RECOMENDACIONES y LITERATURA. EL TOREO, ARTE CATÓLICO. 2 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Avanzada la lectura de esta original conferencia, José Alameda hacia propuestas cuyo corte, eminentemente religioso le daban, como ahora siguen dándole los matices de la esencia que la fiesta conserva hasta nuestros días. Su puesta en escena es un complejo conjunto de elementos en los que lo católico y no otra condición permeó de tal forma que fiesta y ritual son consubstanciales. Este asunto me remite de inmediato a dos interesantes planteamientos que no dudo en incluir aquí. Por una parte, el Dr. Juan A. Ortega y Medina se refiriere a la experiencia “taurina” de parte del viajero extranjero Brantz Mayer, quien vino a nuestro país en la cuarta década del siglo XIX. Mayer

 (quien) estuvo a punto de apresar algo del significado trágico del espectáculo cuando lo vio como un contraste entre la vida y la muerte; un “sermón” y una “lección” que para él cobró cierta inteligibilidad cuando oyó al par que los aplausos del público las campanas de una iglesia próxima que llamaba a los fieles al cercano retiro de la religión, de paz y de catarsis espiritual.[1]

  Y si hermosa resulta la cita, fascinante lo es aquella apreciación con la que Edmundo O’Gorman se encarga de envolver este panorama:

 Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: “el ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[2]

    En esa posibilidad y bajo ese manto tan especial, el discurso de Alameda va contando con elementos que sólo una fuerza contraria muy contundente sería capaz –a menos que para ello propusiera un debate-, con la consiguiente amenaza de caer vencido, como alguna vez sucedió, y esto lo recuerdo muy bien, en la polémica que sostuvieron José Alameda mismo y Carlo Coccioli en un programa televisivo en el que Jacobo Zabludovsky era el moderador. Alameda hizo una defensa digna y legítima no sólo de su profesión. También de sus conocimientos de cultura general y de la tauromaquia en particular.

   Cuando Fernández Valdemoro se detiene a darnos algunos pasajes sobre Veinticuatro Cuernos Fundadores, que no es otra cosa que la génesis de la ganadería brava en nuestro país, no puedo dejar de mencionar que esta visión tuvo, por lo menos en la época en que fue redactada, una fuerte carga de mitos, debido a que la fuente que él consulta no es otra que la de Nicolás Rangel. No abundaré en el tema que, por otro lado fue parte del desarrollo de mi tesis profesional: José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. (Para mayores datos, incluyo a continuación el vínculo a un archivo PDF donde el interesado encontrará el índice de este trabajo de investigación).

 
Por otro lado, remito a los lectores para que quien desee hacerlo, tenga oportunidad de reencontrar algunos apuntes que ya he puesto a disposición en este blog con anterioridad.[3]

    Vuelvo de nuevo con José Alameda y El toreo, arte católico.

    Cuando evoca a Ignacio de Loyola como creador de la Compañía de Jesús afirma también el surgimiento de la Contrarreforma, de cuyos efectos más importantes se tienen, a los ojos de nuestro autor el establecimiento de la Cristiandad en cuanto tal, que llegaba, por lo menos hace poco más de medio siglo, a la visión de que los límites de tal condición no habían podido ser rotos por el protestantismo. Hoy día, ese efecto tiene ya otras condiciones. La iglesia católica se ha visto acompañada de una legión importante de otras iglesias con las que, en su quehacer y en su fe, tiene que convivir, cohabitar de manera diferente, debido a la multifacética expresión religiosa o de culto con que México, en lo particular muestra ese amplio mosaico de posibilidades religiosas.

José Alameda compartiendo con quienes formamos, hace ya muchos ayeres la que, a mi parecer fue la mejor época de los Bibliófilos Taurinos de México (Ca. 1987).

    Ahora bien, y terminando Alameda por afirmar las tareas emprendidas por Loyola, plantea que justo en esos momentos (para ser precisos, el 15 de agosto de 1524), el toreo a la usanza española que es para entonces la expresión más acabada de esos tiempos, “va definiéndose como espectáculo popular”. Y, por alguna razón muy especial, precisamente la orden jesuítica es la que, con el tiempo dará mayores aperturas al significado de la fiesta taurina, al grado de darle razón a José María de Cossío cuando este afirma que “los jesuitas son los primeros en deponer el tono censorio frente a las corridas de toros”, fenómeno que afectó severamente por aquellos siglos, al grado que desde el Vaticano, por ejemplo, surgieron algunas bulas papales que cuestionaban la pervivencia de aquellos festejos.

   En esta larga conferencia, José Alameda siguió bordando algunos otros elementos que validaban sus dichos, como el que propone cuando uno se encuentra en la parte de El Barroco, Estilo Católico:

   En la conciencia despierta de la Iglesia, ha tenido que irse formando, poco a poco, la convicción de que la fiesta de toros no es un espectáculo más, un simple regocijo público como tantos otros, sino un arte popular, profundamente representativo y que es la expresión necesaria de un estilo”.

   Más adelante, da sus respectivos lugares en la historia a Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz y también a Carlos Arruza, torero que brillaba con luz propia por aquellos años, y le da su lugar a la que ya para entonces era su frase publicitaria más famosa:

   “Por eso yo he dicho y repetiré siempre que El toreo no es graciosa huida. Sino apasionada entrega”.

   Termina El Toreo, arte Católico con un “Apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina”, en el que, como ya sabemos, pone en advertencia a los lectores cuando nos dice que hay que tener cuidado con los poetas. Poesía eres tú, diría Gustavo Adolfo Bécquer… Poesía no eres tú, diría Rosario Castellanos. Total, ¿a quién creerle? Y para ello, toma prestadas algunas muestras de esos bardos que, desde 1611 inquietan a Fernández Valdemoro. Tal es el caso de Alonso de Ledesma, José de Valdivieso, Adolfo de Bonilla, los Villancicos de Urgel, aproximándose luego con el célebre Antonio Machado, sin omitir a Miguel de Unamuno y esos versos que glosan a Prudencio:

 ¿Qué es, Prudencio, tu psicomaquia

sino una tauromaquia

a lo divino?

Corre la sangre del mártir,

del moro, o del toro

-igual destino-

y se alza el coro

del coso resonante;

¡España, España, triunfante!

Suena el clarín; ¡de los sepulcros abiertos

levántanse los muertos!

 A continuación, su exposición retoma también a Enrique López Alarcón, Adriano del Valle y Rafael Alberti, y Gerardo Diego, sin faltar el infaltable Federico García Lorca el que, en su “Llanto a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” llegó a unas estaturas de exaltación que se alcanzan en este climax:

 …¡Que no quiero verla!

Que no hay cáliz que la contenga,

que no hay golondrinas que se la beban…

    Sin embargo llega a reconocer en lo último de ese apunte que en las poesías reunidas para el caso, “está presente la verdad revelada por el poeta: la de la identidad de estilo entre el catolicismo, religión positiva, y el toreo, arte popular”, lo que lleva a una reconciliación por el propio hecho de que esa producción literaria viene de inspiradas condiciones o dolorosas reflexiones que, combinadas en el verso se materializaron en poemas verdaderamente exaltados, como quizá tenga que ser la poesía en términos de lo religioso, al grado de que la poesía mística refleja ese último punto, el del estado de gracia, adonde santa Teresa, fray Miguel de Guevara o Concha Urquiza, por ejemplo, nos terminan conmoviendo sin más remedio que para unirnos al coro popular que ya exclama los ¡olés! que se derraman por los tendidos en una plaza de toros.


[1] Juan Antonio Ortega y Medina: México en la conciencia anglosajona II, portada de Elvira Gascón. México, Antigua Librería Robredo, 1955 (México y lo mexicano, 22). 160 p., 76.

[2] Edmundo O’Gorman: Crisis y porvenir de la ciencia histórica. México, Imprenta Universitaria, 1947. XII-349 p., 346.

[3] https://ahtm.wordpress.com/2011/07/06/aclaraciones-sobre-el-origen-de-atenco/

https://ahtm.wordpress.com/2011/07/15/aclaraciones-sobre-el-origen-de-atenco-2/

https://ahtm.wordpress.com/2011/07/22/del-anecdotario-taurino-mexicano-aclaraciones-sobre-el-origen-de-atenco/

https://ahtm.wordpress.com/2011/07/30/aclaraciones-sobre-el-origen-de-atenco-continuacion/ y

https://ahtm.wordpress.com/2011/08/06/aclaraciones-sobre-el-origen-de-atenco-fin-de-este-capitulo/

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s