DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. ENTREGA Nº 18.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Juan Silveti ya ha pasado por aquí. Debo recordar que en una de las primeras entregas de esta serie, su figura quedó plasmada en la imagen del Silveti dispuesto a la guerra. Ahora, vuelve por aquí, más “engallado”, con ganas de echarle a perder un rato al que se quiera poner en frente. Y es que don Juan, no se deja ganar la pelea. Sus afanes no tienen límite, y si fuese necesario ha de montar a caballo y meterse, como dicen que ocurrió en su momento, a algún escenario de teatro, para “robarse” a la actriz o a la tiple de moda. Entre que sea verdad o una mera leyenda, el caso es que Silveti, el primero de la dinastía que ahora se consolida con Diego Silveti, que viene y viene triunfando fuerte por ruedos españoles, parece aconsejarle a su bisnieto que llevar ese apellido significa orgullo. Y no cualquier clase de orgullo.

   ¡Aquí estoy yo, para el que quiera algo de mí…!

   Esa expresión parece reflejarse en el retrato que, en 1922 publicó en portada El Universal Taurino, donde Juan Silveti, adoptando el estereotipo de charro, parece asumir la forma y representatividad de un nacionalismo que comenzaba a forjarse por aquellos años posteriores, pero todavía metidos en el proceso revolucionario, el cual dejó, entre otras cosas, la firme tarea de reivindicar y revalorar al México que estaba recuperándose de las mil y un batallas emprendidas desde el momento en que Francisco I. Madero imaginó, en el Plan de San Luis y luego en la Sucesión Presidencial de 1910 como la utopía que recuperaba, en buena medida, las condiciones ideales de un país que había venido sufriendo despojos y marginación.

Col. del autor.

    En ese rostro hay firmeza, contundencia, seguridad, fijeza del hombre que, aderezado de un sombrero de ala ancha, con filetes en oro, llevado de “lao”, el barbiquejo en el mentón, con ese enorme puro que caracterizaba al torero, el paliacate o más que paliacate, la bufanda enroscada en el cuello y esa camisa blanca con que se sellaba la imagen más nítida del charro, como quizá no se había visto desde los tiempos de Ponciano Díaz y que Silveti recuperó e hizo suya en el icono que daba razón de ser a tan pertinente como impertinente investidura.

   En mi MANOJO DE VERSOS DEDICADOS AL VALIENTE TORERO JUAN SILVETI, que estoy reuniendo para representar dignamente a uno de los personajes más peculiares que ha dado México en el siglo XX, escribo lo siguiente:

   Uno de los toreros mexicanos que ha sido centro y motivo de elogios y exaltaciones, gracias a su protagonismo o a muy particulares especificidades en el desarrollo de su quehacer, ha sido Juan Silveti Mañon (8 de marzo de 1893-11 de septiembre de 1956).

   Por tal motivo, me parece más que apropiado, reunir un manojo de versos, los que a lo largo del siglo XX le fueron prodigados por diversas plumas, algunas de ellas anónimas. Pero en cuanto a las muy afortunadas en su exquisitez literaria, encontramos dos ejemplos claves: uno, el de Alfonso Camín, quien le dedica la Epístola a Juan sin Miedo (1934) así como el trabajo del modernista Rafael López en una Loa Humorística (publicado en 1957) simplemente fascinante.

   Margarito Ledesma,[1] poeta popular del que se dijo que era un humorista involuntario, también se une a la causa con el célebre poema A Juan SILVETE (sic) que es todo un himno de la puesta en escena, debida a una muy recordada actuación del diestro de la tierra, asimismo entendida por el poeta de Chamacuero,[2] Guanajuato (hoy día Comonfort).

   De ahí que traiga hasta este espacio unos versos que delínean el carácter y la personalidad del “Tigre de Guanajuato”.

 DE “JUAN SIN MIEDO”

 (Juan Silveti) (Bola suriana)

 Aquí estoy, mis vales, yo me hago presente

pues quiero contar a ustedes

todita la historia del gran cuatezón

el merito Juan Silveti.

 

En un Rancho del Estado del famoso Guanajuato

nació Juanito Silveti, del público idolatrado.

 

Desde muy pequeño se portó muy bien

con todos sus familiares,

pues es de los hombres de gran corazón

para remediar los males.

 

Como fue creciendo le gustó tener

dinero pa´ la versada

y desde pequeño empezó a tener

profesión muy arriesgada.

 

En su tierra trabajaba todito el día en el Rastro

de ahí nació su afición para llegar a ser astro.

 

Era Juan Silveti un muchacho listo

muy bueno pa´ las capeas,

en sus ratos de ocio se solía ensayar

con unas vacas muy feas.

 

Como esas no le llenaban para sus aspiraciones

empezó a torear novillos ante sus admiradores.

 

Juanito ha tenido toda su vida

el corazón muy bien puesto,

él quería llegar a la Capital

para ocupar un buen puesto.

 

Se presentó en “El Toreo” y con tan buena fortuna,

la Empresa lo contrató para una prueba muy dura.

 

Toreó con toditos los que más picaban

y le vinieron muy flojos,

a esos novilleros Juanito les dijo:

-¡Ahí va el peine!, ¡ábranse, piojos!

 

Después de tanto luchar le dieron la alternativa

y a España reparó luego muy rápido su salida.

 

Llegó a los Madriles, se hizo popular,

“El Meco” de Juan Silveti

en todos los lados se dio a respetar

con el público exigente.

 

Luego de vuelta a su tierra fue el terror de los toreros

pues tiene tan gran valor pa´ meterte entre los cuernos.

 

Juanito Silveti, por todos querido,

es el amo del cotarro,

pues es el torero a quien más le cuadra

andar vestido de charro.

 

Con su puro y su mascada, con su pistola al cinto,

sombrero de calavera va en su caballo retinto.

 

A todos saluda, a nadie hace menos,

por eso lo quieren bien;

le habla al diputado, le habla al general

como al preso de Belén.

 

Cuando va en auto amarillo (los técnicos) le saludan[3]

él se arregla su mechón, sabe guardar compostura.

 

A todos él quiere, si al paso se encuentra

les tiende franca su mano;

 

“Manito”, le dice al hijo del vecino

para él todos son hermanos.

 

Por eso cuando torea, aunque haga mucho calor,

ahí están sus cuatezones todititos los de Sol.

 

En España tuvo una gran cornada

de un sufrimiento tremendo,

se la dio en Valencia un toro español

cornigacho y muy berrendo.

 

Cuando salió de esta herida a México se volvió,

y a toditos sus paisanos, que es muy hombre, demostró.

 

Por aquel entonces aquí hacían furor

Belmonte y Sánchez Mejías

y el guanajuatense, con su regadera,

les daba los buenos días.

 

Solamente con Gaona se ha portado muy parejo

pues Silveti es muy valiente y Gaona, su maestro.

 

Se fue Juan Silveti a torear a Lima

y su trabajo gustó,

el público a gritos pedía que volviera,

la empresa lo contrató.

 

Volvió a su tierra contento, lleno de satisfacción,

su público fue a esperarlo a la merita Estación.

 

La empresa fue a verlo y lo contrató

pa´torear la “Covadonga”

con Sánchez Mejías y con Algabeño

lo que de luego aceptó.

 

Toros de “Coaxamalucan” mandaron pa´la corrida

y el primer toro le dio a Juanito gran cogida.

 

-¡Juanito se muere! –la gente decía y

los doctores con tristeza,

si les preguntaban que cómo seguía,

nomás movían la cabeza.

 

La Providencia Divina quiso que al fin se salvara

de las garras de la muerte por esa gran cornada.

 

Todos a Silveti debemos querer,

pues lleva sangre de hermano,

porque él nunca niega y a orgullo lo tiene

ser purito mexicano.

 

Aquí se acaba el corrido del “Cuatezón Juan Silveti”,

el orgullo de la raza por lo noble y lo valiente.

 

Andrés Alcántara.[4]

Col. del autor.


[1] Seudónimo de Leobino Zavala, (Uriangato, Guanajuato, 1887 – San Miguel de Allende, 1974).

[2] El nombre primitivo del municipio fue Chamacuero, vocablo tarasco que significa “derrumbarse” o “lugar de ruinas”. El día 1º de enero de 1562 don Francisco de Velasco la declara Villa de Chamacuero y el primer asentamiento ordenado tiene lugar en el barrio actualmente conocido como San Agustín. Por decreto del Congreso del estado se le denomina Chamacuero de Comonfort.

[3] Policías de tipo británico llamados “Técnicos” durante el Gobierno del general Plutarco Elías Calles, 1925-28.

[4] Vicente T. Mendoza: Lírica narrativa de México. El corrido. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1964. 419 p. Ils., retrs., facs. (Estudios de Folklores, 2)., p. 347-350. Letra de Andrés Alcántara. Hoja impresa. Ed. Eduardo Guerrero (s/f). 

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