DE NUEVO CON BERNARDO GAVIÑO…

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Retomando el hilo de la presente serie, nada mejor que hacerlo con uno de los personajes clave en el siglo XIX mexicano: Bernardo Gaviño y Rueda.

   Como ya lo he hecho notar a lo largo de varios de los materiales en esta y otras series de esta “bitácora” –para adecuarnos también al término en castellano de la muy conocida y popular y denominación de “blog”-, Gaviño, cumplirá el próximo 20 de agosto de 2012, 200 años de haber venido al mundo, hecho que ocurrió en Puerto Real (Cádiz, España). Su llegada a América, allá por 1829, y no precisamente a nuestro país, sino en Montevideo, Uruguay, dos años después se desplazaba a la isla de Cuba donde ya conocido como torero, actuó varias tardes, sobre todo en la Habana.

   En una cita localizada en el emblemático semanario mexicano El arte de la Lidia, encontré un dato aislado pero interesante, en el que dicha publicación ya lo ubica en nuestro país en el año 1829. Sea cual fuere la mejor razón de esa llegada, el hecho es que desde 1829 o 1835 en que se sabe se presenta el 19 de abril de ese mismo año en la plaza de toros de San Pablo. Desde ese momento y hasta 1886, año de su muerte, Bernardo se va a convertir en un personaje clave para el desarrollo de la tauromaquia nacional, puesto que desempeña un papel que lo eleva a la estatura de “maestro” o “patriarca”. En esos 51 años de vida profesional, según el registro que hace poco he concluido, contabiliza 721 actuaciones no sólo en el país. También lo pudieron admirar los públicos de Cuba, Perú y Venezuela.

   Contemporáneo suyo es el reconocidísimo Francisco Montes “Paquiro” (1805-1851).

Francisco Montes Reina “Paquiro”. Col. del autor.

    La virtud de este personaje fue haberse convertido en figura emblemática de la España entre los reinados de Fernando VII e Isabel II, así como ser discípulo de Pedro Romero en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Rival de “Cúchares” y autor intelectual de la “Tauromaquia o arte de torear” que se publicó en 1836, obra que recoge la summa de los adelantos taurinos de aquel entonces y a la que se sujetaron varias generaciones, hasta la aparición de las obras de José Sánchez de Neira, Leopoldo Vázquez o de Rafael Guerra “Guerrita”, sin omitir la que también publicaría Federico M. Alcázar un siglo después de la de “Paquiro”. Pero antes de la influencia de “Paquiro”, permeaba en México la de su antecesor en menesteres de la técnica y estética en proceso de afinación, el también muy popular torero de origen sevillano José Delgado Guerra, mejor conocido como “Pepe Hillo”.

   En El Mosquito Mexicano, D.F., del 23 de septiembre de 1836, p. 2 y 3, y al respecto de una actuación de Bernardo Gaviño el 11 de septiembre y con toda seguridad en la Plaza Principal de toros de San Pablo, se dice lo siguiente:

   México setiembre 10 de 1836.-Sres. editores: ¿Han visto vds. el cartel de la corrida de toros para mañana? Pues ya habrán visto la singular, la inaudita, la jamás vista suerte que ofrece el torero Gaviño de presentarle al toro un relox en lugar de muleta para darle muerte, ¡qué inventiva tan particular! Qué suerte tan vistosa, tan divertida, tan filosófica, tan instructiva y tan propia de los ilustrados concurrentes del espectáculo a que se dedica. ¡Vaya, si no hay voces para alabarlo! Presentarle al toro el relox para que vea la hora en que va a morir, sí, debe causar un gusto universal, y al mismo tiempo el público podrá aprovecharse de la moralidad que encierra la valiente acción del sin igual torero, recordando que también ha de llegarse la última hora en que cada concurrente ha de acabar esta triste vida para ir a ver los toros que le esperan, al dar cuenta de las acciones de su vida.

El personaje de la imagen es José Delgado “Pepe Hillo”. Sin embargo, el modelo de la “hazaña” referida y cuestionada aquí, sirvió para que Bernardo Gaviño lo recreara en ruedos mexicanos, al menos en sus primeras actuaciones ya registradas.

    Pero hablando seriamente. Confieso a vds. Sres. editores, que no puedo ver con indiferencia esos carteles en que parece que sus autores tienen prurito en insultar al público mexicano, ofreciéndole como muy dignas de su expectación ilustrada, paparruchadas de tal tamaño. Vamos, que esto solo entre nosotros se tolera; pues aunque los cuncurrentes a semejantes boberías, bien dan a conocer aun están por conquistar, estos no son todo el público, y no es bien que a todos nos racen con un racero. Al ofrecerle como digna de atención una bobada como la del relox, y otras infinitas que ofrecen los toreros, no puede menos que ofenderse al público, juzgándolo tan necio que pueda tener por cosas dignas de admirarse, las que solo ofrecen la idea de compadecerse de la tontería de sus inventores, y de la audacia de estamparlas en carteles con grandes letras y pinturas alegóricas.

   Lo mismo digno de los empresarios del teatro de los gallos que nos ofrecen con la recomendación de ser digna de la ilustración de los espectadores las piezas como la degollación de los inocentes, el diablo predicador, el hijo pródigo, etc., etc. Que anuncien sus diversiones sin esos arremuecos insubstanciales, es el fin de este comunicado de su siempre afectísimo servidor.-Argos.

   Por cierto, estas notas podrían ser las primeras que, dedicadas a nuestro personaje, provienen directamente de una publicación periódica en los momentos en que ya está remontando vuelo hacia la fama.

Datos que provienen de mi libro (inédito): “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX”. (344 p.) Ils., retrs., fots., cuadros.

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