MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO. PIEZA Nº 19.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En el afán de poder contribuir a la una historia pendiente de enriquecer, me refiero en esta entrega al quehacer de la caricatura taurina en México.

   Hace ya 20 años, el primer intento, el primer acercamiento a este propósito, lo materializó Daniel Medina de la Serna en la colección Lecturas Taurinas, que Bibliófilos Taurinos de México, A.C., se ha propuesto desde 1990 y que ya alcanza, en este 2012 sesenta y ocho números. De aquel, dedicado a la recreación de artistas populares y también de luminarias en la pintura, Medina de la Serna, se ocupó de darnos cuenta de algunas muestras que formaron un pequeño catálogo de ilustraciones aparecidas a lo largo del siglo XX.

Para tan pequeña publicación, no hubo otro remedio que escoger y seleccionar las que seguramente tuvo a la mano. Sin embargo, estos tiempos en los que la modernidad y la tecnología digital han venido a darnos gran apoyo, puedo decir que la ubicación de imágenes es notablemente superior, lo que obliga ir compartiendo poco a poco con ustedes el sentir de aquellas reacciones percibidas por quienes luego, ya en libros, ya en periódicos y otra serie de publicaciones, dejaron evidencia de su pluma de doble filo.

   La que vemos a continuación es, a mi parecer, la primera y más antigua de que tengo registro. Apareció en una de las ediciones que Ignacio Cumplido dedicó, como impresor a la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi, y se remonta al año de 1845. Las ediciones del incomparable editor mexicano hoy son muy cotizadas y estimadas por coleccionistas y bibliófilos. En algún pasaje de la emblemática y célebre novela de El periquillo sarniento, hubo necesidad de recrearla con esta escena, en la que el personaje de marras, se vio en situación incómoda pues al intentar ponerse ante un toro y “sacarle las vueltas”, como era común hacerlo en aquellas épocas, lo único que sacó fue un incomodísimo momento en que los tirantes de su pantalón cedieron, no se sabe si ante el pavor, o por la embestida del morito que lo sigue con intenciones aviesas de causarle otro susto, mientras los personajes ubicados en segundo plano, o intentan llamar la atención del toro que ya humilla, o se divierten a pierna suelta, como resultado del desafortunado pasaje, en el que sombrero de ala ancha y capote yacen lejos de toda posibilidad para que el “torero” pueda salir airoso del trance.

   Conforme sea posible, iré compartiendo con ustedes otras tantas evidencias de la caricatura, para lo cual, me permito adelantarles que en estos momentos, ya he podido reunir cerca de 200, que van de este 1845 y hasta la segunda década del siglo XX.

Gracias a Joaquín Fernández de Lizardi, fue posible que en su Periquillo Sarniento un artista anónimo retratara parte de la vida cotidiana al comenzar el siglo XIX. Los toros no escaparon a su vista.

Fuente: Joaquín Fernández de Lizardi. Periquillo Sarniento. México, reimpresión, por Ignacio Cumplido (editor), 4 V, 1845.

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