Archivo mensual: agosto 2011

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XXI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 12 de agosto de 2011. Alternativa de Diego Silveti.

    Fue la plaza de toros de Gijón el escenario dispuesto para tan memorable acontecimiento. Los toros eran de Salvador Domecq. El padrino de alternativa, José Tomás y el testigo, Alejandro Talavante. Ambos, remataron el sueño que cualquier ceremonia de esta naturaleza supondría entre los aspirantes al grado de “matador de toros”.

   Y es que la casa Silveti ha logrado con Diego obtener cinco alternativas entre igual número de elementos, a cual más representativo de dicha parcela. Allí están Juan Silveti Mañón, Juan Silveti Reynoso, David Silveti Barry, Alejandro Silveti Barry y ahora Diego Silveti del Bosque.

  Y nada mejor que recordar un viejo texto que escribí en torno a la figura de David, allá por 2003.

 CLONAR TOROS BRAVOS, NO ES NINGUNA DESCABELLADA IDEA. LA BREVEDAD MARAVILLOSA DE DAVID SILVETI QUE LOGRA RECUPERAR ALIENTOS EN UNA FIESTA SOMETIDA. Apuntes para la décima primera corrida de la temporada 2002-2003. David Silveti, Manolo Mejía y “Finito de Córdoba”, con seis toros de Fernando de la Mora, ocurrida el domingo 12 de enero de 2003, en la plaza de toros “México”.

 México, D.F., 13 de enero de 2003.

Para la memoria. Envío Nº 23.

 Señora memoria: Estamos frente a un acontecimiento de órdenes mayores: la clonación humana que, para un grupo fantasioso pero poderoso al mismo tiempo como son los “raelianos”, anuncian a bombo y platillo el nacimiento de dos bebés clónicos. Lógicamente, el escándalo internacional se ha desatado en los mismos términos en que se ha dado a conocer tal circunstancia. De esto le platicaré algunas cosas, sin dejar de mencionar el privilegio que pudimos apreciar en gélida tarde, cuando reaparece David Silveti, ese torero atormentado y sufrido, como fruto de dolorosas complicaciones en su salud, y que, al sobreponerse, nos declara su deseo de trascender, a pesar de que ha llegado a la difícil edad de 25 años como matador de toros, tiempo para la reflexión definitiva en cuanto al limitado espacio que le queda para figurar en esta que es su pasión.

   Clonar se está volviendo un tema puesto a debate, pues mientras un grupo perfectamente articulado como son los “raelianos”, anunció mundialmente hace algunos días el nacimiento de dos bebés clónicos, en medio de la controversia que mantiene el otro grupo, escéptico por naturaleza, que proviene de una sólida comunidad científica que se antepone a las descabelladas posiciones que mantiene Claude Vorilhon, un francés que viene llamándose así mismo “rael”, luego de que –y como apunta EL PAÍS en su edición del domingo 12 de enero de 2003, sección Domingo, p. 2-:

    Rael, el líder de esa secta, es obviamente un farsante. Su verdadero nombre es Claude Vorilhon, y asegura a todo el que quiera oírle (como el Congreso estadounidense que en 2001 concedió una audiencia para que allí explicaran sus razones sobre el sentido de la colonación) que el 13 de diciembre de 1973, mientras visitaba el cráter de Puy de Lassolas, enla Auverniafrancesa, se le apareció un extraterrestre de piel verde y un metro veinte de estatura que le dijo en un perfecto francés: “Nosotros somos los que hemos creado la vida enla Tierra. Estamosen el origen de vuestras principales religiones. Ahora que estáis lo bastante avanzados para comprender esto, deseamos establecer un contacto oficial por medio de una embajada. La vida enla Tierraes una creación deliberadamente elegida por un pueblo científicamente avanzado, que creó a los humanos exactamente a su imagen”.

    Entre estas locuras de la modernidad, lo mismo piensan clonar a Cristo que al conde Drácula. Todo este manejo, apoyado entre otros, por el controvertido ginecólogo italiano Severino Antinori  (de quien, autoridades en la medicina como Richard Schultz le atribuye un serio historial en reproducción asistida) o por Brigitte Boisselier, directiva de la secta de marras, ha llegado a extremos donde el congreso de Estados Unidos se manifiesta en contra (y mencionar aquí ese congreso es porque no deja de manifestar su descomunal fuerza en combinación con la declaratoria de guerra a Irak, apoyada por la otra de valores mediáticos con que ha trascendido el cuestionado acontecimiento).

    La clonación –se dice en la misma edición española- requiere sofisticados métodos de micromanipulación de células y todavía no dominamos los fundamentos científicos que permitirían incrementar la eficiencia del paso crucial, que es la reprogramación de los genes para que abandonen su modo de activación adulta y adopten la del embrión. Hay que tener en cuenta que muchas de las vacas, ovejas y ratones que se han clonado hasta ahora manifiestan una alta incidencia de anormalidades físicas, e incluso si éstas pudieran evitarse, en el caso humano no sabemos qué puede pasar con las cuestiones relacionadas con la cognición y el comportamiento.

    A pesar de los posibles intentos de establecer una prohibición mundial de la clonación reproductiva humana, esto se encuentra en entredicho, porque diversos intereses pueden ser imposibles de medir ante las diversas condicionantes de todo tipo –incluyendo la económica-, que terminen alterando todo propósito de control y llevarlo por rutas no deseadas, sobre todo en poder de un posible doctor Franskenstein clonado a la “n” potencia.

   Finalmente: los raelianos no tienen credenciales científicas y no han presentado la menor prueba sobre los dos niños clónicos (aunque confirman que lo harán muy pronto) que aseguran haber dado a luz.

   No estaría nada mal que la comunidad científica discutiera con los ganaderos de bravo de México, la posibilidad de servirse de toda la experiencia que significó el caso de la oveja Dolly ya clonada, para proponer, dentro de las profundas conclusiones al prototipo o paradigma del toro bravo para lograr la sola reproducción masiva de toros bravos de que adolece la fiesta en estos tiempos. Pero por favor, acérquense a los científicos reconocidos y no a advenedizos o individuos limitados de toda credibilidad, que se la han ganado de manera impresionante, pero bajo un poderoso manto virtual que les asiste.

   Mientras transcurrió la larga tarde de toros, bajo el rigor del aire y del frío, lo único que podía pronunciarse eran frases cortas; más de una ininteligible. Pero el hecho es que al iniciar el festejo –y hasta su final-, se mantuvo estable una presencia de poco menos de veinte mil espectadores que se lanzaron a la aventura de soportar esta gélida experiencia.

   Y como ya empezaron los carteles de la “cuesta de enero”, es decir aquellos donde la empresa acostumbra a echar toda la carne al asador, claro, con bisteces de ganado justo en presentación, como fue el caso de los pupilos de Fernando dela Mora, apenas reclamados a la salida de varios de ellos, débiles, inciertos en su lidia, con síntomas fehacientes de mansedumbre, muriendo uno de ellos en condiciones de suyo extrañas. Era el segundo de la tarde. Apenas remató en el burladero de matadores, lo hizo embistiendo en el filo de tal medio de defensa que, como trinchera se ha establecido en las plazas de toros. La consecuencia fue de que materialmente se partió el cráneo, con lo que no pudo incorporarse más. Esto ya ha ocurrido en otros tiempos. Así, debe recordarse la muerte que encontró un toro de San Mateo la tarde del primero de febrero de 1942 en “El Toreo” de la colonia Condesa, cuando ese ejemplar pegó un salto “de venado”, llegando hasta el callejón a donde se estrelló. Como se imaginarán, tuvo que hacer más trabajos de lo normal el tiro de mulillas. De igual forma, el 13 de junio de 1948, el novillo “Pepito” de Chinampas se elevó por los aires pero, para su mala suerte el viaje lo depositó en uno de los burladeros de contrabarrera a donde murió.

   Indudablemente David Silveti fue quien salvó la tarde de la inanición. Sus males óseos, su fragilidad recalcan aún más la que pudiera ser una deliberada puesta en escena, que además le va muy bien, pues se mueve como príncipe en palacio: con majestad y aires de “lord” inglés, cuya flema podría ser –para algunos-, harto chocante. Ya lo decía Artemio de Valle Arizpe, “cuando en mi casa estoy, rey me soy”. Pero eso, ¡qué importa!, pues viniendo del llamado “Rey David”, nada de esto parece incómodo a la afición que celebró su retorno a la plaza de sus anhelos. Es decir, de alguna manera, la plaza “México” recuperó a un torero con personalidad quien tuvo que lidiar a sus dos enemigos bajo cuidados extremos por parte de su cuadrilla, debido a que no contaba con la capacidad suficiente en sus piernas para moverse con tranquilidad y salvar cualquier apuro, cosa que ocurrió en varios momentos, los cuales no pasaron del sobresalto.

   Como intérprete de la “verónica”, hace gala de exquisitez. Se recrea y al hacerlo de este modo, dicho lance recupera su valor original, expulsando literalmente a los mercaderes que han tergiversado esa magistral interpretación, haciéndolo pasar como cualquier cosa, y no como dolorosa y bella expresión que recuerda a Verónica, esa mujer que se lanza –en la ruta del Calvario-, a enjugar el sudor y la sangre de un Jesús camino al martirologio con la cruz a cuestas. Y vaya momentos de intensidad, de belleza, de creación y de sentimiento, que en los brazos de Silveti, la “Verónica” no solo se mece, sino que adquiere perezosa dimensión, en por lo menos esos cuatro lances magistrales y la media con que remató tal portento durante los momentos iniciales de la lidia de su segundo “enemigo”.

   Esa circunstancia la valora a fondo la afición y se siente retribuida en algo de lo mucho que ha perdido la fiesta en su extrema estandarización, por mencionar apenas uno de esos factores que han atenuado sus principios a lo largo de muchas décadas.

 Col. del autor.

  David Silveti nos permite recuperar el aliento que como aficionados hemos perdido en la noche de los tiempos… inútiles, donde ha transcurrido apenas una ligera insinuación de que sigue existiendo la fiesta, sometida, subordinada a los dictados y caprichos de ciertos y oscuros personajes que han manejado tamaños intereses que desvían de su curso original la nobleza de ese río histórico que no proviene de una casualidad, sino de una circunstancia concreta que dentro de 23 años exactos cumplirá el medio milenio de andanzas.

   Ya se puede correr el riesgo de que lo irrepetible quede eliminado con la clonación de que hemos hecho una reflexión al principio de estas apreciaciones. Si correr riesgos es clonar toros bravos, ¡bienvenido!

    ¡Con qué aires de majestad se movió en escena David Silveti!

   Como ya vimos, no bastaron aquellos cuatro portentos y medio en la verónica. También con la capa logró en ambos ejemplares otros dibujados lances por gaoneras, tafalleras y por chicuelinas andantes.

   La faena de ese segundo que, en su conjunto fue una demostración limitada de recursos, sometida por el sobresalto, tuvo por momentos, esencia pura que la paciencia de cada uno de nosotros supo entender, ya que hacía mucho tiempo no gozábamos no tanto el prodigio de lo caudaloso; más bien eran apenas unas cuantas notas de imponente sinfonía la que, a la manera de Bruckner o de Malher nos conducen al sobresalto.

   No de otra manera, sino de esta es como se dio el reencuentro con lo sublime, con lo perfecto que quiere la vida de ciertas cosas y sucedió como un milagro. Ya en otro texto he plasmado mi principio declarándome agnóstico, porque creo en el misterio. Y a esto no le agrego –por ahora-, mi escepticismo, que al poner en duda el dicho misterio, desmorona la obra “llena de gracia, como el ave María”, que nos ofreció el milagro de la vida que se llama David Silveti.

   De regreso al quehacer de David Silveti, inconmensurable, fuera de toda dimensión, donde lo cuantitativo quedó rebasado por lo cualitativo. No era necesaria una faena de muchos pisos (de muchas series). Bastó con aquellas pinceladas surrealistas -¿acaso cubista?- donde dichas obras en los lienzos por ejemplo- están recargadas no tanto en color, sino en idea, en construcción concreta, capaz de obligarnos a pensar con mucha mayor noción y no de pasar de largo ante ese mismo microcosmos estético. Eso produjo David que, con su misma debilidad no pudo rematar a sus ejemplares correcta y debidamente. Pero aún así, en el cuarto de la tarde fue obligado a salir al tercio y la vuelta al ruedo resultó merecida, muy merecida.

   Manolo Mejía, impuesto en el cartel de esta tarde luego de una mediana actuación ocho días atrás, fue recibido en medio de inconformidades, resultando escasa la posibilidad de triunfo, luego de contender con un lote que poco se prestó a su voluntad. Ya se dijo que su primero que prácticamente quedó muerto luego de aquel encontronazo, fue sustituido por uno de Montecristo de mejor presencia, pero de poco recorrido, luego del tercio de varas. El diestro de Tacuba corrió la mano con alguna suerte, pero hasta ahí. La tarde en lo general tuvo una serie de circunstancias donde los tres espadas fueron la antítesis del matador de toros, errando en la suerte suprema hasta el cansancio, por lo que coleccionaron en la espuerta varios avisos. En el quinto, Mejía tuvo que echar mano del recurso desesperado de recibirlo con dos largas afaroladas de rodillas, colocar banderillas sin mayor trascendencia y realizar una labor también limitada, en función del corto recorrido de su tremendo enemigo. Y hasta ahí.

   “Finito de Córdoba” mostró los dos lados de la moneda. Uno, de auténtica desfachatez y el otro de vindicación. En su primero –que no veía de lejos-, pasó apuros y todo lo hizo a distancia y con precauciones, aspectos que nada gustaron a los aficionados. Como se aterrorizara ante el “demonio” que tenía enfrente, atizó un espadazo que, además de trasero y perpendicular, la trayectoria dejó ver de un lado y del otro el acero. Deliberadamente dejó pasar el tiempo y con ello, esperó que la autoridad le aplicara los tres avisos. En el último del festejo, cuando la intención de todos era la de irnos ante el frío que se intensificaba, quiso sacarse la espina y algunos intentos se tradujeron en la respuesta favorable de la afición. Sin embargo, no faltó el grito punzante que desde las alturas le reclamaba: “¡Ay Finito: Qué poquito!”

   Entre otros gritos, el de que “¡Silveti: tienes que estar en la tarde del 5 de febrero!”, y que entusiasmó al cotarro, deja en un predicamento a la respetable empresa, misma que será la última en dar su posición alrededor de esa fecha.

13.01.2003

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JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO. 4 de 4.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y a todo esto, ¿qué nuevas teorías propone José Alameda tomando como referencia su libro clave del Hilo del toreo?

   Primero que todo, existe una propuesta que considera el entorno de la historiología, que cubre con acierto al realizar profundas reflexiones sobre el significado de algunas de las obras esenciales en la que nos hemos fundado y formado quienes somos afectos a la tauromaquia. De ese modo plantea que:

El origen del toreo no puede estar en vagos antecedentes sin conexión histórica con nuestro presente. El criterio está en la continuidad. En el “hilo”. Todo lo que no pertenezca a esta concatenación de sucesos, no es historia del toreo. La historia del toreo empieza aquí, justamente en esta dicotomía.

   Europa elimina al toro.

   Por el contrario, España no sólo lo mantiene, sino que lo fomenta.[1]

    Por lo tanto, el toreo es español porque nace en España, pero nace de la guerra. Ahí comienza su preocupación estableciendo un recorrido histórico y analítico sobre cada uno de los acontecimientos que va poniendo como telón de fondo, pero colocando como protagonistas a cada uno de los diversos personajes de ese enorme recorrido en el que aparecen nobles y plebeyos. De estos últimos plantea que les suele llamar “clásicas” a la Tauromaquia de Pepe-Hillo y a la de Paquiro.

    Pero el toreo, entonces, apenas estaba empezando. Si tenemos esto en cuenta, debemos comprender que Hillo y Paquiro no pueden ser los grandes clásicos, son simplemente los grandes primitivos.[2]

    Por lo demás, sugiero la placentera lectura de El hilo del toreo donde

 Siguiendo el hilo del toreo como por una senda, llegamos al punto en que podemos volver la vista para contemplar un panorama pleno de vitalidad –de figuras y de acción.

   Por su riqueza de formas de vida, el toreo es espejo del mundo. Muchos lances, muchos trances del toreo pueden ayudarnos como síntesis a explicar en abreviatura ciertos dramas y ciertas sorpresas de la vida.[3]

    Allí se encontrarán desde los ya conocidos José Delgado y Francisco Montes, pasando por Pedro Romero, Francisco Arjona, “Lagartijo” y “Frascuelo”, “El Guerra”, Gaona, Belmonte y Joselito”, sin dejar de mencionar toreros y faenas emblemáticas o paradigmáticas de “Chicuelo”, “Armillita”, Domingo Ortega, Carlos Arruza, Silverio Pérez, “Manolete”, hasta desembocar en Antonio Ordóñez.

   Y aquí la última cita sobre esta obra, cuando Alameda se ocupa de uno de los temas que, entre los aficionados a los toros es una auténtica declaración de guerra: el tema de cargar la suerte. Esta es su consideración:

 Podríamos decir que cargar la suerte es llevarla al punto de conjunción de toro y torero, en que la suerte se precisa, se define y toma estructura. El punto de apoyo de la suerte, el gozne desde el cual se desarrolla. Porque cargar la suerte no es poner un pie adelante, es afirmarla y ahondarla allí donde naturalmente se produce…[4]

 O para entenderlo a partir del verso magistral de Jaime Sabines:

Los amorosos

 Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

El más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

Los amorosos son los que abandonan,

Son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

No encuentran, buscan.

 Es decir, que lo que nos está diciendo Alameda en su interpretación sobre “cargar la suerte”, no es otra cosa que una utopía, es Los amorosos de Sabines; es la siempre sabia expresión de Lope de Vega, a propósito de dos de sus versos geniales cuando nos dice:

“…es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”; o como concluyera magistralmente Pepe Luis Vázquez, el torero rubio del barrio de San Bernardo, en Sevilla: “El toreo es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”

   Es el delirio de Francisco de Quevedo en

 Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión has sido,

Venas que humor a tanto fuego han dado,

Médulas que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, más polvo enamorado.

    ¿No les parece que estas aproximaciones a la poesía son, en buena medida, manifestaciones de cada uno de sus creadores que a su vez se acercan a explicar, desde su atmósfera, lo que para el toreo es “cargar la suerte”?

 * * * * * * * * * *

    Del hilo de Ariadna al hilo del toreo hay todo un laberinto creativo, porque partiendo del argumento mitológico que si bien, lo toma como referente o punto de partida sobre la creación de la tauromaquia en cuanto tal, apenas está insinuado en su obra; Alameda prefiere citar el caso del baño de Florinda como detonante no sólo de una guerra.[5] También del toreo, y a través del toreo llega al otro extremo del hilo, que además logró que nunca se rompiera por lo más delgado de alguna inestabilidad teórica de su parte. Todo en él fue argumentar y sustentar con magistral conocimiento de causa un doctrinal taurómaco al que no dejó enredarse en su natural anacronismo, sino que lo puso al día. Tan es así que, sin temor a equivocarme El hilo del toreo es la última pero más vigente versión de la tauromaquia, por la que pasaron los Arquitectos del toreo moderno,[6] sometidos a la Historia verdadera de la evolución del toreo[7] versión preliminar de El hilo…, donde se impuso a la dura, extenuante, y también gozosa tarea de legar ese compendio teórico del que venimos hablando.

Col. del autor.

    Pues bien, no quise tratar aquí solo al personaje que llenó un gran espacio en la comunicación por radio, televisión y prensa escrita, oficio que desempeñó de forma permanente por cerca de cincuenta años, y en esa permanencia, inevitable para él, no pudo dejar de caer en la tentación de la parcialidad, de dejarse llevar por lo acrítico de ciertas etapas donde le era conveniente no juzgar, no poner al servicio de su profesión la crítica como instrumento por y para la verdad, y que la verdad, nuevamente con la ayuda de Lope de Vega, “es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece”. La verdad, desde el punto de vista histórico se apuntala, por lo menos en cinco fundamentos: la verdad como correspondencia o relación; la verdad como revelación; la verdad como conformidad a una regla; la verdad como coherencia; y la verdad como utilidad. Por lo tanto, su explicación es harto difícil en términos de que un ente en lo particular, pero también en lo general la pueda creer como tal. Pero puede caerse también en la ambivalencia de si es verdad “absoluta” o verdad “relativa”, y como esos menesteres son asuntos de compleja manufactura, y no asunto a tratar hoy, aquí con ustedes, recuperemos el hilo del toreo, en la persona de José Alameda.

   Quizá por eso, y tomando partido por la sensata posición de no pelear con nadie, desde su trinchera fue capaz de repudiar a cierta prensa que llamó “terrorista”. Un mal ejemplo y un mal antecedente de esto, ocurrió con Carlos Quiroz “Monosabio”, importante periodista de finales del siglo XIX, y primeros 30 años del XX, quien va de una posición privilegiada, hasta llegar a la del desprestigio total, debido a sus métodos poco honestos de manejarse en un medio que le descubre inclinaciones descaradas, al escribir infinidad de notas en función del ingreso percibido, creando verdaderos elogios en algo que no lo merecía, y notas discriminatorias si el aludido no era espléndido o capaz de soltar dinero conforme a la exigencia del redactor. Así pasó con el Sr. José Julio Barbabosa, quien tuvo que soportar una lapidaria reseña de sus toros, los toros de Santín, en la crónica de la corrida del 11 de septiembre de 1921. Pero por otro lado, quienes se vieron halagados con sus apuntes, fueron los señores Barbabosa, primos de aquel y dueños de Atenco, hacienda que visitó el periodista en el mismo mes patrio, que además estaba revestido con la magna celebración del centenario de la consumación de la independencia.

   Continuando con el hilo de esta plática, no podemos olvidar tampoco al hábil y disciplinado guionista. Sería injusto no hablar del comunicador o del declamador alejado de las exageraciones, como puede comprobarse en un par de discos de larga duración donde queda recogida para la posteridad su voz y su poesía. Estamos frente al maestro, al tratadista, al poeta mayor que se hizo querer, también odiar. Él mismo decía: “Mientras mi vida profesional y mi íntima formación literaria eran todo rigor y disciplina, mi vida privada –a ratos, bastante pública- era cambiante, tornadiza, diversa e inestable”.

   Hoy día, a quince años de su ausencia, la estela de recuerdos crece y al extrañarlo tanto, se debe, en buena medida, a su gran personalidad, pero también a la impresionante estela desplegada a partir de sus imprescindibles obras literarias. Por eso, el enorme hueco que dejó, allí sigue, y creo que seguirá mientras alguien no se fije esos claros fieles de la balanza que lo caracterizaron, al margen de sus personales debilidades. Nadie es perfecto, pero él, intentó la perfección y, sin temor a exagerar, lo consiguió. No estaba equivocado al decir de Bécquer “Yo no busco, encuentro”, como después diría Picasso (que no hacía sino buscar). Bécquer no traía propósitos, deliberaciones. Bécquer cantaba… Canta por siempre.

   Alameda, como Bécquer, encontró. Alameda, como Bécquer… canta y habla, Alameda como Bécquer hablará por siempre.

En México, ciudad, 8 de septiembre de 2005.

Director del Centro de Estudios

Taurinos de México, A.C.


[1] Alameda: El hilo…, op. Cit., p. 20.

[2] Ibidem., p. 87.

[3] Ibid., p. 303.

[4] Ib., p. 287.

[5] José Alameda: La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo. México, Grijalbo, 1980. 109 p. Ils., retrs., fots., maps.

[6] José Alameda: Los arquitectos del toreo moderno. Ilustraciones de Pancho Flores. México, B. Costa-Amic, editor, 1961. 124 p. Ils.

[7] José Alameda: Historia verdadera de la evolución del toreo. México, Bibliófilos Taurinos de México, Unión Gráfica, S.A., 1985.172 p. Ils. Fots.

 

BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL

 ALAMEDA, José (seud. Carlos Fernández Valdemoro): La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo. México, Grijalbo, 1980. 109 p. Ils., retrs., fots., maps.

 –: Historia verdadera de la evolución del toreo. México, Bibliófilos Taurinos de México, Unión Gráfica, S.A., 1985.172 p. Ils. Fots.

 –: SEIS POEMAS AL VALLE DE MÉXICO Y ENSAYOS SOBRE ESTÉTICA. DE VELASCO A CUEVAS Y DE GOYA HASTA PICASSO Y DALÍ. México, B. Costa-Amic editor, 1974. 127 p. Ils., fots.

 –: Crónica de sangre. 400 cornadas mortales y algunas más. México, Grijalbo, 1981. 195 p. Ils., fots.

 –: Los arquitectos del toreo moderno. Ilustraciones de Pancho Flores. México, B. Costa-Amic, editor, 1961. 124 p. Ils.

 –: 4 LIBROS DE POESÍA. I. Sonetos y Parasonetos. II Perro que Nunca Vuelve. III Oda a España y Seis Poemas al Valle de México. IV Ejercicios Decimales. Apéndice I: Primeros Poemas. Apéndice II: Tauro lírica Breve. México, Ediciones Océano, S.A., 1982. 239 p. Ils.

 –: RETRATO INCONCLUSO. MEMORIAS. México, editorial océano, 1982. 143 p. Ils., fots.

 –: El toreo, Arte Católico (con un apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina) y Disposición a la muerte. Prólogo del Licenciado Carlos Prieto [Vicepresidente del Casino Español y Presidente de su Comisión de Acción Cultural]. México, Publicaciones del Casino Español de México, 1953. 161 p. Ils., fots.

 Véase también:

 –: “Disposición a la muerte”. En: El hijo pródigo, vol. VI, Núm. 20. Noviembre de 1944, p. 81-87. Edición facsimilar de El hijo pródigo, colección dirigida por José Luis Martínez.. México, Fondo de Cultura Económica, 1983. Vol. VI – VII (Octubre/Diciembre de 1944 y Enero/Marzo de 1945)., p. 115-121. (Revistas literarias mexicanas modernas).

 –: Los heterodoxos del toreo (Con ilustraciones de Raymundo Cobo). México, editorial Grijalvo, S.A., 1979. 159 p. Ils., fots.

 –: Seguro azar del toreo. México, Imprenta Monterrey, S.A., 1984. 92 p. Ils., fots.

 –: EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23).

 GARMABELLA, José Ramón: DON JOSÉ, EL DE LOS TOROS. (Retrato concluso de Pepe Alameda). México, La Afición, Talleres Gráficos de Litográfica Impro, S.A., de C.V., 1990. 64 p. Ils., fots.

 MORALES ALCOCER, Rafael (seud. Clarinero): La apasionada entrega de Pepe Alameda. México, Editorial Aldúcin, S.A. de C.V., 1993. 119 p.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Correspondientes al año de 1672, Antonio de Robles pudo registrar en su Diario de Sucesos Notables las noticias que siguen:

 -Fiestas de canonización de San Francisco de Borja (25 de enero y 14 de febrero).

-Máscara (7 de febrero)

-Ahorcado (14 de mayo).

-Fiesta a Santa Rosa de Viterbo (4 de septiembre).

    Si bien ese conjunto no es un reflejo de la cantidad de otras tantas fiestas, es de agradecerse el hecho de que, como resultado de su celebración se pudieron publicar tanto en 1672 como en 1673 algunas relaciones de sucesos que, con toda seguridad dan cuenta en su contenido, del boato taurino que acompañó al conjunto general de otras tantas conmemoraciones. Por lo tanto, de mi trabajo: TRATADO SOBRE LA POESÍA MEXICANA EN LOS TOROS. SIGLOS XVI-XXI. México, 3ª ed. 2009. 1485 p. Ils. (Inédito), pude incluir estos títulos:

 -Festivo aparato, con que la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús celebró… glorias inmortales de San Francisco de Borja… México: Juan Ruyz, 1672.

 Luis Gómez de Solís: Sagrado augusto panegyris… con el milagro de la naval citroia, que del turco… México: Vda. De Bernardo Calderón, 1672.

 Sebastián de Castrillón, participa en la elaboración del Festivo aparato con qve la provincia mexicana de la Compañía de Jesvs celebró en esta Imperial Corte de la América Septentrional, los inmarcescibles lauros, y glorias inmortales de S. Francisco de Borja, grande en la pompa de el mvndo, mayor en la humildad de religioso, y máximo en la gloriza de canonizado: IV entre los duques de Gandia, III. Entre los generales de su religión: primero en las virtudes, y sin segundo en todo, publicado en México por la imprenta de Ivan Rvviz en 1672.

  Juan de la Concha y Burgos: Obligación sagrada, desempeño glorioso, religioso, cvulto, y plavsible festexo que al nuevo patrón de su minería S. Nicolas de Tolentino consagro el año de 1672, el real de Guanaxuato, a solicitud de vn religioso agustino, hijo de la provincia de Castilla, cuya relación escribe (…) Impresa por la Viuda de Bernardo Calderón. 1673.

    Entre el 7 el 11 de febrero de 1672 se celebraron Máscaras en honor de la canonización de San Francisco de Borja. Hubo dos máscaras, la una grave (domingo, día 7); la otra, “faceta” (11 febrero). Ejecutadas por los estudiantes: “salieron más de cuatrocientos enmascarados y muy lucidos carros”.

Ignacio Osorio Romero refiere en su obra, Colegios y profesores jesuitas que enseñaron latín en Nueva España (1572-1767), México, UNAM, 1979, 156. 158-160. Que en dicha fiesta hubo “Máscara grave: cinco cuadrillas, con participación de 300 estudiantes. Representó la genealogía, cargos, dignidades y estados de Francisco de Borja. Máscara faceta: participaron 400 estudiantes disfrazados de locas, astrólogos, viudos, toreros…”.

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EL ARTE… ¡POR EL ARTE! EL PANTEÓN RECREADO. 2 de 4.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

  MELANCOLÍA N° 6

 Comenzaré de la nada

pero no de la utopía.

Fuera de eso, el silencio…

¿Qué buscamos cuando no buscamos nada?

Probablemente sea todo

sin saber que aquello es demasiado.

Las cenizas se dispersan

y con ellas, el espíritu ronda

cautivo, amenazado por las fuerzas

derrotadas que mi alma entregó

al delirio enamorado.

Y no se han ido

como amenazaron irse.

Piensan dejarnos en soledad

o más bien los abandonará a ellos.

¿Quiénes son, qué quieren?

Nunca lo dijeron.

Callados llegaron; en silencio se fueron.

Ni siquiera nos dirigimos la palabra

hubo ausencia y abandono

y el beso prometido

se esfumó entre sus lamentos

que ya mañana, será otro día.

MELANCOLÍA N° 7

 Sueño que no puede ser

 Lloro, lloro como una espada

que se hiere a sí misma

desangrándose por sus filos.

Le duele su propia herida

y no acaba de comprenderlo.

Sé que la vida desde la metáfora es bella

lúcida, como un discurso, como un sermón;

la vida, sueño que no puede ser.

Me resuelvo viajar por los linderos suicidas

para resolver la efigie que no ha pintado nadie

esconderme de la muerte

pasar a su lado y hasta saludarla por la calle.

Eso creía el otro día, cuando todo un  periódico

era una esquela para recordar

a quien apenas ayer, se aferraba

negarse a morir, pero débil pudo remar

apenas a la orilla de su propia esperanza.

Allí tuvo fuerte disputa, arrebatada

en medio de su largo desenlace

apenas un instante…

Lo terrible es el abandono

recordar, como recordó Díaz Mirón:

“¡Qué solos se quedan los muertos!”

En mis adentros resuelvo la confusión

peleo contra el delirio obsesivo

mientras me inundo de melancolías…

Desolada, estremecida y sin fuerzas

queda una potente voluntad

hundida, dispuesta a emerger

como la catedral sumergida

que Debussy rescató magistralmente

desde unas notas escritas con fuego

ardiendo en el fondo del mar.

Delirio de la tempestad

reposo majestuoso que canta

y nos encanta para regresar a él.

MELANCOLÍA N° 8

 Los últimos del mundo

aquí estamos, llegando a la hora,

cumpliendo cabalmente lo previsto.

Todo allá quedó suspendido

se arreglen o no pendientes y cuentas.

¡Qué importa ya!, si la hora

con su minuto y segundo precisos

me estarán esperando

en tanto me despiden allá los amigos,

los entrañables de mi sangre.

Lloran no se porqué,

tocas mis párpados, mis labios

se abrazan a mis manos.

Rezan por el adiós…

y los últimos del mundo

nos encontramos recibiendo la bienvenida

en apenas un pequeño lugar

que no es lo que me imaginaba.

Espacio apenas suficiente

para saberme recordado

y en pocos años, olvidado.

Los últimos del mundo

hicimos ya el viaje que todos esperan.

MELANCOLÍA N° 9

 ¿Cuándo dejará de arder esa luna?

hija del naufragio

poseída por los amantes

que a la deriva se hundió

en el mar de sus lágrimas

y no descansan de llover.

Explíquense, si lo que buscaban

no era el amor

y lo encontraron roto

al regresar de sus obsesiones

marcadas de tinieblas.

MELANCOLÍA N° 10

 En la noche de anoche soñé mi muerte

cumpliéndose así, el perfecto mecanismo

de la seducción imaginaria.

¡Qué triste sufrimiento, qué agradable sufrir!

si para conciliar el sueño

uno lo repasa todo y recuerda luces y oscuridades

Al dormir, morimos despertando

ante la realidad de que el camino

va siendo más corto, más corto,

hasta encontrarnos con que ya no hay nada.

¿Qué sigue? me pregunto,

cuando al llegar hasta donde sabemos,

existe el final del camino

y tengamos que despojarnos de todo

para recibir la urna

donde queden depositados

nuestros últimos empeños, ya cansados.

O en el pleno arrebato de una juventud

sorprendida por el misterio,

que le jugó una broma a la vida

y se apodere la muerte indeseable

del momento que solemos olvidar,

aunque nunca nos abandone.

CONTINUARÁ.

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JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO. 3 de 4.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Todo esto parece remitirnos a las Poesías de la guerra española de Pedro Garfias. En una de cuyas estrofas encontramos la afinidad de un elemento en este fino bordado:

Que hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
[1]
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

    Tengo la impresión, por tanto, de que estos versos parecen estar convertidos en el sutil y cifrado mensaje poético que el salmantino envió al madrileño estando ambos bajo el cobijo generoso de nuestro país, pero sin olvidar que su inspiración literaria habrían de forjarla sometidos al principio de la nostalgia. Pero como vemos en un segundo plano, de una construcción y arquitectura que habitó de manera semejante en sus obras.

   Entonces, ¿cómo se define el Alameda escritor?

   Al descubrir la parte del creador como poeta,[2] además bastante inspirado, con una construcción equilibrada, magnética y soberbia nos dice el autor:

 Me puse a escribir décimas. Décimas a lo divino y lo humano. Por puro deporte. Aquellos ejercicios decimales no podían titularse más que así, “Ejercicios Decimales”.

   Luego, el soneto. Esto son palabras mayores. En la jaula de una décima puede usted meter un canario. El soneto es otra cosa. Es la jaula de los leones. Con los que hay que luchar a brazo partido y a cuerpo limpio. Pero sobre todo con alma limpia. Sin trucos. Sin que la retórica haga de las suyas.

   Pero ¿qué entendemos por retórica? La retórica es un arte, el arte de decir. Un arte, en este sentido, es un conjunto de reglas, yo diría mejor, de recursos para expresarse. Ahora bien, un recurso puede ser un medio legítimo, un instrumento limpio; o también un amaño, un artificio, una suplantación. En este sentido último, en este mal sentido, es en el que solemos aludirla, cuando la comparamos con la poesía. La retórica se disfraza de poesía, es un astuto y poderoso engañabobos, el gigantesco gatoporliebre de las letras. Sus mayores estragos los hace en el soneto, su gran campo de cultivo. Siembra el concepto en el lugar de la intuición. Y el hueco que Dios dispuso para las revelaciones, lo rellena de ideas, a menudo seudofilosóficas. Es la gran usurpadora, la gran impostora, que no carece de talento, al contrario; pero es más peligrosa cuanto más talento tiene, cuanto mejor sabe engañar con su manto ficticio.

   En fin, hice mis Sonetos y Parasonetos y no voy a juzgarlos, ni a ellos, ni a los que quedaron fuera por no llegar a tiempo y que ya tomarán otro tren, si es que pasa.[3]

    José Alameda lúcido, inteligente, dueño de la capacidad de asombro como tribuno, como literato de altos vuelos (aunque hay algunos obtusos que no le quieren reconocer ese don), y entre algunas otras virtudes, poeta mayor. Si Vicente Lombardo Toledano logró aplicar en Summa la máxima de Baltasar Gracián, José Alameda lo hizo, sin desperdicio alguno en buena parte de su obra.

   La presencia de este madrileño de origen, que se hizo mexicano para siempre, nos deja ver que entre sus múltiples actividades, también está dedicado a ser guionista o locutor, o solo guionista, por lo que la huella alamediana es inconfundible hasta en los asuntos de sociales, política, actualidad e incluso deportes. Como las grandes sinfonías, todo lo abarcaba esta figura también seducida por la bohemia, que dejó escuela, pero sin discípulos contundentes, ni continuadores de esa línea, hoy tan necesaria en el ambiente taurino, que lo único que viene manteniendo es narradores de hechos, algunos de ellos incluso, sin estatura moral.

   Desconozco las razones por las cuales José Alameda ni siquiera incluyó en sus Memorias inconclusas este impresionante quehacer, el de guionista consumado, mismo que puede verse reflejado en el reciente y muy admirable compendio de sus mejores trabajos reunidos en el DVD que la Filmoteca de la UNAM ha dedicado a su trayectoria, plasmada en el noticiero Cine Mundial.

   ¿Modestia?

   ¡Si todo en él era soberbia!

   El José Alameda de carne, hueso y espíritu que muchos de nosotros conocimos, nos recuerda a un hombre lleno, lo mismo de defectos que de virtudes. Hoy lo evocamos en su faceta creadora, donde el legado de este recuento de Cine Mundial es nuestra mejor posibilidad de rememorarlo, homenajeándole, aunque fuera adverso a los homenajes.

   Creo que nunca mejor resultado que, Los toros vistos por el noticiero Cine Mundial (1955-1973), del que soy su productor, donde además de ser el tercer disco DVD en la ya bien conocida serie “Tesoros de la Filmoteca de la UNAM”,[4] es el mejor referente para mantener viva la memoria de un hombre empeñado en defender con cultura, una muestra secular de otra cultura de carácter popular como la taurina. Desde luego, mi obligación moral, de larga amistad que mantuve con el “maestro” me orillaba a incluir numerosos trabajos, pero –y una vez más el tiempo-, fue quien lo condicionó todo, por lo que tuve que hacer una selección, la mejor posible, hoy al alcance de sus manos, de su vista, de su memoria, con objeto de que quienes vivieron esos capítulos recuerden; y quienes no, sepan qué fue del toreo en buena parte de la segunda mitad del siglo XX en opinión de don José, sin faltar, desde luego la inconfundible voz de Alameda.

   ¿Nos toca, en algún sentido hacer completas esas Memorias…? Créanme, no es fácil, pero hay que reconocer que con ese trabajo, presentado a la consideración de cineastas y aficionados a los toros, lo estamos logrando, y lo digo sin ningún recato. Hay que admirar, aquí y ahora completas esas memorias con largo capítulo de 17 años ininterrumpidos (de 1956 a 1973), donde el maestro se sometió a una disciplina que ya no requería pulir estilo alguno. Más bien sólo se preocupó en trascender el perfecto equilibrio marcado por el tiempo, impuesto por la producción de noticieros sujetos a 15 rigurosos minutos; ese tiempo que ya todos sabemos como pudo ser exaltado por la irreverente, pero no por ello inolvidable pluma de Renato Leduc en su soneto impecable. Aunque pocos sabemos del también exacto poema de Fr. Miguel de Guevara, célebre autor del No me mueve, mi Dios, para quererte…, que va así:

Pídeme de mí mismo el tiempo cuenta;

Si a darlo voy, la cuenta pide tiempo,

Que quien gastó sin cuenta tanto tiempo,

¿Cómo dará sin tiempo tanta cuenta?

 

Tomar no quiere el tiempo tiempo en cuenta

Porque la cuenta no se hizo en tiempo,

Que el tiempo recibiera en cuenta tiempo,

Si en la cuenta del tiempo hubiera cuenta.

 

¿Qué cuenta ha de bastar a tanto tiempo?

¿Qué tiempo ha de bastar a tanta cuenta?

Que quien sin cuenta vive, está sin tiempo.

Estoy sin tener tiempo y sin dar cuenta,

Sabiendo que he de dar cuenta del tiempo

Y ha de llegar el tiempo de la cuenta.

Col. del autor.

    Y ya metidos en esta condición propia de Cronos, el dios del tiempo, de José Alameda encuentro otra impecable muestra de su quehacer poético en sus 4 LIBROS DE POESÍA, y en especial, en el tercero de ellos, el poema en prosa

 Bajorrelieve del tiempo

 Entre el espacio habitado y el deshabitado, inaugura el bajorrelieve un extraño y equívoco compromiso: el de un espacio vacío de materia que está lleno de forma. Habitación desocupada donde siempre hay alguien.

   Lo que vale no es lo que está o lo que se añade, sino lo que no está, el hueco, el vacío, el no. Que es, a su modo, un sí.

   Pero, ¿existe también un bajorrelieve del tiempo?

Por lo menos, existe en el tiempo. Transita junto a nosotros, aunque no todos lo veamos.

   “Vivir es ver pasar”, ha dicho Azorín. Pero no todo pasar es un irse por entero. Bien lo supo San Juan de la Cruz cuando nos dijo:

 “Mil gracias derramando

Pasó por estos sotos con presura

Y yéndolos mirando, con sólo su figura,

Vestidos los dejó de su hermosura”.

    Aunque aquí el divino fraile ve lo que el paso de lo movible añade a lo quieto, una demasía que es como un obsequiado altorrelieve. No la supresión de materia que va dejando huecos de la forma, la gracia inquietante del que quitando pone la equívoca emoción del bajorrelieve.

   El hueco como realidad en el espacio es un primer paso hacia la ausencia como realidad en el tiempo.

   Un paso que sólo puede darlo la lírica.[5]

    Y de nuevo, otra vez sobre sus frases, sentencias o aforismos que, como ya vimos al principio tienen –como dicen, decimos los taurinos-, “vitola”. Así que Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte, será porque lo dijo Arquímedes: Una mirada hacia atrás vale más que una mirada hacia adelante.

   Otros aforismos suyos son la firme evidencia de esa enorme capacidad de síntesis que siempre afloraron en el maestro.

   Como este que suena a relámpago, a catástrofe:

   “La guerra. La guerra de España, que no era de España, porque era en realidad la guerra mundial que empezaba en España y parecía querer acabar con España”.

   Respecto a la madre ausente decía:

   “Por muchos años que alcance el hombre y por mucho que endurezca, siempre conserva en lo íntimo, aunque sea muy al fondo, el espectro del niño que fue… Mientras la madre vive… El día en que nuestra madre muere, aunque sea muy lejos, se muere también nuestro niño espectral, por muy al fondo que esté”.

   Y este otro, que nos acerca una vez más al asunto taurino:

   “El temple no lo descubrió (Juan) Belmonte, sino Goethe: Como el astro: sin apresuramiento, pero sin retraso.

   Volvamos una vez más a las profundidades de la tauromaquia, eje central de su producción literaria y pensante.

   Nuestro personaje deja un legado de 11 obras esenciales que, como ya se dijo parte de su Disposición a la muerte y concluye en El hilo del toreo. Ahí, la impronta de José Alameda es más que evidente. Otros aportes suyos los vemos en trabajos donde analiza lo mismo la tragedia del toreo,[6] que su sentido providencial a lo largo de los siglos.[7] También se impuso explicar lo que para él significaban no lo toreros ortodoxos. Tampoco los iconoclastas. Sí los heterodoxos.[8]

   José Alameda produce una nueva, fresca Tauromaquia en tanto tratado para explicarnos, con ojos de siglo XX lo que significaba el arte torear, pero también su indispensable e imprescindible técnica, nociones ambas que felizmente superaron la etapa primitiva de aquellos otros tratados que pusieron a la consideración de profesionales y público en general José Delgado, Francisco Montes, Rafael Guerra entre 1796 y 1897; o lo que publica Federico M. Alcázar hacia 1936 como Tauromaquia moderna. Mero intento, apenas una leve insinuación del cambio que, casi cincuenta años después, Alameda habría de culminar rotunda y felizmente. Es por esa sencilla razón que, cuando El hilo del toreo vio la luz pública en Madrid el año de 1989, y se hizo entender sobre todo entre un conjunto muy cerrado de intelectuales, así como de periodistas españoles que creyeron que solo lo teorizado por ellos poseía valor, se dieron cuenta que el planteamiento de Alameda enriquecía, sin más, el horizonte de postulados que hacían falta para entender no sólo la evolución. También el devenir y el porvenir de un espectáculo que ha transitado en medio de la prosperidad, pero también sometido a difíciles momentos depresivos. Todo eso supo verlo, entenderlo y trascenderlo José Alameda, al grado que hoy día, su obra está siendo valorada en su justa dimensión, y es una fuente esencial para soportar cualquier buen trabajo que se precie en explicar histórica, técnica o estéticamente el curso de la tauromaquia. Es más, un continuador de esa línea, de ese “hilo” en los aspectos teóricos y que incluso ha ido más allá en el análisis crítico ya planteado como escuela por Alameda, es José Carlos Arévalo, actual director de la revista 6TOROS6, quien ha abrevado la obra del propio José Alameda, reconociéndola ya como fuente indispensable. Y aquí un ejemplo del citado periodista:

 Las corridas de toros siempre respetaron celosamente el rito. Pero el toreo es una de las artes más evolutivas. La lidia ya codificada en tres tercios absolutamente definidos, la de los tiempos de Paquiro, nada tiene que ver con la lidia actual. Es posible que ni los aficionados más conocedores supieran seguirla, comprenderla, sentirla, si pudieran verla hoy tal como era ayer. Pero no la cambió el rito, que permanece inalterable, ni los reglamentos posteriores, que la sometieron a ley, sino el arte del toreo. Es decir, las historias que el hombre es capaz de contar con un toro: su actitud ante el peligro, su capacidad para trocar la violencia del animal en una cadencia estética impuesta por su sabiduría y por su sentimiento.

 Pero viene aún algo muy importante:

 Ni Joselito, ni Belmonte, ni Manolete tuvieron que cambiar una coma de los reglamentos a los que sucesivamente se sometieron para que las corridas, siempre iguales, fueran distintas. ¿Quién le impuso a José la regeneración, por él ordenada, de la suerte de varas para que abriera el camino hacia un mayor repertorio del toreo de capa? ¿Le protestaron las cuadrillas cuando les ordenó abandonar el ruedo durante la faena de muleta? ¿Qué reglas rituales contradijo Belmonte para hacer del toreo un acto dramático más estético? ¿Qué ley hubiera tenido potestad para impedir el toreo versificado en series de Manolete, ese hallazgo que transformó y amplió hasta en su misma esencia la faena de muleta?[9]

 CONTINUARÁ.


[1] José Alameda: 4 LIBROS DE POESÍA. I. Sonetos y Parasonetos. II Perro que Nunca Vuelve. III Oda a España y Seis Poemas al Valle de México. IV Ejercicios Decimales. Apéndice I: Primeros Poemas. Apéndice II: Tauro lírica Breve. México, Ediciones Océano, S.A., 1982. 239 p. Ils., p.

[2] José Alameda: Crónica de sangre. 400 cornadas mortales y algunas más. México, Grijalbo, 1981. 195 p. Ils., fots.

[3] José Alameda: El toreo, Arte Católico (con un apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina) y Disposición a la muerte. Prólogo del Licenciado Carlos Prieto [Vicepresidente del Casino Español y Presidente de su Comisión de Acción Cultural]. México, Publicaciones del Casino Español de México, 1953. 161 p. Ils., fots.

[4] José Alameda: Los heterodoxos del toreo (Con ilustraciones de Raymundo Cobo). México, editorial Grijalvo, S.A., 1979. 159 p. Ils., fots.

[5] 6TOROS6 Nº 574, del 28 de junio al 4 de julio de 2005, p. 3. José Carlos Arévalo: “Libertad y tabú”.

[6] Parece decirle así, Pedro a José.

[7] José Alameda: SEIS POEMAS AL VALLE DE MÉXICO Y ENSAYOS SOBRE ESTÉTICA. DE VELASCO A CUEVAS Y DE GOYA HASTA PICASSO Y DALÍ. México, B. Costa-Amic editor, 1974. 127 p. Ils., fots.

[8] Alameda, Retrato…, op. Cit., p. 107-108.

[9] José Francisco Coello Ugalde (productor): TESOROS DE LA FILMOTECA DE LA U.N.A.M.: TAUROMAQUIA. colección de DVD´s, dividida en los siguientes temas:

Vol. I: “Daniel Vela: 1941-1946”. (Año de edición: 2002).

Vol. II: “Los Orígenes. Cine y tauromaquia en México, 1896-1945”. (Año de edición: 2003). Título 02 RTC DVD-3943.

Vol. III: “Los toros vistos por el noticiero CINE MUNDIAL (1955-1973). Homenaje a José Alameda. (Año de edición: 2004). Título TFULO-03.

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DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. LUIS CASTRO “EL SOLDADO”.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 TRIUNFO Y ESCÁNDALO. GESTAS Y ARREBATOS TAURINOS DE UN GRAN “SOLDADO”: LUIS CASTRO SANDOVAL.

    Un soldado, en el estricto término se forma bajo dogmas y principios que rayan en actitudes solo entendibles a la luz de la lealtad, el amor y servicio a la patria. Un jovencito de Mixcoac, de tanto acostumbrarse a verles realizar aquellas maniobras en el cuartel del rumbo, quiso ser uno de ellos, pero en los toros, como un alivio a la condición familiar, encontró la razón que dio respuesta a su destino.

   Aquel que se forjó el sueño en medio de la batalla, como tantas efectuadas también durante la Revolución, tiempos en que ese proceso de transformación cíclica convertía a México en un campo de batalla donde quedó tendida la muerte, retumbando más de un millón de veces, se llamó Luis Castro Sandoval, quien arrancó a la guerra, y quizá, más que a este entorno, a la marcialidad del carácter propio del ejército, un seudónimo con el que emprendería sus propias batallas: EL SOLDADO.

   Luis Castro El Soldado nació en la ciudad de México en el barrio de Mixcoac –calle de Niño Perdido- el 25 de agosto de 1912. El primer toro que tuvo que lidiar fue el de la miseria, cuyas peores embestidas fueron las del hambre. Se presentó como novillero en El Toreo de México el 3 de abril de 1932, alternando con Arturo Álvarez El Vizcaíno y Leopoldo Ramos El Ahijao del matadero con astados de Albarrada. Su primera alternativa la tomó en El Toreo de México el 5 de marzo de 1933 de manos de Joaquín Rodríguez Cagancho con David Liceaga de testigo con el toro Fumador de Coaxamalucan. Al ir a torear a España renunció a la alternativa y la volvió a tomar en Castellón de la Plana, el 24 de marzo de 1935 con Rafael Gómez El Gallo de padrino y Lorenzo Garza de testigo con el toro Perlito de Carmen de Federico. en Madrid confirmó su alternativa el 2 de mayo de 1935 al cederle los trastos nuevamente Rafael El Gallo ante Marcial Lalanda, con el toro Buenas tardes de Lamamié de Clairac. Su última actuación fue el 12 de agosto de 1962 en Tuxpan, Veracruz, en un mano a mano con Luis Procuna con ganado de Presillas. Falleció el 13 de noviembre de 1990 en la ciudad de México. “El Soldado se enfrentó a Jardinero de San Mateo, que fue el primer toro lidiado en la historia de la plaza México, el 5 de febrero de 1946.

   Conforme a los datos recabados por el Lic. Humberto Ruiz Quiroz, a quien agradezco el haberme proporcionado una relación completa de sus actuaciones, nuestro personaje toreó en 410 corridas en casi 30 años de carrera, sin olvidar su etapa de novillero.

   Y si Luis Castro no ascendió a grados superiores fue porque para la tauromaquia, musicalmente entendida por Agustín Lara con aquello de que “Decir torero es decir soldado/ Decir soldado es decir torero”, se le elevó a grado de General de División que no ostentó insignias militares. Acumuló, e hizo suyas infinidad de gestas al lado de otros combatientes, a quienes les declaró una guerra sin cuartel y a veces eran tales sus actitudes, que encajaban perfectamente en el perfil de los dictadores, sin que queramos expresar esto en tono peyorativo puesto que Luis Castro echaba mano de unos alardes, de unas actitudes que eran irreverentes, provocativas, a veces ofensivas cuando se transformaba y a veces se realzaba, pero también se hundía entre el estímulo que causaba en la afición, aquel alarde provocativo o la bronca protagonizada, capaz de llegar hasta la alteración total de quienes se veían defraudados y terminaban lanzando cojines a la arena, causando incendios o simplemente recibiendo una carga de insultos en todas sus escalas. Allí, Luis había declarado la guerra. Cuando Luis vindicaba sus “tiranías” y lograba darle un vuelco a todo aquel ambiente lleno de tensiones, se tornaba un auténtico “Soldado”, digno representante de las mejores batallas.

   De su estancia en España, son memorables los capítulos en que, como novillero dejó una interesante estela de pasiones y de esperanzas. Se recuerda la tarde en que, anunciado junto a Lorenzo Garza y Cecilio Barral, protagonizarían, Luis y Lorenzo un memorable “mano a mano”, luego del percance en que Barral tuvo que pasar a la enfermería. Luis Castro, a su primero le cortó orejas y rabo. “Pero lo mejor de todo estuvo cuando entré a matar con el pañuelo, en vez de muleta, y no lo hice para lucirme sino para acabar de una vez por todas con todos los cabrones que estaban allí”, nos cuenta nuestro personaje, del que recogemos sus palabras sin omitir absolutamente nada.

   Y continúa recordando:

   -“La plaza estaba eufórica, Lorenzo también y emocionado avanzó para darme un abrazo, pero yo, “picado”, lo empujé y allá fue a dar de culo, sobre la arena. El aficionado español, es de los más conocedores y exigentes y por eso la reacción no se hizo esperar y la gente me gritaba “Chulo, jijo de la gran puta” y yo, desconcertado, me preguntaba: ¿por qué me dicen “chulo”? Después, supe que era como decir hijo de puta y me fui al centro del ruedo para mandarlos donde ya saben…”

   Y termina diciendo:

   -“Verdad o mentira, el haber ido a España me dio cartel. España me “amacizó”, he hizo más torero y los españoles me dieron un sello de Grande con el que vine a México ganando lo que quería y si no hubiera sido por la Guerra civil me hubiera quedado unos 4 o 5 años más”.

   Personaje discutido, porque entre la irreverencia y la magnificencia solía dar a la afición los sellos distintivos de su estilo, de su personalidad en pleno desafío, no solo para mantener su hegemonía, sino también para enfrentarse con los demás diestros de su época. Era preciso ganar un lugar en el escenario, pero mantenerse fue una de sus más proclamadas estrategias.

   Luis “El Soldado” arribó a una época del toreo en que abrirse paso no era asunto fácil. Era uno más de los toreros que ocuparon espacios imposibles de penetrar. Sin duda, y metidos ya en la reiteración, estuvo sumido en la guerra, una guerra infranqueable y sin cuartel.

   La tauromaquia que ofreció a sus enemigos y que desplegó a la afición se cimentó ya en el más puro gozo estético, como resultado de un proceso en que el toreo había alcanzado la etapa de madurez, el sello distintivo que se transmitió de generación en generación, comenzando aquel proceso desde Francisco Montes, quien con su Tauromaquia y Arte de Torear, dada a la luz en 1836, se convirtió en prólogo a las grandes virtudes cuyos capítulos mayores se fueron dando con Curro Cúchares; más tarde Cayetano Sanz, Lagartijo y Frascuelo. Vino enseguida Rafael El Guerra a sumar todo su legado en unos momentos en que el toreo se prepara a ser el depositario de las más acabadas expresiones en manos de Antonio Fuentes, Ricardo Torres Bombita y Rafael González Machaquito. Les sucedió el binomio José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte, en compañía de Rodolfo Gaona, tres grandes toreros dueños de tres grandes estilos que definieron y decidieron una modificación importante en el toreo: el tránsito de la expresión bélica a una estética. Más tarde, Chicuelo sería el primer gran exponente de esa summa, pero quienes vinieron a darle todavía el sello distintivo de arte y técnica acabada (aunque no consumidas), fueron Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y Fermín Espinosa Armillita.

   Bajo esa fórmula perfecta, Luis Castro El Soldado forjó lo mejor de su expresión ya que como todo torero, dispuso de tales elementos, dándoles personalidad propia, como la proporcionarían Lorenzo Garza o Silverio Pérez, cada quien en su estilo, y en su momento.

   México y España son los territorios donde el Soldado planteó lo mejor de su expresión: bajando las manos en el lance a la Verónica, tan insuperables como las de la creación de Gitanillo, haciendo vibrar a los aficionados. De igual forma con sus excelsas chicuelinas, que el propio Manuel Jiménez hubiese tenido que mejorar. Conocedor de los terrenos, poniendo banderillas se dejaba llegar con particular modo, citando en corto al toro, dejando incluso huellas muy claras en la arena, pues con elegancia sin par, “arrastraba” materialmente las zapatillas con especial donaire, muy a lo Soldado. Y ya, con la muleta, era auténtico dominador, para luego darse a la recreación más pura del arte taurino.

   Si sus triunfos son muchos, los escándalos también. Era capaz de armar auténticos mítines teniendo que salir de la plaza bajo el resguardo de la policía, enfrentando la ira popular.

   Para conocer al Luis Castro esencial, es preciso tener una cercanía tan íntima como para entender la profundidad del misterio por el cual brotaba esa fuente de creación, a veces en cristalinos acordes, a veces en turbios desconciertos, pero esa fuente no dejó de expresarse, ni ha dejado porque a pesar de que ese Soldado, aunque no ocupó la tumba del “desconocido”, sigue ocasionando sabrosas discusiones, a veces apasionadas, porque Luis El Soldado, junto a los de su generación, marcaron con letras de fuego el estilo al que fueron fieles y ese estilo no corre riesgo alguno de extinción, porque de tan grandes siguen siendo, siguen viviendo y perviviendo. El éxito de esta aventura consistió en la asimilación de duros aprendizajes, donde maestros de la talla de Alberto Cosío Patatero dejaron una influencia proveniente de una auténtica escuela, entendida desde el estricto sentido de una técnica por encima de la estética. De no haber sido así, tantos toreros buenos como los hubo en la “época de oro del toreo” no hubieran trascendido como trascendieron.

   Luis Castro Sandoval surge como torero cuando el movimiento cristero se impone con toda su crudeza. Se abre paso cuando los últimos caudillos de la revolución apuestan por la ruta política con aspiraciones de altura. De la montura se encaraman a la silla presidencial siendo varios los generales, como Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho quienes detentaron el poder y así perpetuaron sus hazañas, cuando los principios revolucionarios se quedaron en los campos de batalla y el rumbo se tornó demagógico, perdió vigor, pero siguió dándosele uso para conseguir fines que ya no casaban con la razón original emanada de aquel movimiento matizado de causas sociales.

   México despertaba a una realidad distinta a la que experimentó antes y durante la Revolución. México cambiaba y aceleraba su marcha al subirse al carro del progreso, un progreso que en nada se parecía al país que seguía siendo su modelo y su enemigo al mismo tiempo: Los Estados Unidos de Norteamérica.

   En la torería, así como en el arte un torero seguía siendo ilusión para muchos. Ese gran diestro se llamaba Rodolfo Gaona. Sin embargo, Luis Castro El Soldado, hasta donde sabemos, no mencionó en las múltiples entrevistas que concedió, tal afán. Pero Luis, fue distinto en estilo y forma a Rodolfo, aunque comulgaran un mismo principio.

   La técnica y estética del toreo las hizo suyas el diestro de Mixcoac, de ahí que sus istas, pero también sus contrarios fueran legión. Con Lorenzo Garza mantuvo un conflicto que parecía fabricado. Era tal la competencia que desde el patio de cuadrillas, con mirada de fuegos cruzados, ya se decían, ya se lanzaban gentilezas y galanuras de lenguaje. En el ruedo los retos y las provocaciones subían de color y de tono, aunque siempre con resultados donde la afición era la directamente favorecida.

   La pareja Garza – El Soldado tuvo un significado que llenó espacios cuya fuerza obligaba verlos juntos; mano a mano. Precisamente, el primero de un largo camino en el que se vieron las caras, ocurrió en Celaya, Guanajuato, la tarde del 25 de diciembre de 1935, con toros de San Mateo cuando regresaban triunfales de España, luego de aquella recordada contienda.

   Luis Castro fue suma de elementos, que van de presenciar juntos al diestro poderoso, al mandón, al artista, al tirano, pero también al que era capaz de causar la gran rebelión, como aquel mitin, cuando pretendió matar a Corbejón de San Diego de los Padres, ¡pero desde el burladero! En aquella tarde, sí que se armó la gorda.

   Pero también se consagró con un largo tren de toros bravos que, por aquí y por allá dieron carácter a la figura adusta de este gran torero mexicano que se llamó Luis Castro El Soldado. Más adelante, una cita de Carlos Septién García servirá como sustento fundamental.

   Como anécdota complementaria debo anotar aquel hecho ocurrido poco tiempo después de que Armillita y Garza desaparecieron. Luis Castro y Silverio Pérez se encontraron en una reunión y uno al otro se preguntaban: ¿Quién sigue? Alguno comentó que esto mejor lo decidiera la suerte, un volado. Uno pidió águila. El otro sol. El Soldado ganó la partida, la sentencia se cumplió y conforme al rito él siguió.

   En Luis Castro Sandoval pues, encontramos ese factor que llena, o más bien desborda las expectativas con las cuales la tauromaquia en México y la tauromaquia universal también, encontraron a un representante del quehacer técnico y estético que trascendió en medio de épocas sumergidas en el arrebato de diversos conflictos bélicos y sociales. La cristera en nuestro país, la guerra civil en España; y más tarde la Segunda Guerra Mundial, fueron marco de referencia para dos naciones que sufren al interior de las mismas un reacomodo doloroso y necesario también. En cuanto a la pugna entre diversos países del mundo, todos quienes participaron conmovieron al espíritu de la humanidad hasta su desenlace atómico y mortal en Hiroshima y Nagasaki, en aquellos amargos días del mes de agosto de 1946.

   Y sin embargo, un factor emblemático de esas guerras permitía a Luis Castro forjar la propia sin más armas que su inspiración, junto a los arrestos pundonorosos de valor. Les declaró una guerra a los más importantes diestros de su tiempo y salió airoso de muchas batallas. Derrotado en otras, pero sin bajar la guardia. Hasta 1962, año de su retiro, el mando estuvo controlado por una fuerte personalidad, tan cercana a los más importantes militares que ostentaron su capacidad como verdaderos tiranos, dictadores o estrategas de fino olfato a la hora de consumar los ataques definitivos, yendo al frente de ellos, hasta el triunfo. La derrota hizo suyo a El Soldado, torero que por otro lado legó lo mejor de su quehacer y su experiencia.

   El carácter de Luis Castro pudiera resultar ofensivo, o en todo caso agresivo. Era recio, muy hombre. Un macho en su amplio sentido. Retador con los de su condición, fuera con la mirada o de palabra. Arrogante con las mujeres, y como un gran actor, se sabía mover perfectamente en escena.

   La época por la que le toca transitar está llena de motivos que detonaron a favor y en contra, puesto que sirvieron de arreón o como trampolín. Sin más trámite ingresa al grupo selecto de toreros que consolidaron la “edad de oro del toreo” justo en ese periodo que coincide con la ruptura de relaciones taurinas con España y el aislamiento habido con esta nación debido a su guerra civil. Fueron los años en que el nacionalismo taurino se afianzó definitivamente bajo los aires de la modernidad, que en nada se parece a las anteriores etapas bajo la égida de Ponciano Díaz y Rodolfo Gaona. Aquella con un espíritu que proviene eminentemente del ámbito rural o campirano. Esta, con el peso de la revolución encima.

   La tercera generación del nacionalismo que iluminó el ambiente taurino entre fines de los años 20 hasta la inauguración de la plaza de toros México en 1946 fue el telón de fondo que sirvió para las hazañas y hasta para los fracasos que protagonizó Luis Castro Sandoval.

   Su tauromaquia esencial consistió en la exaltación del lance a la verónica donde al ejecutarlas con los brazos totalmente desmayados, se logró, luego de la versión de Gitanillo de Triana que se llegara a la perfección estética superando la transición de aquellos otros matizados del rigor de la técnica, eficaces aunque no con la galante hermosura que prodigó el de Mixcoac. En esto, definitivamente tiene mucho que ver cada época, por lo que no es válido menospreciar lo ya realizado. En todo caso es preciso valorar, gracias a la perspectiva histórica el conjunto de cambios, la evolución misma que fue adquiriendo el toreo en manos de sus diversos intérpretes, pues no se puede hacer menos la obra de los toreros de principios del XX, por el solo hecho de poner a los de la siguiente generación por encima de ellos. Cada época muestra su correspondiente progreso o evolución que por lógica se separa de la forma, pero no del fondo. Cambia la forma, el fondo se mantiene, y si el fondo es la esencia más pura de las tauromaquias en su estricta interpretación, la forma se convierte en esos ropajes distintos que cada gran torero y cada generación entienden al expresarlas.

   La chicuelina en manos del Soldado fue insuperable, salpicada de gracia gitana que no se han visto otras tan rotundas como las de nuestro personaje. Es evidente que no podemos ignorar las interpretadas por el propio Manuel Jiménez, como ya se dijo. También están las interpretadas por Manolo González, Antonio Bienvenida o Manolo Martínez. Como vemos cada quien, en su momento cumbre solía exaltarla.

   Un portento con las banderillas, que no se concretaba al solo adorno y al cumplimiento de la doctrina. También lo condimentaba con su peculiar estilo que naturalmente lo separaba de las otras versiones, tan poderosas como la suya. Poderosas las de Fermín Espinosa Armillita, José González Carnicerito de México o David Liceaga, por mencionar tres de aquella gran generación.

   Y con la muleta, independientemente de los cimientos elementales en donde se concentraba la calidad que desplegó en sus mejores tardes, también fue pródigo en la suerte de los adornos, aquella virtud con la que sus faenas gozaban de un toque distinto, con aires si no de renovación, sí de frescura, principio al que se ajustaron no solo él; también la mayoría de los diestros de su época que encontraron a un toro al que primero había que dominar. Luego pasárselo por la faja y entre serie y serie incluir los adornos, convertidos en auténticas rúbricas con que quedaban grabadas para la posteridad faenas que hoy son imborrables.

   Ya hablamos del perfil apolíneo. Aunque como artista tuvo a su vera los consejos dionisíacos que lo llevaron a consumar tardes de escándalo, auténticos mítines donde o se llegaba a la bronca entre una lluvia de cojines y luminarias encendidas por aficionados que se sentían ofendidos; o terminaba custodiado por la policía y bajo el abrigo de una enfermería convertida en sala de espera, aprovechando el momento propicio para escapar en medio del aquelarre.

   No cabe la menor duda de que estamos ante un caso extraordinario, cuya dimensión no nos ha sido posible plantearla como lo merece este gran torero, quien espera una mejor y más completa justificación, pues la nuestra no es sino una pequeña aportación al ejercicio técnico y estético, pero también la que pretende acercarse al hombre de carne, hueso y espíritu para entenderlo en el mar de las razones y sinrazones que es esta vida.

Col. del autor. Imagen del fotógrafo GUERRA.

    En nuestros días, cuando nos hemos enterado de graves percances como los de Juan José Padilla, José Tomás o Julián López El Juli, nos demuestran estos héroes su fortaleza, pues a los pocos días están de vuelta en la tregua, para no perder sitio, estando apoyados evidentemente por los adelantos de la medicina. Lamentablemente este no fue el caso luego del terrible percance que Luis Castro sufrió al ser cornado por Calao, de Piedras Negras, la tarde del 22 de noviembre de 1942 en el Toreo. Luis quedó en las sabias manos de los doctores Ibarra y Rojo de la Vega que salvaron su vida, pero sobre todo esa pierna izquierda que llegó destrozada a la enfermería, solo que los avances en la ciencia médica no eran los mismos de hoy. Durante su convalecencia, y en más de una foto, es posible observar el daño, pero también la dimensión de aquella cornada: vendas, esparadrapos y un mar de pinzas que pretenden atenuar la gravedad misma que se refleja en el rictus de dolor del valiente torero, el cual reapareció hasta el 13 de enero siguiente en El Grullo, Jalisco, alternando con Sergio Corona en la lidia de toros de Corlomé. Fueron casi dos meses de difícil recuperación, que superó con creces el de Mixcoac.

   Alternó con toreros de la talla de Rafael El Gallo o Juan Belmonte. De igual forma con todos los de su generación, hasta llegar a los de la siguiente, como Manuel Capetillo, Juan Silveti hijo o Joselito Huerta, entre otros, pasando por las plazas más importantes de México, España, Francia, Portugal, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica y Perú.

   Sus 410 actuaciones parecen representar un número muy corto, en comparación de las actuales campañas donde los toreros que encabezan el escalafón aquí o allá, en pocos años superan las mil corridas. Claro que en casi 30 años de profesión y algunos más como becerrista y novillero, el número debe redondearse a las 500. Todo ello representa una intensa trayectoria, pero refleja también una época en la que los medios de comunicación son lentos. Y aún más, que no fueron años en que el espectáculo no era víctima del consumo ni la comercialización desmedida. Dominaba probablemente un espíritu más romántico, menos lucrativo y todo, al servicio de la tauromaquia.

   Para darnos una idea de lo que significó Luis Castro El Soldado para el toreo, nada mejor que acudir a las excelsas crónicas de Carlos Septién García El Tío Carlos

 LA CORRIDA DE LAS SIETE VERÓNICAS

 5 de marzo de 1944.-Armillita, El Soldado y Procuna con toros de Torrecilla.

    Sobre la arena húmeda –olor a tierra mojada, cabrilleo de sol tímido- se abrió el asombro de un capote de torear duro y moreno como el bronce, hondo y suave como una caricia. Rosas de hierro forjado resbalaron al suelo de entre sus pliegues florecidos; rosas de hierro como las de una balconería de palacio virreinal. A fuego vivo labró el artista ante nosotros su milagro; cuatro lances como rosas de forja dieciochesca. Y la multitud se entregó ante el prodigio; porque había presenciado la resurrección de los viejos, desdeñados prestigios de la verónica.

   ¡Qué honda revolución hubo en los tendidos ante los lances de Luis Castro! Tembló la plaza hasta sus cimientos: temblaron los huesos de acero de su oxidado esqueleto. Y hubo un clamor inacabable que llenó los ámbitos y se perdió allá arriba, entre las nubes cargadas de lluvia y los claros azules de una tarde equívoca. ¡qué honda revolución!

   Y fue así porque se trataba de una revolución auténtica: porque había aparecido lo único capaz de sacudir hasta la entraña a las multitudes y que es lo tradicional. Porque había aparecido esa cosa eternamente nueva que es lo viejo; esa cosa frescamente moderna que es lo antiguo. Porque no había allí improvisaciones deleznables, ni juguetitos frágiles, ni fugaces modernismos retorcidos, sino obra robusta como la tradición, vigorosa como la savia secular de las encinas, fuerte y madura como las ideas que desde hace siglos alimentan la vida de un pueblo. Porque lo que Luis Castro había hecho con sus lances era apartar la hiedra brillante y falsa que encubría el árbol. Y entonces habíamos saboreado la ruda hermosura de la áspera corteza ennegrecida de sol y de lluvias, curtida de primaveras y de tempestades.

   En cuanto aparece lo clásico en la arena, ¡qué soplo como de brisa marina, salobre, fuerte y fresca, nos llena los pulmones! ¡Cómo huyen y desaparecen todas las mixtificaciones del arte de torear! Es como si en un ambiente saturado de lociones baratas, penetrara de pronto el rancio aroma de un vino añejo o el perfume entrañable del arcón inviolado en que la abuela guarda recuerdos y prestigios.

   A brisa marina, a vino añejo, a ropa de arcón, huele aún en el ruedo de El Toreo. Allí quedará el aroma ennoblecedor de las verónicas que Luis Castro diera al toro Porrista de Torrecillas, la tarde del 5 de marzo del año del Señor de 1944. Allí quedarán para que nadie ose borrar con lociones de peluquería la fragancia tradicional de aquellos siete lances.

   Siete lances, como siete rosas de hierro forjado.

    Como vemos, Luis Castro Sandoval embelesaba y hechizaba a la afición nada más tomar el capote, y convertirse en fiel intérprete del lance a la Verónica. Su labor como uno más de los grandes diestros del siglo XX era un completo bagaje de la tauromaquia, que lo instalan de por vida en el sitial de los elegidos, gracias a su incomparable estilo que, como el suyo, lleno de reciedumbre, majeza y apostura, pocos lo han logrado.

   En defensa de su tiempo y su circunstancia, Luis Castro Sandoval sentenciaba:

   “…las corridas eran un combate; ahora la han convertido en un juego. Quedó atrás la Fiesta en la cual el hombre, por orgullo y casta, tenía las mismas posibilidades de vencer y de morir. Se acabó lo viril y lo trágico, lo noble y lo artístico. Ahora el dinero apesta el redondel y toreros sin talento sólo van en busca del milagro de la economía, del escaparate publicitario”.

   No cabe duda, que las obras del hombre son mejor entendidas en el momento de su creación, por eso permanecen. Por eso se transforman en paradigma. Quizá también por eso, y pasados muchos años de su definitiva conmoción, alcanzan el grado de la trascendencia, que luego es un patrón difícil de superar.

   Vaya en recuerdo suyo apenas este sencillo y muy humano acercamiento a esa gran obra, que merece una justa revisión, así de grande como su trayectoria.

 NOTA: Tres de las imágenes para ilustrar la presente colaboración, fueron tomadas del libro de José Pagés Rebollar: LOS MACHOS DE LOS TOREROS. México, Editorial Libros de México, S.A., 1978. 128 p. Fots. Ils

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. REVELADO Nº 23.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ¡NO VOY A VER. VOY A QUE ME VEAN…!

    Hubo, a principios de siglo pasado un personaje oscuro que, por sus obras y sus actos se ganó diversas etiquetas, entre otras la de “antihéroe”. Me refiero a Victoriano Huerta, cuyo nombre que de tan temible que resulta pronunciarlo, la primera imagen que nos viene a muchos es con uno de sus duros seudónimos: “El Chacal”.

Victoriano Huerta.

    Huerta, al igual que otros tantos personajes que registra la historia en los últimos doscientos años carga con un estigma que, para dosificarlo y entenderlo deberá de pasar mucho tiempo. Y es que, bajo la óptica de Jacob Burckhardt, historiador suizo (1818-1897), nada mejor que seguir una de sus valiosas recomendaciones: “No regañemos a los muertos. Entendámoslos.” Ese trabajo en realidad con figuras como la de Iturbide, Santa Anna, el General Porfirio Díaz o Victoriano de la Huerta tienen un elevado costo pues ha resultado difícil desacralizarlos y darles otra dimensión. La historia oficial, pero sobre todo la opinión de vox populi se han encargado de mantener o seguir manteniendo vivo el baldón con el que siguen cargando por causa de haberse involucrado en acontecimientos que se consideran, sin más, como de “traición a la patria”, o por el hecho de haberse convertido en “dictadores” que no midieron sus actos para conseguir un lugar de privilegio.

   Un error estratégico, una acción indebida, e incluso hasta abuso de poder y… adiós fama, adiós gloria.

   Creo que esto último fue el error humano que cometió Huerta: abusar del poder, e incluso, traicionar, situación incómoda que tuvo que materializar –sobre todo-, durante los días aciagos de la “Decena Trágica”, ese capítulo oscuro de la Revolución Mexicana en que revirtió las órdenes giradas por el entonces Presidente de la República, Lic. Francisco I. Madero al respecto de las acciones militares que, en contra del idealista comenzaban a rasgar el aire de aquellos primeros días del mes de febrero de 1913. Madero ignoraba que Huerta ya formaba parte de aquel grupo que lo derribaría del poder. Lamentablemente Madero debió gran parte de sus acciones y decisiones a la buena fe, a la confianza y lealtad de sus hombres que ya se ve, no fue el caso en Huerta.

He aquí a Rodolfo Gaona quien fue a saludar al C. Presidente de la República, Lic. Francisco I. Madero, quien ocupaba un palco en la antigua plaza de toros “El Toreo”. Col. del autor.

    De dicha imagen, no faltó el humor de los caricaturistas que ilustraron de esta manera el histórico encuentro, ocurrido en octubre de 1911.

Col. del autor.

    A Huerta le gustaban los toros. Aquella famosa fotografía que se tomó con Rodolfo Gaona en Huipulco el mismo año de 1913, se convirtió para el “Indio Grande”, en una caja de resonancia incómoda, pues las malas lenguas le atribuyeron cosas totalmente distintas. Como personaje público, el leonés no sólo tuvo el afecto del pueblo. También de los personajes de gran talla, como Porfirio Díaz, Madero o… Huerta, con el que se hizo el siguiente retrato:

Fuente: Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots.

    Y Huerta siguió yendo a los toros como si cualquier cosa.

   Aquí lo vemos en una barrera de primera fila.

   Aprovechando la presencia de tan significativo como polémico personaje en los toros, Vicente Pastor, “El Chico de la Blusa” fue a brindarle uno de los ejemplares que lidió aquella tarde…

…del 4 de enero de 1914, en que Pastor, junto con Sebastián Chávez “Chanito” lidiaron, en jornada incolora, toros de San Diego de los Padres. Col. del autor.

    En su condición de democrática, la fiesta de los toros ha permitido que acudan a ella para deslumbrarse, fascinarse o también para exhibirse, un sinfín de personajes que, como Victoriano Huerta, no desperdició la oportunidad de sentarse en una barrera, como cualquier hijo de vecino y ser blanco de todas las miradas. Seguramente habrá dicho Huerta: ¡No voy a ver. Voy a que me vean…!

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EL ARTE… ¡POR EL ARTE! El panteón recreado. 1 de 4.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

A Mary Carmen Chávez Rivadeneyra, quien vio la luz primera de este proyecto hace ya tantos años…

 

    Quiero compartir con los amables “navegantes” una experiencia literaria hasta hoy inédita. Se trata de un trabajo que elaboré hace 12 años y que ahora pongo a la consideración de todos ustedes. Se trata de la CARPETA / DE / TAUROMAQUIA / (PRIMERA VERSIÓN) / “El panteón recreado” ó la fascinación tocada de delirio. / José Francisco Coello Ugalde / México, 1999. Es el primero de varios trabajos que luego ya no cuajaron pero que tenían, como propósito fundamental, combinar el quehacer poético con una serie de imágenes adecuadas, manipuladas o editadas –conforme a aquellos momentos-, y que bien pudieron ser motivo de retoques o cualquiera otra alteración, fruto de estas paqueterías modernas de la edición por computadora. Así que en aquella época, a base tijeras y engrudo pude configurar lo que ahora podrán ustedes corroborar con la vista a partir de esos intentos gozosos que para este autor, suponía escribir un verso e ilustrarlo. Va pues, a continuación, presentada en varias partes esta “Carpeta de Tauromaquia” y que sea de su agrado.

CARPETA DE TAUROMAQUIA

“El panteón recreado” o la fascinación tocada de delirio. (PRIMERA VERSIÓN)

    La tauromaquia, por azar o por ventura, siempre ha estado vinculada con la muerte. La muerte del toro y la del torero. Y quizá, con un poco de humor negro y de descuido, hasta de la fiesta misma.

   Un largo espacio de tragedias ha ensombrecido al espectáculo, y su cementerio se ve ocupado por la visita de muchos toreros-inmortales (claro que la inmortalidad absoluta sólo la alcanzan seres auroleados y distintos).

   El “panteón recreado” que presento en esta CARPETA DE TAUROMAQUIA, la primera que surge al cobijo de una arquitectura diferente, esperando no se aproxime al territorio del lugar común, aparece con la idea de explicar los espacios de la fascinación tocada de delirio.

   Al escribir cada uno de los poemas, reunidos aquí en forma de 20 MELANCOLÍAS no necesariamente  contextualizan o  hacen  suya la tauromaquia. Más bien la patentizan bajo el rumor de una insinuación dolorosa y grave; dulce y afligida de todos esos seres reunidos para darle todavía más acento a la impronta general de este trabajo, mezcla de nostalgias, deseos o rupturas. Ya lo veremos con los versos de Elías Nandino ilustrando algunas imágenes fragmentadas, como la de Enrique Ponce partiéndole el corazón al enemigo de la batalla. Y lo funerario con toda su fragancia de flores marchitas; monumentos que dejaron de hablar, nos hacen dialogar con su lenguaje soterrado, entre cierto desaire o indiferencia por un lado. Para arrojarnos al precipicio del llanto, por el otro.

   Con la muerte no se puede hacer nada. Soportarla acaso en soledad o con resignación. Se le puede entender, pero ella nos hace comprender lo tajante de su decisión.

   Y ella se deja meter en el capote que dibujan dos manos a la Verónica, nombre prestado de la mujer que se arrojó al paso de un Cristo por crucificar y en su paño el icono doloroso nos alcanza para exaltarlo con el ¡olé!, que pierde en ese mismo instante la existencia y se juntan por azar o por ventura dos muertes: El misterio es saber a quien corresponderá una de ellas: al torero o al toro.

   ¡Qué difícil territorio por caminar! Tortuoso como un laberinto y un callejón que nos dejan conocer por un instante la salida, para ingresar al misterio de la muerte que descansa y nos hará descansar a todos, luego de la gloriosa faena, que nos da el privilegio de pasear al héroe victorioso, conquistador que da la vuelta a un ruedo onírico, el cual no existe nada más que para nosotros.

   La selección de imágenes está lograda a partir de un conjunto de sugerencias localizadas en varias publicaciones, tales como: “La Jornada”, “El Ruedo de México”, “Artes de México”, “6TOROS6”, “Reforma”, “El País”, “Matador”, así como del libro En el umbral del silencio. Su peso, valor y significado dan al montaje la posibilidad de entender un poco más de lo que proporciona una muerte con todas sus sugerencias.

José Francisco Coello Ugalde

Agosto, 1999

 MELANCOLÍA N° 1

 Porque mañana…

 Impredecible, nuestro fin

llegará puntual mañana

si es que el mañana tan ansiado,

termine siendo pasado

apenas recuerdo de esquela,

apenas frase para un monumento.

No me parece justo

que sepamos del destino

convertido en cenizas;

olvidada tumba con flores de vez en vez

hasta perderse en el polvo del tiempo.

Y mañana, de nuevo

nos acordaremos

gracias al viejo diario, a la fotografía

que nos dejará existir de nuevo,

convertidos en curiosidad perversa

de saber cómo era el pasado;

si los que nos verán, se miran en el presente

curiosos de su pasado y su porvenir.

MELANCOLÍA N° 2

 Busco un epitafio

 A veces me pregunto

si habré vivido lo que cuentan del pasado

cuando lo siento tan inmediato

como si allá hubiera tenido que ver

con  el placer vuelto misterio;

me alejo de la angustia y la llevo dentro.

Estoy y no sumergido, flotando

construyendo todas estas obsesiones.

Cuando sepa que mi muerte esté cerca

cuando -décima-, cruces reflexiva por mi vida.

MELANCOLÍA N° 3

 Has dejado mis ramas

sin posibilidad del estremecimiento;

como el espíritu que arrancaron del corazón

y ahora padece delirio de soledad.

 

Porque sólo no se quedó;

danzan en su imaginación

los fantasmas absurdos

que convocan a la atrocidad. A la muerte.

MELANCOLÍA N° 4

 …expirar, para qué

si ya vivimos muertos.

Esta crueldad de la melancolía

de nuevo me llevó a navegar

entre sus naufragios

que nada valen,

si no es contigo: deseada muerte.

Que todo sea encuentro

un fruto apenas de la invención,

para sentir un doliente grito

desde quien sabe donde:

¡Me muero! Y te mueres.

Lo repite cansada de decírmelo,

harta ya

de tanto hartarme

con su terquedad.

Murmura, llora plañidera

que invocas a tus muertos

sabiendo que nada más son eso:

la carne, la razón ausente

una vida que les dio nombre.

Huellas sin rastro:

¿Eso quieres de mí?

Lo vas a conseguir.

MELANCOLÍA N° 5

 Casi no duermo

no necesito dormir.

¿Para qué?

Si la muerte abarcará

todo el sueño y su territorio

que me mantiene despierto

y a veces despierto quiero soñar

dormir, morir

sentir lo que no se siente

para mal morir en esta vida.

CONTINUARÁ.

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ACLARACIONES SOBRE EL ORIGEN DE ATENCO. (Fin de este capítulo).

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    A todo lo anterior que ya se ha dicho y escrito alrededor de una historia sumida en mitos, pero más mentiras que verdades, falta agregarle una serie de datos de los que he hecho acopio en más de 25 años de investigación. Se trata de comprobar lo que sostuve en mi tesis, al respecto del “esplendor y la permanencia”. Para ello no encontré otro periodo más claro que va de 1815 1915. Antes de este segmento de tiempo, las noticias son verdaderamente aisladas por un lado e inconsistentes por otro, puesto que las pocas fuentes que existen al respecto, apenas dan idea sobre la presencia de los toros de Atenco, o aquellos que procedían de las dehesas del Condado de Santiago Calimaya.

   Los años posteriores a 1915 escapan del interés central de dicha investigación académica, por lo que creo que será en otro trabajo de naturaleza similar, el cual dé cuenta del comportamiento de dicha ganadería en el siglo XX, e incluso lo que va del XXI, para encontrar que Atenco sigue siendo noticia hasta el día de hoy. De ese conjunto de datos me cuestionaban un buen día al respecto de si estaban fundamentados del todo. Y mi respuesta fue y sigue siendo afirmativa. Hubo necesidad de hacer una exhaustiva y meticulosa revisión a diversas fuentes, tanto bibliográficas como hemerográficas. De igual forma, sirvieron muchos carteles e incluso el entrecruzamiento de información para comprobar su participación en diversas plazas, tanto del país como del extranjero. A continuación presentaré un resumen de esta investigación.

   En el registro de participación que tuvieron los toros de Atenco entre 1815 y 1915, el balance arroja la cantidad de 1116 encierros, si para ello el término “encierro” va de los dos y hasta los doce toros que llegaron a lidiarse en una sola jornada en ese mismo número de fechas. Para entender un poco más la presente situación, traigo hasta aquí las palabras que incluí en la “Introducción” de esa parte de mi tesis doctoral.

   Habiendo iniciado esta fascinante aventura allá por 1985, cuando me di cuenta de la importancia que cobraba día a día el protagonismo de tres historias entrelazadas: la hacienda de Atenco, Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz, hoy, a 25 años de haber realizado ese “periplo”, tengo muy claro diversos aspectos que pretendo desarrollar aquí como un balance de todo ese quehacer. Fue necesario para ello realizar una exhaustiva revisión a diversas fuentes y luego, ya con todos los datos reunidos al respecto, concebir tres diferentes trabajos[1] que quedan concluidos de manera definitiva. Y lo digo así, contundentemente, puesto que puedo afirmarlo sobre el hecho de haber reunido si no toda, al menos sí la mayoría de la información que me permitiera generar una serie de conclusiones al respecto.

   En el caso particular aquí planteado, tengo que establecer algunos parámetros que permitan entender la dinámica a que fue sometida la rigurosa reunión de datos, misma que, por razones de ajuste viene a integrarse como un capítulo más de la tesis doctoral, no previsto en su idea original; más bien como un agregado posterior, alterando, pero enriqueciendo al mismo tiempo dicha investigación.

   Nunca imaginé que, como resultado de tan acuciosa revisión, tuviese reunido más de un millar de informes sobre la presencia de esta hacienda ganadera en el periodo 1815-1915, por lo que me parece oportuno presentar a continuación algunos aspectos interpretativos.

   A este trabajo podría denominarlos también como “… de los mil… encierros de Atenco”, como si me refiriera a la genial octava sinfonía “De los mil”[2] de Gustav Malher, monumental en sí misma, y que así se conoce por el hecho de que debe ser interpretada por 850 cantantes y 171 instrumentos que constituyen el gran orgánico que merece considerarla así.

   En el balance general que debo plantear, existe un importante conjunto de condicionantes que nos van a permitir entender la dinámica de esta hacienda ganadera misma que, por su capacidad primero. Y por su extensión después, (incluyendo los diversos conflictos que enfrentó), la capacidad para cumplir con todos y cada uno de los compromisos establecidos, mismos que aquí se relacionan.

   A lo largo de esta complicada revisión, entre bibliográfica y hemerográfica, sin dejar de incluir la del documento de archivo, carteles o impresos, puedo adelantar el siguiente balance:

 1.-Que de una primera etapa de revisión hecha entre 1985 y 2006, se contaba únicamente con los datos reunidos en la tesis doctoral, además de aquellos tomados de las biografías de Ponciano Díaz Salinas y Bernardo Gaviño y Rueda. Para entonces, uno y otro mostraban los siguientes números:

 De la tesis doctoral: 523 encierros.

Bernardo Gaviño: 532 festejos, de los cuales, 322 correspondían a ganado de Atenco;

Ponciano Díaz: 352 festejos, de los cuales, 35 correspondía a ganado de Atenco.

    Hoy día, en este último balance, el resultado es como sigue:

 De la tesis doctoral: 1116 encierros.

Bernardo Gaviño: 721 festejos, de los cuales, 388 corresponden a ganado de Atenco;

Ponciano Díaz: 651 festejos, de los cuales, 71 corresponden a ganado de Atenco.

2.-Ahora bien, del balance a que me refiero, y para poder entender algunas de sus circunstancias, se aplicaron para ello varios criterios de justificación, a saber:

 a)Cronológico. Originalmente estaba previsto todo el siglo XIX. Sin embargo, dado que sólo se encontraban datos hasta 1815, decidí desplazar el rango a 1915, mismo que ahora tiene el presente trabajo.

b)Gráfico y estadístico, contando para ello con varias tablas:

             b.1)La general, que diera en un gráfico de barras la presencia anual de los encierros en su conjunto;

            b.2)La particular por población, ciudad o país (sabiendo que no fue México el único país donde se lidió dicho ganado, sino también en Cuba, Guatemala y los E.U.A.);

            B.3)La de las plazas donde fueron lidiados;

            b.4)La de los toreros que los enfrentaron;

            b.5)La de carteles o comparecencia sin datos;

            b.6)Otros no previstos.

 3.-Los criterios o síntomas que debieron producir ausencia de datos concretos, tales como:

 a)Antihispanismo;

b)Antitaurinismo;

c)Periodos de prohibición o de irregularidad en la integración no sólo de carteles, sino de temporadas más o menos estables;

d)Posturas ideológicas o políticas de la prensa, reflejadas en el hecho de que mientras un periódico sí reportaba el cartel de cierto festejo para una fecha determinada, otro no lo hacía, aún a pesar de que en la sección de avisos, diversiones o diversiones públicas sí aparecieran otros datos que correspondían, en todo caso a funciones de teatro, pero no de toros;

e)La natural repugnancia en la mayoría de las notas. El ejercicio de la crónica fue dándose lentamente y en otro sentido, es claro encontrar en posturas contrarias, como la de Enrique Chávarri y Guillermo Prieto en El Monitor Republicano por ejemplo, la crónica en sentido favorable o desfavorable, según aparecieran sus apuntes diaria o semanalmente, y

f)Omisión de datos.

4.-La irregularidad en los festejos y su poca formalidad, en apego a la costumbres a ciertas normas, formó una idea de la poca seriedad en la organización del espectáculo en su conjunto.

   Sin embargo, con el balance alcanzado puede tenerse una idea del significado que alcanzó a tener esta hacienda ganadera, que no alcanzó, por otro lado El Cazadero, hacienda que ni siquiera le iba a la zaga, pero que era con la que más encuentros tuvo a lo largo del siglo XIX.

   Ahora bien, a raíz de la exploración documental que se llevó a cabo, es preciso puntualizar que los valores se modificaron, por lo que ello significó la necesaria adecuación en los tres trabajos que se convirtieron en fuente original de información. Además, los datos se enriquecen con la evidencia gráfica de carteles e inserciones periodísticas, así como por la presencia de nuevas poblaciones y otros protagonistas que participaron a lo largo del siglo XIX mexicano. Es de hacer notar que la preponderancia de la hacienda de Atenco se elevó significativamente en el número de participaciones con el ganado que se enviaba a las plazas, así como por datos de su presencia no sólo en el país; también en el extranjero. Por lo tanto, como ya se sabe, el número se elevó a 1116, resultado de una minuciosa revisión. Es de lamentar que la prensa, en dos distintas corrientes y tendencias, así como por los intereses creados a su alrededor, no haya sido un elemento donde quedaran plasmados esos datos contundentes y comprobatorios alusivos al asunto aquí tratados. Esa “oscuridad” en los registros sobre diversiones como las corridas de toros dejen ver que el espectáculo no gozaba de buena reputación, fundamentalmente por razones en las que la empresa en turno estaba detentada por personajes “non gratos” o posicionados en una condición política de privilegios, lo cual también era reflejo de que los periódicos demostraran o minimizaran aquella actividad lúdico-comercial.

   Uno más de los efectos era la caótica composición de la corrida, pero sobre todo, con motivo de que seguía siendo un legado de herencia española y por el hecho de conservar fuertes síntomas de barbarie y retroceso, cuestionables a los ojos de mentalidades más avanzadas, que sellaron un pacto con el progreso. Asimismo, no debe olvidarse que a esa importante cantidad de festejos asistieron personajes de la política que impusieron sus reglas, o sus tendencias políticas que afectaban seriamente los intereses de una prensa limitada en su libertad de expresión, así que ignorando los entornos donde se movían dichos personajes, generaban su propio campo de difusión. Es curioso que durante la celebración de una corrida, el registro se diera en un periódico pero en otro no, lo cual conlleva un significado de circunstancias como las referidas aquí.

   El rubro de las diversiones públicas ocupó, en términos de avisos e inserciones un espacio destacable, pero son las corridas de toros uno de esos elementos que no gozaron de buena reputación. Tan es así que en las notas aisladas que se publicaron al respecto, era notorio el rechazo con que se redactaba y salvo la apertura de algunos, se publicaban comentarios, sobre todo cuando se exaltaba el hecho de que la finalidad del festejo fuese con fines benéficos. De ese modo, y hasta antes de la aparición de la que se cree es la primera crónica taurina (El Orden. Nº 50, año I, del martes 28 de septiembre de 1852) la postura mediática era radical; dejándose notar el repudio a tal “diversión” pero sobre todo al hecho de lo que apuntaba líneas atrás; es decir, al rechazo a una herencia española que quedó grabada en el imaginario colectivo del nuevo país, al punto de su pervivencia y permanencia hasta nuestros días.

Fierro quemador y divisa de la ganadería de Atenco.

   Finalmente, debo mencionar que las ciudades o poblaciones a donde fueron lidiados los toros de Atenco, son entre otras, las siguientes:

   Desde luego, las plazas de toros en la ciudad de México como el Paseo Nuevo, San Pablo, y luego la de Bucareli, Paseo, Colón, Mixcoac, Tacubaya, la “Bernardo Gaviño”, y la de San Agustín de las Cuevas, en Tlalpan. También la “México” de la Piedad, la de la Villa de Guadalupe, Chapultepec y “El Toreo”. En el estado de México, las de Toluca, Amecameca, Tenango del Valle, Tenancingo, Texcoco, Calimaya, Zinacantepec, Santiago Tianguistenco, Cuautitlán, Tlalnepantla y el Huisachal, Mineral del Oro y San Bartolo Naucalpan. En Puebla, la de la ciudad capital. Pachuca, Hidalgo; en Veracruz, tanto la del puerto como en Orizaba. En Cuernavaca, Cuautla y Miacatlán. San Juan del Río, y la “5 de mayo” en Querétaro; León e Irapuato, Guanajuato; Morelia y Zitácuaro, San Luis Potosí, Monterrey, Nuevo León, Nuevo Laredo, Tamaulipas; y Saltillo, Coahuila.

   En el extranjero, cito los siguientes datos.

1895: CORRIDA VERIFICADA EN LA EXPOSICIÓN DE ATLANTA, ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA. 2, 3, 4, 5, 6 y 7 de diciembre. Bravos, salvajes y feroces toros, han sido importados a todo costo de los famosos ranchos de Cruces y Atenco, cerca de la ciudad de México. ¿Quiénes integraban la cuadrilla? Matador, Manuel Caballero.-Banderilleros: Rafael Muñoz, Mochilón, Margarito de la Rosa, Miguel Bello, Enrique Gabardón.-Picadores y Lazadores: Crescencio Rodríguez, Amado de la Vega.

1897: PLAZA DE TOROS “CARLOS III”, LA HABANA, CUBA.-Domingo 25 de abril. Por primera vez se lidiaron toros mexicanos en el extranjero y fueron 2 de Atenco que estoqueó Juan Jiménez “El Ecijano”. Abundando en estos datos, El Imparcial, D.F., del 14 de abril de 1897, p. 1, dice lo siguiente:

    El Ecijano parte para la Habana el día 18 y dará allí una serie de corridas en la plaza de Carlos III.

   Ya se embarcaron los picadores Gasparote y Calleja y los banderilleros Corito, Pollo de Málaga, Pepe-Hillo y Nava.

   Fueron llevados cuatro toros de Atenco, cuatro del Cazadero, dos de Miura, uno de Ibarra y otro del Marqués del Saltillo.

   El día 25 se da la primera corrida.

 1898: PLAZA DE TOROS DE REGLA, LA HABANA, CUBA. 30 de enero. Existe el registro en verso de la corrida que allí se celebró. Veamos:

 Desde la Habana.

30 de enero de 1898.

De regreso del antiguo

gran imperio mejicano

tenemos aquí a don Luis (Mazzantini),

el matador de reaños

que ha sabido colocarse

en un puesto de los altos

por su mucha voluntad

ante los brutos astados.

Da su primera corrida

hoy, y aquí va a demostrarnos

que lo que dicen de él

es con motivos sobrados

y si gran cartel se trae

lo tiene muy bien ganado.

Con él torea (José) Centeno

un torero sevillano

que ha sabido conquistarse

en estos países cálidos

un puesto de los mejores,

porque es un torero bravo

que ni le asustan las fieras

ni ignora lo que entre manos

trae delante de los públicos;

viene en el puesto del maño,

que se quedo mal herido

En la patria de Ponciano.

Con estos dos matadores

y con tres toritos bravos

de doña Celsa Fontfrede

y tres toros mejicanos

de la vacada de Atenco

no resulta el cartel malo

y esta la plaza de Regla

que no sabe ni un garbanzo

cuando don Luis y sus gentes

hacen el paseo clásico

entre la inmensa alegría

de un público entusiasmado.

(. . . . . . . . . . . . . . .)

Anónimo.[3]

 PLAZA DE TOROS DE LA HABANA, CUBA. El Toreo, Madrid, del 28 de febrero de 1898, p. 4, aparece el siguiente e interesante dato:

   Habana.-De la corrida que se celebró el día 20 del actual se nos comunica por cablegrama el siguiente dato:

   “Se lidiaron tres toros de Miura y tres de Atenco, que no dieron buenos resultados.

   La corrida fue organizada por la colonia vasco-navarra.

   “Mazzantini, que mató los seis toros, logró cumplir. (En realidad, alternó con él José Centeno).

   “Al quinto lo banderilleó, siendo muy aplaudido”.

    En 1907: PLAZA DE TOROS EN GUATEMALA. En El Toreo, Madrid, del 25 de febrero de 1907, p. 4, aparece la interesante nota que a continuación reproduzco:

 Guatemala 17 de febrero.

   Los toros de Atenco (4) fueron buenos y despenaron seis caballos.

   “Saleri” lanceó muy bien de capa los cuatro toros, escuchando palmas.

   A dos de ellos les puso banderillas al quiebro, siendo ovacionado.

   Y, por último, mató los cuatro bichos con tanta habilidad, que el público le sacó de la plaza en hombros, hasta dejarlo en el carruaje que le había de conducir al hotel.

   En espera que toda esta información haya permitido poner claridad a los contrastes “oscuros” que se manejan con singular alegría y relajamiento, espero haber presentado los datos más pertinentes del caso para entender, en cierta medida, cuáles han sido algunos de los comportamientos al interior de la emblemática e histórica hacienda de Atenco.

Muchas gracias por su atención.


[1] José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS Nº 10, SERIE: BIOGRAFÍAS TAURINAS, Nº 1. “Bernardo Gaviño y Rueda, español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. México, 2010. 344 p. Ils., fots., cuadros. Inédito.

–: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS Nº 13, SERIE: BIOGRAFÍAS TAURINAS, Nº 2. “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI. (Ampliado al año 2010). Biografía. Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales de: Daniel Medina de la Serna, Isaac Velázquez Morales y Jorge Barbabosa Torres”. México, 2010, 399 p. Ils., fots., cuadros. Inédito.

–: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS Nº 16. ATENCO: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta José Francisco Coello Ugalde. México, Universidad Nacional Autónoma de México, División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia. 251 p. + 651 de anexos. Ils., fots., maps., cuadros.

[2] Monumental sinfonía coral compuesta entre junio y agosto de 1906 y orquestada y finalizada en la primera mitad de 1907. Estrenada en el Neue Musikfesthalle Múnich el 12 de septiembre de 1910, fue el mayor éxito del compositor durante su vida.

[3] El Enano, Madrid, del 27 de febrero de 1898, p. 4.

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JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO. 2 de 4.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    JOSÉ ALAMEDA, o DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO, con este título particular, tenemos ante nosotros a uno de los personajes más representativos de la segunda mitad del siglo XX, no solo en el ámbito de la prensa escrita, la radio y la televisión donde se dio a conocer como un cronista taurino de altos vuelos. También se le recuerda como un hombre dueño de una cultura impresionante, como ya se dijo, capaz de abarcar y de abordar cuanto tema pudiera desmenuzar en amenas charlas, dada su capacidad de tribuno, o sosteniendo polémicas siendo entre las más recordadas las que mantuvo con Rafael Solana hijo y Carlo Cociolli. Autor de varios libros sobre tauromaquia, desarrolló en los mismos un discurso de profundo conocimiento, sustentado no solo en la diversidad de lecturas que lo formaron. También en el cúmulo de ideas y teorías propuestas en lo personal, y que hoy día al fin son reconocidas, sobre todo en España, país del que siendo originario, no le había hecho la debida justicia.

   Y al etiquetarlo como hombre de letras no se está incurriendo en ninguna exageración, pero tampoco se le minimiza si gran parte de su fuente creadora la dedicó a la tauromaquia. Ensayista profundo, poeta mayor si cabe la expresión, se entregó a este género con una disciplina obsesiva, por lo que son diversas las muestras de estilo refinado en décimas, sonetos y otros tantos poemas en prosa de invaluable calidad. También sus crónicas en Estampa, Excelsior o sus editoriales, denominadas Signos y contrastes, aparecidas en El Heraldo de México eran modelos de atinada observación en espacio que no requería sino lo contundente de sus precisas afirmaciones.[1]

   Comprometido con esas tareas dejó también un legado impresionante en crónicas radiofónicas o a través de la televisión, tanto a nivel nacional como internacional. Bohemio, incorregible, pero responsable como pocos. De hecho, una de sus primeras grandes señales como ensayista se afirma cuando la reconocida revista literaria El hijo pródigo publica su Disposición a la muerte,[2] ensayo convertido en el primer gran acercamiento a la interpretación que, sobre este ejercicio esencial; el toreo, debe ser visto no solo como diversión popular. También como una expresión de nuestro tiempo que, en tanto anacrónica se acerca a los territorios del sacrificio. De ahí su polémico discurso que sigue siendo sometido a encontradas diferencias entre quienes de manera casi eterna son sus seguidores y sus contrarios, pero que en ambos bandos son legión.

   Entre Disposición a la muerte y El hilo del toreo, se encuentra la summa[3] de todo su conocimiento, lo que nos lleva a concluir que la trayectoria entre ambas obras fue la de una navegación perfecta, sin que faltaran mares embravecidos y furiosos en su contra. El despliegue de ideas, pero sobre todo el de un conjunto macizo de teorías, le permiten desarrollar en su aportación bibliográfica, así como en su permanente quehacer periodístico, la afinación de un conjunto de ideas que, de alguna manera terminan concentrándose en su obra más acabada: El hilo del toreo.[4] De hecho, en la tauromaquia, en cuanto recorrido milenario y secular, pero sobre todo en los últimos tres siglos, se ha manifestado, de parte de algunos toreros, persuadidos por amanuenses o consejeros experimentados, una profunda inquietud por legar lo mejor de su experiencia –summa al fin y al cabo-, que se va a depositar en tratados donde se comprende la técnica y la estética de avanzada. En el caso de José Alameda, lo suyo fue proponernos una Tauromaquia Moderna, un tratado del toreo a pie puesto al día que se puede entender a la luz de un discurso perfectamente articulado en donde esa manifestación, anacrónica en cuanto tal ha avanzado a contrapelo de la modernidad, con sus consiguientes y puntuales precisiones que lo colocan –como ya se dijo-, en un lugar de distinción no solo en México. También en España. Si por alguna razón escogió residencia definitiva en estas tierras, su raíz hispana no fue ajena a ese tardío reconocimiento, que desde mucho tiempo atrás lo tuvo bien ganado en nuestro país.

Col. del autor.

   Ahora bien, tenemos ante nosotros a varios José Alameda:

   El tratadista taurino, el humanista, el poeta, el periodista o el bohemio. De ese modo, entendemos también su propia filosofía, cuyo sustento le viene de una muy bien planteada razón de la síntesis. Todas estas circunstancias dan con la impronta vital de este hombre de características singulares. Ninguno otro como él.

   De Disposición a la muerte a El hilo del toreo podemos apreciar un sólido bagaje consistente en el planteamiento no ya de simples hipótesis. Sí de acabadas teorías que comprueban una vez más el propósito donde su formación queda de manifiesto. No es ningún improvisado, y él mismo termina diciéndonos que a partir de sus lecturas de lógica, psicología, ética, Spengler y su Decadencia de Occidente, Ortega y Gasset, Kierkegard, Dilthey, Kant, Hegel, Balzac, Stendhal, Flaubert, Proust, André Maurois, Francois Mauriac, Dickens, Aldous Huxley, Goethe y otros consigue ser lo que quiso ser. Pero con todo ese sustento, y siendo ya estudiante de derecho –aunque confiesa que era más de “café” que de derecho-, se sincera diciéndonos:

 Era yo poco asiduo a las clases, pues dela Universidadme gustaban más los pasillos que las aulas… y en un par de veladas, resumía increíblemente en dos cuartillas, por su doble cara, toda la materia o asignatura, que quedaba esqueletizada para que, en las horas de por medio hasta el examen, me aprendiera aquella reducción extrema, casi a nivel de índice, a manera de poder recitarla sin titubeos.

   Imagínese lo que es reducir un tomo de Derecho Romano de seiscientas páginas, a cuatro carillas de papel. Esta tarea era un nuevo ejercicio disciplinario, que por aprietos de circunstancia tenía que realizar y que apuró mi sentido -¿diré estructural?- de la síntesis. Concluía así, por una senda inesperada y escueta, la lección de disciplina que me habían dado los jesuitas de Sevilla. Sobre aquellas referencias tan esquemáticas, bordada yo lo que bordar podía en torno a lo que me tocaba por sorteo en el examen. Y así salía del paso. Pero déjenme decir que no abandonaba luego la materia, si era de las que me parecían gratas o útiles a mi futuro y aquel esquema me resultaba a la postre utilísimo, para ir poniendo ladrillos sobre su armazón, de tal modo que todavía hoy, tras de un puente de tantas décadas, llevo en la palma de la memoria las definiciones del Derecho Romano.

   No se piense, sin embargo, que por no haber ejercido yo la jurisprudencia, ese esfuerzo haya sido vano, pues toda disciplina da cosecha. Recuérdese que Stendhal, para apurar y definir su estilo, leía diariamente un fragmento del Código Civil francés. La condensación verbal de una experiencia bien conducida, por hombres sabios en lo suyo, es siempre valedera… y si las definiciones del derecho natural en prosa latina no sirven directamente para hacer un soneto, la verdad es que, en el fondo, ayudan. Créanmelo.[5]

    Varios poetas mayores sirvieron como modelo a gran escala para fundir su propia creación en un conjunto de acabados versos que se publicaron en diversas partes de su obra. Allí están Gustavo Adolfo Bécquer –su camino de Damasco-, Federico García Lorca, Miguel Hernández.

 Algún día tuve que recordar mis raíces. “Aquí, junto al mar latino / digo mi verdad / siento en roca, aceite y vino / yo mi antigüedad”… Es la voz de Darío –otro de los modelos-… Pero también está la de López Velarde, porque yo había llegado del otro lado del mar, como “el correo Chouan, que remaba la Manchacon fusiles”. Y en la otra orilla me esperaba una suave patria a la que no podía olvidar.[6]

    Como podemos percibir, por López Velarde sentía particular afecto. Y es que

    Gusto de llamarlo el sanjuanbautista del vanguardismo. Está entre Rubén Darío y Federico García Lorca, no sólo cronológica, sino estéticamente.

   Ellos son, por cierto, los tres poetas más inventores de su lenguaje.

   Los tres han sufrido también, cada uno a su modo, el castigo de la popularidad. A los tres les han desgastado y envilecido su idioma lírico.

   A Rubén, los seudopoetas de juegos florales.

   A Federico, los poetastros flamencotes de “tablao”.

   A Ramón, los empalagosos rimadores de provincia.

   Pero el gran poeta es como el jabón, no se le puede manchar con nada, porque su naturaleza lava la mancha.[7]

    Y están también Pedro Salinas, pero sobre todo Pedro Garfias. En cuanto a Pedro Salinas afirma en su libro Seguro azar del toreo:

    “Seguro Azar” es el título de un libro de Pedro Salinas. El libro nada tiene que ver con los toros. El título, sí, aunque el poeta no lo hubiera podido sospechar.

   La reunión de esas dos palabras, en principio antagónicas –seguro azar- es como la cifra verbal del toreo, con su tensión y su emoción de antagonismo resuelto. Aunque sea resuelto un punto, para replantearse el siguiente.[8]

    Pero falta Pedro Garfias, otro poeta transterrado.[9] Si no, sirva de ejemplo la “Oda a España”, creación del genial Alameda, pero con tintes y tonos que se acercan al alma de Garfias:

He de cantar también los litorales

azules de tu mapa,

donde se escucha el golpe de remeros

de la nave romana

y mitiga el dolor de tu costado

la luz mediterránea…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sigues teniendo hijos zahareños,

abeles y caínes en tu mata,

de tu guerra intestina inacabable

sigue ardiendo la zarza,

y más habrá de arder si más le soplas.

Pero Dios guarde el fuego de tu llama,

donde tu propio corazón se quema.

Áspera, dulce e inmortal España.[10]

 CONTINUARÁ.


[1] José Alameda: RETRATO INCONCLUSO. MEMORIAS. México, editorial océano, 1982. 143 p. Ils., fots., p. 41-42.

[2] Op. Cit., p. 93.

[3] Ibidem., p. 94.

[4] José Alameda: Seguro azar del toreo. México, Imprenta Monterrey, S.A., 1984. 92 p. Ils., fots., p. 7.

[5] José Ramón Garmabella: DON JOSÉ, EL DE LOS TOROS. (Retrato concluso de Pepe Alameda). México, La Afición, Talleres Gráficos de Litográfica Impro, S.A., de C.V., 1990. 64 p. Ils., fots., p. 49: Luis Carlos Fernández y López-Valdemoro José Alameda fue parte de la emigración republicana española llegada a México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, al término de la guerra española.

[6] Alameda: Retrato…, op. Cit., p. 93.

[7] José Ramón Garmabella: DON JOSÉ, EL DE LOS TOROS. (Retrato concluso de Pepe Alameda). México, La Afición, Talleres Gráficos de Litográfica Impro, S.A., de C.V., 1990. 64 p. Ils., fots., p. 50: Otros periodistas españoles en México. En cuanto a periodistas y escritores, quizá el pionero de la crónica taurina fue Luis Fernández Clérigo, padre del que después sería conocido como José Alameda. Vale también mencionar a Enrique Bohórquez, cronista del diario Esto y autor de argumentos cinematográficos sobre cintas taurinas y de temas andaluces; Antonio y Eleuterio de la Villa: uno, Antonio, autor de sendas biografías sobre Belmonte y Manolete. El otro, Eleuterio, conocido por su seudónimo Juan de Gredos. Son también dables de mencionar Rogelio de Ubeda (Luis de Tabique), Félix Herce, Jesús Arraco, Agustín Linares y Manuel García Santos, quien aparte de haber colaborado en muchas publicaciones, se echó a cuestas la tarea de realizar con buen éxito la versión mexicana de la revista El Ruedo. Sigue la lista: Indalecio Prieto, antiguo ministro de la República Española, en el exilio escritor político de alto vuelos, si bien en muchísimas ocasiones dejó sentada cátedra sobre toros y toreros; José Luis Mayral y Enrique Guarner, cronistas, hasta hace algunos años del desaparecido diario Novedades.

[8] Carlos Fernández Valdemoro: “Disposición a la muerte”. En: El hijo pródigo, vol. VI, Núm. 20. Noviembre de 1944, p. 81-87. Edición facsimilar de El hijo pródigo, colección dirigida por José Luis Martínez.. México, Fondo de Cultura Económica, 1983. Vol. VI – VII (Octubre/Diciembre de 1944 y Enero/Marzo de 1945)., p. 115-121. (Revistas literarias mexicanas modernas).

[9] Summa: Reunión de datos que recogen el saber de una gran época.

[10] José Alameda: EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23).

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