EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Hoy, por las razones que ustedes van a encontrar en esta entrega, me ocuparé de dos años virreinales que arrojan datos relacionados con festejos ocurridos en aquellos tiempos que, a no dudar, tuvieron durante su desarrollo, la puesta en escena de uno o más pretextos en lo taurino. No afirmo, ni puedo hacerlo en términos de datos confirmados, pero ante el hecho de las razones que veremos a continuación, la organización de aquellas festividades no podían quedar exentas de la que era, por entonces la representación no tanto de la corrida de toros, sino de ocasiones en que se corrían cañas, se alanceaban toros, se jugaban alcancías, estafermos y todo ello ocurría en las principales plazas de la capital de la Nueva España, sin omitir aquellas otras de las provincias o territorios donde este tipo de demostraciones era cosa común. Y más, cuando surgían detonantes como por ejemplo el que ocurrió en 1687, cuando el 21 de enero se llevó a cabo un Acto de la Universidad dedicado al vigésimo noveno virrey de la Nueva España, don Melchor Portocarrero Laso de la Vega, Conde de la Monclova (alter ego del rey Carlos II, del 30 de noviembre de 1686 al 20 de noviembre de 1688). O las que se desarrollaron en 1688, y que a la letra dicen:

 -Años del virrey. Hubo carreras y comedia (6 de enero).

-Auto en Santo Domingo (8 de febrero).

-Fiesta de nuestro padre San Pedro (11 de julio).

-Toros y moros y cristianos en la plazuela de Jesús Nazareno, a la celebración de la cruz (5 de octubre).

-Entrada del virrey en público (4 de diciembre).

-Fiesta de Jesús Nazareno, por la dedicación de iglesia nueva (7 de diciembre).

-Fiesta de Jesús Nazareno (8 de diciembre).

-Fiesta de la congregación de San Pedro en la dedicación de la iglesia de Jesús Nazareno (15 de diciembre).

-Años de la reina (22 de diciembre).

    Estas son, como sabemos noticias que provienen, y seguirán hasta 1703, en que Antonio de Robles se convierte, con su Diario de Sucesos Notables en la mejor fuente al respecto. Además, sólo hay una relación de sucesos que proviene de ese mismo año del señor y que escribió Manuel de Valtierra, bajo el título de: Sol en León, ascendencia esclarecida. Exaltación gozosa. Discurrida en las empressas, y Symbolos Políticos de el Arco Triumphal, que erigió la Ciudad de la Puebla de los Ángeles, para el día diez, y feis de Octubre de ochen- ta y ocho deftinado a la Solemne, y ] feliz entrada de [  ] el Excellentissimo Señor Don Gafpar de la Cerda, Sandobal, Sylva, y Mendoza, Conde de Galve, Gentilhombre de la Camara de fu Mageftad, Señor de las Uillas de Sacedon, y Tortola, Caballero del Orden de Alcantara, y comendador de Zalamea, y Ceclavin (…) Con Licencia, en la Puebla de los Ángeles, en la Imprenta Nueva [  ✝ ]. Plantiniana de Diego Fernández de León.-[  ✝ ] Por el P. Manvel de Valtierra de la Compañía de Jesvs.[1]

   Es cierto que las descripciones referentes a los arcos triunfales cumplieron otro propósito, pero la fiesta en cuanto tal, al concentrar entre todas sus expresiones este capítulo, no desdeñaban en su constitución integral los festejos taurinos, a los que no siempre se decantaban los cronistas.

   Me gustaría terminar con algunas apreciaciones que son oportunas para los años aquí revisados. Me refiero a un texto del Dr. Antonio Rubial García que comparto con ustedes.

    A lo largo del texto que nos ofrece el Dr. Antonio Rubial García,[2] se presenta una constante: del cómo se afirmó la presencia de ciertos casos en los que figuran personajes particulares cuyas vidas se convirtieron en virtuosos ejemplos del prodigio milagroso, mismo que quedó reflejado en diversas obras hagiográficas,[3] cuya publicación fue algo común en el virreinato y los primeros años del México independiente.

   Parte de lo ocurrido con Catarina de San Juan, es muestra específica y particular de lo que aquí se referirá. Habiendo muerto en 1688, Catalina conmocionó a la sociedad poblana debido a su particular condición de visionaria y profetisa, lo que generó encontradas reacciones que terminaron convirtiendo su cuerpo en blanco de rapiña. Lo importante aquí es cómo, durante todo el periodo virreinal, la iglesia tuvo a su cargo la evangelización en este nuevo territorio, para lo cual se instrumentó un esquema ideológico que buscó reorientar el culto de antiguas deidades al centrado en la sola religión católica, sentido que convivió con aquella sociedad, misma que buscaba, entre otras cosas, una identidad propia. No olvidemos que el santo oficio acompañó permanentemente el quehacer de la iglesia, de ahí que el rigor impuesto desde sus estructuras, cuidaba en buena medida no sólo la publicación de estos impresos, sino sus contenidos. Esa reacción estuvo provocada por el hecho de que la sociedad novohispana buscaba por cualquier medio elementos que justificaran hechos prodigiosos surgidos en estas tierras para reforzar su culto y estimularlo a partir de las constantes fiestas y celebraciones que podrían haberse hecho en torno a ciertos personajes, que no estaban recibiendo toda la atención por parte de las máximas autoridades de la iglesia, misma institución que intentaba controlar esto, ya fuese a través del santo oficio o de la literatura hagiográfica que solía publicarse. Pero también generó diversos conflictos del orden estamental, donde diversas escalas sociales, sobre todo entre los criollos, mestizos e indios, que por momentos se confrontaban y si ello no ocurría en el orden ideológico, podía quedar demostrado en otros aspectos en el que reafirmaban orgullo o tribulaciones. Esto último se materializó en el nacionalismo criollo.

   No olvidemos que en ese mecanismo, la iglesia tenía un lugar importante, cuya consolidación fue posible gracias a un fuerte impulso económico y político con los que se afirmó como un “estado dentro de otro estado” que heredaba y continuaba con todo un propósito surgido desde la contrarreforma católica. Ese auténtico monopolio controló, entre otras cosas el culto de reliquias e imágenes. Poco a poco se extendieron franciscanos, carmelitas, mercedarios, dieguinos y jesuitas cuyos privilegios también se capitalizaron en diversas acciones evangelizadoras o de educación, ejercicio infatigable entre cuyos temas de aleccionamiento se encontraba la historia sagrada misma que comprendía el culto a ciertas imágenes que, habiendo cumplido riguroso protocolo para su aceptación o aprobación por parte de la iglesia, significaban una muestra de lo ejemplar. Tal circunstancia alcanzó fuertes niveles de idolatría, misma que encontró en los santuarios –y esto sigue sucediendo en nuestros días-, tales como el de Chalma, Jerez, el Tepeyac, San Juan de los Lagos o el de los Remedios.

   Pero no bastaban las reliquias o todas aquellas formas extremas de afirmación. También fue importante difundir esas vidas milagrosas, sobre todo entre figuras que guardaban fuertes vínculos con el desarrollo de nuestra propia historia, de ahí que se generaran diversas reacciones que habitaron y convivieron de manera conjunta, pues mientras por un lado se estimulaba el orgullo por estas tierras, por el otro también se magnificaba la obra piadosa de esos seres que, como la Virgen de Guadalupe, alcanzaba a ser motivo de largos y cesudos sermones. O el mito de Quetzalcóatl-Santo Tomás, que recuperaba el pasado mexica. Más tarde vinieron casos milagrosos como los de san Sebastián de Aparicio, san Felipe de Jesús que, en tanto beatos que fueron considerados por la iglesia, se convirtieron en suficiente motivo para consolidar el culto y alentarlo en medio de continuas celebridades. Junto a Aparicio y Felipe de Jesús estuvieron los casos de fray Bartolomé Gutiérrez, Gregorio López y sor María de Jesús Tomellín que no fueron aceptados o alentados por la iglesia debido a que no cumplieron con un riguroso procedimiento (que buscaba la confirmación de hechos prodigiosos “demostrados”), como sí ocurrió con una dominica criolla, Rosa de Lima, a cuya beatificación, ocurrida en 1671 y que alcanzó al virreinato mexicano, este la hizo suya bajo la idea de que era “lustroso honor de la Nueva España”, por lo que su vida ejemplar empezó a ser igual o mayor que la del propio Felipe de Jesús.

   Por todo lo anterior, la literatura y ediciones de carácter hagiográfico cumplieron un propósito de difusión efectiva pues los impresos podían ser concebidos como sermones fúnebres, interrogatorios, cartas edificantes, biografías particulares o incluidas en textos sobre santuarios o en menologios. Allí se hacía exaltada referencia de virtudes que, esa caja de resonancia (es decir la iglesia misma) proyectaba a través del ejercicio espiritual cotidiano. Hoy día no se tiene claro si la industria editorial contaba con potenciales lectores, sobre todo por el hecho de que afectaban factores como la censura (aquí superada), la escasez de papel y el analfabetismo. Desconozco también el precio que habrían alcanzado ejemplares de esta naturaleza y algunos otros, pero las pocas bibliotecas particulares demuestran que tales publicaciones iban a dar a un sector privilegiado, así como también a las bibliotecas de conventos e iglesias.

   Algo que llama mi atención es una afirmación de Rubial en el sentido de que estos escritos hagiográficos “se convertían así en una palestra política contra aquellos peninsulares que menospreciaban a los novohispanos y a su tierra”. Es decir fueron instrumento ideológico que permitieron dilucidar la preclara idea de muchos novohispanos para asomarse cada vez con mayor fuerza a uno de sus más caros propósitos: la emancipación. Llegó a ser tal ese estado de ánimo que con frecuencia se aparecía en esos mismos textos la frase “Nuestra América”, lo que daba un sentido de identidad más propia, al punto de que este aliento, junto al propio que iban causando los informes estados de desastre económico y político propios de la corona y que afectaban severamente sus colonias, hasta el punto de una depauperación que ahogaba a los novohispanos. Eso, junto a una condición religiosa también irregular donde la Inquisición se estaba tornando una institución reguladora al exceso; fueron ingredientes más que favorables para lo que se desataría entre 1808 y 1810.

   Mientras tanto, para los criollos, el orgullo por la tierra ya había enraizado tanto que los 300 años de dominio español, así como dejaron un evidente grado de aculturación e integración en muchas instituciones y sociedades, así también produjo el evidente caldo de cultivo para pasar a un nuevo y complicado proceso de liberación.


[1] José Toribio Medina: La imprenta en la Puebla de los Ángeles. Primera edición facsimilar. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1991. L-823 p. Facs., p. 71.

[2] Antonio Rubial, Nueva España, una tierra necesitada de maravillas, Historias, núm. 37, octubre 1996-marzo 1997, pp. 41-57.

[3] DRAE, Hagiografía: Historia de las vidas de los santos.

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