RECOMENDACIONES y LITERATURA. DISPOSICIÓN A LA MUERTE. 1 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Mi amigo Xavier González Fisher al ocuparse oportunamente de los primeros pasos que José Alameda dio firmemente a su llegada a México,[1] viene “bordando el toreo de las letras” respecto al ejercicio que en sus primeros años, desempeñó el madrileño. Estimado Xavier: Hoy me sumo a estos quehaceres comprometiéndome a realizar una nueva lectura integral de la obra alamediana, para con ello impulsar el más preclaro de los homenajes que pueda merecer Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro, mejor conocido como José Alameda además de todo, un español universal que convivió y legó entre nosotros lo mejor de su experiencia.

 Disposición a la muerte.[2]

   Carlos Fernández Valdemoro salió a escena con la espada desenvainada. Al primero que buscó para enfrentar, de modo por demás especial, polémico y caballeroso, fue a José Bergamín quien blandía la suya en nombre de El arte de birlibirloque. La del joven Carlos ostentaba el lema Disposición a la muerte. Las espadas se tornaron finas plumas por las que discurrieron entre uno y otro sus mejores y atrevidos dichos.

   Para esto, Bergamín ya había publicado su obra de intitulada y rocambolesca apostura: El arte de birlibirloque, en la memoriosa edición mexicana de EDIAPSA, Serie Gibralfaro en 1944, en tanto que la primer respuesta de Fernández Valdemoro se daba en la célebre revista El hijo pródigo, y en su número de noviembre de 1944, es decir, el tiempo de diferencia entre la una y otra fue mínimo. Mínimo porque de inmediato Carlos, el joven Carlos se levantaba de la mesa con arrebatada pasión para importunarle al consagrado José algunos de sus dichos.

   Birlibirloque debe definirse como arte de poner y quitar, así que es algo que no se mantiene como una razón fija lo cual puede anquilosarse en términos muy riesgosos hasta el punto del derrumbe. Uno y otro, en impostadas “provocaciones” del discurso, empeñaban sus vidas “literarias” haciendo defensa de sus razones, encontrando en Joselito y Belmonte motivos para el duelo, ese que despierta la razón de los “ismos” o inclinaciones cegadas (¿sesgadas?) cuando se pretende defender el ejercicio taurino y artístico de un diestro por encima de otros, encontrando más virtudes que defectos en el de su inclinación; y más defectos que virtudes en el contra estilo de ese gusto.

   En el toreo todo es verdad y todo es mentira, afirmaba en términos bastante maniqueos el también autor de La estatua de don Tancredo. En este caso, la postura de Bergamín pareciera venir arropada por el surrealismo que impulsaba en esos precisos momentos André Breton o por las secuelas del estridentismo de Maples Arce o List Arzubide.

   Dos grande toreros como José Gómez Ortega y Juan Belmonte García dieron al toreo una gran resignificación en el momento de sus puestas en escena (ignoro la gran ausencia de otro actor tan importante como ellos: Rodolfo Gaona). Uno y otro, en estos precisos momentos nos resultan dos columnas vertebrales de invaluable significado, evaluados el uno como el torero poderoso, que podía con todos los toros (salvo Bailaor). El otro, un esteta que en su momento se puso más cerca de nadie, invadió el terreno del toro y eso fue lo que provocó conmoción.

   Lo que sorprende es que este ensayo o tesis de Bergamín haya sido escrita y publicada durante la estancia de José en México, lo que significa o significó poner en perspectiva o a distancia su mirada, sus recuerdos, su memoria sobre la estela de Joselito y Belmonte estela que seguía pesando tanto o más que una sentencia. Creo que Bergamín habría tenido alguna ventaja sobre Valdemoro en el sentido de que vio en forma más directa a José y a Juan, en tanto que para Carlos Fernández la presencia de Joselito era bastante vaga, y más evidente la del trianero. Pero esto no es inconveniente cuando nuestro polemista echó mano de cuanta literatura pudo tener a su alcance, lo mismo que materiales de viejo celuloide en donde fijar constancia, como lo haría más tarde, primero en Historia verdadera de la evolución del toreo, y luego, en términos más refinados en su ya clásico El hilo del toreo.

   Pero, ¿en qué consistió la polémica, esa arrebatada pero caballerosa polémica, que ya no se dan en nuestros días, salvo aquellas matizadas con insultos? En ese sentido no puedo dejar de recordar las grandes polémicas sostenidas por Edmundo O´Gorman y Marcel Bataillon, quienes en Dos concepciones de la tarea histórica se entregaron a una discusión perfectamente argumentada. Recuerdo también a otros dos polemistas: David Alfaro Siqueiros o Vicente Lombardo Toledano.

José Alameda, participando en uno de los múltiples actos que en 1987 se llevaron a cabo para conmemorar los Cien años de corridas de toros en la ciudad de México. 1887-1987. Fotografía del autor.

    Pues bien, Carlos Fernández lanza el primer dardo o espadazo en la contienda al escribir el epígrafe:

A mi amigo José Bergamín, con admiración y disconformidad.

   Y también de entrada afirma algo con lo que aglutina parte de los saberes de este espectáculo:

   (…) el toreo es un ejercicio en el que están presentes valores humanos y estéticos y en el que el artista concibe y realiza a la par, sobre una materia reactiva, adversaria, de la cual triunfa la alegría de la vida, recién salvada a cada instante.

   Sin ser un antiguo libro de coro, coloca a su debido momento la primer “llamada de atención” para identificar que no se está ante cualquier cosa, pues abunda:

   Este espectáculo de vida y muerte, de imaginación y realización portentosas, debiera ser, por su propia riqueza, tema casi necesario del crítico, cuyo ministerio es descubrir aspectos de las cosas, y pocas hay que tengan tantos como la lidia de toros bravos. Sin embargo, no ha sido así el arte de torear no ha merecido por lo común más que comentarios fugaces sobre lo que hay en él de más aparente, exterior y pasajero, o simples estudios técnicos, que se atienen tan sólo a la mecánica, a la “producción” del toreo.

   Tal afirmación se ve venir como un balde de agua fría, sobre todo para una parte de aquella generación de plumas en las que encontraba falta de consistencia, con lo cual el ya José Alameda no divagaba, sino que pretendía hacer afirmaciones tan sólidas como una sentencia. Pero lo suyo era matizar sus anotaciones con firmes pinceladas no sólo del conocimiento taurino, del que ya poseía un rico bagaje, sino de toda esa cultura universal de la que hacía e hizo gala con singular apostura.

   Con esos alardes como estandarte, siguió por la senda de una demoledora pero correcta crítica al dicho de Bergamín diciendo que en su Arte de birlibirloque encontraba un ensayo “tendencioso”, de “tendencia confesada” y lo que es peor, “polémicamente sostenida”. Por otra parte, le concede atributos como los de ser un libro en abierta “beligerancia declarada”. Pero el problema se desata en cuanto aparecen Joselito y Belmonte. Y Alameda  no se detiene en juzgar que “es un libro antibelmontista más bien que gallista, donde ese “más bien” condiciona y no termina en conceder lo de uno o lo de otro. O si lo afirma, lo hace en términos bastante extremosos, donde entonces el significado maniqueo trasciende con una fuerza descomunal.

He aquí a José Bergamín, en quijotesca figura de siglo XX.

   Y en este primer acercamiento, que desde luego continuará en mi próxima entrega, termino con lo que comenzó verdaderamente Bergamín en el Arte de birlibirloque y que cuestiona Alameda:

   (…) la pasión por Joselito y contra Belmonte, como modalidades estéticas y vitales, la sostiene Bergamín demasiado sistemáticamente, como por impulso mecánico, cerrando cualquier resquicio por donde pudiera colarse un rayo de la luz contraria.

   El anterior posicionamiento no puedo verlo sino como esa apasionada actitud de los taurinos hacia algo que defienden a ultranza, pues al encontrar en el campo de batalla a dos poderosos “enemigos”, uno ha de ser el vencedor, y el aliento que se ponga desde los tendidos, o desde las páginas de un periódico o un libro encienden pasiones que pueden terminar en incómodos encuentros, pero también en gozosa lectura, como la que ahora es motivo de revisión.

CONTINUARÁ.


[2] Alameda, José (seud. Carlos Fernández Valdemoro): El toreo, Arte Católico (con un apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina) y Diposición a la muerte. Prólogo del Licenciado Carlos Prieto [Vicepresidente del Casino Español y Presidente de su Comisión de Acción Cultural]. México, Publicaciones del Casino Español de México, 1953. 161 p. Ils., fots. (p. 119-144).

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