LA TARASCA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    En una más de esas “navegaciones” necesarias y que permiten acceder a datos verdaderamente curiosos, pude encontrar en la página “Memoriademadrid” (http://www.memoriademadrid.es) la imagen que ahora acompaña la presente colaboración.

   Se trata de una “Tarasca con corrida de toros”. Pero, en esencia, ¿qué es una “Tarasca?

   Me permito una pequeña libertad en las presentes “Efemérides…” pidiéndole a don Antonio de Robles licencia para tratar el presente tema. Para ello, traigo notas de un texto inédito que lleva por título:

 LA TARASCA: REPRESENTACIÓN DE LA TEATRALIDAD QUE PROVIENE DEL “SIGLO DE ORO” ESPAÑOL, Y SE INCORPORA EN LAS FIESTAS CIVILES, RELIGIOSAS Y TAURINAS DEL MÉXICO NOVOHISPANO Y TAMBIÉN DECIMONÓNICO.

    En un cartel taurino, correspondiente a la tarde del jueves 3 de junio de 1858 aparece una curiosa referencia que tiene que ver con la MOJIGANGA DE LA TARASCA:

 Cartel de la plaza de toros DEL PASEO NUEVO para el jueves 3 de junio de 1858.

CORRIDA EXTRAORDINARIA / EN LA PLAZA DEL PASEO NUEVO, / Para el Jueves 3 de Junio de 1858. / TOROS DE ATENCO. / CUADRILLA DE B. GAVIÑO.

   Deseando obsequiar la solicitud de mis muchos favorecedores aficionados a esta diversión, he logrado que la empresa me cediera la plaza, en la tarde de este día, para dar una corrida que espero será del agrado de las personas que me favorezcan con su asistencia.

SEIS VALIENTES TOROS

De la muy conocida RAZA DEL CERCADO DE ATENCO, que personalmente he escogido entre todo lo mejor que hoy se encuentra en dicho cercado.

   En uno de los intermedios, presentaré la famosa

MOJIGANGA DE LA TARASCA, / que proporcionará bastante diversión a la concurrencia, y concluirá la corrida con el / TORO EMBOLADO / para los aficionados. / Esta es la función que tiene el gusto de ofrecer al respetable público, / Bernardo Gaviño.

TIP. DE M. MURGUÍA.[1]

    Por ahora es este el único soporte documental existente con el que nos hacemos una idea de aquellas tauromaquias de múltiple composición decimonónica. Es la “Tarasca”, una expresión emanada del teatro y que acogió la plaza como otro escenario sucedáneo para su desarrollo y manifestación. Y no solo se incorporó a estas dos formas grandiosas de la culminación estruendosa de la fiesta en sí misma. También la encontramos en algunas procesiones y desfiles, sin faltar en pretextos religiosos como el que puede observarse en el atrio de la basílica de Guadalupe, donde al compás de las danzas de moros y cristianos surgió la “tarasca”.

   Antes de confundirnos con un inapropiado gentilicio atribuible a las michoacanas de la región purépecha, veamos en qué consiste la mencionada “tarasca”.

   César Oliva en su estudio: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco”[2] apunta que desde finales del siglo XVI, las rumbosas celebraciones ocurridas en España, estuvieron matizadas no solo de aquellos pasajes taurinos, sino que se adhirieron otros de carácter teatral, comunes al radio de acción que opera en el calendario religioso. Esto es, que en los albores del barroco es “cuando se teatraliza absolutamente la procesión / fiesta”. Y la del Corpus despliega dichos elementos.

   En su contenido hay dos: el profano, “señal inequívoca de querer un arranque pretendidamente alegre”, sigue diciéndonos Oliva. Allí estaban: danzantes de divertidas músicas, cabezudos y gigantes, recitadores, la tarasca, también llamada cucafiera, o cucafera, o gomia, con su tarasquillo. El otro es eminentemente teatral.

   En Murcia, la tarasca es “una ingeniosa máquina de monstruo artificio, que Tarasca es, y menea las siete cabezas y la cola; por las siete bocas a ratos fuego hecha, con que pavor mete y en medio pone a los zagales…”

   España y los españoles, dispuestos a celebrar cuanto pretexto fuera digno de “celebración”, se convierten en telón de fondo de las múltiples relaciones de fiestas, donde, como ya sabemos, desde fines del siglo XVI fueron apareciendo intermitentemente las “teatralizaciones”, que esta diversión popular hizo suyas como resultado de aquella exteriorización de la alegría, propia del terreno profano, en contraste del carácter sagrado y místico que per se eran consubstanciales a la fiesta religiosa, entendida bajo su riguroso concepto de celebración litúrgica.

   Para César Oliva, entre las partes más “dramatizadas” de la fiesta se encuentra la Tarasca y su información se remonta hasta 1472, donde además se le conoce como “drago” o “dragó”, y es eso, una tarasca, “con su tarasquillo, gigantes y demás figuras grotescas (que) marcaban un grado de participación festivo”. Y ese concepto “monstruoso” se construía con madera, lienzo y pintura que de una cabeza podía llegar a poseer hasta siete, en cuyo interior se instalaba una maquinaria capaz de producirle cierto movimiento y hasta la posibilidad de lanzar fuego y humo. En la procesión o en la plaza se acercaba tanto aquella figura al público espectador, con impulsos violentos y ademanes devoradores, que los esquivaba “arrojando a sus fauces trozos de telas, sombreros viejos y todo cuanto tuviera a mano”.

   Y mientras se desplaza y se retira la Tarasca lanzando bengalas y cohetes, arrastrando “la culpa”, “el mal” o “el demonio”, antítesis del bien, porque con la Tarasca “se participa activamente en el juego teatral. El receptor es asustado por ella. Juega a eso. Pacta. Establece una relación de complicidad, intraficcional, que tiene mucho de teatral”. Hasta aquí con César Oliva, porque ya Lope de Vega se dispone a leernos la siguiente octava:

Luego me fui paso a paso

Donde dicen que salía

La procesión, y esperando

Veo venir la Tarasca

Perseguida de muchachos,

Que diz que no es cosa viva

Sino que unos hombres debajo

La llevan por donde quieren.

    En un brinco continental, temporal y poético, se encuentran estos otros versos:

Ha llegado el día de Corpus

Y día de mucha borrasca

En que todos los muchachos

Piden para su tarasca.

    Y regresamos al Corpus, concretamente jueves de Corpus, que en México se representa además por un dragón alado hecho de cartón con rodaje de madera. Para Gabriel Weisz,[3] este curioso juguete es la tarasca, muy semejante a las figuras montadas en carritos de tiempos prehispánicos.

   Weisz nos facilita otro elemento importante en relaciones a nuestra figura en tratamiento, diciéndonos que en Francia existe un pueblo llamado Tarascón, lugar donde confluyen varios ríos, y lugar también donde habita la tarasca o tarasque. Conocido como todo un dragón, es celebrado en dicha población francesa el día de la Ascensión, dejándose lucir con un gran caparacho con la cabeza movible y su cola, figura cargada por tres hombres dispuestos a divertir y divertirse.

   Si ya César Oliva nos daba fuentes que remontaban a la Tarasca allá por 1472, Weisz apunta que la muy citada tarasca hizo su aparición mítica cuando Hércules vence a  Tauriscus, rey de Galia.

   Sea lo que fuere, entre orígenes míticos y transitando en el pantano durante las fiestas de Pentecostés, y sometido por Santa Margarita que al llevar al dragón hasta el poblado más cercano, sin otro fin que la descuartización, la Tarasca se convirtió en elemento festivo, muchas veces indispensable en la multitud de conmemoraciones novohispanas y decimonónicas, aunque ya para 1790 habían sido suprimidas, junto con los “gigantes”.[4] Sin embargo, el cartel de 1858 nos dice que tal desaparición no fue tajante. En todo caso, se desvanecieron entre la indiferencia reflejada en el tiempo y una práctica cada vez menos frecuente.

   Apenas uno entre muchos, este violento y monstruoso actor fue figura destacada, que desprendiéndose del ámbito sacro, para pasar al profano, alcanzó su mejor estatura en la teatralización, recogida, como ya se vio, hasta en el espacio taurino que no fue privativo de España, pues el México virreinal e independiente lo incorporaron en sus teatros, sus atrios y sus plazas de toros.


[1] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

[2] José María Díez Borque, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs. (César Oliva: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al barroco. Algunas referencias a muestras hechas en la región de Murcia”, p. 98-114).

[3] Gabriel Weisz: El juego viviente: Indagación sobre las partes ocultas del objeto lúdico. México, siglo XXI, 1986. 183 p.

[4] José Francisco Coello Ugalde: ARCHIVO HISTÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL. DOCUMENTOS HISTÓRICOS SOBRE FIESTAS Y CORRIDAS DE TOROS EN LA CIUDAD DE MÉXICO, SIGLOS XVI-XX. ACERVO: AYUNTAMIENTO. PERIODO: 1692-1915. VOLÚMEN: 11 VOLS.: 394-404. Vol. Nº 394, año de 1790, exp. Nº 71: Sobre la supresión de Gigantes y Tarascas en México. 2 f.

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