DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. LUIS CASTRO “EL SOLDADO”.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 TRIUNFO Y ESCÁNDALO. GESTAS Y ARREBATOS TAURINOS DE UN GRAN “SOLDADO”: LUIS CASTRO SANDOVAL.

    Un soldado, en el estricto término se forma bajo dogmas y principios que rayan en actitudes solo entendibles a la luz de la lealtad, el amor y servicio a la patria. Un jovencito de Mixcoac, de tanto acostumbrarse a verles realizar aquellas maniobras en el cuartel del rumbo, quiso ser uno de ellos, pero en los toros, como un alivio a la condición familiar, encontró la razón que dio respuesta a su destino.

   Aquel que se forjó el sueño en medio de la batalla, como tantas efectuadas también durante la Revolución, tiempos en que ese proceso de transformación cíclica convertía a México en un campo de batalla donde quedó tendida la muerte, retumbando más de un millón de veces, se llamó Luis Castro Sandoval, quien arrancó a la guerra, y quizá, más que a este entorno, a la marcialidad del carácter propio del ejército, un seudónimo con el que emprendería sus propias batallas: EL SOLDADO.

   Luis Castro El Soldado nació en la ciudad de México en el barrio de Mixcoac –calle de Niño Perdido- el 25 de agosto de 1912. El primer toro que tuvo que lidiar fue el de la miseria, cuyas peores embestidas fueron las del hambre. Se presentó como novillero en El Toreo de México el 3 de abril de 1932, alternando con Arturo Álvarez El Vizcaíno y Leopoldo Ramos El Ahijao del matadero con astados de Albarrada. Su primera alternativa la tomó en El Toreo de México el 5 de marzo de 1933 de manos de Joaquín Rodríguez Cagancho con David Liceaga de testigo con el toro Fumador de Coaxamalucan. Al ir a torear a España renunció a la alternativa y la volvió a tomar en Castellón de la Plana, el 24 de marzo de 1935 con Rafael Gómez El Gallo de padrino y Lorenzo Garza de testigo con el toro Perlito de Carmen de Federico. en Madrid confirmó su alternativa el 2 de mayo de 1935 al cederle los trastos nuevamente Rafael El Gallo ante Marcial Lalanda, con el toro Buenas tardes de Lamamié de Clairac. Su última actuación fue el 12 de agosto de 1962 en Tuxpan, Veracruz, en un mano a mano con Luis Procuna con ganado de Presillas. Falleció el 13 de noviembre de 1990 en la ciudad de México. “El Soldado se enfrentó a Jardinero de San Mateo, que fue el primer toro lidiado en la historia de la plaza México, el 5 de febrero de 1946.

   Conforme a los datos recabados por el Lic. Humberto Ruiz Quiroz, a quien agradezco el haberme proporcionado una relación completa de sus actuaciones, nuestro personaje toreó en 410 corridas en casi 30 años de carrera, sin olvidar su etapa de novillero.

   Y si Luis Castro no ascendió a grados superiores fue porque para la tauromaquia, musicalmente entendida por Agustín Lara con aquello de que “Decir torero es decir soldado/ Decir soldado es decir torero”, se le elevó a grado de General de División que no ostentó insignias militares. Acumuló, e hizo suyas infinidad de gestas al lado de otros combatientes, a quienes les declaró una guerra sin cuartel y a veces eran tales sus actitudes, que encajaban perfectamente en el perfil de los dictadores, sin que queramos expresar esto en tono peyorativo puesto que Luis Castro echaba mano de unos alardes, de unas actitudes que eran irreverentes, provocativas, a veces ofensivas cuando se transformaba y a veces se realzaba, pero también se hundía entre el estímulo que causaba en la afición, aquel alarde provocativo o la bronca protagonizada, capaz de llegar hasta la alteración total de quienes se veían defraudados y terminaban lanzando cojines a la arena, causando incendios o simplemente recibiendo una carga de insultos en todas sus escalas. Allí, Luis había declarado la guerra. Cuando Luis vindicaba sus “tiranías” y lograba darle un vuelco a todo aquel ambiente lleno de tensiones, se tornaba un auténtico “Soldado”, digno representante de las mejores batallas.

   De su estancia en España, son memorables los capítulos en que, como novillero dejó una interesante estela de pasiones y de esperanzas. Se recuerda la tarde en que, anunciado junto a Lorenzo Garza y Cecilio Barral, protagonizarían, Luis y Lorenzo un memorable “mano a mano”, luego del percance en que Barral tuvo que pasar a la enfermería. Luis Castro, a su primero le cortó orejas y rabo. “Pero lo mejor de todo estuvo cuando entré a matar con el pañuelo, en vez de muleta, y no lo hice para lucirme sino para acabar de una vez por todas con todos los cabrones que estaban allí”, nos cuenta nuestro personaje, del que recogemos sus palabras sin omitir absolutamente nada.

   Y continúa recordando:

   -“La plaza estaba eufórica, Lorenzo también y emocionado avanzó para darme un abrazo, pero yo, “picado”, lo empujé y allá fue a dar de culo, sobre la arena. El aficionado español, es de los más conocedores y exigentes y por eso la reacción no se hizo esperar y la gente me gritaba “Chulo, jijo de la gran puta” y yo, desconcertado, me preguntaba: ¿por qué me dicen “chulo”? Después, supe que era como decir hijo de puta y me fui al centro del ruedo para mandarlos donde ya saben…”

   Y termina diciendo:

   -“Verdad o mentira, el haber ido a España me dio cartel. España me “amacizó”, he hizo más torero y los españoles me dieron un sello de Grande con el que vine a México ganando lo que quería y si no hubiera sido por la Guerra civil me hubiera quedado unos 4 o 5 años más”.

   Personaje discutido, porque entre la irreverencia y la magnificencia solía dar a la afición los sellos distintivos de su estilo, de su personalidad en pleno desafío, no solo para mantener su hegemonía, sino también para enfrentarse con los demás diestros de su época. Era preciso ganar un lugar en el escenario, pero mantenerse fue una de sus más proclamadas estrategias.

   Luis “El Soldado” arribó a una época del toreo en que abrirse paso no era asunto fácil. Era uno más de los toreros que ocuparon espacios imposibles de penetrar. Sin duda, y metidos ya en la reiteración, estuvo sumido en la guerra, una guerra infranqueable y sin cuartel.

   La tauromaquia que ofreció a sus enemigos y que desplegó a la afición se cimentó ya en el más puro gozo estético, como resultado de un proceso en que el toreo había alcanzado la etapa de madurez, el sello distintivo que se transmitió de generación en generación, comenzando aquel proceso desde Francisco Montes, quien con su Tauromaquia y Arte de Torear, dada a la luz en 1836, se convirtió en prólogo a las grandes virtudes cuyos capítulos mayores se fueron dando con Curro Cúchares; más tarde Cayetano Sanz, Lagartijo y Frascuelo. Vino enseguida Rafael El Guerra a sumar todo su legado en unos momentos en que el toreo se prepara a ser el depositario de las más acabadas expresiones en manos de Antonio Fuentes, Ricardo Torres Bombita y Rafael González Machaquito. Les sucedió el binomio José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte, en compañía de Rodolfo Gaona, tres grandes toreros dueños de tres grandes estilos que definieron y decidieron una modificación importante en el toreo: el tránsito de la expresión bélica a una estética. Más tarde, Chicuelo sería el primer gran exponente de esa summa, pero quienes vinieron a darle todavía el sello distintivo de arte y técnica acabada (aunque no consumidas), fueron Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y Fermín Espinosa Armillita.

   Bajo esa fórmula perfecta, Luis Castro El Soldado forjó lo mejor de su expresión ya que como todo torero, dispuso de tales elementos, dándoles personalidad propia, como la proporcionarían Lorenzo Garza o Silverio Pérez, cada quien en su estilo, y en su momento.

   México y España son los territorios donde el Soldado planteó lo mejor de su expresión: bajando las manos en el lance a la Verónica, tan insuperables como las de la creación de Gitanillo, haciendo vibrar a los aficionados. De igual forma con sus excelsas chicuelinas, que el propio Manuel Jiménez hubiese tenido que mejorar. Conocedor de los terrenos, poniendo banderillas se dejaba llegar con particular modo, citando en corto al toro, dejando incluso huellas muy claras en la arena, pues con elegancia sin par, “arrastraba” materialmente las zapatillas con especial donaire, muy a lo Soldado. Y ya, con la muleta, era auténtico dominador, para luego darse a la recreación más pura del arte taurino.

   Si sus triunfos son muchos, los escándalos también. Era capaz de armar auténticos mítines teniendo que salir de la plaza bajo el resguardo de la policía, enfrentando la ira popular.

   Para conocer al Luis Castro esencial, es preciso tener una cercanía tan íntima como para entender la profundidad del misterio por el cual brotaba esa fuente de creación, a veces en cristalinos acordes, a veces en turbios desconciertos, pero esa fuente no dejó de expresarse, ni ha dejado porque a pesar de que ese Soldado, aunque no ocupó la tumba del “desconocido”, sigue ocasionando sabrosas discusiones, a veces apasionadas, porque Luis El Soldado, junto a los de su generación, marcaron con letras de fuego el estilo al que fueron fieles y ese estilo no corre riesgo alguno de extinción, porque de tan grandes siguen siendo, siguen viviendo y perviviendo. El éxito de esta aventura consistió en la asimilación de duros aprendizajes, donde maestros de la talla de Alberto Cosío Patatero dejaron una influencia proveniente de una auténtica escuela, entendida desde el estricto sentido de una técnica por encima de la estética. De no haber sido así, tantos toreros buenos como los hubo en la “época de oro del toreo” no hubieran trascendido como trascendieron.

   Luis Castro Sandoval surge como torero cuando el movimiento cristero se impone con toda su crudeza. Se abre paso cuando los últimos caudillos de la revolución apuestan por la ruta política con aspiraciones de altura. De la montura se encaraman a la silla presidencial siendo varios los generales, como Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho quienes detentaron el poder y así perpetuaron sus hazañas, cuando los principios revolucionarios se quedaron en los campos de batalla y el rumbo se tornó demagógico, perdió vigor, pero siguió dándosele uso para conseguir fines que ya no casaban con la razón original emanada de aquel movimiento matizado de causas sociales.

   México despertaba a una realidad distinta a la que experimentó antes y durante la Revolución. México cambiaba y aceleraba su marcha al subirse al carro del progreso, un progreso que en nada se parecía al país que seguía siendo su modelo y su enemigo al mismo tiempo: Los Estados Unidos de Norteamérica.

   En la torería, así como en el arte un torero seguía siendo ilusión para muchos. Ese gran diestro se llamaba Rodolfo Gaona. Sin embargo, Luis Castro El Soldado, hasta donde sabemos, no mencionó en las múltiples entrevistas que concedió, tal afán. Pero Luis, fue distinto en estilo y forma a Rodolfo, aunque comulgaran un mismo principio.

   La técnica y estética del toreo las hizo suyas el diestro de Mixcoac, de ahí que sus istas, pero también sus contrarios fueran legión. Con Lorenzo Garza mantuvo un conflicto que parecía fabricado. Era tal la competencia que desde el patio de cuadrillas, con mirada de fuegos cruzados, ya se decían, ya se lanzaban gentilezas y galanuras de lenguaje. En el ruedo los retos y las provocaciones subían de color y de tono, aunque siempre con resultados donde la afición era la directamente favorecida.

   La pareja Garza – El Soldado tuvo un significado que llenó espacios cuya fuerza obligaba verlos juntos; mano a mano. Precisamente, el primero de un largo camino en el que se vieron las caras, ocurrió en Celaya, Guanajuato, la tarde del 25 de diciembre de 1935, con toros de San Mateo cuando regresaban triunfales de España, luego de aquella recordada contienda.

   Luis Castro fue suma de elementos, que van de presenciar juntos al diestro poderoso, al mandón, al artista, al tirano, pero también al que era capaz de causar la gran rebelión, como aquel mitin, cuando pretendió matar a Corbejón de San Diego de los Padres, ¡pero desde el burladero! En aquella tarde, sí que se armó la gorda.

   Pero también se consagró con un largo tren de toros bravos que, por aquí y por allá dieron carácter a la figura adusta de este gran torero mexicano que se llamó Luis Castro El Soldado. Más adelante, una cita de Carlos Septién García servirá como sustento fundamental.

   Como anécdota complementaria debo anotar aquel hecho ocurrido poco tiempo después de que Armillita y Garza desaparecieron. Luis Castro y Silverio Pérez se encontraron en una reunión y uno al otro se preguntaban: ¿Quién sigue? Alguno comentó que esto mejor lo decidiera la suerte, un volado. Uno pidió águila. El otro sol. El Soldado ganó la partida, la sentencia se cumplió y conforme al rito él siguió.

   En Luis Castro Sandoval pues, encontramos ese factor que llena, o más bien desborda las expectativas con las cuales la tauromaquia en México y la tauromaquia universal también, encontraron a un representante del quehacer técnico y estético que trascendió en medio de épocas sumergidas en el arrebato de diversos conflictos bélicos y sociales. La cristera en nuestro país, la guerra civil en España; y más tarde la Segunda Guerra Mundial, fueron marco de referencia para dos naciones que sufren al interior de las mismas un reacomodo doloroso y necesario también. En cuanto a la pugna entre diversos países del mundo, todos quienes participaron conmovieron al espíritu de la humanidad hasta su desenlace atómico y mortal en Hiroshima y Nagasaki, en aquellos amargos días del mes de agosto de 1946.

   Y sin embargo, un factor emblemático de esas guerras permitía a Luis Castro forjar la propia sin más armas que su inspiración, junto a los arrestos pundonorosos de valor. Les declaró una guerra a los más importantes diestros de su tiempo y salió airoso de muchas batallas. Derrotado en otras, pero sin bajar la guardia. Hasta 1962, año de su retiro, el mando estuvo controlado por una fuerte personalidad, tan cercana a los más importantes militares que ostentaron su capacidad como verdaderos tiranos, dictadores o estrategas de fino olfato a la hora de consumar los ataques definitivos, yendo al frente de ellos, hasta el triunfo. La derrota hizo suyo a El Soldado, torero que por otro lado legó lo mejor de su quehacer y su experiencia.

   El carácter de Luis Castro pudiera resultar ofensivo, o en todo caso agresivo. Era recio, muy hombre. Un macho en su amplio sentido. Retador con los de su condición, fuera con la mirada o de palabra. Arrogante con las mujeres, y como un gran actor, se sabía mover perfectamente en escena.

   La época por la que le toca transitar está llena de motivos que detonaron a favor y en contra, puesto que sirvieron de arreón o como trampolín. Sin más trámite ingresa al grupo selecto de toreros que consolidaron la “edad de oro del toreo” justo en ese periodo que coincide con la ruptura de relaciones taurinas con España y el aislamiento habido con esta nación debido a su guerra civil. Fueron los años en que el nacionalismo taurino se afianzó definitivamente bajo los aires de la modernidad, que en nada se parece a las anteriores etapas bajo la égida de Ponciano Díaz y Rodolfo Gaona. Aquella con un espíritu que proviene eminentemente del ámbito rural o campirano. Esta, con el peso de la revolución encima.

   La tercera generación del nacionalismo que iluminó el ambiente taurino entre fines de los años 20 hasta la inauguración de la plaza de toros México en 1946 fue el telón de fondo que sirvió para las hazañas y hasta para los fracasos que protagonizó Luis Castro Sandoval.

   Su tauromaquia esencial consistió en la exaltación del lance a la verónica donde al ejecutarlas con los brazos totalmente desmayados, se logró, luego de la versión de Gitanillo de Triana que se llegara a la perfección estética superando la transición de aquellos otros matizados del rigor de la técnica, eficaces aunque no con la galante hermosura que prodigó el de Mixcoac. En esto, definitivamente tiene mucho que ver cada época, por lo que no es válido menospreciar lo ya realizado. En todo caso es preciso valorar, gracias a la perspectiva histórica el conjunto de cambios, la evolución misma que fue adquiriendo el toreo en manos de sus diversos intérpretes, pues no se puede hacer menos la obra de los toreros de principios del XX, por el solo hecho de poner a los de la siguiente generación por encima de ellos. Cada época muestra su correspondiente progreso o evolución que por lógica se separa de la forma, pero no del fondo. Cambia la forma, el fondo se mantiene, y si el fondo es la esencia más pura de las tauromaquias en su estricta interpretación, la forma se convierte en esos ropajes distintos que cada gran torero y cada generación entienden al expresarlas.

   La chicuelina en manos del Soldado fue insuperable, salpicada de gracia gitana que no se han visto otras tan rotundas como las de nuestro personaje. Es evidente que no podemos ignorar las interpretadas por el propio Manuel Jiménez, como ya se dijo. También están las interpretadas por Manolo González, Antonio Bienvenida o Manolo Martínez. Como vemos cada quien, en su momento cumbre solía exaltarla.

   Un portento con las banderillas, que no se concretaba al solo adorno y al cumplimiento de la doctrina. También lo condimentaba con su peculiar estilo que naturalmente lo separaba de las otras versiones, tan poderosas como la suya. Poderosas las de Fermín Espinosa Armillita, José González Carnicerito de México o David Liceaga, por mencionar tres de aquella gran generación.

   Y con la muleta, independientemente de los cimientos elementales en donde se concentraba la calidad que desplegó en sus mejores tardes, también fue pródigo en la suerte de los adornos, aquella virtud con la que sus faenas gozaban de un toque distinto, con aires si no de renovación, sí de frescura, principio al que se ajustaron no solo él; también la mayoría de los diestros de su época que encontraron a un toro al que primero había que dominar. Luego pasárselo por la faja y entre serie y serie incluir los adornos, convertidos en auténticas rúbricas con que quedaban grabadas para la posteridad faenas que hoy son imborrables.

   Ya hablamos del perfil apolíneo. Aunque como artista tuvo a su vera los consejos dionisíacos que lo llevaron a consumar tardes de escándalo, auténticos mítines donde o se llegaba a la bronca entre una lluvia de cojines y luminarias encendidas por aficionados que se sentían ofendidos; o terminaba custodiado por la policía y bajo el abrigo de una enfermería convertida en sala de espera, aprovechando el momento propicio para escapar en medio del aquelarre.

   No cabe la menor duda de que estamos ante un caso extraordinario, cuya dimensión no nos ha sido posible plantearla como lo merece este gran torero, quien espera una mejor y más completa justificación, pues la nuestra no es sino una pequeña aportación al ejercicio técnico y estético, pero también la que pretende acercarse al hombre de carne, hueso y espíritu para entenderlo en el mar de las razones y sinrazones que es esta vida.

Col. del autor. Imagen del fotógrafo GUERRA.

    En nuestros días, cuando nos hemos enterado de graves percances como los de Juan José Padilla, José Tomás o Julián López El Juli, nos demuestran estos héroes su fortaleza, pues a los pocos días están de vuelta en la tregua, para no perder sitio, estando apoyados evidentemente por los adelantos de la medicina. Lamentablemente este no fue el caso luego del terrible percance que Luis Castro sufrió al ser cornado por Calao, de Piedras Negras, la tarde del 22 de noviembre de 1942 en el Toreo. Luis quedó en las sabias manos de los doctores Ibarra y Rojo de la Vega que salvaron su vida, pero sobre todo esa pierna izquierda que llegó destrozada a la enfermería, solo que los avances en la ciencia médica no eran los mismos de hoy. Durante su convalecencia, y en más de una foto, es posible observar el daño, pero también la dimensión de aquella cornada: vendas, esparadrapos y un mar de pinzas que pretenden atenuar la gravedad misma que se refleja en el rictus de dolor del valiente torero, el cual reapareció hasta el 13 de enero siguiente en El Grullo, Jalisco, alternando con Sergio Corona en la lidia de toros de Corlomé. Fueron casi dos meses de difícil recuperación, que superó con creces el de Mixcoac.

   Alternó con toreros de la talla de Rafael El Gallo o Juan Belmonte. De igual forma con todos los de su generación, hasta llegar a los de la siguiente, como Manuel Capetillo, Juan Silveti hijo o Joselito Huerta, entre otros, pasando por las plazas más importantes de México, España, Francia, Portugal, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica y Perú.

   Sus 410 actuaciones parecen representar un número muy corto, en comparación de las actuales campañas donde los toreros que encabezan el escalafón aquí o allá, en pocos años superan las mil corridas. Claro que en casi 30 años de profesión y algunos más como becerrista y novillero, el número debe redondearse a las 500. Todo ello representa una intensa trayectoria, pero refleja también una época en la que los medios de comunicación son lentos. Y aún más, que no fueron años en que el espectáculo no era víctima del consumo ni la comercialización desmedida. Dominaba probablemente un espíritu más romántico, menos lucrativo y todo, al servicio de la tauromaquia.

   Para darnos una idea de lo que significó Luis Castro El Soldado para el toreo, nada mejor que acudir a las excelsas crónicas de Carlos Septién García El Tío Carlos

 LA CORRIDA DE LAS SIETE VERÓNICAS

 5 de marzo de 1944.-Armillita, El Soldado y Procuna con toros de Torrecilla.

    Sobre la arena húmeda –olor a tierra mojada, cabrilleo de sol tímido- se abrió el asombro de un capote de torear duro y moreno como el bronce, hondo y suave como una caricia. Rosas de hierro forjado resbalaron al suelo de entre sus pliegues florecidos; rosas de hierro como las de una balconería de palacio virreinal. A fuego vivo labró el artista ante nosotros su milagro; cuatro lances como rosas de forja dieciochesca. Y la multitud se entregó ante el prodigio; porque había presenciado la resurrección de los viejos, desdeñados prestigios de la verónica.

   ¡Qué honda revolución hubo en los tendidos ante los lances de Luis Castro! Tembló la plaza hasta sus cimientos: temblaron los huesos de acero de su oxidado esqueleto. Y hubo un clamor inacabable que llenó los ámbitos y se perdió allá arriba, entre las nubes cargadas de lluvia y los claros azules de una tarde equívoca. ¡qué honda revolución!

   Y fue así porque se trataba de una revolución auténtica: porque había aparecido lo único capaz de sacudir hasta la entraña a las multitudes y que es lo tradicional. Porque había aparecido esa cosa eternamente nueva que es lo viejo; esa cosa frescamente moderna que es lo antiguo. Porque no había allí improvisaciones deleznables, ni juguetitos frágiles, ni fugaces modernismos retorcidos, sino obra robusta como la tradición, vigorosa como la savia secular de las encinas, fuerte y madura como las ideas que desde hace siglos alimentan la vida de un pueblo. Porque lo que Luis Castro había hecho con sus lances era apartar la hiedra brillante y falsa que encubría el árbol. Y entonces habíamos saboreado la ruda hermosura de la áspera corteza ennegrecida de sol y de lluvias, curtida de primaveras y de tempestades.

   En cuanto aparece lo clásico en la arena, ¡qué soplo como de brisa marina, salobre, fuerte y fresca, nos llena los pulmones! ¡Cómo huyen y desaparecen todas las mixtificaciones del arte de torear! Es como si en un ambiente saturado de lociones baratas, penetrara de pronto el rancio aroma de un vino añejo o el perfume entrañable del arcón inviolado en que la abuela guarda recuerdos y prestigios.

   A brisa marina, a vino añejo, a ropa de arcón, huele aún en el ruedo de El Toreo. Allí quedará el aroma ennoblecedor de las verónicas que Luis Castro diera al toro Porrista de Torrecillas, la tarde del 5 de marzo del año del Señor de 1944. Allí quedarán para que nadie ose borrar con lociones de peluquería la fragancia tradicional de aquellos siete lances.

   Siete lances, como siete rosas de hierro forjado.

    Como vemos, Luis Castro Sandoval embelesaba y hechizaba a la afición nada más tomar el capote, y convertirse en fiel intérprete del lance a la Verónica. Su labor como uno más de los grandes diestros del siglo XX era un completo bagaje de la tauromaquia, que lo instalan de por vida en el sitial de los elegidos, gracias a su incomparable estilo que, como el suyo, lleno de reciedumbre, majeza y apostura, pocos lo han logrado.

   En defensa de su tiempo y su circunstancia, Luis Castro Sandoval sentenciaba:

   “…las corridas eran un combate; ahora la han convertido en un juego. Quedó atrás la Fiesta en la cual el hombre, por orgullo y casta, tenía las mismas posibilidades de vencer y de morir. Se acabó lo viril y lo trágico, lo noble y lo artístico. Ahora el dinero apesta el redondel y toreros sin talento sólo van en busca del milagro de la economía, del escaparate publicitario”.

   No cabe duda, que las obras del hombre son mejor entendidas en el momento de su creación, por eso permanecen. Por eso se transforman en paradigma. Quizá también por eso, y pasados muchos años de su definitiva conmoción, alcanzan el grado de la trascendencia, que luego es un patrón difícil de superar.

   Vaya en recuerdo suyo apenas este sencillo y muy humano acercamiento a esa gran obra, que merece una justa revisión, así de grande como su trayectoria.

 NOTA: Tres de las imágenes para ilustrar la presente colaboración, fueron tomadas del libro de José Pagés Rebollar: LOS MACHOS DE LOS TOREROS. México, Editorial Libros de México, S.A., 1978. 128 p. Fots. Ils

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