Archivo mensual: diciembre 2011

RETRATO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO. 1835 y 1867. 3 de 6.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 RETRATO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO. 1835 y 1867. (Cohesión social entre lo urbano y lo rural). 3 de 6.

 BERNARDO GAVIÑO Y RUEDA: ESPAÑOL QUE EN MÉXICO HIZO DEL TOREO UNA EXPRESIÓN MESTIZA DURANTE EL SIGLO XIX.

    El mestizaje como fenómeno histórico se consolida en el siglo antepasado y con la independencia, buscando “ser” “nosotros”. Esta doble afirmación del “ser” como entidad y “nosotros” como el conjunto todo de nuevos ciudadanos, es un permanente desentrañar sobre lo que fue; sobre lo que es, y sobre lo que será la voluntad del mexicano en cuanto tal.

   Históricamente es un proceso que, además de complicado por los múltiples factores incluidos para su constitución, transitó en momentos en que la nueva nación se debatía en las luchas por el poder. Sin embargo, el mestizaje se yergue orgulloso, como extensión del criollismo novohispano, pero también como integración concreta, fruto de la unión del padre español y la madre indígena.

   Conforme avanza el siglo XIX, el proyecto de patria provoca que el mexicano vaya buscando y encontrándose así mismo, con todas sus utopías, pero también con todas sus realidades que limitadas o no, viables o no en ese nuevo estado en el que ahora conviven y convivimos, hacen de ese siglo una de las aventuras más fascinantes, por complicadas, bajo tiempos difíciles entre la inercia del intento por vivir en el progreso; porque lo único que encuentran es un regreso o estancamiento que parece no identificarse con una meta que, entre otras cosas, busca símbolos de lo nacional, sin soslayar herencias de tres siglos coloniales.

Col. del autor.

    Los mexicanos pintados por sí mismos de Hesiquio Iriarte (1854) que reúne autores como Hilarión Frías y Soto y Niceto de Zamacois, entre otros, es un tesoro iconográfico del costumbrismo decimonónico, vivo reflejo de la sociedad, retrato que se identifica con la forma de ser del mexicano. Me atrevo a decir que a dicha obra faltó el capítulo distintivo de las corridas de toros, diversión popular que arraigó poderosamente al consumarse la conquista. De alguna manera el mexicano en cuanto tal la enriqueció, inyectándole un carácter que se iba identificando pero también diferenciando del español, aunque sin perder sus raíces, por lo que sólo la forma, pero no el fondo se modificó luego del paso de aquellos trescientos años de dominio colonial.

   Como ya vimos, al independizarnos: el “ser” por y para “nosotros” le da una nueva apariencia al toreo que en consecuencia lo torna cada vez más “nacionalista”. Bajo esta premisa, el arribo del torero español Bernardo Gaviño y Rueda a México en 1835 produce un giro radical en la expresión hasta entonces vigente. La tauromaquia se reactiva gracias a la participación de varias generaciones de diestros que nutren constantemente un quehacer que parece estancarse en medio de cierto enrarecido ambiente. Bernardo entendió que al hacerse valer como español y como torero corría el peligro de ser rechazado por mexicanos que se están definiendo como parte del nuevo estilo de vida que han adquirido apenas unos años atrás a la aparición de Gaviño en el panorama. Por eso fue que asumió un carácter que hizo suyo, y como he dicho en muchas ocasiones: Bernardo acabó mexicanizándose; acabó siendo una pieza del ser mestizo.

   Cuando Bernardo llegó a nuestro país entre 1829 y 1834, de inmediato organizó cuadrillas y recorrió el país mexicano, despertando en todas las regiones la afición al espectáculo que, aunque no era desconocido, por los muchos españoles que había en el territorio (muy a pesar de la expulsión que sufrieron hasta antes de 1836, año en que España reconoce la independencia de México), ofrecía novedad como Gaviño lo presentaba. Gaviño se ajustó a los gustos del público y creó una manera especial de toreo. Los picadores montaban en caballos con el pecho y ancas cubiertos de cuero y no picaban a los toros, sino que los pinchaban en cualquier sitio. Los banderilleros clavaban invariablemente tres pares, repartidos por todo el cuerpo de la res y, cuando sonaba el clarín, salía Gaviño con un capote arrollado a un palo en la mano izquierda, y después de dar tres o cuatro lances, se colocaba a la derecha del toro con el capote extendido, hacía con éste un movimiento hacia la derecha del toro y al tiempo que el toro embestía al trapo, le introducía en la tabla del cuello, casi siempre bajo, el estoque, que sacaba inmediatamente, dando una vuelta sobre los talones y mostrando al aire el acero victorioso al tiempo que la degollada res rodaba.

   Con alrededor de 57 años de vida profesional entre España, Uruguay, Cuba, Perú y México este importante torero decimonónico no podía ser olvidado de un plumazo, menos cuando el balance de actuaciones alcanza en ese número de años la friolera de 721 tardes donde su nombre figuró en los carteles. Es por eso que el presente esfuerzo busca reafirmarlo, otorgándole y reconociéndole los méritos que acumuló en tiempo de ejercicio tan prolongado, siendo uno de los pocos casos que, por excepcionales en cuanto a longevidad, se registran en los anales del toreo. Pedro Romero mataba toros a los 80 años de edad. Bernardo lo hizo hasta los 73. En nuestros días, el caso recae en la figura mítica de “Curro” Romero quien a sus 65 años sigue siendo el consentido, sobre todo en Sevilla, donde sus partidarios le prodigan afectos, a pesar de sus contrastes. Asimismo, no podemos olvidar el caso “extraordinario” que escenificó Antonio Chenel “Antoñete” justo el 24 de junio de 1998 en la plaza de toros de LAS VENTAS, al celebrar sus 66 años de vida ocasión que aprovechó para vestirse de lila y oro y lidiar dos toros de “Las Ramblas” como homenaje a la afición de Madrid. Esa tarde, dicen las crónicas, estuvo sencillamente magistral, al demostrar la summa de sus facultades todas, recordando que summa es la reunión de experiencias que recogen el saber de una gran época.

   Como vemos, no son muchos los casos de longevidad que guarden esa dimensión maravillosa de la permanencia.

   Por otro lado, y como dice Artemio de Valle Arizpe: lamentablemente “(…) quebró la casa de comercio en la que [Bernardo Gaviño] tenía depositados sus ahorros, cosa de ochenta mil pesos, y pronto como había hecho demasiados gastos quedó perdido y miserable para toda la vida. Pero no vino sola la pobreza, sino que se presentó acompañada de su corte de enfermedades y achaques que lo redujeron a muy triste estado. Del gran fausto fue bajando a suma estrechez. Pasaba muchas necesidades y menguas. Se le metió la desventura en los huesos”. Hasta aquí la cita.

   Pobre, muy pobre acepta firmar un contrato para torear en Texcoco. El desenlace, como todos ustedes saben, sobrevino luego de varios días de agonía tras recibir tremenda cornada, muriendo a consecuencia de ella, el 11 de febrero de 1886.

Retrato de Bernardo Gaviño. Recreación del pintor mexicano Antonio Navarrete.

    El mestizaje en el que se envuelve Bernardo Gaviño permitió que actuara incontables tardes en ruedos de nuestro país, lo mismo en la ciudad de México que en Toluca o Puebla. También en Morelia o en sitios tan alejados como Durango y Chihuahua. Más allá de nuestras fronteras, Perú, Cuba y Venezuela  fueron lugares donde su nombre y sus triunfos coquetearon con la fama. Pero lo más destacable en todo esto es la escuela y la enseñanza que heredó entre toreros de diversas generaciones, siendo uno de ellos, Ponciano Díaz, el alumno que descolló y sobresalió con mayor fuerza hasta convertirse en el diestro de la resonancia que hoy entendemos al cumplirse el siglo cabal de su muerte en 1999.

   Bernardo Gaviño no es una casualidad para la historia taurina en el México del XIX. Su presencia perfila el destino de aquel espectáculo matizado por la invención permanente y efímera al mismo tiempo, en la que una corrida era diferente a la otra, presentando diversidad de cuadros que hoy pudieran resultarnos increíbles por su riqueza de contenido. En medio de aquel ambiente, Gaviño protagonizaba como actor, el papel principal, permitiendo que la fiesta discurriera deliberadamente tal y como lo anunciaban los carteles.

   Algo que no puede dejar de mencionarse, es el hecho rotundo de que su trayectoria en los toros en esos 57 años en América, desde su llegada en 1829 a Montevideo, y el momento de su percance mortal en Texcoco a principios de 1886, demuestran que es una de las más largas carreras en la Tauromaquia universal. El poco tiempo que le debe haber tomado alguna práctica, ya en el matadero, ya en alguna plaza de la región andaluza –que no sabemos con precisión cuanto pudo ser-, debido más bien a su corta edad, también se suma a ese largo recorrido que acumuló infinidad de anécdotas, hazañas, desilusiones, actitudes, gestas…, recuerdos como el que ahora proponemos, el de un perfil biográfico donde pudimos entender no solo al personaje de leyenda. También al hombre de carne, hueso y espíritu. Su actividad encierra importantes, muy importantes situaciones que le dieron a la tauromaquia nacional el valor, la riqueza, elementos con los cuales hoy comprendemos tan importante dimensión.

   La influencia de Gaviño durante buena parte del siglo XIX fue determinante, y si el toreo como expresión gana más en riqueza de ornamento que en la propia del avance, como se va a dar en España, esto es lo que aporta el gaditano al compartir con muchos mexicanos el quehacer taurino, que transcurre deliberadamente en medio de una independencia que se prolongó hasta los años en que un nuevo grupo de españoles comenzará el proceso de reconquista. Solo Francisco Jiménez “Rebujina” conocerá y alternará con Gaviño en su etapa final. José Machío, Luis Mazzantini, Diego Prieto, Manuel Mejías o Saturnino Frutos ya solo escucharán hablar de él, como otro coterráneo suyo que dejó testimonio brillante en cientos de tardes que transcurrieron de 1835 a 1886 como evidencia de su influjo en la tauromaquia mexicana de la que ha dicho Carlos Cuesta Baquero, autor imprescindible en el análisis de un trabajo que concluye con esta sentencia:

NUNCA HA EXISTIDO UNA TAUROMAQUIA POSITIVAMENTE MEXICANA, SINO QUE SIEMPRE HA SIDO LA ESPAÑOLA PRACTICADA POR MEXICANOS influida poderosamente por el  torero de Puerto Real, España, Bernardo Gaviño y Rueda. En este personaje se deben encontrar los verdaderos cimientos de creación de la que en su tiempo se llamó “escuela mexicana”, como lo afirmaba una publicación taurina española hace poco más de un siglo.[1]

 PABLO Y BENITO MENDOZA. TOMÁS Y JOSÉ MARÍA HERNÁNDEZ, TOREROS DEL OTRO SIGLO QUE NO SE PERDIERON GRACIAS A SUS HAZAÑAS DE PRONTO OLVIDADAS.

    Pablo y Benito Mendoza. Tomás y José María Hernández fuera del espacio taurino decimonónico, serían cuatro ilustres desconocidos. Pasada la segunda mitad del siglo 19 surgieron estos protagonistas que parecen ocupar papeles secundarios y por eso la historia, junto a la escasez de testimonios no los valora en su exacta dimensión. Pero los cuatro, cada quien en su propio espacio, supieron forjar hazañas que buscaremos contar, a partir de diversos documentos que nos dan idea cabal de su existencia.

   Tengo ante mi vista un cartel que corresponde a la tarde del domingo 6 de septiembre de 1857. Aquella jornada, ocurrida en la plaza principal de toros, “en la de San Pablo”, se presentó Pablo Mendoza con su cuadrilla, en estos términos:

 PLAZA PRINCIPAL

DE TOROS

EN LA DE SAN PABLO.

Domingo 6 de septiembre de 1857

 La empresa de esta plaza, que sólo anhela á proporcionar al respetable público de esta capital, el que en los espectáculos que en ella tengan lugar, sean variados y desempeñados por las personas más inteligentes en el arte de torear, no ha omitido sacrificios ni gastos para formar una compañía de lo más escogido: al efecto, la que el día enunciado dará principio á sus tareas será comandada por el hábil cuanto diestro mexicano

 PABLO MENDOZA,

el que infinitamente ha adelantado en tan arriesgada profesión, la ha formado con acuerdo de la empresa con los individuos que abajo se expresan para conocimiento de los aficionados á esta diversión, que tan bondadosamente la honra en la plaza.

   La empresa, pues, espera que tanto los españoles residentes en esta capital, que están acostumbrados a ver en su país las selectas y hábiles cuadrillas de lidiadores de toros, así como muchos mexicanos que en el espresado país también las han visto, y todos los que en las diversas ocasiones han presenciado en esta capital y en las de los Estados de la República el trabajo de variadas compañías, darán por sin duda su calificación favorable á la presente, la que á más de su diestra habilidad, está resuelta a desempeñar sus tareas con gusto, actividad y esmero.

 SEIS FAMOSOS TOROS

de la estancia de Cerro-Bravo serán los que se presenten á la lid la tarde de este día; y como no habían visto gente hasta el tiempo que fueron á cogerlos en la estancia espresada, costó infinito trabajo para reunirlos; de manera que han dado mucho quehacer en el camino á sus conductores, y por lo mismo están tan soberbios y arrogantes, que merecen en sus juegos los aplausos debidos a su valentía.

TRES TOROS

 para el coleadero cubrirán los intermedios, dando fin la función con el TORO EMBOLADO de costumbre, para los aficionados.

 PERSONAL DE LA CUADRILLA

CAPITÁN Y PRIMERA ESPADA

PABLO MENDOZA

 

PRIMEROS PICADORES

Serapio Enriquez             Caralampio Acosta

SEGUNDOS PICADORES

Teodoro Villaseñor                      Diego Olvera

Joaquín Carretero                       Antonio Rea.

SEGUNDA ESPADA Y BANDERILLERO,

Pedro Córdova.

BANDERILLEROS

Victoriano Guevara                     Francisco Contreras

Silverio Cuenca               Félix Castillo

CHULILLO

Eugenio Friact.

LOCOS

José María Vargas                      Tranquilino Fernández

CACHETERO

Víctor Reyes

LAZADORES

Antonio Leiva.-Amado Guzmán.-Estanislao Franco

    Pablo Mendoza repitió en la misma plaza ocho días después (con la salvedad que dicha corrida “no se dió el día que anuncia este programa sino el día 20…”).

   Regresó a la capital del país el domingo 25 de octubre del mismo año, lidiando

CINCO SOBRESALIENTES TOROS.

 Después de recibir la muerte el segundo toro, se echarán a volar para dentro de la plaza, del alto de las cuatro puertas del circo de ellas,

DIEZ Y SEIS PALOMAS

 adornadas con listones y monedas de ORO Y PLATA cada una, para que las tomen las personas adonde ellas vayan á parar en su vuelo.

   Los demás intermedios serán cubiertos por

DOS TOROS PARA EL COLEADERO;

 dando fin la función con

UN SOBERBIO TORO EMBOLADO

 de costumbre para los aficionados.

 
El cartel de dicha ocasión. Col. del autor.
 
CONTINUARÁ.


[1] Los Toros. Año II, Nº 48, Madrid, 8 de abril de 1910, p. 14.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XVII.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En mi tesis doctoral intitulada: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Universidad Nacional Autónoma de México, Colegio de Historia. 2007, incluí un glosario de términos especializados que daban una mejor idea para entender ciertos términos utilizados a lo largo de esa investigación, de ahí que ahora incluya los que presento a continuación.

 ÍNDICE DE FERTILIDAD

 Proporción del número de hembras que paren a lo largo de un año en referencia a las hembras existentes en edad de procrear destinadas a la reproducción.

 JARIPEO

 Conjunto de suertes que integran el moderno arte de la Charrería, y cuyo origen se encuentra en las faenas que realizaban los vaqueros en el campo con las bestias de acuerdo con las necesidades reales de una hacienda (rodeo, herradero, conducción de partida, etc.). Fray Alonso Ponce, llegado de España como visitador de conventos, refiere, en 1586, las hazañas de un vaquero en las que ya se podían reconocer algunas de las suertes de lo que se llamará el jaripeo –mitad fiesta de toros, mitad fiesta ecuestre- que celebran hoy día los rancheros mexicanos y que fue modelo, también para el rodeo norteamericano.

 LABORÍO

 Trabajador o residente de la hacienda.

 LATIFUNDIO

 En la consolidación del latifundio participó ese sentimiento tan vivo que tenían los españoles de los lazos de sangre y del parentesco. Cualquiera que fuere el origen de sus fortunas, casi todos los propietarios de tierras aspiraban a vincular sus propiedades a un nombre, a una casa y, si era posible, a un título nobiliario. La tierra fue considerada como un símbolo de prestigio y como una manera de perpetuar el nombre de un linaje. Así, todo se dirigía a crear una gran aristocracia territorial.

 MACEGUAL

 Indígena plebeyo.

 MAYORAL

 Funcionario del pueblo, vigilante.

 MAYORDOMO

 Custodio. Máxima jerarquía en la vida interna de una hacienda, con autoridad sobre todos los caporales, vaqueros y empleados que trabajan en ella.

 MAYORAZGO

 Bienes que se separaban del patrimonio familiar. Formaban una unidad que no se podía vender y lo heredaba el hijo mayor. Su origen están en la Edad Media castellana, se cree que para evitar la descomposición del patrimonio familiar, por el reparto de tierras entre varios hijos. La institución fue reglamentada en las Leyes de Toro, aprobadas en 1505. El mayorazgo se podía constituir por licencia real, por contrato y por testamento. A partir de Carlos III se dieron leyes que limitaban la libertad de fundar mayorazgos y permitían vender sus bienes y se les gravaba con impuestos.

 MEDIERÍA

 Un método muy parecido al de la “sociedad”, solo que el mediero tenía la obligación de entregar la mitad de las semillas cosechadas, por lo que la Principal cumplía iguales condiciones como en el término de la Sociedad.

   La hacienda Principal también arrendó el rancho de San Agustín Aramburó entre 1833 y 1834. Más tarde en 1837, siendo el responsable del alquiler el Coronel Antonio Icaza, administrador del vínculo. Pero fue hasta el tiempo en que el propietario José Juan Cervantes se encargó de la administración, el mismo se hizo responsable de mandamiento y pago de alquiler, que se pactó en 33 pesos, 2 ½ reales por mes, cubiertos por adelantado. La mencionada propiedad era del Sr. Ignacio Cervantes, hijo de José Juan.

   Otras tierras arrendadas estuvieron ubicadas en Coatepec, edo. De México, usadas para alimentar ovejas. Tal arrendamiento tuvo que darse quizá por el agotamiento de pastos, en tanto se recuperaban los que se usaban para dicho fin.

 MERCEDES (DE LA TIERRA)

 La gracia o merced de tierra tuvo por origen el mismo propósito de recompensar con largueza a los particulares que habían hecho posible la obra portentosa del descubrimiento y conquista organizando a sus propios costos la mayoría de las empresas descubridoras.

 MERCEDES (DE SITIO O ESTANCIA PARA GANADO MENOR O MAYOR)

 Son posteriores a las mercedes para labranza (caballerías) y en realidad sólo vinieron a ratificar una ocupación del suelo realizada de hecho y en forma más o menos estable por los primeros “señores de ganados”. En principio, de acuerdo con la tradición medieval española, se mandó que “los pastos y montes y abrevaderos sean comunes” con excepción de “las heredades y ejidos y dehesas que se señalan a cada uno de… los pueblos”.

   Este carácter común de los pastos fue confirmado por el primer virrey de la Nueva España, quien escribió: “Su Majestad tiene mandado que los pastos y montes en toda la tierra sean comunes, porque los piden no los quieren sino para tener jurisdicción sobre estos pobres indios”. Sin embargo, cuando las vacadas comenzaron a invadir las tierras cultivadas y abiertas de los indios y surgieron poderosos “señores de ganados”, las autoridades municipales sancionaron por sí mismas la ocupación de hecho que habían establecido los ganaderos. Pronto los cabildos comenzaron a reconocer ciertos sitios o asientos fijos donde los ganaderos podían asentar sus animales. El hecho de que muchos de los primeros “señores de ganados” fueran miembros de los cabildos, explica el origen de este proceso. Al mismo tiempo, una palabra acuñada en América, el término “estancia” comenzó a hacer fortuna y acabó por designar, como lo señala Francois Chevalier, “el punto en que al fin se detienen el hombre y el rebaño nómadas”.

MESEROS

 Los meseros ocupaban la cima de la pirámide social que jerarquizaba a los distintos trabajadores de la hacienda. Era el grupo denominado sirvientes o “gente de razón” en el siglo XVIII. Cien años después, éste se había ampliado y diferenciado internamente. Cierto, dentro del grupo de los meseros estaban los dependientes, que eran los trabajadores de confianza de la hacienda y, por lo mismo, los de más alta jerarquía y remuneración. Su retribución se efectuaba fundamentalmente en monetario, ya que sus percepciones, relativamente altas, hacían innecesario que se endeudaran con la finca. Es decir, se trata de jornaleros por mes.

 MESTA

 En Castilla, organismo central encargado del cuidado de la ganadería. Su origen está en la Alta Edad Media, cuando los pastores y propietarios se reunían en asambleas, llamadas mestas, para acordar los precios y asignar las reses descarriadas. En 1273 la agrupación de todos los pastores de Castilla fue reconocida por Alfonso X el Sabio, con el nombre de Honrado Consejo de la Mesta de Pastores. La organización se basaba en el reconocimiento del derecho de paso de los ganados a través de rutas tradicionales, llamadas cañadas. El momento de mayor apogeo fue el siglo XVI. La pérdida de la protección real y las nuevas teorías económicas que beneficiaban a la explotación agraria hicieron que en 1836 fuese extinguida y sustituida por la Asociación General de Ganaderos del Reino.

 NASCENCIA

 Número de crías nacidas durante un año natural.

 NOVILLO

 Término usado con amplitud en México en el siglo XVIII para designar un toro joven, corrientemente con menos de dos años.

 PASTOREAR

 Actividad de aquella persona que, tras recibir órdenes del administrador o ganadero se encarga de andar con las reses valiéndose del caballo, la garrocha o una reata como elementos esenciales. Dentro de esa labor se debe considerar el hecho de dirigir al ganado de un sitio a otro, donde se encuentren particularmente los pastos y abrevaderos.

 PEÓN ACASILLADO

 Peón que vive en una hacienda o rancho (calpanero), respectivamente que vive en la calpanería de una hacienda o de un rancho.

 PEÓN DE AÑO

 Se consideran los trabajadores que eran ocupados durante todo el año agrícola en una hacienda, pero que a diferencia de los peones acasillados no vivían ahí.

CONTINUARÁ.

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JOSÉ GOROSTIZA: POETA PARA POETAS.

EL ARTE… ¡POR EL ARTE! (XII).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco 1901; Ciudad de México, 1973). Integrante de la generación de los Contemporáneos, así como colaborador en la revista del mismo nombre (1928-1931), se obsesionó por cuatro temas esenciales: el amor, la vida, la muerte y Dios aplicados en una poesía breve pero sustanciosa como la que más, sobre todo en “Muerte sin fin”, ese poema mayor, del que ahora hablaremos.

   Alrededor del significado que en sí misma tiene la poesía en cuanto tal, considero que dos buenos argumentos son los que pueden encontrarse, tanto en la obra de Octavio Paz[1] como la de José Gorostiza.[2]

   Avanzada la lectura de El arco y la lira, Paz afirma que

   “El poeta no quiere decir: dice. Oraciones y frases son medios. La imagen no es medio, sustentada en sí misma, ella es su sentido. En ella acaba y en ella empieza. El sentido del poema es el poema mismo”.[3] Y luego Gorostiza complementa la siempre pretendida explicación que todo creador en este sentido propone, aunque no siempre bajo el espíritu romántico de Bequer cuando a pregunta expresa de una su admiradora “¿Qué es la poesía?”, la vaga respuesta que escuchó fue “la poesía, eres tú”, vaga respuesta que también va a contrapelo de reconocida obra de Rosario Castellanos y su “Poesía no eres tú”. No. Aquí de lo que se trata es ingresar al complejo terreno donde pueden tejerse sólidas redes infinitas en prueba de este difícil, pero a la vez sencillo y misterioso quehacer. Por eso, José Gorostiza apunta que: “Para el poeta, la poesía existe por su sola virtud y está ahí, en todas partes, al alcance de todas las miradas que la quieran ver”. Es más:

   “La substancia poética, según esta mi fantasía, que derivo tal vez de nociones teológicas aprendidas en la temprana juventud, sería omnipresente, y podría encontrarse en cualquier rincón del tiempo y del espacio, porque se halla más bien oculto que manifiesta en el objeto que habita. La reconocemos por la emoción singular que su descubrimiento produce y que señala, como en el encuentro de Orestes y Electra, la conjunción de poeta y poesía”.

   Precisamente, al buscarle explicaciones al complejo, y asimismo sencillo espacio de la poesía, es necesario acudir a metáforas, a esa construcción de castillos en el aire que todo y nada dicen al mismo tiempo. En ese sentido, quienes profesamos la afición a los toros, solemos acudir con frecuencia al viejo verso de Lope de Vega revestido por el diestro sevillano Pepe Luis Vázquez en estos términos: “El toreo, es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece”. De ahí que sea el propio creador de Muerte sin fin quien nos diga que “la poesía, al penetrar en la palabra, la descompone, la abre como un capullo a todos los matices de la significación. Bajo el conjuro poético la palabra se transparenta y deja entrever, más allá de sus paredes así adelgazadas, ya no lo que dice, sino lo que calla”.

   Y es por medio del propio Gorostiza quien llega al centro de toda esta atención, rebasando el límite finito, cuando afirma: “La poesía, para mí, es una investigación de ciertas esencias –el amor, la vida, la muerte, Dios- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de él dentro de esas esencias…” Pero eso no es todo. “La poesía es una especulación, un juego de espejos, en el que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta lo infinito y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá”.[4]

   Y mientras Gorostiza apunta que “si la poesía no fuese un arte sui generis y hubiese necesidad de establecer su parentesco respecto de otras disciplinas, yo me atrevería a decir aún (en estos tiempos) que la poesía es música y, de un modo más preciso, canto”, Octavio Paz apuntala este dicho bajo la siguiente afirmación acudiendo a una explicación más, la que proporciona Rubén Darío cuando dice: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, y no hallo sino la palabra que huye… y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”. Paz, extendiéndose en esa búsqueda por el más allá de la poesía insiste que “La “celeste unidad” del universo está en el ritmo. En el caracol marino el poeta oye un profundo oleaje y un misterioso viento: el caracol la forma tiene de un corazón. El método de asociación poética de los “modernistas”, a veces verdadera manía, es la sinestesia. Correspondencias entre música y colores, ritmo e ideas, mundo de sensaciones que riman con realidades invisibles. En el centro, la mujer: la rosa sexual (que) al entreabrirse conmueve todo lo que existe. Oír el ritmo de la creación –pero asimismo verlo, y palparlo- para construir un puente entre el mundo, los sentidos y el alma: misión del poeta”.[5]

   Gorostiza, al quite:

   “El poeta no ha de proceder como el operario que, junto con otros mil, explota una misma cantera. Ha de sentirse el único, en un mundo desierto, a quien se concedió por vez primera la dicha de dar nombres a todas las cosas. Debe estar seguro de poseer un mensaje que sólo él sabrá traducir, en el momento preciso, a la palabra justa e imperecedera… Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede –a semejanza suya- sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios”.[6]

   Todos esos “hombres de Dios” convocados aquí, en tanto creadores, como congregación colectiva por un lado, y secular por el otro; que pretende aproximaciones sobre el mensaje en torno al toreo mexicano, se unen para decirnos a coro, resumido por Octavio Paz como sigue:

   “Agudos, graves, esdrújulos, sobresdrújulos –golpes sobre el cuerno del tambor, palmas, ayes, clarines”- la poesía de lengua española es jarana y danza fúnebre, baile erótico y vuelo místico. Casi todos nuestros poemas, sin excluir a los místicos, se pueden cantar y bailar, como dicen que bailaban los suyos los filósofos presocráticos”.[7]

   Y claro, no podían faltar algunas muestras del repertorio emblemático de José Gorostiza en su “Muerte sin fin”.

 ¡Oh inteligencia, soledad en llamas,

que todo lo concibe sin crearlo!

Finge el calor del lodo,

su emoción de substancia adolorida,

el iracundo amor que lo embellece

y lo encumbra más allá de las alas

a donde sólo el ritmo

de los luceros llora,

mas no le infunde el soplo que lo pone en pie

y permanece recreándose en sí misma,

única en Él, inmaculada, sola en Él,

reticencia indecible,

amoroso temor de la materia,

angélico egoísmo que se escapa

como un grito de júbilo sobre la muerte

-¡oh inteligencia, páramo de espejos!

Helada emanación de rosas pétreas

en la cumbre de un tiempo paralítico; pulso sellado;

como una red de arterias temblorosas,

hermético sistema de eslabones

que apenas se apresura o se retarda

según la intensidad de su deleite;

abstinencia angustiosa

que presume el dolor y no lo crea,

que escucha ya en la estepa de sus tímpanos

retumbar el gemido del lenguaje

y no lo emite;

que nada más absorbe las esencias

y se mantiene así, rencor sañudo,

una, exquisita, con su dios estéril,

sin alzar entre ambos

la sorda pesadumbre de la carne,

sin admitir en su unidad perfecta

el escarnio brutal de esa discordia

que nutren vida y muerte inconciliables,

siguiéndose una a otra

como el día y la noche,

una y otra acampadas en la célula

como en un tardo tiempo de crepúsculo,

ay, una nada más, estéril, agria,

con Él, conmigo, con nosotros tres;

como el vaso y el agua, sólo una

que reconcentra su silencio blanco

en la orilla letal de la palabra

y en la inminencia misma de la sangre.

¡ALELUYA, ALELUYA!

 Para leer en su totalidad esta maravillosa obra, recomiendo el siguiente libro:

 José Gorostiza. Muerte sin fin y otros poemas. Prólogo de Octavio Paz. México, Seix Barral, 2002. 149 p.


[1] Octavio Paz: El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia. México, décimo tercera reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 2003. 305 p. (Sección de lengua y estudios literarios).

[2] José Gorostiza: Muerte sin fin y otros poemas. México, Fondo de Cultura Económica-Cultura SEP, 1983. 149 p. (Lecturas mexicanas, 13).

[3] Paz: El arco…, op. Cit., p. 110.

[4] Gorostiza: Muerte…, op. Cit., p. 8-11.

[5] Paz: El arco…, ibidem., p. 93.

[6] Gorostiza, Muerte…, ibidem., p. 24-25.

[7] Paz, El arco…, ibid., p. 89.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. Nº 29.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Las dos imágenes que hoy acompañan esta sección, corresponden a un mismo hecho, ocurrido también en una misma jornada. Y quizá, en un momento muy cercano entre una y otra. El fotógrafo tuvo oportunidad de enfocar dos suertes profundamente vinculadas al campo, como tareas cotidianas en ese espacio tan emblemático. En la primera, los vaqueros han lazado al novillo, o quizá una vaquilla, misma que ha rodado por la tierra, sitio donde los de a pie, dos rancheros habilidosos y uno más que quizá se acomoda uno de los huaraches, están preparados para ejecutar las suertes del toreo que vieron en alguna plaza cercana o les contaron el sucedido y ahora pretenden emularlo. Aunque es preciso ir por partes. Con un complemento poético intentaré desentrañar parte de la primera de ellas. En el año de 1964, Bonifacio Gil publicó su Cancionero Taurino.[1] El autor, reproduce una amplia muestra de ejemplos latinoamericanos, donde una parte importe corresponde a México. De ese conjunto, y con la venia de don Bonifacio, es que citaré el siguiente texto, para lo cual conviene imaginarlo entonado bajo los acordes de un mariachi.

 El torito.

 Vaqueras. (El toro en el campo)

 La vaca era colorada

y el becerrito era moro,

y el vaquero maliciaba

que era hijo de otro toro.

 

La vaca era colorada

y el becerrito era moro,

y el vaquero maliciaba

que era hijo de otro toro.

 

Estribillo:

 

¡Upa! Toro

“aí” viene el toro!

Sácale vueltas,

pero con modo.

¡Ea! ¡Ea! ¡Ea, torito, ea!

 

(Gritando)

 

-¡Toro! –allá va.

-¡Lázalo, hombre!

-¡Ya lo lacé!

-¡Túmbalo, hombre!

-¡Ya lo tumbé!

¡Ponle el cabestro!

¡Eso no sé!

 

(Final del Estribillo)

 

Pues si no sabes,

Te enseñaré.

¡Ea! ¡Ea! ¡Ea, torito, ea![2]

De la colección del autor.

    Resuelto el punto, soltadas las amarras para que el novillo o la vaquilla se solazara libremente una vez más en el campo, dentro de un gran corral, los de a pie se dieron “vuelo” capoteando como Dios les dio a entender, con sarapes, a sombrerazos… y muchos pies. Uno de ellos incluso tuvo el arresto de montar al “bravo” ejemplar, jineteándolo a pelo, es decir, a la vieja usanza del campo mexicano, allá, en esos espacios donde no hubo regla ni nadie que les limitara o frenara para realizar el toreo a “su manera”. Lo que se puede apreciar es que los de a pie, le “sacaron las vueltas” al bovino, tal y como nos lo deja dicho Margarito Ledesma en estos versos dedicados a Juan Silvete. Imaginando para ello que alguno se llamara Juan…

 Y Juan sin muchos espamentos

y haciendo cosas muy resueltas,

le sacó al toro muchas vueltas

y le picaba los asientos.

De la colección del autor.

    He aquí el toreo rural en toda su dimensión. Quitados de la pena, los rancheros, se envalentonaron y pusieron todo de sí para ejecutar las suertes que en el espacio urbano era cosa consumada. Gracias a estas dos imágenes, puede comprobarse que los toreros aborígenes, calzan huaraches y no zapatillas. Llevan calzón y camisa de manta y no el lujoso terno de luces. Se tocan de sendos sombreros de “piloncillo” y no de monteras. Realizan suertes en un corral improvisado y no en la gran plaza de toros donde intentaron suertes tauromáquicas mejor o igual que Ponciano Díaz o Rodolfo Gaona –porque las imágenes deben corresponder a esos años, transición de los siglos XIX y XX-.

   Tarde soleada, tarde de toros. Toreros campiranos que diciendo quizás ¡qué te da valor!, mientras esa afirmación sale de unos labios humedecidos de pulque, mezcal o tequila, jinetean y le sacan vueltas al torillo, en tanto al fondo de esta segunda imagen, aparece dispuesto para el “quite” otro ranchero más, que ha desdoblado el sarape, quizá lo muerde, como muerden los toreros de miedo la esclavina del capote, y se dispone a intervenir para pegarle algunos lances. Otros dos, quizá menos animados, lo alientan sentados en los ramales del corral, mitad piedra, mitad madera, en tanto la tierra nos da muestra de que algún día sirvió para buenas cosechas y que un buen día también, podrían ser aprovechadas para sembrar maíz. Por ahora, la siembra de toreros es generosa. 


[1] Bonifacio Gil García: CANCIONERO TAURINO (Popular y profesional). Folklore poético-musical y costumbrista recogido de la tradición, con estudio, notas, mapas e ilustraciones. T. III. 848 documentos sobre toros y toreros de España, Portugal, Brasil, Filipinas y países hispanoamericanos. Por (…) (C. de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando). Madrid, Librería para Bibliófilos, Pl. de San Martín, 3, 1965. 238 p. + 32 de Ejemplificación musical. + Pequeña semblanza biográfica de Bonifacio Gil García (s/n).

[2] Op. Cit., V. 3, p. 132. A su vez, Tomado de: Gabriel Zaldívar: Historia de la música en México, p. 293.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En mi tesis doctoral intitulada: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Universidad Nacional Autónoma de México, Colegio de Historia. 2007, incluí un glosario de términos especializados que daban una mejor idea para entender ciertos términos utilizados a lo largo de esa investigación, de ahí que ahora incluya los que presento a continuación.

 DESEMBARQUE

 Acción y efecto de desembarcar.

 DESTETE

 Acción y efecto de destetar o destetarse los becerros. Ocurre entre los ocho o diez meses del nacimiento y supone una laboriosa operación; en la que hay que separarlos de sus madres.

 EJIDO

 En su acepción ganadera restringida significa extensión de tierras de uso comunal pertenecientes a un municipio, destinadas a pastorear el ganado.

   Usual en Castilla para la designación de terrenos ubicados fuera de las ciudades, los cuales podían aprovechar los habitantes conjuntamente, por ejemplo para trillar o instalar colmenas.

   Después de 1917, todas las tierras puestas a disposición de las comunidades o determinados solicitantes dentro del margen de la reforma agraria se llamaban ejidos. Por regla general, los pastos y zonas de bosques ejidales se explotaban conjuntamente, y la tierra de labrantía del ejido, por parcelas individuales. El ejido subsiste como propiedad de la nación, por lo cual no es posible vender ni hipotecar las parcelas.

 EMBARQUE

 Acción y efecto de embarcar a los toros para que sean transportados de la dehesa a la plaza.

 ENCHIQUERAR o ENCHIQUERAMIENTO

 Meter o encerrar el toro en el chiquero. Se efectúa después de apartar los toros y de esta forma queda cada toro enchiquerado en un toril independiente o chiquero hasta el momento en que deba lidiarse o ser apartado para la corrida en el campo. Al acto y momento de enchiquerar los toros se conoce como enchiqueramiento.

 ENCIERRO

 Acto de traer los toros o encerrar en el toril. En España ha constituido desde muy antiguo una manifestación popular en la que los mozos corren delante de los toros, que van arropados por los cabestros, hasta la plaza de toros.

 ENCOMENDEROS

 Muy pronto el monopolio virtual que ejercía la alhóndiga sobre la venta de los granos cayó en poder de los grandes agricultores a través de los llamados encomenderos, individuos también españoles o criollos a quienes los hacendados encomendaban sus granos para que fueran vendidos en la alhóndiga. En el siglo XVIII ese proceso había culminado: solo unos cuantos “encomenderos”, que concentraban en sus manos los granos de varios hacendados y especuladores, vendían la mayor parte del maíz y del trigo que se consumía en las principales ciudades y reales de minas de la Nueva España. El resto, o sea la parte de la producción indígena que entraba al mercado urbano, la revendían los especuladores.

 ENCOMIENDA

 La encomienda es una institución de origen castellano que pronto adquirió en las Indias caracteres peculiares que la hicieron diferenciarse plenamente de su precedente peninsular.

   Por la encomienda, un grupo de familias de indios mayor o menor según los casos, con sus propios caciques quedaba sometido a la autoridad de un español encomendero. Se obligaba éste jurídicamente a proteger a los indios que así le habían sido encomendados y a cuidar de su instrucción religiosa con los auxilios del cura doctrinero. Adquiría el derecho de beneficiarse con los servicios personales de los indios para las distintas necesidades del trabajo y de exigir de los mismos el pago de diversas prestaciones económicas.

 ESTANCIA

 Medida de superficie (igual a sitio); hacienda dedicada a la cría de ganado.

 ESTANCIA DE GANADO MAYOR

 Hacienda de reses.

Una estancia para ganado mayor medía 1,750 hectáreas.

 ESTANCIA DE GANADO MENOR

 Hacienda de ovejas o cabras.

Una estancia para ganado menor medía 730 hectáreas.

 FENOTIPO

 Realización visible del genotipo en un determinado ambiente.

   El veterinario Sanz Egaña considera en su obra La bravura del toro de lidia lo siguiente: “Las nociones clásicas de casta y trapío se llaman ahora genotipo y fenotipo. El fenotipo representa los caracteres aparentes comprobados por el reconocimiento exterior”.

 GAÑAN

 Trabajador de la hacienda.

 GENOTIPO

 Conjunto de los genes existentes en cada uno de los núcleos celulares de los individuos pertenecientes a una determinada especie vegetal o animal.

   El veterinario Sanz Egaña considera en su obra La bravura del toro de lidia que: “casta y trapío corresponden a genotipo y fenotipo”. El genotipo representa la nación de constitución orgánica, la estructura y funcionalidad del animal, y en él se comprenden todos los factores hereditarios de los ascendientes, se manifiesten o no al exterior”.

 HACIENDA

 La hacienda, como propiedad territorial, fue la riqueza más prestigiada. En el siglo XVII, la palabra hacienda, que significaba haber o riqueza personal en general, se fue aplicando para designar una propiedad territorial de importancia. La hacienda era el haber seguro, la tierra que podía exhibirse orgullosamente como propiedad de una familia. Pasó a ser la unidad económica por excelencia en Nueva España; se convirtió en unidad autosuficiente; atrajo población de pueblos de indios, y otra población dispersa se fue asentando también en las haciendas; mantuvo servicios religiosos y aprovisionamiento seguro. Todo esto, en estrecha relación con los cambios importantes en el régimen del trabajo, favoreció el desarrollo y estabilidad de la hacienda en el centro y el norte de la Nueva España.

 HERRADERO

 Operación que se realiza todos los años en una hacienda consistente en concentrar todo el ganado nacido durante el año para marcarlo con el “hierro” o divisa característica de su propietario. Las cifras de “herradero” de una unidad de producción señalan, consiguientemente, las crías nacidas durante un año natural.

 HIERRO

 Marca de hierro con diseño característico que, aplicada al rojo vivo sobre la piel de una res, sirve para señalar la propiedad o divisa del animal. En el siglo XVIII se reservaba casi exclusivamente para el ganado mayor.

CONTINUARÁ.

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RETRATO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO. 1835 y 1867. 2 de 6.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 RETRATO TAURINO EN LA CIUDAD DE MÉXICO. 1835 y 1867. (Cohesión social entre lo urbano y lo rural). 2 de 6.

  Pues bien, la corrida se desarrolló al estilo de lo indicado en el cartel, lo cual significa que fue un acontecimiento entre alucinante y fascinante. En algún intermedio se llevó a cabo el anunciado “sorteo” y he aquí los resultados, mismos que se publicaron en LA SOMBRA, D.F., del 31 de octubre de 1865:

 PLAZA DE TOROS.

Se nos remite para su publicación lo siguiente:

Lista de los números premiados en la rifa de 10 guajolotes, 6 carneros y 1 novillo, que tuvo verificativo el 29 de octubre.

Guajolotes.-Números premiados: 132, 801, 1150, 1871, 2533, 3668, 3928, 5490, 5720y 6853.

Carneros.-Números premiados: 1500, 2587, 2642, 4258, 5796 y 6833.

Novillo.-9184

   Además, se incluye en esta nota, el efecto que produjo una “falsa alarma” que circuló por esos días en La Nación y que la propia Sombra se encargó de desmentir.

   El Sr. Gaviño hace presente, tanto a su familia ausente como al público en general, que no es cierto haya muerto, como han publicado algunos periódicos de esta capital”.

   La Sombra añade:

 (…) la culpa del notición,

que no ha sido mal petardo

para el Valiente Bernardo,

que lo diga la Nación.

    Si alguno de ustedes posee el o los boletos premiados, favor de dirigirse a las oficinas de la plaza de toros “Paseo Nuevo”, domicilio conocido, de la ciudad de México para, en el acto, hacerles entrega, ya sea de un guajolote, un carnero o del novillo que fueron rifados. (El último párrafo ha sido una ocurrencia del responsable de esta ponencia. N. del A.)

   Viene aquí el otro documento:

 Cartel de la plaza de toros DEL PASEO NUEVO para el domingo 2 de diciembre de 1866. Ilustrado por Alejandro Campillo.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO-NUEVO. / GRAN FUNCIÓN EXTRAORDINARIA / A BENEFICIO / DE BERNARDO GAVIÑO, / PARA EL / DOMINGO 2 DE DICIEMBRE DE 1866. / Cuadrilla del beneficiado.-Toros de muerte de la muy acreditada hacienda de Atenco.-Novillos / para coleadero, por parejas, con sus premios.-Torete para la mojiganga denominada: UN / CASAMIENTO DE INDIOS EN TEHUANTEPEC.-Banderillas a pie por el be- / neficiado, alternando con los picadores.-Banderillas a caballo. -Magní- / ficos FUEGOS ARTIFICIALES, por el hábil pirotécnico D. / Severino Jiménez.

   Siempre que llega un día como el de hoy, quiero decir, el día de mi beneficio, acudo a mi imaginación para poder confeccionar un anuncio que merezca el ser, ya que no de alguna capacidad para expresarme como hombre instruido, al menos para manifestar al respetable público de esta Capital, lo agradecido que le estoy en los largos años que me ha favorecido con su presencia, cada vez que me he presentado a trabajar en mi difícil y arriesgado arte de Tauromaquia; pero por más esfuerzos que hago para ello, no encuentro las palabras, y es tanto lo que me confundo, que me quedo sin decir nada.

   “Por la misma razón, y creyendo, de que tanto mis amigos como el público en general, a quien dedico este beneficio, habrán comprendido lo que yo no puedo explicarlo, (por lo que) pongo punto final, y pongo a continuación el siguiente programa y

ORDEN DELA FUNCIÓN

1º.-Se dará principio a la corrida con

TRES ARROGANTES Y BRAVOS TOROS DE MUERTE

De la hacienda de ATENCO

2º.-Concluida la lid del tercer toro, se procederá al

COLEADERO DE TRES NOVILLOS

Para el efecto. Estos serán coleados por parejas y el que lograre el dar CAIDA REDONDA tendrá un PREMIO DE UNA FLOR, conteniendo su respectivo ESCUDO DE ORO.

3º.-Se procederá a la presentación de la graciosísima MOJIGANGA, denominada:

UN CASAMIENTO DE INDIOS / EN TEHUANTEPEC,

La que lidiará un BRAVO TORETE de la misma hacienda de Atenco, y el cual será matado porla Novia India.

4º.-A continuación de la conclusión de la mojiganga, se lidiarán a muerte los Toros que se puedan mientras durare la luz del día.

5º.-Cuando ya la luz del día haya terminado, SE ILUMINARÁLA PLAZAcon hermosos FUEGOS DE BENGALA, HACHONES DE VIENTO y FAROLES en los tránsitos de las lumbreras; e inmediatamente se empezarán a quemar los magníficos

FUEGOS ARTIFICIALES,

Con los que terminará la función.

   El beneficiado pide indulgencia a sus amigos y al público en general que asista a esta función, a Lumbreras y tendido de Sombra, por el aumento de dos reales en la entrada que hace en esta corrida, por motivo de haber tenido que erogar gastos muy crecidos para presentar una diversión que cree será del agrado de sus favorecedores; si lo logra, nada más le queda qué desear a

Bernardo Gaviño.

Tip. Del Comercio, Cordobanes núm. 8.

Detalle del cartel que se menciona en esta parte de la ponencia. Col. del autor.

    Como resultado de esa comunicación, todavía en nuestros tiempos es posible el desarrollo de mojigangas, jaripeo, coleo, manganeo, realizados a campo abierto o en lienzos charros, pero ya no en las plazas. Tal enigma es muy fácil entenderlo si se tiene claro que al madurar la tauromaquia, esta se impuso definitivamente en las plazas de toros, en tanto que todos aquellos aderezos encontraron acogida en el campo o en el lienzo como extensión de su continuidad. Por eso, y entre otras cosas, campo y ciudad se tornaron espacios de experimentación pero también de afirmación.

   No siendo suficientes estas razones, empresa y toreros en armonía con las costumbres y los arraigos, recurrió al teatro, y lo hizo también con pirotécnicos como Severino Jiménez, personaje que hacia los años 60 del siglo XIX fue requerido en infinidad de ocasiones para que se luciera en el uso de la pólvora y la pirotecnia.

   Mencionado en su momento, Luis G. Inclán no sólo en la teoría, también en la práctica supo encontrar formas que, concebidas en el campo, podían ser posibles en la plaza. Es de reconocer que lo suyo no era nada nuevo. Se respiraba en el ambiente de la plaza el olor a campo, aroma que venía de muchos años atrás, considerando la fuerte carga del México rural. Pero para que esto sucediera tuvieron que darse una serie de respuestas al fuerte clima de inestabilidad que enfrentaba el país. Sabiendo que los enfrentamientos entre facciones, liberales, conservadores, militares y hasta religiosos, dio pauta para que hubiese una reivindicación de la literatura de costumbres que empezó a tomar forma desde esos años que ahora se tratan, y que culminaron intensos con la aparición de “Astucia”, “El mendigo de San Ángel” de Niceto de Zamacois, los “Bandidos de Río Frío” de Manuel Payno, o “El Zarco” de Ignacio Manuel Altamirano. En dichas obras queda un registro de diversos escenarios que se materializaban en el ámbito rural y eso, en buena medida se retrató en las plazas de toros y en el campo bravo, no como una vertiente paralela, sino como elementos naturales de las obras aquí referidas. Y es que no necesariamente algunos de estos autores deberían contar con una inclinación hacia el fenómeno de la tauromaquia, pero estaba tan insertada en las costumbres que llegó a convertirse en un elemento más de la vida cotidiana. Que cada autor le diera el sentido a la intención literaria es otra cosa.

   Al retomar el asunto de estos apuntes, debo afirmar que los toros alcanzaron entre los años de 1835 y 1867 unas cotas sin precedentes. Avanzado el siglo XIX, aparecieron los hermanos Ávila, de quienes me referiré a partir de un texto escrito previamente.[1]

   El caso de los hermanos Ávila se parece mucho al de los Romero, en España. Sóstenes, Luis, José María y Joaquín Ávila (al parecer, oriundos de Texcoco) constituyeron una sólida fortaleza desde la cual impusieron su mando y control, por lo menos de1808 a1858 en que dejamos de saber de ellos. Medio siglo de influencia, básicamente concentrada en la capital del país, nos deja verlos como señores feudales de la tauromaquia, aunque por los escasos datos, su paso por el toreo se hunde en el misterio, no se sabe si las numerosas guerras que vivió nuestro país por aquellos años nublaron su presencia o si la prensa no prestó toda la atención a sus actuaciones.

   Sóstenes, Luis y José María (Joaquín, mencionado por Carlos María de Bustamante en su Diario Histórico de México, cometió un homicidio que lo llevó a la cárcel y más tarde al patíbulo) establecieron un imperio, y lo hicieron a base de una interpretación, la más pura del nacionalismo que fermentó en esa búsqueda permanente de la razón de ser de los mexicanos.

   Un periodo irregular es el que se vive a raíz del incendio enla Real Plazade Toros de San Pablo en 1821 (reinaugurada en 1833) por lo que, un conjunto de plazas alternas, pero efímeras al fin y al cabo, permitieron garantías de continuidad.

   Aún así, Necatitlán, El Boliche,la Plaza Nacionalde Toros,La Lagunilla, Jamaica, don Toribio, sirvieron a los propósitos de la mencionada continuidad taurina, la que al distanciarse de la influencia española, demostró cuán autónoma podía ser la propia expresión. ¿Y cómo se dio a conocer? Fue en medio de una variada escenografía, no aventurada, y mucho menos improvisada al manipular el toreo hasta el extremo de la fascinación, matizándolo de invenciones, de los fuegos de artificio que admiran y hechizan a públicos cuyo deleite es semejante al de aquella turbulencia de lo diverso.

   De seguro, algún viajero extranjero, al escribir sus experiencias de su paso por la Ciudadde México, lo hizo luego de presenciar esta o aquella corrida donde los Ávila hicieron las delicias de los asistentes en plazas como las mencionadas. De ese modo, Gabriel Ferry, seudónimo de Luis de Bellamare, quien visitó nuestro país allá por 1825, dejó impreso en La vida civil en México un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con la intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del “monte parnaso” y la “jamaica”, de las cuales hizo un retrato muy interesante.

   En el capítulo “Escenas de la vida mejicana” hay una descripción que tituló “Perico el Zaragata”, el autor abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, para llegar finalmente a la plaza.

 Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciudad

    Y tras la descripción de la plaza de Necatitlán, el “monte parnaso” y la “jamaica”,

 (…)El populacho de los palcos de sol se contentaba con aspirar el olor nauseabundo de la manteca en tanto que otros más felices, sentados en este improvisado Elíseo, saboreaban la carne de pato silvestre de las lagunas. -He ahí- me dijo el franciscano señalándome con el dedo los numerosos convidados sentados en torno de las mesas de la plaza, lo que llamamos aquí una “jamaica”.

    La verdad que poco es el comentario por hacer. Ferry se encargó de proporcionarnos un excelente retrato, aunque es de destacar la actitud tomada por el pueblo quien de hecho pierde los estribos y se compenetra en una colectividad incontrolable bajo un ambiente único.

   De todos modos, lo poco que sabemos de ellos es gracias a los escasos carteles que se conservan hoy en día. Son apenas un manojo de “avisos”, suficientes para saber de su paso por la tauromaquia decimonónica. Veamos qué nos dicen tres documentos.

   13 de agosto de 1808, plaza de toros “El Boliche”. “Capitán de cuadrilla, que matará toros con espada, por primera vez en esta Muy Noble y Leal Ciudad de México, Sóstenes Ávila.-Segundo matador, José María Ávila.-Si se inutilizare alguno de estos dos toreros, por causa de los toros, entonces matará Luis Ávila, hermano de los anteriores y no menos entendido que ellos. Toros de Puruagua”.

   Domingo 21 de junio de 1857. Toros enla Plaza Principalde San Pablo. Sorprendente función, desempeñada por la cuadrilla que dirigen don Sóstenes y don Luis Ávila.

   “Cuando los habitantes de esta hermosa capital, se han signado honrar á la cuadrilla que es de mi cuidado, la gratitud nos estimula á no perder ocasión de manifestar nuestro reconocimiento, aunque para corresponder dignamente sean insuficientes nuestros débiles esfuerzos; razón por lo que de nuevo vuelvo a suplicar á mis indulgentes favorecedores, se sirvan disimularnos las faltas que cometemos, y que á la vez, patrocinen con su agradable concurrencia la función que para el día indicado, he dispuesto dar de la manera siguiente:

   Seis bravísimos toros, incluso el embolado (no precisan su procedencia) que tanto han agradado á los dignos espectadores, pues el empresario no se ha detenido en gastos (…)”.

   Aquella tarde se hicieron acompañar de EL HOMBRE FENÓMENO, al que, faltándole los brazos, realizaba suertes por demás inverosímiles como aquella “de hacer bailar y resonar a una pionza, ó llámese chicharra”.

Plaza de toros del Paseo Nuevo. Domingo 7 de febrero de 1858, donde además de la presentación de Bernardo Gaviño, este se hizo acompañar, entre otros, por Alejo Garza El Hombre Fenómeno, a quien se puede apreciar en este detalle. Col. del autor.

    Al parecer, con la corrida del domingo 26 de julio de 1857 Sóstenes y Luis desaparecen del panorama, no sin antes haber dejado testimonio de que se enfrentaron aquella tarde a cinco o más toros, incluso el embolado de costumbre. Hicieron acto de presencia en graciosa pantomima los INDIOS APACHES, “montando á caballo en pelo, para picar al toro más brioso de la corrida”. Uno de los toros fue picado por María Guadalupe Padilla quien además banderilló a otro burel. Alejo Garza que así se llamaba EL HOMBRE FENÓMENO gineteó “el toro que le sea elegido por el respetable público”. Hubo tres toros para el coleadero.

 “Amados compatriotas: si la función que os dedicamos fuere de vuestra aprobación, será mucha la dicha que logren vuestros más humildes y seguros servidores: Sóstenes y Luis Ávila”.

Todavía la tarde del 13 de junio de 1858 y en la plaza de toros del Paseo Nuevo  participó la cuadrilla de Sóstenes Ávila en la lidia de toros deLa Quemada.

Destacan algunos aspectos que obligan a una detenida reflexión. Uno de ellos es que de 1835 (año de la llegada de Bernardo Gaviño) a 1858, último de las actuaciones de los hermanos Ávila, no se encuentra ningún enfrentamiento entre estos personajes en la plaza. Tal aspecto era por demás obligado, en virtud de que desde 1808 los toreros oriundos de Texcoco y hasta el de 58, pasando por 1835 adquirieron un cartel envidiable, fruto de la consolidación y el control que tuvieron en 50 años de presencia e influencia.

    Otro, que también nos parece interesante es el de su apertura a la diversidad, esto es, permitir la incorporación de elementos ajenos a la tauromaquia, pero que la enriquecieron de modo prodigioso durante casi todo el siglo XIX, de manera ascendente hasta encontrar años más tarde un repertorio completísimo que fue capaz de desplazar al toreo, de las mojigangas y otros divertimentos me ocuparé en detalle más adelante. 

   Los Romero, que en realidad son cinco: Francisco y sus hijos: Juan Gaspar, José, Pedro y Antonio, representaron la raíz y el primer tronco del toreo estimado como de a pie, y que cubrió un periodo de1725 a1802. Además, la etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

   Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes.

   Después encontramos a Bernardo Gaviño.

CONTINUARÁ.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., España-México, Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs., p. 91-6.

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EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 La efeméride de esta ocasión, ocurrió el 5 de agosto de 1883.

    Tenemos tan poca idea de algunos protagonistas decimonónicos, que es preciso realizar un apunte en cuanta oportunidad se presente para ampliar perfiles, anecdotarios, pendencias, tribulaciones y otras circunstancias que permitan, en conjunto, tener una mejor idea de su paso por el toreo mexicano. Salvo Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz o Ignacio Gadea, del resto de aquellos toreros no hay muchas semblanzas, de ahí que se aproveche este momento para ocuparme de Felícitos Mejía “El Chato” o “El Veracruzano”.

 El Jueves, D.F., del 9 de agosto de 1883, p. 3:

 TOROS.

 Ha llegado a nuestra mesa de redacción, la siguiente hoja suelta:

 MUERTE DEL BRAVO FELÍCITOS MEJÍA.

 Lloviendo y de tan mala gana como el público recibe el nikel, nos dirijíamos en una periquera de primera, a la Plaza del Huisachal.

   Pero no sé a qué torero de los de fama le hé oído decir, que Dios es muy flamenco y le gusta ver los toros, por lo que siempre despeja el pedazo en que se lidia.

   No sé hasta dónde llegará la verdad de tal dicho, pero el Domingo (5 de agosto de 1883), tan pronto la charanga empezó a dejar oír sus acordes, las nubes se pusieron con precipitada fuga y todo prometía una gran tarde.

   Sol y Sombra; que desde entonces ya hubo divisiones, se veían cubiertos de gente, distinguiéndose las “Sociedades Obreras” que habían concurrido al llamamiento del beneficiado, Felícitos Mejía primer espada de la cuadrilla.

   Salió el primero de Santín, garboso, de libras, y de empuje, aunque blando al castigo; recibió cuatro puyas sin resultados y los chicos, lo adornaron con tres pares de todas familias, sin ningún arte y en todas partes.

   Felícitos, cojió los avíos de despachar becerros, y brindó por las “Sociedades Obreras”, se fue al bicho, y con tres pases buenos, se arrancó con una estocada travesada, que concluyó con la fiera.

   Botinero, bragao de libras y muchos pies, ora el segundo, que tomó cinco puyazos sin resultados, y se encontró con tres pares de caireles prendidos como los chicos pudieron y esparramaron en todo el toro.

   El Chato, brindó el toro a un señor del Palco núm. 1 y con una media en su sitio y un mete y saca de los de escuela, arremató al bicho.

   El diestro oyó palmas, y del Palco núm. 1, recojiós algunos pesos.

   Fue el tercero, de libras, corniabierto, bien parado, arremetió con la gente de lanza, dejando en la Plaza cinco aleluyas a cambio de siete puyazos a los quites; muy oportuno Felícitos.

   No hablemos de las banderillas, el toro pegaba a los chicos, huían el bulto por lo que era algo difícil que se encontraran.

   Felícitos, tuvo al toro, dos veces en postura, pero por una razón muy grande dejó el caso para luego, y la fiera fue lazada y muerta por el cachetero.

   El Cuervo, se llamaba el cuarto, que fue llevado al corral en medio de una rechifla, y a un amigo me dijo que aquel toro debía llamarse Ministro de Hacienda, según la demostración tan espontánea que recibía del público.

   Lucero salió, en reemplazo del anterior, de muy buena estampa, cornicorto de libras, se arrancó con gran empuje a la gente de a caballo, dejando en la escena cuatro traviatas de las que ya ni cantar pueden, sino que se mueren mudas.

   En la suerte de banderillas, FElícitos pidió permiso para poner una banderilla con la boca y citó al toro; el diestro no calculó bien la distancia, encontrándose con el toro que le cortó el terreno, recogiéndolo dos veces con las astas por el costado izquierdo, sin tocar tierra.

   Desde el momento se comprendió que las heridas eran graves, aunque nadie suponía un desenlace tan próximo.

   Tranportado el diestro al interior de la plaza, murió a los pocos momentos, mientras en el redondel reinaba el pánico natural en estos momentos.

   El toro fue lazado por no haberse prestado a que El Chato le hubiera dado muerte, recibiendo del cachetero siete puñaladas en la nuca, y el público se dispersó comentando la desgracia de aquel infeliz, víctima de su temeridad.

 RESUMEN:

De a caballo, Mota y Conde.

De a pié, Felícitos.

En la muerte, el Chato.

Caballos muertos, diez.

México, 5 de Agosto de 1883.

 “EL CURRO”.

    El autor de la hoja, mal informado sin duda, en cuanto se refiere al torero Mejía dice en dicha hoja que aquél falleció, lo cual no es exacto, si bien es cierto que se halla en un estado sumamente grave y que será muy probable que fallezca.

 El Lunes, D.F., del 9 de septiembre de 1883, p. 2:

    Dicen que los gatos tienen siete vidas. Créelo así: gatos he visto, tan invulnerables, como el Aquiles de Homero; pero como donde hay bueno hay mejor, hé aquí que Felícitos Mejía, que pertenece a la raza humana y no a la felina, tiene más de siete vidas, supuesto que, como los gladiadores romanos, cuenta tantas cicatrices de heridas mortales, como bichos  ha despachado…

   E pur si mouve.

   Ese capote y esa tizona, son capaces de hacer pases de muleta a la misma pelona….. Este Felicitos sería capaz de clavar una banderilla de fuego hasta a un prestamista, que es cuanto hay que decir…

   El domingo último, inmensa concurrencia invadió el Huisachal, ávida de penetrar en la plaza, para saludar a este atrevido lidiador. Se presentó, en efecto, con los siniestros signos de la convalecencia. Los concurrentes revelaron la ansiedad que tenían por verle de nuevo y saludarlo. No trabajó; pero sí recibió una honorífica banda, obsequio de la Empresa y gran número de regalos de parte de los entusiastas espectadores.

   Su sustituto, Moreno, no pudo matar los toros que le estaban destinados y, que fueron descabellados después de la aplicación del lazo.

   No entro en detalles de la corrida, por ignorar hasta el tecnicismo del arte de Cúchares y el Chiclanero; sólo sí, diré que una grada vino abajo por la aglomeración de la gente que había en ella, lo que produjo el consiguiente desorden.

    Por su parte Heriberto Lanfranchi[1] apunta sobre Felícitos Mejías “El Veracruzano”. Nació en Veracruz, Ver., y primero estuvo de banderillero con Benito Mendoza, para luego pasarse con Ignacio Gadea y Ponciano Díaz. Cuando ya tuvo su propia cuadrilla, se presentó en “El Huisachal”, edo. de México, el 5 de agosto de 1883, y al querer clavar una banderilla con la boca a la media vuelta, fue cogido y herido de mucha gravedad en el vientre. Se defendía con el capote y la muleta, pero mataba muy mal, y como era muy bravucón, siempre andaba a la greña con sus compañeros y los espectadores. Siguió toreando varios años más, hasta que atacado de parálisis progresiva, se retiró a vivir a Veracruz, donde falleció en 1891.

    En la siguiente crónica, aparece citado varias veces nuestro personaje,    quien, como se podrá comprobar, toreó poco más de un año después en la misma plaza del amargo percance.

 PLAZA DEL HUISACHAL, EDO. DE MÉX. Domingo 16 de noviembre de 1884. 3ª corrida. Bernardo Gaviño (1), Francisco Jiménez “Rebujina” (2) y Felícitos Mejías “El Veracruzano” (1), con 4 toros de El Cazadero. La cuadrilla estaba formada por Felícitos Mejía y “Rebujina”. Como banderilleros “Cuquito” y “El Orizabeño” y como picadores el Negrito Conde y Santín.

B. GAVIÑO. No le gustó el único toro que tuvo que lidiar y esperó pacientemente, sin importarle los pitos, a que la autoridad ordenara lazo y puntilla.

 La corrida del domingo…

La corrida del domingo

En el Huisachal, fue mala:

Los toros del Cazadero,

Allí resultaron vacas.

Escogidos por Bernardo,

Tenían valor y pujanza

En los llanos de la hacienda;

Pero al salir a la plaza…

Díganme si eran borregos,

Salieron dialtiro maulas;

Largaron en el camino

La bravura de su raza

Y por eso les llovían

Manantiales de naranjas.

Al presentar la garrocha

Y las banderillas varias

Hacían cortés saludo:

Dando la vuelta, volaban,

Haciendo a los lidiadores

Exasperarse de rabia.

Tímido estuvo Bernardo,

Rebujina como un ascua,

Cuquito el banderillero,

Conquistando muchas dianas,

Y Felícitos Mejía…

¡Estuvo el pobre de malas!

Que por clavar el acero

Donde los diestros lo clavan,

Lo fue clavar en la tierra,

Quiero decir, en la plaza.

No hubo toro que muriese

En regla de tauromaquia:

Fue preciso el cachetero

Para que le rematara

A traición, como hacen siempre,

Es decir, a cachetadas,

Encontrándose la bestia

Por el lazo dominada…

Sucumbieron dos caballos

Por casualidad nefanda,

Y todo el mundo les vido

El jigado e las entrañas.

¡Desdichados animales,

Bajo tales alimañas!…

¿Cómo pueden los humanos

Provocar esas desgracias?

Cosas hay que mortifican:

De la humanidad, mal hablan,

Que siempre ha sido el caballo

Un amigo fiel, y… basta

De inútiles comentarios,

Porque fatigan y cansan…

El público exasperado,

No daba gritos, bramaba,

Pidiéndole al empresario

La devolución, la entrada.

En fin, todo, todo, todo,

Raspa, raspa, raspa, raspa,

Que en tratándose de toros,

Pasa todo…  ¡Todo pasa!…

Yo que vi lo que otros vieran,

Es decir, llena la plaza,

Dije para mi capote:

Bien puede haber 2,000 almas;

Y cuentan que no hay dinero!

Cuando aquella enorme entrada

Tantas iguales produjo…

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya!

Para tortillas, no hay tlaco,

Mas el que al cuerno se larga,

Por disfrutar de los cuernos

Empeña hasta la frazada.

 

Cucharitos.[2]

    Y luego, durante la tarde del 15 de enero de 1888, en la cual ocurrió la inauguración de la plaza de toros BUCARELI, en la ciudad de México, se tiene muy claro, gracias a las crónicas que Felícitos Mejía, estuvo ahí. Toreando (Ponciano Díaz) con la muleta y en la brega demostró lo limitado de la anticuada escuela de toreo, aunque estuvo más aliñado que en otras ocasiones. No hizo uno solo de los quites. Esa tarea la desempeñaron Ramón Márquez y Felícitos Mejía. Banderilleó a caballo al sexto toro. En el quinto toro, en una colada que dio el bicho cuando le toreaba con la muleta, le entró pánico al espada y tirando el engaño salió huyendo, perseguido por el marrajo que le hubiera cogido, si Márquez no interviene oportunamente.

   Finalmente, no se tiene idea exacta de sus rasgos físicos, de su talante en alguna tarjeta de visita, de aquellas que salían de los gabinetes de los mejores fotógrafos que entonces se encontraban instalados en las céntricas calles de la ciudad de México. Más de algún cartel son la mera referencia de sus andanzas taurinas en el desenlace del siglo XIX.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. II., p. 658.

[2] El arte de la Lidia, año 1, Nº 3, 23 de noviembre de 1884, p. 1 y 2.

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