DE MUJERES TORERAS: UN RICO CAPÍTULO EN LA HISTORIA DE MÉXICO. 1 de 4.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Con motivo de la Feria Taurina de Allende Bicentenario (21 de agosto-3 de octubre de 2010), en San Miguel de Allende, Guanajuato, dicté la presente conferencia que ahora comparto con ustedes.

    El toreo es una práctica que, a lo largo de los siglos ha sido controlada, en la mayoría de los casos por el sexo masculino. Detentada también en aras de la cabal demostración de unas capacidades que le son consubstanciales al hombre o que por lo menos el hombre en su carácter de género quiere demostrar a su contrario (si se entiende desde la cerrazón más autoritaria), el enemigo o la mujer, como muestra de superioridad sea para dominarlo o para conquistarla. En el peor de los casos, pero como parte de una cultura que lo ha formado a lo largo de siglos, se presenta como muestra perfecta de un patriarcado; e incluso como figura fálica, machista, que termina controlando, imponiendo la fuerza, la violencia.

   Curiosamente, esa figura que impone en el ruedo viste unas prendas próximas a lo sacerdotal, pero también a lo femenino. Por eso es que, observando el panorama considero que a lo largo de siglos y siglos, que parecen, en este caso interminable contabilidad de la desazón, la mujer ha sido objeto de una permanente discriminación, blanco de violencia o agresión física y verbal así como de una intolerancia que raya en el oscurantismo más retrógrado. Y en los toros, no ha sido la excepción. No basta para este razonamiento hacer una revisión a través del pasado. Nuestros días son el más lamentable referente de esa situación. Deseo desde aquí que los hechos en torno a su naturaleza se valoren desde una mejor perspectiva y entonces, como lo estipula la “declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” materializada en 1789, no sólo sea el privilegio de los “derechos del hombre” en tanto género; ni los de “la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la justicia”, sino que abarquen y comprendan, por extensión a la mujer sin más.

   El propósito de estar aquí, antes ustedes es el de poder realizar una mirada histórica que nos permita entender cómo y en qué aspectos se ha involucrado la mujer en los toros. Por eso antes de ocuparme de todas aquellas que han vestido el traje de corto o de luces realizando este riesgoso oficio, quiero hacer notar la presencia de dos autoras virreinales que escriben ciertos textos en torno a la fiesta y que, por las razones de esta plática no puedo ignorarlas. Se trata de María de Estrada Medinilla y Sor Juana Inés de la Cruz.

   La primera de ellas escribe un par de textos con motivo de la recepción del entonces décimo séptimo virrey de la Nueva España, quien gobernó del 28 de agosto de 1640 al 10 de junio de 1642. Y me refiero tanto a la a la Relación escrita por DOÑA MARÍA DE ESTRADA MEDINILLA, A una Religiosa monja prima suya. De la feliz entrada en México día de San Agustín, a 28 de Agosto de 1640, la cual escribió en silva libre y ovillejos castellanos como a la Descripción en Octavas Reales de las Fiestas de Toros, Cañas y Alcancías, con que obsequió México a su Virrey el Marqués de Villena (festejos del 27 de noviembre de 1640). Llama la atención el tiempo tan corto que hay entre una y otra, lo cual es muestra de que doña María de Estrada gozaba de una cultura que ese “siglo de oro de las letras” se encargó de desplegar indistintamente; y es que las dos formas poéticas tienen un alto grado de dificultad para ser elaboradas, de ahí su relevancia. Desde luego, esta autora es anterior a Sor Juana y debe merecer justo reconocimiento en las letras mexicanas, pero es tanta la sombra producida por la jerónima, que apenas alcanzamos a conocerle un poco. De la primera obra, se tienen datos de sobra conocidos, pero de la segunda, apenas sabíamos algo de ella; e incluso la dábamos por perdida. Afortunadamente ha aparecido hace poco tiempo en los repositorios de la biblioteca de Austin, Texas, en la Colección “Genaro García”. Dicha obra está mereciendo por parte de algunos investigadores una exhaustiva revisión de la que esperamos pronta edición.

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Cortesía: Mtro. Dalmacio Rodríguez Hernández. UNAM/IIB

   En cuanto a Sor Juana Inés de la Cruz, el hallazgo de varios ejercicios poéticos en sus obras completas nos dejan entender a una mujer de su siglo.

Firma autógrafa de sor Juana Inés de la Cruz.

   Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana -Sor Juana Inés de la Cruz-(1651-1695), a los tres años leía y a los seis o siete soñaba con estudiar en la Universidad. Alos ocho rimaba una Loa eucarística. Al no poder hallar paz en el mundo “entréme Religiosa porque… para la total negación que tenía al matrimonio, era lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad de mi salvación…”; y aunque habría preferido vivir sola, sin nada que embarazase el sosegado silencio de mis libros…, vencí las impertinencillas de mi genio… con el favor divino y la fuerza de la vocación… Su más íntimo y familiar comercio eran los libros, de los que llegó a poseer cuatro mil; y la gloria de sus escritos y su sapiencia -bíblica, teológica, filosófica, humanística, astronómica, y aún pictórica y musical-, llenaban el orbe hispano…

   El mejor ejemplo, entre los muchos que encontramos en esa vasta obra, es el siguiente soneto escrito hacia 1685:

Habiendo muerto un toro, el caballo a un caballero toreador

 El que Hipogrifo de mejor Rugero

ave de Ganímedes más hermoso,

pegaso de Perseo más airoso,

de más dulce arion delfín ligero

 

fue, ya sin vida yace al golpe fiero

de transformado Jove que celoso

los rayos disimula belicoso,

solo en un semicírculo de acero.

 

Rindió el fogoso postrimero aliento

el veloz bruto a impulso soberano:

pero de su dolor, que tuvo, siento

 

más de activo y menos de inhumano,

pues fue de vergonzoso sentimiento

de ser bruto, rigiéndole tal mano.

Retrato de Fray Miguel de Herrera, 1792.

    Ahora, pasaré a contarles a ustedes, algunos datos relativos a la presencia femenina en el toreo mexicano, desde que se tiene razón de ello y hasta nuestros días, tratando de hacer grata esta conferencia.

   Entre los primeros datos que dan cuenta de la presencia femenina en el toreo, particularmente en nuestro país, se cuenta con evidencias las cuales se remontan al año 1725, cuando nuestro primer encuentro sucede con Ana María de Guadalupe y Nava Castañeda.

   El nombre de Ana María aparece en términos de una escasa información, cuyo solo registro procede de algunos documentos localizados en el Archivo General de la Nación. “Torera” es el oficio con que el que se le registra en el folio citado pero no hay más datos al respecto. De confirmarse su protagonismo en algún tipo de celebración o interviniendo directamente en fiestas de toros, ello permitiría entender que la presencia femenina, aunque de alguna manera estaba limitada por razones de género, cabría aquí como la confirmación de que la Nava y Castañeda se convierta en la primera torera en la Nueva España, por lo menos a partir de estos registros. Para la época a que me refiero, la práctica del toreo estaba detentada por los hombres quienes, más a caballo que a pie desempeñaban las diferentes suertes que se realizaban por entonces. Casada con un albañil debe haber sido en todo caso el tipo de personaje que intentaba colocarse en términos marginales lo cual no le permitía demasiada libertad de movimiento en medio de condiciones rigurosamente fijadas por los estamentos taurinos de entonces. Habría que presupuestar la posibilidad de que Ana María haya intentado poner en práctica algún tipo de suerte que llamara la atención, en función de su sexo, y no tanto a caballo sino bajo otro tipo de expresión. Para esas épocas ya se practicaban algún tipo de mojigangas, y así lo hago saber en la forma siguiente:

    Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo pasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

 

Antonio Navarrete: Tauromaquia Mexicana.

   CONTINUARÁ.

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