JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO. 1 de 4.

Brindo esta “faena literaria” a D. Antonio Petit, responsable del “blog” Taurología.com. Cuadernos de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo, quien ha mostrado profundo interés por el acontecer de la fiesta de los toros en México. ¡Va por usted!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la CruzFernándezy López-Valdemoro, con este particular nombre, que permutó en José Alameda, se conoce a uno de los personajes más representativos de la segunda mitad del siglo XX, no solo en el ámbito de la prensa escrita, la radio y la televisión donde se dio a conocer como un cronista taurino de altos vuelos. También se le recuerda como un hombre dueño de una cultura impresionante, capaz de abarcar y de abordar cuanto tema pudiera desmenuzar en amenas charlas, dada su capacidad de tribuno. Autor de varios libros sobre tauromaquia, desarrolló en los mismos un discurso de profundo conocimiento, sustentado no solo en la diversidad de lecturas que lo formaron. También en el cúmulo de ideas y teorías propuestas en lo personal, y que hoy día al fin son reconocidas, sobre todo en España, país del que siendo originario, no le había hecho la debida justicia.

Col. del autor.

   Bajo el tema: JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO, se pretende dar uno más de los muchos perfiles dedicados a una de las figuras de las letras que acogió nuestro país desde 1940, por lo que convierte a México en su segunda patria, espacio que decidió hacer suyo hasta su muerte, ocurrida en 1990.

   Y al etiquetarlo como hombre de letras no se está incurriendo en ninguna exageración, pero tampoco se le minimiza si gran parte de su fuente creadora la dedico a la tauromaquia. Ensayista profundo, poeta mayor si cabe la expresión, se dedicó a este género con una disciplina obsesiva, por lo que son diversas las muestras de estilo refinado en décimas, sonetos y otros tantos poemas en prosa de invaluable calidad.

   Autor de frases y sentencias más que reconocidas: Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte. O esta otra: El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega. En su amplia producción, deben estar otras tantas, así como aforismos y planteamientos de profunda reflexión en los que siempre aplicó la fórmula de Baltasar Gracián: Lo bueno si breve, dos veces bueno. Y es que también sus crónicas o sus editoriales, denominadas Signos y contrastes eran modelos de atinada observación en espacio que no requería sino lo contundente de sus precisas afirmaciones.

   Comprometido con esas tareas dejó también un legado impresionante en crónicas taurinas publicadas en periódicos y revistas de prestigio nacional. Bohemio, incorregible, pero responsable como pocos. De hecho una de sus primeras grandes señales como ensayista se consigue cuando la reconocida revista literaria El hijo pródigo publica su Disposición a la muerte, que es el gran acercamiento a la interpretación que, sobre este ejercicio esencial, debe ser entendido no solo como diversión popular. También como una expresión de nuestro tiempo que, en tanto anacrónica se acerca a los territorios del sacrificio. De ahí su polémico discurso que sigue siendo sometido a encontradas diferencias entre quienes de manera casi eterna son sus seguidores y sus contrarios.

   Entre Disposición a la muerte y El hilo del toreo, se encuentra la summa de todo su conocimiento, lo que nos lleva a concluir que la trayectoria entre ambas obras fue la de una navegación perfecta, sin que faltaran mares embravecidos y furiosos en su contra. El despliegue de ideas, pero sobre todo de un conjunto macizo de teorías, le permiten desarrollar en su aportación bibliográfica, así como en su permanente quehacer periodístico, afinar un conjunto de ideas que, de alguna manera terminan concentrándose en su obra más acabada: EL HILO DEL TOREO. De hecho, en la tauromaquia, en cuanto recorrido milenario y secular, pero sobre todo en los últimos tres siglos, se ha manifestado, de parte de algunos toreros, aconsejados por amanuenses o consejeros experimentados, una profunda inquietud por legar lo mejor de su experiencia –summa al fin y al cabo-, que se va a depositar en tratados donde se comprende la técnica y la estética de avanzada. En el caso de José Alameda, lo suyo fue proponernos una Tauromaquia moderna, un tratado del toreo a pie puesto al día que se puede entender a la luz de un discurso perfectamente articulado en donde esa manifestación, anacrónica en cuanto tal ha avanzado a contrapelo de la modernidad, con sus consiguientes y puntuales precisiones que lo colocan –como ya se dijo-, en un lugar de distinción. Si por alguna razón escogió residencia definitiva en México, su raíz hispana no fue ajena a ese tardío reconocimiento, que desde mucho tiempo atrás lo tuvo bien ganado en nuestro país.

JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO.

    Antes de iniciar la lectura a esta conferencia, me parece oportuno incluir un texto de Andrés Henestrosa, uno de los grandes autores vivos de las letras mexicanas, quien parece darnos el exacto perfil de José Alameda. No lo dice directamente, pero se respira.

 El poeta y los toros. Andrés Henestrosa.

    Si Manuel Rodríguez Lozano, en vez de darme aquel libro hubiera puesto en mis manos un boleto para ir a ver los toros, yo hubiera intentando ser torero o novillero, iguales cuando lo son grandes: sólo un gran novillero llega a gran torero: el gran torero es un gran novillero que creció. El gran novillo es el gran toro: el toro es un novillo grande.

   El autor de Azul, Rubén Darío, correspondía en mi sentir a Rodolfo Gaona, el autor del “par de Pamplona”. Y a cada una de las faenas que vi, o de las que tuve noticias, le busqué correspondencia con grandes páginas literarias. Cada torero tenía su equivalente en las letras, y al revés: cada escritor el suyo en la tauromaquia. Poetas rondeños y poetas sevillanos. La espada del torero es la pluma del poeta, y al revés: la pluma es par de la espada. ¿No se dijo que eran hermanas la pluma y la espada? Algunos las manejaron con igual pericia, sin estorbar la una a la otra. La pluma no embota la espada. La de escribir un soneto es tan peligrosa y mortal como el soneto de una faena: en las dos está de por medio la muerte, se juega la vida. Sortean la muerte, se juega la vida. Sortear la muerte, burlarla, jugar con ella al escondite son cosas propias de la literatura y de la tauromaquia.

   Como hay el gran torero menor hay el gran poeta menor. Lope, Góngora, Quevedo, grandes plumas, grandes espadas, autores de grandes páginas, de grandes faenas quería decir. ¿Por qué habría llamado Baltazar Gracián torero de la virtud a Séneca? ¿Y los grandes poetas y los grandes toreros menores cuál el ejemplo, o cuáles los ejemplos? Como no hay poetas ni toreros menores, y esa clasificación no pasa de ser una equivocada ocurrencia, no hay ejemplo ni ejemplos que poner. Lo que un poeta mayor no logró decir, viene un poeta considerado menor y lo dice, con lo que se equiparan. Un quite, una suerte bien logrados, bien dibujados, bien escritos, el torero considerado menor se equipara con el máximo: diestros, sabios, maestros: igualmente diestros, sabios y maestros los dos.

   Hay en la tauromaquia como los hay en la literatura poetas y prosistas: el poeta sería el sevillano y el prosista rondeño. Pero, ¿cuál es mayor? Iguales los dos. Cada uno en lo suyo, con tal de que salga victorioso del apurado y mortal tránsito.

   Todos los géneros literarios se dan en el toreo. Todos los recuerdos y las licencias también. La improvisación, la ocurrencia, inesperada, repentina como se da en las letras se da en los toros. De ahí la suerte que llevan el nombre de quien las inventó, de quien se le ocurrió: gaonera, chicuelina, sanjuanera, cordobesa.

   Hay metáforas, símiles; asonancias, consonancias; cuenta silábica; rima, ritmo, cadencia; reticencias, pausas, puntos suspensivos en los dos ejercicios: en el ejercicio de la pluma y en el ejercicio de la espada, las dos de acero. Con sangre y con tinta, dos cosas que son una sola y única cosa, se firman por esa rúbrica, las grandes páginas del poeta y del torero. ¿Qué quiso decir Federico Nietzsche cuando dijo: “Escribe con sangre y aprenderás que sangre es espíritu”. Pensaba en las letras, claro, pero, ¿no también en todo otro oficio, en el toreo, por ejemplo, que tanto tiene del mester literario por lo peligroso y de provocar a la muerte? ¿No fue el mismo poeta y filósofo alemán quien aconsejó vivir peligrosamente?

   Si Manuel Rodríguez Lozano en vez de convidarme a leer un libro me hubiera invitado a los toros, habría intentado ser novillero, que es como se llama al torero en ciernes.

   Tarde vi a Gaona, a Sánchez Mejías, a Belmonte; los vi cuando ya iniciado yo en las letras, lo que tanto monta, monta tanto.

   No fui el novillero que pude ser y me quedé novillero de las letras. Y como si Rodríguez Lozano lo adivinara me pintó novillero, no sé de cual de los corrales: si el de los toreros o el de los escritores, tan parecidos.[1]

    Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte; o: El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega, son a su vez, auténticas sentencias, rotunda aquella; con su toque de gracia esta otra. En su amplia producción, deben estar otras tantas, así como diversos aforismos y planteamientos de profunda reflexión en los que siempre aplicó la fórmula de Baltasar Gracián: Lo bueno si breve, dos veces bueno. Me refiero, y no puede ser otro que a José Alameda. Porque El toreo no termina en la muerte. Empieza en la muerte. A partir de la muerte y por la evidencia constante de su posibilidad, crece el toreo.

   Buena parte de la actual población mexicana guarda la memoria de un personaje que representó para su vida no solo recuerdo. También conocimiento. Locutor formado en una época de suyo especial, sobre todo por lo que fue y significó aquella transición de la radio a la televisión entre la cuarta y quinta décadas del siglo pasado. Esa voz autorizada y peculiar pertenecía a uno de los hombres más cultos que he conocido, no solo por su amplio bagaje de información sobre el planeta de los toros. Estoy hablando de quien se formó y cultivo en torno a la cultura universal. Él es José Alameda, español que convirtió a México en su segunda patria. Cumple con el difícil momento de superar un exilio francés para modificarlo por su condición de transterrado en 1940, cuando los otros españoles, ese enorme contingente derrotado porla Guerra Civil era acogido por nuestro país apenas un año antes, pero comparte con este grupo peculiar y en esa alianza, se integra a uno de los frentes intelectuales más vigorosos del siglo XX mexicano. Imposible olvidar, entre otros a León Felipe, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Max Aub, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Buñuel y un largo etcétera.

   El ciudadano español Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la CruzFernández y López-Valdemoro (Madrid, 24 de noviembre de 1912; ciudad de México, 28 de enero de 1990) se convierte para la tauromaquia mexicana y el ambiente social en José Alameda, para unos. En Pepe Alameda para muchos, si cabe el síntoma afectivo y cariñoso que se le prodigaron, aunque no faltara quien lo sometiera a juicios de valor; o peor aún, a juicios sumarios porque su cultura, finalmente su cultura despertaba sospechas y desdén.

   Quiero tomarme la libertad de llamar a esta una “conferencia magistral”, no tanto por apropiarme ventajosa o deliberadamente del término que supone la exposición de un ponente reconocido por la justa acumulación de sus experiencias. El giro, en todo caso, va por el personaje que nos convoca y es él, en esencia, quien origina denominarla, con sobrada razón, como de “magistral”, por lo que ese nivel tiene y adquiere a mi juicio esta participación frente a ustedes. Y es que ocuparse de José Alameda no es cualquier cosa. El leit motiv de mis notas pergeñadas al amparo de José Alameda en el recuerdo, me obligan conseguir un perfil, el más aproximado a su realidad posible, al José Alameda de carne, hueso y espíritu, porque nos encontramos ante un hombre cultivado nada más y nada menos que en la cultura universal que conocía como el que más. La de toros, que es otra cultura, formó parte vital en su paso por estos senderos.

   Nació pobre mientras sus padres intentaban defender lo poco que de nobleza se podía conservar, y aunque madrileño de nacimiento (calle de Goya 47, duplicado), la familia se desplazó a Sevilla, cuando Luis Carlos era apenas un niño. Pasado el tiempo, y al margen de sus amoríos, que fueron muchos, se inclinó… por una en especial: la soledad. Siendo ya un hombre mayor sentenciaba: “… y el gusto por ella todavía me dura”.

   Su arribo a México se registra con fecha 1º de marzo de 1940. Con 37 años de edad, una licenciatura en Derecho por la Universidad Central, en Madrid y amplios conocimientos en la traducción, habilidad a la que se aplica bajo las órdenes de Jacques Soustelle, antropólogo que dedica una buena parte de su obra a nuestro pasado indígena.

 CONTINUARÁ.


[1] El Búho, suplemento de cultura de EXCELSIOR. Domingo 3 de mayo de 1987.

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