EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hago desde aquí, un puntual reconocimiento al Dr. Fernando Claramunt, quien ha sido valorado una vez más como autor, debido a que ha sido publicada la “Antología de Escritos Taurinos” de Fernando Claramunt López, por parte de la Diputación Provincial de Valencia, en estrecha colaboración con la Comunidad de Madrid.

   Dicho compendio, es justo apuntarlo, incluye una serie de visiones en las que Claramunt ha hecho especial énfasis de su visión que, en tanto español, tiene sobre el toreo mexicano. Tarea nada fácil si este tipo de expresiones se hacen desde la mirada europea primero. Española después. Don Fernando ha sido congruente con ello, y ha dado a nuestro toreo todo un significado de viva justificación, quedando evidente su postura desde la publicación de aquel importante trabajo editado en la colección La Tauromaquia. Me refiero a la Historia Ilustrada de la Tauromaquia,[1]

   El también médico, escritor y profesor universitario ha sido sensible en entender que el toreo, al extenderse a otras partes del orbe, se convirtió en una expresión universal, de ahí que ahora sea el mismo pueblo español, representado en autores como Fernando Claramunt, el que reconozca la dimensión y la riqueza que hoy día tiene este ejercicio técnico y estético, gracias a la serie de elementos con que han contribuido, y eso es lo particular aquí, los mexicanos. No desconoce a Rodolfo Gaona, a Fermín Espinosa; ni a Silverio Pérez o a Manolo Martínez, por mencionar a cuatro columnas fundamentales del siglo pasado, como los toreros non plus ultra quienes, con unas características muy especiales en sus quehaceres, entendieron que su protagonismo estaba más que justificado al convertirse en “figuras del toreo”. Y Claramunt lo contempló sin miramientos, de ahí que en esta obra, apenas presentada el 8 de marzo pasado, el toreo mexicano figure entre las numerosas y valiosas páginas de un trabajo que reconoce muchos, muchos años como aficionado, en una envidiable combinación con el quehacer de la escritura. Conscientes de que ha seguido siendo fiel a esa postura, y en lo personal, no me queda sino enviarle un saludo, celebrando así y de esta manera, nuestra satisfacción por el hecho de que siendo un escritor vivo, valiosísimo además, contemple, como hasta aquí se ha dicho, como un español universal lo que, a sus ojos, ha representado esta otra summa del toreo, la que significa de hacer sustantivo un trabajo, en la misma forma en que puede entenderse una sinfonía, por ejemplo. La sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo.

   Ahora bien, y para rematar la presente, no me queda sino hacer algunas nuevas apreciaciones en torno a ciertos significados que le son inherentes al toreo.

   La fiesta de los toros, es usos y costumbres, es una tradición, pero también es un fenómeno que, en tanto modernidad como hoy se resiente esa condición, es sumamente anacrónica, por eso creo que se vale, en buena medida para desarrollarse o tener una dinámica que, de conformidad a tales “usos y costumbres”, sigue actuando sí, como “tradición” pero cada vez más entra en un giro que la instala, y perdónenme ustedes por la reiteración, en el engranaje de lo anacrónico, hasta el punto de que en ese estado de cosas, se mantiene viva. Es extraño ese comportamiento, pero todavía más el hecho de que se mantenga tan vigente y siga representando, con todos sus valores, acumulados a lo largo de siglos de andanza, la fuerza de su presencia. Ella sola, por sí misma es capaz de defenderse, pero si en su marcha encuentra diferentes aliados como son todos los estamentos de la fiesta, además del sector de aficionados, la prensa y demás elementos, pues ello, en su conjunto será la más exacta condición que podría garantizarle su permanencia.

   Estas condiciones ideales no pueden existir en forma permanente. A lo largo de siglos ha sido blanco de críticas, ha padecido diversas crisis que la han llevado al desahucio mismo y ese fenómeno, de pronto, ha puesto ante nosotros nuevos y diversos escenarios en los que las plazas semivacías son el más duro de los efectos. Si la afición se va de las plazas, si el desencanto va en aumento, esto no es sino el síntoma de un mal desempeño de quienes creemos son los responsables directos en organizarla, en ponerla en práctica, habiendo para ello y de por medio, infinidad de esfuerzos, que no los imaginamos hasta no haber visto, hasta no tener constancia de ello, cuando uno se mete hasta “la cocina”. Sin embargo, si los ingredientes empleados no son los correctos, el guiso no queda al gusto del cliente; por lo tanto el cliente tiene todo el derecho de irse, de buscar un mejor lugar donde la exigencia de su paladar encuentre placentero resultado.

   En efecto, así es como veo parte de lo que viene ocurriendo concretamente en nuestro país. ¿Quién nos explica la razón por la cual las plazas de toros presentan de manera frecuente un cuadro patético de desolación? Señores, no es casual que ello ocurra si las partes involucradas para su desarrollo pretenden emplear material de mala calidad. Por tanto, ese es el propósito: que apuesten por la calidad. Sabemos que, en la medida en que se ofrezca un espectáculo digno, brillante, que cautive y demás circunstancias favorables, en esa medida, la afición se “retratará” una y otra vez en las taquillas de la plaza, no importando lo que pague por esa calidad. Los empresarios, ganaderos y toreros, actores principales en este proceso, echando mano de las bondades de la modernidad, podrían combinar de manera muy equilibrada y favorable los significados de tradición que tiene y conserva la fiesta para que, sin afectarla en su esencia, siga siendo el foco de atención y no de desilusión. Además, no hay secreto alguno que revelar, ni hilo negro que descubrir. Todo sigue ahí, se mantiene inalterable, pero es preciso que se regrese a la fuente, y se tomen sin ningún temor, esos valores con que así misma ha salido adelante.

   ¡Que deben lidiarse toros! ¡Lídiense!

   ¡Que se formen carteles envidiables y equilibrados! ¡Fórmense!

   ¡Que los toreros salgan al ruedo a darlo todo! ¡Que salgan!

   Y no menciono más, porque por propuestas favorables, no para la fiesta. Todo es cosa que no olvidemos la permanente convivencia de una fiesta generosa y prodigiosa que a veces echamos de menos, porque los intereses y no otra cosa, privan por encima de la fiesta misma. Así no puede andar nadie tan tranquilo por el mundo, y menos en unos momentos en que las amenazas del exterior siguen latentes, van en aumento. No queremos llegar a un punto en el que tengamos que anunciar la muerte de la fiesta por omisión.

 13 de marzo de 2012.


[1] Fernando Claramunt: Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. 2 v. (La Tauromaquia, 16-17).

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