CRÓNICA. APRECIAR, AFIRMAR, APRENDER Y OBSERVAR.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Parecía que, pasadas las seis de la tarde, el “parte de guerra” sería dado con la anodina frase de “sin novedad…”. Sin embargo, fue Antonio Galindo quien se desperezó para hacernos despertar algún interés en una jornada que se estaba yendo “sin pena ni gloria”, a pesar de que siempre, una novillada tiene muchísimas aristas que descubrir o que mostrar.

   Tarde que se tornó variopinta, con el sol por ratos, con el viento entrometido en otros. Amago de lluvia también, fueron los ambientes que definieron el telón de fondo para una serie de escenificaciones donde daba la impresión de estar viendo giros significativos en el proceso de la lidia. Me explicaré.

   El concepto de la lidia ha cambiado radicalmente. Correr el toro a una mano nada más sale al ruedo, ya desapareció de entre las suertes practicadas hasta hace algunos años. Es una rareza y si por ahí lo desempolvan, es motivo de aplausos. Ahora bien, cuando el matador o novillero luego de los lances de recibo y dadas las condiciones para el desarrollo del primer tercio, suelen llevar al toro hasta la jurisdicción, y dejar que lo piquen pero ya no intervenir en el quite, ha generado una alteración importante en la lidia. No solo por el hecho de retirar al burel de esa “jurisdicción”, sino porque ya no es usual pretender el lucimiento. Es decir, “el quite” como una suerte de auxilio a favor del varilarguero o del caballo, hoy día sigue confundiéndose como el momento en que el torero en turno brilla en algún lance, pero no es “quite”. Además, la actitud que asumen muchos es demasiado pasiva, permanecen como convidados de piedra, a menos que se produzca un momento de inesperada sorpresa. Por tanto, esta es una más de esas prácticas en desuso a la que se añade la ausencia del espíritu de competencia.

   Sin haber terminado el primer tercio, se ha vuelto costumbre de que nada más el toro o el novillo reciben el puyazo, de inmediato el picador procede a “tapar la salida”, cuando sabemos que ese método es más que recomendable para toros mansos o huidizos, pero no para todos los que estos personajes tienen obligación de realizar la suerte como lo establece la costumbre. Quizá la costumbre se interprete de diferentes maneras, quedando al libre albedrío tal ejecución. Si entendemos que la suerte ideal es que el picador reciba al toro para castigarlo, picando en lo alto, sin “marrar”, sin “bombeos” y sin “estiras y aflojas”, sino sosteniendo la vara con tal firmeza que cause admiración ver la suerte en sí misma, como para darnos idea si el toro fue capaz de llegar al peto humillando o no, empujando con los riñones o no o si durante la suerte misma podrían estar ocurriendo cambios de comportamiento que sean concluyentes para el tercio final, cambios de los que el matador, su cuadrilla y quizá hasta el apoderado mismo deben estar percibiendo segundo a segundo.

   Llegado el tercer tercio, está ocurriendo un fenómeno riesgoso: si los muchachos se empeñan en poner en práctica un mismo procedimiento, ignorando lo que el término “lidia” supone, están condenados a perder buena parte de la faena en intentos del “toreo” sin más. Por ejemplo, en el segundo de la tarde, Juan Vicente se dobló con mucha sapiencia, enterado de que habría de “castigar” por abajo a su enemigo y así pasárselo con menor dificultad en las siguientes series. Y así ocurrió, sólo que no midió el ritmo, por lo que la faena presentó signos de rapidez y no de reposo, pero ahí estábamos viendo la aplicación del método adecuado. Los inicios de faena con el toque arriesgado de un “péndulo” en los medios no tiene nada de malo, pero sigue la misma referencia de muchas faenas, por lo que todo queda en el intento, intento que se desvanece en pegar pases y más pases, sin haber calibrado las condiciones del “enemigo”, como fue el caso de “Manolo” Olivares, quien además se embarullaba en cada pase, perdiendo un tiempo considerable entre la extensión del temple y la ligazón para el siguiente pase. Recordemos que citar, templar, mandar y ligar son esas cuatro dimensiones de las que en algún momento hablaba con bastante conocimiento de causa Fermín Rivera, no sólo en la teoría. También en la práctica.

   Uno más de esos detalles propios de las novilladas es la “falta de callejón”, o lo que es lo mismo, voces que, venidas desde ese sitio de la plaza signifiquen una forma de orientar o dar las recomendaciones más convenientes para afirmar los hechos producidos directamente en el ruedo. Da la impresión de que varios novilleros son dejados a la deriva pues no les acompaña una voz cantante digna de escucharse o para afianzarse en ella como voz providencial.

   Todos estos detalles se notaron de manera evidente durante el curso del quinto de los festejos en la plaza de toros “México”, que volvió a presentar un panorama desolador en los tendidos. Afortunadamente el reloj de la “Monumental” ya recuperó sus manecillas por lo que la verdadera dimensión del tiempo regresó de nuevo. Y ese tiempo, luego de las seis de la tarde, que parecía iba a irse sin dejarnos alguna señal de su presencia, por fortuna, y solo de manera intermitente permitió que Antonio Galindo se acordara de que es Antonio Galindo. Sus lances de recibo, por faroles y de rodillas eran lucecillas de entusiasmo en el inminente atardecer. Del mismo modo inició la faena con la muleta, aunque esta se deshiló y su costura no tuvo firmeza. De estocada fulminante se quitó de enfrente al último de los de San Antonio de Padua, justos en presentación y desiguales en juego. Algunas decenas de asistentes reclamaron la oreja misma que concedió “usía”.

   Recuerdo que alguna vez, el entrañable Dr. Pablo Pérez y Fuentes concedió una oreja por la sola estocada, aunque lo demás fuera lo de menos. Si aquí el juez valoró la ejecución de la suerte suprema, y si a ello sumó ese manojo de detalles afortunados del tlaxcalteca, la oreja estaba mejor que concedida; de otra forma habría sido un detalle generoso de su parte, pero no la justa aplicación de un criterio que además de ser el de la autoridad misma, lo compartiera con los asistentes.

   Como se habrá podido ver, una novillada siempre trae consigo tal cantidad de detalles que por sí misma se convierte en la mejor forma de apreciar, afirmar, aprender y observar, cuatro razones como citar, templar, mandar y ligar.

 21 de agosto de 2011.

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