Archivo mensual: marzo 2012

FRAGMENTOS y OTRAS MENUDENCIAS. Nº 16.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En la que ya es una permanente búsqueda de aquellos datos que, por su curiosidad o rareza deben darse a conocer, para redescubrir aquellas circunstancias ocurridas en otros tiempos, esta semana, consultando el periódico El Popular, publicado en la ciudad de México entre los años de 1897 a 1908, me encontré con tres interesantes notas que corresponden al primer semestre de 1906 y que comparto ahora con ustedes, intentando en cada una, hacer los comentarios pertinentes.

 El Popular, D.F., del 23 de febrero de 1906, p. 2:

De los toros lidiados el domingo 18, en Celaya, por la cuadrilla de Señoritas Toreras, dos fueron buenos y dos malos. Las matadoras “Angelita” y “Herrerita” estuvieron bien en los toros que salieron bravos, y Eloísa banderilleó a caballo, con su lucimiento. El domingo 25 torea la cuadrilla en Irapuato, su décimasexta corrida de temporada.

   Además, en El Popular, D.F., del 26 de febrero de 1906, p. 2, se dice lo siguiente:

La cuadrilla española de señoritas toreras, que dirige Don Mariano Armengol, desde el 10 de Febrero de 1895, que debutó en Barcelona, hasta el 18 de Febrero de 1906, que trabajó en Celaya, Guanajuato, lleva toreadas en plazas de España, Francia, Portugal y América, las corridas siguientes: en España, en once temporadas, trescientas noventa; en Francia, veinticuatro; en Portugal, diez y ocho; en la República Mexicana, en 1898, veintiséis; en Buenos Aires, en 1899, veintidós; en Montevideo, en 1900, once; en la República de Venezuela; en 1904, treinta y una; en México y en los Estados, en 1905 a 1906, quince. Total de corridas toreadas, quinientas treinta y siete.

   Esto quiere decir que no se trataba de cualquier cuadrilla. Al margen de que tuvieron muchas ventajas, toreando toretes o apenas algunos ejemplares que llegaban a la edad de novillos, el hecho es que las toreras se convirtieron en un referente por aquellos años, que van de 1898, en que llegaron a México, hasta por lo menos el de 1906 en que seguían actuando por aquí y por allá.

 EL POPULAR, D.F., del 26 de junio de 1906, p. 2:

Para la corrida del domingo 24 en Morelia, el empresario Margarito de la Rosa compró ocho toros de la ganadería de Jaripeo, que estoquearon Corcito, Antonio Moreno Guerrilla y Copao.

   La corrida fue del agrado del público, tanto porque los toros resultaron buenos, como por el trabajo de los diestros.

   Corcito, quedó mejor matando y banderilleando con palitroques cortos; Guerrilla, estuvo valiente en la muerte de sus toros y como sus compañeros escuchó palmas. Moreno y Copao, estuvieron regulares.

   Se tiene la idea de que un siglo atrás a la fecha de esta nota, Miguel Hidalgo, era poseedor de las haciendas de Jaripeo y Santa Rosa, y que en ambas estaba incluida la crianza de toros de lidia. Incluso llegaron a lidiarse toros con esa denominación en la época en que el “padre de la patria” incendiaba el levantamiento popular que dio, por consecuencia, la deseada emancipación. Lo curioso aquí es que cien años después, el nombre de la hacienda de Jaripeo estaba todavía vigente, y era una hacienda viva, que surtía de ganado a las diversas fiestas que debieron celebrarse con bastante profusión en el estado de Michoacán.

 EL POPULAR, D.F., del 14 de julio de 1906, p. 3:

En la plaza de toros de Ciudad Guzmán, Jalisco, se celebró el domingo ocho del actual una corrida cuyos productos se destinarán a aumentar el fondo para el monumento del eminente Don Benito Juárez, que se está erigiendo en aquella población.

   Se lidiaron cuatro toretes de la Hacienda de la Cofradía del Rosario, por la cuadrilla mexicana de señoritas toreras del empresario señor José Rodríguez Hernández, cuyo personal es el siguiente:

Matadoras: La Mexicanita y La Chiquita.

Banderilleras: La Charrita y La Poncianita.

Peón auxiliador: José Gómez “Fajerito”.

   No sólo eran las “Señoritas Toreras” motivo de suspiros entre los caballeros que acudían en masa a las diferentes plazas de toros donde se presentaran las matadoras barcelonesas. También México tuvo una interesante réplica en esos tiempos y la mejor muestra queda evidenciada en la “cuadrilla mexicana de señoritas toreras”, a cuyo frente estaba José Rodríguez Hernández. En lo personal, tenía conocimiento de otra que dirigió Manuel Moreno “Costillares” en los años 20 del siglo pasado, para lo cual traigo hasta aquí la imagen que da “santo y seña” de ese grupo peculiar.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hago desde aquí, un puntual reconocimiento al Dr. Fernando Claramunt, quien ha sido valorado una vez más como autor, debido a que ha sido publicada la “Antología de Escritos Taurinos” de Fernando Claramunt López, por parte de la Diputación Provincial de Valencia, en estrecha colaboración con la Comunidad de Madrid.

   Dicho compendio, es justo apuntarlo, incluye una serie de visiones en las que Claramunt ha hecho especial énfasis de su visión que, en tanto español, tiene sobre el toreo mexicano. Tarea nada fácil si este tipo de expresiones se hacen desde la mirada europea primero. Española después. Don Fernando ha sido congruente con ello, y ha dado a nuestro toreo todo un significado de viva justificación, quedando evidente su postura desde la publicación de aquel importante trabajo editado en la colección La Tauromaquia. Me refiero a la Historia Ilustrada de la Tauromaquia,[1]

   El también médico, escritor y profesor universitario ha sido sensible en entender que el toreo, al extenderse a otras partes del orbe, se convirtió en una expresión universal, de ahí que ahora sea el mismo pueblo español, representado en autores como Fernando Claramunt, el que reconozca la dimensión y la riqueza que hoy día tiene este ejercicio técnico y estético, gracias a la serie de elementos con que han contribuido, y eso es lo particular aquí, los mexicanos. No desconoce a Rodolfo Gaona, a Fermín Espinosa; ni a Silverio Pérez o a Manolo Martínez, por mencionar a cuatro columnas fundamentales del siglo pasado, como los toreros non plus ultra quienes, con unas características muy especiales en sus quehaceres, entendieron que su protagonismo estaba más que justificado al convertirse en “figuras del toreo”. Y Claramunt lo contempló sin miramientos, de ahí que en esta obra, apenas presentada el 8 de marzo pasado, el toreo mexicano figure entre las numerosas y valiosas páginas de un trabajo que reconoce muchos, muchos años como aficionado, en una envidiable combinación con el quehacer de la escritura. Conscientes de que ha seguido siendo fiel a esa postura, y en lo personal, no me queda sino enviarle un saludo, celebrando así y de esta manera, nuestra satisfacción por el hecho de que siendo un escritor vivo, valiosísimo además, contemple, como hasta aquí se ha dicho, como un español universal lo que, a sus ojos, ha representado esta otra summa del toreo, la que significa de hacer sustantivo un trabajo, en la misma forma en que puede entenderse una sinfonía, por ejemplo. La sinfonía es como el universo, porque lo comprende todo.

   Ahora bien, y para rematar la presente, no me queda sino hacer algunas nuevas apreciaciones en torno a ciertos significados que le son inherentes al toreo.

   La fiesta de los toros, es usos y costumbres, es una tradición, pero también es un fenómeno que, en tanto modernidad como hoy se resiente esa condición, es sumamente anacrónica, por eso creo que se vale, en buena medida para desarrollarse o tener una dinámica que, de conformidad a tales “usos y costumbres”, sigue actuando sí, como “tradición” pero cada vez más entra en un giro que la instala, y perdónenme ustedes por la reiteración, en el engranaje de lo anacrónico, hasta el punto de que en ese estado de cosas, se mantiene viva. Es extraño ese comportamiento, pero todavía más el hecho de que se mantenga tan vigente y siga representando, con todos sus valores, acumulados a lo largo de siglos de andanza, la fuerza de su presencia. Ella sola, por sí misma es capaz de defenderse, pero si en su marcha encuentra diferentes aliados como son todos los estamentos de la fiesta, además del sector de aficionados, la prensa y demás elementos, pues ello, en su conjunto será la más exacta condición que podría garantizarle su permanencia.

   Estas condiciones ideales no pueden existir en forma permanente. A lo largo de siglos ha sido blanco de críticas, ha padecido diversas crisis que la han llevado al desahucio mismo y ese fenómeno, de pronto, ha puesto ante nosotros nuevos y diversos escenarios en los que las plazas semivacías son el más duro de los efectos. Si la afición se va de las plazas, si el desencanto va en aumento, esto no es sino el síntoma de un mal desempeño de quienes creemos son los responsables directos en organizarla, en ponerla en práctica, habiendo para ello y de por medio, infinidad de esfuerzos, que no los imaginamos hasta no haber visto, hasta no tener constancia de ello, cuando uno se mete hasta “la cocina”. Sin embargo, si los ingredientes empleados no son los correctos, el guiso no queda al gusto del cliente; por lo tanto el cliente tiene todo el derecho de irse, de buscar un mejor lugar donde la exigencia de su paladar encuentre placentero resultado.

   En efecto, así es como veo parte de lo que viene ocurriendo concretamente en nuestro país. ¿Quién nos explica la razón por la cual las plazas de toros presentan de manera frecuente un cuadro patético de desolación? Señores, no es casual que ello ocurra si las partes involucradas para su desarrollo pretenden emplear material de mala calidad. Por tanto, ese es el propósito: que apuesten por la calidad. Sabemos que, en la medida en que se ofrezca un espectáculo digno, brillante, que cautive y demás circunstancias favorables, en esa medida, la afición se “retratará” una y otra vez en las taquillas de la plaza, no importando lo que pague por esa calidad. Los empresarios, ganaderos y toreros, actores principales en este proceso, echando mano de las bondades de la modernidad, podrían combinar de manera muy equilibrada y favorable los significados de tradición que tiene y conserva la fiesta para que, sin afectarla en su esencia, siga siendo el foco de atención y no de desilusión. Además, no hay secreto alguno que revelar, ni hilo negro que descubrir. Todo sigue ahí, se mantiene inalterable, pero es preciso que se regrese a la fuente, y se tomen sin ningún temor, esos valores con que así misma ha salido adelante.

   ¡Que deben lidiarse toros! ¡Lídiense!

   ¡Que se formen carteles envidiables y equilibrados! ¡Fórmense!

   ¡Que los toreros salgan al ruedo a darlo todo! ¡Que salgan!

   Y no menciono más, porque por propuestas favorables, no para la fiesta. Todo es cosa que no olvidemos la permanente convivencia de una fiesta generosa y prodigiosa que a veces echamos de menos, porque los intereses y no otra cosa, privan por encima de la fiesta misma. Así no puede andar nadie tan tranquilo por el mundo, y menos en unos momentos en que las amenazas del exterior siguen latentes, van en aumento. No queremos llegar a un punto en el que tengamos que anunciar la muerte de la fiesta por omisión.

 13 de marzo de 2012.


[1] Fernando Claramunt: Historia ilustrada de la tauromaquia. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1988. 2 v. (La Tauromaquia, 16-17).

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Hoy, por las razones que ustedes van a encontrar en esta entrega, me ocuparé de dos años virreinales que arrojan datos relacionados con festejos ocurridos en aquellos tiempos que, a no dudar, tuvieron durante su desarrollo, la puesta en escena de uno o más pretextos en lo taurino. No afirmo, ni puedo hacerlo en términos de datos confirmados, pero ante el hecho de las razones que veremos a continuación, la organización de aquellas festividades no podían quedar exentas de la que era, por entonces la representación no tanto de la corrida de toros, sino de ocasiones en que se corrían cañas, se alanceaban toros, se jugaban alcancías, estafermos y todo ello ocurría en las principales plazas de la capital de la Nueva España, sin omitir aquellas otras de las provincias o territorios donde este tipo de demostraciones era cosa común. Y más, cuando surgían detonantes como por ejemplo el que ocurrió en 1687, cuando el 21 de enero se llevó a cabo un Acto de la Universidad dedicado al vigésimo noveno virrey de la Nueva España, don Melchor Portocarrero Laso de la Vega, Conde de la Monclova (alter ego del rey Carlos II, del 30 de noviembre de 1686 al 20 de noviembre de 1688). O las que se desarrollaron en 1688, y que a la letra dicen:

 -Años del virrey. Hubo carreras y comedia (6 de enero).

-Auto en Santo Domingo (8 de febrero).

-Fiesta de nuestro padre San Pedro (11 de julio).

-Toros y moros y cristianos en la plazuela de Jesús Nazareno, a la celebración de la cruz (5 de octubre).

-Entrada del virrey en público (4 de diciembre).

-Fiesta de Jesús Nazareno, por la dedicación de iglesia nueva (7 de diciembre).

-Fiesta de Jesús Nazareno (8 de diciembre).

-Fiesta de la congregación de San Pedro en la dedicación de la iglesia de Jesús Nazareno (15 de diciembre).

-Años de la reina (22 de diciembre).

    Estas son, como sabemos noticias que provienen, y seguirán hasta 1703, en que Antonio de Robles se convierte, con su Diario de Sucesos Notables en la mejor fuente al respecto. Además, sólo hay una relación de sucesos que proviene de ese mismo año del señor y que escribió Manuel de Valtierra, bajo el título de: Sol en León, ascendencia esclarecida. Exaltación gozosa. Discurrida en las empressas, y Symbolos Políticos de el Arco Triumphal, que erigió la Ciudad de la Puebla de los Ángeles, para el día diez, y feis de Octubre de ochen- ta y ocho deftinado a la Solemne, y ] feliz entrada de [  ] el Excellentissimo Señor Don Gafpar de la Cerda, Sandobal, Sylva, y Mendoza, Conde de Galve, Gentilhombre de la Camara de fu Mageftad, Señor de las Uillas de Sacedon, y Tortola, Caballero del Orden de Alcantara, y comendador de Zalamea, y Ceclavin (…) Con Licencia, en la Puebla de los Ángeles, en la Imprenta Nueva [  ✝ ]. Plantiniana de Diego Fernández de León.-[  ✝ ] Por el P. Manvel de Valtierra de la Compañía de Jesvs.[1]

   Es cierto que las descripciones referentes a los arcos triunfales cumplieron otro propósito, pero la fiesta en cuanto tal, al concentrar entre todas sus expresiones este capítulo, no desdeñaban en su constitución integral los festejos taurinos, a los que no siempre se decantaban los cronistas.

   Me gustaría terminar con algunas apreciaciones que son oportunas para los años aquí revisados. Me refiero a un texto del Dr. Antonio Rubial García que comparto con ustedes.

    A lo largo del texto que nos ofrece el Dr. Antonio Rubial García,[2] se presenta una constante: del cómo se afirmó la presencia de ciertos casos en los que figuran personajes particulares cuyas vidas se convirtieron en virtuosos ejemplos del prodigio milagroso, mismo que quedó reflejado en diversas obras hagiográficas,[3] cuya publicación fue algo común en el virreinato y los primeros años del México independiente.

   Parte de lo ocurrido con Catarina de San Juan, es muestra específica y particular de lo que aquí se referirá. Habiendo muerto en 1688, Catalina conmocionó a la sociedad poblana debido a su particular condición de visionaria y profetisa, lo que generó encontradas reacciones que terminaron convirtiendo su cuerpo en blanco de rapiña. Lo importante aquí es cómo, durante todo el periodo virreinal, la iglesia tuvo a su cargo la evangelización en este nuevo territorio, para lo cual se instrumentó un esquema ideológico que buscó reorientar el culto de antiguas deidades al centrado en la sola religión católica, sentido que convivió con aquella sociedad, misma que buscaba, entre otras cosas, una identidad propia. No olvidemos que el santo oficio acompañó permanentemente el quehacer de la iglesia, de ahí que el rigor impuesto desde sus estructuras, cuidaba en buena medida no sólo la publicación de estos impresos, sino sus contenidos. Esa reacción estuvo provocada por el hecho de que la sociedad novohispana buscaba por cualquier medio elementos que justificaran hechos prodigiosos surgidos en estas tierras para reforzar su culto y estimularlo a partir de las constantes fiestas y celebraciones que podrían haberse hecho en torno a ciertos personajes, que no estaban recibiendo toda la atención por parte de las máximas autoridades de la iglesia, misma institución que intentaba controlar esto, ya fuese a través del santo oficio o de la literatura hagiográfica que solía publicarse. Pero también generó diversos conflictos del orden estamental, donde diversas escalas sociales, sobre todo entre los criollos, mestizos e indios, que por momentos se confrontaban y si ello no ocurría en el orden ideológico, podía quedar demostrado en otros aspectos en el que reafirmaban orgullo o tribulaciones. Esto último se materializó en el nacionalismo criollo.

   No olvidemos que en ese mecanismo, la iglesia tenía un lugar importante, cuya consolidación fue posible gracias a un fuerte impulso económico y político con los que se afirmó como un “estado dentro de otro estado” que heredaba y continuaba con todo un propósito surgido desde la contrarreforma católica. Ese auténtico monopolio controló, entre otras cosas el culto de reliquias e imágenes. Poco a poco se extendieron franciscanos, carmelitas, mercedarios, dieguinos y jesuitas cuyos privilegios también se capitalizaron en diversas acciones evangelizadoras o de educación, ejercicio infatigable entre cuyos temas de aleccionamiento se encontraba la historia sagrada misma que comprendía el culto a ciertas imágenes que, habiendo cumplido riguroso protocolo para su aceptación o aprobación por parte de la iglesia, significaban una muestra de lo ejemplar. Tal circunstancia alcanzó fuertes niveles de idolatría, misma que encontró en los santuarios –y esto sigue sucediendo en nuestros días-, tales como el de Chalma, Jerez, el Tepeyac, San Juan de los Lagos o el de los Remedios.

   Pero no bastaban las reliquias o todas aquellas formas extremas de afirmación. También fue importante difundir esas vidas milagrosas, sobre todo entre figuras que guardaban fuertes vínculos con el desarrollo de nuestra propia historia, de ahí que se generaran diversas reacciones que habitaron y convivieron de manera conjunta, pues mientras por un lado se estimulaba el orgullo por estas tierras, por el otro también se magnificaba la obra piadosa de esos seres que, como la Virgen de Guadalupe, alcanzaba a ser motivo de largos y cesudos sermones. O el mito de Quetzalcóatl-Santo Tomás, que recuperaba el pasado mexica. Más tarde vinieron casos milagrosos como los de san Sebastián de Aparicio, san Felipe de Jesús que, en tanto beatos que fueron considerados por la iglesia, se convirtieron en suficiente motivo para consolidar el culto y alentarlo en medio de continuas celebridades. Junto a Aparicio y Felipe de Jesús estuvieron los casos de fray Bartolomé Gutiérrez, Gregorio López y sor María de Jesús Tomellín que no fueron aceptados o alentados por la iglesia debido a que no cumplieron con un riguroso procedimiento (que buscaba la confirmación de hechos prodigiosos “demostrados”), como sí ocurrió con una dominica criolla, Rosa de Lima, a cuya beatificación, ocurrida en 1671 y que alcanzó al virreinato mexicano, este la hizo suya bajo la idea de que era “lustroso honor de la Nueva España”, por lo que su vida ejemplar empezó a ser igual o mayor que la del propio Felipe de Jesús.

   Por todo lo anterior, la literatura y ediciones de carácter hagiográfico cumplieron un propósito de difusión efectiva pues los impresos podían ser concebidos como sermones fúnebres, interrogatorios, cartas edificantes, biografías particulares o incluidas en textos sobre santuarios o en menologios. Allí se hacía exaltada referencia de virtudes que, esa caja de resonancia (es decir la iglesia misma) proyectaba a través del ejercicio espiritual cotidiano. Hoy día no se tiene claro si la industria editorial contaba con potenciales lectores, sobre todo por el hecho de que afectaban factores como la censura (aquí superada), la escasez de papel y el analfabetismo. Desconozco también el precio que habrían alcanzado ejemplares de esta naturaleza y algunos otros, pero las pocas bibliotecas particulares demuestran que tales publicaciones iban a dar a un sector privilegiado, así como también a las bibliotecas de conventos e iglesias.

   Algo que llama mi atención es una afirmación de Rubial en el sentido de que estos escritos hagiográficos “se convertían así en una palestra política contra aquellos peninsulares que menospreciaban a los novohispanos y a su tierra”. Es decir fueron instrumento ideológico que permitieron dilucidar la preclara idea de muchos novohispanos para asomarse cada vez con mayor fuerza a uno de sus más caros propósitos: la emancipación. Llegó a ser tal ese estado de ánimo que con frecuencia se aparecía en esos mismos textos la frase “Nuestra América”, lo que daba un sentido de identidad más propia, al punto de que este aliento, junto al propio que iban causando los informes estados de desastre económico y político propios de la corona y que afectaban severamente sus colonias, hasta el punto de una depauperación que ahogaba a los novohispanos. Eso, junto a una condición religiosa también irregular donde la Inquisición se estaba tornando una institución reguladora al exceso; fueron ingredientes más que favorables para lo que se desataría entre 1808 y 1810.

   Mientras tanto, para los criollos, el orgullo por la tierra ya había enraizado tanto que los 300 años de dominio español, así como dejaron un evidente grado de aculturación e integración en muchas instituciones y sociedades, así también produjo el evidente caldo de cultivo para pasar a un nuevo y complicado proceso de liberación.


[1] José Toribio Medina: La imprenta en la Puebla de los Ángeles. Primera edición facsimilar. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1991. L-823 p. Facs., p. 71.

[2] Antonio Rubial, Nueva España, una tierra necesitada de maravillas, Historias, núm. 37, octubre 1996-marzo 1997, pp. 41-57.

[3] DRAE, Hagiografía: Historia de las vidas de los santos.

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RECOMENDACIONES y LITERATURA. DISPOSICIÓN A LA MUERTE. 2 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En la entrega anterior, debo reconocerlo, cometí un error al afirmar y dar por hecho que José Bergamín había publicado El arte de birlibirloque en 1944. En efecto, se trata de la edición mexicana a una obra ya publicada en España en 1930. Corregido ese punto, hay un detalle más que quisiera compartir con ustedes. Entre la edición que salió publicada en El hijo pródigo de 1944 y la del Casino Español de 1953, no he encontrado diferencias de contenido, lo cual indica que con nueve años de diferencia, José Alameda seguía sosteniendo firmemente sus postulados.

Portada de la edición facsimilar que el Fondo de Cultura Económica publicó en 1983.

   Combatía firmemente el hecho de que al dejar a un lado los “ismos” o inclinaciones específicas que los aficionados solemos mostrar a favor de un torero, ya sea por su técnica o por su estética, pero minimizando a otro u otros que, aunque contemporáneos al favorecido, no llenan los requisitos que cada uno de nosotros imponemos. Por tanto, colocaba a Juan Belmonte en una dimensión más afortunada, en términos de la estética que impuso el trianero, en tanto que Joselito lo contemplaba como un torero poderoso, que podía con todos los toros gracias a sus facultades atléticas o “deportivas”. Aún así, lo que me parece todavía más razonable es el hecho de que para entender lo que intento decir, no habría mejor forma que reunir en un solo volumen ambos textos, con objeto de desencorsetar cada una de las posturas, desmitificarlas también –si es que tienen algún daño en ese sentido-, y entonces valorar con el fiel de la balanza no al mejor de los toreros, sino lo que cada quien aportó al progreso de la tauromaquia, independientemente de que se trate de Belmonte o Joselito, incluyendo a Rodolfo Gaona, ausente de ese debate. Si Gaona no fue tomado en cuenta ello no se debe a un desprecio. Creo que debió tratarse de un caso extremo en que las pasiones a favor o en contra del trianero y el de Gelves se exacerbaron de tal modo en aquellos años, que el ambiente quedó rebasado. Eso sí, hay que reconocer que Gaona era una pieza incómoda y el leonés, se cocía aparte. Estaba, como dijo Alameda de él: universalizando el toreo, tarea nada fácil, sobre todo en tierra ajena como era España, lo cual debe haber significado la natural incomprensión ante un extranjero que bajo la consigna de vini, vidi, vinci también estaba alterando el ambiente hispano. Todas esas reacciones ocurrieron, ya se sabe, en la segunda década del siglo pasado.

Portada de la revista de El Hijo Pródigo donde se publicó el ensayo de Carlos Fernández Valdemoro: Disposición a la muerte.

   Por tanto, lo que tuvo que hacer Alameda en su Disposición a la muerte fue, tal como propuso en otro momento J. Derrida, construir y deconstruir el momento en que José y Juan arrebataban a los aficionados.

   Y esto lo logró en un momento por demás brillante. Su incorporación al medio literario mexicano no pudo ser más afortunado, puesto que se ve que de manera inmediata tuvo un acercamiento con la “crema y nata” de la intelectualidad, acogido por personajes como Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Alí Chumacero, Alfonso Reyes, Ermilo Abreu Gómez o Antonio Castro Leal, encontró en El Hijo Pródigo el espacio apropiado para plantarse con un tema que, en la extensa edición de esa revista emblemática fue el único en ocuparse de la tauromaquia, lo que indica el grado de suficiencia que hubo en él para encarar cualquier circunstancia o conflicto teórico de posible solución. En el texto de Bergamín encontraba suficiente tela de donde cortar y por eso desarrolló la que no era, en esencia una polémica sino una solución, un afán de poner en su justa dimensión tanto a José como a Juan, partiendo del hecho de las tauromaquias que cada uno detentaban desde sus impresionantes fortalezas.

Facsimil de la primera página del texto alusivo a estas reflexiones.

   Es más, tengo la impresión que Alameda, en esa frescura de juventud fue capaz de concebir no precisamente el origen de un aforismo. Sí el de una frase emblemática que lo identificaría, al lado de otra no menos importante a lo largo de toda su muy representada y representativa trayectoria que deseaba más como literato que como periodista. Él mismo advertía en la edición de 1953 que en Disposición a la muerte estaba planteada la génesis de la que, con el tiempo se convertiría en su frase distintiva: El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega, con lo que quedaba sellada la elaboración de sus fundamentos que, al construir y deconstruir, a partir del riguroso análisis a el Arte de birlibirloque, daba razonamiento al significado de un ejercicio no solo vital, sino espiritual. No nada más dinámico, sino enteramente humano y que luego vino a complementarse con esta otra, no menos destacada, pero que complementaba muy bien aquella: Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte.

   Por lo tanto, esta podría ser la primera de una serie de reflexiones en que se entiende cómo, a partir de Disposición a la muerte se va a ir teniendo mejor idea de que el torero, en tanto figura protagónica, dispuesta a resolver los dilemas de la tauromaquia, se enfrenta también al que carga con el mayor de los significados de su presencia en la corrida: la disposición a la muerte misma con que planta cara ante el toro, en aras también, de disponerse a la vida y salir airoso una vez más, una vez menos… que la próxima tarde habrá que volver de nuevo para disponerse a la muerte.

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EL ARTE… ¡POR EL ARTE! (CUARTA VERÓNICA DE LA SERIE).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PREGUNTA A UNA PINTORA. (INTERMEDIO ESTÉTICO).

 El “temple” no lo descubrió Belmonte, sino Goethe: “Como el astro: sin apresuramiento, pero sin retraso”.

José Alameda.

    En efecto…, Velázquez se parecía un poco a Rembrandt que iluminaba las caras y los cuerpos dejando el resto en la oscuridad. En su cuadro más célebre, Las meninas, proyecta la luz en el grupo que las rodea y el pintor mismo se retrata frente a su caballete. Lo demás son sombras. Sin embargo, un personaje entra por una puerta y destila una blancura deslumbrante que resalta y complementa las tinieblas del fondo, donde figura un espejo borroso con los monarcas como espectros.

   Hasta aquí Fernando Benítez para explicarme un poco lo que eres como pintora del misterio y de la rara estirpe, empezando por el recuento de tu existencia, que es el más extraño de los relatos que en vida haya conocido de no ser otra que Rosana Fautsch Fernández, sometida a los más inexplicables pasajes, y donde uno a uno los enigmas en una obra de ficción, en cuanto realidad de la ficción se entiende, solo ahí pueden suceder. Cada vez me convenzo de que no es así. Pero es que formas parte de ese misterio y de esa ficción, y termino sin saber donde acaba y donde comienza todo ese aquelarre de extraños comportamientos.

   Es por eso que pregunto a tus pinceles lo tremendamente arrebatados que pueden ser los trazos que provienen de un corazón apenas controlado por esa mano que acaricia el horizonte blanco de la tela, al que da luminosidad todo ese vigor arrancado a la paleta (vigor, desaliento, apenas unas líneas…, no lo sé y quiero saberlo para entenderte hoy que más misteriosa pareces).

   Todas estas deshilvanadas ideas las planteo mientras admiro ese maravilloso acrílico sobre tela denominado “Temple”,[1] sin más. Nada de parafernalias ni rebuscamientos. “Temple”, suficiente elemento para definir lo que en el toreo es una suerte, pasaje efímero pero que un ojo pendiente se encarga de atrapar toda esa materia de la que penderá el argumento principal de una obra que se pretende imperecedera como lo es la pintura. Y así lo logras, primero que todo, deteniendo el tiempo, justo en uno de los pulsos concretos en donde el toro embiste a un engaño en el insinuante despliegue de apenas un tiempo en el que se encuentra separado el hacer del toreo: citar, templar, mandar y ligar. En esa dimensión superada y separada de lo tridimensional, queda recogida su primer longitud de onda, si es que así se pudiera definir al cite, que, por otras circunstancias, obra de la sensible percepción estética, ya nos habla de que habrá de ocurrir el temple, quizá el más difícil de los tiempos donde “detener el tiempo” nos remite a dos versos geniales de Lope de Vega:

“…es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”; o como concluyera magistralmente Pepe Luis Vázquez, el torero rubio del barrio de San Bernardo, en Sevilla: “El toreo es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”

   Y “Temple” recoge la transición de dos dimensiones: citar y mandar, como abrir y cerrar una puerta, pero no como este sencillo acto mecánico, si cabe la absurda comparación. Y me queda muy claro que el discurso taurino, para pasar de uno a otro nivel, aunque sea en fracción de segundos, queda testimoniado con la síncopa de una nota musical que ya sugiere la otra, gracias a la melodía y al ritmo que les acompaña, junto a la ralentización del suceso mismo. Y cómo no va a ser un suceso significativo, si recoger en cualquier obra pictórica el lance de la “verónica”, se convierte en uno de los ejercicios de mayor dificultad de elaboración, dadas las condiciones en las que se pretende detener la furiosa embestida de un toro recién salido al ruedo, con la cadencia de unas manos que parecen pedir perdón. Pues bien, todo esto logra ser captado con tal agudeza por una pintora que, deliberadamente pensó registrar el instante, la fugaz razón, el soplo etéreo, el inmaculado despliegue del capote, justo en el fragmento de un reducido tiempo en que los aficionados del tendido ya están invocando a dios, por medio del estentóreo, pero no por ello emocionado ¡olé! de ese primer movimiento de un capote abierto de par en par, como el paño que Verónica despliega a Jesús ensangrentado, camino del calvario, si es que se trata de suavizar la brutal embestida del bravo toro recién salido a la arena con el significado secular que tiene de suyo este lance fundamental del toreo.

   En “Temple” está todo el cromatismo del sol y de la sombra, con los colores propios de la corrida de toros, y son precisamente estos, los que tienen que ser elegidos para conseguir el equilibrio de una técnica madura, firme, y que a la vista es placentera.

   Toro y torero resultan ser dos figuras que se asumen protagónicas dentro del lenguaje impresionista, aunque es evidente la influencia de Aceves Navarro que, al pertenecer al movimiento de la ruptura y seguir la línea denominada “Cobra”, deja en sus discípulos la tarea de consolidarse en la escuela de la pintura gestual que, como se ve sigue nuestra creadora, quien recoge, deteniendo también el movimiento, y afianzando con la plástica el instante donde se inscribe la culminación de su objetivo, asimismo llamado “Temple”. Se templa en la tauromaquia, mientras que la obra matiza y en esos matices, el torero ha perdido el rostro pero no su continente, enfundado además en un traje tabaco y oro de oníricas pinceladas. En cuanto al toro, este es trabajado sin las pretensiones de su hermosura animal. Se acerca, porqué voy a negarlo, al de aquellos ejemplares que Goya deja en el aguafuerte denominado como “Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid” que toma en calidad de préstamo y modelo Rosana Fautsch Fernández; pero dejando muy claro en la figura animal, las formas plásticas congruentes con su estilo, por medio del cual obtiene un propio toro.

   Toro y torero tienen una composición que se separa radicalmente del estilo pictórico establecido a partir de la enorme influencia que dejó entre muchos PINTORES y pintores, Carlos Ruano Llópis. Es cierto, ya han irrumpido con nuevas y frescas propuestas Rafael Sánchez de Icaza, Rafael Cauduro, Carmen Parra, Moisés Zabludovsky, Gildardo González García y Emiliano Gironella, entre otros. Abridle paso a Rosana Fautsch Fernández, que se encontrarán con una agradable sorpresa…

   Esta es apenas una de las obras de la guapa, guapísima pintora Rosana Fautsch Fernández, escapada con toda seguridad de algún lienzo del que aún no recupera su creador la pérdida irreparable; claro, es un hecho de que quienes ganamos somos nosotros, porque si de una pintura viene, pintora es. Y ese privilegio, unos cuantos.

   ¿Se nace o se hace?

   ¡Es!

   Ya llegará el momento de cobrar los sacrificios, de exigirle la razón a la injusticia, pero que con los artistas se ensaña y alecciona con indiferencia a todos aquellos que se van de largo sin ni siquiera mirar la obra. Y si descalificar es el primer paso de la indiferencia, solo el tiempo corrige ese terrible defecto de los sensibles, ajenos de sensibilidad.

 CONTINUARÁ.


[1] Obra que me fue obsequiada por su creadora hace algunos años. A lo que se ve, no tengo otra forma que agradecerle que escribiendo este rendido y sincero testimonio como muestra de admiración a la artista, otra rara faceta de la que no declaro ignorancia. Pero ahora me deslumbra teniendo tan cerca de mí un pedazo de su vida, porque “Temple” me acompañará por siempre. Y te deseo suerte, cuando suerte es el designio por las buenas cosas, el deseo de que todo salga bien. Y ese, en buena medida, también es mi deseo: que logres salir por la “puerta grande” de la eternidad.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 I

    Ismael Peña-López,[1] entrega un balance que pone en alerta las condiciones de un nuevo comportamiento desplegado por la globalización: la brecha digital.

   Lo que para muchos se está convirtiendo en un comportamiento que podría denominarse en “tiempo real”, pues ocurre en el aquí y ahora, en forma constante y vertical, supone la obligada actuación de diversos especialistas que, en términos de nuevos y galopantes síntomas está generando no sólo la tecnología, sino también la brecha digital. Por eso, entre los balances que arrojó el IV Congreso Internet, Derecho y Política, que organizó el Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC, por sus siglas) en junio de 2008, fue necesario acercarse a las formas en que está actuando el Gobierno en la red, visto desde una perspectiva en la que afronta toda su compleja constitución, el ritmo que está imponiendo el denominado e-Gobierno o gobierno electrónico. El análisis fue hecho mirando lo que sucede concretamente en España, lo que supondría un paso adelante respecto de aspectos semejantes ocurridos en México. Sin embargo, hay un primer determinante que preocupa: que tanto el diseño como la manera en la que se presenta la información no están al día de los últimos sistemas de interacción en línea, bajo la presunción de que tal manejo ya se encuentra bajo control, por lo que se requiere un condicionante denominado “nueva Gobernanza de la Era Digital”, capaz de concentrar esa información retroactiva entre el gobierno y el ciudadano o los sistemas y el cliente. La pregunta que formularía al respecto es: ¿qué tiempo tomará para alcanzar sus propósitos reales, si el avance tecnológico que aplica en este tipo de metodologías apunta hacia un resultado “eficaz y confiable”?

   Pero también, de manera alterna, la información está siendo manejada o procesada a través de “blogs”, en el entendido de que “los datos (allí expuestos) ofrecen una prueba sólida de un interés y práctica creciente” que comprende esferas políticas y esferas ciudadanas, creando nuevos puntos de contacto, entre el agente político y los mismos ciudadanos, generando el “rico círculo de intercambio de información y conocimiento que conduce a la transparencia y responsabilidad”, como se señaló en el congreso.

   Han detectado que, en la medida en que las instituciones no asuman su responsabilidad, los ciudadanos sí que lo van a hacer, y lo están poniendo en práctica a partir de acciones cívicas concretas, que rebasa todo orden institucional. Y es que al interior del proceso que asumen los gobiernos, existe un “arcaico marco legal” que quizá nunca contempló la acelerada presencia de la brecha digital. Eso, ha derivado en la masiva presencia de blogs o nanoblogs (twitter o facebook), herramientas que provienen de la Web 2.0. Lo interesante, hasta aquí es que en términos de lo político, esa articulación ha generado legiones a favor de campañas políticas o aquellas otras cuyos principios se encuentran al margen de la estrategia formal de los partidos. Hoy día, llama la atención que en nuestro país, sean ya varios los candidatos políticos con procedencia de la ciudadanía y no de la política lo cual podría generar inesperadas respuestas del electorado en las próximas votaciones de julio, por ejemplo. Y si el hecho real es que si la gente no encuentra entre los contendientes políticos de cualquier nivel el perfil deseado, en entonces que, con lo ocurrido en recientes elecciones españolas, se genere una atomización de “diferentes tendencias y consideraciones de las líneas de pensamiento que mantenían unido al conjunto”.

   Otro planteamiento de los panelistas de lo que viene ocurriendo en el “tiempo real” y lo que puede suceder, ya no tanto como un futurismo imaginado, sino en una prospectiva equilibrada es que se percibe un claro “escepticismo sobre (el uso de) Internet y la Web 2.0 (mismos que) están basados en la ignorancia acerca del mundo en línea”. Ello parece decir que su presencia nos tomó por sorpresa a todos, pero acaso es que tenga que ser el mismo gobierno quien actúe en consecuencia, de manera rápida y contundente evitando con ello situaciones que pueden arrebatarle el mismo control del estado ante la presencia de agentes no previstos en su discurso.

   El “Maquiavelo” que detenta el gobierno o los estados podría ser arrebatado por la ciudadanía si ese complejo sistema no responde a las demandas y necesidades de una colectividad. “El estado soy yo”, sentencia de un absolutismo monárquico en la real persona de Luis XIV y ahora representado en el escenario del que pone énfasis  Ismael Peña-López, también parece cimbrarse ante el hecho de que el gobierno en cuanto tal no ha apreciado en su verdadera dimensión la importancia de las TIC. Por eso, en términos de costo-beneficio ya no es privativo de la democracia representativa, sino que lo está asumiendo el ciudadano en el nuevo escenario de acontecimientos donde, a los hechos de inconformidad se suman los síntomas que vienen ejerciendo las TIC, y de eso no podemos ni mantenernos al margen, ni tampoco ser ajenos. De ahí la siguiente gran conclusión:

(de la) esfera legal, (…) se requieren (concretamente en el tema de la brecha digital) cambios urgentes en asuntos como la seguridad, privacidad, derechos de propiedad intelectual, transparencia y responsabilidad, pero también de la esfera organizativa, donde las viejas concepciones y relaciones potenciales deben dejar espacio para las nuevas, basándose en estructuras horizontales no jerarquizadas construidas en torno a acciones civiles de corto plazo realizadas por múltiples actores”.

   En ese sentido, hace muy poco, el Dr. Pablo González Casanova manifestaba, por ejemplo, que el movimiento zapatista que surgió en la selva chiapaneca a partir de 1994, es la auténtica génesis que se materializa en los “indignados” de nuestros días.

   Se percibe, por tanto que la “brecha digital” está influyendo en forma por demás contundente en los destinos no sólo del gobierno; también de la ciudadanía. Habrá que entenderlo como un ingrediente más asociado a decisiones concretas.

 II

    Mientras doy lectura a un libro de suyo interesante,[2] que se ocupa del movimiento literario denominado  “estridentismo”, y me remito al que fue la primera declaración de principios denominada “Actual Número 1”, en uno de sus párrafos, Manuel Maples Arce, responsable material e intelectual de este movimiento, afirma:

 Para hacer una obra de arte, como dice Pierre Albert-Birot, es preciso crear, y no copiar. Nosotros buscamos la verdad en la realidad pensada, y no en la realidad aparente.[3]

Esta visión me favorece mucho para explicar mi desacuerdo con lo que ocurrió el domingo 4 de marzo pasado en la plaza de toros “México”.

   De entrada volvimos a ver una plaza semivacía, lo que es señal muy clara de que a la afición o a los nuevos y potenciales asistentes los siguen ahuyentando la precaria organización de una empresa empeñada en proponerse como capacitada para ello. Sin embargo, siguen en su dicho y, como van las cosas terminarán hasta pulverizarlo todo… sin necesidad de antitaurinos.

   Es increíble además el hecho de que lo que salió por “Toriles” fuese una realidad de bajo perfil sobre la manera en que se manejan los asuntos taurinos en nuestro país. Los seis ejemplares de San Judas Tadeo, según las pizarras, salieron “librándola” materialmente, pues aparecían fechas de nacencia entre enero y febrero de 2008, lo que indica, en principio que llegaran a la plaza de toros “México” con cuatro años y uno o dos meses, es decir un encierro justito en presentación, con claras señas de que lo que estábamos viendo en el ruedo no eran precisamente toros, y si lo fueron, mucho favor nos harían en demostrárnoslo a los aficionados que creemos que aquello no fue sino una novillada.

   Ahora bien, si programar o no a las tres toreras para “corresponder” con ese detalle primero por el compromiso contraído entre las partes para cumplir los contratos respectivos, me parece un asunto a destiempo, lo que es señal de que para la empresa no interesa hacer propuestas interesantes en combinaciones donde el quehacer de las mujeres toreras hoy día es algo totalmente posible. Por lo demás, si ello hacía coincidir la cercanía de la fecha con la conmemoración del “día de la mujer”, en lo personal me parece una salida oportunista, como para “dar tela” y no tener que pasar apuros en eso de que a las “toreras” no se les programa. En fin, que es una apreciación personal.

   Por otro lado, Mari Paz Vega, Hilda Tenorio y Lupita López pagaron caro su desafío de venir a la “México” con apenas un manojo de actuaciones previas (21, 13 y 10 festejos respectivamente en 2011) lo que dejó claro sus naturales y limitadas condiciones de estar “puestas”. ¿No fue más arrojo que estar puestas en el patio de cuadrillas? En efecto, así es, pero en los hechos pudimos constatar más hechuras en Mari Paz, a pesar de que por momentos se le veía confundida. Incluso, me atrevo a decir que la he visto zumbarse a toros de mayor catadura de la que vimos el domingo pasado. He aquí la muestra:

Actuación de Mari Paz Vega en la plaza de toros de Málaga, España el 20 de agosto de 2011.

A Hilda que nos asombró con las largas de rodillas y luego aquellas “zapopinas” que, una a una representaban magníficos motivos para el pintor que anda en búsqueda de lo inasible. De Lupita, la menos afortunada con su lote, no pudo menos que aflorar su falta de “rodaje” y se le vio muy empeñosa, pero falta de aplomo, aunque eso sí, sobrada de una falsa demagogia que en esto de los toros tiene que cuidar más, sobre todo para que su imagen resulte más natural y no un remedo.

   Y hay detalles que podrían pasar para muchos totalmente por alto. ¿Alguien se fijó la forma en que se “liaron” el capote? He aquí una muestra que recojo directamente del portal “Opinión y Toros” para que comprueben mi dicho que a continuación planteo.

Disponible marzo 5, 2012 en: http://www.opinionytoros.com/noticias.php?Id=36176

    Mari Paz, obsérvenla bien, con el capote liado como “Dios manda”. En cuanto a Lupita e Hilda, simplemente salieron a hacer el paseíllo envueltas en el capote, como si este fuese una cobija, señal de que quienes las rodean no tuvieron ese mínimo pero sutil detalle de cubrir esa pequeña parte de la ceremonia, del ritual.

   Finalmente, mis notas no destilan amargura, destilan ese malestar de que las cosas sigan ocurriendo de esa manera, sin el menor asomo de que cambie el panorama y de que tengamos que seguir soportando caprichos y pataletas, de que nos sigan tomando la medida en cuanto al hecho de que nos quieran vender el cuento de que hay toros cuando siguen saliendo novillos. “Las apariencias no engañan”. Todos quienes de una u otra manera estamos participando en ayudar a la fiesta tenemos que hacer bien nuestro trabajo. Se busca calidad, hay que mantenerla. Se quiere el retorno de la gente, de los aficionados a las plazas, para que estas presenten gratas imágenes del gusto y regusto por la fiesta, es trabajo de sus organizadores hacerlo bien, con calidad y no bajo el viejo principio de “haber que sale…”. Eso ya no es posible y menos, en estos tiempos en que la modernidad nos sigue rebasando, y menos en un momento en que los contrarios así como siguen con su propósito, así también pienso, ven que con lo que ocurre aquí, entre nosotros, es “pan comido” para ellos, pues resultará más fácil que le den puntilla a la fiesta con todos estos absurdos.

   Hay que proteger este patrimonio, no sólo histórico, no sólo emblemático, no solo ritual. También lo es para muchas familias, significa ingreso para otros tantos cuyos desvelos están dedicados para mantenerse honestamente. Significa revalorar al toro y con ello, todo lo demás vendrá por añadidura.

 7 de marzo de 2012.


[1] Ismael Peña López: “Hacia el gobierno electrónico 2.0: repaso del IV Congreso sobre Derecho y Política en Internet – Bloque de Política”. Disponible marzo 4, 2012 en: http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n40/evizer.html

[2] El estridentismo. La vanguardia literaria en México. Selección de textos e introducción, Luis Mario Scheneider. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 2007. XLI-205 p. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 129).

[3] Op. Cit., p. 4.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. Nº 32.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El día de hoy, he visto una de las extraordinarias entregas que hace permanentemente José Morente en su blog: La razón incorpórea (http://larazonincorporea.blogspot.com/). Morente acude a dar continuidad a “De Coruche a Palma del Río (II). José Joaquín Moreno de Silva (Por Pedro del Cerro), material subido el lunes 5 de marzo de 2012.

   Nada más empezar, sorprende con este comentario seguido de la imagen que lo acompañan como ahora:

 A principios del siglo XX, los aficionados pudieron contemplar el ocaso definitivo de dos castas fundacionales que, hasta la fecha, habían sido de vital importancia: el toro de casta Navarra, que se ve relegado al ostracismo, y el toro Jijón, con Aleas y Vicente Martínez a la cabeza, que también se encuentra en decadencia, si bien estas ganaderías mantendrán el cartel gracias a diferentes cruces con sangres de otras procedencias.

Disponible marzo 6, 2012 en: http://larazonincorporea.blogspot.com/

   Dicha visión, la complementa en forma por demás curiosa, recogiendo cierta opinión vertida por los propios varilargueros que participaron en aquel festejo:

 Estos de la foto son, concretamente, de un encierro de la ganadería de Espoz y Mina, antes Carriquiri, que se lidió en Zaragoza en mayo de 1900. A estas reses navarras, los picadores -al verlos- los motejaban de “toritos” pues eran tan pequeños y rojos como las “guindillas” pero también con el picante de estas, por lo que solían dar fuertes tumbos en varas. Al final de la corrida los picadores, que los habían menospreciado por la mañana, acababan presumiendo de haber picado una corrida de “señores toros”.

    Encontrando en la imagen de ese mayo del 900 una enorme semejanza con otra, que proviene de México, me permito incluirla a continuación, para que ustedes observen el parecido morfológico de los pupilos de Espoz y Mina con los de…

Un encierro, probablemente de la hacienda de Atenco. Características morfológicas como las que se aprecian en la fotografía, deben haber imperado durante los tiempos de Bernardo Gaviño y de Ponciano Díaz. (Ca. 1900). Col. del autor.

    Esta imagen, seguramente tomada a principios del siglo XX, corresponde a un encierro de la ganadería de Atenco, lidiado en la plaza de toros “México” de la Piedad. Tomada por Daniel Pesado. El dato más aproximado que nos da información al respecto es que los atenqueños pudieron lidiarse la tarde del domingo 16 de diciembre. 6 toros de Atenco para Manuel Nieto “Gorete”, Francisco Carrillo y Alberto Zayas “Zayitas”. [1] En El Popular, D.F., del 15 de diciembre de 1900, p. 2 se dan detalles de los toros.

   Se han recibido ya los 8 toros de Atenco para la corrida del próximo domingo, en que estoquearán tres matadores: Francisco Carrillo, Manuel Nieto “Gorete” y Alberto Zayas “Zayitas”.

   Los colores de los toros son: 1º castaño claro; 2º, colorado; 3º retinto; 4º lucero encerado; 5º castaño amulatado; 6º, 7º y 8º color castaño oscuro los tres.

   Todos los toros están bien criados y no dudamos darán buena pelea y oportunidad a los diestros para lucirse.

   Pues bien, esas “guindillas” de los ejemplares procedentes de aquella famosa ganadería a cuyo frente estuvo don Nazario Carriquiri, son tan parecidas a los castaños, pinta que predomina en este encierro, también en igualdad de fenotipo.[2]

    Sorprende el hecho de que los de Espoz y Mina se encontraban en un punto de su desaparición, en tanto que los de Atenco, estaban llegando a un punto decadente bastante notorio, aunque la prensa se propusiera advertir que “todos los toros están bien criados y no dudamos darán buena pelea y oportunidad a los diestros para lucirse”. Sin embargo, es claro advertir que en esos últimos años del XIX y primeros del XX, la hacienda de Atenco sufrió una de sus nuevas crisis, hasta llegar al punto de que encontraron suficientes críticas adversas, como la que llegó a publicar la emblemática publicación Sol y Sombra en 1902, al respecto del festejo celebrado en la misma plaza capitalina, el 1º de diciembre de 1901:

   Lo importante hasta aquí es la enorme semejanza. Primero por el hecho de que ambos fotógrafos decidieron hacer sus placas en los corrales, en hora muy semejante, como puede notarse en las sombras que dejan los toros. Aunque aparecen cuatro toros de Espoz y Mina en torno al abrevadero, los cuatro en términos de eso que llamamos “parecido” lo tienen en la “jeta” por ejemplo; o en la cornamenta. Si observan ustedes hasta los ojos veremos enorme parecido. Es como si los de Espoz y Mina estuviesen en los corrales de la “México” o los de Atenco en los de la plaza zaragozana.

   Los tres personajes del fondo, aparecen muy tranquilos, con apostura de matadores valientes, pero tranquilos, pues ninguno de los “Carriquiris” se ha cortado del resto de los del encierro, en un momento en que aparentemente aparecen relajados los dichosos “toritos”. Daniel Pesado, en todo caso se acercó mucho más, con aquel armatoste de cámara, ponerse a nivel de piso y pedirles a los toros que materialmente “posaran” para la foto.

   Semejanzas y coincidencias…


[1] El Toreo, Madrid, España, del 14 de enero de 1901, p. 3. Erróneamente reportan el siguiente dato: PLAZA DE TOROS “MÉXICO”, D.F. Domingo 23 de diciembre. 6 toros de los hermanos Barbabosa, procedentes de la antigua ganadería de Atenco, que habían de estoquear Manuel Nieto “Gorete”, Francisco Carrillo y Alberto Zayas “Zayitas”.

[2] Luis Nieto Manjón: DICCIONARIO ILUSTRADO DE TÉRMINOS TAURINOS. Prólogo de Camilo J. Cela. Madrid, Espasa-Calpe, 1987. 451 p. Ils., retrs., fots. (La Tauromaquia, 4)., p. 219. Fenotipo. Realización visible del genotipo en un determinado ambiente.

   El veterinario Cesáreo Sanz Egaña considera en su obra La bravura del toro de lidia lo siguiente: “Las nociones clásicas de casta y trapío se llaman ahora genotipo y fenotipo. El fenotipo representa los caracteres aparentes comprobados por el reconocimiento exterior”. 

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FRAGMENTOS y OTRAS MENUDENCIAS. Nº 15.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 DE IGNACIO NÚÑEZ A LA AFICIÓN, A LA QUE DEDICO MI MEJOR FAENA…

    Ignacio Núñez se llamó en vida este torero mexicano que, a la mexicana, pero con el vestuario a la española, hizo las delicias de una afición que entre San Luis Potosí y la ciudad de México, se convirtieron en los dos principales puntos donde la tauromaquia en cuanto tal encontró afinaciones pero también afirmaciones, sobre todo durante la octava década del siglo XIX.

   Deliciosa imagen en la que, sin perder su porte viril, todavía es uno de los diestros bigotones que, como Ponciano Díaz en Madrid, se negaron quitárselo ante el mandato de los patilludos hispanos. Rasgos indígenas que se realzan aún más en ese aire soberbio, muestra de que aún y con la reconquista vestida de luces estos toreros nuestros plantaron cara a los españoles. Por eso, esta estudiada pero no por ello improvisada pose de Ignacio, supone el brindis altivo para todos los aficionados a los que dedico mi mejor faena, no importando que fuera con un telón de fondo poco apropiado, a no ser por los sombreros que entusiastas seguidores de Ignacio, antiguo compañero de Pedro Nolasco Acosta le han lanzado agradecidos por tan significativo brindis detenido por el tiempo.

Ignacio Núñez, matador de toros potosino, actuó en la cuadrilla de Pedro Nolasco Acosta. Fue hijo de Juan Núñez “Ojitos”. Fuente: Revista de Revistas. El semanario nacional, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

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GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. XIX.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Por lo menos, hasta 1887 hubo un conocimiento empírico, aprovechado en el amplísimo espacio de la tauromaquia nacional. Y digo que “por lo menos” y también “empírico”, porque al quedar derogado el decreto que, desde 1867 había generado la prohibición a las corridas de toros en el Distrito Federal, estas expresiones se reactivaron en algunas plazas de la provincia mexicana, como también ocurrió en el ámbito rural, donde parece haber habido una pérdida de valores en su expresión, como hasta hace un tiempo así lo veía. Es cierto, el toreo pudo haber sufrido una recaída en términos estéticos y técnicos, pero por otro lado se cargaba de nuevos elementos que permitieron su continuidad.

   La desaparición de Bernardo Gaviño (en febrero de 1886) fue un efecto importante, pero también se pudo notar la reubicación estratégica y protagónica de Ponciano Díaz, lo que permitió que, para 1887, con esa reanudación de actividades, concretamente en la ciudad de México no tomara por sorpresa, sobre todo a quienes eran, en ese momento, potenciales aficionados a la fiesta. Para ello, hubo todo un engranaje en el que la prensa jugó un papel decisivo. A través de su difusión, fue posible encontrar las vertientes más claras sobre el tipo de tauromaquia practicada en España y México. A través de sus páginas se fundamentaron y se dieron a conocer los pensamientos de diversos tratadistas que valoraban en términos muy concretos la evolución hasta entonces desarrollada. Así también fue posible que se conocieran elementos del lenguaje que seguía formando parte no solo de los aficionados “urbanos”, sino del que llegaba e influía con fuerte carga “rural”. En ese sentido, un número de La Muleta. Revista de toros, del 2 de octubre de 1887, daba a conocer el significado que, sobre “Armaduras y pintas” privaba en el imaginario colectivo de aquella naciente etapa, que por años he visto y entendido como la irrupción del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   Lamentablemente, la conservación de diversos ejemplares de esta publicación en nuestros tiempos no permite verla en forma completa. Aún así, lo que aparece en aquel número 5 del primer año de la “revista” dirigida por Eduardo Noriega “Tres picos” permite entender que se daba un paso adelante en las pretensiones de querer cambiar ciertos lenguajes que ahora dan sustento a esta nueva entrega del “Glosario y diccionario taurinos”.

   Apunta el colaborador de Noriega, quien se firmaba con las iniciales “P.P.T.” que “Conocidos de una manera clara y de difícil equivocación los verdaderos colores de los toros, según la única clasificación que debemos seguir”, pasemos a comparar esta con la que sigue y usa nuestra gente de campo”. En ese párrafo de justificación, parece advertir dos cosas: primero, que ya en el número anterior se habían tratado a detalle las diferentes denominaciones que eran de uso común, por lo menos en España, de las pintas en los toros. Y segundo, que por esa sola razón, ya era necesario usarlas de manera constante y definitiva, por lo que en estas nuevas apreciaciones que a continuación presento, ya solo iba a quedar en el recuerdo todo ese conjunto de términos que, hasta 1887 fueron común denominador no sólo de “nuestra gente de campo”, sino también de aquella que, en la ciudad empleaba de manera corriente. He aquí pues, parte de estas expresiones y luego una serie de explicaciones con que terminará su doctrina el propio “P.P.T.”.

 Cabecera de la “Revista de toros” La Muleta. Reproducción del autor.

    Como puede observarse al primer golpe de vista hay mucha divergencia entre unos y otros colores.

   Para ser mejor entendidos, supongamos en el redondel un toro castaño encendido, ojo de perdiz, bragado y meano; según nuestra nomenclatura se dirá simplemente que ese toro era amarillo o enchilado, ojos ribeteados.

   Supongamos otro toro, negro listón y bragado; a este se le llamaría josco o listoncillo.

   Veamos otro: castaño oscuro, ojalado; se le denominaría morado, ojos ribeteados.

   Para no cansar con más ejemplos preguntamos ¿si un revistero siguiendo la clasificación del país dice que un toro es josco, qué se debe creer? ¿Qué es listón, albardado o aldinegro?

   Nosotros, además, no tenemos frases hechas para designar a los meanos y bragados, ni a los toros berrendos con toda exactitud.

   Si con arreglo a esta clasificación se dice de un toro que es ojos ribeteados, no se sabe si es ojo de perdiz, ojinegro ú ojalado.

   Es verdad también que las voces hociblanco y hocinegro, son de significación más clara que las equivalentes españolas, pero son éstas únicamente, o cuando más alguna otra, mientras que las frases amarillo y morado aplicadas a un toro, son completamente inexactas e impropias.

   Parece con lo expuesto, quedar suficientemente comprobado que la terminología española es por todos conceptos la que en rigor debe seguirse, y por nuestra parte aseguramos que La Muleta la seguirá con toda exactitud.

   Aquí, como en España, existe la preocupación de que ciertas pintas influyen en la bravura de las reses.

   Esto no tiene razón de ser, sin embargo, las pintas oscuras son las preferidas para la lidia y recordarán los aficionados que hasta estos últimos tiempos se han visto pisar nuestros redondeles toros jaboneros y berrendos, porque se tenía el error de que los de estas pintas eran de poca sangre.

   Obedeciendo tal vez a esta preocupación, vemos por ejemplo, que los ganaderos han cuidado que sus toros sean de pintas oscuras. Así los de la vacada de Atenco son castaños con exclusión de toda otra pinta, negros o muy oscuros los de S. Diego de los Padres y lo mismo los de Santín, negros los de Ayala, castaños y negros los del Cazadero, y lo mismo los de Guanamé, Jalpam, Guatimapé, Trujillo, Piedras negras, etc., etc., pero la verdad del caso es que la bravura la da la sangre y no la pinta, que solo influye en la más o menos bonita lámina del toro.-P.P.T.

   Nota importante Nº 1: Las imágenes que he empleado para ilustrar este material (que son de la autoría de Juan Pelegrín), corresponden a algunos de los toros que se lidiaron en la pasada feria de San Isidro, versión 2011, y que aparecieron en el portal: http://www.las-ventas.com/ patrocinado por Taurodelta.

   Nota importante Nº 2: Ninguno de estos ejemplares será lidiado el próximo domingo en la plaza de toros “México”.

3 de marzo de 2012.

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RECOMENDACIONES y LITERATURA. DISPOSICIÓN A LA MUERTE. 1 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Mi amigo Xavier González Fisher al ocuparse oportunamente de los primeros pasos que José Alameda dio firmemente a su llegada a México,[1] viene “bordando el toreo de las letras” respecto al ejercicio que en sus primeros años, desempeñó el madrileño. Estimado Xavier: Hoy me sumo a estos quehaceres comprometiéndome a realizar una nueva lectura integral de la obra alamediana, para con ello impulsar el más preclaro de los homenajes que pueda merecer Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro, mejor conocido como José Alameda además de todo, un español universal que convivió y legó entre nosotros lo mejor de su experiencia.

 Disposición a la muerte.[2]

   Carlos Fernández Valdemoro salió a escena con la espada desenvainada. Al primero que buscó para enfrentar, de modo por demás especial, polémico y caballeroso, fue a José Bergamín quien blandía la suya en nombre de El arte de birlibirloque. La del joven Carlos ostentaba el lema Disposición a la muerte. Las espadas se tornaron finas plumas por las que discurrieron entre uno y otro sus mejores y atrevidos dichos.

   Para esto, Bergamín ya había publicado su obra de intitulada y rocambolesca apostura: El arte de birlibirloque, en la memoriosa edición mexicana de EDIAPSA, Serie Gibralfaro en 1944, en tanto que la primer respuesta de Fernández Valdemoro se daba en la célebre revista El hijo pródigo, y en su número de noviembre de 1944, es decir, el tiempo de diferencia entre la una y otra fue mínimo. Mínimo porque de inmediato Carlos, el joven Carlos se levantaba de la mesa con arrebatada pasión para importunarle al consagrado José algunos de sus dichos.

   Birlibirloque debe definirse como arte de poner y quitar, así que es algo que no se mantiene como una razón fija lo cual puede anquilosarse en términos muy riesgosos hasta el punto del derrumbe. Uno y otro, en impostadas “provocaciones” del discurso, empeñaban sus vidas “literarias” haciendo defensa de sus razones, encontrando en Joselito y Belmonte motivos para el duelo, ese que despierta la razón de los “ismos” o inclinaciones cegadas (¿sesgadas?) cuando se pretende defender el ejercicio taurino y artístico de un diestro por encima de otros, encontrando más virtudes que defectos en el de su inclinación; y más defectos que virtudes en el contra estilo de ese gusto.

   En el toreo todo es verdad y todo es mentira, afirmaba en términos bastante maniqueos el también autor de La estatua de don Tancredo. En este caso, la postura de Bergamín pareciera venir arropada por el surrealismo que impulsaba en esos precisos momentos André Breton o por las secuelas del estridentismo de Maples Arce o List Arzubide.

   Dos grande toreros como José Gómez Ortega y Juan Belmonte García dieron al toreo una gran resignificación en el momento de sus puestas en escena (ignoro la gran ausencia de otro actor tan importante como ellos: Rodolfo Gaona). Uno y otro, en estos precisos momentos nos resultan dos columnas vertebrales de invaluable significado, evaluados el uno como el torero poderoso, que podía con todos los toros (salvo Bailaor). El otro, un esteta que en su momento se puso más cerca de nadie, invadió el terreno del toro y eso fue lo que provocó conmoción.

   Lo que sorprende es que este ensayo o tesis de Bergamín haya sido escrita y publicada durante la estancia de José en México, lo que significa o significó poner en perspectiva o a distancia su mirada, sus recuerdos, su memoria sobre la estela de Joselito y Belmonte estela que seguía pesando tanto o más que una sentencia. Creo que Bergamín habría tenido alguna ventaja sobre Valdemoro en el sentido de que vio en forma más directa a José y a Juan, en tanto que para Carlos Fernández la presencia de Joselito era bastante vaga, y más evidente la del trianero. Pero esto no es inconveniente cuando nuestro polemista echó mano de cuanta literatura pudo tener a su alcance, lo mismo que materiales de viejo celuloide en donde fijar constancia, como lo haría más tarde, primero en Historia verdadera de la evolución del toreo, y luego, en términos más refinados en su ya clásico El hilo del toreo.

   Pero, ¿en qué consistió la polémica, esa arrebatada pero caballerosa polémica, que ya no se dan en nuestros días, salvo aquellas matizadas con insultos? En ese sentido no puedo dejar de recordar las grandes polémicas sostenidas por Edmundo O´Gorman y Marcel Bataillon, quienes en Dos concepciones de la tarea histórica se entregaron a una discusión perfectamente argumentada. Recuerdo también a otros dos polemistas: David Alfaro Siqueiros o Vicente Lombardo Toledano.

José Alameda, participando en uno de los múltiples actos que en 1987 se llevaron a cabo para conmemorar los Cien años de corridas de toros en la ciudad de México. 1887-1987. Fotografía del autor.

    Pues bien, Carlos Fernández lanza el primer dardo o espadazo en la contienda al escribir el epígrafe:

A mi amigo José Bergamín, con admiración y disconformidad.

   Y también de entrada afirma algo con lo que aglutina parte de los saberes de este espectáculo:

   (…) el toreo es un ejercicio en el que están presentes valores humanos y estéticos y en el que el artista concibe y realiza a la par, sobre una materia reactiva, adversaria, de la cual triunfa la alegría de la vida, recién salvada a cada instante.

   Sin ser un antiguo libro de coro, coloca a su debido momento la primer “llamada de atención” para identificar que no se está ante cualquier cosa, pues abunda:

   Este espectáculo de vida y muerte, de imaginación y realización portentosas, debiera ser, por su propia riqueza, tema casi necesario del crítico, cuyo ministerio es descubrir aspectos de las cosas, y pocas hay que tengan tantos como la lidia de toros bravos. Sin embargo, no ha sido así el arte de torear no ha merecido por lo común más que comentarios fugaces sobre lo que hay en él de más aparente, exterior y pasajero, o simples estudios técnicos, que se atienen tan sólo a la mecánica, a la “producción” del toreo.

   Tal afirmación se ve venir como un balde de agua fría, sobre todo para una parte de aquella generación de plumas en las que encontraba falta de consistencia, con lo cual el ya José Alameda no divagaba, sino que pretendía hacer afirmaciones tan sólidas como una sentencia. Pero lo suyo era matizar sus anotaciones con firmes pinceladas no sólo del conocimiento taurino, del que ya poseía un rico bagaje, sino de toda esa cultura universal de la que hacía e hizo gala con singular apostura.

   Con esos alardes como estandarte, siguió por la senda de una demoledora pero correcta crítica al dicho de Bergamín diciendo que en su Arte de birlibirloque encontraba un ensayo “tendencioso”, de “tendencia confesada” y lo que es peor, “polémicamente sostenida”. Por otra parte, le concede atributos como los de ser un libro en abierta “beligerancia declarada”. Pero el problema se desata en cuanto aparecen Joselito y Belmonte. Y Alameda  no se detiene en juzgar que “es un libro antibelmontista más bien que gallista, donde ese “más bien” condiciona y no termina en conceder lo de uno o lo de otro. O si lo afirma, lo hace en términos bastante extremosos, donde entonces el significado maniqueo trasciende con una fuerza descomunal.

He aquí a José Bergamín, en quijotesca figura de siglo XX.

   Y en este primer acercamiento, que desde luego continuará en mi próxima entrega, termino con lo que comenzó verdaderamente Bergamín en el Arte de birlibirloque y que cuestiona Alameda:

   (…) la pasión por Joselito y contra Belmonte, como modalidades estéticas y vitales, la sostiene Bergamín demasiado sistemáticamente, como por impulso mecánico, cerrando cualquier resquicio por donde pudiera colarse un rayo de la luz contraria.

   El anterior posicionamiento no puedo verlo sino como esa apasionada actitud de los taurinos hacia algo que defienden a ultranza, pues al encontrar en el campo de batalla a dos poderosos “enemigos”, uno ha de ser el vencedor, y el aliento que se ponga desde los tendidos, o desde las páginas de un periódico o un libro encienden pasiones que pueden terminar en incómodos encuentros, pero también en gozosa lectura, como la que ahora es motivo de revisión.

CONTINUARÁ.


[2] Alameda, José (seud. Carlos Fernández Valdemoro): El toreo, Arte Católico (con un apéndice sobre el motivo católico en la poesía taurina) y Diposición a la muerte. Prólogo del Licenciado Carlos Prieto [Vicepresidente del Casino Español y Presidente de su Comisión de Acción Cultural]. México, Publicaciones del Casino Español de México, 1953. 161 p. Ils., fots. (p. 119-144).

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