EDITORIAL. UNA ESTAFA, TAN FINAMENTE BORDADA QUE PARECE REALIDAD.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 I

    Si analizamos a detalle el comportamiento de la temporada taurina que viene ocurriendo en México entre los últimos meses de un año y los primeros del que sigue, ello marca una costumbre que ha venido desarrollándose en forma más o menos equilibrada desde fines del siglo XIX y hasta nuestros días. Ello se debe a que al concluir la que se desarrolla en España (más o menos entre Fallas de Valencia y San Miguel en Sevilla), los diestros hispanos y algunos franceses se suman al contingente de lo que alguna vez se consideró “hacer la América”, con lo que no termina ahí su profesional quehacer.

   Ese contingente de matadores de toros es sujeto de una temporada española en la que su exhibición de facultades y defensa de tan infranqueables territorios, destaca el enfrentamiento con toros, sin más. Las imágenes fotográficas, de cine, televisión o video dan cuenta de que al dar cara a ese ganado, sus afanes –los de estos personajes-, se convierten en auténticas gestas.

   Se creería por tanto que el común denominador de esas hazañas tendría continuidad en América; pero particularmente en México. Sin embargo, y hasta aquí con el inicio de nuestras tribulaciones, en la mayoría de los casos y salvo honrosas pero muy aisladas excepciones, ocurre lo contrario que en España. En la mayoría de los casos, son los empresarios quienes se empeñan en conceder privilegios, programando a las “figuras” en un plan en el que esas mismas “figuras” vienen a poner condiciones; o por lo menos es la impresión que tenemos todos quienes percibimos que su presencia es bajo presión, con las mejores condiciones económicas, de seguridad y hasta de comodidad.

   Los empresarios mismos no ven por el toro, se les impone el “toro” que es del gusto de esos toreros. Los empresarios en ese sentido, no tienen el menor afán de molestar a las “figuras”, imponiéndose como empresarios en potencia, con ganas de llenar las principales plazas de nuestro país, bajo el rasero de dar cada tarde carteles muy parejos, apretados y comprometidos. Por eso es común que nos remitamos al pasado para dar como parámetro las antiguas temporadas que se organizaban lo mismo en la plaza “México” que en el desaparecido “Toreo” de Cuatro Caminos. O también al actual ejemplo de la famosa feria de San Isidro, donde tarde a tarde, durante 31 que tiene el mes de mayo, la plaza, con casi 25 mil localidades, se apunta el “No hay billetes”. Con esto, reafirmo el hecho de que el empresario si quiere “hacer fiesta”, debe ser capaz de programar carteles muy parejos, redondos diría yo, para que  un domingo y otro también, la “México”  luzca llena hasta la bandera.

   A lo anterior debe agregarse la dispersión de comentarios habidos con la prensa, mismos que no guardan ni proporción ni equilibrio, lo que genera ideas encontradas, sobre todo por el hecho de que con el apoyo de la tecnología digital, el número de comentaristas se ha elevado considerablemente, con lo que se pierde la esencia de una realidad que ahí está, y muchas veces se niegan a referirla en su real dimensión.

   Han comenzado desde el pasado 22 y ahora 29 de enero, los carteles que van encaminados a unirse a los del 4 y 5 de febrero con lo que la plaza de Insurgentes celebra orgullosamente su 66 aniversario. Pero esos carteles, de tan redondos que son, atraen a una masa informe más de espectadores que de aficionados, dispuesta a ser tema de notas sociales y no de crónicas taurinas. Masa que no se desperdiciaría si asistiera de igual forma al resto de los festejos como para ir conformando criterios más amplios al respecto de lo que el 5 de febrero no sólo significa en el calendario de las celebraciones. Son tardes en que el ganado es especialmente escogido, llegándose al grado de convertir esa materia prima en signo de confianza para los toreros, pues por su tamaño, su edad y su trapío, invitan a la tranquilidad. En ello, los jueces de plaza también se convierten en cómplices de una estrategia que invariablemente se repite sin que haya, a la vuelta de estos festejos, ningún tipo de sanción. Y no los hay porque simple y sencillamente no quieren problemas. Su presencia es más bien de adorno y cortesía que demostración auténtica de ser la autoridad en la plaza. En esos términos, se produce lo que yo considero ausencia de la autoridad de la autoridad… y punto.

   Con asuntos como los que aquí vengo planteando, asuntos que para muchos a quienes nos interesa el destino del espectáculo, sabemos que si “la ropa sucia se lava en casa”, es momento de que actúen los directamente involucrados, e incluso que se denuncien las mañas que deberían ser motivo de escándalo y castigo, pero que al final, son elogiadas y celebradas sin más. En el entendido de que el toro es la figura a defender, como figura protagónica del espectáculo, al final se convierte en un elemento secundario (o lo convierten) debido a que privan intereses en que la estafa es tan finamente bordada que parece una realidad. No me parece justo lo que vienen haciendo en nombre de una organización del espectáculo cuando lo que se muestra es improvisación, improvisación que fascina y seduce.

   Y miren lo que son las cosas. Hace 109 años se publicaba en El Popular la siguiente nota que, por otro lado, guarda una auténtica semejanza con lo que he venido apuntando. Aquí lo que se decía por entonces en aquel diario:

El Popular, 14 de abril de 1903, p. 1.

 II

    Habiendo concluido el II Coloquio Internacional LA FIESTA DE LOS TOROS: Un patrimonio inmaterial compartido, mismo que se celebró en Tlaxcala del 17 al 19 de enero pasados con resultados bastante favorables, muchos se preguntan: ¿Qué sigue?

   El proceso que busca la nominación de la UNESCO para que la tauromaquia se considere patrimonio cultural inmaterial de la humanidad comenzó desde 2003. De entonces a la fecha, diversos aficionados y grupos en los ocho países que conservan esta representación, han contribuido para avanzar en la consolidación e integración de los elementos que justifiquen tal declaratoria, partiendo de fichas de registro para el inventario, declaratorias de “Bien de Interés Cultural” en los órdenes locales, estatales o nacionales (cuyo único caso hasta ahora recae en Francia) de las diversas manifestaciones expresadas en el toreo.

   Entre otras agrupaciones, se han articulado la Coordinadora Internacional de la Tauromaquia, la Mesa del Toro o el Observatorio de Culturas Taurinas de Francia. En 2009, la ciudad de Sevilla acogió el primer coloquio con la misma estructura de este segundo celebrado en Tlaxcala y en ambos eventos, participaron académicos y reconocidos aficionados cuyas aportaciones sirven en este momento para darle sustento al expediente que habrá de entregarse en el curso del 2012 a la UNESCO. ¿Pero qué estado-parte habrá de hacerlo?

   Si el asunto recayera en México, o en cualquiera de los otros siete países, es pertinente seguir sin mayores cambios el modelo del Observatorio de Culturas Taurinas de Francia, mismo que cuenta con un comité científico que avala cualquier circunstancia en la que deben aclararse elementos del orden histórico, antropológico, sociológico o filosófico, sólo por mencionar algunos de los que pueden acompañar a los de corte científico, emitidos en su caso, por reconocidos médicos veterinarios zootecnistas, teniendo con ello resuelto el contrapeso del cuestionamiento impuesto por los contrarios. Para que ese “Observatorio” pueda funcionar concretamente en México, es preciso que se formalice su creación y esta sea apoyada por el estado, por la iniciativa privada, por alguna institución académica, e incluso adquirir la figura de ONG, que como sabemos, es una entidad civil con derecho y disposición de participar en una comunidad, a través de una acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objeto de optimizar el bienestar público o social.

   Pero también es importante que al interior de nuestras estructuras, se articulen de mejor manera los principales actores o estamentos, apostando por una cultura en la que los “privilegios” de la modernidad no atenten una costumbre inveterada como es el toreo. Lamentablemente ese propósito no ha tenido los resultados deseables, pues intereses de todo tipo están por encima de un espectáculo que cada día pierde credibilidad. Hasta hoy, la tauromaquia no encuentra en las nuevas generaciones un síntoma de atractivos simultáneos porque los jóvenes tienen la certeza de que no están ante una realidad. Mucho se esperaría también de la educación que muchos padres taurinos puedan inculcar en sus hijos, pero también mucho se esperaría de que la prensa jugara un papel más comprometido con la honestidad, y de que las empresas forjaran toreros. De que los ganaderos dediquen todo su esfuerzo a la crianza de un toro, finalmente el emblema principal de esta fiesta, de la que no podemos negar que se encuentra en etapa terminal. Mientras las plazas permanezcan semivacías, y sigan apareciendo remedo de toros, y las “figuras” no quieran ser “ídolos”, no tendríamos muchos elementos con qué justificar un espectáculo que, por otro lado, se defiende solo.

   A todo lo anterior es que debemos generar una sinergia, evitando los falsos protagonismos. Se entiende que este es un movimiento ciudadano movido por intereses y reacciones propias de un profundo significado que fácilmente se percibe en el imaginario colectivo de nuestra sociedad, al grado de que no todo el conjunto de habitantes en este gran país comulga con la fiesta de los toros; una buena parte se identifica con tal forma de expresión; y de conformidad con los usos y costumbres lo hace suyo.

   Si la UNESCO va a dar su visto bueno, asunto que podría ocurrir en dos o tres años más, es porque va a encontrar los elementos suficientes para declarar a la tauromaquia patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. De eso depende nuestro esfuerzo y trabajo también por un blindaje seguro.

 30 de enero de 2012.

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