NAUMAQUIA Y NO TAUROMAQUIA.

CRÓNICA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 NAUMAQUIA Y NO TAUROMAQUIA.

   La palabra naumaquia nos refiere un “combate naval” o espectáculo representando una batalla naval escenificado en una piscina. Tal fue la impresión que dejó a su paso la suma de ocurrencias en la que fue sexta novillada en la plaza de toros “México”, misma que se desarrolló bajo intenso aguacero, el cual dejó a su paso un ruedo en el que parecía haber ocurrido un verdadero combate. Ese “campo de batalla” quedó en pésimo estado, el cual apenas daba tregua para alguna reparación permitiendo continuar con cada uno de los seis pasajes que se vivieron en medio de una incómoda y húmeda circunstancia.

   Desconozco las causas por las cuales la empresa, pero sobre todo la autoridad no permitieron que hubiese mejores condiciones, por ejemplo con una buena distribución de serrín evitando así más de un momento de riesgo y peligro. En todo caso se pudo corroborar el buen desagüe con que cuenta el ruedo de la plaza capitalina, que a ratos parecía una enorme piscina, pero también un penoso lodazal por el que novilleros y cuadrillas intentaron cuanto estuvo a su alcance. Fue imposible observar un buen espectáculo dado que los novillos de Pozohondo, además de que fueron ásperos en su mayoría, se aquerenciaron de más en los pocos terrenos que se prestaban a alguna posibilidad de lucimiento, misma que no alcanzó para que Fernando Labastida, César Ibelles y Juan Pedro Moreno pudieran salir airosos en medio de tales inconvenientes. Y no los justifico, aunque su desesperación los llevó a excederse en un afán inútil de dar la nota.

   Fue lamentable por otro lado, la presencia de un sector del público que llegó bastante entusiasmado del futbol y se metió a la plaza con afanes de seguir impulsando un asunto que se sentía tan ajeno, y que a ratos llegó a ser tan molesto que lo único que sacaron fue un enrarecimiento del ambiente. Por fortuna, los efectos de la lluvia desvanecieron sus impulsos y por fin guardaron silencio.

   Si hay que apuntar algo es la presencia de Juan Pedro Moreno, es que salió con espíritu de novillero, mostrando cosas interesantes, pero también otras donde puso en evidencia sus pocos adelantos, sobre todo al iniciar la faena en su segundo, último de la tarde. Sin más ni más comenzó la faena con una serie por la derecha, sin haber echado mano del recurso de la lidia, como para tener mejor idea a qué tipo de novillo se enfrentaba. Al transcurrir los minutos, su propósito fue desdibujándose, pues pretendiendo series por ambas manos, todo quedaba en la brevedad de dos pases y el remate. Es cierto, el novillo al dar un giro durante el primer tercio se lastimó la pata derecha, aunque siguió embistiendo y lo hizo ya, durante la parte final de la faena en condiciones bastante aceptables. Ese punto pasó de noche en Juan Pedro que, a mi juicio, desaprovechó la clase de este ejemplar, que traía en la sangre evidencias de la añeja estirpe de Malpaso. Al final, sus restos fueron retirados en medio de fuertes aplausos.

   Otro punto que no se acabó de entender fue la actuación del Juez de Plaza, quien en algunos aspectos de la lidia en su conjunto no se hizo notar como autoridad de la autoridad, lo que le valió la descalificación de diversos sectores repartidos por aquí y por allá en una desolada y triste plaza “México”. Papel incómodo el de un “juez de plaza”, pero si por alguna razón acepta presidir desde el palco que le corresponde es con objeto de aplicar la ley (en este caso el reglamento), con un criterio que debe imponer desde el principio de su mandato en la tarde que le corresponde hacerlo. Ese criterio además, debe estar bastante apegado al equilibrio para evitar en buena medida los inoportunos descalabros que vienen acompañados de la desaprobación popular.

   Para terminar, llama la atención que, precisamente el público, ese sector de público que demandó la oreja en el primero de Juan Pedro Moreno, y que increpó al Juez por negarla, luego y de manera extraña ya no estimuló la vuelta al ruedo del poblano, lo cual indica que la concesión se habría convertido en un exceso y no en una justa y afortunada premiación.

   En fin, urgía un buen café y llegar pronto a casa, que lo demás fue lo de menos.

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