EL ARTE… ¡POR EL ARTE! LAS PRIMERAS CINCO.

ARTE… ¡POR EL ARTE! QUINTA ENTREGA

EL TOREO: NI ARTE, NI DEPORTE: SACRIFICIO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

I

    Calificar tan “violentamente” este “espectáculo” resulta un tanto cuanto iconoclasta. No, no se espanten porque mi propósito no es ni la provocación ni la polémica. Simplemente se trata de acudir a la razón para entender como esta manifestación milenaria ha entrañado en diversos pueblos –eso sí, muy pocos- aunque capaces de guardar con dicha estructura sacrificial un nexo derivado del espectro que proviene de sus raíces culturales, donde el culto juega un papel de suyo importante. Se une a este cimiento la idiosincrasia distinta entre ellos, aunque afín cuando las multitudes se congregan en la plaza para comulgar con una misma religión. En otro momento, y en otro trabajo hubo oportunidad de hacer un reposado balance sobre el rito y sacrificio en el toreo, a partir de un texto fundamental de Julián Pitt-Rivers,[1] bastante revolucionario al menos hasta el momento en que fue publicado.

   Como vemos, el sendero va más allá cuando viene a sumarse a ese complejo contexto la condición ritual que deviene sacrificio, por la vía de varios procesos implícitos no solo de la lidia misma, convertida en un arquetipo de profundidades totémicas unidas al proceso estrictamente técnico y estético que opera desde hace por más de dos siglos y medio, momento en que la tauromaquia se deposita en los terrenos técnicos, matizados también por la estética. También aparece en escena el soporte de la tradición que mantiene vigente rito y magia, rito y misterio que son el vestido espiritual de una fiesta añeja, anacrónica; moderna, atemporal que aún deambula en nuestro tiempo, fascinando o causando disturbios, a favor o en contra.

   Esos disturbios son precisamente los desencuentros ocasionados por afectos y desafectos a este fenómeno. Puede percibirse a partir de este diferendo que la religión no solo es una. El amplio politeísmo forma diversas manifestaciones y reacciones ante cada una de las deidades creadas, inventadas o surgidas del misterio o de la figura encarnada en algún personaje terrenal que genera culto. Ahora bien, para hacer crecer y alimentar ese culto va implícito el sacrificio como ya se dijo anteriormente. En la medida en que él o los sacrificados –incluso hasta la muerte misma-, vaya en aumento para demostrar el radio de acción con el que puede crear su dimensión, en esa medida, el culto, la religión ganan en adictos potenciales, que, o se tornan fanáticos o renuncian a tal manifestación al no considerarla como satisfactoria a sus intereses.

   España, Portugal y Francia en Europa. México, Perú, Colombia y Venezuela y Ecuador en esta parte del mundo; comparten la experiencia de tan antiguo ceremonial, cada nación con sus peculiares condiciones de idiosincrasia. En cada uno de estos pueblos se concibe una forma bastante particular de expresar y entender el toreo que es capaz de defender –hasta le es posible-, el fondo. Es decir, es la forma, no el fondo la condición mutante de este peculiar sacrificio al que por razones desconocidas o de desconocimiento han provocado que se tilde al toreo en muchos casos de deporte y en otros tantos como arte. De aquello no posee nada, solo un equivocado encajonamiento de su explicación en la mera nota mediática a que ha sido reducido en las secciones deportivas de los diarios de mayor circulación, y a veces no en todos. Verlo y entenderlo como arte, desde luego que en ello le va la vida, como rica condición que viene a matizar con el aspecto de luminosidad, creación o recreación implícitas a la hora en que se produce o brota el denominado arte efímero, connotación que ha alcanzado luego de no ser comprendido el sacrificio implícito. Detrás de la corrida moderna entendida como tal, existe un telón de fondo articulado por mecanismos complejos que, separados de aspectos crematísticos, o del mero negocio, revelan su origen más remoto, para lo cual ocurre un extraño proceso al que en extraño vértigo nos dejamos llevar, encantados, fascinados o embrujados por infinidad de esos pequeños matices que suman un todo en cuanto opera la realidad extrínseca de este sacrificio. Ocurre un desencadenamiento de fuerzas venidas de no se donde, convocadas por el aquelarre, ese rebelde, el faccioso del sacrificio que, aunque pudiera negarlo, lo anuncia. Así pues, tenemos un primer escenario de lo que significa el sacrificio en cuanto tal.

 CONTINUARÁ.


[1] PITT-RIVERS, Julián: “El sacrificio del toro” Revista de Occidente. TOROS: ORIGEN, CULTO, FIESTA, Nº 36, mayo de 1984. (p. 27-47).

  

EL ARTE… ¡POR EL ARTE! CUARTA ENTREGA.

NOTAS PARA EL “CUADERNO DE ESCRITURA”, OBRA DE SALVADOR ELIZONDO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

¿Dónde inscribir a Salvador Elizondo?

¿En la vanguardia?

¿En el estridentismo venido a menos?

¿En un continuador de la línea “beat” que William Bourroughs estableciera a contrapelo de las corrientes tradicionales de una literatura norteamericana decadente?

A él, le preocupa que la escritura trascienda las locuras de la mente, cimbrando los espíritus y sus buenas conciencias, provocando telúricas reacciones al grado de la obsesión más enfermiza, hasta lograr el escándalo más violento, entre lo aberrante y lo desgarrado; el agobio sin más.

Salvador Elizondo, entre sus delirios literarios, decidió ocuparse unos momentos de la TAUROMAQUIA en una propuesta descabellada que se desprendió de su oscura que no por ello deja de ser preclara conciencia allá por 1969, cuando la Universidad de Guanajuato publicó su CUADERNO DE ESCRITURA, libro sugerente en el sentido de los contrasentidos, si he de recordar uno de sus aforismos que dicen: “La única diferencia entre el Cielo y el Infierno es que aquél es infinito y éste es eterno”. En ambos fundamentos se fija un deseo mortal por la inmortalidad que puede acabar en uno u otro sitio, a expensas de que o se gozan o se purgan los actos positivos o las penas de modo infinito o eterno, quedando unos y otros: hombres de bien o pecadores comprometidos en esa deseada o indeseada inmortalidad a cubrir el saldo, convertidos en quién sabe qué circunstancia, por toda la humanidad.

Cuando Elizondo propone lo que apunta sobre la “Teoría de la nueva tauromaquia”, es porque contempla un arte sometido a circunstancias de índole humana, donde se le permita a cualquier torero demostrar sus capacidades técnicas y estéticas como los principios lo han establecido. Principios que no siendo necesariamente leyes, a pesar de que existen tratados, dos de los cuales siguen siendo doctrina vigente: tanto la de José Delgado (1796), como la de Francisco Montes (1836), ambos se convierten en elementos anacrónicos que demandan una nueva versión, ajustada a los tiempos que vivimos. Si Rafael Guerra lo intentó, igual que Federico M. Alcázar, tanto en 1898, como en 1936, ambos postulados no prosperaron, porque los otros dos ya se habían incrustado en la estructura que iba demandando el ejercicio y arte de torear y que, por lo visto siguen siendo los factores vigentes, a pesar de 300 y 165 años de diferencia respectivamente a nuestro momento actual. Para 1969, Salvador Elizondo planteaba la siguiente

TEORÍA DE LA NUEVA TAUROMAQUIA

La concepción de un toro manejado absolutamente mediante una programación de azares computables y la concepción de una muleta electrónica de rigidez variable.

La concepción de la lidia continua.

La idea de ritmo de lidia. Lo que se obstina contra la Danza. (Sobre todo si pensamos que la danza es la primera manifestación del alma.)

La concepción de la guanteleta porta-muleta con un gozne esférico que permita girar 360° el palillo en todas las direcciones.

El estoque de perfilamiento electrónico con sistema de radar.

La gran carga de picadores contra bestias. Sin peto.

La estadística de todas las posibilidades inherentes a la noción toro de lidia.

La gran Tauromaquia video-magnética en la que al azar (el mismo azar -o destino, o fatalidad- que determina absolutamente toda la corrida en el sorteo de corrales) se combinan las matrices de tres toreros con las de tres toros que constituyen una serie cuyo primer elemento sería la divisa de la ganadería; como se trata de una lidia la serie es paralela, par, es decir, simétrica, que carece de término medio real y cuyos extremos son el torero y el toro. La relación entre ambos se realiza, evidentemente, con un carácter pitagórico.

(Salvador Elizondo: CUADERNO DE ESCRITURA. Guanajuato, Universidad de Guanajuato, 1969. 163 pp. Ils., pp. 45-6).

Elizondo, alucinado seguramente como muchos por el paso que está tomando la humanidad con el avance espacial que ese mismo año de 1969 se consumó cuando el hombre da el primer paso en suelo lunar; o por el hecho de que Manolo Martínez, “Curro” Rivera y Eloy Cavazos están causando, cada uno con su expresión, diferentes reacciones entre la afición de aquel entonces. Cuando estos mismos tres toreros, emplean técnicas y procedimientos que están rompiendo con los esquemas de Manuel Capetillo, José Huerta y Alfredo Leal los cuales quedan absolutamente desplazados y ya no admiten más ruta que la suya (“No hay más ruta que la nuestra”, David Alfaro Siqueiros -dixit-). Con todo este apretado panorama, nuestro autor debe haber imaginado una implantación cibernética, que desde esa perspectiva permitiera el manejo del toro a través de una programación de azares computables así como la concepción de una muleta electrónica de rigidez variable, señal de un probable nuevo destino en la ruta que está tomando el toreo, mismo concepto que entró en un síntoma de alteraciones radicales por la forma en que se explotó -de manera irracional- por parte de estos tres importantes toreros, que llenaron una gran época, pero que también la agotaron con el irremediable argumento de una completa depreciación, bajo el principio de infinidad de actuaciones, en cuanta plaza fueran contratados, lo mismo de las de primera, segunda o hasta tercera categoría, como de aquellas que no llegaban a ostentar un rango específico, o este se perdía en la sospecha por tratarse de instalaciones improvisadas. Otro elemento más es el de aquel toreo que por la circunstancia anterior cayó en una producción industrial, donde escaseó el control de calidad, lidiando cuanto ganado se puso a su disposición, en medio de fraudes intermitentes, comprobados a la luz de la lidia de “toros” que no cumplían con la edad, sometidos a una manipulación en la poca integridad que mostraban, siendo muy sonados diversos casos de estafa o simulación, debido a los excesos cometidos durante su imperio.

Y lo que se obstinó en todo aquel tiempo, atentando contra la manifestación del alma…

Por eso, Elizondo ya solo admiraba consecuencias tangibles en este tenor de lo sistematizado, bajo instrucciones concretas, y con elementos cuya frialdad automática permitieran el cauce de estas expresiones sin otro fin que el bienestar común, gozo de una comunidad que hoy se da cuenta de haber sido víctima de aquellos abusos, a pesar de que en sus momentos de mayor manifestación, cuando esta podía ser sincera y humana, se desataban las pasiones, porque tampoco se puede hablar de que todo haya sido lineal, en medio de una producción tan desbocada como la que se registró. Desde luego se tiene que reconocer que hubo en todo esto acercamientos muy claros que aterrizaron en la razón más pura del arte y la técnica, que por eso nada desmiente que Manolo Martínez, “Curro” Rivera y Eloy Cavazos concibieron momentos en el más puro estado de gracia, exigencia máxima, requisito sine qua non con el que quedan satisfechos los deseos del espectáculo para su continuidad, y de la afición para su disfrute y su gozo.

Y el carácter pitagórico del que nos habla Salvador Elizondo, no debe ser otro cosa que el encuentro exacto de las líneas geométricas y naturales de un toreo llevado por esos caminos, llenos de cruzamientos y tangentes, rumbos que no llevan a ninguna parte, puesto que

como se trata de una lidia la serie es paralela, par, es decir, simétrica, que carece de término medio real y cuyos extremos son el torero y el toro. La relación entre ambos se realiza, evidentemente, con un carácter pitagórico.

Así de simple puede cumplirse el teorema, la ley, el principio que unas reglas y unos espíritus dictan constantemente para resolver el enigma permanente del toreo. Ello, fue previsto por Elizondo que, a poco más de 30 años de haber formulado su TEORÍA DE LA NUEVA TAUROMAQUIA, ve como se cumple en pequeña proporción su profecía, pues aunque no hay mucho de lo que él sugiere, sí en cambio existen otros elementos que exteriorizan factores de réplica, como resultado de la aplicación sistemática de un proceso, logrando que en buena medida los principales ejecutantes del quehacer taurino, refiriéndome por ello a los matadores de toros, han llegado a concebir una técnica y un arte taurino tan parecidos, que son obvias las diferencias. Seguimos entonces esperando las piezas acabadas en medio de una enorme producción. Y sí que las hay. Allí están José Tomás, Julián López “El Juli”, Eulalio López “El Zotoluco”, Ignacio Garibay, por citar solo a cuatro de ellos, cada uno de los cuales es dueño de personal interpretación técnica y estética. Y los cuatro, buscando trascender, buscando separarse de la intrascendencia común que sigue dañando al toreo. Si en estos momentos bastara con ellos, podemos decir que el saldo es a favor. Y si la minoría no es exceso, es porque han llegado a la cúspide los elegidos, quedando así cubiertas las necesidades elementales del toreo en este inicio secular y milenario que espera formar parte del arranque maravilloso que el XXI nos tenía deparado.

Texto escrito en el año 2001.

 

EL ARTE… ¡POR EL ARTE! TERCERA ENTREGA.

EL TOREO ES ALGO QUE SE APOSENTA EN EL AIRE Y LUEGO DESAPARECE. (Lope de Vega lo señaló. Pepe Luis Vázquez lo reafirmó).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Dos opiniones despertaron mi curiosidad por ir al más allá del pasado para considerar qué influencia de peso tiene en el presente, como soporte poco confiable para el futuro taurino en general.

   Va opinión de Ignacio Solares: “La emoción, hay que reconocerlo, está en relación directa al peligro. Dominar a un toro con peligro es la esencia misma de la fiesta. Por eso, precisamente, es un espectáculo absurdo, retrógrado, sin futuro”.

   Toda técnica y toda estética tienden siempre a transformarse, a renovarse y en el toreo ha sucedido, pero casualmente estas dos condiciones se hayan gobernadas por una fuerza que las obliga a no separarse, a guardar una estrecha relación que así como parte de un determinado momento y se deposita en el nuestro, por otro lado parece detenerse. Es para mejor entenderlo, un juego de posiciones donde técnica y estética quedan iluminadas de continuo por la tradición, siempre detrás de ellas. Tres piezas elementales de un cuadro que se aferra a no desaparecer.

   Con palabras a un paso de la sentencia o del teorema, Solares condensó una de las muchas “leyes” del toreo: la emoción está en relación directa al peligro. Por lo tanto dominar a un toro con peligro es la esencia misma de la fiesta.

   Solo que el resultado no es sino la misma y esperada condición fascinante y alucinante y por eso, precisamente es un espectáculo absurdo, retrógrado, sin futuro. Como saber que siempre aprenderemos la misma lección. Entonces ¿en dónde radica el encanto que nos seduce y nos hace acudir religiosamente una y otra vez a la plaza de toros?

   Parte de esta pregunta la resuelve José Carlos Arévalo, de quien va aquí, la segunda opinión:

   “La técnica del toreo no responde a cánones inmutables que un día se dieron por eternos y universales, sino a la más profunda comprensión de las embestidas, para que el torero las provoque y las toree exactamente como corresponde”.

   Principios del encuentro del hombre con un toro como visión prehistórica o contemporánea son: conocer, luchar, dominar y ganar uno al otro en reñida pelea. Entre esos dos extremos caben siglos como tauromaquias de evolución existen hasta lograr el destino de que goza hoy la fiesta.

   Es más, “…se toreo como lo pida el toro, por lo cual hay muchas maneras de interpretar los cánones, siendo válidos aquellos que mejor consiguen la embestida del toro” (de nuevo Arévalo).

   En todo esto vemos la influencia y el peso que tiene el toro (y a veces es en quien menos nos fijamos). Gracias al toro bravo y a sus distintos comportamientos es que el espectáculo se concibe bajo sinfín de interpretaciones por lo que siempre mantenemos nuestra atención en algo que logrado se torna en fiesta, algo efímero que experimentamos profundamente y queremos volverlo a gozar. El gozo se debe a una tabla de valores que indica los momentos de mayor emoción y hasta los de profundo misterio. Quizá porque sea algo “que se aposenta en el aire y luego desaparece” (Lope, siempre Lope al quite), entonces es constante el deseo de repetición, irrepetible en sí mismo. Ya lo dice Michel Tournier en su novela “Medianoche de amor”:

 La danza, arte del instante, efímera por naturaleza, no deja huella alguna y sufre el no enraizarse en continuidad alguna. La escultura, arte de la eternidad, desafía el tiempo al buscar materiales indestructibles. Pero en ello lo que encuentra finalmente es la muerte, pues el mármol posee una evidente vocación funeraria.

    Eso es una cuestión de ritmos, de inspiraciones, de elementos que, como el toro son indispensables para su celebración y consumación.

   Por todo esto el presente artículo quiere destacar entre otras cosas al toro, elemento trascendental para el buen curso de la fiesta y gracias a pieza tan vital reproduce las jornadas históricas y las de sello emocional que siguen dando brillo y lustre a la más bella de todas las fiestas.

 31 de diciembre de 2010.

 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

SEGUNDA ENTREGA: ¿QUÉ ES LO CLÁSICO EN EL TOREO?

   Constantemente somos bombardeados por un verdadero dogma que entendemos como lo “clásico”; o en otros términos como “clasicismo”.

   Sin valernos de diccionarios, enciclopedias o libros que han hecho tratado de este término, me atrevería a apuntar que lo “clásico”, o el “clasicismo”, independientemente del periodo histórico que lo define, es un entorno que por su consistencia –estética, en este caso-, deja huella perenne, hasta entenderlo no solo en su momento sino en otros posteriores y más alejados.

   Por ejemplo, ya no se sabe muy bien si la música “clásica” es simplemente música de concierto. ¿Por qué Beethoven sí y Penderecki no?

   ¿Por qué Miguel Ángel, ya no tanto renacentista, “clásico”, incluso universal, y no Sebastián, escultor mexicano?

   ¿Por qué Belmonte más que Ordóñez o viceversa?

   Entonces, ¿dónde queda el “clasicismo; qué es entonces lo “clásico”?

   “Clásico” es lo que queda y permanece, “clásico” es lo que perdura por encima de pasajeras circunstancias que por inconsistentes se desvanecen, enfrentando la solidez de una circunstancia que garantiza al individuo el uso de formas y métodos confiables, como instrumentos no solo de interpretación sino de proyección, lográndose de ese modo lo perdurable, independientemente de las expresiones particulares y diferentes de creadores que se amparan en ese modo de creación e interpretación, e incluso, en su maleabilidad, lo modifican, pero sin separarse de los límites establecidos.

   Esos “límites establecidos” no son un cerco. Al contrario, se enriquecen, manteniéndolo plenamente vivo, al grado de que hoy día, entre la modernidad, la postmodernidad y lo iconoclasta en donde se mueven diversas expresiones de la técnica o la estética, convive con ellos lo “clásico” sin posibilidad de conflicto alguno, porque esas expresiones se identifican, respetando su territorio.

Silverio Pérez en “El Toreo” (ca. 1945). Col. del autor.

    Y en los términos estrictamente taurinos, lo “clásico” y el “clasicismo” permean con una fuerza indescriptible pues de ambos depende –en buena medida- su pervivencia. “Clásicos” son Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa o “Manolo” Martínez, las tres columnas fundamentales del toreo en el siglo XX mexicano. Esto quiere decir que otros no lo fueran, pero ha habido barrocos, postmodernos, nacionalistas, iconoclastas, heterodoxos o hasta minimalistas. Es decir, que al no estar reñidos, fortalecen la expresión conjunta del espectro universal. He aquí que lo omnipresente de lo “clásico” no lo abarca todo, pero sí una gran mayoría. No abarcará todo, pero sí lo comprende todo, como una obra sinfónica. ¿Confusión, juego de palabras o de intereses para ajustarse a la conveniencia más apropiada? Quizá.

   El hecho es contundente. Hay una condición de lo “clásico” y el “clasicismo” que campea orgullosa incluso en estos tiempos que ya rebasaron la barrera del siglo XXI, cuando el espectáculo sigue y seguirá cuestionándose por el fuerte contenido de anacronismos que carga desde hace varios siglos. Esto parece ser un obstáculo para que se considere que entonces lo “clásico” se enfrenta a esa enorme carga secular, y no hay más remedio que presenciar un despliegue minimizado del “clasicismo”, como intento y no como sólida presencia.

   Además, lo “clásico” en su concepto expresivo por parte de los toreros, se empantana en la ociosa declaración venida del reino de los lugares comunes de que son unos “clásicos”, si para ser “clásico” es lo que queda y además permanece. Y si el ejercicio de ciertos matadores corre el riesgo de su efímera declaración, entonces esta debe ser capaz de hacer permanente lo que tiende a desaparecer. En una rebuscada metáfora, intentan salvar lo irremediable, hacerla pervivir durante su recorrido activo y además trascenderla por la vía de los recuerdos que sostienen ese andamiaje viajando en la memoria colectiva, a través de la transmisión oral que, de generación en generación hacen posible y tan vivos a Gaona, “Armillita” y a “Manolo”, a pesar de que ellos ya dejaron este mundo, pero no sus hazañas que son finalmente las que asumen no la eternidad, sí la perpetuidad.

   Allí están –por ejemplo- las ruinas de diversos imperios: como el romano, el egipcio, el teotihuacano o maya que, con su sola majestad demuestran cuán grandes se manifestaron como aglutinamiento en tanto sociedad, cultura, economía, religión, conflictos bélicos y otras circunstancias que los integró como un todo en su tiempo. Y hoy, reconocemos esas capacidades, y nos admira, nos sorprende.

   Allí están, y vuelvo a reiterar los ejemplos “clásicos” de Gaona, Espinosa y Martínez como ese concepto mayor donde se concentra la summa de aquellas experiencias vivas, tangibles, que se han transmitido generacional, profesional y temporalmente y cada quien se ha convertido en modelo (la asimilación dependerá de nuevos actores, quienes establecerán su estilo propio, al cual sumarán –si así lo deciden-, matices de lo que ya es “clasicismo”).

   En este complejo de la realidad puede seguirse navegando sin llegar a ninguna conclusión concreta, porque la etiqueta de “clásico” no está permitida para todos, a pesar de que todos por obligación profesional tienen que matizar su ejercicio de esta condición para no distanciarse de ese ámbito y no entrar en la condición espacial de la utopía. He allí lo notable que puede ser el complicado pero a la vez sencillo concepto que es en sí mismo lo “clásico”, como condición y realidad que queda y permanece. (El presente texto fue escrito con fecha: 21.08.2002.)

 24 de diciembre de 2010.

 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 PRIMERA ENTREGA.

 …lo que se busca en el arte: lo humano perdido.

Carlos Marx.

    Dentro de esta nueva sección, me ocuparé de tratar diversos asuntos que se relacionan con esa difícil manifestación humana conocida como arte, la cual debe entenderse como creación o como interpretación de un fenómeno donde intervienen razones de un hecho producido, capaz de generar alteración en las fibras más sensibles del ser humano. Si el hecho es efímero, tal y como sucede la mayor de las veces en el toreo, este puede extenderse a una condición permanente que las bellas artes en cualquiera de sus manifestaciones puede materializar. Pero en la condición de hecho “efímero”, cuando el mismo sucede en una plaza y es capaz de originar diversos estados de emoción, es entonces cuando puede reafirmarse aquella idea que Lope de Vega plasmaba en un verso, que a la letra dice:

 La música en el aire se aposenta

y la pintura en la luz.

 Y que luego, por razones muy particulares fue matizado siglos después por el torero sevillano Pepe Luis Vázquez, con un agregado sutil, quizá despojándole de su idea original pensada para el efecto que la música podría haber ocasionado, trasladándola al toreo en estos términos:

 El toreo… es algo que se aposenta en el aire

Y luego desaparece…

   En los mismos términos, Gioconda Belli[1] arropa el sentido que estoy dando para entender los profundos significados del arte, por lo que no puedo evitar incluir el

 Consuelo para la temporalidad

 Somos como las plantas:

Nuestra piel es hoja y nervadura

de pasiones hermosas

Que bailan sin cesar.

Somos danza y danzar en el viento

es potestad de nuestras piernas sin raíces.

Todo cambia y nada permanece.

En el otoño, el follaje se desprende amarillo;

llueve oro en el atardecer.

No habría vida sin muerte.

No seríamos cuanto somos

si la conciencia no guardara experiencias ajenas

que misteriosamente se aposentan

en el aire interior cuya esencia desconocemos.

Y, sin embargo, así como Blake dijo:

“La eternidad está enamorada de la fabricación del tiempo”.

Es inevitable enamorarse de la creación

y sentir el dolor de no ser inmortales.

(. . . . . . . . . . . . . . . )

   Comienzo este recorrido sujetándome de una situación harto complicada, como la de explicar o entender en qué consiste el arte de los toros, ese arte vivo que se respira, que se observa con todo el golpe del drama en el ruedo de una plaza. Donde ocurren diversas situaciones alrededor del sacrificio y muerte de un toro, pero también donde suceden múltiples razones que ponen en la frontera de ese mismo riesgo a los hombres que vestidos con un traje muy particular, intervienen en esa puesta en escena, la que se desarrolla generalmente un domingo por la tarde y en la que, se ponen en práctica arte y técnica; y se ponen en juego sus vidas de forma intermitente. Es entonces que allí, en ese espacio circular ocurren infinidad de representaciones que son el origen de provocación –apolínea o dionisiaca- que estallan desde lo más profundo de cada uno de los espectadores, hasta producirse una suma emocional a la “n” potencia, incontenible, pero efímera al fin y al cabo.

   Para cerrar esta primera intervención pondré un ejemplo reciente: el de la resurrección de Rodolfo Rodríguez “El Pana”. Para ello, echo mano de un material inédito que escribí en su momento y que se titula:

RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”…, FUEGO A PUNTO DE EXTINGUIRSE. Apuntes y reflexiones a la décima corrida de la temporada 2006-2007 en la plaza “México”. Domingo 7 de enero de 2007. Rodolfo Rodríguez “El Pana”, Serafín Marín y Rafael Rivera, en la lidia de 6 de Javier Garfias.[2]

   Rodolfo Rodríguez tiene todo lo que va de su vida toreando. No exagero. Y una buena parte de ella pudiera ser en sentido figurado, porque no necesariamente tuvo que hacerlo frente a los pitones de los toros aunque sí ante la descarnada realidad de su existencia a la cual se enfrenta todo aquel que pretende escabullirse de la pobreza y la marginación. El resto de sus otros años sí que ha visto los pitones de muchos toros y hasta los ha padecido en serios percances que lo pusieron fuera de circulación o al borde del peligro. Pero también durante ese largo trecho de andanzas, aventuras y desventuras, este personaje de la picaresca taurina no vio un “pitón” como dicen los que dicen, sufren y padecen el boicoteo o una mala administración.

   Diestro longevo, ronda ya los cincuenta y cinco de su edad. Peina canas y unos arrugones que no sólo son de esa vejez anunciada e inocultable sino la suma de todas sus tribulaciones que no han sido pocas. La afición mexicana supo de él gracias a sus estrepitosos y arrolladores y no menos apasionados triunfos y fracasos durante la temporada de novilladas de 1977 o 1978. Es decir hace la friolera de 30 años. En esas tres décadas, los altibajos de este prototipo de héroe y antihéroe taurino al mismo tiempo han marcado su destino. Surge El Pana en pleno imperio manolomartinista y en declarada rebeldía se enfrentó a aquel monopolio. Su escurridiza lengua también le vino a estimular el boicot, los bloqueos, las consignas. El castigo en consecuencia. Fue como irse a las patadas frente a Sansón y las declaraciones del “fuego amigo” resultaron contraproducentes. Sin embargo, la leyenda de Rodolfo Rodríguez se levantaba frágil unas veces; enigmática y escandalosa otras tantas. Verlo anunciado en los carteles siempre provocó un importante poder de convocatoria por lo que la asistencia popular en las plazas fue mayoritaria. Y esos públicos urdidos de curiosidad querían apagarla viéndole actuar en medio de todos los misterios provocados por su sola presencia en el patio de cuadrillas.

   Me da la impresión de que este actor se encargaba de poner en práctica todo un montaje diseñado bajo los dictados de su propio capricho. Llegar en calesa, con un habano así de grande, afectada la figura y el capote de paseo a sus espaldas saludando a diestra y siniestra como héroe salido de alguna novela romántica de Próspero Merimee. Conforme se acercaba a la plaza el rumor crecía y estando al borde de la entrada del coso, los aficionados y curiosos lo recibían en medio de vítores y palmas. “Clásico” le dirían unos. “Payaso”, otros. Pero el hecho es que ya provocaba las primeras reacciones en pro y en contra. Y en esa extraña asimilación de haber entendido o comprendido a los héroes del pasado que así como cuentan las crónicas y las leyendas sucedía la revelación de sus actos, El Pana le daba a esas lecturas su propia interpretación.

   En el ruedo se transfiguraba y poseído por no sé qué misteriosa fuerza echaba a andar una auténtica puesta en escena peculiar, como de actor autodidacta, peleado con guiones y repartos. Y ajeno a las más rancias normas tauromáquicas iniciaba el paseíllo como hasta hoy sin liarse el capote de paseo, marcando “su paso”, con un estentóreo y desmayado andar de “patas chuecas” arrastrando los pies, sintiéndose figura heroica sin serlo ante el destino que solo le concedía el beneficio de la duda. Mientras sus alternantes ya habían llegado al borde de la barrera y habían mostrado cortesías al juez de plaza, a Rodolfo Rodríguez le quedaba un largo trecho, que con ese paso suyo, hasta su cuadrilla tenía que graduar el ritmo para no terminar afectando el paso. Una y otra bocanada al cigarro puro, un alto en el camino y el voltear para sentir que los suyos no se alejaban, le obligaban de nuevo reponer la figura y continuar el camino hasta la barrera misma.

   Después todo dependía del destino para verle triunfar o fracasar aunque tuvo el privilegio de contar con un trato especial, seguramente por el hecho de que era El Pana y no cualquier chalao de novenario ni de torero urgido de oportunidades. Eso sí, un auténtico romántico del toreo. Por eso creo que, al margen de todos los adjetivos fijados a su alrededor, fue, es y será ese torero de leyenda, figura en extinción y último sobreviviente de la parte más colorida y hasta folclórica de la tauromaquia mexicana de los últimos tiempos. ¿Quién otro como él? A no ser que se le tenga que comparar con Mariano González La Monja, Lino Zamora o Ponciano Díaz. Quizá con Arcadio Ramírez, Edmundo Zepeda o tantos y tantos novilleros de épocas gloriosas. Aquellos tres del siglo XIX. Estos últimos del XX.

   Hoy, 7 de enero dice adiós a los toros y creo que lo hace más en acto humanitario a su propia persona, mermado ya de condiciones, sabiendo gracias a muy buenas referencias, al hecho de que es un adorador consuetudinario del pulque, esa milenaria bebida de los dioses, tentación de libaciones y provocadora de alucinaciones, como la que estimuló durante, 30, 40 o 50 años de andar en esto, luego de dejar el digno oficio de panadero que no le tenía garantizada sino la única posibilidad de convertirse en patriarca de cocoles, conchas y bolillos por el resto de sus días. Lo que pueda vérsele esta tarde del adiós será -me adelanto a sospechar-, polvo de otros lodos que serán celebrados entre la nostalgia de ya no volver a ver más tal leyenda.

   Y la voz de mi sentencia tuvo un equívoco impresionante.

   Con cierta urgencia por llegar a la plaza de toros “México”, y conforme me acercaba a ella me fui dando cuenta que la entrada iba a ser de las de día grande. Y aunque sólo hubo casi media entrada, ésta ha sido, hasta lo que va de la temporada, la mejor. Los tendidos se mostraban rebosantes y alegres como es y debe ser este espectáculo que ya desde días atrás había provocado comentarios en los medios de comunicación y entre muchos que ya ansiaban presenciar el festejo. Cuando la autoridad dio la señal para que se desarrollara el paseíllo, resulta que Rodolfo Rodríguez, quien había llegado en calesa, pretendía hacerlo subido en dicho medio de transporte, cosa que fue impedida por la autoridad, de ahí que pasaran algunos minutos en medio de la incertidumbre. Pero al fin salió por la puerta de cuadrillas el diestro de Apizaco en medio de enorme expectación y el paseíllo ocurrió de manera triunfal. Rodolfo Rodríguez fue esta tarde un actor consumado, el centro de todas las miradas y para ventaja suya, cuanto realizó fue maravilla tras maravilla.

   Sin dejar de apuntar lo que hayan logrado sus alternantes, pero el hecho es que tanto el torero catalán Serafín Marín, como Rafael Rivera, quedaron totalmente opacados no sólo por lo que realizó de manera genial El Pana, sino por haber pechado con un lote poco propicio al que no pusieron empeño ni técnico ni estético para salir airosos del asunto.

   A Rodolfo, así como lo recordamos muchos que le vimos hace 30 años, también tiene una capacidad para estimular otro tipo de evocaciones y que tienen que ver con la de aquellos viejos aficionados que tuvieron oportunidad de ver a otras tantas generaciones de novilleros o matadores de alternativa totalmente distintos a los que hoy están en el candelero. Y Rodolfo, como ya lo dije en algún momento, asimiló y aprehendió esas cosas, bien o mal entendidas, pero lo ha hecho a su manera, y esas maneras, hoy especialmente fueron motivo de celebración en la mayoría de los casos, sin faltar ciertos detalles de hilaridad o que movieran a risa.

   Y comenzó el periplo de las interminables vueltas al ruedo (seis, incluyendo aquella en que fue levantado a hombros) y en todas, Rodolfo era visto como el héroe de esta y otras tantas batallas, por lo que la afición se rindió en cada una de esas peculiares vueltas al anillo. El Pana enfrentó el mejor lote de la tarde, noble el primero de ellos, y de nombre REY MAGO, cuyos despojos terminaron siendo llevados al destazadero a paso lento. Con el de Garfias, nos emocionó con los primeros lances a la verónica, que arrancaba de las viejas páginas color sepia para rematar con garboso y lucido recorte. Del mismo modo, otras tantas chicuelinas a su estilo causaron delirio.

   La faena de muleta empezó con un cambiado por la espalda o “vitolina” y la armónica serie de pases de diversas marcas, donde lucieron lo mismo varios trincherazos que los naturales con la derecha con un sabor tan nuestro que evocaba, no podía ser de otra manera, a Silverio Pérez, por ejemplo; o a Luís Procuna en otros casos. Y salieron tan rematados, tan bien elaborados que nos rendimos ante cada una interpretación celebrándola clamorosamente. No puedo olvidarme de los largos, larguísimos pases de pecho arrimándose como un novillero desesperado. Pero los de trinchera especialmente lo conmovieron, al grado de salir de cada uno de ellos como en estado de gracia, alucinado. Y ahí fue donde se produjo el primer orgasmo. Vino otra serie de pases, algunos de ellos surgidos de una inspiración y una espontaneidad que producían en él aquel gozo de tener en frente al toro de la ilusión. Y se fue de nuevo a enfrentarlo, ahora por “Sanjuaneras”, creación única de Luís Procuna, que también elevaron los grados de tensión y emoción. La plaza era un estremecido espacio de perturbados que sólo se dejaban llevar por la emoción, misma que se quedó a medio camino luego de los tres pinchazos que junto a una casi media remataron la gesta. Y Rodolfo Rodríguez El Pana daba otra más de sus vueltas triunfales al redondel.

   En el cuarto de la tarde, aunque las cosas no pintaron nada bien con el capote, sí que se superó con las banderillas, dejando dos cuarteos, el primero en excelente colocación, el otro un poco más atrás y caído. Remató el tercio con el de “Calafia” cerrado en tablas, un poquito abajo, pero suficiente para la otra vuelta al ruedo. Y la expectación crecería con su faena, la del adiós, que ahora no es tan definitivo, pues ya se rumora que podría estar en la tarde del 5 de febrero, alternando, entre otros, con “Morante de la Puebla” y César Rincón.

   Pues bien, con muleta en mano, nos regaló otra de sus misteriosas faenas, llenas de sabor antiguo, sin el equilibrio de las que pudiera estar consiguiendo cualquiera de los del candelero. Eso sí, con un sello que ninguno de los colgados hoy en los cuernos en la luna podría repetir. Volvimos a disfrutar, los derechazos largos, los de trinchera, algún cambiado pero sobre todo, la original puesta en escena, mientras sonaban en las alturas “Las golondrinas”, esa dolorosa melodía que a más de uno puso en situación melancólica. Y El Pana otra vez, en estado de gracia, celebrado en cada detalle por una afición que se le entregó incondicional, sabiendo que estaba viendo el fuego a punto de extinguirse.

Fuente: http://www.opinionytoros.com/reportajes.php?Id=34_13.01.2007 Fotografía de Juan Ángel Sainos López

   ¡Qué entrega de la afición! Hacía mucho tiempo que no presenciábamos una despedida como la que ahora ya es registro histórico. Por cierto, amigos como Julio Téllez rememoran la despedida de Fermín Rivera como la más emotiva que recuerde en su larga vida de aficionado; pero esta también tuvo lo suyo. Y Rodolfo citó a recibir, y si en el primer intento no consiguió sino un pinchazo en lo alto, en el segundo dejó una estocada desprendida pero que causó los primeros estragos en CONQUISTADOR que así se llamó el toro del “adiós”. Un descabello vino a culminar aquella tensión y entonces se agitaron cientos, miles de pañuelos que convirtieron aquella demanda simbólica en dos orejas que nadie reprochó. Rodolfo, las paseó en olor de santidad durante las tres vueltas al ruedo que siguieron a la larga lista, como las que dicen ocurrieron las tardes heroicas de Rodolfo Gaona, Alberto Balderas o Lorenzo Garza.

   Terminado el memorable festejo, Rodolfo fue llevado en hombros por los entusiastas aficionados que seguían bajo los efectos de aquel embrujo.

   Así, al parecer, concluye un capítulo poblado de leyendas, construidas una a una por este peculiar personaje, que ya he dicho, parece salido de la picaresca taurina, ese segmento de la fiesta a punto de desaparecer pero que la personalidad arrolladora de Rodolfo Rodríguez y de alias El Pana se encargó de revivir, como el ave fénix para ocasión tan especial.

 México, y ciudad, diciembre 17 de 2010.

[1] Managua, Nicaragua, 1948.

[2] José Francisco Coello Ugalde: Serie: Aportaciones Histórico-Taurinas Mexicanas Nº 91. Subserie: Curiosidades taurinas de antaño exhumadas ogaño y otras notas de nuestros días, Nº 38. México, 2009. 157 p. Ils., fots., (p. 54-9).

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