EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LA HUELLA EFÍMERA DE VALENTE ARELLANO.

    Estos son recuerdos de aquella fugaz estancia de Valente, a partir de sus memorables triunfos, que ocurrieron durante varias novilladas en la temporada 1982 en la ciudad de México.

    Para testimoniar el paso, el significado de todo lo que representó en el toreo Valente Arellano, es probable que sean dos los caminos a tomar: uno que nos diga bajo el frío testimonio de los números cual fue su influencia contra el avasallante cúmulo de triunfos en un tiempo sumamente corto. Otro, el de la detenida reflexión que valore el peso y trascendencia por todos los emblemas de reciedumbre aportados a la tauromaquia, que apenas representa un espacio pequeño pero contundente.

   Me inclino por el segundo, que me da la oportunidad de hacer un balance reposado, con el enorme respaldo que nos proporciona el tiempo para efectuar un juicio de valor.

   Valente arribó en unos momentos que parecían reflejar la sucesión perfecta, luego de que Manolo Martínez se iba de los toros en su primera despedida (cuando la reaparición solo se convirtió en desagradable y pesada losa para su primer y gran época).

   Este notable novillero arribó con una fuerza contundente, que causó un estímulo entre la afición, misma que se “retrató” en las taquillas. Los viejos aficionados recordaban lo ocurrido durante la vigencia de los “tres mosqueteros”, o cuando el surgimiento de Alfredo Leal, “El Ranchero” Aguilar, “Joselito” Huerta, Amado Ramírez y Miguel Ángel García.

   Valente no surgió solo. Con él, aparecieron Ernesto Belmont y Manolo Mejía, pero Arellano se les fue por delante interpretando un rico y fresco catálogo de suertes, siempre con su peculiar estilo juvenil que era el que admiraba, conmocionando a las multitudes. No puedo dejar de recordar una fecha clave, arranque de su impresionante pero corta carrera: 28 de noviembre de 1982. Esa tarde, los tres novilleros prácticamente llenaron la plaza “México”, lidiando además un excelente encierro de la ganadería de la “Venta del Refugio”. Esa tarde todo iba a más. Uno, otro y otro los detalles triunfales se acumulaban, al grado que los aficionados “chipén” recordaban la última gran hazaña lograda por un novillero, la de José Antonio Ramírez “El Capitán” allá por 1978, cuya faena a “Pelotero” de Chafic fue cumbre, excelsa, artística, bella e inenarrable.

   El lagunero a partir de ese momento se convirtió en eje central de la tauromaquia mexicana, eclipsando a los ya consagrados que, de paso puso a temblar, porque irrumpía con una fuerza no experimentaba desde 1947 con “Joselillo”, 1949 con Capetillo, Córdoba, Rodríguez y Ortiz o la de 1953, al surgir el otro conjunto de novilleros de arrastre ya mencionados. Tuvo que pasar un largo periodo de más de 30 años para que la fiesta de toros en México volviera a registrar este telúrico momento que estremeció conciencias, sacudió recuerdos e inestabilizó la idea de muchos viejos y nuevos aficionados, haciéndolos conscientes de la nueva época. El aquí y ahora de Valente Arellano llegó con tal rapidez que, o había que asimilar con esa misma velocidad todo lo que pasaba, o uno se dejaba llevar por un tsunami impetuoso, surgido en tiempo sumamente corto. Y esos tiempos también iban de la mano con demasiada rapidez, empujando a Valente por senderos no previstos, llenos de riesgos y peligros con los que coqueteó hasta su muerte. Porque Valente estaba buscando la muerte a como diera lugar, no importando si era dentro o fuera del ruedo. Su danza de la muerte en el filo de la navaja cortó sin miramiento alguno esa acelerada carrera quedando acéfala toda esperanza, dejando en el abandono a Belmont y Mejía, que a contrapelo de aquella tarde histórica, donde Gaona y Belmonte, al grito de “¡Los dos solos. Los dos solos!” parecían irse por delante, cuando el que así lo logró fue “Joselito”, esto se convirtió en otro significado, y “los dos solos” se quedaron solos, puesto que no consiguieron remontar el enorme reto que construyó como un empeñoso arquitecto el desparecido Valente. Ernesto desapareció, y Manolo se mantuvo inestable e incierto, al grado que una tarde tuvo el atrevimiento de proclamarse como el Nº 1, distintivo que causó costos irreversibles en su ya agónica carrera, precipitándose como un ave herida en el vuelo. No tuvo la capacidad de soportar el enorme peso con el que surgió junto a Valente y Ernesto.

   Y es que Valente Arellano comprendió en la levedad del tiempo ya no digo como un todo; sino el infinito que poco más tarde estalló, apagándose con la misma rapidez con que apareció. Valente Arellano, convocado por dioses quienes se privilegiaron de su efímera compañía, es auténtico propietario de un capítulo irrepetible en la tauromaquia de nuestro país. ¿Habrá al menos alguien ya no tanto que lo supere sino que lo iguale?

   Están por cumplirse 30 años desde que inició aquella gesta y no ha ocurrido algo semejante. ¿Cuántos años más tendrán que pasar para volver a vivir de manera tan intensa el toreo? ¿Cuándo surgirá otro Valente Arellano?

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