ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XIV. TRÉPALE QUE ES MANSITO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una vez más, me remito a mi trabajo “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, en cuya 3ª edición (p. 324-7), se encuentran reunidos 1001 poemas, y de los cuales he seleccionado para esta ocasión uno, cuya autoría es de Guillermo Prieto, quien como autor de muy notables escritos, se refiere, en el siguiente romance al general José Santos Degollado Sánchez (1811-1861). Santitos para unos, Héroe de las Derrotas para otros, fue un militar cuya trayectoria no pasó inadvertida, sobre todo en unos momentos en que la confrontación entre liberales y conservadores se exaltó durante su corta gestión como ministro de Relaciones Exteriores, evitando en lo posible que prosperara una guerra civil que ya era inminente. Entre sus actividades extrapolíticas, se encontraba la de un muy buen jinete que, en diversas ocasiones tuvo oportunidad de mostrarse como hábil en eso de montar a pelo. Así que el romance de “Fidel” nos permite entender al político como un personaje profundamente ligado a los quehaceres campiranos, en los que, verso a verso puede apreciarse su habilidad para eso de realizar tan vistosa como comprometida suerte de montar a un toro, que aunque resultase manso, ello representa un elemento de valor que quedó demostrado a su paso por el poblado de Zapotlán, desde donde Guillermo Prieto tuvo oportunidad de corroborar ese acto de valor del que corren aquí las exaltadas letras venidas de su romancero.

   Esa representación es una de las muchas que por ese entonces comenzaba a difundir en las que hoy considero como investigaciones pioneras en el ámbito rural, realizadas por el escritor Luis G. Inclán. Así, en sus “Reglas con que un colegial puede colear y lazar” publicada en su propia imprenta en 1860, recoge la experiencia de jaripeos, coleaderos que el propio autor de la también novela de costumbres Astucia, logra que quede plasmada toda aquella práctica que durante 20 años el mismo Inclán dedicó a dichos quehaceres, destacando seis modos comunes de colear toros: a pulso, a rodilla, a arción corrida o arriba, a arción bolera para atrás, a arción bolera chica o abajo y a las apeadas o a brinco.

   Como extensión de cuanto se podía ver en las plazas de toros, la representación de Santos Degollado en el campo es una más de las formas en que se evidenció el diálogo habido entre los ámbitos urbano y rural.

Ca. 1855-60 

TRÉPALE QUE ES MANSITO

 

Como después de la lluvia

que destierra la sequía,

parece más lindo el cielo

con cara lavada y limpia,

lloran de placer las ramas,

los sembrados resucitan,

las flores alzan el rostro

saludando al Sol que brilla,

y las corrientes del suelo

se juntan, se arremolinan

y parece que retozan

pereciéndose de risa,

así en Zapotlán pasaba

tras la negra tiranía,

con la lluvia de chinacos

que hizo su poder cenizas…

 

Horita ¡Van a los toros!

Y la plaza se improvisa

con carretas y tablones

y está dialtiro maciza.

 

Forman inmenso cuadrado,

de las carretas las filas,

y dejan al medio un campo

de primor para la lidia.

 

Engalanan las carretas

arcos de ramas, cortinas,

y un celemín de rancheros

y de muchachas bonitas.

Ellos bota de campana

y botonadura rica,

con la camisa bordada

y toquilla de chaquira;

 

Y ellas de enagua encarnada

y lentejuelas que brillan,

rebozo de seda y seda,

redibada la camisa,

y como frescas manzanas

las abultadas mejillas.

 

Pero hay debajo los toldos

mil catrines y catrinas,

con tápalos de burato,

con sus mascadas de la India,

con sus peinetas de gajos

y sogas de perlas finas;

 

Y más arriba del coso

hecho de robustas vigas,

están señores y jefes

que son de primera fila.

Allí estaba el Don Santitos

asomando la carita;

pero a la verdad pelada,

que ninguno en él se fija.

Que unos le conocen muchos,

y otros no le conocían.

 

Y que comienzan los toros,

y empieza la gritería,

que es la salsa de la fiesta,

de peligro y fechorías:

 

Hay sus saltos de garrocha,

capeo de muletillas,

y sus flores delicadas,

y vistosas banderillas;

y hay también sus revolcados

entre palmadas y trisca,

que se alzan atarantados

y corren sin salida…

En esto, que sale un toro

que al redondel ilumina…

Cornicorto, grueso el cuello,

soberbio, ligero, altivo,

eran llamas sus dos ojos,

y era su conjunto lindo,

y era marrajo de genio,

y era muy matrero el bicho;

para la capa, mañoso,

para la garrocha, esquivo,

para el lazo, inconsecuente,

para la cola, tardío…

 

-¡Que lo monten!- grita el pueblo;

y entre zambras y silbidos

que con el toro en la tierra

y le trepan los más listos…

 

Pero uno y otro sucumben

y pierden el equilibrio,

quedando el toro triunfante,

y los toreros corridos…

 

-¡Apriétele ese braguero!-

gritó en lo alto Don Santitos.

Todos el catrín burlaron,

de su audacia sorprendidos…

 

-¡Túmbenlo por aquí enfrente!-

con tono imperioso dijo…

y comenzó la maniobra

del pretal, como previno…

 

-¡Triple vuelta!-…

-¡Más forzado!-

-¡Así le hiere el codillo!…

-¡Menos abierto ese nudo!…

-¡Ora bueno!…

-¡Está bien fijo!-

dijo entonces satisfecho

el catrín desde su sitio.

 

-¿Quién lo monta? –dijo entonces,

y estallaron encendidos

un “¡Móntalo tú!” en mil voces

y entre golpes inauditos…

entonces, con gran calma,

don Santos desciende al circo,

sin ambages, sin espuelas.

Muy modesto y espedido…

se afianza bien, salta al toro,

repite terribles brincos,

y el jinete sube y baja,

pegado cual con tornillos…

se alza, se sienta la bestia.

Culebrea el cuero liso.

y él, en el lomo clavado,

fuerte como un martillo…

 

-¿Quién es ese hombre? –Preguntan

los rancheros más peritos,

y responden orgullosos

los de Morelia aguerridos;

 

-¡Ese es Santos Degollado,

ese es nuestro Jefe invicto!…

-¡Viva el héroe de Zamora!-

-¡Viva, viva Don Santitos!…

Las damas le arrojan flores

los jefes le hacen cumplidos,

y suenan dianas alegres

en el aire conmovido,

el ejército y el pueblo

ensalzan a su caudillo,

mientras Comonfort le abraza

con sincero regocijo.

 

Don Santos a Colima

con mando reconocido;

y Comonfort, justiciero,

le dio el mando de Jalisco,

para bien de nuestra causa

y en premio de sus servicios.[1]

 

Guillermo Prieto.

Romancero Nacional.


[1] El Eco Taurino. México, D.F., 19 de enero de 1939, Nº 469. Este verso se encuentra fechado el 7 de marzo de 1894.

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