJONEADOR) Y 6 DE BARRALVA.

 LA MENTIRA, CUANDO ES VERDAD, ES MENTIRA.

    Cuando la mentira se maneja como un argumento de validez, ingresamos en el territorio de las incertidumbres. Si el lunes 7 los toros que se anunciaban en los carteles con bombo y platillo tanto de Reyes Huerta como de Barralva no eran tales. Y cuando la materia prima no alcanzaba los niveles de calidad, imagine usted, caro y paciente lector, que el producto esperado, por más que lo buscaba, no correspondía ni a lo que pagamos ni tampoco a lo que nos llegaron a ofrecer.

   Y ese es un denominador común no de ahora. De mucho tiempo atrás que nuestra santa paciencia (se puede llamar de otra manera) ha seguido permitiendo. Es cierto, los espectadores más que los aficionados acudieron en masa, pero sin llenar los tendidos de la plaza capitalina, para ver un largo festejo de 9 “toros”. Diego Ventura despachó a dos desde el caballo, dos “toros” más de esa larga retahíla de las “sobras” que le han recetado y que, en declaraciones abiertas ya ha reprochado, al hacer un balance desde que inició su campaña en nuestro país y hasta estos momentos. Tuvo que hacer “de tripas corazón” pues sus “toros” no tenían presencia y en el juego mucho hizo por encelarlos, llevárselos a terrenos donde lucir, lucimiento que se sustentó en maniobras más bien rápidas que reposadas. Sucede que ante esos hechos no podía sino afirmar preferencias a favor de Pablo Hermoso de Mendoza que supera en mucho, los atrevidos alcances de Diego Ventura que todavía es joven para corregir muchos de sus errores.

   Tengo la impresión de que el toreo a caballo no gozó –por lo menos en México- de afectos hasta hace un tiempo debido a las largas comparecencias de los “caballeros en plaza”. Tuvo que llegar primero Joao Moura y luego Hermoso de Mendoza para su recomposición y su nueva aceptación, convirtiéndose en referentes desde entonces. Pablo Hermoso en su papel de “mandón” ya se ha puesto a defender la parcela que busca conquistar o arrebatarle Diego Ventura, pero ya vemos los costos que esto supone en términos de declaraciones de guerra sostenidas en el frente de batalla por el navarro y el andaluz.

   Miguel Ángel Perera es un torero de calidad ganada a pulso, ha sabido asimilar no sólo las reglas sino marcar, en medio de la feroz competencia hispana sus personales características que lo alejan de los lugares comunes. Tiene la virtud del arte, aunque sea un arte austero como el de un altar clásico. Sin embargo, con el discurso de sus dotes técnicas, podemos ver el conjunto todo de la catedral. Pero por más empeño que puso para destacar con el lote que el sorteo le puso en suerte, no vimos al Perera en plenitud, sólo pinceladas. De ahí que echara mano del consabido recurso del “toro de regalo” donde dicen –yo ya no lo vi- estuvo inmejorable. Solo que en los tres se dio a pinchar sin misericordia y eso, en toreros de su estatura, su mando, su dominio, su todo es algo que no puede tolerarse. Decirse “matadores de toros” tiene una fuerte carga de significados que los vuelve semidioses y en ese sentido, Perera se volvió pequeña figura de un altar.

   Octavio García “El Payo” y Arturo Saldívar son, en este momento, cartas muy fuertes de la generación emergente del toreo en México. Ambos han tenido la oportunidad de remontar sus quehaceres en plazas como la de Madrid, donde la fortuna les guiñó el ojo. Es decir, estos dos jóvenes matadores de toros se encuentran en una etapa de, o me dejan pasar o paso a la fuerza. Si he de ser sincero, a “El Payo” le falta un pulimento menor que permita ser él y su circunstancia, sin necesidad de ninguna copia mala; sí necesita referentes, sí necesita paradigmas, pero no otra cosa. Estoy seguro que aplicándose a ese empeño se irá colocando en lugares de privilegio. En cuanto a la comparecencia del aguascalentense Arturo Saldívar, puedo decir, sin ambages que estuvo mejor la tarde en que alternó con “El Pana” y Talavante, pues se dejó ver con mucha naturalidad y aunque en esta otra jornada salió a por todas desde el principio, se desdibujaba después. Es deseable que las multitudes no lo espanten. Él en todo caso, deberá ser el causante de un arrebato popular inimaginable.

   Pero si al final de todo un festejo, donde se puso empeño en celebrarlo como Dios manda, hubo lo que hubo en términos de materia prima, es decir, ausencia del toro (y eso ocurrió en los dos festejos conmemorativos), esperemos se convierta en una amarga lección para no volverla a cometer. Si la empresa se sometió a los caprichos de uno o más de los toreros, si la empresa quiso ser complaciente con ellos, pero no con el público, señora empresa, nos tomaron la medida, nos vieron la cara. Claro, después del “niño ahogado” la empresa no tuvo otro remedio que cubrirse el rostro de vergüenza y…

    Perdón, este último párrafo forma parte de una historia que jamás sucedió, es inventada, es una autentica, vil y cochina mentira.

 9 de febrero de 2011.

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EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. DE LA PRIMERA A LA QUINTA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 5.

 LA JURA COMO EMPERADOR DE AGUSTÍN ITURBIDE Y SU POLÉMICO DESENLACE.

PRIMERA de CUATRO PARTES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 Esta efeméride se remonta al 24 de enero de 1823.

    La jura de un monarca supuso, durante el período virreinal un buen conjunto de fiestas de las denominadas repentinas, y donde los festejos taurinos fueron elemento indispensable para su realización. En mi libro Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, incluyo, en el “Anexo de obras”, la reunión de todas –o casi todas- las relaciones, descripciones de fiestas o relaciones de sucesos que tuvieron que ver, y para el caso del que aquí me ocupo, con las juras de diversos monarcas. Tomo 2 de los 365 ejemplos alli relacionados para no desviarme del tema y que refieren la jura del primer Borbón, Felipe V en 1701, a saber:

 1701. Montoya y Cárdenas, Ambrosio Francisco: Diseño festivo del amor. Obstentativa muestra de la lealtad, acclamacion alegre Con que la muy noble, Augufta Imperial Ciudad de la Puebla de los Ángeles en el dia diez de Abril del año de 1701. Juro por fu Rey, y Señor natural al Invinctiffimo Señor D. Phelipe V. de efte nombre, Monarcha Supremo de dos Mundos. Que efcrivia D. (…) Clérigo Presbytero defte Obifpado de la Puebla. Impresso: En la Puebla, poa (sic) los Herederos del Capitan Juan de Villa Real, en el Portal de las flores.

 1701. Isla (José Francisco de): BUELOS de la Imperial Aguila Tetzcucana, A las radiantes Luzes, de el Luminar mayor de dos Efpheras. Nuestro Inclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Qvinto [Que Dios guarde] Cuia fiempre Augufta Real Mageftad, aclamó jubilosa la Americana Ciudad de Tetzcuco, el día 26 de Junio de efte año de 1701. Siendo Alferes Real en ella El Cap. don Andrés de Bongoechea y Andvaga, Alcalde, que fue de la Santa Hermandad, por los Hijofdalgo de la Villa de Oñate, fu Patria en la Noble Provincia de Guipufca, en la Cantabria. Descrivelos [Con vna Pluma de fobredicha Aguila, de fu Patrio nido] Joseph Francisco de Isla: Dedicándolos Al Cap. Don Miguel Velez de la Rea, Cavallero del Orden Militar de Santiago, Diputado Mayor de la Contratación de la Flota de Efpaña,  etc. De cargo del Almirante General D. Manuel de Velasco. Con licencia: En México, por los herederos de la viuda de Bernardo Calderón.

    Pues bien, en 1823, el eje de atención fue Agustín de Iturbide, personaje que pasa por ser “héroe” y “antihéroe” de la historia de México. “Libertador” de México y primera cabeza del Estado independiente (primer como presidente de la regencia, luego como emperador). Impulsor del “Plan de Iguala”, un hombre que se pavoneó por el escenario en el ridículo traje del emperador Agustín I, acusado por el virrey Apodaca de tomar el trono simple y sencillamente porque “estaba ávido de poder”. Y más aún: que “si algo ocasionó el fracaso fue la asunción de Iturbide al trono, y no el Plan de Iguala en sí”. Aquellos años marcaban en definitiva la separación de España con la independencia de México, fundados en el Tratado de Córdoba que buscaba no sólo la independencia, sino la autonomía. Así que habiéndose podido cubrir de gloria, Agustín de Iturbide durante los 18 meses que duró su régimen, fueron tiempos de intensa confrontación, polarización política, envidias, pero también desilusiones ocasionadas, entre otras cosas, por la burda manera en cómo se manejó este personaje al grado que fue blanco de satanización como tirano y usurpador. Nos dice Timothy E. Anna en El imperio de Iturbide[1] al respecto de dichas increpaciones:

 Esto es profundamente injusto para Iturbide. Pudo haber sido un hombre con una visión limitada, un producto de su época, un rebelde reticente, un buscador de poder. Pero como dice (Francisco) Bulnes: “Si debe bajar de su pedestal Iturbide por ambicioso de poder, tenemos que echar abajo a todos los héroes de la independencia, exceptuados Morelos y Matamoros”. La manera en la que el Plan de Iguala abarcó a todos los elementos, convenció a Iturbide de que él era, según sus palabras, la única voz de la voluntad del pueblo (esto nos recuerda hechos recientes del conflicto en Egipto y donde justo el reclamo social por la salida de Hosni Mubarak con 31 años en el poder, llevó a Mohamed El-Baradei –premio Nobel de la paz- a proclamarse como un salvador, siempre y cuando “la única voz de la voluntad sea la del pueblo”). En el peor de los casos –continua apuntando T. E. Anna-, eso es egocentrismo, no tiranía. Fue capitulado sin una preparación previa para el liderazgo nacional. Luego luchó por crear un Estado unificado y un aparato de gobierno funcional. Su voluntad de restaurar el disuelto Congreso Constituyente sugiere que empezaba a aprender la necesidad de conciliar, si bien su dedicación al orden permaneció en un lugar preponderante e impuso límites a su flexibilidad. Después de todo, fue su temor a que las provincias se dispersaran en todas direcciones, y se condujera a una atomización de México, lo que hizo que regresara al país en 1824.[2]

Archivo General Municipal de Puebla.

Actas de Cabildo, 1857. Vol. 123-A.

   Con este perfil tan necesario como aclaratorio, es que podemos comprender parte de aquellos momentos iniciales de un nuevo estado-nación que se llamó México y que, durante el curso del siglo XIX fue blanco de ambiciones, pugnas, desmantelamiento, recorte territorial, invasiones y guerras.

   Regresando al asunto que es motivo de esta efeméride, ocurre que el 24 de enero de 1823 se desarrolló la Jura al trono como emperador de Agustín I, fiesta cuyo contenido era el conjunto de diversas celebraciones civiles, militares y religiosas que, durante varios días, incluyeron en ese bagaje un buen número de corridas de toros. Las noticias al respecto de los festejos taurinos son casi nulas, salvo aquella expresión apasionada que Carlos María de Bustamante expuso en El águila Mexicana, Nº 14 del 28 de abril de 1823:

 Principio es sabido que los tiranos, cuando quieren que los pueblos no conozcan sus grillos, ni sus desgracias, los tienen sumergidos en diversiones, ellas les hacen olvidar la libertad, les hacen prescindir del recobro de sus derechos, a tal estado y tan lamentablemente puso Iturbide al pueblo de México. Se horroriza mi corazón sensible a tanta desgracia; y más cuando ve que introdujo unas diversiones, que las naciones cultas miran con horror, que sólo sirven para encallar (sic) los corazones, para ver con frialdad el asesinato, la sangre y la muerte; tal es, público respetable (a quien dirijo estos mal ordenados renglones) las corridas de toros, que si queremos que los pueblos del orbe nos tengan por cultos, es de precisión absoluta abolirlas de nuestra patria. En ellas no reina más que el desorden, la disolución, el lujo y lo fatuo, y por último cuán poco lisonjero es para una joven tierna, para un delicado niño, el ver que un hombre atrevido se presenta con serenidad al frente de una fiera, que resiste su choque, y que después de estar lidiando con ella, la inmola a la punta de una espada, estas impresiones feroces se arraigan en su corazón, y he aquí cómo se forman los hombres insensibles al dulce encanto de las artes, al hermoso atractivo de la virtud (…)[3]

    Como podrá notarse, antes de cerrar esta primera parte, Bustamante fue opositor declarado a las corridas de toros en su tiempo. En el Diario histórico de México, su obra más representativa, y que abarca un trabajo del día a día entre 1822 y 1848, en cuanto había motivos para descargar su descontento hacia el espectáculo taurino, lo dejaba plasmado en términos muy parecidos al que acabamos de dar lectura.

 CONTINUARÁ

 


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 125.

[2] Timothy E. Anna: El imperio de Iturbide. México, Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes-Alianza Editorial, 1991. 261 p. (Los Noventa, 70).

[3] Op. Cit., p. 253.

 

 

 

 

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 4.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La presente efeméride ocurrió el 7 de abril de 1833.

 En LA ANTORCHA, D.F., del 6 de abril de 1833, p. 4 aparece la siguiente noticia:

 DIVERSIONES PÚBLICAS.

    Se ha concluido la plaza de Toros de la plazuela de S. Pablo, y mañana debe ser su primera función. La hermosa vista que ella presenta y el especial gusto y elección del empresario, nos prometen que presentará una diversión excelente y completa en su género.-También hay toros de once en la de Necatitlán y Alameda.

    Luego de haber permanecido inactiva dicha plaza con motivo de un incendio provocado en el curso de 1821, se hicieron todas las gestiones para poner en marcha los trabajos que dieron por resultado la construcción de un nuevo coso en el mismo lugar que había estado desde 1788. Por lo tanto, me refiero a la segunda época de la Real Plaza de Toros de San Pablo, que abarca de 1833 a 1848. Con la parquedad mostrada por la prensa de la época, donde apenas puede uno enterarse de la información concreta del estreno, no queda sino mencionar un hecho afortunado. Visitaban el país dos viajeros extranjeros: Mathieu de Fossey (que llegó a México el 13 de febrero de 1831) y John Moritz Rugendas (cuya residencia abarca de 1831 a 1834). Aquel era un profesor francés que dejó testimonio de sus diversas fascinaciones en “Le Mexique”. En el capítulo IV de la mencionada obra se ocupa ampliamente del asunto. Habiendo estado en la ciudad de México en 1833 no dejaron de darse corridas, (especialmente en una plaza cercana a la Alameda) pero no había en él esa tentación por acudir a uno de tantos festejos hasta que

 Acabé por dejarme convencer; pero la primera vez no pude soportar esta escena terrible más de media hora… [Algún tiempo después volvío…] y acabé por acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes que tenía que resistir hasta el final del espectáculo…

    Como es amplísima la descripción de su asistencia a la plaza de San Pablo y corto este espacio, sólo dejo mencionados estos datos, pues uno más de estos viajeros, el pintor alemán Rugendas, es quien se encarga de sintetizar todo lo mencionado por el autor galo en un bellísimo testimonio que hoy ilustra la presente anécdota.

   El colorido intenso con que recrea aquella tarde, que probablemente sea la de la inauguración, nos permite entender que el acontecimiento fue presenciado por don Valentín Gómez Farías, quien ocupó la Vicepresidencia Constitucional apenas el 1º de abril anterior, sustituyendo al General Manuel Gómez Pedraza. Recordaré que en esos momentos estaba en funciones un congreso con mayoría de liberales “exaltados”, el cual se convirtió en el aliado necesario para que Gómez Farías llevara a cabo una serie de reformas en 1833 que afectaban especialmente a la iglesia y al ejército. Así fue como fue sancionado finalmente el código centralista conocido como las Siete Leyes.

   Las banderolas tricolores dan idea de la dimensión de aquel festejo en el que bien pudieron haber actuado los hermanos Luis y Sóstenes Ávila o también el portorrealeño Bernardo Gaviño que, según El Arte de la Lidia ya estaba en nuestro país desde 1829 y no en 1835 como afirman otras fuentes.

  Toro embolado y fuegos de artificio dieron fin a aquella fascinante inauguración.

   No puedo dejar de mencionar el hecho de que en los días posteriores a este acontecimiento, la prensa siguió reportando festejos como los que se indican a continuación:

 LA ANTORCHA, D.F., del 7 de abril de 1833, p. 4: TOROS. En la plaza de S. Pablo, en las tardes de estos tres días y en la de Necatitlán, hoy y mañana, de once; y pasado mañana en la tarde.

    También hubo una corrida de toros más el lunes 8, según lo afirma Heriberto Lanfranchi[1] prosiguiendo aquel ramillete de festejos hasta el domingo 2 de junio cuando se anunció el último de ellos.

 LA ANTORCHA, D.F., del 9 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Esta tarde en las plazas de S. Pablo y Necatitlán.

 LA ANTORCHA, D.F., del 20 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Mañana en la tarde, en las plazas de S. Pablo, Necatitlán y Alameda.

 LA ANTORCHA, D.F., del 4 de mayo de 1833: TOROS. En la plaza de la Alameda, de once; y en la de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde.

 LA ANTORCHA, D.F., del 18 de mayo de 1833, p. 4: TOROS MAÑANA. En la plaza de la Alameda de once, y en la de Necatitlán y S. Pablo en la tarde.

 LA ANTORCHA, D.F., del 25 de mayo de 1833: TOROS. En las plazas de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde; y en la Alameda de once.

 Y esto, un poco para confirmar el dicho del propio M. de Fossey al respecto de que “Todos los domingos y días de fiesta hay corridas de toros, casi cien por año…”

John Moritz Rugendas. http://es.wikipedia.org/wiki/Mauricio_Rugendas

Museo Nacional de Historia. Castillo de Chapultepec.

“Corrida de toros en la Plaza de San Pablo”. John Moritz Rugendas (1833). Óleo sobre cartón.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 129.

 

 

 

 

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 3.

 Por: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 La presente efeméride corresponde al 19 de noviembre de 1856, fecha de nacimiento de Ponciano Díaz Salinas. (PARTE II)

    Recuperado el hilo de la conversación en Ponciano Díaz, debo mencionar que tuvo el privilegio de ser poseedor de una summa del toreo, misma razón que sirvió para que su fama escalara unos niveles sin precedentes, hasta convertirlo en ídolo popular. La anécdota que a continuación se incluye, es el mejor ejemplo de aquella circunstancia.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

 -Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.

 Y aquí una curiosa interpretación:

 En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…

    Su fama sube como la espuma del mar y como gran personaje le dedican versos, corridos; su figura queda registrada en grabados, cromolitografías. Lo cantan en marchas y zarzuelas. El 15 de enero de 1888, al inaugurar su plaza, la de “Bucareli”, tal ocasión se convirtió en un festejo inenarrable, ya que, entre otras cosas, su pecho fue cruzado por bandas tricolores, y su cabeza coronada por laureles. De los cielos descendió Joaquín de la Cantolla y Rico, y al bajar de la canastilla, este “poncianista furibundo” le dio un fuerte abrazo. Y Ponciano, tanto a pie como a caballo hizo las delicias esa tarde, como ocurriría en muchas otras jornadas. El 17 de octubre de 1889 y en la plaza de Madrid, recibió la alternativa de Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”. Pero tal fecha parece haberse convertido en el parteaguas de su destino. Y es que Ponciano habiendo sido el pendón del nacionalismo taurino por varios años, hasta antes de la alternativa, por el sólo hecho de recibirla en España, tal circunstancia representó para él, pero sobre todo para la afición incondicional, el momento de la traición. Así que regresar a México y volver a torear ya no fue lo mismo. La afición le dio la espalda y Ponciano tuvo que refugiarse en provincia con afanes de recuperar viejas glorias. Pero ya nada fue igual. A este acontecimiento debe sumarse el hecho de que se convierte en empresario, y buen empresario para eso de los dineros, pero malo, muy malo para eso de los resultados en el ruedo. Adquiere ganado de dudosa procedencia y su plaza, la de “Bucareli” fue blanco de la furia popular en más de una ocasión. Pero allí no para todo. Al “torero con bigotes” le dio por la bebida y al morir, el 15 de abril de 1899, precisamente de cirrosis hepática muere también el último reducto de aquellas manifestaciones híbridas, tanto a pie como a caballo de las que fue particular exponente, y guerrero en más de cien batallas frente a un ya bien consolidado ejército que detentaba el capítulo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, al parecer su máximo enemigo. Como dato curioso Debo agregar que en otra investigación de mi autoría denominada: Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI, trabajo que, en forma paralela realicé junto al de la hacienda de Atenco y a la biografía de Bernardo Gaviño y Rueda, concluyo que de las 554 actuaciones contabilizadas hasta este momento, Ponciano Díaz se enfrentó en 62 ocasiones a toros de Atenco, datos por demás interesantes, y que nos dan una idea de la dimensión adquirida por este personaje, a quien se le prodigaron decenas de versos como los que a continuación reproduzco y que se publicaron en 1887:

 

DÍSTICOS.

 

Eres humilde artista mexicano

Cual fue valiente Cuauhtemoc, tu hermano.

 

México bate palmas glorificando a su hijo,

Que eclipsa los laureles del bravo Lagartijo.

Ni Cara-ancha, ni el Gallo, ni Espartero

Te superan a ti como torero.

 

Héroe en la plaza, simpático al lidiar

Eres perfecto amigo, un ángel en tu hogar.

 

Brilla en tu frente la audacia y el valor

Nadie te iguala, sereno matador.

 

No hay más allá, ni más certera mano

Al matar, que la diestra de Ponciano.

 

Viva siempre el diestro mexicano

Emulo digno del torero hispano.

 

Te aplaudimos contentos, placenteros,

Orgullo de tu patria, rey de los toreros.

 

Es tu gloria escuchar al mexicano

Entusiasta gritar: ¡¡Ahora Ponciano!!

 

En el valiente suelo mexicano

Nació para la lid el gran Ponciano.

 Anónimo.

La misma suerte, fue ejecutada en la antigua plaza de Madrid, en julio de 1889. Daniel Perea dejó para la posteridad esta maravillosa cromolitografía, rememorando al torero y charro mexicano Ponciano Díaz Salinas quien, el 17 de octubre siguiente recibiría la alternativa en dicha plaza.

 

 

 

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 2.

Por: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

La presente efeméride corresponde al 19 de noviembre de 1856, fecha de nacimiento de Ponciano Díaz Salinas, por lo que con ese motivo lo recordamos. (PARTE I)

   El toreo en México no es obra de la casualidad. No es de ayer. Tiene ya casi 500 años entre nosotros, de ahí que sea conveniente una lectura detenida a cada uno de los principales pasajes que lo han constituido. Por eso, en esta ocasión, he decidido centrar mi atención en un importante personaje de finales del siglo XIX. Me refiero a Ponciano Díaz Salinas. Quizá una buena parte de la población actual sepa algo de él porque existen algunas calles que llevan su nombre. Sin embargo estamos ante un personaje, que por sí solo ocupa un capítulo importante en esta revisión.

   Ponciano Díaz viene al mundo el miércoles 19 de noviembre de 1856, por lo que bien vale la pena celebrar el 154 aniversario de su nacimiento, mismo que ocurre en la hacienda ganadera de Atenco, enclavada en el Valle de Toluca. Sobre Ponciano se han tejido diversas historias que se tiñen de un romanticismo que raya en la chabacanería, y con eso es preciso terminar, pero también aclarar, evitando en la medida de lo posible que se siga deformando su perfil en tanto ser humano de carne, hueso y espíritu.

   Es cierto que Ponciano se forma en un medio eminentemente rural y allí forja buena parte de lo que significó como charro, conviviendo entre toros y caballos, expresiones que luego trascendería en el espacio urbano. Para 1876 comenzó su andar por plazas, acompañando a sus coterráneos Tomás Hernández “El Brujo”, y sus hijos Felipe y José María Hernández quienes hicieron suyos los consejos del torero español Bernardo Gaviño y Rueda, mismo que con notable frecuencia acudía a seleccionar ganado atenqueño para lidiarlo más tarde en distintas plazas del centro del país.

   El 1º de enero de 1877 nuestro personaje actúa en Santiago Tianguistenco, México como “Capitán de gladiadores”, término que se daba por aquella época al primer espada de una cuadrilla. Dos años más tarde, y en Puebla, Gaviño, le concede el 13 de abril una alternativa apócrifa, por la sencilla razón de que Bernardo no había obtenido ese privilegio en España, habiendo salido de su patria a edad muy temprana. En un libro –inédito aún- y que es de mi autoría lo defino así: Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Y es que este personaje ejerció un radio de influencia sin precedentes, ya que se convierte en un auténtico “patriarca” o “mandón” del toreo. Sin embargo, no contaba con alternativa. Pero esto, para él, era lo de menos. Varias generaciones de toreros “aborígenes”, término con el que la prensa de la época definía a los nuestros, abrevaron de la experiencia de aquel “maestro” quien influyó no sólo entre la gente de coleta. También se codeó lo mismo con presidentes de la república que con el pueblo llano. Tales circunstancias, permitieron a Gaviño el control absoluto de la tauromaquia en México de mediados del siglo XIX, y entendió que con el ganado de Atenco tenía garantizada la construcción de un “imperio” que luego devino “dictadura” pues imponía, fijaba línea, levantaba o tiraba muros, habiendo momentos en que su decisión estaba por encima de todo.

   El Bernardo Gaviño que he estudiado por muchos años, fue un torero que, según el rastreo de todas sus actuaciones, alcanza las 690 no sólo en nuestro país. También en Uruguay, Cuba, Venezuela y Perú, y aunque haya algunos autores que no le den la importancia que merece, todos esos años por ruedos nacionales y extranjeros significan no una casualidad. Sí un hecho concreto de realidades para entenderlo como una gran figura que legó, en este caso a nuestra tauromaquia los cimientos elementales que permitieron la adquisición de un espíritu que, en sus manos no podía ser ni nacionalista ni tampoco hispano, y menos en unos momentos de definición para el nuevo país que empezaba a ser México. En todo caso se puso en práctica un nuevo mestizaje taurino, cuya puesta en escena fue un in crescendo fascinante tarde a tarde. Gaviño además, fomenta un espectáculo de ricos matices parataurinos cuya concepción va de la lidia convencional de varios toros, pasando por agregados como mojigangas, jaripeos, manganeos, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos de artificio… y todo en una misma función. Esto se repitió intermitentemente hasta el punto de que aquellos pasajes se desgastaron tanto que ya no fue posible mantenerlos porque llegó el momento en que el gaditano envejeció y ya no pudo mantener su imperio. Una colateral importante en su periplo fue el torero atenqueño Ponciano Díaz.

 CONTINUARÁ

 31 de diciembre de 2010.

La figura de Ponciano nos deja ver en este grabado su primera adaptación con la tauromaquia mexicana de la octava década del siglo XIX. Esa montera como molcajete y el bigote le dan al torero una singular representación.

 

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS Nº 1

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 SOBRE CORRIDAS DE TOROS EN 1847…

    Hasta hace algún tiempo se tenía la creencia de que, a raíz de la invasión norteamericana a nuestro país, y que se consumó de manera dramática el 14 de septiembre de 1847, cuando el ejército invasor entró a la ciudad de México, la plaza de toros de San Pablo, única que funcionaba por aquel entonces, fue desmantelada para que el maderamen sirviera como parte de las trincheras desde las cuales los soldados y voluntarios mexicanos pudiesen repeler el ataque en un momento verdaderamente tenso y amargo para la historia de nuestro país. Por otro lado, el dicho se va diluyendo en función de nuevas razones que le dan un giro al respecto. En primer lugar existe el argumento de que ya advertidas las autoridades de la capital sobre la marcha emprendida por el ejército estadounidense hacia la ciudad de México, y entre las diversas medidas una de ellas fue organizar una comisión especial, al mando del Lic. José Urbano Fonseca con objeto de establecer los hospitales de sangre que fuesen necesarios para enfrentar el estado de emergencia. De esa forma, fue el 16 de agosto de ese mismo año, cuando el Gral. Manuel María Lombardini se dirige a Fonseca girándole instrucciones para que el Ayuntamiento dispusiera del edificio que pertenecía al colegio de los Agustinos de San Pablo. A dicho lugar fueron enviadas las hermanas de la Caridad con objeto de que estuviesen prestas a la atención de los heridos, habilitándose al interior de dicho espacio el hospital de campaña. Entre los requerimientos de infraestructura fue necesario desmantelar parte de la plaza de toros de San Pablo, aledaña a dicho claustro, de ahí que puertas y lumbreras se convirtieron en camas que sirvieron para dar acomodo a los enfermos.

   Así era la plaza de toros:

 

México pintoresco. Colección de las principales iglesias y de los edificios notables de la ciudad. Paisajes de los suburbios. L. introducción por, Francisco de la Maza. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1967. Ils. Pocas imágenes existen sobre la Real Plaza de toros de San Pablo. Esta vista corresponde al apunte de un pintor anónimo quien, para 1853 alcanza la gloria de ver publicado su México pintoresco. De entre las 45 acuarelas, la Nº 11 ilustra los exteriores de la famosa plaza de toros de San Pablo, que funcionó entre 1788 y 1864 en la ciudad de México.

   Antes de esta disposición, el domingo 17 de enero de 1847 se celebraba en San Pablo el siguiente festejo:

   De la exhaustiva revisión de la prensa de la época fue posible encontrar datos de al menos dos festejos por aquellos días:

Cartel anunciador para el festejo del 26 de septiembre de 1847 que se publicó en The American Star, D.F.

    Otro, en muy parecidas circunstancias ocurrió el 17 de octubre siguiente. Juan Bensley que ese era el nombre del empresario o “director de la compañía del Circo americano” estaba en nuestro país desde 1843, como puede comprobarse en el siguiente dato:

 2479. 1843. Junio, 26. Juan Bensley solicita licencia para unas funciones que quiere presentar. Caja 77–A , exp. 37, 2 ff.[1]

    Justo ese mismo año, Román Sotero, que era, a la sazón el administrador de la hacienda de Atenco, le planteaba a D. José Juan Cervantes, el propietario en la habitual correspondencia el siguiente asunto:

 Señor D. José Juan Cervantes

Atenco, 22 de enero de 1847

   (…) De ganado del cercado contamos hoy con 3000 cabezas, entre ellas muchos toros buenos para el toreo.

   Román Sotero (Rúbrica)[2]

   Pero claro, no faltó ni el chisme ni el imprudente que, a “toro pasado”…

   En la edición de THE AMERICAN STAR, D.F., del 24 de mayo de 1848, p. 3 nos topamos con esta noticia inquieta:

ALARMA.

Se nos ha dicho que el Domingo en la tarde un mexicano dio en la plaza de toros el grito de “mueran los blancos, vivan los indios”. Este grito aislado en la plaza de San Pablo puede tener eco por multitud de puntos y ser inspirado de antemano de puntos distantes, que un día se levanten con barbaridad, ¡¡¡Atención!!! Las más grandes desventuras se dan a conocer por pequeñas indicaciones al parecer insignificantes, en realidad muy significativas.

   Lamentablemente, siendo tan pocos los datos, aún así ha sido posible concebir una idea del pulso taurino en un año por demás complicado como fue el de 1847.

 24 de diciembre de 2010.


[1] Yaminel Bernal Astorga: “Fondos del siglo XIX (1826–1861). Inventario de las cajas 43 a 111–A de la Sección D.” Archivo Histórico del Municipio de Colima. 2002. 533 p., p. 293.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia.” Tesis de doctorado en Historia de México. Proyecto pendiente de su titulación, por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Historia. México, 2006. 251 p. + 629 p. (ANEXOS). Ils., fots., cuadros, maps., facs.

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DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO, Nº 3

 Una ocurrencia de MADAME CALDERÓN DE LA BARCA el 8 de mayo de 1840.

LOS TOROS, SON COMO EL PULQUE…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

NOTA BENE: Hecho un pequeño balance, de aquí en adelante, esta serie abarcará lo mismo ocurrencias en el virreinato, que de los siglos XIX, XX y XXI.

   El embajador Ángel Calderón de la Barca, vino a México cumpliendo la misión diplomática como representante de España en México de 1840 a 1842. Su esposa, mejor conocida como Madame Calderón de la Barca, tuvo a bien legarnos su visión como extranjera acerca de lo que para ella fue La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país. 

   Entre sus experiencias de vida cotidiana, no faltó presenciar una corrida de toros. Tras la lectura a su novena carta, es posible percibir las sensaciones, los sentimientos encontrados que produjo en ella su asistencia a una corrida que ocurrió el 8 de mayo de 1840. Y es el Dr. Benjamín Flores Hernández quien mejor la interpreta en estos términos:

 En aquella ocasión, a pesar de quedar deslumbrada por el brillo de un espectáculo cuya “gran belleza” no pudo dejar de reconocer, todavía sintió ciertos remordimientos por haber gustado sin excesivas náuseas de esa repugnante forma de atormentar a un animal hacia el cual, sobre todo atendiendo a que su peligrosidad la rebajaba el hecho de que las puntas de sus pitones se hallaran embotadas sentía mayor simpatía “que por sus adversarios del género humano”.[1]

Hermosa recreación de MADAME CALDERON DE LA BARCA.

Fuente: José Joaquín Blanco. EL DIARIO DE UNA MARQUESA. México, Ed. Tecolote, 1994.

   Esta mujer, Frances Eskirne Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y hasta construye una famosísima frase que nos da idea precisa de cómo, sin demasiados aspavientos como los demostrados por otros europeos y anglosajones, comulga con la fiesta. Desde Tulancingo, y al estremecimiento de otra corrida (en la que seguramente participó Bernardo Gaviño), madame Calderón lanzó su más famosa sentencia que luego se convirtió en complacencia que va así:

   ¡Otra corrida de toros ayer (8 de mayo, en Tulancingo) por la tarde! Es como con el pulque, al principio le tuerce uno el gesto, y después se comienza a tomarle el gusto (…).[2]

   Su posición en definitiva es moderada, no escancia hieles de descrédito hacia lo español, como lo hizo otros viajeros extranjeros que condenaron a la nación española por la introducción de la sangrienta y salvaje fiesta, cuyo solo objetivo era

 desmoralizar y embrutecer a los habitantes de la colonias, y con la esperanza de así poderles retener con más seguridad bajo el yugo.[3]

    En el fondo, y como deseo de afinidad entre estos viajeros hay en el ambiente algo que  Ortega y Medina trabajó perfectamente en un ensayo mayor titulado: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”.[4] De siglos atrás permaneció entre las potencias inglesa y española una pugna de la cual se entiende el triunfo de aquélla sobre ésta dada su superioridad, frente a la realidad del hombre. Un nuevo caldo de cultivo lo encontró ese enfrentamiento luego de abierto el espacio hispánico y toda su proyección en América, al surgir la “Leyenda negra” sustentada por esos pivotes del ya entendido mito, de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (Sevilla, 1542) por Bartolomé de las Casas, cuyo sentido de liquidación es cuanto se cuestiona y se pone en entredicho por quienes quisieron acusar la obra hispánica en la América en el pleno sentido de su colonización.[5]

 7 de febrero de 2011.


[1] Benjamín Flores Hernández: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México)., p. 98.

[2] Madame Calderón de la Barca (Frances Eskirne Inglis): La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país. 6a. edición. Traducción y prólogo de Felipe Teixidor. México, Editorial Porrúa, S.A., 1981. LXVII-426 p. (“Sepan Cuántos…”, 74)., p. 119.

[3] Juan Antonio Ortega y Medina: México en la conciencia anglosajona II, portada de Elvira Gascón. México, Antigua Librería Robredo, 1955. 160 p. (México y lo mexicano, 22)., p. 76.

[4] Juan Antonio Ortega y Medina: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”. En Históricas. Boletín de información de Instituto de Investigaciones Históricas. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985. 60 p. (p. 19-42). (HISTORICAS, 16)., p. 19-42.

[5] José Francisco Coello Ugalde: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, División de Estudios de Posgrado, Colegio de Historia, 1996. (Tesis de maestría). 238 p. Ils., fots., p. 43-44.


 

 

 

 

Del Anecdotario taurino mexicano, Nº 2

Por: José Francisco Coello Ugalde

 Esta anécdota ocurrió el 4 de febrero de 1910 en la ciudad de México.

  El Tiempo, D.F., en su edición del 5 de febrero de 1910, p. 3 apuntaba que había sido encontrada el viernes 4 de febrero por operarios que trabajaban en la reconstrucción de la Cámara de Diputados, la primera piedra del antiguo teatro de Iturbide, localizada en las excavaciones de las entonces segunda calle del Factor y segunda de Donceles (antes Canoa). Que esta caja fue hallada en el centro de la fachada que formaba el edificio a un metro veinticinco centímetros del nivel de la banqueta, estando cubierta por una loza que fue necesario romper y que en la parte superior tenía la siguiente inscripción: “Marzo 6 de 1851”, fecha que probablemente haya sido la de inauguración de dicho teatro.

   La caja -que hoy se conoce como “Cápsula del tiempo”-. ya muy maltratada era de madera, forrada en su interior de lámina de zinc, y cuyo contenido aquí se relaciona:

 Doce monedas, cuyos cuños se describen a continuación: Una de oro, en el anverso el escudo Nacional; en el reverso: “La Libertad en la Ley.-8 E. México. 1851.

   Otra moneda de oro, con el mismo escudo e inscripción. E E. 1850.

   Otra de oro con igual escudo, 2 E. México, 1850.

   Otra de oro, 1 ½ E. México, 1851.

   Un peso de plata. México, 1851.

   Una peseta. México, 1851.

   Un real de plata. México. 1850.

   Un medio real de plata. México, 1851.

   Una cuartilla de plata, México, 1850.

   Un tlaco de cobre. México, 1842.

   Un tubo de cristal, conteniendo un papel enrollado que en su estado de humedad no es posible saber lo que contiene.

   Un documento impreso cuyo contenido no es posible saber por su estado.

   Seis paquetes de periódicos y dos de cuadernos al parecer calendarios, atados con listones de varios colores.

    Pero el asunto no quedó ahí.

    En la edición de El Tiempo del lunes 7 de febrero siguiente se pudo saber detalle de algunos de los documentos, sobre todo el de los paquetes de periódicos y lo contenido en el misterioso tubo de cristal.

   Los impresos son un periódico de “La Hoja Suelta”, el “Boletín de la Distribución de Cuarteles y Comisiones”, hecha por el Presidente del Ayuntamiento; cinco etiquetas de distintos licores de la tintorería de las Águilas, de Julio Freisinier; un ejemplar, el Nº 2400 del año VII del “Monitor Republicano”, fecha 16 de diciembre de 1851, atado con listón color de rosa; un ejemplar del número 7, T. 10 de “El Ómnibus”, fecha igual a la anterior, atado con listón crema; un ejemplar de “El Universal”, Nº 1126, T. VII de la misma fecha, atado con listón crema; un ejemplar de “La Reforma”, Nº 4, año 10, del 13 de la misma fecha, atado con listón crema; un ejemplar de “El Siglo XIX”, Nº 1082, T. V de igual fecha; un ejemplar de “El Español”, T. I., Nº 25, de la misma fecha; un ejemplar de “La Ilustración Mexicana”, T. II, entrega 5ª, correspondiente a la misma fecha; un ejemplar de “El Constitucional”, periódico oficial del Gobierno de los EE.UU. Mexicanos, T. I, Nº 79; un ejemplar de “El Correo” T. I., Nº 15, atado con listón celeste.

   Los calendarios que se encontraron, todos eran de pequeño tamaño, pero todos con grabados y bien impresos con orden las noticias y el texto. Pero entre toda esa documentación, se encontraba, no podía faltar, un curioso programa de toros que a la letra dice:

    “Gran corrida de toros en la Plaza Principal de San Pablo. Para la tarde del domingo 14 de diciembre de 1851, a las cuatro de la tarde en punto. Se lidiarán seis bravísimos toros de muerte de la ya muy conocida y muy acreditada ganadería del Infierno, cuyos nombres son: 1, Satanás; 2, Quiebrahuesos; 3, Macacao; 4, Inquisidor; 5, Geremías; 6, Periodista. Gran lucha del oso “Cochero” con el toro “Notefíes”, la que tendrá efecto después del segundo toro de lidia. Concluido de lidiar y matar el toro “Inquisidor”, que es el cuarto, habrá en la plaza un divertidísimo jaripeo o manganeo de caballos y mulas serreras. Desde el principio de la función se hallarán en el circo dos estrambóticos Dominguejos perfectamente construidos para estrenarlos en la función de este día. Para cubrir intermedios se echarán de fiesta de coleadero dos toros y por fin de fiesta un embolado para regocijo del pueblo. Por su parte, la sobresaliente compañía tauromáquica de esta plaza, queriendo asimismo demostrar al público su agradecimiento con que la colma cada vez que en la lid se presenta, ha pedido a la empresa que para el referido día se anuncien las siguientes difíciles suerte que entre otras muchas se han de ejecutar: Los picadores montarán en pelo caballos serreros para picar uno de los toros de muerte. El espada José Sánchez, conocido por El Niño, ejecutará el difícil salto del célebre Montes sobre uno de los toros de lid, cuya hazaña se la ha granjeado los más estrepitosos aplausos cuantas veces la ha ejecutado. Precios de entrada: Sombra, Lumbreras por entero con ocho boletos, 5 pesos; entrada general con boleto, 6 reales; Sol: entrada general con boleto, 2 reales.

    Para solaz y esparcimiento de la afición capitalina de aquel entonces, se celebraron dos festejos ese mismo domingo 14 de diciembre de 1851. El ya conocido en la Plaza Principal de San Pablo y el otro ocurrió en la plaza de toros del Paseo Nuevo. Si alguno de ustedes desea asistir a cualquiera de las plazas, a continuación podrán admirar los carteles anunciadores. Deseosas de contribuir a la satisfacción del honorable público, las empresas han dispuesto para el día de hoy, 14 de diciembre de 1851 con una sobresaliente corrida de toros que anuncian del siguiente modo:

 

 

 

 

Del Anecdotario taurino mexicano, Nº 1.

 Por: José Francisco Coello Ugalde

 Esta anécdota ocurrió el 18 de noviembre de 1860 en la ciudad de México.

    En aquella ocasión se celebró en la PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, un festejo taurino en el que participó la cuadrilla de Bernardo Gaviño, la cual se enfrentó a cinco toros de Atenco. Dicho festejo tuvo su parte generosa pues se dedicó al beneficio de las familias pobres de esta ciudad. Además, hubo toro embolado y fuegos artificiales como se estilaba entonces. Después de dicha corrida, Bernardo Gaviño, enfrascado en asuntos políticos se enfrentó a una difícil situación, cuyo desenlace se dio a finales de aquel año. Todo se desató luego del triunfo del ejército constitucionalista, al mando del General Jesús González Ortega, acérrimo enemigo del General Miguel Miramón, el cual se vio obligado a pedir asilo a la embajada española, por lo que fue acogido por uno de sus representantes, un señor de apellido Ballesteros. Esto ocurrió la noche del 24 de diciembre de 1860.

   Concepción Lombardo de Miramón, apunta en sus Memorias, que estando ya bajo la protección diplomática

 ...oímos otra llamada en la puerta de la embajada; el que venía a pedir asilo era un famoso torero, Bernardo Gaviño, que por tener simpatías por mi esposo y haberse dedicado algunas corridas de toros, temía ser maltratado por los constitucionalistas.[1]

    Así que, a lo que se ve, el caso de Juan Silveti proclamándose a favor del Gral. Plutarco Elías Calles en un muy avanzado siglo XX es, junto con este y otros casos que podrán conocerse más adelante, parte del interesante manojo de ocurrencias en donde los toreros hacen públicas sus preferencias… que en este caso fueron políticas cien por cien…

    Los presentes datos proceden de mi libro: “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX”. Es una obra inédita con 341 páginas, profusamente ilustrada.


[1] Concepción Lombardo de Miramón: Memorias de (…). Preliminar y algunas notas de Felipe Teixidor. México, editorial Porrúa, S.A., 1980. XIV-1005 p. Ils., retrs., fots. (Biblioteca Porrúa, 74)., p. 300.

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MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO. SEGUNDA PIEZA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 

Veracruz, por Casimiro Castro, litografía.

En: México y sus alrededores. Colección de monumentos, trajes y paisajes. J. Decaen, 1864.

Los viajes aerostáticos tomaron gran auge desde 1833 cuando E. Robertson –entre timos, cumplimientos, comedias y detenciones- logró cautivar a los asistentes en la plaza de toros de San Pablo. 30 años después, fueron célebres las ascensiones aerostáticas de Joaquín de la Cantolla y Rico o Benito León Acosta. Demostrada la seguridad de ese medio de transporte, diversos artistas tuvieron la oportunidad de volar sobre algunas ciudades o poblados para plasmar otra visión de la realidad. Tal fue el caso de Casimiro Castro quien logró esta espléndida vista del puerto de Veracruz en 1864. Amurallada, dispuesta para la defensa en caso de invasión, aunque quizá no tanto para los “nortes”. Vigorosa para los focos de infección que la convertían en deseado sitio de llegada o salida, tanto de viajeros como para el movimiento comercial.

Con frecuencia se podía observar la aterradora escena compuesta por un nutrido grupo de buitres que se acomodaban en las cornisas de algunas viviendas. Para tener certeza de mi dicho, incluyo a continuación tan interesante como impresionante testimonio gráfico.

 

Archivo General de la Nación. Fondo C. B. Waite. Esta imagen aparece en el libro:

Documentos gráficos para la Historia de MEXICO. VOL. III.VERACRUZ 1858-1914.

 México, Editorial del Sureste, S. de R.L., 1988. 220 p., p. 166.

Detalle de la fotografía de C. B. Waite.

Sin embargo, los “jarochos”, adaptados a ese ambiente solían divertirse. Al poner atención en la panorámica de Casimiro Castro se puede observar a la derecha de la litografía y extramuros, una plaza de toros. No es la primera, aunque por esos años quien frecuentaba el lugar, ya fuera aprovechando los días previos a su salida del país, o los de su llegada era Bernardo Gaviño. Para ello, nada mejor que los siguientes tres ejemplos:

-PLAZA DE TOROS EN VERACRUZ, VER. 21 de agosto. Según El Siglo XIX, D.F., del 22 de enero de 1852, Un mexicano, remitente de larga carta enviada a dicha publicación, refiere la actuación que el gaditano debe haber tenido el mencionado día 21 (en aquel puerto).

-El Universal, D.F., del 1º de abril de 1855, p. 3, apuntaba lo siguiente:

La actriz Doña Matilde Diez.

Asegúrase que vendrá precisamente a la República por el próximo paquete. Así, pues en muchos días, pasada la Pascua, no tendremos diversiones públicas en los teatros.

Más afortunados los amantes de la tauromaquia, podrá ocupar los asientos de la plaza de San Pablo, donde, según se dice, trabajará Bernardo Gaviño desde el domingo próximo. Este hábil torero se encuentra ya en esta capital, de vuelta de Veracruz, donde dio algunas corridas.

-PLAZA DE TOROS DE VERACRUZ, VER. Como apunta El Monitor Republicano del 31 de julio de 1856:

El famoso Bernardo Gaviño ha llegado a Veracruz; y después de dar en aquella plaza algunas corridas de toros, se encaminará a México. (Quizá convenga fijar un mínimo de tres festejos).

Detalle de la litografía de Casimiro Castro.

O como aquellas otras de Ponciano Díaz en junio de 1887, marzo de 1888, diciembre de 1889, noviembre de 1890, marzo de 1891, febrero de 1892, enero,  y las de febrero y marzo de 1893, por mencionar a dos de los toreros decimonónicos mejor documentados en estos tiempos.

Como habrá podido comprobarse, el puerto de Veracruz tuvo una actividad taurina intermitente que queda enriquecida, no sólo con la imagen de Casimiro Castro, sino de aquella otra que la prensa del XIX nos proporciona para enriquecer este pasaje que se suma al acervo del Museo-Galería Taurino Mexicano. 

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