RECOMENDACIONES y LITERATURA. EL TOREO, ARTE CATÓLICO. 1 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El toreo, arte católico (1953),[1] es la siguiente obra de José Alameda a revisar en este intento de poner al día el ejercicio que, en tanto escritor mostró el ya reconocido Carlos Fernández Valdemoro.

   El toreo, arte católico fue en realidad una conferencia que Alameda dictó en el Casino Español en la ciudad de México, el 23 de marzo de 1953.

   Nada más arrancar, el primer párrafo es dueño de una rotundidad pasmosa que hoy día no solo es vigente sino necesaria para divulgarla cuantas veces sea conveniente, en aras de dar una explicación más acerca del significado que le es consubstancial al toreo. Veamos:

 Hay gentes que se atienen a una idea vaga de que las corridas de toros son opuestas a las creencias religiosas y muy especialmente a las creencias católicas. Son las gentes que creen que la fiesta de los toros es inhumana, cuando si lo pensaran bien verían que es todo lo contrario: humana, demasiado humana. Nada hay más humano que la lucha entre vida y muerte. Y eso es precisamente lo que caracteriza, como sacrificio real y como sacrificio mítico, a las corridas de toros.[2]

    Por cierto, esta sola afirmación viene muy bien en momentos en que el conflicto de interpretación en cuanto a la forma en que debe entenderse la entraña del toreo, con todo el peso de sus significados rituales aún no termina de “aterrizar” o de materializarse en las ideas y pensamientos, no sólo de los taurinos. También de quienes no lo son, por lo que es pertinente una sencilla aportación como la que nos proporciona Alameda mismo.

   A continuación, el autor, sin enredarse en las complejas explicaciones de un breve y sencillo paseo por las razones en que la religión, sobre todo la católica constituye el andamiaje espiritual en que se sustentan buena parte de los significados para entender la tauromaquia.

José Alameda, fotografía que el autor obtuvo del memorable personaje en la plaza de toros de Querétaro en 1982.

    Y la tauromaquia, como religión han sido un elemento que ha pasado a formar parte de un territorio peculiar: la estética, el arte. Y al dar razones, Alameda retomaba ideas y párrafos de su ensayo Disposición a la muerte. Lo importante aquí es que Alameda planteaba que el toreo no es sólo el compositor, sino también el ejecutante. El productor en consecuencia de la obra donde el toro es elemento complementario cuya fuerza es la voz cantante, voz a sujetar y refrenar precisamente entre la composición y la ejecución. Pero aún más, el toreo alcanza bajo estas condicionantes, niveles de arte dramático. Se convierte en un arte de pasión.

   José Alameda, ya dispuesto a resolver el enigma, echa mano de los ingredientes que han sido inherentes y propios de la constitución y consolidación milenaria o secular de esta representación, a partir de la presencia de civilizaciones como la griega, en cuya contribución se percibe algo que considera como la elaboración del cristianismo a partir del pensamiento griego, donde Platón y Aristóteles dejaron más tarde en san Agustín y Santo Tomás de Aquino influencias para logar en la conciencia hispana primero; española después suficientes razones de equilibrio. Mismo equilibrio que fue a meterse en el imaginario colectivo de rotación y traslación en torno a estos cuatro pensamientos.

   El toreo, arte católico también se nutre de elementos mitológicos, en cuyos famosos Trabajos de Hércules encuentra dos motivos. El primero, donde Hércules mismo

 Logra sujetar al famoso toro de Creta, que era nada menos que Zeus. Júpiter, en forma de toro, el raptor de Europa. Después se apodera de la vacada del gigante Gerión, el mugidor. Esta última hazaña la realiza en tierra ibérica, en España, cerca de la actual ciudad de Cádiz.[1]

    Luego, da cuenta del mito del minotauro, que Teseo “despachó de un estoconazo”, con lo que sin academicismos chocantes, Alameda resolvió aquí parte de su faena literaria, misma respuesta, forma y actitud con que lo irá haciendo conforme desarrolla el resto de su texto.

   Refiere la parte protagónica de ciertas mujeres que, habiendo cumplido funciones sacerdotales en combinación con una ágil dinámica acrobática, realizaban saltos que ciertos frescos pintados en el palacio de Knosos (en la isla de Creta), llegan hasta nuestros días, ilustrando el momento preciso de aquella suerte conocida como taurokathapsia. Esto sucedía 2000 años antes de Cristo. Y si en ese grupo de mujeres se constituyó buena parte del origen, la génesis del saber sobre cómo ponerse frente a un toro, es probable, a decir de Alameda, que entre otras estuviese la muy conocida princesa Ariadna, que dio a Teseo el ovillo de hilo “que desde entonces es símbolo de la ciencia y arte de torear” (Alameda, dixit), propuesta nada descabellada si luego José Alameda mismo la llevó a la cima de sus creación al concebir El hilo del toreo. Vaya, que no es ninguna casualidad que nuestro autor, también metido en el laberinto solvente de sus ideas, terminara saliendo airoso compartiéndonos años más tarde esa obra emblemática.

 Mujeres sacerdotisas del palacio de Knosos donde quedaron plasmadas diversas escenas de la vida cotidiana en varios frescos que allí se encuentran. Detalle del fresco y recreación de la suerte denominada taurokathapsia, tal y como debieron ejecutarla.

  Y “Aparece la cruz”. En esta parte de su ponencia hace profunda revisión de diversos elementos donde la “cruz es algo más que un talismán y parece estrictamente relacionada con la divinidad”. Ese elemento pasa, ya en la visión que articula los cimientos del espectáculo, ya que “el símbolo determinante del toreo se debe [también] al genio romano”.

   Eso sí, cuando intenta explicar el supuesto origen árabe como única razón de sustancia, él mismo plantea que si el toreo es un arte árabe, introducido en España por los musulmanes no es esto con afán de resolver el enigma, sino de enrarecerlo.

   Las culturas, las diversas culturas que tuvieron una dinámica de dominación y expansión, lo cual obligaba a los naturales desplazamientos y posicionamientos de control y dominio, aspecto que tomaba años, muchos años ejerciendo el mando, también influyeron como parte del corpus que fue adquiriendo el toreo. Por otro lado, advierte que el quehacer de ciertos poetas ha sido tomado a pie juntillas, de tal forma que “su” explicación es la más apropiada para encontrar respuesta en el misterio de la creación taurina, para lo cual pide no dar credibilidad a cierta imaginación surgida entre este tipo de creadores que, por otro lado, en el orden literario han aportado, como ya se sabe grandes obras, memorables. En ese sentido, Alameda, con los años, también asombrará con diversos trabajos poéticos, de los que luego haré un detenido análisis.

   No olvidemos que diversos movimientos culturales generaron mestizaje y otras nuevas expresiones que asimilaron e hicieron suyo lo que aportaban las demás lo cual, en un buen registro de tiempo se convirtieron en elementos de identificación que, como es el caso del toro no fueron exclusivos de una, sino de varias culturas que, al homogeneizarse en una sola puesta en escena, tal y como ocurre en una tarde de toros, pueden percibirse condiciones heterogéneas, la suma de diversas culturas por donde el toreo con toda su magia o su encanto, iba encontrando aposento.

   Lo que sí es un hecho es que aquellos postulados primeros de Alameda, alcanzaron madurez en otro libro valioso: La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo que ya revisaré en su momento.

   Con un mundo protestante y católico a partir de la Reforma impuesta por Martín Lutero, la humanidad va a continuar su desarrollo, en el que justo la compañía de Jesús va a encarar planteando la Contrarreforma para que se contuvieran luteranos y calvinistas en su empeño, ahora frente a una Cristiandad, la que al fijar sus límites, no permitió que el protestantismo los rebasara.

 CONTINUARÁ.


[1] Alameda, José (seud. Carlos Fernández Valdemoro): El toreo, Arte Católico (con un apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina) y Diposición a la muerte. Prólogo del Licenciado Carlos Prieto [Vicepresidente del Casino Español y Presidente de su Comisión de Acción Cultural]. México, Publicaciones del Casino Español de México, 1953. 161 p. Ils., fots. (p. 13-86).

[2] Op. Cit., p. 17.

[3] Ibidem., p. 21-2.

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