DE MUJERES TORERAS: UN RICO CAPÍTULO EN LA HISTORIA DE MÉXICO. 3 de 4.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   María Aguirre e Ignacia Fernández que destacan al finalizar el XIX, junto con la española Margarita Fernández, quien ostentaba el alias de La Dorada a fuego, fungiendo como picadora; de ella se apuntaba en la prensa: “Esa Dorada a fuego debe ser un dije” sin faltar desde luego la «lid de los toros de muerte».

   María Aguirre (1865-1963) decidió seguir una línea poco común en cuanto a la presencia que la mujer tuvo en México a finales del siglo XIX, asumiendo y haciendo suyo por tanto un papel protagónico donde la podemos ver participando activamente en quehaceres al parecer solo privativos del sexo masculino en eso de montar a caballo y realizar suertes arriesgadas.

   Había estupendas actrices, cantantes, autoras, pero una que se distinguiera manejando las riendas, sentada al estilo de las amazonas, y colocando un par de banderillas a dos manos, de la misma manera que Ponciano Díaz, como lo muestra el impecable grabado de José Guadalupe Posada, por lo que la “Charrita” francamente era un “garbanzo de a libra”. De ahí que la María Aguirre escalara rápidamente hacia una cima, en la que, si no se mantuvo por mucho tiempo, lo hizo en cambio con bastante consistencia.

María Aguirre “La Charrita Mexicana” en plena madurez. Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina. México, D.F., 26 de febrero de 1943, Año I., Nº 14.

    Esposa en primeras nupcias con Timoteo Rodríguez.[1] El “acreditado artista” Timoteo Rodríguez era un consumado gimnasta, que para eso de los “trapecios leotard, el bolteo en zancos o los grupos piramidales” en que participaba no tenía igual, pues era de los que arrancaban las palmas en circos como el de la INDEPENDENCIA, ubicado en la calle de la Cruz Verde Nº 2. Precisamente, el admirable vuelo conocido con el célebre nombre LEOTARD, fue la última invención de este, suerte ejecutada por un solo individuo en dos trapecios, lo cual “causa admiración y sobresalto ver al artista salvar tan largas distancias cual lo puede hacer solo un ave”. A la muerte de este, ocurrida luego de padecer una cornada el 10 de marzo de 1895 y en la plaza de Durango, festejo a beneficio de su esposa, cornada que le causó un toro de Guatimapé. Por alguna razón, que llamaría descuido, se declaró la gangrena con tal rapidez que 4 días después falleció el que fue acróbata y torero al mismo tiempo. Curada la herida de la primera viudez, María casó una vez más, ahora con el cubano José Marrero, quien ostentaba el remoquete de “Cheché”. Este era otro torero de la legua, por lo que pronto se entendieron. Ambos continuaron sus andanzas, sobre todo al norte del país, sin dejar de hacerlo también en más de alguna plaza del centro del país.

José Guadalupe Posada. Un par de banderillas a caballo colocado por “La Charritamexicana”. Grabado en relieve de plomo. Fuente: Carlos Haces y Marco Antonio Pulido. LOS TOROS de JOSÉ GUADALUPE POSADA. México, SEP-CULTURA, Ediciones del Ermitaño, 1985.

    La vigorosa ejecución de tan arriesgada suerte, el buril firme y seguro de Posada hacen que el resultado de la colocación de ese par a dos manos desde el caballo, siga levantando carretadas de ovaciones, a más de un siglo de haber ocurrido. Cuarenta años después, una guapa peruana recuperó –con otro estilo- la presencia femenina en los ruedos. Me refiero a “Conchita” Cintrón, de la cual se guardan gratos recuerdos.

   Sin embargo, la presencia de “La Charrita Mexicana” y “La Guerrita” apodos de María Aguirre e Ignacia Fernández respectivamente, es de una importancia capital sin precedentes, pues ambas torean en diversas partes del país, cumpliendo bastante bien para los estándares de aceptación que tenía la mujer en esos momentos. Precisamente, y con motivo de un posible viaje por parte de María Aguirre a España, el Suplemento a El Enano, Madrid, del 18 de julio de 1895, p. 4, expresaba lo siguiente:

    De El Arte de la Lidia, de México:

   “Es un hecho que en este año, emprenderá viaje a España con el objeto de trabajar en las principales plazas de la Península, la popular y aplaudida Charrita mexicana, María Aguirre de Marrero.

   En su viaje le acompañará su esposo el valiente matador de toros José Marrero “Cheché”, quien piensa tomar la alternativa en Madrid para después regresar al país”.

 Ya verá la Charrita

y ya verá Cheché

que aquí los cornúpetos

no son de Guanamé.

    Avanzado el siglo XX, una de las primeras mujeres que destacan es María Cobián “La Serranita”, a la que poco tiempo después acompañaría desde el caballo Conchita Cintrón y con los años se sumaría también Juanita Aparicio, surgida de la comunidad de charros y que se amalgamó perfectamente en el toreo de a pie, vistiendo además con la propiedad establecida en dicho entorno.

   Con esa nueva expresión también llegó la mujer vistiendo el traje de luces (ya lo había hecho Juanita Cruz allá por los años 30 del siglo pasado) y cumpliendo con todas las formalidades establecidas por un espectáculo en el que “el torero” ha sido protagonista esencial. Juana Fernández “La Guerrita” en fugaz visita por nuestro país alternó con el torero de Atenco en un mano a mano, y se le puede admirar en algunas fotografías obtenidas por C. B. Waite o W. Scott en lo que probablemente sea la plaza de Tenango del Valle, o quizá la de Santiago Tianguistenco, allá por 1897.

   La presencia de la mujer en el toreo como expresión estética o artística ha tenido, de siempre un papel importante. Ya vimos que es tan valiente como cualquier torero que se compromete con la vida y con la muerte, en los instantes del mayor peligro frente al toro. Pero también su imagen ha sido motivo para ser retratada en los cientos, quizás miles de carteles que nos recuerdan más de alguna tarde torera. En nuestro país, hubo a principios de siglo una “tiple” de fama, llamada María Conesa que, si no dedicó su actividad propiamente al espectáculo taurino, estuvo muy cerca y hasta tuvo la oportunidad de retratarse junto a un célebre toro, llamado BONITO de Arribas, Hnos. Corrían los primeros días del mes de febrero de 1908, en los corrales de la plaza el Toreo dela Condesa, el también famoso torilero Miguel Bello se encargaba de cuidar, acariciar a ese estupendo, bien presentado y bello animal que, por su sola presencia causaba admiración. Acudió la diva quien no quiso desperdiciar el momento, conservándose hasta dos fotografías que hoy son una auténtica curiosidad.

   Juanita Cruz, María Cobián “La Serranita” y también Conchita Cintrón fueron “ídolos” en su momento. De Conchita Cintrón, no podemos olvidar sus creaciones literarias: ¿Por qué vuelven los toreros? y Aprendiendo a vivir, en las que encontramos, por encima de todo, el carácter humano, de sufrimiento y de gozo también, que tienen todos aquellos que pueden enfrentar en vida, la muerte de un lance torero.

Los TOREROS, las ganaderías bravas y el reglamento de las corridas de toros” (Edición coordinada por  El Torilero). México, s.l.e., 1941. 80 p., p. 35.

    María Luisa Garza escribió en 1922 el libro titulado Los amores de Gaona. San Antonio, Texas, E.U.A.[2] Curiosamente quedó firmado con el seudónimo de LORELEY. Independientemente de lo que cualquier torero puede despertar en cuestiones sentimentales y amorosas (Gaona tuvo consigo una aureola especial, cargada, lo mismo de su relación conla Moragas, tiempo después del escándalo conla Noecker), fue el mismo “indio grande” quien se encargó de aclarar que “los únicos amores intensos, verdaderos, son los de mi madre y de mi hijo; estos son los que realmente constituyen la razón de la vida y la felicidad de la mía”. Bajo esa realidad, María Luisa Garza deja esta novela como evidencia del carácter abierto en el que una escritora puede ingresar al género literario-taurino, que, como se ve, ya no se encuentra limitado a la creación femenina.

CONTINUARÁ.


[1] María actuaba como amazona en el circo “Toribio Rea”, donde conoció a Timoteo Rodríguez, casándose con él hacia 1885. Montaba de amazona y ponía los dos palos a la vez, con una mano, a la media vuelta.

[2] María Luisa Garza (LORELEY, seud.): LOS AMORES DE GAONA. San Antonio, Texas, E.U.A., Art Advertising Company, 1922. 112 p.

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