EN EL CENTRO DE LOS PRODIGIOS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

EN EL CENTRO DE LOS PRODIGIOS. UNA HISTORIA CULTURAL DEL JUEGO, EL SUSPENSO Y LO EXTRAORDINARIO, DE MAURICIO SÁNCHEZ MENCHERO.

   Todos los aspectos de los que se ocupa Mauricio Sánchez Menchero, invariablemente tienen que ver con el desarrollo de los espectáculos públicos metidos en la entraña de la sociedad española decimonónica, para lo cual no queda sino comprobarlo con la lectura gozosa de En el centro de los prodigios[1] la cual resultó para mí un descubrimiento, pues aunque tengo clara conciencia de la dinámica aquí planteada, nunca me había encontrado con un trabajo de investigación tan acucioso que no sólo va a las fuentes, sino que las desmenuza y las contextualiza en términos muy acertados, lo que lo convierte en un HISTORIADOR, así, con mayúsculas y que se atiene a aquella grata recomendación que algún día nos legó otro grande: Edmundo O´Gorman quien dijo al respecto del quehacer de los historiadores:

 Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

   …y como decimos los taurinos: “Al toro que es una mona”.

   El texto de Sánchez Menchero va más allá de la simple apreciación que tiene no sólo el aficionado. También el estudioso en su conjunto. Su visión supera con mucho a los “clásicos” proporcionando instrumentos que permiten alejarse de unos conceptos que parecían imponerse como dogmas a riesgo de quedar sembrados como sentencias o juicios sumarios. Ahora bien, en el ámbito taurino suele creerse a pie juntillas el comentario que se sustenta en la fuente poco confiable, poco analizada y que por razones que yo consideraría como golpe de suerte, se sostienen como infalibles.

 

   Aquí encontramos la rica propuesta del investigador cuyas visiones e interpretaciones no se casan con la enajenante obsesión en que caen los taurinos movidos más por la pasión que por la razón. Celebro el hecho de que mi colega y amigo haya logrado un sondeo poco común en momentos donde ya se hacía necesaria una fresca aportación de elementos que subyacen del velo misterioso de un puente inestable entre los siglos XVIII y XIX por donde transitaron expresiones no sólo taurinas; también parataurinas, complemento no solo escenográfico sino protagónico de unas manifestaciones que escaparon al control de la propia tradición. Esto es, que el toreo en medio de intensos reacomodos con objeto de evitar el caos que produjo la transición monárquica de Austrias a Borbones, manifestó reacciones con síntomas como las mojigangas y sus derivados, mientras el espectáculo taurino buscaba ordenarse, reglamentarse, profesionalizarse hasta conseguirlo bien entrado el siglo XIX, mientras esos otros divertimentos desaparecían o daban su último adiós como meros recuerdos de dos centurias que permitieron amalgamar y definir rutas en expresiones –la taurina y la circense en su conjunto-, hasta separarse definitivamente.

   Sánchez Menchero logra independizar y explicar cada expresión para luego integrarla en la unidad no siempre articulada que fue la corrida de toros durante esos dos siglos que parecen convertirse en el laboratorio donde concurrieron el pueblo y la inventiva, el arrojo y la creación. El relajamiento y la búsqueda del equilibrio.

   Pues bien, con esta primera apreciación debo decirles que, para tener una idea de conjunto, sus observaciones me remiten a hacer un balance de un espejo de la realidad plasmada En el centro de los prodigios. Una historia cultural del juego, el suspenso y lo extraordinario, que es, en forma de este libro maravilloso, la culminación de un amplio estudio que lo llevó a obtener el grado de Doctor en Historia de la comunicación social, por la Universidad Complutense de Madrid. Y es que me refiero al particular acontecer del espectáculo taurino en el México del XIX, que recoge y hace suyos muchos de los elementos estructurales de los que se constituye la tauromaquia de a pie concebida como tal en España, pero va a ser en ese México, como antes ocurrió con el virreinato, donde se perciba una fuerte presencia espiritual, hermanada a la reciente independencia, aunque sin negar los distanciamientos habidos con la España que sigue siendo tutora, pero tutora a distancia.

   Y es que en esa España de entresiglos tuvo que irse configurando un espectáculo donde los nuevos actores principales fueron los toreros de a pie, que se están incorporando de manera contundente al espectáculo mientras finaliza el siglo XVIII. Quedaron atrás aquellas estampas del toreo detentado por la nobleza, un toreo que en su mayoría se practicaba desde el caballo, siendo la plaza mayor de muchas poblaciones el espacio para esos torneos. Una casa reinante como los Borbones, poco afecta al toreo, en alianza con la asunción de los ilustrados que cuestionaban severamente la vigencia de aquel espectáculo bárbaro y retrógrado, pusieron en vilo la continuidad del toreo caballeresco, lo que, por otro lado permitió que irrumpiera el pueblo, haciendo suyo el espectáculo, en medio del caos, puesto que las reglas o disposiciones sólo estaban hechas desde siglos atrás para la expresión ecuestre. Fue necesario entonces que uno de los principales actores en escena, el sevillano José Delgado, mejor conocido como Pepe-Hillo dictara a un su amigo, José de la Tixera las primeras experiencias que se materializaron en la Tauromaquia o arte de torear. Obra utilísima para los toreros de profesión, para los aficionados y toda clase de sujetos que gustan de toros, cuya primera edición se publicó en Cádiz en 1796. Este instrumento fue rector en el devenir y futuro de la tauromaquia entendida no sólo como diversión pública, sino como espectáculo crematístico del que, al finalizar el siglo XIX, tanto en España como en México logró alcanzar su sentido profesional.

   Para ello fue necesario una suma de condimentos entre los que el cartel anunciador jugó un papel en el que no sólo se anunciaban un conjunto de diversas representaciones, sino que fue el elemento discursivo por parte de empresarios y toreros que echaron mano de la retórica de aquella época para atraerse correligionarios, materializando aquellas extravagancias en realidades que hoy nos parecerían mero fruto de la fascinación o la invención.

   Para muestra, un ejemplo.

 PLAZA DE TOROS EN SAN PABLO. JUEVES 13 DE DICIEMBRE DE 1839.

Función extraordinaria a beneficio del hospital de mujeres dementes.

   La piedad de los mexicanos ha tenido su mano benéfica a los establecimientos del hospicio y casa de expósitos de esta capital, proporcionando recursos a favor de los infelices que en él se encuentran, ya por medio de suscripciones y ya dedicándoles espectáculos públicos, cuyos productos han contribuido eficazmente al logro de sus piadosos deseos. Mas su celo filantrópico, no ha fijado su atención a otro establecimiento igualmente benéfico a la humanidad, cual es el de mujeres dementes que existen en el hospital del Divino Salvador.

   Este sin duda reclama imperiosamente una mirada de compasión; porque aquellas desgraciadas están careciendo aún de los auxilios más precisos e indispensables por falta de recursos. Tan lastimosa situación que llegó a noticia de mi esposa, la compadeció en sumo grado, y desde luego formó el proyecto de auxiliarlas en cuanto le fuese posible, poniendo pues en práctica sus deseos y contando con la filantropía de sus paisanas a quienes las considera animadas de los mismos sentimientos, a vista de cuadro tan lastimoso y con la cooperación de todos los mexicanos, me pidió una función de toros a beneficio de este Hospital, no dudando que unas y otros contribuirán por su parte al mayor brillo de ella, y aumentando sus productos. Habiendo yo accedido a su petición, deseoso asimismo por mi parte de contribuir a tan loable objeto, no sólo por una vez cedí este día que por su solemnidad es uno de los que en la empresa saca algunas utilidades, sino que me propongo anualmente darlo a dicho beneficio, interin yo sea el propietario de la empresa, destinando sus productos al solo fin de vestir la desnudez de aquellas desgraciadas. Para que estos tengan todo el aumento necesario, he procurado ahorrar todos los gastos posibles, a cuyo efecto invité a las compañías y dependientes de la plaza, para que dejasen la parte que voluntariamente quisieran de sus sueldos, y éstos generosamente dejan la cuarta parte de ellos. Este ahorro, con lo que me prometo sacar de las lumbreras de sombra que he destinado a las autoridades y familias acomodadas de esta capital, a cuyas localidades no he querido señalar precio alguno, dejándolo arbitrario a la generosidad de éstas, y lo que produzca la entrada eventual, formarán sin duda una cantidad capaz de cubrir aquel fin que nos hemos propuesto, al mismo tiempo que patentizadas por este medio tan graves necesidades de aquel útil establecimiento, encontrarán sin duda otros protectores que las alivien enteramente. La función está distribuida del modo siguiente:

   Seis toros escogidos de la sobresaliente raza de la hacienda del Astillero, de los cuales uno será embolado para que jueguen los Figurones en burro, cuyo intermedio por ser de suma diversión a los concurrentes, se ha preferido a cualesquiera otra.[2]

   Indudablemente se trata de un “discurso” planteado por el polémico empresario Manuel Barrera (por cierto Rafael Herrerías es un Manuel Barrera redivivo), a quien la Doctora Ana Lau Jaiven ha dedicado un amplio trabajo que tituló: Las contratas en la ciudad de México. Redes sociales y negocios: el caso de Manuel Barrera (1800-1845), publicado por el Instituto “Mora” en 2005.

   Cito a continuación un catálogo de aquellas recreaciones o elementos parataurinos, decorado infaltable en las corridas de toros durante buena parte del siglo XIX mexicano:

   Durante buena parte de ese siglo, se llevaron a cabo representaciones del más curioso tono tales como cuadros teatrales que llevaron títulos de este corte: «La Tarasca», «Los hombres gordos de Europa», «Los polvos de la Madre Celestina», «Doña Inés y el convidado de piedra», “El macetón floreado”, entre muchos otros, que se trasladaron del teatro a la plaza. A esta circunstancia se agregan los hombres fenómenos, globos aerostáticos como fueron las ascensiones de Adolfo Theodore, Eugenio Robertson, Benito León Acosta, Joaquín de la Cantolla y Rico, así como algunos otros aventurados en estos menesteres. No puede faltar el imprescindible coleo, el jaripeo y el manganeo, donde sus mejores representantes fueron Pedro Nolasco Acosta, Lino Zamora, Ignacio Gadea, y desde luego Ponciano Díaz, todo ello salpicado de payasos, enanos, saltimbanquis, mujeres toreras (como Pilar de la Cruz, que actuó en 1810 o María Aguirre e Ignacia Fernández “La Guerrita” que destacan al finalizar el XIX, junto con la española Margarita Fernández, quien ostentaba el alias de La Dorada a fuego, fungiendo como picadora; de ella se apuntaba en la prensa: “Esa Dorada a fuego debe ser un dije”) sin faltar desde luego la «lid de los toros de muerte». Esto como base y fundamento del toreo español, que finalmente no desapareció del panorama. No puede quedar de lado la presencia de personajes como Alejo Garza, “El hombre fenómeno”, a quien faltándole los brazos, realizaba una serie de evoluciones como aquellas ocurridas la tarde del 7 de febrero de 1858, en la plaza de toros del Paseo Nuevo. Y para muestra, traigo aquí el contenido del cartel:

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO. Magníficas y extraordinarias funciones para el domingo 7 de febrero de 1858, en obsequio del Exmo. Sr. Presidente interino, general D. Félix Zuloaga, y de los dignos generales y jefes del ejército.

TOROS DE ATENCO.

MAGNÍFICOS FUEGOS DE ARTIFICIO.

ILUMINACIÓN GENERAL.

EXTRAORDINARIO FENÓMENO

ALEJO GARZA

CUADRILLA DE B. GAVIÑO.

   Participando la empresa del regocijo público que justamente han causado los últimos sucesos, que han dado por resultado un día de gloria a México y una fundada esperanza ala Repúblicatoda, de que muy breve será restablecida la paz y el orden, se propone solemnizar la tarde de este día con una extraordinaria y sobresaliente función, que honrará con su presencia el

Exmo. Sr. General presidente interino D. Félix Zuloaga, y tendrá su verificativo en el orden siguiente:

   Comenzará la corrida, en la que se jugarán SEIS TOROS escrupulosamente escogidos de lo mejor que hoy tiene el cercado de Atenco, y para lo cual ha tomado el mayor empeño el señor propietario, deseando contribuir por su parte al brillo de la función.

   Para que ésta sea verdaderamente extraordinaria, la empresa tiene la satisfacción de anunciar que en uno de los intermedios se presentará, por primera vez en esta plaza, ALEJO GARZA, el sorprendente fenómeno que, careciendo de manos y brazos, ejecuta admirablemente cosas tan extraordinarias que, apenas se les podría dar asenso si el sentido de la vista no las ratificara. En la tarde de hoy ejecutará las siguientes:

1ª.-Cargará y disparará una escopeta.

2ª.-Bailará un trompo y tres perinolas.

3ª.-Bailará una chicharra ó peonza.

4ª.-Barajará un naipe.

5ª.-Ensartará una aguja de chaquira con seda.

6ª.-Sacará lumbre con eslabón y piedra.

8.-Tirará de pedradas con una honda.

9ª.-Lazará un caballo en la velocidad de su carrera, lo ensillará y montará.

   Continuará la corrida con los otros toros de juego, terminando con el TORO EMBOLADO para los aficionados.

   En seguida aparecerá la plaza brillantemente iluminada, y tendrán lugar unos HERMOSOS FUEGOS ARTIFICIALES, preparados por el mismo hábil pirotécnico D. Zeferino Jiménez, siendo de las principales una hermosa MACETA DE VERSALLES, adornada con exquisitas flores de nueva invención; alternando los intermedios con magníficos cohetones.

   Con toda la mezcla anterior -que tan solo es una parte del gran conjunto de la «fiesta»-, imaginemos la forma en que ocurrieron aquellos festejos, y la forma en que cayeron en ese desorden y esa anarquía auténticamente válidos, pues de alguna manera allí estaban logradas las pretensiones de nuestros antepasados.

   Por otro lado, los hermanos Ávila –también toreros- pasan por ocupar un decanato de alrededor de cincuenta años es decir, no hay una precisión al respecto debido a que existen noticias que los remontan a 1808 y otras a 1819 en Necatitlán, así como en la plaza del Boliche respectivamente; y hasta 1857, tanto Luis como Sóstenes son quienes ocupan la atención.

   Gracias a los testimonios de la Marquesa Calderón de la Barca quien en la novena carta de La vida en México deja amplísima relación de una corrida presenciada a principios de 1840, pero sobre todo una frase que sintetiza su apreciación sobre el espectáculo que admiró. Esta mujer, Frances Erskine Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y, estando en Tulancingo manifiesta lo siguiente:

 Los toros son como el pulque, al principio les tuerce uno el gesto; después les toma uno el gusto (…).

   Conforme pasaban los años, el espectáculo taurino arraigó de manera especial, sobre todo en el centro del país, pero tuvo que llegar el año de 1867, mismo en el que al finalizar este se aplicó para la empresa de la plaza capitalina la Ley de Dotación de Fondos Municipales, debido al hecho de que el empresario en turno, José Jorge Arellano no estaba al corriente en pago de impuestos, por lo que la sanción se aplicó en forma tajante, y además, quedó firmada por Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada. Aquella medida aplicó 20 años, por lo que el espectáculo taurino tuvo que refugiarse en provincia, enfrentando además las fuertes embestidas de un frente de liberales bien posicionados que encabezaba en lo fundamental Ignacio Manuel Altamirano. Su condición a favor del progreso, la influencia que ejerció el positivismo fueron aspectos que desacreditaron el espectáculo, al grado de que esas ideas permearon en una buena parte de la prensa, misma que desdeñó el curso de las corridas, y apenas tenemos alguna idea de lo que fueron a lo largo de ese tiempo de restricción. Aún así, tanto empresarios como toreros pudieron organizar festejos en los alrededores de la ciudad de México en plazas como Puebla, Amecameca, Texcoco, Cuernavaca, Toluca, Tenancingo, Tlalnepantla e incluso en el Huisachal. Para entonces la corrida como espectáculo había perdido un enorme peso de importancia porque estaba detentada por improvisados que de tanto agregar decorados o maquillaje en exceso, hicieron que se perdieran muchos de los elementos originarios que le eran consubstanciales al toreo, de ahí que entandamos el hecho de un fuerte posicionamiento del jaripeo como expresión nacionalista, así como el coleo, el manganeo y otros elementos que crearon un diálogo permanente entre lo rural y lo urbano. También aparecieron los payasos, las mojigangas, el toro embolado, la cucaña o palo ensebado, o aquellos toros que salían al ruedo adornada la testuz por monedas de plata y oro en espera de valientes que se las desprendieran burlando embestidas en toreras demostraciones próximas a una hazaña. Allí está también la génesis del “Tancredo”, ese personaje que, vestido de blanco, se colocaba de pie en un pedestal, esperando en forma por demás arriesgada que el toro que salía de los toriles no terminara más que acercarse y olisquear al susodicho quien, terminada la suerte, era premiado con cerrada ovación. Pues bien, ese antecedente se le vio en México hacia la octava década, del XIX cuando Antonio González “El Orizabeño” realizaba el mismo alarde, solo que vestido de esqueleto. La suerte fue conocida entonces como “el esqueleto torero”.

   Al reanudarse las corridas de toros en el Distrito Federal, a principios de 1887, quien ya se encontraba en el candelero era el torero Ponciano Díaz, un híbrido, pues lo mismo a pie que a caballo realizaba diversas suertes que provocaron no sólo la locura colectiva, sino que también surgió una fuerte pugna que de nacionalismo pasó al deforme patrioterismo, y más aún cuando justo en ese año que refiero, ocurre la reanudación de las corridas con la llegada de toreros españoles que, en masa, se apoderaron del ambiente de los cuernos en este país. Tal fue la dimensión de aquel capítulo que en específico he denominado como “reconquista vestida de luces”.

   Plazas como las de Puebla, Querétaro, Hidalgo, pero fundamentalmente del estado de México (Tlalnepantla, Texcoco, Cuautitlán y el Huisachal) fueron los mejores sitios para el desarrollo de esa tauromaquia aborigen, dueña de unas propiedades sumamente particulares, donde el concepto híbrido: a pie y a caballo, junto con ascensiones aerostáticas, locos, payasos, saltimbanquis, fuegos de artificio y otras cosas notables establecieron las condiciones con las que se condujo el toreo, de 1868 a1886, antes de la etapa que llamo como la reconquista vestida de luces, la cual debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   El grupo de diestros españoles que tiene aquí protagonismo central, aparece desde 1882, aunque los personajes centrales sean José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos “Ojitos”, cuya llegada se va a dar entre 1882, 1885 y luego en 1887. Esa fue suma de esfuerzos que determinó una nueva ruta, afín a la que se intensificaba en España, por lo que era conveniente acelerar las acciones efectuadas en nuestro país, hasta lograr tener el mejor común denominador. Los toreros mexicanos –en tanto- no solo tuvieron que aceptar, sino adecuarse a esos mandatos para no verse desplazados, pero como resultaron tan inconsistentes, poco a poco se fueron perdiendo en el panorama. Pocos quedaron, es cierto, pero cada vez con menores oportunidades. Y Ponciano Díaz, que vino a convertirse en el último reducto de todas aquellas manifestaciones, aunque aceptó aquellos principios, no los cumplió del todo, e incluso se rebeló. Y es curioso todo el vuelco que sufrió el atenqueño, porque después de su viaje a España, a donde fue a doctorarse el 17 de octubre de 1889. Creyó que su regreso sería triunfal. No fue así. Los aficionados maduraron rápidamente en aquel aprendizaje impulsado por la prensa, y se dieron cuenta por lo tanto, de que Ponciano ya no era una pieza determinante en aquel cambio radical que dio como consecuencia la instauración del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

   De igual forma, los comportamientos de la prensa taurina en los últimos 15 años del siglo XIX, determinaron un conjunto de decisiones con que pudieron definirse nuevos criterios que hicieron suyos los aficionados taurinos en su totalidad, tan necesitados entonces de una guía específica y doctrinaria.

   En 1884 aparece el primer periódico taurino en México: El arte de la lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”. Bonilla es nada menos que el apoderado de Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español. En 1887, en contraparte surge La Muleta dirigida por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. Un dato por demás curioso: entre 1884 y 1911 existe un registro de hasta 120 títulos de periódicos en todo el país que abordaron el tema.

   A lo anterior deben mencionarse las tareas del centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios periodistas entre los que destacan: Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazaba definitivamente cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Iniciada la segunda mitad del siglo XIX, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron Atenco, San Diego de los Padres, propiedades ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas en el valle de Toluca. En 1836 fue creada Santín, bajo la égida de José Julio Barbabosa que surtió de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

   Durante el periodo de1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegando procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces.

   El 16 de marzo de 1887 en la plaza San Rafael se desarrolló una pésima corrida en que los toros de Santa Ana la Presa fueron malísimos. Sin embargo el sambenito de aquel desaguisado se le colgó a Luis Mazzantini, diestro español que toreó el 1º de diciembre de 1889 en El Paseo. La destrucción de la plaza, fue motivo más que suficiente que originó una nueva prohibición contra las corridas de toros. Su duración fue de cuatro años. Luis Mazzantini, tuvo que poner pies en polvorosa, y estando ya en la estación del ferrocarril, pronunció una frase rotunda que iba así: “¡De México, ni el polvo quiero!”. Claro, dijo la prensa: ¿Pero qué tal las talegas de dinero?

   Y es que aquella irrupción de toreros españoles, al principio de aquella re-volución, o re-evolución tuvo tonalidades de riesgo, las que poco a poco fueron atenuándose conforme se entendían mejor sus principios y postulados técnicos y estéticos, con los que prensa y afición terminaron aceptando de manera definitiva. Ya no había otro camino. Renovarse, o morir.

   Para bien o para mal, nunca como sentido maniqueo, la presencia española en ruedos mexicanos, se consolidó como auténtica “reconquista vestida de luces”. Pocos fueron los diestros nacionales que pudieron ponerse a tono con los hispanos, por lo que tuvieron que pasar buen número de años en lo que surgía el más adelantado alumno de aquella naciente edad taurina mexicana, en la persona de Rodolfo Gaona.

   Esta es, además, la generación de varias rupturas, ya sea porque tienen frente a sí a un México que se ha levantado apenas del amargo capítulo de la Revolución, fenómeno a gran escala que no se daba desde hacía un siglo, independientemente de otras jornadas bélicas que alteraron los alcances de una paz deseada, la cual fue posible, “hasta el triunfo dela República en que se logra la conquista de la nacionalidad”, como apunta Edmundo O´Gorman, tras haber superado los pulsos más agitados, donde las más diversas filiaciones anhelaron el poder: realistas, independentistas, federalistas, centralistas, monarquistas y finalmente la dictadura.

   No es casual que Rodolfo Gaona fuese el modelo a seguir. La doctrina de Saturnino Frutos “Ojitos” –su maestro- fue decisiva para crear todo un concepto de nueva escuela mexicana del toreo, depósito de experiencias cuyas raíces nacen con Cayetano Sanz. Luego, su sólido tronco lo sustentan “Lagartijo” y “Frascuelo” y, la armonía de su ramaje se va distribuyendo bajo la contribución generosa (no por ello rígida) desplegada por Saturnino Frutos, que encontró en México un caldo de cultivo rico en posibilidades. Los resultados, saltan a la vista.

   Finalmente, recupero, para cerrar y celebrar la que hoy se convierte en la presentación en sociedad de este libro, visión muy amplia, quizá la primera que se da desde la academia, abarcando no uno; varios componentes de las diversiones públicas, que, en específico su autor se ocupa sobre las ocurridas en la España del siglo XIX. Aquí, y con la venia de Mauricio Sánchez Menchero, procuré realizar una faena a contraestilo de su propia obra, demostrando que aquella metáfora del “espejo enterrado” por lo menos no se corresponde con todo lo ocurrido a través de ese espejo mexicano y decimonónico que nos desveló apenas una serie de fascinaciones en las que vivió inmersa la fiesta taurina de ese siglo.


[1] Mauricio Sánchez Menchero: En el centro de los prodigios. Una historia cultural del juego, el suspenso y lo extraordinario. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, 2009. 316 p. Ils. (Colección Debate y Reflexión).

[2] DIARIO DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA MEXICANA, D.F., del 9 de diciembre de 1839, p. 4.

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