RECOMENDACIONES Y LITERATURA. LAS OCHO PRIMERAS.

RECOMENDACIONES Y LITERATURA. PARTE Nº VIII.
 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.
 

   Hoy, me ocuparé de un libro que por sí solo es acopio de episodios vividos y sufridos también. El creador de esta obra nos relata la realidad de su vida, y aunque se escamotea en personajes de grata invención, en cada uno de los seis episodios, y hasta el de regalo que integran el volumen, resulta que esos seres que recrea gracias al cuento no son sino el propio autor rememorando diversos acontecimientos que lo han marcado, dejando improntas, como marcas de fuego que hoy comparte con nosotros, sus lectores.

   A Jorge F. Hernández le faltaba publicar un libro entre los muchos ya logrados, donde se percibieran sus alegrías, pero también sus tribulaciones. Puede tratarse, me atrevería a afirmarlo, de una parte de sus memorias, donde se percibe lo mucho que goza, pero también lo infinito que puede ser el dolor cuando se vive con toda intensidad lo que la vida nos permite. Y no sé si me dé la razón aquello que me encontré en la página 81 y que, a la letra dice: “…mejor ni contar aquí las cornadas que yo mismo traigo encima… por las que intenté escribir estas páginas… como si fueran un testamento”.

   Un libro de esta naturaleza tiene la virtud de mostrarnos desde el quehacer literario que define al torero que lleva dentro, aspirante de glorias más que de fracasos –aunque a veces sean estos primero que aquellas-. Y luego sus confesiones, sus tentaciones que han aterrizado en territorio taurino, con lo que ese mundo declara haber ganado a un excelente escritor. Su libro es una lección de vida en el que afortunadamente el toque de drama queda superado por la gracia de su estilo personal que borda con un humor intermitente.

   Todo eso y más fue lo que me dejó la lectura de Seis cuentos Seis y uno de regalo, publicado bajo el sello de Ficticia, del incansable editor Marcial Fernández, Pepe Malasombra, salido de las imprentas en el curso de 2010 con el propósito de dejar una estela imperecedera de disfrutable lectura. Ninguna de sus partes tiene desperdicio así que con BRINDIS, LA FAENA SOÑADA, LA SUERTE CONTRARIA, UN FAROL EN LA NOCHE, DE LARGO, HOMILÍA INCONCLUSA, CORNADA AL AZAR y la memorable lectura al DE REGALO no nos deja sino gratos aromas, como el que me encontré en el folio 69:

 (…)uno se mete a la aventura de sentirse novillero con ilusiones variadas, pero sin posibilidad de prever que la valentía, la cultura del valor de estatua, machos hasta las cachas, termina enfundándose en un incomodísimo terno de sedas con bordados en oro que más parece un auténtico traje de bailarina y ya, en el colmo de los amaneramientos, afeminadas poses y simulaciones de flamenco, de pronto uno descubre –al menos en México y en aquellas épocas- que mucho antes de sentir la gloriosa adrenalina de partir plaza –sin importar los estorbos propios del traje de luces- uno pasa por un noviciado que puede durar meses de entrenar todos los días, al filo del amanecer, con fastasmones albureros, chocarreros gentiles, guasones en el fondo inofensivos, pero inmersos en una culturita donde algunos gustan de practicar como bromitas el pellizco accidental de glúteos ajenos, el simulacro de que sus manos se alargan como queriendo jalarle a uno los testículos so pretexto de que se prolonga como juego un saludo (…)

    Muchos de sus personajes son sobrecogedores y la lectura poco a poco, pase a pase ocurre más allá de los ruedos. En el ruedo de la vida misma.

   El andamiaje de estos cuentos devela sabores y sinsabores que suceden en el fascinante mundo de los toros que no se explicaría por libros como el de la presente reseña.

   Estas y otras revelaciones las podrá encontrar todo aquel que quiera acercarse a Seis cuentos, seis y uno de regalo, cuyo autor es Jorge F. Hernández. Celebro la salida de este preciado libro; pero sobre todo el hecho de que la Universidad Autónoma de Nuevo León haya tenido el acierto de hacerlo suyo y coeditarlo en la colección Biblioteca de cuento contemporáneo de Ficticia Editorial.

 Jorge F. Hernández: SEIS TOROS SEIS Y UNO DE REGALO. México, Editorial Ficticia y la Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010. 93 p. (Biblioteca de cuento contemporáneo, 25).

 

 
 
 

 
RECOMENDACIONES Y LITERATURA. PRESENCIA DE LA POESÍA MEXICANA EN LOS TOROS. PARTE Nº VII.
 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.
   Cuando la prensa del momento publicó este cartel:
 


 nunca se imaginó el público asistente a dicha tarde, que verían una auténtica hazaña por parte del torero español Bernardo Gaviño y Rueda. ¡Qué impacto causaría esta actuación, que tres días después, se publicaba en El Siglo Diez y Nueve, del 28 de enero de 1852, p. 4 el siguiente soneto:

 Al hábil torero Bernardo Gaviño, por su valor y singular maestría en el arte que profesa.

 SONETO.

 Toro robusto que en la selva umbrosa

Con sus bramidos aterró al viajero,

Ostenta su poder altivo y fiero

En la plaza extendida y arenosa.

Mirad, mirad; con gracia portentosa

Bernardo el sin igual parte ligero;

Con denuedo le llama, y limpio acero

Sepulta en él su mano vigorosa.

Gaviño; a tu valor y bizarría,

Dones preciosos que concede el cielo,

Yo dedico mi lira en este día:

Verte alegre y feliz es lo que anhelo,

Mientras la fama, por el ancho mundo

Te proclama torero sin segundo.

 ZAIDE.

  

  

  
  

PARTE VI, y última de esta primera serie que se ocupa de la «Sencilla Narración…, 1677», obra del Capitán Alonso Ramírez de Vargas.
 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Tanta luz, tanto farol

al circo se entró de tajo,

que en obsequioso arrebol

sin bastarías del Sol

el cielo se vino abajo.

 

Aun lo insensible de veras

gustos rebosó logrados

con sus luces placenteras,

que votivos los tablados

todos se hicieron lumbreras.

 

Y en el aplauso fiel

de asumpto tanto (que eternas

edades ciña el laurel)

innumerables linternas

hicieron mucho papel.

 

No admiró en su antigüedad

Roma tanta llama fina,

bien que sin voracidad,

que lo que allá fue rüina,

acá fue celebridad.

 

Y como se había bajado

a la plaza el firmamento

-de lucero amontonado

tanta copia-, a lo que siento,

era del cielo un traslado.

 

Sitio bastó a sus centellas

con tener más resplandores,

vanidad haciendo dellas,

porque bajar las estrellas

antes fue alzarse a mayores.

 

Trocóse el curso sucinto

del Sol al festivo amago,

y en tan raro labirinto,

siendo de santo distinto,

fue este día de Santiago.

 

Aquel airoso traslado

de su padre en lo lucido,

de sí mismo en lo ajustado,

el que es en todo medido

siendo tan Adelantado.

 

El que por luz superior

está al desengaño asido,

el que anda con fino ardor

de sí propio corregido

para ser Corregidor.

 

Pintarle no he de escusallo,

antes el deseo crece,

sólo podré dibujallo

cuando pintado aparece

el Conde sobre un caballo.

 

Aunque el afecto a mi ver

me lleva, corto he de andar

porque esto que llego a hacer

no es pintar como querer,[1] 

sí, querer como pintar.

 

Atiende al pincel más rudo

en tan altas perfecciones,

oh lector, yo no lo dudo,

que sólo el objeto mudo

está llamando atenciones.

 

Garboso el talle, el brazo descuidado,

suelto a el aire, que el mesmo se hacía,

pues si diestro dos veces lo ejercía,

iba en ocios galantes ocupado.

 

Nunca siniestro el otro era entregado

al gobierno de un céfiro que ardía:

un tordillo galán, a quien había

uno y otro elemento organizado.

 

El rostro grave bien que descubría

visos lo afable con lo serio unido,

haciendo opuestos consona armonía.

 

En todo tan discreto y tan lucido,

que de su imperio, gala y bizarría

hasta el bruto se dio por entendido.

 

En tan cándidos empleos

de los colores que dio

para sí, por más trofeos

la divisa que eligió

fue el blanco de sus deseos.

 

Y porque fuera perfecto

a la majestad que exhala

el fausto (que bien electo),

fueron los cabos de gala

y el vestido de respeto.

 

Pero a decir me acomodo

que uno solo lo igualaba

en la grandeza, en el modo,

en las libreas, que en todo

vivero[2] le acompañaba.

 

Y porque fuera imperfecto

este borrón material,

sólo bosquejarlo aceto,[3] 

que quedara desigual

a no hacerle este soneto.[4] 

 

Iba de el Valle el Conde esclarecido,

honor de los Viveros generoso,

en un bridón, aborto[5] prodigioso,

de su misma violencia detenido.

 

Por boca y narices, encendido,

desahogar quisiera lo fogoso,

y hace –al tascar el freno imperïoso-

copos de espuma el alacrán[6] mordido.

 

Por la falta de el anca y por la cumbre

del bien crinado cuello, demostraba

nieve en sudor de su ardiente pesadumbre.

 

El fuego en sus quietudes ocultaba;

y viendo nieve expuesta, oculta lumbre,

era el volcán, sin duda, de Orizaba.

 

Cada lacayo, un brinquiño,[7] 

parecía sayagués,[8] 

vistiendo -¡qué lindo aliño!-,

la pureza del armiño

que tan celebrada es.

 

Con aquesta majestad

fueron capitaneando

la nobleza y la lealtad,

y hasta la brutalidad[9] 

iba de gusto danzando.

 

Los clarineros sin tretas

por delante engalanados,

vistiendo galas tan netas,

iban todos muy hinchados,

siendo unos pobres trompetas.[10] 

 

Entraron con gran placer

en la plaza, y no cabía,

del concurso, a mí entender,

un alguacil, que no había

donde echar un alfiler.[11] 

 

Nuestro Visorrey, que espera

tanta pompa, alborozado

celebra al Rey, que en su esfera

es de un Príncipe el cuidado

y es el afán de Ribera;

 

Él, que por alta moción,

del redil con la influencia,

del gobierno con la unión,

es dos por jurisdicción

y único por Excelencia.

 

Cada Licurgo[12] ajustado

no tenía más negocio

que el objeto celebrado,

pues, sirviendo en el cuidado,

le festejan en el ocio.

 

Asistían sus anhelos

con los demás Tribunales,

viendo en sus leales celos

de Ministros los desvelos

vueltos en fiestas reales.

 

De matronas se seguía

un oriente en un tablado

donde el Sol amanecía,

y a excesos multiplicado

hicieron la noche día.

 

A tanta vista, a atención

tanta, la Real presencia

viendo en representación,

se iban acercando con

muchísima reverencia;

 

Tanta que, sin ser desaire,

las hachas con que lucían

en tan garboso donaire,

viendo con el que la hacían,

se las apagaba el aire;

 

Mas fueron sostituidas

de joyas en cada broche,

y en todas tan excedidas,

que nunca se vio la noche

con tinieblas más lucidas.

 

Prosiguieron el paseo

con tal serie y prevención,

que en el discreto rodeo

no vio el militar empleo

tan bien dispuesto escuadrón.

 

Esta pompa repitieron

otro día[13] cuando el coche

del Sol[14] más templado vieron,

que tanto asumpto quisieron

celebrar de día y de noche.

 

Esta tarde hizo alarde

del gusto la bizarría;

mas quisiera no cobarde

que así fuese cada día,

pero no de tarde en tarde.

 

Hasta las nubes por ver

tanta fiesta –alborotadas

del susto, aunque de placer

como estaban tan preñadas-

se les antojó llover.

 

Cuyos húmedos efectos

gustaron, que así lo fragua

lo franco; y en los sujetos,

calabobos[15] no era el agua,

antes fue cala discretos;

 

Que intentaron destruir

las libreas brilladoras

y cuanto vino a lucir,

porque galas tan señoras

no volvieran a servir.

 

Ningunos[16] se detuvieron

ni llegaron a encubrir,

pues tan nobles anduvieron

que sin reboso[17] lucir

y sin máscara pudieron.[18] 

 

   Esta es evidencia de una gran pieza poética que, en muchas ocasiones de fiesta quedó como testimonio de importantes conmemoraciones, conservada en la memoria del siglo XVII, mismo que comienza a mostrar pequeñas pero definitivas modificaciones en el curso de un espectáculo que durante el siglo que nos congrega, vivió cambios telúricos definitivos.

[1]Pintar como querer: de los que a su modo fingen y cuentan las cosas como quieren.
[2]Vivero: el conde del Valle de Orizaba, “el principesco señor de la casa de los Azulejos”.
[3]Aceto: acepto.
[4]Este soneto: lo reprodujo Méndez Plancarte con el título de “El Caballo del Conde del Valle de Orizaba” Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721). Parte primera, op. Cit., p. 92.
[5]Aborto: se toma frecuentemente por cosa prodigiosa, suceso extraordinario y portento raro.
[6]Alacrán: pieza del freno de los caballos, a manera de gancho retorcido.
[7]Brinquiño: estar hecho un brinquiño: frase que se aplica y dice del que es muy prolijo o aseado en su modo de andar y vestir y que se precia de galán y compuesto.
[8]Sayagués: apodo de grosero y tosco, porque los de Sayago lo son mucho.
[9]Brutalidad: los caballos.
[10]Pobres trompetas: expresión con que se desprecia a alguno y se le nota de hombre bajo y de poca utilidad.
[11]Alfiler: en germanía, policía.
[12]Licurgo: famoso legislador de Esparta.
[13] Jueves 26, volvió a salir la máscara por la tarde, y entró en la Plaza, y corrieron los caballeros delante del señor virrey y audiencia (Diario, 205).
[14]Coche del Sol: alusión al carro del Sol, que conducía Apolo.
[15]Calabobos: lluvia menuda.
[16]Ningunos: adj. indefinido que antiguamente solía usarse en plural.
[17]Rebozo: embozo.
[18] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 222-230.

 

 

 

 

PARTE V
POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Alonso Ramírez de Vargas, nuestro autor en esta ocasión, también fue autor de las siguientes obras:

1662. Ramírez de Vargas, Alonso: Descripción poética de las fiestas reales que se celebraron en México por el nacimiento del príncipe don Carlos, por (…). Imp. Por Juan Ruiz, México, 1662.[1]

1664. Ramírez de Vargas, Alonso: ELOGIO PANEGÍRICO FESTIVO APLAUSO iris político, y diseño triunfal de Eneas verdadero, con que la Muy Noble, y Leal Ciudad de México, recibió al Exmo. Señor D. ANTONIO SEBASTIÁN DE TOLEDO, Y SALAZAR; MARQUÉS DE MANCERA. Señor de las Cinco Uillas, y de la del Marmol, Caballero de la Orden de Alcántara: Administrador perpétuo de Puerto Llano; del Consejo de Guerra Virrey, Gobernador, y Capitán de esta Nueva España (…) A quien lo consagra DON (…). Con licencia: en México, por la Viuda de Bernardo Calderón, año de 1664.[2]

1668. Ramírez de Vargas, Alonso: Descripción de la alegre venida y vuelta de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios a esta Ciudad de México el año de mil seiscientos sesenta y ocho, por causa de la gran sequedad y epidemia de viruelas, &. C. Sácala a luz en esta nueva impresión D. Joseph de Barreda. Cádiz. Impresa por Jerónimo Peralta, 1725.[3]

1670. Ramírez de Vargas, Alonso: Descripción poética de la máscara y fiestas que a los felices años, y salud restaurada de el Rey Nuestro Señor, Carlos II (que Dios guarde), hizo la nobleza de esta imperial Ciudad de México, cuya disposición logró el cuidado de el muy ilustre Señor Conde Santiago de Calimaya, Adelantado de la Isla Filipinas &. C. y del Señor Don Diego Espejo Maldonado, caballero de la orden de Santiago, Alguacil Mayor que fue de la Contratación de Sevilla y Corregidor actual de ésta de México. Celebrando en los años de Su Majestad los deseados a la prorrogación del Excelentísimo Señor Marqués de Mancera, Virrey de esta Nueva España. Que escribía D. (…). Conságrala a Su Excelencia. Con licencia. Impreso en México. Por Juan Ruiz. Año de 1670,[4] y

1677. Ramírez de Vargas, Alonso: SENCILLA NARRACIÓN, ALEGÓRICO FIEL TRASUMPTO, DIBUJO EN SOMBRAS Y DISEÑO ESCASO DE LAS FIESTAS GRANDES CON QUE SATISFIZO EN POCA PARTE AL DESEO, EN LA CELEBRADA NUEVA FELIZ DE HABER ENTRADO EL REY NUESTRO SEÑOR, DON CARLOS SEGUNDO (QUE DIOS GUARDE), EN EL GOBIERNO, EL ILUSTRÍSIMO Y EXCELENTÍSIMO SEÑOR MAESTRO DON FRAY PAYO ENRÍQUEZ DE RIBERA, DEL CONSEJO DE SU MAJESTAD, DIGNÍSIMO ARZOBISPO DE MÉXICO, VIRREY, GOBERNADOR Y CAPITÁN GENERAL DESTA NUEVA ESPAÑA Y PRESIDENTE DE LA REAL AUDIENCIA, QUE EN ELLA RESIDE, Y A CUYA ALTA PROTECCIÓN LA DIRIGE SEGURO Y LA CONSAGRA HUMILDE DON ALONSO RAMÍREZ DE VARGAS. Con licencia en México. Por la viuda de Bernardo Calderón. Año de 1677,[5] misma de la que se ha venido tratando el asunto de esta serie.

    Continuando con la revisión de la Sencilla Narración…, aparece una parte que describe la Máscara grave, lucida sin imitación, costosa sin ejemplar, de la nobleza de México,[6] donde hubo durante las seis noches luminarias en medio de gran lucimiento, y demostraciones a caballo al grado de que:

 

Su luz el Sol despeñó

entre lóbregos desmayos,

y como en el mar cayó,

todo el oro de sus rayos

sal y agua se volvió.

 

La noche quiso oponer

sus sombras al ardimiento,

y por no poderlo ver

a todo su lucimiento

se lo quiso obscurecer.

 

En fin, llegóse a apagar

en el piélago, que inquiere

ese ardiente luminar,

que cada día se muere

y vuelve a resucitar.

 

Cuando en el parque se vio

toda la caballería

y de allí a plaza salió

con tan grande bizarría,

que igualada se excedió.

 

De todos el gasto a posta

competía en el empeño,

y llegaron por la posta[7] 

al puerto del desempeño

andando de costa en costa.

 

Tan bien puestos y ajustados

de la jineta a los modos

salieron con desenfados,

que con ser tan vivos todos

me parecieron pintados.

 

Bien a muchos esta vez

la brida les ajustaba,

y con igual interés

cada cual se acompañaba

con otro de su jaez.

 

Repartióse singular

un iris de mil primores

porque pudiesen campar,

que no es siempre avergonzar

esto de salir de colores.[8] 

 

Cuatro les dio la fortuna

y el gusto sin elegirlas,

y con no escusar ninguna

al llegar a repartirlas

todos se hicieron a una.

 

Mas porque todos estéis,

oh, lectores importunos,

en el caso y lo admiréis,

fue la color de unos

blanca, como ya sabéis.

 

A otros cupo la encarnada,

y juraré por mi vida

que viéndolos a la entrada

con ser gente tan lucida,

fue aquésta la más gradada.

 

Mas si el purpúreo clavel

con artificio lucido

de aquéste forma un vergel,

ambar espira vestido

del blanco jasmín aquél.

 

Color muerto no lo ha habido

ni apagado en el decoro

de ejército tan lucido,

porque iba en ascuas de oro

el anteado[9] encendido.

 

Lo cerúleo es bien se apreste,

pues lugar al gasto dio,

y sacando ufanos éste,

en el azul se cumplió

lo de cueste lo que cueste.

 

El matiz estuvo raro

en su consono[10] esplendor;

mas si en mi elección reparo,

el azul fue lo mejor,

y lo digo por lo claro.

 

Escogidos con desvelos

fueron para la ocasión

todos cuatro sin recelos,

pero el azul sin ficción

me pareció de los cielos.

 

De dos en dos sin rumor,

compañeros en la gala,

salieron, y en el primor,

porque cada uno se iguala

con otro de su color.

 

Los lacayos de mil modos

vestidos iban galanes,

en diversos trajes todos:

esguízaros[11] y alemanes,

cimbrios, lombardos y godos.

 

Otros ricamente ufanos

con aplaudidos decoros

por de-sastres inhumanos,

siendo unos buenos cristianos,

iban vestidos de moros.

 

Con estudios placenteros,

cada lacayo se ensaya

en los trajes noveleros[12] 

de los reinos estranjeros,

que el festín pasó de raya.

 

Otros vistieron después

la francesa con desgarro,

mas según el humor es,

porque un español bizarro

parecía mal francés.

 

De naciones esquisitas

ibas otros (embrazado

el arco, doy las escritas

aquí, que siempre he escusado

el poner al margen citas).

 

Vestidos de cortesanos

unos negros se veían

con crédito y altiveces

negros tan negros, que hacer podían

tórrida la Noruega con sus teces,

y blanca la Etiopia con sus manos.

 

Solo el traje del indio sobre

que ninguno lo ha vestido,

mas como vive entre el robre,[13] 

lo dejó por escondido

o lo perdonó por pobre.

 

Dando a los ojos delicia,

cada librea acabada

salir pudo sin malicia

con el pleito de pasa

puesta en tela de justicia.

 

Fueron leales ambiciones

el sacar diversos trajes

de que sigan sus pendones,

rindiéndole vasallajes

al Rey todas las naciones.

 

Llegó lo rico y galante

a lo imposible –confieso-,

pues diciendo allí delante:

¿hay exceso semejante?

hubo semejante exceso.

 

Los brutos que a mi sentir

llegaron a gobernar,

con ellos no hay competir,

que frío se ha de quedar

el señor Guadalquivir;

 

Pues si dicen que a engendrallos

va allí el Böreas[14] sin sosiego

y nacen para admirallos

el regañón[15] y el gallego[16] 

en figuras de caballos,

 

Acá, lozanos y prestos,

del fuego y aire que cruza

son partos graves, dispuestos,

aunque no tengan aquéstos

aquella estrella andaluza.

 

Que con una hacha saliera

el uno y otro a ordenalles

se vino, porque se viera;

y lucieron en las calles

por una y por otra cera.[17] 

 

Con esta gala y decencia

para salir no se atrasa

de alguno la diligencia,

y yendo allá su Excelencia,

decían todos plaza, plaza.

 

Descrebilla será error,

aunque el precepto me incita,

porque fue de tal primor

su adorno, que necesita

de más ardiente orador.

 

Mas si al superior amago

un súbdito no sosiega

-aunque no veo lo que hago-,

parece que satisfago

con una obediencia ciega.

 

El palenque claro está

que bien enramado fue,

pues dirigido hacia allá

florecía a vista de

la Ribera de Alcalá.[18] 

 

Dicha de nuestro horizonte

que en verdes floridas señas,

aunque lloren en el monte,

sólo allí estaban risueñas

las hermanas de Faetone.[19] 

 

Veinte columnas no escasa

luz brillaban oportunas,

con quien la del Sol se atrasa;

sí, que tenía cada una

bien asentada su basa;

 

Pues donde llegó a rayar[20] 

no hay ejemplar en ningunas,

muy bien se pueden llevar

el Non plus estas columnas,

que hasta allí pudo llegar.

 

CONTINUARÁ


[1] Dalmacio Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la literatura novohispana (1650-1700). Prefacio de José Pascual Buxó. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1998. 280 p. (Estudios de Cultura Literaria Novohispana, 13)., p. 173.

[2] Ibidem., p. 188-189.

[3] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta…, op. Cit., p. 175.

[4] Ibidem., p. 176.

[5] Ibid., p. 178-179.

[6] Ibidem., p. 222. Miércoles 25, día de Santa Catalina, fue la máscara de los caballeros; salieron como doscientos cincuenta hombres; las libreas fueron tan buenas que no hay ejemplar desde que se descubrió México que se había mejorado; pasó por la calle de San Bernardo a las ocho de la noche y fue a la Inquisición a las Nueve.(Diario, 205).

[7] Por la posta: la prisa, la presteza y la velocidad en que se ejecuta alguna cosa.

[8] Salir colores: salir los colores al rostro: por empacho, vergüenza o corrimiento.

[9] Anteado: especie de color dorado bajo. 

[10] Consono: en consonancia: conveniente, correspondiente, concordante y conforme con otra cosa.

[11] Esquízaros: suizos.

[12] Novelero: amigo de las novedades, ficciones y cuentos.

[13] Robre: roble.

[14] A engendrallos / va allí el Bóreas: Boreas, hijo de Astreo y de Eos, es dios del viento del norte. Engendró con Harpía velocísimos caballos.

[15] Regañón: el viento septentrional [norte] por lo molesto y desabrido que es. 

[16] Gallego: el viento cauro [noroeste] porque viene de la parte de Galicia.

[17] Cera: acera.

[18] Ribera de Alcalá: fray Payo fue catedrático de teología en Alcalá.

[19] Las hermanas de Faetone: las Helíades, quienes lloraron amargamente por la muerte de Faetón, y fueron transformadas en álamos.

[20] Rayar: sobresalir y distinguirse entre otros.

 
 
 
 

PARTE IV
POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   A continuación, vienen los versos completos de lo que, a juicio de Alfonso Méndez Plancarte es el Romance de los Rejoneadores del propio Ramírez de Vargas.[1] 

 

1677

Romance de los Rejoneadores.

Llegó el esperado día

de aquel planeta ligero,

que con la lira y las plumas

azota y halaga el cierzo,[2] 

 

Cuando (al despeñarse el Sol

-faetón menos indiscreto,

Eridano más glorioso-[3] 

hacia el húmedo reïno)

 

Salió (como siempre) el Conde,

y con novedad, supuesto

que salir como ninguno

era lucir como él mesmo,

 

en una viviente nube,

que preñada de su aliento

relámpagos fulminaba

en pies, en menos y en cuello;

 

Obediente al grave impulso,

templaba los ardimientos

y en sus mismas inquietudes

iba buscando el sosiego

 

Con el natural instinto;

sintiendo el garboso imperio,

(aun bulliciosa) aprendía

la gravedad de su dueño.

 

La copia de los lacayos

mendigo al número hicieron

y a cuantas fecundas minas

metales conciben tersos.

 

Entró a despejar la plaza;

pero fue un ocioso intento,

pues cuanto iba despejando

embarazaban sus siervos.

 

Y llevándose de todos

los ojos y los afectos

en sus atenciones propias,

quedaban con vista y ciegos.

 

Salióse, quedando el circo

tan regado y tan compuesto,

que juró obediente el polvo,

desde allí, de ser aseo.

 

La Palestra quedó sola,

donde entraron al momento

dos Garzones tan bizarros

en la gana y el denuedo,

que los envidiara Jove

para el dulce ministerio

mejor que al arrebatado

del Frigio monte soberbio.

Por hacer su mesa noble

escogió para copero.[4] 

 

Gallardamente mandaban

dos vitales Mongibelos[5] 

que en mal mordidas espumas

tascan[6] nieve y viven fuego.

 

Ocho lacayos delante,

costosos a todo resto

en gala, les servían

de admiración y respeto.

 

Aire y experiencia unían,

que caben a un mismo tiempo

como en el arte lo airoso,

en lo natural lo diestro.

 

Para contienda tan ardua

dieron el primer paseo,

asegurándose el triunfo

a vista de tanto objeto.

 

Sí, que bastaba el influjo

dimanado del primero

asumpto, pues si era Carlos

todo había de ser trofeos.

 

Diose la seña, y al punto

el coso a la lid abierto;

como quien en opresiones

cólera estaba haciendo,

 

…Salió un feroz Bruto, josco[7] 

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Icaro[8] el atrevimiento;

 

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró amenazando el cerco;

 

Sí, que en la frente erigía

(mortal pronóstico siendo)

de los dos lunados rayos

el semicírculo negro;

 

La cola, encima del anca,

formaba desde su centro

una víbora enroscada

de más eficaz veneno.

 

A suerte los Contenedores[9] 

su valentía tuvieron,

que alcanza mayor victoria

donde obra más el esfuerzo,

 

Y haciendo juguete airoso

de su furia y de su ceño,

con esperalle el cuidado

le castigaba el desprecio,

 

Hasta que precipitado,

en ondas de sangre envuelto,

deshecha la cera a rayos,[10] 

llamáronle el Mar Bermejo.

 

Con lo demás fue lo propio:

domellados los descuellos,

que sólo la audacia noble

libró en el yerro el acierto.

 

…No tan rápido Jarama

se precipita soberbio

sobre el escollo más firme,

sobre el roble más entero,

 

Y con undosos bramidos

puebla el páramo de estruendo,

esgrimiendo en los cristales

sus dos retorcidos cuernos,

 

Y hechos pedazos sus vidrios

a heridas que le da el cerro,

ligero pasa, y pretende

sólo el escapar huyendo,

 

Donde encontrando la grama

parece que va paciendo

su esmeralda, recelando

los choques y los encuentros,

 

A cuyo valiente impulso

que allí le resiste opuesto,

sangre cándida derrama

por su enmarañado cuello:

 

Como cada fiero Bruto

que por lo bruto y lo fiero

se arrojaba a sólo ser

en tantas partes deshecho,

 

Cuantos eran los rejones

que fulminaban sangrientos

Peralta, escollo en la silla,

y Madrazo, bien puesto[11] 

 

Roble, en cuya ardiente lucha

coral la cerviz vertiendo,

en Aquelóos[12] undosos

a los Brutos convirtieron…

 

Nunca estuvieron gravados

a la sujeción del duelo,

que no padece fortuna

el arte cuando es perfecto.

 

Aras le erijan los que

hicieron peligro el riesgo,

que sólo pueden los dos

hacer primor el empeño.

 

Purpúreo lo publicaba

el fresno herrado en fragmentos,

que siendo la astilla azote,

era consistencia el yerro.

 

…Curioso lector, aquí

con más atención te quiero:

verás aquesta vez sola

hacer gala lo sangriento.

 

Salió el robador de Europa[13] 

mentido en un tosco gesto,

mostrando en valor y orgullo

lo fulminante y lo excelso.

 

Llamóle Madrazo, a cuyo

impulso, el rejón deshecho,

con quedar medio en la nuca,

voló al aire el otro medio.

 

Admiróse; mas Peralta,

viendo embarazado el centro

de la testa, en ambos lados

le dejó otros dos suspensos,

 

Tan igualmente quebrados,

con tal fortaleza impresos,

que un penacho de carmín

todos los tres parecieron,

 

Hasta que el Bruto, mirando

era, más que adorno, juego,

de plumaje tan pesado

quiso desasirse presto,

 

Y de la frente sañuda

los dos troncos sacudiendo,

despidió a encender los otros

allá en la región del Fuego.

 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

 

y -a ser la piel de Cartago-[14] 

en cada animal horrendo

reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abeto…

 

No fueron menos los que

logró en su valor don Diego,

que el número es ceremonia

si lo supone el aliento.

 

No se le atrevieron todos,

que al amago sólo atentos,

recelando su rüina,

hicieron sagrado el miedo;

 

Viéndolo tan cortesano,

hipócritamente huyendo,

para obligarlo cobardes

se valieron del respecto.

 

La tarde, toda a porfía

hábito el tesón hicieron,

con tantos actos heroicos,

que les hizo agravio el tiempo,

 

Porque envidiosas las sombras

tendieron su manto denso,

pero no pudo la noche

estorbar sus licimientos.[15] 

 

Los hipérboles cesaron

aquí, lugar no tuvieron;

sirvan allá discurridos

sólo al encarecimiento.[16] 

 

   Terminó las métricas graves cláusulas Polimnia encomendado a la inmortalidad el aplauso y obligando al tiempo a hacer una caución juratoria de que, a pesar del desmedido inconstante vuelo, grabaría, en las imperceptibles alas, la perpetuidad de sus nombres.

 CONTINUARÁ

 31 de diciembre de 2010.


[1] Méndez Plancarte: Poetas novohispanos… (Segunda parte: 1621-1721), op. Cit., p. 102. “El juego de Toros… duró seis días”; y uno de ellos, “a uso de Madrid, mantuvieron solos dos Caballeros, airosos y diestros en el manejo del Rejón quebradizo y leyes precisas de la Jineta…: D. Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos Reinos, y D. Fco. Goñi de Peralta, hijo de este Mexicano país”…

[2] Cierzo: viento del norte frío y seco.
[3] Faetón: …Eridano, hijo de Océano y Tetis e identificado con el río Po, recogió a Faetón –hijo de Apolo que condujo el carro del Sol- después de que Júpiter lo fulminara.
[4] Al que arrebatado…: alusión a Ganimedes, joven que fue raptado en el monte Frigio por Júpiter y que en el Olimpo se desempeñaba como copero de los dioses. Los dos últimos versos de esta estrofa fueron suprimidos por Méndez Plancarte, quizás para formar dos cuartetas propias del romance.
[5] Dos vitales Mongibelos o Etnas: los caballos fogosos.
[6] Tascan: muerden. Tascar el freno: mordar los caballos o mover el bocado entre los dientes.
[7] Josco: hosco: se aplica al color muy oscuro que se distingue poco del negro, pero también “llamamos toros hoscos los que tienen sobrecejos oscuros y amenazadores, que ponen miedo”.
[8] Ángel María Garibay K.: Mitología griega. Dioses y héroes. México, 5ª edición, Editorial Porrúa, S.A., 1975. XV-260 p. (“Sepan cuantos…”, 31)., p. 144.
Icaro, Icario: hijo de Dédalo. Cuando su padre fabricó una máquina para volar y evadir la prisión en que le había puesto Minos, le hizo sus alas de armazón de madera y cera. Y le recomendó que no volara tan alto que el sol le derritiera la cera y viniera abajo, ni tan bajo, que humedeciera el mar sus alas. No hizo caso el joven y se encumbró, con lo cual sus alas se deshicieron y cayó en el mar, llamado más tarde Icario por razón de su historia.
[9] Contenedores: los rejoneadores. Contenedor: el opuesto o contrario en la pelea, lidia, disputa o contienda con otro.
[10] Hasta que precipitado…: Ícaro: el que voló tan alto con las alas de cera, que el Sol se las derritió, precipitándolo al mar.
[11] Puesto: Méndez Plancarte enmienda opuesto, quizá para completar el octosílabo.
[12] Aquelóos: numen fluvial, padre de las sirenas, trocado de río en toro para luchar contra Hércules, quien le arrancó un cuerno, que fue el de la abundancia (Ovidio, Met. 9, 80-8) y aquí la opuesta metamorfosis: los toros, al desangrarse, tórnanse ríos.
[13] Robador de Europa: El mentido robador de Europa (Góng. Soled. I, 2), es Júpiter disfrazado de toro, y aquí dejando ver en él lo fulminante y lo excelso.
[14] Piel de Cartago…: Dido, para fundar su Ciudad, compró el terrero que abarcara una piel de toro; mas no lo cubrió con ella, sino lo cercó con finísimas correas, logrando amplia extensión… (Eneida, I, 368).
[15] Licimientos: lucimientos.

[16] Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la…, op. cit., p. 218-222; Méndez Plancarte: Poetas…, (1621-1721) Parte segunda, op. Cit., p. 91-92.

 
 
 

 

 

 
 
PARTE III
 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Un afortunado encuentro con la reproducción de esta obra,[1] nos permite entender la magnitud de aquella celebración, por lo que considero importante recoger de dicha trascripción los datos más útiles para este trabajo.

 CIRCO MÁXIMO[2] 

 FEROCES BESTIAS ERAN LAS QUE CONTENDÍAN en la arena de los anfiteatros, y particularmente el toro, sacrificado a Neptuno; así Silio Itálico;[3] 

 Principio statuunt aras cadit taurus

victima Neptuno[4]

 Y Virgilio, Eneida 2:

 Lsocon ductus Neptuno forte Sacerdos

solemnes Taurum ingentem mactabat ad Aras.

   Festivo empleo fue para el vulgar alborozo el juego de los toros, que con intermisión de mayores ostentaciones duró seis días.[5] Esta orden se observaba en los juegos circenses, dando lugar a la plebe para el vulgar regocijo, de donde también se llamaron plebeyos, sin dejar de ser grandes.

   Fue intimación de Su Excelencia a la acertada y siempre plausible disposición del señor don Fernando Altamirano de Velasco y Castilla, conde de Santiago, adelantado de las Islas Filipinas, señor de la Casa de Castilla y Sosa, inmediato heredero del marquesado de Salinas, como a corregidor actual desta Ciudad de México,[6] siendo único comisario de todas las fiestas que (con sus discretas ideas, partos nobilísimos de su magnanimidad generosa y vigilante anhelo, que acostumbra en el servicio de Su Majestad) sazonó la más grande, la más solemne pompa, dividida en muchas que vieron las pasadas edades y que pudieron calificar de insuperables los reinos más famosos. Con cuya resolución se escogió sitio bastante para la erección de los tablados, siéndolo la plazuela que llaman del Volador: ilustrada[7] por la parte del oriente con la Real Universidad; por la del poniente, con hermosa casería; por la del sur, con el Colegio de Porta Coeli, y por la del norte, con el Palacio. Ideóse la planta[8] por los maestros,[9] ejecutada en cuadro suficientemente proporcionado. Descollóse después a la altura competente, quedando fabricado un labirinto hermoso de madera, tan bien discernido y conmensurado en gradas, aposentos, escaleras, separaciones, toldos, puertas y descombramiento, que el menor ingenioso Teseo[10] (aun con la muchedumbre que los ocupaba), sin necesidad de conductores, los distinguiera, y sin auxilios industriosos, los penetrara. Fábrica tan conforme a la de los anfiteatros de los juegos circenses, que la hicieron una aun sus menores requisitos, según la descripción rigurosa de Lipsio y los demás autores, cuya contextura (oh, erudito lector) te pongo al margen para que no deseches el símbolo.[11]

   No se echó menos la plaza mayor para circo, que lo despejado y alegre de ésta se pudo adaptar, bien que no a la grandeza que la ilustraba; saliendo a ella desde el Palacio (que está contiguo) Su Excelencia,[12] asistida de los señores de la Real Audiencia, en su carroza que tiraban seis bien remendadas pías,[13] seguida de otras de su noble y virtuosa familia. Engrandeció Su Excelencia un tablado ricamente adornado, como suficientemente estendido, para que lo autorizasen los demás Tribunales; asignándole todos los asientos conforme a las dignidades y personas.

   Seguíase otro –no menos espacioso y aderezado- convertido en un hermoso jardín, mejor que los que hicieron célebre a Chipre, cuyo campo enriquecía fértil copia de racionales flores en cada matrona conyugal Vesta. Si no era bello multiplicado oriente de tantas auroras, cuantas eran las señoras que lo hermosearon –como las otras vestales que cuenta Lipsio-, ennoblecián con su asistencia los espectáculos.

   Ocupó otro tablado capacísimo, y con admiración vestido de ricas ataujías,[14] el muy ilustre, muy noble y docto Cabildo de esta metrópoli, cuyos sujetos llenos de méritos son dignos del más alto cayado, de la púrpura más eminente; celebrando el motivo de tanta fiesta y asistiendo a tan debidos aplausos.

   Continuábase en otro bien aliñado la Real Universidad, ilustrada de tan grandes talentos que puede competir con las mayores del orbe, con quien no le bastó ser antes a la de Atenas. No faltando tan grave concurso en los otros antiguos juegos, coafirma Quintiliano 15, In ludo fuit, Et fuerunt, Et Doctores, et Medici, Et Ministri.

   Señaláronse otros para los abogados, relatores y demás ministros de la Real Audiencia desta Corte.

   Otros para los Colegios, como el Real de Cristo, etcétera, que hasta en esta distribución y concurrencias se emularon estos juegos con los magnos o consuales, como admiró Tertuliano: Quod Colegia, quod Sacerdotia, quod officia moneantur.

   No estaba con menos aseo el circo o plaza, regada con tan menudo cuidado que el polvo se retiró humilde a la tempestad de lluvias con que los aguadores lo sujetaron, pagando en olor barrisco el ultraje de la repulsa; quizá por observar en esto la limpieza e industria con que se regaba en los anfiteatros con aquellas conducciones o fístulas que traen varios autores, y mejor al intento Séneca, Epist. 91: Num quid dubitas, quin sparsio illa quae ex fundamentis mediae, Arenae crescens in summam altitudinem, Amphiteatri per venir, cun intentione aquae fiat? Y Antonio Musa apud Senecam, qui sparsiones adoratos imbres dixit.

   Llenos ya los asientos con inumerable y vario concurso de la Ciudad y sus contornos, que a la fama de tanta fiesta incitó la curiosidad y trujo el deseo; acomodados de gratis los conocidos o con estipendio los estraños, a el alegre señuelo del templado sonoro metal para dar principio a los juegos.

   Attuba commisos media canit aggere ludos. Entró a despejar la plaza el señor conde de Santiago –como a quien tocaba por corregidor-; agobiando con su dispuesta gentileza la espalda a un bien formado bruto, con ferocidad hermoso y con reporte soberbio, excelencias que se las hacía parecer mayores la airosidad del impulso, la ocupación del dueño, que, procurando imitar su gravedad y denuedo, gallardeaba ufano una rica gualdrapa de negro terciopelo en cuyo campo se opuso para más gala lo blanco de unas randas o franjones de plata para que, resaltando con la guarnición lo atezado,[15] luciera, a pesar del color de su ventura, lo oscuro. Equivocó sagazmente lo caballero con lo ministro con un vestido de negro terciopelo aprensado a labores, que animaba su neutral aire con la perfecta disposición de cuerpo y talle; sobresaliendo a la noche del vestido los argentados celajes de los cabos bordados de menuda plata, hilada de la prolijidad para desempeño del arte. Brillaba sobre la segunda noche del sombrero todo un firmamento de estrellas de toda magnitud en un cintillo de diamantes, que los prohijara envidioso el Ceilán, partos de sus serranías por el oriente y pureza de sus fondos como por lo precioso de sus quilates. Asistíale por delante copia de inferiores ministros de vara, respetados cocos de la plebe, a quienes seguía el número de veinte y cuatro lacayos, vestidos de bien costosas y sazonadas libreas,[16] oculta casi la tela de un rico paño ala de mosca con lo recamado de la plata en randas escogidas para el intento por demás primor y aprecio. (Bandas de puntas de plata, cabos de lo mismo, que sobre anteado encendido se daba la mano uno y otro para mayor lucimiento; espadas al pavón argentadas). Sirviéndole de grave respecto dos pajes inmediatos al freno, vestidos garbosamente a la chamberga,[17] que eran el blanco del buen gusto. Con esta gala y señorío paseó la plaza, a cuya respetuosa y agradable vista –sin necesidad del amago, a la dulce violencia de su aspecto, descombrado el circo- sobró el de su garbo para despejo. Apenas desocupó la plaza, encaminándose al tablado dispuesto para la nobilísima ciudad mexicana, cuando haciendo reseña los clarines para que se echase toro,

 Iam placidae dan signa tubae iam sortibus ardes.

fumat Arena sacris.

   Diose al primer lunado bruto libertad limitada, y hallándose en la arena, que humeaba ardiente a las sacudidas de su formidable huella, empezaron los señuelos y silbos de los toreadores de a pie, que siempre son éstos el estreno de su furia burlada con la agilidad de hurtarles –al ejecutar la arremetida- el cuerpo; entreteniéndolos con la capa, intacta de las dos aguzadas puntas que esgrimen; librando su inmunidad en la ligereza de los movimientos; dando el golpe en vago,[18] de donde alientan más el coraje; doblando embestidas, que frustradas todas del sosiego con que los llaman y compases con que los huyen, se dan por vencidos de cansados sin necesidad de heridas que los desalienten.

   Siguiéronse a éstos los rejoneadores, hijos robustos de la selva, que ganaron en toda la lid generales aplausos de los cortesanos de buen gusto y de las algarazas[19] vulgares. Y principalmente las dos últimas tardes, que siendo los toros más cerriles, de mayor coraje, valentía y ligereza, dieron lugar a la destreza de los toreadores; de suerte que midiéndose el brío de éstos con la osadía de aquéllos, logrando el intento de que se viese hasta dónde rayaban sus primores, pasaron más allá de admirados porque saliendo un toro (cuyo feros orgullo pudo licionar[20] de agilidad y violencia al más denodado parto de Jarama),[21] al irritarle uno con el amago del rejón, sin respetar la punta ni recatear[22] el choque, se le partió furioso redoblando rugosa la testa. Esperóle el rejoneador sosegado e intrépido, con que a un tiempo aplicándole éste la mojarra[23] en la nuca, y barbeando en la tierra precipitado el otro, se vio dos veces menguante su media luna, eclipsándole todo el viviente coraje.

   Quedó tendido por inmóvil el bruto y aclamado por indemne el vaquero; no siendo éste solo triunfo de su brazo, que al estímulo de la primera suerte saboreado, saliendo luego otro toro –como a sustentar el duelo del compañero vencido-, halló en la primera testarada igual ruina, midiendo el suelo con la tosca pesadumbre y exhalando por la boca de la herida el aliento.

   Ardió más el deseo de la venganza con el irracional instinto en otros dos, no menos valientes, que sucesivamente desocuparon el coso como explorando en el circo [a] los agresores, y encontrándo[se] con otros igualmente animosos y expertos; hallaron súbitamente a dos certeros botes,[24] castigado su encono y postrada su osadía, sirviendo tanto bruto despojo de común aclamación al juego.

   Admirado juzgó el concurso no haber más que hacer, así en la humana industria como en la natural fuerza, y a poco espacio se vio la admiración desengañada de otra mayor que ocasionó el expectáculo siguiente.

   Fulminóse a la horrible palestra un rayo en un bruto cenceño y vivo, disparando fuego de sus retorcidas fatales armas, a cuyo bramoso estruendo, opuesto un alanceador montaraz tan diestro como membrudo, a pie y empuñada una asta con las dos manos, cara a cara, le seseó con un silbo a cuyo atractivo[25] se fue el animal con notable violencia; y el rústico –prendiéndole el lomo con osadía y destreza, firme roca en los pies, sin apelar a fuga o estratagema- se testereó con él, deteniéndole con el fresno[26] por tres veces el movimiento, sin que el toro –más colérico cuanto más detenido- pudiese dar un paso adelante; tan sujeto que, agobiando[27] el cuerpo para desprenderse del hierro, se valió deste efugio para el escape, dejando al victorioso por más fuerte, que no contento aspiraba a más triunfo buscándole la cola para rendirlo, acompañado deotro, que con una capa –imperturbable- lo llamaba y ágil lo entretenía. Afijóse[28] en su greñudo espacio, y dando a fuerza de brazos en el suelo con aquella ferocidad brumosa, se le trabaron ambos de las dos llaves; y concediéndole la ventaja de levantarse, le llevaron como domesticado de aquella racional coyunda a presentar a Su Excelencia, con tanto desenfado que –ocupado el uno en quitarse la melena de los ojos- lo llevó sujeto el otro sin haber menester al compañero por algún rato; siguiéndose a esto, que caballero el uno sobre el toro, sin más silla que el adusto lomo ni más freno que la enmarañada cerviz, rodeó mucha parte de la plaza, aplaudidos entrambos con víctores y premios; siendo éstos muy parecidos a los tesalos, que concurrían en el Circo Máximo, como cuenta Suetonio Praeterea Thesalos equites, qui feros tauros perspatia circi agunt, insiliuntque de fesos et ad terram cornibus detrabunt.

   Ni paró el festivo juego sólo en la orgullosa fiereza de los toros, valor y maestría de los rejonistas (que fueron premiados con los mismos despojos de su brazo), sino que sirvió también de admiración entretenida ver a uno déstos correr una tarde no menos regocijada que las demás en un ligero caballo hijo del viento; y en el mismo arrebatado curso, saltar de la silla al suelo y del suelo a la silla por varias veces, ya a la diestra, ya a la sinistra, sin que le estorbase la velocidad al bruto ni el jinete le impidiese la carrera; ante sí lo paró y sujetó cuando quiso. Este ejercicio de agilidad conseguían felizmente los romanos, licionados en unos ecúleos[29] de madera; haciendo a bajar y subir sin tardanza en las escaramuzas y tumultos de la guerra, como toca Virgilio.

 Corpora saltu

subiiciunt in equos.

   Y especifica Vegecio[30]: Non tantum a tironibus, sed etiam a stipendios is militibus salitio equorum districte semper est, exacta. Quem usum usque ad hanc aetatem, licet iam cum dissimulatione, peruenisse manifestum est. Equi lignei hieme sub tecto, aestate ponebantur in campo super hos iuniores primo inermes, dum cosuetudine proficerent, demun armati cogebantur ascendere. Tantaque cura erat ut non solum a dextris, sed etiam a sinistris et insilire, et dsilire condiscerent, e vaginatos etiam gladios vel contos tenentes. Hoc eim assidua meditationes faciebant scilicet ut in tumultu proelii sine mora ascenderent, quitam studiose excercebantur in pace. No despreciando esta prenda la grandeza de Pompeyo ni la majestad del César.

   De grande gusto y entretenimiento fueron las cinco tardes que duraron estos juegos plebeyos, ejercitados a uso deste Nuevo Mundo; pero de mayor estimación y aprecio para los cortesanos políticos [fue] otra, de las más plausibles que puede ocupar sin ponderaciones la Fama y embarazar sus trompas, en que a uso de Madrid, mantuvieron solo dos caballeros airosos y diestros en el manejo de el rejón quebradizo y leyes precisas de la jineta[31] en el caso: don Diego Madrazo, que pasó de la Corte a estos reinos en los preludios de su juventud, y don Francisco Goñi de Peralta, hijo deste mexicano país; dos personas tan llenas de prendas cuantas reconoce esta ciudad en las estimaciones que los mira. Y porque Polimnia significa la memoria de la Fama (según Diedma), cuidadosa de que las verdinegras ondas del Lete no escondieran en la profundidad del olvido los aseos robustos con que desempeñaron valientes la lid más trabada que las que admiró Italia (en sus espectáculos venatorios); pidiendo la venia al Délfico Padre,[32] pasó con invisible vuelo desde las amenas frescuras del Premeso hasta los sudores ardientes del circo cantando así (…):

 

CONTINUARÁ


[1] Dalmacio Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la literatura novohispana (1650-1700). Prefacio de José Pascual Buxó. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1998. 280 p. (Estudios de Cultura Literaria Novohispana, 13)., p. 193-232.

[2] Francisco J. Flores Arroyuelo: Del toro en la antigüedad: Animal de culto, sacrificio, caza y fiesta. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, S.L., 2000. 153 p. Biblioteca Nueva. (Colección la Piel de toro, dirigida por Andrés Amorós, 11)., p. 95. Los primeros juegos romanos o magni, hechos por disposición de Tarquinio tras tomar al asalto la ciudad de Apíolas, comenzaron a celebrarse anualmente en los Idus de septiembre, y con una duración de cuatro días, que más adelante fue ampliada a siete, y por último a secuencias mayores, en el circo que se construyó en el valle que corría entre las colinas del Aventino y Palatino, y al que se le dio en apropiada correspondencia el nombre de máximo, aunque estos juegos, según parece, vinieron a sustituir, magnificados, a otros que se desarrollaban en el Capitolio en honor de Júpiter Ferestrius hechos por iniciativa de Rómulo.

[3] Op. cit., p. 210.

[4] Silio Itálico: Tiberio Cacio Asconio Silio Itálico (c. 26-c101 d.C.), poeta latino autor de Púnica, el poema latino más extenso.

[5] Antonio de Robles en su DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32)., asienta que el lunes 16 (de noviembre) se empezaron a jugar toros por la entrada del rey en el gobierno (duraron seis días).

[6] Fernando Altamirano de Velasco: tercer sucesor del mencionado título. Fue corregidor de la Ciudad de México de 1675 a 1677.

[7] Ilustrada: ilustrar: engrandecer o ennoblecer.

[8] Planta: figura que forma sobre el terreno la cimentación de un edificio.

[9] Maestros: arquitectos.

[10] Teseo: alusión al pasaje donde Teseo logra escapar del laberinto de Creta gracias al hilo que le proporcionó Ariadna.

[11] Símbolo: la analogía o comparación: cualquiera cosa que por representación, figura o semejanza nos da a conocer o nos explica otra.

[12] Fray Payo Enríquez de Ribera: fue arzobispo de la Nueva España de 1670 a 1681; y, al mismo tiempo, virrey de 1673 a 1681.

[13] Pías: pía: el caballo u yegua cuya piel es manchada de varios colores.

[14] Ataujías: adornos hechos de oro, plata u otros metales embutidos unos con otros con suma delicadeza y primor, y con esmaltes de varios colores.

[15] Atezado: lo que tiene color negro.

[16] Libreas: vestido uniforme.

[17] A la chamberga: con casaca ancha cuya longitud pasaba de las rodillas.

[18] En vago: en vano: sin el sujeto u objeto a que se dirige la acción, y así se dice golpe en vago.

[19] Algarazas: alborozo. Algaraza: ruido de muchas voces juntas, pero festivo y alegre.

[20] Licionar: aleccionar, enseñar.

[21] Jarama: región de España famosa por la bravura de sus toros.

[22] Recatear: evitar.

[23] Mojarra: muharra: el hierro acerado que se pone en el extremo superior del asta de la bandera.

[24] Botes: golpes fuertes. Botes de lanza o pica: el golpe que se da o tira con la punta de alguna de estas armas.

[25] Atractivo: que lo llama.

[26] Fresno: sinécdoque de lanza.

[27] Agobiando: encorvando. Agobiar: inclinar o encorvar la parte superior del cuerpo hacia la tierra.

[28] Afijóse: se plantó.

[29] Ecúleo: artefacto que semeja a un caballo.

[30] Vegecio: Flavio Vegecio Renato, escritor latino del siglo IV d.C. Autor de un Epitome rei militaris.

[31] Jineta: cierto modo de andar a caballo recogidas las piernas en los estribos.

[32] Délfico Padre: Apolo.

 

 

 

 

PARTE II
POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.
   Veamos del Capitán Alonso Ramírez de Vargas, el

1677

 Romance a Carlos II.

 Soberano excelso Joven,

robusto y tierno Gigante,

que donde el valor anima

anticipa las edades…:

…Indicio fue del triunfo

que esperan tus estandartes,

ver -cuando a reinar empiezas-

las medias lunas menguantes.

(. . . . . . . . . .)

Cuando el bracelete animes,

la dura manopla calces,

el grabado peto ajustes

y el limpio acero descargues;

cuando el Andaluz oprimas

que al Betis la grama pace,

siendo -en virtud de su dueño-

la herradura corvo alfanje,

temerán los Federicos

al mesmo Carlos de Gante

confesando la ruina

lo que negaba el alarde.[1] 

   El nuevo Rey entraba al Gobierno a los 15 años; pero, nunca robusto, merecía nombrarse El Doliente y El Hechizado… Los toros muertos, con sus medias lunas menguantes, auguran derrotas de los mahometanos…

   Juan Gutiérrez de Padilla, lo abordamos aquí, no precisamente por tratarse de un poeta novohispano, sino de un músico ídem., (Málaga, ca. 1590-Puebla, 1664). Maestro de Capilla en Cádiz desde 1629, quien se destaca por realizar un trabajo no musicalizado -lo que se llama a capella– del autor español José de Valdivieso (1560-1638). La obra fue una Ensaladilla de Navidad donde el trabajo polifónico vocal se intitula Las estrellas se ríen y que es un juego de cañas a 3 y a 6, donde se entonaban entre otros, los siguientes versos:

Atabales toca, suenan clarines,

y las cañas juegan los serafines.

Que bien entra su cuadrilla

que bien corre, qué bien pasa,

aparta, aparta, afuera, afuera,

que entra el valeroso amor

cuadrillero de unas cañas.[2] 

   La ensaladilla comienza advirtiendo que Porque está parida la Reina / corren toros y cañas juegan. A todo ello en lo particular nos imaginamos un gran cuadro, en la Plaza Mayor, o en el Volador, entonándose los dichos versos, o siendo interpretada por chirimías, atabales, sacabuches, flautas de pico. Ora espineta, viola da gamba, tromba marina; ora el rabel, ya la guitarra barroca o el laúd; ya la vihuela, los orlos o las bombardas…

   En el tendido soleado saludamos al capitán Don Alonso Ramírez de Vargas quien en su Sencilla Narración de las Fiestas Grandes por haber entrado D. Carlos II, q.D.g. en el Gobierno publicada en 1677, incluyó su famoso Romance de los Rejoneadores bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Peralta y Madrazo.

CONTINUARÁ

 
[1] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 94.
[2] José María de Cossío: Los toros en la poesía castellana. Argentina, Espasa-Calpe, 1947. 2 vols. Vol. II., p. 56-57.

 

 

 

 

PARTE I
POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Los siguientes textos, que tomarán varias jornadas y un buen número de folios para su conocimiento, habrán de permitirme compartir con vuesas mercedes uno de los casos más representativos del significado majestuoso de la corrida de toros durante el virreinato y, a lo que se ve, el autor de quien me ocupo, que es ni más ni menos que el Capitán D. Alonso Ramírez de Vargas, fue prodigioso en ese sentido durante el tiempo en que estuvo vigente.

Antes de continuar, quiero mencionarles a ustedes que este, como muchos otros datos que presentaré en lo sucesivo, forman parte de mi libro “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, trabajo cuya aventura comenzó en 1986 y persiste en este 2010, cuando ya he logrado reunir cerca de 1400 poemas donde hay de todo; bueno, malo y regular. En casi 2 mil cuartillas, realizo un recuento introductorio que tiene que ver con cada siglo de recorrido, para luego mostrar, en forma cronológica –y cuando el caso lo requiere, con todas las anotaciones pertinentes-, los poemas recogidos en diversas investigaciones y lecturas. Tengo la certeza de que este ejercicio gozoso continuará por no sé cuánto tiempo más, pero eso, enriqueciendo el bagaje de dicha expresión para sorpresa y admiración de todos nosotros.

 Y bien, llegamos a lo que se puede considerar el primer gran ejercicio literario que dedica buena parte de la obra al asunto taurino. Se trata del Romance de los Rejoneadores que es parte de la Sencilla Narración… de las Fiestas Grandes… de haber entrado… D. Carlos II, q. D. G., en el Gobierno, México, Vda. De Calderón, 1677. Dicha obra celebra las Fiestas por la mayoridad de D. Carlos II, 1677. El Capitán D. Alonso Ramírez de Vargas ofrece una delectación indigenista en esta Sencilla Narración… y refulgen los romances para los rejoneadores –una de las más garbosas relaciones taurinas al gusto de Calderón-…

D. Carlos II, el postrer Habsburgo de España, había tenido un bello rasgo de piedad Eucarística, cediendo su carroza a un Sacerdote que a pie llevaba el Viático a una choza, etc.; tal lo narró en una Copia de Carta escrita de Madrid (México, 1685), realizada con varios sonetos de ingenios de esta Corte. Así, en el Anfiteatro de Felipe el Grande, de Pellicer (Madrid, 1631), una bala certera de Felipe IV, fulminando a un Toro, había hermanado –cada uno con su soneto- a Lope y Calderón, Quevedo y caro bán, Rioja y nuestro Alarcón, Valdivieso y Jáuregui, Esquilache y Bocángel…; y estotra gallardía de Carlos II, -regia humildad católica, y con el oro viejo de la tradición de la Casa de Austria-, merecía, más que el tiro de Felipe, el lírico aplauso.

Del Capitán Alonso Ramírez de Vargas (1662-1696), quien a decir de Octavio Paz “fue poeta de festejo y celebración pública”, entre los que hubo en la Nueva España “mediano… pero digno”. Autor “de varios centones con versos de Góngora, fue sobre todo un epígono del poeta cordobés, aunque también siguió a Calderón, a Quevedo y, en lo festivo, al brillante y desdichado Anastasio Pantaleón de Ribera, muerto a los 29 años de sífilis”. Ramírez de Vargas –sigue diciendo el autor de Las trampas de la fe-,[1] tenía buena dicción y mejor oído…” Pues bien, de tan loado autor es su famoso Romance de los Rejoneadores, parte también de la Sencilla Narración…, bella pieza que deja evidencia de la actuación de dos nobles caballeros, Francisco Goñi de Peralta y don Diego Madrazo a los que les

 Salió un feroz Bruto, josco

dos veces, en ira y pelo,

el lomo encerado, y

de Ícaro el atrevimiento.

La testa, tan retorcida

en el greñudo embeleco,

que de Cometa crinito

juró, amenazando el cerco.

 
Y Francisco Goñi de Peralta
 

Quebró veinte y seis rejones,

y según iba, de fresnos

dejara la selva libre,

quedara el bosque desierto,

y –a ser la piel de Cartago-

en cada animal horrendo

Reino la hiciera de puntos

con Repúblicas de abetos.

CONTINUARÁ


[1] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz, o Las Trampas de la Fe. 3ª. Ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 673 p. Ils., retrs., fots. (Sección de obras de lengua y estudios literarios)., p. 82, 327, 407-408.


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