Archivo mensual: noviembre 2011

RECOMENDACIONES y LITERATURA. ¡NOVEDAD! ¡NOVEDAD! ¡NOVEDAD!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Acaba de salir el último de los números de la revista Bicentenario. 1810-1910-2010. El ayer y hoy de México. México, Instituto de Investigaciones Históricas “Dr. José María Luis Mora”, 2011. Vol. 4, Nº 14. 96 p. Ils., fots., facs.

   Su editora responsable, la Dra. Ana Rosa Suárez Argüello, tuvo a bien considerar mi texto: UN FOTO-REPORTAJE TAURINO EN TENANGO DEL VALLE. ENERO DE 1898 (pp. 30-35), del que ahora mismo doy cuenta, agradeciendo a la importantísima institución académica el hecho de que haya incluido en esta publicación un material que revisa las diferentes y particulares condiciones de vida cotidiana habidas hacia finales del siglo XIX mexicano, y donde las corridas de toros guardaron importante proyección no sólo entre la sociedad, sino en el imaginario colectivo que supone su verdadera formación ideológica, misma que decantó en sus gustos y preferencias como las que ahora podrá disfrutar el “navegante” de este blog.

   Tenango del Valle es una apacible población ubicada en el valle de Toluca. En su desusada tranquilidad, la fiesta patronal, que ocurre cada 15 de enero, celebración de “nuestro padre Jesús”, llega a cambiar temporalmente su ritmo y su vida. En el conjunto de celebraciones, las corridas de toros formaron parte por lo menos, entre 1838 a 1928, de las diversas festividades allí registradas. En ese conjunto, hay una en particular que se remonta quizá a 1897 o 1898, y llama la atención por el hecho de que en dicho festejo alternaron dos personajes: Ponciano Díaz e Ignacia Fernández “La Guerrita”. Una casualidad permite encontrarnos un amplio y curioso registro fotográfico, mismo al que está dedicada la presente colaboración.

   Sin proponérselo -ni C.B. Waite ni tampoco su compañero W. Scott-, fotógrafos y viajeros extranjeros de finales del siglo XIX y comienzos del XX, van a encargarse de rescatar por medio del testimonio de la imagen dos importantes acontecimientos que refuerzan el esquema de los antecedentes en la fotografía junto al quehacer de Juan Laurent (ca. 1860) en España. Se trata de un trabajo que corresponde a una misma tarde (por haberse obtenido el material durante la corrida). Este fue logrado, como ya quedó dicho en la población de Tenango del Valle en las cercanías de Toluca, en enero de 1897 o de 1898.

   El primero de ellos, con poco más de 30 imágenes, queda registrado la tarde del 26 de diciembre de 1897. Plaza de toros “Bucareli”. Tercera y última corrida de abono. 6 toros de Tepeyahualco. Matadores: Luis Mazzantini y Nicanor Villa “Villita”. El segundo, motivo de este análisis, reafirma sin duda alguna la llegada de estos fotógrafos que realizaron su trabajo con fines utilitarios y con intención y búsqueda por lo cotidiano.

   Tanto Charles B. Waite como Winfield Scott se dejaron fascinar por el encanto que produjo en ellos la vida cotidiana de nuestro país, por lo que su trabajo se extendió ampliamente entre 1896 y 1913 en que se tiene registro de sus últimas imágenes, las cuales fueron realizadas durante la “Decena Trágica”, (9-19 de febrero de 1913) en la ciudad de México. De uno y de otro existen varios miles de soportes fotográficos que pudieron publicarse en ediciones como El Mundo Ilustrado, y de las que archivos como el General de la Nación, la Fototeca del INAH o la Fototeca de Pachuca, Hidalgo conservan celosamente.

   En ambos, la presencia de Ponciano Díaz y Luis Mazzantini, es clara muestra del fin de una época y nacimiento de otra; ocaso de un ídolo, ascensión de otro con apoyo de patrones tauromáquicos novedosos y los esperados ya en México luego de aquella gran separación ocurrida por otra también muy larga prohibición de corridas de toros en la capital del país impuesta entre 1867 y1886.

   Por cierto, esta prohibición se impuso luego de la publicación de la “Ley de Dotación de Fondos Municipales” el 28 de noviembre de 1867, como resultado de la aplicación y regularización de impuestos o gabelas. Dado que la empresa de la plaza de toros del “Paseo Nuevo” no estaba al día en tales aspectos, la sanción se aplicó de manera fulminante. Por años se ha tenido la creencia de que el Lic. Benito Juárez fue quien impuso tal medida. En todo caso, debe aclararse que tanto él, como el Srio. de Gobernación, Sebastián Lerdo de Tejada, firmaron el decreto. Es cierto, Juárez no era afecto a estas demostraciones, pero condescendía, sobre todo por el hecho de que en varias ocasiones, tuvo que asistir a festejos con fines benéficos. Las corridas de toros se reanudaron en febrero de 1887, y en un lapso bastante corto de tiempo (entre 1887 y 1895) se construyeron hasta ocho plazas de toros en la ciudad de México. Lamentablemente ciertas desmesuras de empresarios, toreros o lo malo de algunos toros produjo nuevas prohibiciones entre 1890 y 1895.

   Y bien, en este conjunto fotográfico vemos, como ya quedó dicho, a dos protagonistas fundamentales: Ponciano Díaz Salinas y a Ignacia Fernández «La Guerrita».

   Ponciano, netamente mexicano en sus expresiones, nacido y creado en la hacienda de Atenco (1856-1899) adquiere gran fama y ésta lo transforma en el «ídolo» taurino que tuvo México durante la octava década del siglo antepasado. Vive la época decisiva y de transición por el toreo a la española. Ponciano, el torero con bigotes, el «mitad charro y mitad torero» acepta estas formas pero no las hace suyas de manera total. A su muerte, muere también una manera muy peculiar de combinar las suertes campiranas con los esquemas netamente hispanos.

   Ignacia Fernández «La Guerrita», torera española pasaba por nuestro país (desde 1890), llevando el «remoquete» de uno de los «Califas»; nada menos que de Rafael Guerra. Y ante nosotros se muestra con toda la coquetería y gracia que pueda tener una mujer, antes que ser aguerrida. Toda una casualidad es haber alternado con Ponciano y es haber sido retratada no solo en la plaza. También posó para Winfield Scott antes de la corrida, en cuatro diferentes imágenes las que, por su importancia y curiosidad, no puedo dejar de incluir en esta presentación.

   Ignacia Fernández llegó a nuestro país como ya se dijo hacia 1890, y estuvo activa en nuestras tierras hasta más o menos 1910, lo que significa que decide permanecer en el país, para torear cuanto festejo le fuera posible en unos momentos en que la mujer en los ruedos o es rechazada o vista como un objeto raro. Sin embargo, supo ganarse el afecto de aquella generación, toreando en diversas partes del territorio mexicano.

   La presencia de la mujer en los toros no era por ese entonces una novedad. Durante el siglo XIX hubo un conjunto bastante compacto de otras “toreras”. Entre otras destacan: Victoriana Sánchez, Dolores Baños, Soledad Gómez, Pilar Cruz, Refugio Macías, Ángeles Amaya, Mariana Gil, María Guadalupe Padilla, Carolina Perea, Antonia Trejo, Victoriana Gil, Ignacia Ruiz «La Barragana», Antonia Gutiérrez, María Aguirre «La Charrita Mexicana». Al finalizar ese siglo, actuaron las “Señoritas toreras”, cuadrilla integrada por las españolas Dolores Pretel “Lolita” y Emilia Herrero “Herrerita” y desde luego, la española Ignacia Fernández “La Guerrita”.

   A propósito, quede como huella un curioso testimonio poético, que en torno a las mujeres se manejaba a fines del siglo XIX (exactamente en 1896) pero que ya no encaja en el avance que percibimos aquí y ahora en lo que va del XXI.

EL FOTO-REPORTAJE.

   El fotógrafo Winfield Scott pone a nuestro alcance seis imágenes que se detallan a continuación.

   Y sigue:

Las imágenes proceden de la colección “Felipe Teixidor” del Archivo General de la Nación, así como de la Fototeca INAH, y son de la autoría de Winfield Scoot.

 JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. Maestro en Historia y Candidato al Doctorado en Historia por la UNAM. Director del Centro de Estudios Taurinos de México, A.C. Actualmente es responsable del blog: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS cuya dirección en internet es la siguiente: https://ahtm.wordpress.com/

 Seis palabras clave: foto-reportaje, taurino, Ponciano Díaz, C. B. Waite, Winfield Scott y “La Guerrita”.

PARA SABER MÁS

 Arbúes, Pedro (seud. Rafael Medina), Taurinas. Colección de cuentos, epigramas, anécdotas, chascarrillos, etc., prólogo de P. Drin, Intermedio de Villamelón y epílogo de Trespicos (1896), Lecturas taurinas del siglo XIX. Socicultur-INBA, Plaza & Valdés, Bibliófilos Taurinos de México, México, 1987.

 Coello Ugalde, José Francisco, Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Anex, España-México, “Campo Bravo”, Madrid, 1999.

 Macías Mora, Ramón, El signo de la fiesta, Egartorre, Madrid, 2000.

 Marcial Fernández, Marcial, Francisco Montellano Ballesteros y José Francisco Coello Ugalde, Mano a mano en Bucareli. Primer foto-reportaje taurino, Ficticia, México, 2001.

 Montellano Ballesteros, Francisco, C.B. Waite, Fotógrafo. Una mirada diversa sobre el México de principios del siglo XX, presentación de Aurelio de los Reyes, Cámera Lucida, CONACULTA, Grijalbo, México, 1994.

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FRAGMENTOS y OTRAS MENUDENCIAS. Nº 12. EL BENEFICIO DE BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Siguiendo el propósito de esta propuesta, que apunta a las “Miniaturas Taurinas…”, me doy a la tarea de recoger de la prensa decimonónica una noticia que pude encontrar en EL UNIVERSAL, del sábado 19 de febrero de 1853, p. 3:

 EL BENEFICIO DE BERNARDO GAVIÑO.

    Recordamos a nuestros lectores que esta tarde deberá tener lugar una brillante corrida de toros a beneficio del primer espada Gaviño, quien pasó a escoger los mejores bichos a la hacienda de Atenco. Asegúrase que asistirán a dicha función SS. AA. SS., el general presidente y su esposa.

No sé si con este continente, arribaría a más de una tarde de toros Su Alteza Serenísima…, para unos o «Quinceuñas» para otros.

    Luego, al seguir revisando con minucioso cuidado la prensa de los días siguientes, no se tiene mayor noticia al respecto de ese festejo. Tal comportamiento por parte de los medios de comunicación de entonces era un denominador común, pues hasta donde he podido entender la forma en que se manejaban los hilos de la administración en la plaza de toros, así como el radio de influencia que ejercía en esos momentos Bernardo Gaviño o el propietario de la hacienda de Atenco, José Juan Cervantes, dan por sentado que sus intereses no sólo eran pecuniarios o crematísticos, sino que iban más allá de su área de dominio para proyectarse en aspectos en los que se involucraban con la política. Además, el hecho de que en ese momento el festejo fuese dedicado a SS. AA. SS, el general presidente y demás atributos que ostentaba Antonio López de Santa Anna, no era casual. Recordaré que Bernardo Gaviño, así como guardó fuertes lazos de cercanía con presidentes como Anastasio Bustamante, y luego con Santa Anna, José Joaquín Herrera, Mariano Arista, Ignacio Comonfort, o Miguel Miramón… entre otros, así tampoco faltó a atender los halagos del pueblo, sector social por el que Gaviño también tuvo inclinada preferencia.

   Ese mismo año de 1853, se dieron otras tantas tardes donde el mismo “Capitán de Gladiadores”, es decir, Bernardo Gaviño y Rueda, se convirtió en figura central en los diversos festejos organizados para celebrar a aquel personaje en que se posaban todas las miradas, y quizá todos los resentimientos: Me refiero al polémico Santa Anna.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS Nº 27.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Ya había adelantado que me ocuparía de dar algunos detalles relacionados con la emblemática plaza de toros del “Paseo Nuevo”, cuyo estreno ocurrió el domingo 23 de noviembre de 1851. En esa ocasión, actuaron las cuadrillas de Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja” con 5 toros de El Cazadero, incluyendo el embolado. En 1867, y con motivo de la última corrida de toros que se celebró en el mismo escenario, fue el mismo Bernardo Gaviño quien estuvo presente la tarde del 22 de diciembre. «A las cuatro y media. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Cinco toros de Atenco. Habrá enseguida una mojiganga que lidiará otro torete, después del tercer toro de la lid. Toro embolado de costumbre.» (La Iberia. No 233, del dom. 22 de diciembre de 1867).

Segundo cartel de la recién inaugurada plaza de toros del Paseo Nuevo. Este corresponde a la tarde del 30 de noviembre de 1851. Col. del autor.

   Como una forma de entender la fuerte influencia que ejerció el diestro gaditano, para mayor precisión de Puerto Real, Bernardo Gaviño y Rueda, debo decir que solo, entre 1851 y 1867, actuó en 320 tardes, lo que supone que, entre esos 16 años de actividad permanente del coso aledaño al paseo de Bucareli, toreó año con año 20 festejos promedio.

   La plaza, según nos lo recuerda Lauro E. Rosell, toda ella era de madera. En su inauguración, aún no estaba frente a ella la famosa estatua de Manuel Tolsá, conocida como “El Caballito”. Fue hasta el 3 de septiembre de 1852 cuando volvió a cabalgar Carlos IV, montado en “Tambor”, mientras la pieza monumental quedó durante una importante cantidad de años en el Claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México. Gracias a un proyecto propuesto por el ya conocido arquitecto Lorenzo de la Hidalga, quien al proponer el basamento o pedestal, este quedó listo para que la pieza escultórica quedara colocada el 24 de septiembre siguiente.

   Regresando a la descripción planteada por Rosell dice:

   La plaza es de madera, circular; el ojo o arena mide sesenta varas de diámetro, cerrado con una valla con cuatro entradas en los puntos opuestos. Queda un espacio para salvaguardia de los toreros y sigue la contravalla, a cuya continuación, para los espectadores, se alzan siete órdenes de gradas, levantándose las lumbreras en dos órdenes, superior e inferior. Estas son ciento treinta y seis en primeros y otras tantas en segundos, separadas y sostenidas por docientas setenta y dos columnas; de las lumbreras, setenta primeras y sesenta y dos segundas son de sombra y setenta de éstas y setenta de aquéllas de sol; la azotea está enladrillada y coronada por un bonito balaustrado interior y exterior. La altura total es de doce varas y el diámetro total de la plaza noventa y ocho. Puede contener cómodamente diez mil personas, aunque ha habido función en que pudieron colocarse once mil seiscientas 

hecho que ocurrió el 15 de enero de 1854 en que concurrió el Presidente de la República obsequiando al Príncipe de Nassau.[1] Para variar, este fue el cartel:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 15 de enero. Solemne y extraordinaria función de obsequio dedicada a S. A. S. el Presidente de la República Mexicana, general de división, benemérito de la Patria, caballero gran cruz de la real y distinguida orden española de Carlos III y gran maestro de la nacional y distinguida orden mexicana de Guadalupe, D. Antonio López de Santa Anna, a su S. A. S. su digna esposa; y a los caballeros de dicha orden, en celebridad de la instauración de ésta, y cuya fiesta concurrirá S. A. S. el príncipe de Nassau, invitado por S. A. S. el presidente de la República. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis o más toros de Atenco.

El viajero extranjero Jean Prelier, logró este daguerrotipo en 1839, año en que la fotografía llegó a nuestro país. Es la estatua de Carlos IV, misma que se encontraba recluida en el Claustro de la Pontificia y Nacional Universidad de México.

Fuera de ese escenario -la Plazadel PASEO NUEVO– la vida mexicana palpitaba agitadamente, en medio de conmociones que causaban el natural desconcierto. La anhelada paz aún no llegaba. Solo guerras, solo invasores; o la presencia de un príncipe extranjero también. Y como contraste, seguía cabalgando Carlos IV a las afueras del coso, símbolo el suyo de la tradición colonial que no desaparecía; como los toros. Hasta que un día…

Autor: Casimiro Castro.

Fuente: Fernando Benítez. LA CIUDAD DE MÉXICO, T. 6, p. 60.

Actualmente, dicha pieza escultórica se encuentra dando cara a la obra majestuosa del Palacio de Minería, dos grandes creaciones de un mismo artista: Manuel Tolsá.

 CONTINUARÁ.

 


[1] Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la capital desde 1521 hasta 1936. Por (…) dela Sociedad Mexicana y Estadística, y del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935. 192 p., fots., retrs. Ils., p. 29 y 30.

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DE MUJERES TORERAS: UN RICO CAPÍTULO EN LA HISTORIA DE MÉXICO. 1 de 4.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Con motivo de la Feria Taurina de Allende Bicentenario (21 de agosto-3 de octubre de 2010), en San Miguel de Allende, Guanajuato, dicté la presente conferencia que ahora comparto con ustedes.

    El toreo es una práctica que, a lo largo de los siglos ha sido controlada, en la mayoría de los casos por el sexo masculino. Detentada también en aras de la cabal demostración de unas capacidades que le son consubstanciales al hombre o que por lo menos el hombre en su carácter de género quiere demostrar a su contrario (si se entiende desde la cerrazón más autoritaria), el enemigo o la mujer, como muestra de superioridad sea para dominarlo o para conquistarla. En el peor de los casos, pero como parte de una cultura que lo ha formado a lo largo de siglos, se presenta como muestra perfecta de un patriarcado; e incluso como figura fálica, machista, que termina controlando, imponiendo la fuerza, la violencia.

   Curiosamente, esa figura que impone en el ruedo viste unas prendas próximas a lo sacerdotal, pero también a lo femenino. Por eso es que, observando el panorama considero que a lo largo de siglos y siglos, que parecen, en este caso interminable contabilidad de la desazón, la mujer ha sido objeto de una permanente discriminación, blanco de violencia o agresión física y verbal así como de una intolerancia que raya en el oscurantismo más retrógrado. Y en los toros, no ha sido la excepción. No basta para este razonamiento hacer una revisión a través del pasado. Nuestros días son el más lamentable referente de esa situación. Deseo desde aquí que los hechos en torno a su naturaleza se valoren desde una mejor perspectiva y entonces, como lo estipula la “declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” materializada en 1789, no sólo sea el privilegio de los “derechos del hombre” en tanto género; ni los de “la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la justicia”, sino que abarquen y comprendan, por extensión a la mujer sin más.

   El propósito de estar aquí, antes ustedes es el de poder realizar una mirada histórica que nos permita entender cómo y en qué aspectos se ha involucrado la mujer en los toros. Por eso antes de ocuparme de todas aquellas que han vestido el traje de corto o de luces realizando este riesgoso oficio, quiero hacer notar la presencia de dos autoras virreinales que escriben ciertos textos en torno a la fiesta y que, por las razones de esta plática no puedo ignorarlas. Se trata de María de Estrada Medinilla y Sor Juana Inés de la Cruz.

   La primera de ellas escribe un par de textos con motivo de la recepción del entonces décimo séptimo virrey de la Nueva España, quien gobernó del 28 de agosto de 1640 al 10 de junio de 1642. Y me refiero tanto a la a la Relación escrita por DOÑA MARÍA DE ESTRADA MEDINILLA, A una Religiosa monja prima suya. De la feliz entrada en México día de San Agustín, a 28 de Agosto de 1640, la cual escribió en silva libre y ovillejos castellanos como a la Descripción en Octavas Reales de las Fiestas de Toros, Cañas y Alcancías, con que obsequió México a su Virrey el Marqués de Villena (festejos del 27 de noviembre de 1640). Llama la atención el tiempo tan corto que hay entre una y otra, lo cual es muestra de que doña María de Estrada gozaba de una cultura que ese “siglo de oro de las letras” se encargó de desplegar indistintamente; y es que las dos formas poéticas tienen un alto grado de dificultad para ser elaboradas, de ahí su relevancia. Desde luego, esta autora es anterior a Sor Juana y debe merecer justo reconocimiento en las letras mexicanas, pero es tanta la sombra producida por la jerónima, que apenas alcanzamos a conocerle un poco. De la primera obra, se tienen datos de sobra conocidos, pero de la segunda, apenas sabíamos algo de ella; e incluso la dábamos por perdida. Afortunadamente ha aparecido hace poco tiempo en los repositorios de la biblioteca de Austin, Texas, en la Colección “Genaro García”. Dicha obra está mereciendo por parte de algunos investigadores una exhaustiva revisión de la que esperamos pronta edición.

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Cortesía: Mtro. Dalmacio Rodríguez Hernández. UNAM/IIB

   En cuanto a Sor Juana Inés de la Cruz, el hallazgo de varios ejercicios poéticos en sus obras completas nos dejan entender a una mujer de su siglo.

Firma autógrafa de sor Juana Inés de la Cruz.

   Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana -Sor Juana Inés de la Cruz-(1651-1695), a los tres años leía y a los seis o siete soñaba con estudiar en la Universidad. Alos ocho rimaba una Loa eucarística. Al no poder hallar paz en el mundo “entréme Religiosa porque… para la total negación que tenía al matrimonio, era lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad de mi salvación…»; y aunque habría preferido vivir sola, sin nada que embarazase el sosegado silencio de mis libros…, vencí las impertinencillas de mi genio… con el favor divino y la fuerza de la vocación… Su más íntimo y familiar comercio eran los libros, de los que llegó a poseer cuatro mil; y la gloria de sus escritos y su sapiencia -bíblica, teológica, filosófica, humanística, astronómica, y aún pictórica y musical-, llenaban el orbe hispano…

   El mejor ejemplo, entre los muchos que encontramos en esa vasta obra, es el siguiente soneto escrito hacia 1685:

Habiendo muerto un toro, el caballo a un caballero toreador

 El que Hipogrifo de mejor Rugero

ave de Ganímedes más hermoso,

pegaso de Perseo más airoso,

de más dulce arion delfín ligero

 

fue, ya sin vida yace al golpe fiero

de transformado Jove que celoso

los rayos disimula belicoso,

solo en un semicírculo de acero.

 

Rindió el fogoso postrimero aliento

el veloz bruto a impulso soberano:

pero de su dolor, que tuvo, siento

 

más de activo y menos de inhumano,

pues fue de vergonzoso sentimiento

de ser bruto, rigiéndole tal mano.

Retrato de Fray Miguel de Herrera, 1792.

    Ahora, pasaré a contarles a ustedes, algunos datos relativos a la presencia femenina en el toreo mexicano, desde que se tiene razón de ello y hasta nuestros días, tratando de hacer grata esta conferencia.

   Entre los primeros datos que dan cuenta de la presencia femenina en el toreo, particularmente en nuestro país, se cuenta con evidencias las cuales se remontan al año 1725, cuando nuestro primer encuentro sucede con Ana María de Guadalupe y Nava Castañeda.

   El nombre de Ana María aparece en términos de una escasa información, cuyo solo registro procede de algunos documentos localizados en el Archivo General de la Nación. “Torera” es el oficio con que el que se le registra en el folio citado pero no hay más datos al respecto. De confirmarse su protagonismo en algún tipo de celebración o interviniendo directamente en fiestas de toros, ello permitiría entender que la presencia femenina, aunque de alguna manera estaba limitada por razones de género, cabría aquí como la confirmación de que la Nava y Castañeda se convierta en la primera torera en la Nueva España, por lo menos a partir de estos registros. Para la época a que me refiero, la práctica del toreo estaba detentada por los hombres quienes, más a caballo que a pie desempeñaban las diferentes suertes que se realizaban por entonces. Casada con un albañil debe haber sido en todo caso el tipo de personaje que intentaba colocarse en términos marginales lo cual no le permitía demasiada libertad de movimiento en medio de condiciones rigurosamente fijadas por los estamentos taurinos de entonces. Habría que presupuestar la posibilidad de que Ana María haya intentado poner en práctica algún tipo de suerte que llamara la atención, en función de su sexo, y no tanto a caballo sino bajo otro tipo de expresión. Para esas épocas ya se practicaban algún tipo de mojigangas, y así lo hago saber en la forma siguiente:

    Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo pasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

 

Antonio Navarrete: Tauromaquia Mexicana.

   CONTINUARÁ.

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DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. ENTREGA Nº 20: RAFAEL GASCÓN.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 SOBRE RAFAEL GASCÓN AQUILUÉ

    Cada domingo de toros, principalmente en las plazas “El Toreo” de la colonia Condesa y la  “México”, se interpretó y se sigue interpretando, sea en festejo mayor o en novillada un pasodoble flamenco tan característico, que se ha convertido desde 1920 y hasta nuestros días, en una especie de himno con el que da inicio la corrida de toros como tal. Me refiero a “Cielo Andaluz”, cuyas primeras notas van acompañadas de un “¡¡¡ooole!!!” peculiarísimo e irrepetible, pues en ninguna otra plaza sucede una reacción como la que aquí se comenta. Su autor, fue el compositor Rafael Gascón Aquilué. Quien mejor ha dado idea del perfil de tan singular personaje es, sin duda Daniel Medina de la Serna, al escribir en uno de los cuadernos de Bibliófilos Taurinos de México su trabajo “Rafael Gascón, autor de Cielo Andaluz, un pasodoble para partir plaza en México”. Medina de la Serna apunta:

   Esta historia comienza en 1895. A la ciudad de México, que hacía infructuosos esfuerzos para parecerse cada día más a París, llegan dos personajes. Uno viene de Puebla de los Ángeles, es un soñador y bohemio poeta que sigue las corrientes del modernista Duque Job; gasta bastante melena, mosquetil bigote y desmesurado corbatón. Se llama José Elizondo y tiene apenas quince años. El otro llega de España, es un baturro nacido en Calatorao, un poblado que se cita en la Zarzuela Gigantes y Cabezudos y que dista 55 kilómetros de Zaragoza. Tiene veinte años y es hijo de madre francesa. Su nombre Rafael Gascón Aquilué. Viene como director de orquesta de una compañía infantil de zarzuela. Esta compañía con el nombre de La aurora infantil se presentó en el teatro Orrín con músicos reclutados por el maestro Gascón en el Conservatorio Nacional.

Caricatura publicada en el Popular, D.F., del 16 de septiembre de 1901, p. 2.

    Poco después de la aventura de la Aurora infantil, Rafael Gascón ingresa en el Teatro Principal como Maestro Director, puesto que ocupará, con muy breves interrupciones, por casi diecisiete años.

   Rafael Gascón fue un trabajador infatigable y gracias a ello, y a sus economías rabiosas, logró amasar una buena fortuna y construir para sus hijos una casa que era casi un palacio. Aparte de su chamba en el Teatro Principal, donde dirigía la orquesta con gran vigor y logrando las más de las veces «superiores instrumentaciones», debía asistir a ensayos con el único regalo y sedante que le proporcionaba un buen puro del que nunca se separaba. Gran dedicación le dio a la organización de grupos musicales como una banda flamenca Gascón, alguna típica de obreros o alguna de señoritas (Aquí está el gran batallón/ de que se sirvió Gascón/para triunfar en el arte/ con estas hijas de Marte/ ¿quién no siente un sofocón?). La rondalla aragonesa y varias orquestas.

Portada de la partitura de Cielo Andaluz, denominado pasodoble flamenco.

    La lista de sus composiciones es muy larga. En 1899 estrena «Madre mía», una romanza y meses más tarde su primera zarzuela, «La mancha roja», basándose en un libreto español. En 1902 hace la música para «La gran avenida», inspirada en La Gran Vía española. Desde su estreno fue un éxito. El 16 de Mayo de 1903 se estrena «La sargenta». Poco después compuso «Regalo de boda», con fuerte influencia de las melodías mexicanas, de la que gustaron especialmente sus coplas y un movido «Cake-Walk», el baile de moda en esos momentos. En 1910 estrena un Schottis reeleccionista titulado «Caray, caray» y entra de lleno en la sátira política que tan trágicas consecuencias le acarrearían años más tarde.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. II., p. 432.

    Muchos fueron los géneros musicales que abarcó en su producción. Pero aún se pueden añadir por ejemplo las romanzas La noche, La cubanita, y la marcha Honor al ejército que fueron estrenados en la noche del 26 de mayo de 1899. Gloria a México fue un himno dedicado a su amigo Porfirio Díaz. Sin embargo llama la atención que, siendo aragonés, en toda la extensión de la palabra, es decir, alegre, decidor y testarudo, esto último en dosis respetable, no haya compuesto ninguna jota y sí, en cambio, fue prolífero haciendo pasodobles, pues aparte de los mencionados y que eran parte de zarzuelas, compuso: Sangre torera (1900), Fuentes (1900), Alma gitana (1905), Blanquito (1907), Belmonte, El verdadero Bell, Quiebros y requiebros, Gaona, Serrana mía, Machaquito (1908) y desde luego Cielo Andaluz en 1912 al que puso letra José F. Elizondo. La última pieza registrada de Rafael Gascón fue otro pasodoble que en 1914 dedicó a Pancho Villa.

Letra del pasodoble referido.

    El 15 de Junio de 1914 entran en la capital de México las tropas revolucionarias y Rafael Gascón, que las había satirizado en sus composiciones musicales, pasó meses escondido y cuando salió a la calle había perdido la razón. Así después de mucho tiempo de estar escondido el 10 de Mayo de 1915 murió Rafael Gascón, según parece de un derrame cerebral. Pero queda su obra, entre la que destaca «Cielo Andaluz», que fue, casi desde su creación, muy popular, prueba de ello es que en algún periódico de 1914 se lee, como un timbre de identificación y para que no cupiera duda de que se trataba de él: «El célebre compositor de Cielo Andaluz» Y en 1920 buen tino tuvo el maestro Genaro Núñez en escoger esta pieza para partir plaza en la Monumental de México y provocar, al iniciar sus compases, el estentóreo ¡olé! que a todos enchina el cuerpo. Y de esto hace ya más de setenta años.

El General Genaro Núñez, director por muchos años de la banda de música, tanto en “El Toreo” como en la plaza “México”, enfatizó el pasodoble flamenco de Gascón con un arreglo personal, que todavía le dio más carácter a “Cielo Andaluz”. Caricatura de Rafael Freyre.

    Por supuesto, habiéndose publicado dicho trabajo en 1992, hoy no queda sino agregar que “…de esto hace ya poco más de noventa años…”

   Buen motivo para recordar el quehacer de un compositor que legó tan entrañable pieza musical, como también para rememorar a Medina de la Serna, con todo y que entre él y este servidor siempre hubo marcadas, muy marcadas diferencias.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS Nº 26.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace algunos meses, cuando este blog salía a la luz pública, su primera propuesta de pantalla planteaba el siguiente diseño:

   Ese “telón” de fondo es lo que en técnica fotográfica se llama imagen estereoscópica, cuya procedimiento para poderla admirar se basaba en el uso de un aparato óptico en el que, mirando con ambos ojos, se ven dos imágenes de un objeto, que, al fundirse en una, producen una sensación de relieve por estar tomadas con un ángulo diferente para cada ojo. Pues bien, ese tipo de técnica tuvo como resultado la producción masiva de cientos, quizá miles de muestras que nuestros antepasados pudieron admirar, hasta más o menos los comienzos de la segunda década del siglo pasado, y donde la siguiente muestra así lo refleja:

Fotografía estereoscópica del beneficio de Rodolfo Gaona, la tarde del 1° de enero de 1922. Fuente: colección del autor.

    Pues bien, regresando al momento en que fue hecho el registro de aquella otra imagen, uno se pregunta, ¿en qué momento fue realizada la misma? Se sabe que el último festejo que ocurrió en la plaza de toros del Paseo Nuevo, se remonta a la tarde del 22 de diciembre de 1867. «A las cuatro y media. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Cinco toros de Atenco. Habrá enseguida una mojiganga que lidiará otro torete, después del tercer toro de la lid. Toro embolado de costumbre.»[1]

   Con los años, además del consiguiente deterioro, el espacio se utilizó para dar cabida a los circos itinerantes que llegaban a la ciudad de México así como para otra serie de espectáculos donde los toros ya no tuvieron cabida, dada la prohibición que se impuso a finales de ese mismo año de la Restauración de la República. Por lo tanto, la imagen debe haber sido obtenida antes del 15 de julio de 1873, fecha en la que comenzó a derribarse aquella plaza en ruinas, por lo que pasa a ser con alguna evidencia más, uno de los primeros registros fotográfico con motivo taurino en nuestro país.

La plaza de EL PASEO NUEVO, como se ve, ya solo es una ruina, sitio que se ocupó -luego de la prohibición de 1867- para funciones de circo y acrobacia. Fue derribada en 1873. Foto estereoscópica (ca. 1870). Fuente: Archivo General dela Nación [A.G.N.] Fondo: Felipe Teixidor.

    De toda esta historia, ¿se sabe quién fue su constructor?

   En principio, debe recordarse que a principios de 1851, además de José de las Heras, asentista de la Real Plaza de Toros de San Pablo, se encontraban los hermanos Domingo y Vicente Pozo, que habrían de convertirse en competidores acérrimos del que fue sucesor del polémico Manuel de la Barrera, también asentista de la de San Pablo, de algunos teatros y hasta monopolista en el control en eso de recoger la basura en la ciudad de México hacia los años 30 del XIX. Los hermanos Pozo se asumían con un nuevo concepto de empresarios taurinos, que apostaban por darle a la ciudad otra plaza de toros, dado que la de San Pablo, constantemente mostraba signos de deterioro debido al hecho de que los materiales empleados para su construcción era, en su gran mayoría la madera. Pero este nuevo proyecto tampoco podía evitar que dicho elemento constructivo también fuese el mismo. Afortunadamente, algunos datos comienzan a quedar claros, como es el hecho de la noticia recogida en

 EL DAGUERROTIPO, D.F., del 22 de febrero de 1851, p. 8.

NUEVA PLAZA DE TOROS.-El martes (18) se colocó cerca del paseo de Bucareli la primera piedra de la nueva Plaza de Toros que en aquel punto va a edificar el Sr. D. Domingo Pozo: Hubo músicas, cohetes et tout le terrremblement…

   Entretanto permite el gobierno se levante otra Plaza de Toros, no concede siquiera el esqueleto de algún inútil edificio público para que en él se plantee el Liceo artístico y literario, instituto que tan buenos y preciosos beneficios debiera y pudiera reportar a la sociedad mexicana…

    El arquitecto consagrado a dicho proyecto, fue el entonces reconocido y polémico Lorenzo de la Hidalga,[2] según he podido constatar en un importante texto de la Doctora Elisa García Barragán.[3]

   Sin más preámbulo, la eminente historiadora apunta:

 (Lorenzo de la Hidalga) Edificó la plaza de toros de la calle de Rosales, junto a la cual construyó su casa habitación, cuya imagen hizo plasmar al paisajista Javier Álvarez, óleo que muestra la fidelidad del arquitecto hacia un academicismo italianizante.

En el mismo texto de Elisa García Barragán se reproduce tan bella con romántica expresión de aquel espacio, creación de Lorenzo de la Hidalga.[4]

    En otro estudio también de la maestra universitaria[5] plantea que de la Hidalga fue un precursor del funcionalismo, mismo principio que desarrollarían ampliamente Le Corbusier y Mies van del Rohe en el siglo pasado. Tal “funcionalismo” quedaba patente en el propósito de construcción de tal o cual edificio. Si en este caso se trataba de una plaza de toros, seguramente de la Hidalga así lo pensó, y más aún en el hecho de que, además de haber cubierto los requisitos de funcionalidad, se le daba un toque extra de belleza arquitectónica que daba, per se el significado de su construcción.

   En mi próxima entrega, daré detalles puntuales sobre la intensa actividad que registró aquel entrañable coso, el que pocos meses después de su inauguración conviviría con un personaje cuya figura quedó consagrada en la famosa estatua del “Caballito”.

 


   [1] La Iberia. No 233, del dom. 22 de diciembre de 1867.

  [2] Lorenzo de la Hidalga nace el 4 de julio de 1810 en la provincia de Álava, cerca de la ciudad de Vitoria, en la región vascongada. Sus estudios profesionales los realizó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, obteniendo su título el 31 de enero de 1836. Inspirado por una corriente “romántica o racionalista”, se forma en sus primeros años profesionales. Este polémico personaje ya estaba en México a partir de marzo de 1838, muriendo en 1872.
 
[3] Elisa García Barragán: “El arquitecto Lorenzo de la Hidalga”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2002. En “Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas”, Nº 80, p. 101-128.

[4] Op. Cit., p. 127.

[5] Elisa García Barragán: “Lorenzo de la Hidalga: un precursor del funcionalismo”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Nº 48. México. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1987.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 La presente efeméride ocurrió del 3 al 12 de mayo de 1791, en la ciudad de México.

    Ya que el nutriente de las últimas noticias sobre acontecimientos taurinos en la Nueva España, D. Antonio de Robles se ha tomado unas merecidas vacaciones, prometiendo volvernos a reencontrar en breve, este autor ha echado un vistazo en algunas publicaciones de finales del siglo XVIII, dando con la Gaceta de México, justo la del 10 de mayo de 1791, en cuya página 5, pude encontrar unos datos harto interesantes que comparto con ustedes.

   El día 3 comenzó la primera corrida de toros en la Plaza de San Diego, que continuaron hasta el día 12, haciendo alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas; hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides: se mataron ciento y ochenta Toros, que se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres; el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales.

Es esta una fiel representación del sabor barroco mexicano de fines del siglo XVIII, cuando el virrey Conde de Gálvez, uno de los más entusiastas taurinos de aquella época pudo admirar esta estampa, reproducida en un biombo. ”Corrida de toros”. Siglo XVIII. Col. Pedro Aspe Armella. Fuente: ARTES DE MÉXICO. La ciudad de México I. Enero 1964/49-50.

    Para aclarar algunos aspectos contenidos en la nota, debo decir que la Plaza de San Diego, fue famosa porque estuvo en el predio que lindaba con el quemadero de la Inquisición, coso que de existir en nuestros días, lo tendríamos ubicado en la que fue, en su momento la Pinacoteca Virreinal, justo en la esquina que forman las calle de Dr. Mora y Av. Hidalgo. Dicho espacio es en la actualidad el “Laboratorio Arte Alameda”. Se puede observar además el hecho de que en aquellos tiempos con los que culminaba el siglo también conocido como “de las luces”, seguía habiendo en escena lo mismo “Chulos y Toreros de a pie y de a caballo”, síntoma que dejaba ver la convivencia de unos personajes, sobre todo los de a caballo, ya no detentados ni representados necesariamente por miembros de la nobleza, pues en buena medida el síntoma de desaire que dejó sentirse desde la llegada de los borbones al reino de España, y en consecuencia de todas sus colonias, fue el de un distanciamiento producido por su origen extranjero, pero también por el hecho de que tal circunstancia permitió que con el paso de los años, las ideas de varios ilustrados galos, permearan en la sociedad española, hasta detonar en visiones más racionales del pensamiento, mismo fenómeno que dadas sus expectativas de progreso, chocaron con expresiones como la taurina, misma que fue blanco de severos ataques, al grado que el mismo reinado borbónico las cuestionó severamente, al grado de que sus primeras “víctimas” fueron los nobles, quienes tuvieron que desistir y alejarse del escenario, espacio que quedó disponible para que sectores muy amplios del pueblo terminaran haciendo suya la tauromaquia. Ese proceso se dio de manera más concreta en España, mientras que en la Nueva España, y a lo que se ve, el ritmo de transición tomó más tiempo, pero la nota nos deja ver que la convivencia de ambos actores, unos a pie, otros a caballo, ya era posible, sin las marcadas diferencias establecidas en el pasado.

   Si vemos en la nota, fueron pasaportados 180 toros en 10 días de fiestas, lo que indica que se lidiaron, seguramente a mañana y tarde 18 toros por día. La distribución de sus carnes se destinaron a las cárceles, a las Comunidades Mendicantes y otras personas pobres lo cual, independientemente del saldo que debe haberse obtenido y que, de existir las cuentas de gastos podríamos ver de qué manera fue hecha la distribución, se tendría idea exacta de que en aquel entonces, el espectáculo operaba bajo principios crematísticos perfectamente desplegados y articulados, con objeto de que el beneficio pecuniario se repartiese equitativamente.

   La plaza fue notoriamente engalanada en pinturas y cortinajes, así como por el hecho de que le fue habilitada una iluminación que sirvió para que durante aquellas noches; tramo del día que siguió permitiendo que la fiesta no se fuera a dormir. Fue todo lo contrario. Las músicas, que debe haberlas habido de todo tipo, para “gozar y beber, y cantar y tornar…” donde los unos a pie, y los otros a caballo, aderezaban el lugar en medio de galanteos y peroratas sin fin, buscando seguramente paliar con más de alguna bebida refrescante lo caluroso del ambiente en aquellos días del quinto mes del año.

   Ya de mañana, apenas despuntaba el sol, esos mismos que apenas la noche estaban ansiosos de celebrar y divertirse entre fandangos y jarabes que de seguro la Inquisición les prohibía bajo penas infamantes (al fin y al cabo estaban en el espacio que otros días se convertía en el ¡¡¡Quemadero de la Inquisición!!!), esperaban que arribara a ese punto de la por momentos, sosegada ciudad de México, y capital de la Nueva España, el nuevo grupo de toros a lidiarse, quizá algunos de ellos a las once de la mañana –lo que rememora la existencia del “toro de once”-, y otros tantos por la tarde, mientras ese arribo se acompañaba de muchos clarines, chirimías, cajas y timbales.

   Las temporadas que se formaban entonces podían tener este esquema, y si por alguna razón se terminaban en medio del gran interés popular, el asentista se apresuraba a solicitar otros tantos días de toros a la autoridad, habiendo de por medio una o dos semanas en que luego de los arreglos pertinentes a la plaza, todo estaba listo para continuar con más y más festejos taurinos.

   Por supuesto que en la Gazeta de México Nº 301, del martes 26 de abril de 1791, ya se advertía el hecho de que habiéndose enterado el entonces reino de la Nueva España de la feliz Proclamación de nuestro Católico Monarca el Señor D. CARLOS IIII (sic), todo fue poner en marcha diversos procesos que apuntaban a que el Ayuntamiento acordara “que a sus propias expensas se erogasen los gastos, sin más auxilio que los que producen la Plaza de toros y funciones teatrales…”

   Por tal motivo, se despertaba entre la población el consiguiente “júbilo” que significaba, entre otras cosas, pretexto singular para la diversión y el relajamiento. Hubo fiestas de toros en Real de Catorce desde el 14 de marzo, “formándose la plaza bajo el concepto de “un polígono oftágono”, quedando en los cuatro costados mayores los tablados, y en los intermedios opuestos cuatro puertas, sirviendo la una de ellas al cajón en que se debían depositar los Toros que se habían de lidiar…”

   Hubo toros también en la provincia de Michoacán. De todo ello quedaron diversos testimonios, tales como las relaciones de fiestas, impresos conocidos  como “Relación de Sucesos”. Entre otros los de:

 -Manuel Antonio Moreno. Públicas celebraciones de celebridad y júbilo… en la gloriosa proclamación… al trono supremo de las Españas, de los señores don Carlos IV y doña María Luis de Borbón… México: Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1791?

-El Elogio de Carlos IIII: rey de España y de las Indias / su autor Manuel Antonio Valdés. — México: Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1791. xix p.

-La Breve relación de las festivas demostraciones de celebridad que hizo este Real Tribunal del Protomedicato en la gloriosa aclamación y exaltación al trono supremo de las Españas de los señores Don Carlos IV y Doña María Luisa de Borbón. México, 1791.

    Finalmente, la Maestra en Historia, Juana Martínez Villa, aborda en su tesis: “La fiesta regia en Valladolid de Michoacán. Política, sociedad y cultura en el México Borbónico”[1] interesantes aspectos que revaloran el significado político que adquiría un acontecimiento de las dimensiones aquí planteadas. Entre otras cosas nos advierte con el peso de la razón que:

   Los preparativos parala Realjura de Carlos IV fueron quizá los más intensos de la centuria, no sólo debido a las radicales transformaciones que la realidad novohispana había sufrido, sino porque para la última década dieciochesca era clara ya la consolidación de una oligarquía civil y sobre todo religiosa

   La proclama era ante todo un acto de pertenencia a un territorio, de afirmación como súbditos de un monarca. El juramento del alférez sin duda era representativo de una parte de la sociedad “dispuesta” a colaborar en las campañas militares de la metrópoli. El ritual de la jura recordaba asimismo una tradición con tintes medievales. Significaba la renovación del orden, la permanencia de la monarquía. A su vez, los vivas populares constituían la expresión oral de entusiasmo y adhesión, “son la respuesta que los pregones, salvas y campanas reclaman expectantes, el texto que debe recitar el coro o subordinado pueblo en la fiesta”.[2]

   Días más tarde a estos significativos acontecimientos, el 27 de julio el Conde de Revillagigedo avisaba por bando el nacimiento de la Infanta Da. María Teresa, hija de SS.MM., lo cual representaba, para variar, una nueva condición que ponía en marcha toda la maquinaria festiva con que se reflejaba el tributo de los novohispanos hacia sus monarcas, reyes que por supuesto ya no contaban con la misma gratitud de sus súbditos, dados los recientes problemas habidos con el conflicto que España enfrentaba en medio de diversas guerras, así como de que los envíos de oro y plata de las minas novohispanas al reino hispano dejaban ver que las condiciones económicas no eran nada potables. Sin embargo, y al margen de estos asuntos políticos, sociales o militares, ya vemos que el sólo pretexto de la fiesta daba para muchas circunstancias. ¡Así se las gastaban nuestros antepasados novohispanos en eso de divertirse!


[1] Juana Martínez Villa: La fiesta regia en Valladolid de Michoacán. Política, sociedad y cultura en el México Borbónico. Tesis que para obtener el título de Maestra en Historia, presenta (…). Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Instituto de Investigaciones Históricas. Programa de Maestría, opción Historia de México. 2006. 109 p.

[2] Rodríguez de la Flor, Fernando, Política y fiesta en el barroco, 1652: descripción, oración y relación de fiestas en Salamanca con motivo de la conquista de Barcelona, España, Universidad de Salamanca, 1994, p. 47.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XIV

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    La búsqueda de este tipo de referencias, me han permitido el afortunado encuentro de varias tesis de licenciatura cuyo tema de estudio fue el de la tauromaquia en nuestro país. Uno de ellos es la propuesta de la hoy Licenciada en Historia, Rebeca del Carmen Banda Ayala, quien obtuvo este grado en la Facultad de Estudios Superiores Aragón en 2006, con el tema: “Actualidad del toreo en México. Reportaje”.[1] En dicho trabajo, destaca un interesante ejercicio que se traduce en el reportaje demostrativo. Justifica la autora que “el reportaje es el más vasto de los géneros periodísticos, es un género que tiene semejanzas no sólo con la noticia, la entrevista o la crónica, sino también con el ensayo, la novela corta y el cuento”.

   Como su propósito fue en realidad ese acercamiento a los hechos recientes que vienen ocurriendo sintomáticamente de un tiempo a esta fecha, fue preciso para ella dar un enfoque apropiado donde hacerse entender no sólo los enigmas propios del espectáculo sino todos aquellos aspectos que forman parte del entramado donde protagonistas de toda especie intentan cumplir a pie juntillas con el encargo establecido en el guión de esa gran puesta en escena que se materializa en una tarde de toros.

   Como aficionada de reciente ingreso a este universo de posibilidades, tuvo que explicarse con bastante acierto determinados aspectos que sólo se entienden a la luz de una presencia permanente, de una decodificación de sus más entreverados secretos –visibles e invisibles-. Fue por ello que al final de su trabajo, tuvo necesidad de incluir un glosario, del cual  me permito traer hasta aquí las definiciones o términos que llamaron su atención.

 

ACOMETIDA. Arranque brusco y violento del toro sobre el bulto.

AFEITAR. Cortar los cuernos al astado. Tomó auge en la década de los años 40 (del siglo pasado) y constituye una violación al reglamento.

AFICIÓN. Personas que gustan de la fiesta brava.

ALANCEAR. En el toreo a caballo, matar los toros con lanza.

ALARDE. Cuando el torero presume valentía y soberbia frente al toro dándole la espalda, tocándole los cuernos, etc.

ALTERNATIVA. Ceremonia durante la cual el novillero se convierte en matador en el curso de la corrida.

AMORCILLADO. Se dice del toro que herido mortalmente hace esfuerzos por mantenerse de pie.

ARRASTRE LENTO. Homenaje rendido a un toro que, sin haber merecido el indulto tras la faena, se despide de la afición con un ritmo que permite brindarle la ovación postrera por su desempeño.

ASTADO. Dícese del toro en referencia a sus cuernos, pitones o astas.

AVISO. Es la forma –normalmente mediante cornetas- como el juez previene al torero de que está tomando mucho tiempo, primer aviso es a los 12 minutos, el segundo 3 minutos más tarde y si transcurridos 2 minutos más, no ha muerto el burel, se regresará vivo a los corrales.

 

BURLADERO. Tablón de madera ubicado en sitios estratégicos a lo largo del cerco que delimita el ruedo, tras el cual los participantes de la corrida burlan la embestida del toro.

 

CALLEJÓN. Parte de la plaza que separa las barreras del ruedo mismo. Sitio dónde deambulan matadores, subalternos, monosabios. Apoderados y otros personajes supuestamente a salvo del toro.

CARTEL. Planilla que anuncia al público la realización de una corrida. Prestigio del que goza un matador.

COGIDA. Percance, cornada, accidente que ocurre cuando el toro empitona al que tiene enfrente.

CUADRILLA. Conjunto de diestros que integran el equipo de un matador de toros. Grupo que puede estar integrado por mozos de estoques, subalternos, banderilleros, picadores y sobresalientes.

CUAJADO. El toro en su pleno desarrollo, de corpulencia plena.

 

DIVISA. Colores que distinguen a cada ganadería.

 

EMBESTIDA. La acción propia del toro bravo cuando acomete al bulto o engaño.

ENCASTE. Origen del toro por su consanguinidad.

ESPONTÁNEO. Persona del público que se lanza al ruedo y que intenta torear ilegalmente.

 

FAENA. Labor propia del toreo durante la lidia. Conjunto de lances, pases y suertes diversas con las que el matador muestra su arte taurino.

 

HUMILLAR. Cuando el toro baja la cabeza para embestir o como estilo defensivo.

 

JUECES DE PLAZA. Funcionario taurino que ejerce la máxima autoridad en la plaza durante las corridas. Encargado de vigilar que los empresarios respeten los reglamentos y al público en general.

 

MONOSABIO. Mozo que auxilia en diversas labores dentro de la plaza durante las corridas de toros.

MULETA. Implemento de tela que se utiliza durante la lidia a partir del segundo tercio.

 

PASE. Acción de pasar al toro con la muleta.

PASEÍLLO. Desfile inicial con el que comienzan las corridas de toros.

PASO DOBLE. Estilo de música tocado por las bandas de las plazas.

 

QUERENCIA. Predilección del toro por determinado lugar. Un toro querencioso es el que tiene favoritismo por un lugar en específico para estar en él, o por un determinado lidiador para seguirlo con olvido de los demás.

QUITE. Distraer al toro cuando tiene a su merced a un torero. También se llama así al conjunto de suertes ejecutadas después al toro de varas.

 

SORTEAR. Decidir a suerte los toros que ha de lidiar cada matador. Se verifica esta operación reglamentaria a la mañana de la corrida. La medida que existe desde 1897 (fue debida) gracias al torero Luis Mazzantini.

 

TERCIO. Una de las tres partes de las que se compone la lidia. El terreno comprendido por el tercio medio del radio imaginario, en que se divide el ruedo. Comúnmente se suelen delimitar por las dos rayas que demarcan la distancia mínima exigida entre toro y caballo en la suerte de varas, llamándose este espacio tercio de varas; el más próximo a la barrera tercio de tablas o adentros y los más alejados medios o afueras.

TOREO. El toreo es una especie de ballet dramático con la muerte. Como en la danza, el toreo, de una manera artística tiene que controlar sus movimientos manteniendo el ritmo, no de la música sino del peligro. En el ruedo un error podría causar la muerte del autor de este drama. Entre el torero y el toro debe existir siempre una relación basada en la distancia, el arte consiste en la habilidad del diestro de ser él el creador de esta relación.

TORERO. Hombre que se enfrenta cada vez no con el toro, sino con su instinto, su fiereza, con sus condiciones propias. Es denominador y práctica un arte que se enraíza en las mejores cualidades.

TORICANTANO. Torero que actúa por primera vez como matador de toros.

TRAPÍO. Es la armonía de hechuras del individuo, dentro de su misma raza así como el tipo, el cuajo y su presencia ofensiva. Por tanto, no es sólo el peso, la encornadura y sus pitones, su alzada o tamaño.

 

VOLUNTARIOSO. Es el toro que acude por iniciativa al engaño aún antes de que se le cite.

VILLAMELÓN. Aficionado que acude a las corridas de toros sin tener idea de lo que sucede en ella.

 

   Por todo lo anterior, debo agradecer el trabajo de Rebeca del Carmen Banda Ayala. Consiguió no sólo entender, sino dar su propia visión, la cual queda en este interesante trabajo con el cual se enriquece el bagaje de las investigaciones que, a nivel universitario se vienen realizando en los últimos años.


[1] Rebeca del Carmen Banda Ayala: “Actualidad del toreo en México. Reportaje”. Reportaje que para obtener el título de Licenciada en Comunicación y periodismo presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Aragón, 2006. 169 p. Ils., fots.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 1679

 -Carrera de 8 caballeros delante del balcón de Palacio (27 de junio).

-Toros y maroma (11 de diciembre).

-Toros. Uno en zancos, toreó. (13 y 14 de diciembre).

    Escasas en verdad son las noticias taurinas que se recogen de ese año. No puede olvidarse el hecho de que la vulnerabilidad provocada por inundaciones, sequías o epidemias debe haber sido un fenómeno presente, en contraposición con las muy arraigadas formas de celebración que se tornaron no sólo una costumbre, sino un auténtico sistema regido por la iglesia, con sus fiestas sagradas, y el estado, de cuyos diversos motivos o pretextos se generaba también la fiesta profana, sin que faltaran aquellas otras de origen académico, en cuanto una generación de estudiantes terminaba sus cursos, era normal que celebraran aquel asunto con una o varias corridas de toros, entonces a la usanza de torneos y demostraciones del toreo a caballo, detentado por la nobleza, pero hecho suyo en esos momentos por aquellos muchachos llenos de entusiasmo y fervor juvenil que de seguro, despertaba en más de uno, la posibilidad no sólo de demostrar sus habilidades, sino aprovechar el momento para lucir de tal modo el uso de las sillas o a la brida o a la jineta, para llamar la atención de la mujer a la que deseaban.

   Transcurría el reinado de Carlos II, y en esos momentos, quien gobernaba el reino de la Nueva España, como alter ego de aquel monarca de la casa de los Austrias, era don Fray Payo Enríquez de Rivera, Arzobispo de México (del 13 de diciembre de 1673 al 30 de noviembre de 1680).

   Desconozco en qué medida don Fray Payo Enríquez, como religioso pudo haberse opuesto a las celebraciones establecidas por aquellos años. Sin embargo, el registro de Antonio de Robles en su Diario de Sucesos Notables apenas nos deja conocer estas tres actividades, en las que destaca la presencia de la combinación habida el 11 de diciembre cuando hubo toros y maroma.

   La investigadora Maya Ramos Smith, nos explica:

 Estos espectáculos (Los acróbatas: “maromas y volatines”), que proliferaron en todas las épocas y se contaron entre los favoritos del público, fueron los más diversificados y explotados comercialmente y se encontraron entre los precursores del circo moderno”.[1]

    Como una propuesta de espectáculos alternativos o combinados, hubo durante buena parte del virreinato este tipo de celebraciones en las que, los maromeros, títeres y otras exhibiciones participaban en los intermedios durante las lidias de gallos y toros, sobre todo, y como afirma la investigadora, en ocasión de las grandes fiestas públicas. Además afirma:

    Las oportunidades para participar se incrementaron notablemente durante el siglo XVIII, cuando la enorme popularidad del toreo lo convirtió en una floreciente industria del espectáculo que ya no dependía sólo de las festividades.[2]

    Avanzado en alguna medida el siglo XIX, y al generarse verdaderos propósitos e intereses entre los diversos asentistas que organizaban temporadas de toros, sobre todo en la Real Plaza de San Pablo

    (en 1818) se prohibieron otras corridas dentro de la capital y a una legua a la redonda, y se estipuló que “el contratista”, además de los días de fiesta, podía disponer lidias en los de trabajo, con exclusión de la Cuaresma y los periodos de rogativas públicas, “según el orden que se observa en el teatro de comedias”, pero que durante la Cuaresma quedaba en libertad para “subarrendar la plaza, o hacer por su cuenta funciones de maromas, equitación, equilibrios u otras de esta especie permitidas en este tiempo, hasta la semana de la Pasión exclusive”.[3]

   ¿En qué consistían las maromas?

   Francisco Antonio Navarrete en su obra Relación peregrina del agua corriente… (1739)[4] describe la presencia de un acróbata que divirtió al público con su “baile de la maroma”:

 La tercera, y demás tardes, se presentó a la vista de todos un maromero, que entreteniendo a los mirones con su propio peligro, brincaba, y saltaba, como un loco, sobre lo delgado de una cuerda: avisando con este temerario arrojo a los mortales, que en esta vida importa a todos hacer una mudanza, porque todos son maromeros, estrivando su vida sobre lo débil, y delgado de un hilo, que es el de la vida (p. 150-51).

    De todo lo anterior, ¿cómo nos hacemos a la idea para entender esas expresiones?

   Me parece que si se echa mano de algunas imágenes de nuestros tiempos, podríamos tener la respuesta.

Luego de las diversiones callejeras, que incluían el “torito”, ese elemento de fuegos artificiales…

…y de que hubiese buenas contiendas entre los gallos…

…así como más de un susto en la corrida de toros…,

   …salía el “maromero” a demostrar sus habilidades de acrobacia, en tanto amenizaba aquellas lindezas una pequeña agrupación musical de “concheros”.

 

 Las imágenes provienen de ediciones del periódico La Jornada (años 90 del siglo pasado). Sus autores, en orden de aparición: Rosaura Pozos, Francisco Olvera, Víctor Mendiola y Juan Carlos Rojo.


[1] Maya Ramos Smith: Los artistas de la feria y de la calle: espectáculos marginales en la Nueva España (1519-1822). México, Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli, 2010.  296 p. Ils., facs., p. 169.

[2] Op. Cit., p. 83.

[3] Ibidem.

[4] Relación peregrina de el agua corriente que para beber y vivir goza la muy noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro, por el Muy R. P. Mtro. Francisco Antonio Navarrete, profeso de la Sagrada Compañía de Jesús. Descríbense las plausibles Fiestas, que dicha Nobilísima Ciudad, como agradecida hizo, al ver logrado tan peregrino, y perenne beneficio: Y dedica este cristalino monumento de su gratitud, a la muy ilustre Sra. Doña María Paula Guerrero Dávila, Marquesa de la Villa del Villar de el águila. Impresa en México con licencia, Por Joseph Bernardo de Hogal, Ministro e Impresor del Real y Ap. Tl. De la Santa Cruzada. Año de 1739.

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