EL ARTE… ¡POR EL ARTE! (CUARTA VERÓNICA DE LA SERIE).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PREGUNTA A UNA PINTORA. (INTERMEDIO ESTÉTICO).

 El “temple” no lo descubrió Belmonte, sino Goethe: “Como el astro: sin apresuramiento, pero sin retraso”.

José Alameda.

    En efecto…, Velázquez se parecía un poco a Rembrandt que iluminaba las caras y los cuerpos dejando el resto en la oscuridad. En su cuadro más célebre, Las meninas, proyecta la luz en el grupo que las rodea y el pintor mismo se retrata frente a su caballete. Lo demás son sombras. Sin embargo, un personaje entra por una puerta y destila una blancura deslumbrante que resalta y complementa las tinieblas del fondo, donde figura un espejo borroso con los monarcas como espectros.

   Hasta aquí Fernando Benítez para explicarme un poco lo que eres como pintora del misterio y de la rara estirpe, empezando por el recuento de tu existencia, que es el más extraño de los relatos que en vida haya conocido de no ser otra que Rosana Fautsch Fernández, sometida a los más inexplicables pasajes, y donde uno a uno los enigmas en una obra de ficción, en cuanto realidad de la ficción se entiende, solo ahí pueden suceder. Cada vez me convenzo de que no es así. Pero es que formas parte de ese misterio y de esa ficción, y termino sin saber donde acaba y donde comienza todo ese aquelarre de extraños comportamientos.

   Es por eso que pregunto a tus pinceles lo tremendamente arrebatados que pueden ser los trazos que provienen de un corazón apenas controlado por esa mano que acaricia el horizonte blanco de la tela, al que da luminosidad todo ese vigor arrancado a la paleta (vigor, desaliento, apenas unas líneas…, no lo sé y quiero saberlo para entenderte hoy que más misteriosa pareces).

   Todas estas deshilvanadas ideas las planteo mientras admiro ese maravilloso acrílico sobre tela denominado “Temple”,[1] sin más. Nada de parafernalias ni rebuscamientos. “Temple”, suficiente elemento para definir lo que en el toreo es una suerte, pasaje efímero pero que un ojo pendiente se encarga de atrapar toda esa materia de la que penderá el argumento principal de una obra que se pretende imperecedera como lo es la pintura. Y así lo logras, primero que todo, deteniendo el tiempo, justo en uno de los pulsos concretos en donde el toro embiste a un engaño en el insinuante despliegue de apenas un tiempo en el que se encuentra separado el hacer del toreo: citar, templar, mandar y ligar. En esa dimensión superada y separada de lo tridimensional, queda recogida su primer longitud de onda, si es que así se pudiera definir al cite, que, por otras circunstancias, obra de la sensible percepción estética, ya nos habla de que habrá de ocurrir el temple, quizá el más difícil de los tiempos donde “detener el tiempo” nos remite a dos versos geniales de Lope de Vega:

“…es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”; o como concluyera magistralmente Pepe Luis Vázquez, el torero rubio del barrio de San Bernardo, en Sevilla: “El toreo es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”

   Y “Temple” recoge la transición de dos dimensiones: citar y mandar, como abrir y cerrar una puerta, pero no como este sencillo acto mecánico, si cabe la absurda comparación. Y me queda muy claro que el discurso taurino, para pasar de uno a otro nivel, aunque sea en fracción de segundos, queda testimoniado con la síncopa de una nota musical que ya sugiere la otra, gracias a la melodía y al ritmo que les acompaña, junto a la ralentización del suceso mismo. Y cómo no va a ser un suceso significativo, si recoger en cualquier obra pictórica el lance de la “verónica”, se convierte en uno de los ejercicios de mayor dificultad de elaboración, dadas las condiciones en las que se pretende detener la furiosa embestida de un toro recién salido al ruedo, con la cadencia de unas manos que parecen pedir perdón. Pues bien, todo esto logra ser captado con tal agudeza por una pintora que, deliberadamente pensó registrar el instante, la fugaz razón, el soplo etéreo, el inmaculado despliegue del capote, justo en el fragmento de un reducido tiempo en que los aficionados del tendido ya están invocando a dios, por medio del estentóreo, pero no por ello emocionado ¡olé! de ese primer movimiento de un capote abierto de par en par, como el paño que Verónica despliega a Jesús ensangrentado, camino del calvario, si es que se trata de suavizar la brutal embestida del bravo toro recién salido a la arena con el significado secular que tiene de suyo este lance fundamental del toreo.

   En “Temple” está todo el cromatismo del sol y de la sombra, con los colores propios de la corrida de toros, y son precisamente estos, los que tienen que ser elegidos para conseguir el equilibrio de una técnica madura, firme, y que a la vista es placentera.

   Toro y torero resultan ser dos figuras que se asumen protagónicas dentro del lenguaje impresionista, aunque es evidente la influencia de Aceves Navarro que, al pertenecer al movimiento de la ruptura y seguir la línea denominada “Cobra”, deja en sus discípulos la tarea de consolidarse en la escuela de la pintura gestual que, como se ve sigue nuestra creadora, quien recoge, deteniendo también el movimiento, y afianzando con la plástica el instante donde se inscribe la culminación de su objetivo, asimismo llamado “Temple”. Se templa en la tauromaquia, mientras que la obra matiza y en esos matices, el torero ha perdido el rostro pero no su continente, enfundado además en un traje tabaco y oro de oníricas pinceladas. En cuanto al toro, este es trabajado sin las pretensiones de su hermosura animal. Se acerca, porqué voy a negarlo, al de aquellos ejemplares que Goya deja en el aguafuerte denominado como “Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid” que toma en calidad de préstamo y modelo Rosana Fautsch Fernández; pero dejando muy claro en la figura animal, las formas plásticas congruentes con su estilo, por medio del cual obtiene un propio toro.

   Toro y torero tienen una composición que se separa radicalmente del estilo pictórico establecido a partir de la enorme influencia que dejó entre muchos PINTORES y pintores, Carlos Ruano Llópis. Es cierto, ya han irrumpido con nuevas y frescas propuestas Rafael Sánchez de Icaza, Rafael Cauduro, Carmen Parra, Moisés Zabludovsky, Gildardo González García y Emiliano Gironella, entre otros. Abridle paso a Rosana Fautsch Fernández, que se encontrarán con una agradable sorpresa…

   Esta es apenas una de las obras de la guapa, guapísima pintora Rosana Fautsch Fernández, escapada con toda seguridad de algún lienzo del que aún no recupera su creador la pérdida irreparable; claro, es un hecho de que quienes ganamos somos nosotros, porque si de una pintura viene, pintora es. Y ese privilegio, unos cuantos.

   ¿Se nace o se hace?

   ¡Es!

   Ya llegará el momento de cobrar los sacrificios, de exigirle la razón a la injusticia, pero que con los artistas se ensaña y alecciona con indiferencia a todos aquellos que se van de largo sin ni siquiera mirar la obra. Y si descalificar es el primer paso de la indiferencia, solo el tiempo corrige ese terrible defecto de los sensibles, ajenos de sensibilidad.

 CONTINUARÁ.


[1] Obra que me fue obsequiada por su creadora hace algunos años. A lo que se ve, no tengo otra forma que agradecerle que escribiendo este rendido y sincero testimonio como muestra de admiración a la artista, otra rara faceta de la que no declaro ignorancia. Pero ahora me deslumbra teniendo tan cerca de mí un pedazo de su vida, porque “Temple” me acompañará por siempre. Y te deseo suerte, cuando suerte es el designio por las buenas cosas, el deseo de que todo salga bien. Y ese, en buena medida, también es mi deseo: que logres salir por la “puerta grande” de la eternidad.

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