UN ACERCAMIENTO AL DIVERSO PÚBLICO EN LA PLAZA DE TOROS.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Asistir a una corrida de toros implica encontrar nuevos y distintos acontecimientos en un escenario que por tradición sigue siendo el mismo. De esa manera, aunque la esencia de la corrida puede ser igual hoy, que ayer y mañana hay un factor en el entramado que es dinámico y cambiante. Me refiero al público. A la plaza ya no va sólo el aficionado que por años acude a los más espectáculos posibles. También está allí un espectador atraído por el influjo y el canto de las sirenas que proyectan los triunfos de toreros importantes, un espectador transitorio que tiene todo el derecho de asistir a la plaza, solo que lo hace unas cuantas veces y del grueso que se forma no se, en una temporada, o en un año se quedan embrujados, de toreo y para siempre un grupo reducido el cual se va acumulando conforme pasan los años, hasta que se va formando una generación nueva que sustituye a la anterior y así, sucesivamente. Y ese embrujo es la fiesta con todas sus implicaciones.

   Pueden considerarse tres los motivos que forman a un aficionado:

 a)el familiar

b)el ocasional

c)por iniciativa personal

    Del primero, muy común cuando los padres -aficionados ya-, llevan a sus hijos y estos deciden aceptar o no continuar con esa tradición.

   Del ocasional, creo que ya queda descrito con la presencia e imagen del espectador transitorio, el que asistiendo sin conocimientos, pero sí con mucho entusiasmo fomenta a veces una idea colectiva que provoca alteraciones serias a la tradición, combatidas por auténticos aficionados (quienes luchan en forma denodada contra los villamelones) y aprovechada por empresarios, toreros, prensa quienes, valiéndose de la buena fe de muchos deforman aún más la idea de fiesta que debe existir como concepto de diversión. Pública concretamente.

   Historia es vida, la vida es movimiento, el movimiento es dinámica pura. Por todo esto, aunque la corrida de toros es una tradición, como tal es permanente pero se ha transformado y a veces los aficionados la hacen tan inamovible, lo cual origina interpretaciones fuera de contexto, juzgando en función del momento en el que se incorporan a la fiesta como adeptos o adictos y, las más de las veces hacen suya la opinión que viene trascendiendo desde un pasado que, con toda la carga que su peso implica los ilumina. Todo eso es bueno pues de esa forma experiencia y aprendizaje aparecen juntos. Así, ambos valores se reunen en una literatura que, para quien lo desee, está a su alcance. De no ocurrir así, la propia plaza, aula mayor, también permite conocer -asistiendo permanentemente- el juego de toro y torero, entendiendo por razón elemental que el papel del toro es indispensable para comprender sobre la marcha, los pasos correctos que debe aplicar el torero para la lidia más eficaz y correcta del caso.

   En contrapartida tenemos al bloque de aficionados que podemos ubicar en tres condiciones: el inteligente, el que se cierra ante el progreso y el que se exalta y se emociona y a veces pierde los estribos.

   El inteligente, observa, analiza y calla y al momento de producirse emociones efímeras se deja atrapar por ese estado concreto, sumándose al efusivo grito del ¡olé!. El que está cerrado al progreso suele vivir siempre con la impronta de que «todo tiempo pasado fue mejor» rechazando lo que se produzca como resultado de un presente e imponiendo una tabla de valores a veces rígida, a veces flexible. Y el aficionado que sin profundos dogmatismos, ingresa rápidamente al emotivo desfile de emociones pero que sabe porqué ocurren las cosas.

   Como vemos, son múltiples los comportamientos en la plaza, que conviven con una fiesta tradicional, de arraigo profundo en nuestro país desde hace poco más de cuatro siglos y medio y sigue siendo tan aceptada por multitudes heterogéneas que por momentos se unen y conviven en una homogeneidad, resultado de los lances extraordinarios, el puyazo magistral; las banderillas perfectamente colocadas o la faena de muleta superior, culminada con un certero estoconazo. Sin un toro que se haya entendido debidamente, creo que no se alcanzará a comprender la dimensión del oficio torero como Dios manda. De ahí que hayamos hecho este intento de interpretación que encaja con la obra La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset; con la salvedad de que rebelión la entenderemos como el momento en el que sale a flote de modo colectivo la suma de opiniones del público, monstruo de mil cabezas, monstruo que no duerme, que es un constante ir y venir de ideas, reflexiones, conjeturas, manoteos; gritar, estallar en suma con toda su ira o su emoción ante lo vivido en la plaza de toros.

   Es el mismo filósofo español quien nos dice acerca de lo anterior:

    Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. (…) Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.

    Tal hiperdemocracia se torna en democracia al momento de producirse el gozo efímero, el instante del éxtasis colectivo, para regresar al hiper-estado cuando no sucede nada fuera de una realidad que no sea la de alcanzar la diversión y el gozo.

   En la plaza se desbordan las emociones de distinta manera ya sea para exaltar o para destrozar. Del modo sentencioso y característico con que Rafael Guerra Guerrita predestinaba ciertos hechos de su vida, afirmó en vísperas de su retiro: «No me voy. Me echan». Torero que acarició muchas tardes la fama, la gloria, ambas construcciones sociales en que sustentó su trayectoria, fueron las encargadas de derribar al mito. Es que para todo hay un tiempo, un principio y un fin de las cosas en la vida. Quizás lo entienda el gran público, pero llega a haber un momento en que se ha dicho todo y escuchar las mismas historias sobre ese todo, ya no encantan. Solo desencantan. No he conocido público tan difícil como el de los toros. Así como eleva, hunde y lo hace a veces de manera bastante extremosa. En ocasiones es paciente, pero no es capaz de aguantar demasiado. Recordemos el interesante caso de Manolo Martínez. Este gran torero, poseedor de un carisma indiscutible y personalísimo, fue blanco de ataques, pero también de tributos. La afición estaba al pendiente de cada uno de sus actos y error que cometiera, error que se pagaba y muy caro. Pero si trascendía el Manolo Martínez que los públicos querían ver, la apoteosis era indescriptible. Hoy, que han pasado algunos años de su retiro sigue siendo recordado en las plazas como figura identificada al quehacer torero de los últimos tiempos. Lo mismo pasa con «Joselito», Gaona, Belmonte, «Armillita», Silverio, figuras todas ellas que son entrañables no sólo para la historia; sino para el vox populi, ese abanico gigantesco en posibilidades de gusto y caprichos. Caprichos inquietos que no se disuelven en la noche de los tiempos, caprichos de la multitud que es la gente, el público, el aficionado en los tendidos de una plaza en espera de que comience, una vez más, la corrida de toros.

12 de enero de 2012.

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