EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hoy día, con toda la fuerza de la demanda social y juvenil que viene registrándose en México, a partir del clamor por una democracia informativa, la que detentan y controlan los medios masivos de comunicación, auténticos monopolios mediáticos, y que se materializa en el peculiar movimiento “≠YoSoy132”, mismo que ha tenido una permanente presencia en los últimos días. Y luego de la polémica presencia del candidato Enrique Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana el 11 de mayo pasado, esta devino peculiar protesta de 131 estudiantes de dicha institución académica, quienes a través de un video y mostrando sus credenciales hicieron notorio su desacuerdo de aquella incómoda visita, bajo el argumento de que no eran “ni porros ni acarreados”. La reacción no se dejó esperar y, bajo la articulación de redes sociales, donde las TIC (tecnologías de información y comunicación) hicieron posible que, a través de comunicaciones por twitter o facebook miles y miles de jóvenes y estudiantes respondieran púbicamente en diversas movilizaciones que se desplazaron lo mismo por la plaza de las “Tres Culturas”, que la explanada de la “Estela de luz” o el Paseo de la Reforma, para dejar muy clara su postura: Ya no están dispuestos a soportar ni la intolerancia, ni la ingobernabilidad de los políticos ni los sistemas que han orillado a este país a una situación de estrechas posibilidades en todos los sentidos. Lo anterior viene a ser un profundo aire de renovación en la actitud de jóvenes que antes se percibía indiferente y poco comprometida, lo que pudo ser reflejo de su desencanto, un desencanto que, con efecto “tsunami”, arrastró y arrasó con toda posibilidad de progreso. ¿Cómo no remontar estas emocionantes jornadas a las intensas y amargas de ese otro movimiento estudiantil, el de 1968, que parece ser la génesis de ese despertar empujados por espíritus novedosos, acompañados por un ciego aliento y hasta por canciones interpretadas por Mercedes Sosa, Daniel Viglietti o Alfredo Zitarrosa?

Disponible mayo 25, 2012 en: http://www.jornada.unam.mx/2012/05/15/

   Ya percibida esa marcada reacción, me pregunto: ¿Algún día el ambiente taurino podría contar con un contrapeso parecido al “≠YoSoy132” para que esa afición de pronto dispersa, de pronto decepcionada también se integre en un movimiento de protesta y encare a los poderes fácticos que monopolizan, a su favor, los intereses del espectáculo y nos entregan como resultado una fiesta desmejorada, cuestionada también no sólo desde adentro, sino también y con mayor fuerza, desde afuera?

   ¿Por qué esperar el hecho de poner los ojos en España o la bien organizada fiesta que vienen realizando, sobre todo en las plazas del sur de Francia si en México mismo podríamos tener otro gran referente y un excelente modelo a seguir?

   Ahora bien, en lo que intento referir aquí es el hecho de que esas movilizaciones son las de jóvenes, muchos de ellos involucrados con el quehacer estudiantil, debido al hecho de que pasan por el proceso de formación académica y ello repercute en el sentir de estas notas. La presencia de las juventudes en los toros no sólo como rito de iniciación, no sólo cuando están de paso en una plaza de toros, sino el hecho de que decidan su permanencia, y para que eso suceda debe existir un conjunto sólido de elementos didácticos que, si no contamos con ellos en forma de capacitación, va a ser imposible realizar algo por atraer su interés. Los taurinos, los aficionados presumimos defender un universo de razones históricas, estéticas o técnicas con qué explicar la razón de ser, pero sobre todo por la cual pervive ese enigmático espectáculo. Si el uso de todos esos instrumentos no se pone en práctica de forma pertinente, no estaremos en tiempo de mostrarles y compartirles todo ese bagaje, pero si para ello hubiese condiciones de alternar, de alguna manera esta posible enseñanza con vistas a instruirlos en los pasajes básicos o esenciales, ellos, los jóvenes no van a entender nada y seguirán mostrando su rechazo, su desapego o su desprecio en función del conocimiento que hoy han adquirido a través de otras fuentes, que no siempre son las correctas, pues existe una fuerte tendencia a que los contrarios difundan una falsa imagen de la realidad sobre lo que significa la tauromaquia.

   Alguien podría cuestionarme el hecho de que ni ellos ni los niños tendrían por qué ser incluidos en un intento así, pero estoy convencido de que al no proponernos dichas tareas, nos impide a los taurinos realizar ese ejercicio que partiría del hecho de mostrar a la fiesta de los toros tal y como es, sin ambages de ninguna especie, sin deformar su realidad y compartir todo ese paisaje para que se tenga una clara idea del significado que posee la tauromaquia. Así, tendríamos razones suficientes para tratar de demostrar que no puede ostentar ninguna razón de tortura hasta en tanto no quede claro que los elementos integradores del espectáculo provienen de remotas condiciones que formaban parte de la convivencia habida entre el hombre y la naturaleza, del dominio que aquel tendría que imponer sobre esta. Por tanto, superados algunos procesos, queda en el aire una pregunta, bajo la condicionante de si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

   Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

   Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

   Superados los traumas de la conquistas, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos.

   Estas, entre otras razones, pueden formar parte de nuestros argumentos, para consolidar y asegurar la permanencia del espectáculo, precisamente en el ambiente que hoy día se percibe. No se tome esta propuesta en términos advenedizos u oportunistas. La experiencia que ha dejado esa estela de esperanza entre los jóvenes, nos abre la posibilidad de que en territorios tan inestables como el de la tauromaquia misma, se extiendan sus inquietudes y sus demandas, en espera de tiempos mejores. 

25 de mayo de 2012.

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