Archivo mensual: mayo 2011

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XXI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Esta efeméride ocurrió el 6 de febrero de 2011.

    …Y como si hubiera ocurrido también en cualquiera de los siglos pasados, convirtiéndose no sólo en efeméride, sino en anécdota o caso curioso que para verlo… hay que creerlo.

   La nota se publicó en La Jornada, del pasado 1º de marzo de 2011. En ella, se da cuenta del extraño caso del cura Raymundo Pérez Bojórquez que, por fomentar el espectáculo de los toros en la comunidad maya de Tecoh, enfrenta desde esos días la amenaza de ser cambiado de parroquia. El padre Raymundo, que en sus correrías taurinas lleva el alias de Rayito, oficia –en olor de santidad- sus misas y sus sermones en la capilla del Niño de Atocha y en la parroquia de la Asunción, a la que por cierto dotó de cien mil pesos para obras y reparaciones, fruto de lo obtenido en un festejo donde él mismo participó, en compañía del becerrita Miguelito Lagravere y hasta del alcalde Joel Achach Díaz. Esto molestó a su ilustrísima, el arzobispo Emilio Carlos Berlie Belaunzarán quien se encuentra decidido a removerlo de su lugar de evangelización y doctrina.

   Pero ahí no para todo. El padre Pérez Bojorquez se ha ganado otro tipo de enemigos, y uno de ellos es un personaje de nombre “Armando”, a quien don Raymundo excomulgó luego de saberse que el cachondísimo “Armando” se había casado… la friolera de 10 veces.

   La historia parece arrancada de viejos anecdotarios, de pasajes que corren de boca en boca y sólo hacen crecer la dimensión de un acontecimiento que ya adquirió fama por el rumbo. Esto me hace recordar la taurinísima afición que tuvo y demostró el que fue décimo segundo virrey de la entonces Nueva España, Don Fray Pedro o Francisco García Guerra, Arzobispo de México (19 de junio de 1611 al 22 de febrero de 1612 en que murió). García Guerra fue un taurino “hasta la médula” del que Mateo Alemán o Artemio de Valle-Arizpe se ocuparon en sendas obras en que destacan su apasionada y desmedida afición por la tauromaquia, al grado sí, de que por lo que se sabe, estuvo de acuerdo en que se celebrara un festejo en ¡viernes santo!

   Por el significado de esta efeméride, me parece harto interesante documentarla aquí con la nota periodística que se divulgó para que no quedara duda al respecto. Si no supiese de su existencia, juraría que el caso pertenece a uno de los muchos que se dieron en el periodo virreinal, sumándose por ello a las páginas que de forma intensa llenó ni más ni menos que el Arzobispo de México, Fray García Guerra.

   Y hete aquí que se trata de un hecho tan reciente, tan vivo y colorido que por ello no puedo sustraerme no al mero rumor, o al “chisme”, sino a la dimensión de sus significados en una población tan localizada y específica como es la comunidad maya de Tecoh, donde no sólo el sacerdote partió plaza ese 6 de febrero, sino también en una fecha inmediata posterior, como fue la del 23, la que sirvió como pretexto para que el presbítero Gerardo Castillo Galera sea quien se encargue, de aquí en adelante de los destinos religiosos de la comunidad referida, desplazando así al sacerdote Pérez Bojórquez.

   Si el entusiasmo de Raymundo Pérez Bojórquez lo llevó a obtener muy buenos dividendos para un fin altruista como es el de la reparación de su parroquia; y si para ello no se vistió de luces, pero toreó, no veo donde esté el pecado, si es que así puede juzgarlo el ministerio que aplicó juicio sumario en su contra.

   Desconozco la otra parte de la historia, si Pérez Bojórquez pasó a otra comunidad, o si ya se prepara para organizar algún festejo benéfico, que tanta falta hace para mejorar las condiciones de las iglesias de aquellos rumbos de nuestro país. Como efeméride, vaya que es bastante sustancioso el caso, que por eso ha valido la pena registrarlo aquí.

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MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO. 9ª PIEZA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Podría resultar un tanto cuanto inútil presentar en esta Galería la inserción de este “Aviso” que da cuenta sobre las fiestas que se celebraron en junio de 1850 en Huauchinango (hoy estado de Puebla). El discurso que contextualiza cada uno de los ingredientes, permite entender la dimensión que alcanzaron aquellos acontecimientos en el que seguramente Huauchinango era un pequeño poblado que crecía al sólo anuncio de fiestas que incluían “tapada de gallos”, corridas de toros, un “volador” que se ejecutaba al estilo de los antiguos mexicanos, comedias, funciones de iglesia y fuegos de artificio.

   Por la composición de dichas celebraciones, tales acontecimientos guardan semejanza con otros sitios como San Agustín de las Cuevas, donde por cierto en 1883 hubo unas corridas de toros en sitio tan emblemático, sobre todo si se recuerdan las andanzas de don Antonio López de Santa-Anna, asiduo visitante y jugador empedernido que no dejaba escapar ocasión para dar rienda suelta a una de sus pasiones.

   De ese modo la noticia que deseo registrar va así:

 PLAZA DE TOROS EN SAN AGUSTÍN DE LAS CUEVAS, TLALPAM. Sugiere Enrique Chávarri Juvenal la presencia del diestro portorealeño Bernardo Gaviño en los siguientes términos:

 A la feria de Tlalpam se calcula que han acudido más de tres mil personas el último domingo -7 de abril-; las partidas y las ruletas rebosaban de gente, oíase el sonido del oro y de la plata, y el grito de alegría de los que ponían una pica en Flandes.

   Oíase en las partidas cuál zambaba la gente como las abejas en las colmenas.

   Después, ha habido coleaderos, casi corrida de toros, los coleaderos son primos hermanos de las corridas de toros, y más cuando como en Tlalpam, entre cada cola y cada mangana, se ha toreado, se ha banderillado a algún triste torete, haciéndole a mayor abundamiento, ver su suerte con la impía garrocha.

   De ahí la animación inusitada de San Agustín, juego y toros. ¿Qué más puede pedirse? Birjan y Bernardo Gaviño.

   ¡Qué mejor atractivo!

   El Monitor Republicano, 15 de abril de 1883, p. 1.

    Pero volvamos a Huauchinango.

   Entre aquel fervor religioso los pobladores de ese rincón provinciano celebraban a la Sma. Virgen de Guadalupe, pretexto que detonaba en las fiestas a las que me he referido gracias a uno de los tantos “avisos” que se publicaban en la prensa de la época. Fiestas que no quedaban reducidas a un pequeño conjunto de situaciones, sino a un bien preparado amasijo de expresiones, las cuales debieron despertar el interés de sus pobladores, así como el de muchos otros que se acercaban al lugar para divertirse. Entre todos ellos, hubo cuatro corridas de toros de las que se desconoce su desarrollo, quién participó, qué tipo de ganado se lidió y los otros detalles que nos permitan entender la forma en que pudieron celebrarse. Manuel Payno o Guillermo Prieto son autores que nos acercan a una lectura que nos deja una visión más clara de aquellas tauromaquias, festejos mixtos donde se lucían los de a pie y los de a caballo, sin faltar las mojigangas, los coleaderos, los fuegos de artificio, el toro embolado y otras invenciones u ocurrencias de los protagonistas, en este caso singular, anónimos representantes de ese toreo decimonónico, fascinante y alucinante en sí mismo.

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EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 La presente efeméride ocurrió el 21 de abril de 1838.

 TESTIMONIO INFANTIL DE JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA EN 1838: ¡NOVEDAD, NOVEDAD! LUCHA DE UN TORO Y UN TIGRE REAL, EN PLENA GUERRA DE LOS PASTELES.

    Joaquín García Icazbalceta se consolidó como uno de los bibliófilos más connotados del siglo XIX. Reunió en su biblioteca, ejemplares y papeles de suyo valiosos a cual más. También legó escritos desde su infancia y su época madura en donde hay una notoria formación, pero también una profunda preocupación por y para la cultura no solo nacional. También universal.

   Icazbalceta, al lado de José María de Ágreda y Sánchez, de Vicente de P. Andrade, de Nicolás León, de José Toribio Medina, entre otros reconocidos buscadores de tesoros literarios, se unieron en una causa que nadie les dictó como una orden: rescatar bibliotecas, libros, papeles, manuscritos y mapas que luego de la desamortización de los bienes de la iglesia, y del periodo de la Reforma en adelante, se provocaron actos vandálicos por parte de muchos mercaderes, pero aún peor, el uso de añejos papeles convertidos en cucuruchos para la mercancía, envoltura de cohetes o la simple quema de papel viejo.

   Aproximadamente en 1937, la colección “Joaquín García Icazbalceta”, pasó a España en una de sus partes. La otra, fue adquirida por la Universidad de Austin, Texas (E.U.A.), para incorporarla a la colección “Netiee Lee Benson”, formada por 247 volúmenes, 87 manuscritos de los siglos XVI y XVII; varias Relaciones Geográficas y 39 mapas.

   En materia taurina conocemos, por lo menos dos textos de don Joaquín, uno escrito en su infancia, allá por 1838. En el otro nos da noticia de las fiestas celebradas en la Nueva España con motivo del “Paseo del Pendón”, conmemoración del día 13 de agosto, con la cual se recordaba la capitulación de Tenochtitlán.

   Por su curiosidad, reproduzco a continuación

 El Ruiseñor manuscrito. Número del 29 de abril de 1838

EL RUISEÑOR Nº 20.

Lucha de un toro con un TIGRE REAL El 21 de abril de 838

    Al sonar las cuatro de la tarde nos dirigimos a la plaza de toros de S. Pablo donde nos hallamos con que un inmenso gentío la ocupaba desde las 2, por lo cual no pudimos hallar asiento y tuvimos que colocarnos de pie en lo más alto de la plaza. Al cabo de un rato sonó la trompeta y en poco tiempo quedó limpia de la mucha gente que se paseaba en ella. Volvió a sonar y apareció la compañía de toreros los que después de hacer el saludo de costumbre se retiraron a sus puestos. Sonó por tercera vez y salió un soberbio toro al que, después de lidiado y muerto, sucedió otro que tuvo igual suerte quedando la plaza en un profundo silencio esperando la lucha anunciada en los carteles.

   Entreabrióse una puerta de la fuerte jaula que debía ser el teatro de tan desigual combate y apareció la tremenda fiera capaz de imponer al ánimo más esforzado la que llegando a percibir por el olfato el lugar por donde se hallaba su contrario no se apartaba del, siendo preciso distraerlo para que no lo sorprendiera al momento de su salida lo que se consiguió. Abierta ya la puerta del toril aparece el TORO destinado a combatir con la fiera. Levántase la compuerta de la jaula y ya se hallan juntos los dos combatientes. Fortuna que el TORO puede coger al TIGRE por detrás pues estaba distraído con lo que pudo estropearle con una fuerte embestida por lo que no le dejó el tiempo necesario para hacer la faena según su costumbre y solo pudo hacerla en la cola con la boca y en un pie con las garras. Fue mucha la sorpresa del TORO viéndose con la fiera que no esperaba pues iba seguro sin pensar en ella. Deslumbrado con el tránsito de la oscuridad del toril a la claridad de la plaza no advirtió si el objeto que embestía era fiera o no porque si lo hubiera advertido no la hubiera acometido con tanta fuerza y acaso hubiera huido. Trabado en el combate trataba de huir el TORO pero el TIGRE no se lo permitía teniéndolo asegurado por un pie hasta que consiguió después de varias alternativas hacer presa en el cerviguillo del TORO.[1]

    Otras jornadas de composición semejante las encontramos en las siguientes fechas:

 -Plaza de toros de San Pablo: octubre de 1845. Un toro vs. Un león africano.

-Plaza de toros de San Pablo: 15 de noviembre de 1857: Un toro vs. otro toro.

-Plaza de toros de San Pablo: hombres tigre y hombres oso vs. un toro.

-Plaza de toros del Paseo Nuevo: 11 de octubre de 1863: Un león tehuantepecano vs. un toro.

    Pero especialmente esta “lucha de un toro con un tigre real” se convirtió en otro elementos más para ser utilizado por el pueblo y así justificar de manera política los acontecimientos que se están dando en plena “Guerra de los pasteles”.El viajero y novelista francés Isodores Loewwnstern dejó en su libro Le Mexique. Souvenirs d´un Vayagueur su primera visión sobre aquella curiosidad taurina, anotando: “La multitud se aglomeraba en la Plaza de Toros para presenciar el combate de un toro mexicano y de un tigre de Bengala, propiedad de dos americanos”.

   Armando de Maria y Campos en su libro Imagen del Mexicano en los Toros[2] dice que no obstante que la nación mexicana estaba en guerra con la poderosa Francia de Luis Felipe, el Primer Magistrado asistió a la plaza. Lo era el general Anastasio Bustamante.

   Los apuntes de Loewwnstern respecto a la lucha del toro y el tigre real son más que evidentes, y complementan la visión de Icazbalceta, por lo que le solicitamos agregar aquí lo anotado por el francés.

 Por fin aparecieron los actores principales: el tigre, uno de los más grandes que jamás haya visto, fue introducido el primero en la lid y se echó confiadamente dentro de la jaula. El toro vino en seguida trotando de manera ágil y graciosa e hizo un gesto belicoso al encontrarse en presencia de su peligroso adversario. En ese rasgo reconozco mi sangre.

     El público, en un acuerdo espontáneo, decidió considerar dicho combate como aquellos que, en los antiguos tiempos, eran considerados como el fallo de Dios. Se decidió, pues, a considerar al toro, nacido en suelo mexicano, como campeón de la Nación, mientras al tigre, nacido en país extranjero, fue considerado como campeón de los franceses.

     El combate, que se entabló en seguida, fue, pues, seguido con creciente interés. Nunca se había mostrado el público más impaciente y ansioso de conocer el resultado final de la pelea.

     La probabilidades del campeón de la República Mexicana no eran las mejores. Como es costumbre, se le había cortado las puntas de los cuernos. Consciente de su inferioridad trató de evitar, valiéndose de una pronta retirada, a su feroz adversario de Bengala, el que ni corto ni perezoso de un salto detuvo toda tentativa prudente y, clavándole garras y dientes, lo obligó a cambiar de táctica. Por dos veces logró el toro escapar de las garras del tigre, que volvía a atacarlo.

     El dolor arrancaba rugidos terribles al pacífico morador de las praderas, al que su salvaje adversario mantenía como clavado en el suelo asiéndolo por el hocico y la nuca. La sangre corría abundante, los mugidos del toro se hacían más y más débiles. Pocos instantes aún y sucumbiría.

   Maria y Campos hace una acotación

¡Hay que imaginarse la angustia del público mexicano, tal vez la de los altos funcionarios que presenciaban el espectáculo, acaso la del señor Presidente de la República!

     Una especie de terror se apoderó del público al ver la derrota inminente, tan poco gloriosa, del campeón nacional. El silencio más absoluto reinaba y creo que en esos momentos hubiera sido aceptado el ultimátum francés.

     Desde hacía ya más de media hora el toro era torturado por su soberbio enemigo: todo parecía terminado, cuando de manera imprevista y con la fuerza que el dolor da al más débil, el toro se levantó. Un reflejo de esperanza iluminó los rostros; los espectadores suben sobre los bancos; los cuellos se alargan fuera de las barreras.

     El toro permanece en pie, pero a pesar de los esfuerzos violentos que realiza por echar por tierra a su vampiro, el tigre continúa adherido a su nuca, suspendido con todo su peso a la cabeza del noble bruto. De pronto, de un salto violento, el toro se arroja contra los barrotes de la jaula y con la cabeza y los cuernos tritura el cuerpo del tigre.

     La feroz bestia, aturdida, destrozada, abandona su presa y cae aniquilada a sus pies.

     Un solo grito, un solo delirio se levanta de la concurrencia. Los léperos aúllan, la concurrencia distinguida enloquece; los pañuelos, los chales flotan y se agitan en todo el recinto, la música toca una marcha triunfal.

     -¡Viva el toro” ¡Vivan los mexicanos” ¡Mueran los franceses! Mientras tanto, el toro, cual consumado guerrero, proseguía su encarnizada victoria haciendo, a su vez, sentir al adversario caído la fuerza de sus patas y de sus cuernos. Cansado al fin de patear a su víctima y adolorido el mismo por crueles heridas, decidió abandonar al tigre a su propia suerte, a pesar de los esfuerzos del público que lo animaba para que acabara con su adversario.

     -¡El toro!… ¡Traigan al toro!…

     El público se desgañita y, al fin, logra que saquen al toro de la jaula por medio de un lazo. El toro, en actor modesto, quiere sustraerse a los frenéticos bravos de un público agradecido.

     Los picadores y los chulillos, viéndolo en su terreno, creen que ha llegado el momento de acabarlo y de terminar la obra que el tigre había empezado tan bien. Un sentimiento unánime de magnanimidad, más fuerte que el de la piedad, desconocido hasta entonces en la Plaza, se apodera del público. A la defensa del toro se aúna un sentimiento nacional.

     El pueblo continúa vociferando:

     -¡Que viva el toro! ¡Fuera los toreros!

     Y es así como el toro, el primero de su raza, obtiene la gracia en la Plaza. El agradecimiento de los mexicanos por el buen augurio que venía de darles no se limitó a conservarle la vida y curar sus heridas, una suscripción de hizo en seguida para comprarlo al carnicero al que pertenecía y ofrecerlo al gobierno como un don nacional.

     Pero, ¡oh, dolor!… ¡oh, lágrimas!, el héroe, digno de mejor suerte, en vísperas de un porvenir tranquilo y feliz, sucumbió a sus terribles heridas mientras el tigre, campeón de los franceses, gracias a la robustez de su naturaleza, se restableció muy pronto quedando sano y salvo.[3]

    El signo del orgullo nacional se dejó ver claramente en aquella tarde del mes de abril de 1838, hasta el extremo de que se tomó como pretexto aquella corrida de toros para acentuar el fervor y el partido que los mexicanos tuvieron ante los hechos de agresión e invasión por parte de naciones extranjeras.

Portada de la obra que el Fondo de Cultura Económica publicó en 1978. 
Joaquín García Icazbalceta: Escritos INFANTILES. México, Fondo de Cultura Económica, 1978.214 pp. Ils., facs., p. 206-208.

ESCENA TAURINA reproducida en un cartel de mediados del siglo XIX. Fuente: Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

Aviso. PLAZA DE TOROS. Domingo 26 de Octubre de 1845. Gran función extraordinaria, en la que luchará el León africano con un toro de la acreditada raza de Queréndaro. Imprenta de Vicente García Torres. Fuente: colección del autor.


[1] Joaquín García Icazbalceta: Escritos INFANTILES. México, Fondo de Cultura Económica, 1978.214 pp. Ils., facs., p. 206-208.

[2] Armando de María y Campos: Imagen del mexicano en los toros. México, “Al sonar el clarín”, 1953. 268 pp., ils.

[3] Op. Cit., p. 53-61.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 ANTONIO DE ROBLES (1665 – 1703).[1]

    Robles, al igual que Gregorio Martín de Guijo, se convierte en el continuador de una obra que mantiene el mismo propósito de su antecesor, dando cuenta de los acontecimientos más sobresalientes ocurridos en el larguísimo trecho de 1665 a 1703. En buena parte de este singular trabajo queda plasmada la imagen que recientemente José Pascual Buxó describió en uno de sus textos “imprescindibles”:

 En la época áurea, la “entrada” de un príncipe en las ciudades de sus dominios asumía el carácter de un espectáculo público, a la vez festivo y trascendental. La urbe elegida quedaba transformada en un espacio simbólico por obra de las ceremonias públicas preparadas en su honor.[2]

 “Con asidua premura –sigue diciendo Buxó- fue consignando Antonio de Robles en su Diario de sucesos notables [al quedar registrados] los más relevantes acontecimientos políticos, religiosos y sociales que afectaron o conmovieron a la capital novohispana desde mediados del siglo XVII hasta la tercera década del XVIII”. Hasta aquí José Pascual Buxó. De ese modo, Antonio de Robles debemos entenderlo como un autor cuyo propósito fue recoger, de manera periódica, los más notables sucesos que ocurrieron durante ese lapso específico del virreinato. No alcanza la estatura de un Diego de Ribera, ni de un Alonso Ramírez de Vargas, autores cuya obra es un retrato en barroco de aquel otro “barroco”, de aquel siglo cuyos excesos en el sentido figurado de fiestas y celebraciones, se convierte para ellos en el principal motivo de una justificación que permite entender lo que significaba la “fiesta”. Por eso es que al traer aquí a Guijo y a Robles es porque con estos dos autores podemos encontrar materia suficiente para entender parte de aquel ritmo de vida cotidiana, por lo que no somos ajenos a su entendimiento. Guijo y Robles, a mi parecer, eran pragmáticos y resolvieron buena parte de su quehacer recogiendo en notas puntuales lo que después vino a convertirse en auténticos “Diarios” donde se registraban “sucesos”, y algunos de ellos alcanzaban el nivel de “notables”.

   En esta entrega dejo los primeros registros que, por la dimensión del acontecimiento, llaman especialmente la atención. Evidentemente, el único de los que pudo haber guardado relación con la “fiesta” es la “Dedicación de la iglesia de Jesús Nazareno”. Por lo demás, y tras una revisión a diversas fuentes de la época, 1665 no fue precisamente un año pródigo en la publicación de esas obras denominadas “Relación de sucesos”.

 1665

 -Entierro Del señor arzobispo (4 de septiembre).

-Dedicación de la iglesia de Jesús Nazareno (11 de octubre).

-Vísperas y oración fúnebre del señor arzobispo (25 de octubre).


[1] Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

[2] Revista de la Universidad de México. Universidad Nacional Autónoma de México. Nueva época, Nº 53, julio de 2008 (p. 21-31).

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DOS IMÁGENES, DOS CONTRASTES DE RAFAEL “EL GUERRA”.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    De Rafael Guerra el Guerra, se dicen, se cuentan tantas cosas. De él se conservan tres frases que no tienen ningún desperdicio. A poco de su retirada, afirmaba sentencioso: ¡No me voy. Me echan…!

   Después de mí, naiden… Después de naiden, Fuentes fue la otra frase. Y esta otra que es una perla, aunque su paternidad puede ser que quede entre nuestro protagonista o Rafael “El Gallo”. Independientemente de quien sea el autor, aquí la tienen: Lo que no pue se, no pue se. Y ademá e imposible.

   Sin embargo, el propósito es desmenuzar dos imágenes, dos contrastes que retratan fielmente la figura de aquel “Califa”.

   Una de ellas nos muestra al torero cordobés en la plaza madrileña de la Carretera de Aragón. Rafael se encuentra igualando al segundo, muy cerca de las tablas. El bicho no tiene, como puede observarse, las características mitológicas de que se nos habla con frecuencia sobre aquellos toros por lo que muchos aficionados suspiramos. Y miren con que nos sale la imagen de la Sociedad Artística Fotográfica… Nada que no sea un espantajo, nada que no sea una desilusión. ¿Pero cómo puede ser… que en plena Villa y Corte se dieran esas cosas?

Colección del autor.

   Afortunadamente el asunto va a poderse borrar con otra imagen, esta sí, entrañable, admirable y respetable. También ocurrió en Madrid. Aquella tarde del crepúsculo decimonónico se lidiaban toros de D. Félix Gómez. El que tiene enfrente y ya lo tiene metido en los vuelos de la muleta, y ya se ha arrancado para señalar la estocada, se llamó “Cocinero”. Fue un toro grande, aparatoso, de muchas arrobas, con un rabo que barría prácticamente la arena de aquel ruedo emblemático. Su espectacular arboladura nos deja entender que era un toro de cinco hierbas, bien criado el cual, de seguro, ocasionó estragos entre la caballada, apuntándose varias “sardinas” en su haber.

Colección del autor.

   He ahí al Rafael Guerra en esa imagen difusa del que nos hablaban nuestros abuelos, o bisabuelos, al “Guerra” que se convirtió en la más viva imagen de un toreo romántico, al cordobés que concentró la summa de Paquiro, Cúchares, Cayetano Sanz, Lagartijo y Frascuelo y del que no nos queda la menor duda, porque hasta Santo Tomás ya nos dio su visto bueno, de que ese era el tipo de toreros que llenaron páginas y más páginas de la historia taurómaca que pervivió y sigue perviviendo en oleadas de anécdotas y exaltaciones. He ahí al torero que también, y como puede apreciarse, también cometió “pecadillos” los que, seguramente, le costaron el reclamo de la afición, al punto de que… ¡No me voy. Me echan…!

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BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. 3 DE 3.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. 3 DE 3.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El personaje que viene abordándose va a ser un referente que estará presente con mucha frecuencia. Su bicentenario de nacimiento, a celebrarse en agosto de 2012 en Puerto Real, España es un buen motivo para detonarlo desde aquí, pues fue en México donde realizó la mayoría de sus hazañas, donde existe el mayor recuento de sus principales gestas y actuaciones que no lo hacen por tanto, ni más mexicano ni más español. Simplemente un eslabón de las condiciones para establecer la que sería etapa inicial del toreo mexicano encaminada a obtener la dimensión de universal, que Ponciano Díaz primero. Y luego Rodolfo Gaona afirmarían uno, en el último tercio del siglo XIX y el otro gran diestro en los primeros 20 años del siglo pasado.

   Gracias a Bernardo Gaviño la tauromaquia en México alcanzó niveles preparatorios que fueron, en buena medida semejantes a los ocurridos en la España del XIX, aunque aquí adquirieron otro sello, otra dimensión debido al hecho de que la práctica del toreo no estuvo sujeta del todo a los principios que fijaron dos “Tratados”, los de José Delgado y Francisco Montes. Para 1837 ya existe una lectura que, habiendo aparecido en el MOSAICO MEXICANO, daba cuenta de la biografía de José Delgado “Pepe-Hillo” y toda su trayectoria profesional, lo que indica que hasta entonces se le conoce en México. Un ejemplar de su “Tauromaquia” se integró cuatro años más tarde en la rica biblioteca de José Justo Gómez de la Cortina, el Conde de la Cortina, por cierto, amigo personal de Gaviño.

   Bernardo, contemporáneo de Francisco Montes bien a bien no se sabe si se conocieron o no. El hecho es que nuestro personaje sale precipitadamente de su “matria” allá por 1825 o 1828 y no regresará jamás, por lo que es muy difícil que haya habido algún acercamiento personal. En todo caso, habrá llegado a nuestro país el suficiente rumor de lo que empezaba a significar aquella nueva influencia. Sin embargo, fue Bernardo Gaviño quien impuso aquí y a su estilo, esa otra “Tauromaquia”, la que convivió con fenómenos parataurinos, como mojigangas, coleaderos, toros embolados, ascensiones aerostáticas, representaciones que significaron un complemento decorativo en la lidia de los toros mismos, y que brillaron con luz propia durante una buena parte de ese siglo fascinante.

   Por estas y otras razones de peso es que considero y a título personal, el nivel de importancia que alcanzó el portorealeño que, como cualquier otro ser humano, dejó marcada su vida taurina lo mismo de vicios que de virtudes. Y no se trata aquí de sentarlo en el banquillo de los acusados sino de entenderlo a la luz de su época, la cual sigue emitiendo unas luces muy intensas, ricas en expresiones que alentó. Bernardo se sabía amo y señor de aquellas puestas en escena donde el protagonismo lo llevó a puntos que hoy nos parecerían inconcebibles. De ahí la pertinencia de conocerlo más y más, con objeto de que para cuando se acerque agosto de 2012, nuestra visión sobre Bernardo Gaviño y Rueda esté más cerca de la realidad que de la fantasía.

 4 de mayo de 2011.

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LUIS G. INCLÁN, CRONISTA EN VERSO…

LUIS G. INCLÁN, CRONISTA EN VERSO DE UNA CORRIDA DE TOROS EN 1863. EN DICHO FESTEJO, PARTICIPAN PABLO (MENDOZA) LA INTELIGENCIA, Y SUS PICADORES, SUS BANDERILLEROS, Y HASTA LOS LOCOS Y LOS CAPOTEROS…

 Esta efeméride ocurrió el 30 de agosto de 1863.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    En medio de una oscuridad que de pronto suele ser generosa para brindarnos luces sobre el pasado taurino mexicano, van apareciendo algunos datos aislados sobre lo que fueron y significaron algunos personajes con quienes todavía tenemos una deuda. Dicha deuda debe quedar saldada en el momento de realizar algo más que una ficha biográfica, puesto que a partir de diversos documentos como carteles, se puede reconstruir el paso que trazaron diestros como Pablo Mendoza, quien surge en el panorama a partir del arranque de la segunda mitad del siglo XIX y todavía le vemos participando algunas tardes, casi 30 años después, estimulando a su hijo Benito, misma acción que en su momento realizó Ignacio Gadea, acompañando a su hijo José, demostrando que su longevidad taurina no era impedimento para seguirse ganando las palmas de los aficionados.

   Regresando a la identificación de Pablo Mendoza, nada mejor que incluir una crónica en verso, escrita por Luis G. Inclán, el famoso autor de la novela de costumbres “Astucia”, asiduo asistente y participante también en diversas corridas de toros, efectuadas en la plaza de toros del Paseo Nuevo, en los años previos al segundo imperio. Veamos lo que se fascinó don Luis con la corrida del 30 de agosto de 1863.

La Jarana. Periódico distinto de todos los periódicos. T. I., septiembre 4 de 1863, Nº 10.

 Toros.-Cuestión del día.-El Señor D. Luis G. Inclán, íntimo amigo nuestro, se ha servido obsequiarnos con la siguiente:

 

-¿Fuiste, Juan a la corrida

este domingo pasado?

-Si Miguel, quedé prendado,

Estuvo muy concurrida

Y magnífico el ganado.

Toros de hermoso trapío,

Limpios, francos y bollantes,

Revoltosos, arrogantes,

Valientes, de mucho brío,

Muy celosos y constantes.

En continuo movimiento

Estuvo la concurrencia

Celebrando a competencia

Con gran placer y contento,

De Pablo la inteligencia.

Lucieron los picadores,

Los diestros banderilleros,

Los locos, los capoteros,

También los estoqueadores,

Figuras y muleros…

De los fuegos, ¿qué diré?

Bien combinados, lucidos,

Generalmente aplaudidos;

Muy complacido quedé

De mis paisanos queridos.

-Con eso querrás decirme

que aún irás a otra función?

-Con todo mi corazón,

si me gusta divertirme

y no he de perder función.

-Pues eso está reprobado

por gente más ilustrada.

-Yo no les pido la entrada,

mi dinero me ha costado,

mi voluntad es sagrada.

Que ellos la pasen leyendo,

Papando moscas, rezando

Yo ya solito me mando,

Y no me ando entrometiendo

Ni costumbres criticando.

-Al querer la abolición,

(Deja la barbaridad,)

Solo es por humanidad…

-Dime, Miguel, sin pasión

¿Es envidia o caridad?

Yo estoy por toros y toros

Aunque empeñe mi chaqueta,

Con placer doy mi peseta,

Mientras otros al as de oros

Pierden hasta la chaveta.

 

   Plaza “muy concurrida”, toros bravos, “limpios, francos y boyantes”. ¿Habría alguna competencia entre dos ganaderías, como se estilaba entonces? Atenco y el Cazadero proporcionaban ganado constantemente para dichas contiendas siempre en busca de un triunfador. Y Pablo Mendoza, junto con toda su cuadrilla, incluso los locos, a los ojos de Luis G. Inclán, de lo mejor. Bueno, hasta los fuegos fueron sensacionales. Aprovecha también la forma de hacer una crítica velada a las clases ilustradas que reprochan y critican esta costumbre, pero “…no me ando entrometiendo”, en momentos en que algunas voces pugnan por que se prohíban las corridas, arguyendo el incremento que debía aplicarse a las rentas municipales.

   Su afición que es explícita no puede ser más evidente en los versos con que cierra su impresión sobre la corrida más reciente, versos que van así:

 

Yo estoy por toros y toros

Aunque empeñe mi chaqueta,

Con placer doy mi peseta,

Mientras otros al as de oros

Pierden hasta la chaveta.

Luis G. Inclán, autor de ASTUCIA. El jefe de los hermanos de la hoja. O los charros contrabandistas de la rama. Novela histórica de costumbres mexicanas con episodios originales. Fuente: Hugo Aranda Pamplona:.Luis Inclán El Desconocido. 2a. ed. Gobierno del Estado de México, 1973. 274 pp. Ils., retrs., fots., facs.

Imagen de la COMPETENCIA DE LINO ZAMORA Y JESÚS VILLEGAS, ocurrida en 1865, justo en los tiempos en que Pablo Mendoza también busca agradar a la afición. Cromolitografía publicada en: revista La Muleta, Año I, Nº 13 del 27 de noviembre de 1887. Fuente: Colección del autor.

Reproducción facsimilar de un cartel en que se rememora la celebración de una corrida de toros en la plaza de toros de San Pablo por motivo de la inauguración a la presidencia del Exmo. General Don Félix Zuloaga, quien tomó posesión el 23 de enero de 1858, cargo que se extendió hasta el 2 de febrero de 1859. Como en este tipo de festejos, actuó infinidad de ocasiones Bernardo Gaviño y lógicamente Pablo Mendoza. Fuente: colección del autor.

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