GLOSARIO Y DICCIONARIO TAURINOS. VIII.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En mi afán de seguir buscando aquellos términos que por su original denominación aplican en el espectáculo taurino, encontré una curiosa coincidencia que se hizo presente allá por 1887, año en el que las corridas de toros recuperaban su dinámica en la ciudad de México, luego de una larga prohibición impuesta entre los años de 1867 a 1886. Ya desde 1884 y con la aparición del periódico “El Arte de la Lidia”, en el que uno de sus responsables fue Julio Bonilla, se hizo notar en buena parte de las páginas dedicadas al quehacer que, entre 1884 y 1887 se dio en la provincia, varios de sus colaboradores comenzaron a mostrar interés por desvelar diversos significados que la técnica y la estética supondrían en unos momentos en que aún no estaba del todo declarada la etapa que he denominado como de asunción del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Por tanto, quienes detentaban por aquel entonces el control taurino eran dos figuras centrales: Bernardo Gaviño, ya en plena decadencia, y que habría de morir el 11 de febrero de 1886. El otro caso fue el de Ponciano Díaz. Sin embargo, el tipo de expresión que predominaba era la de un toreo a la “mexicana”, si nos atenemos al hecho de que calificar con esa etiqueta aquel tipo de manifestaciones, era por el simple hecho de que estaban en boga un conjunto de suertes resultantes de aquel periodo de fascinación que puso en práctica el diestro portorrealeño, matizando los festejos no sólo del entramado que se fundaba en la técnica, pero más aún en la herencia española, de la que aún soplaban algunos vientos, puesto que hubo algún distanciamiento con todo aquello que proviniera de España, y no tanto por el hecho de no emparejarse con los adelantos que ocurrían en la península, sino por el hecho de que Gaviño impuso un control el cual se convirtió en la directriz de muchos de los festejos que entonces se desarrollaron durante el periodo de su mayor vigencia, que va, por lo menos de 1835 a 1886. Aquello era un conjunto de representaciones híbridas y combinadas, lo mismo a pie que a caballo, agregándoseles toques de “fantasía” basada en la incorporación de mojigangas, globos aerostáticos, jaripeo, coleo y manganeo. De la misma forma, también estaban presentes los toros embolados, los fuegos de artificios, las cucañas o palos ensebados que fueron un gran muestrario de la riqueza que ostentaba el espectáculo en aquellos momentos.

   A la llegada de Ponciano Díaz, las suertes que se practicaban eran un perfecta puesta en escena de todo aquello que ocurría en el campo pero que se podía practicar en los ruedos y viceversa. Todo esto no era suficiente para darle a la tauromaquia un sentido formal, de ahí que cuando corría el año de 1887, comenzaron a surgir una serie de impresos que vindicaban y reivindicaban a las “Tauromaquias” como tratado. Un primer ejemplo es el de Luis G. Inclán, quien para 1862 publicaba su ESPLICACIÓN DE LAS SUERTES DE TAUROMAQUIA QUE EJECUTAN LOS DIESTROS EN LAS CORRIDAS DE TOROS, SACADA DEL ARTE DE TOREAR ESCRITA POR EL DISTINGUIDO MAESTRO FRANCISCO MONTES. México, Imprenta de Inclán, San José el Real Núm. 7. 1862. Por fortuna, dicha obra es hoy una realidad en la interesante edición facsimilar presentada porla Unión de Bibliófilos Taurinos de España y que se publicó en Madrid el año de 1995.

   Volviendo al año 1887, al menos dos ediciones dieron constancia no de la de Montes, pero sí de la de José Delgado “Pepe Hillo”, lo que recuperaba un documento que para entonces, ya era en España anacrónico y pasado de moda, pero no para nuestro país.. Fue tal la importancia que desprendía el contenido de ese documento que tanto en la ciudad de México como en Orizaba salieron impresas dos ediciones de un mismo título.

   El impresor de Orizaba, Juan C. Aguilar fue aún más allá, pues en la portada advertía que se trataba de la “Primera edición mexicana, Corregida al estilo de las suertes del país y aumentada con el uso del manejo de la reata y el jaripeo”. Con esto, afirmaba de alguna manera el hecho de que no bastaba con la “Tauromaquia” de “Pepe Hillo”. Era necesario seguir glorificando una serie de suertes que, sobre todo en manos de Ponciano Díaz alcanzaban la dimensión “non plus ultra”.

   En cambio, Ignacio Cumplido, impresor del otro ejemplar en la ciudad de México fue más conservador y respetó, hasta donde le fue posible la integridad de la fuente original, haciendo una transcripción que se apegara a la experiencia del antiguo diestro sevillano, muerto el 11 de mayo de 1801.

http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Portada_tauromaquia_pepehillo.jpg

    En dicha fuente existe una serie de definiciones que, por ser motivo de la presente sección, no dudaré en citar algunas de ellas, con el propósito de encontrar si ese anacronismo ya se materializó o sigue vigente aún. Y aún más. Me pregunto si el “anacronismo” del que me ocupo fue una concepción teórica que se adaptó al también “anacrónico” estado de cosas que se mantenía en el quehacer taurino de antes de la “reconquista vestida de luces” que detona vigorosa a partir de 1887.

   Me refiero a la reconquista vestida de luces, que debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole eso sí, una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera, chauvinista si se quiere, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX, tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

Contenido temático de la “Tauromaquia” de “Pepe Hillo”

publicada por Ignacio Cumplido en la ciudad de México. 1887.

    Aunque habiendo desglosado estos puntos con el detalle que merece el asunto, creo que debo seguir en la próxima entrega.

 CONTINUARÁ.

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