Archivo mensual: junio 2012

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. Nº 7.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Encuentro en La Antorcha, D.F., y en los ejemplares publicados entre abril y mayo de 1833 las siguientes noticias:

 6 de abril de 1833, p. 4: DIVERSIONES PÚBLICAS. Se ha concluido la plaza de Toros de la plazuela de S. Pablo, y mañana debe ser su primera función. La hermosa vista que ella presenta y el especial gusto y elección del empresario, nos prometen que presentará una diversión excelente y completa en su género.-También hay toros de once en la de Necatitlán y Alameda.

 7 de abril de 1833, p. 4: TOROS. En la plaza de S. Pablo, en las tardes de estos tres días y en la de Necatitlán, hoy y mañana, de once; y pasado mañana en la tarde.

 9 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Esta tarde en las plazas de S. Pablo y Necatitlán.

 20 de abril de 1833, p. 4: TOROS. Mañana en la tarde, en las plazas de S. Pablo, Necatitlán y Alameda.

 4 de mayo de 1833: TOROS. En la plaza de la Alameda, de once; y en la de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde.

 18 de mayo de 1833, p. 4: TOROS MAÑANA. En la plaza de la Alameda de once, y en la de Necatitlán y S. Pablo en la tarde.

 25 de mayo de 1833: TOROS. En las plazas de S. Pablo y Necatitlán, por la tarde; y en la Alameda de once.

    Pues bien, entre ese conjunto de tardes, pudo haber correspondido, como se sabe, la presentación de Bernardo Gaviño en ruedos mexicanos. En 1884, El Arte de la lidia había advertido que el diestro portorrealeño llegó a nuestro país en 1829.

   Cuando Bernardo Gaviño y Rueda surcó el mar y llegó a estas tierras entre 1829 y 1835 (entrando quizá por el puerto de Veracruz luego de haber estado en Montevideo y en la isla de Cuba), la situación política, económica y social era la de un país con el deseo de encontrarse a sí mismo. No resultó fácil, por lo que el progreso era lento, en tanto que las guerras y diferencias se intensificaban. Como español seguramente enfrentó el rechazo habido para con los europeos, derivado de tres siglos novohispanos, bajo una estela dolorosa que seguía presente luego de la emancipación, en medio de ese lento proceso del nuevo estado-nación asumido por México.

   Sin embargo, es probable que un golpe de suerte lo ayudara en su destino: se presentó como torero, hecho con fuerte carga de misterio por la escasa información al respecto, salvo un par de visiones; una por escrito, la otra al óleo que legaron dos extranjeros: El viajero francés Mathieu de Fossey quien en su Viaje a México describe cuanto ocurrió en la Real Plaza de toros de San Pablo, la tarde del 19 de abril de 1835 y John Moritz Rugendas, nacido en Augsburgo, ciudad alemana, y cuya obra data de 1833. Por lo tanto, no se tiene bien a bien el dato preciso en que Bernardo pudo haber actuado por primera vez en ruedos mexicanos. Sin embargo, ambos testimonios posiblemente reflejen en su contenido esa singular presencia.

   A todo lo anterior, uno se hace la pregunta, ¿y dónde estaba ubicada dicha plaza de San Pablo?

   Gracias a la ayuda de cierto material de la época y a las tecnologías de nuestro tiempo, es posible tener localizado el sitio exacto, para lo cual edité varias imágenes que ahora comparto con ustedes.

   Dicha plaza estuvo, desde 1788 y hasta 1864 en que dejaron de darse los últimos festejos, exactamente a espaldas de la iglesia de San Pablo, muy cerca del barrio de la Merced. Todavía a principios del siglo XX quedaban algunas evidencias y hasta Lauro E. Rossell nos cuenta que a su vez, algunos vecinos le habían referido de la presencia de ciertos muros que correspondían a los toriles, y desde luego a las bardas perimetrales. En nuestros días, y gracias al apoyo de Google Earth, se puede ubicar el sitio exactamente entre las calles de San Pablo, Jesús María, Topacio y Fray Servando Teresa de Mier. En las imágenes comparativas o superpuestas, es como se consigue entender la ubicación de aquella famosa plaza.

   Finalmente añado a estas puntualizaciones la reproducción de un cartel, el primero que encuentro en la prensa de la época y que refiere ya, con todas sus letras, el nombre de plaza de toros. Corresponde al año de 1844, once años después de las noticias mencionadas al principio de estas Curiosidades.

   Es probable que en dicha ocasión se hayan lidiado toros de Atenco, debido a que el domingo 8 y luego el viernes 27 del mismo mes de septiembre, dichos festejos se concretaron con ganado atenqueño.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. Nº 38.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

     Hace ya un buen número de años, mientras realizaba intensas tareas de investigación de campo, en torno a tres estudios cuyos vínculos estaban, y siguen estando tan unidos en sus íntimas relaciones históricas, y me refiero al caso de la hacienda de Atenco, así como las vidas y trayectorias tanto de Bernardo Gaviño, como de Ponciano Díaz, tuve oportunidad de ser recibido cierto día, en casa de la señora Elisa Resillas, en el poblado de Capulhuac, apenas distante unos cuantos kilómetros, tanto de Santiago Tianguistenco, como de los propios terrenos de la antigua hacienda ganadera. En aquellos momentos, y luego de andar casi de puerta en puerta, investigando la posible relación habida entre los pobladores y sus ascendencias con los motivos ya expuestos, resultó que la señora Resillas tuvo, entre sus antepasados, algunos integrantes que se involucraron con Ponciano Díaz. Ella, entró a su casa, y no tardó en salir portando un antiguo retrato en las manos, que de inmediato me permitió fotografiar. Posiblemente, y aquí disculparán mi falta de conocimientos a plenitud en eso de las técnicas fotográficas, pero considero que al tratarse de un ambrotipo o una tarjeta de visita, aquella imagen, que hoy tengo oportunidad de compartir con ustedes, me permite llegar a algunas conclusiones.

   El fotógrafo que fue hasta el sitio, no desaprovechó la ocasión para llevar, hasta el sitio mismo toda su parafernalia, lo que implicaba sacar un armatoste del gabinete y otras tantas placas no sólo para obtener la presente imagen. Seguramente pudo haber logrado otras tantas. Por fortuna, el grupo de 18 personas parece ser todo él, integrado por vaqueros de la hacienda de Atenco, así como de otros tantos pobladores de Santiago Tianguistenco, sin olvidar que allí estaría más de uno de los antiguos señores Resillas. Al centro, de impecable vestimenta, es muy probable que se encuentre el señor Aurelio Barbabosa Saldaña, el primero de esa estirpe que representaba a la Sociedad “Barbabosa Sucesores”, antes de que decidiera abandonarla, y dejar todos los destinos en el resto de sus otros hermanos. A saber: Herlinda, Manuel, Antonio, Juan de Dios y Rafael Barbabosa Saldaña. También podría especular que ese mismo personaje es Antonio Barbabosa, en elegantísima apostura, que va tocado de un sombrero bombín, camisa de pajarita y una corbata con el nudo muy bien hecho, además del saco y el chaleco. No le falta a aquel continente el bastón de rigor.

   A su alrededor, y salvo otro personaje que también se fue a los toros con el mismo rigor, los demás ostentaron el traje de charro, de media gala algunos, otros con sencillos sacos, quizá de ante, sus infaltables corbatas, y la mayoría, adosados de sombreros de ala ancha, algunos de piloncillo o galoneados los otros. Uno de ellos, el de la derecha, empuña la vara de detener, y hasta participaría en el festejo programado para esa tarde, mientras que el de la extrema derecha parece detener las riendas de algún caballo que ya no pudo salir en la imagen. Un charrito, es decir ese joven que aparece al pie del señor Barbabosa, extiende una moña de lujo, que sería, a no dudar la que adornaría el lomo de alguno de los toros de Atenco que esperaba en los corrales de la plaza de toros de Bucareli.

   En efecto, están en la plaza que Ponciano, junto con José Ceballos (entonces gobernador del Distrito Federal) y el comerciante español Quintín Gutiérrez levantaron a partes iguales de capital, en la entonces famosa calzada de Bucareli, justo en el cruce de la sexta calle de Bucareli y la primera de Barcelona, plaza que se inauguró en ocasión inolvidable, el 15 de enero de 1888.

Quintín Gutiérrez. El Alacrán, D.F., del 21 de abril de 1900, p. 4.

    Este grupo que con toda seguridad quiso acompañar a su paisano, el ídolo Ponciano Díaz, nos deja ver otra condición muy especial: la cercanía que vaqueros, caballerangos y chilcualones tendrían con el “l´amo”, borrando por algunos momentos, la notable distancia que habría en el trato cotidiano allá, en el campo. Por eso, el espacio urbano les permitió “posar” con el desparpajo de una pareja armonía que se refleja en los rostros de auténtica felicidad de todos y cada uno de ellos.

   El paso de los años se deja ver de manera notoria. Hay un sector de la imagen que se ha desprendido del soporte original, lo que da el toque de una “pátina del tiempo” peculiar en cierto material fotográfico que, al no estar en condiciones apropiadas, puede llegar a sufrir este tipo de daño. Como no se trata de un dictamen técnico, sino de una recreación con mirada y perspectiva de siglo XXI, espero que ustedes como un servidor, hayan disfrutado los propósitos de esta mirada.

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RECOMENDACIONES y LITERATURA. LOS HETERODOXOS DEL TOREO. 2 de 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Lo que va resultando notorio hasta el punto que se ha alcanzado en la revisión de Los Heterodoxos… es que al tratar la línea de ruptura habida en varias épocas con toreros que decidieron no seguir precisamente el rigor de los dictados; aunque sin renunciar a ellos, eso ha sido suficiente para entenderlos como elementos incómodos. Cúchares con Paquiro; El Espartero con El Guerra o Belmonte con Joselito y Rodolfo Gaona. Pero puede percibirse que esas actitudes también fueron consigo mismos.

   Con los toreros del siglo XX de que se ocupa Alameda, este realiza un ejercicio en el que puede percibirse primero una especie de estabilidad entre las expresiones habidas con un toreo decimonónico más belicoso y guerrero, que va transformándose en otro con novedosas incorporaciones estéticas y también de técnica avanzada que pertenecieron al siglo pasado. El primero de ellos, que es Rafael Gómez Ortega El Gallo además, este tiene una fuerte carga anecdótica tras de sí. Buena parte de su vida torera se construyó a partir de tales condimentos. Aunque Rafael tuvo la gracia de que por razones bastante misteriosas se convirtió en “modelo para toreros”, como llegó a afirmarlo el propio Rodolfo Gaona cuando estuvo en España por primera vez en 1908. Con El Gallo, ese “animal sencillo” del que escribe Alameda, nos da más peso de sus pasajes ingeniosos que los propios de su tauromaquia, aunque cuando uno va al pasado con objeto de conocer los hechos para comprenderlos desde el presente, es posible enterarse de las gracias y gitanerías que eran características en el de Gélves, como lo que sucedió una tarde de febrero de 1913 en que Rafael y Ricardo Torres Bombita enfrentaron toros de Miura. El resultado, por lo menos en el tercio de banderillas, fue el recreado por el entonces incipiente dibujante Ricardo Marín en esta forma:

Pepe-Hillo. Suplemento de toros de “El Gran Bufón”. Año I, Nº 1. Madrid 9 de febrero de 1913, p. 2 y 3.

Disponible junio 21, 2012 en: http://hemerotecadigital.bne.es/results.vm?q=parent%3A0005379097&s=0&lang=es

    Sin embargo, pasada la narración cuasi rocambolesca de la que Rafael Gómez fue su mejor expresión, comienzan a sentirse los tremores, los sacudimientos de un auténtico “terremoto”, que provienen de un epicentro localizado en Triana. El grado de ese movimiento sin posibilidad de establecerle escalas sólo habría de fijarlo el propio Juan Belmonte, causante directo de aquella “revolucionaria” agitación. Un medio eficaz para entender ese inexplicable acontecimiento, solo es posible encontrarlo en la teoría que expone José Alameda, apelando al postulado de José Ortega y Gasset –sobre la deshumanización del arte-, cuando se enreda en el capote del gran filósofo, mismo que postulaba la idea de que no todos estamos en capacidad para entender el arte y sólo las mentes elevadas pueden hacerlo, lo que supone una diferencia entre unas personas y otras, esto a partir de un concepción clasista, es decir, las masas, quienes al no estar en capacidad para entender el arte por su ignorancia, se oponen a él; y los eruditos, esa minoría de mentes elevadas que entienden las manifestaciones artísticas en tanto éstas representan un nivel superior de conocimiento. Lo que pretende Alameda para explicar a Belmonte, inevitablemente pasa por una condición teórica que además es representativa del impecable estilo del que gozaba nuestro autor. Veamos a donde va su reflexión, sobre todo cuando pone como ejemplo a dos pintores, a quienes coloca en balanza muy especial.

    …he aquí la sorpresa –sorpresa para quien no cale hondo en la dialéctica del arte; Picasso vuelve los ojos a Velázquez. Lo parafrasea, lo admira, de nuevo lo entroniza. El ciclo comienza a cerrarse. Pablo Ruiz, cuyo corazón de pintor late hacia dentro, corta planos, revela estructuras; es un disector, que no lleva la pintura al teatro, ni al congreso, ni a la Pradera; la mete al quirófano y le hace la autopsia. Es allí, en la entraña de la pintura, donde encuentra –reencuentra- a Velázquez. Hacedle la autopsia al toreo y encontraréis a Joselito.[1]

   Curioso acertijo donde no nos encontramos con Belmonte, sino con José Gómez Ortega, porque José es el Velázquez del toreo. Pareciera un escamoteo. Lo demás se entiende por añadidura.

   El paradigma de la tarde del 21 de junio de 1917 parece ser no sólo aquello, sino un parteaguas en el destino de los tres toreros que participaron en esa jornada. Me refiero a Rodolfo, a José y a Juan, que comparecieron en la antigua plaza de Madrid, con toros de Concha y Sierra y Gregorio Campos. Fue la que se proclamaba como la de “¡Los dos solos!”, luego del inenarrable quehacer de Gaona y Joselito, pero que el triunfo terminó siendo arrebatado por Belmonte, al final de aquella ocasión, cuando luego de enfrenarse con “Barbero”, y a pesar del pinchazo, la afición se lo llevó en andas, mientras Gaona y José salieron del coso de la Carretera de Aragón por su propio pie…  “los dos solos”. Ahora bien, paradigma y parteaguas, porque al cabo de tres años más, en que siguieron cada quien planteando sus personales manifestaciones en el arte y la técnica taurinas, hubo un momento en que, con la desaparición física de Joselito, y la vuelta al nuevo mundo de Gaona, Juan volvía a encontrarse solo, frente a un destino que no era esperado por nadie. Por eso, la firmeza de una heterodoxia trianera, tuvo que ser alentada por Eduardo Pagés, quien se encargó de firmarle a Juan Belmonte una serie de exclusivas, saliendo avante en casi todas, pero siempre con un vacío que ya nadie llenaba.

   Desde luego, Alameda plantea el escenario de una causalidad, el del “hubiera”, que además no existe en la historia pero que muchas veces ha tenido que ser puesto como una condicionante. De ahí que la pregunta insistente del ¿qué hubiera pasado si se hubiera podido suprimir del calendario aquella hoja del 16 de mayo de 1920? suena como una seca campanada que solo tiene alguna respuesta gracias a la especulación y a un buen porcentaje de imaginación.

   José Alameda vuelve a recordarnos que Juan Belmonte se queda solo en el orbe cerrado de Madrid, mundo en sí mismo, con unidad y totalidad de paisaje, desmenuzados más tarde gracias a la oportuna aparición de Manuel Chávez Nogales, convertido en una especie de Sigmund Freud, quien logró desvelar a Juan de sus propios fantasmas y legarnos a un hombre de carne, hueso y espíritu que hoy podemos entender gracias Juan Belmonte. Matador de toros. Lo deshumaniza, y lo vuelve a humanizar en toda su descarnada posibilidad.

   Siguiendo con el planteamiento establecido por Alameda en la obra que ahora es motivo de revisión, he de apuntar el hecho de que, al ocuparse tanto de Carmelo Pérez como de Victoriano de la Serna, lo hace en función de dos toreros cuyas trayectorias no convergen precisamente, pues la del hermano mayor de Silverio fue, como San Felipe de Jesús, la de un mártir –o como dice Alameda-, muy parecida también a la de El Espartero. La única vez que pudo verlo en alguna plaza, le pareció un torero demasiado serio, que no sonreía, y es que a España llegó Carmelo con la herida abierta que le provocó Michín o Mechín de San Diego de los Padres el 17 de noviembre de 1929 en “El Toreo” de la Condesa. Esa actuación sucedió en Toledo, junto a Chicuelo y Domingo Ortega el 10 de junio de 1931. Le pareció un torero distinto, heterodoxo, que rompía cánones aunque ya no lo hizo como hubiese sido deseo del texcocano, pues de la herida aquella ya no volvería a quedar sano. Por eso, su muerte fue vista como una tragedia, tragedia que hizo suya Silverio quien la convierte en un camino de larga expresión heterodoxa, paso adelante que rebasó en su momento a Manolete. Pero Silverio fue, por extensión también, el paso doliente que siguió para entender la tragedia de Carmelo. Ese miedo interior del Compadre lo entendemos ahora como la única forma de reaccionar ante el doloroso reproche que significó la levedad de que gozó Carmelo, ante el hecho de no haberse convertido en una figura consagrada, razón que por otro lado sí tuvo el privilegio de saborear “el tormento de las mujeres”.

El Heraldo de México, D.F., del 4 de junio de 1985. Esta es una muestra de las columnas emblemáticas de José Alameda, que las hay por miles en dicha publicación ya desaparecida.

   En cuanto a Victoriano de la Serna, José Alameda lo definió como un torero intransitivo

 Porque no tiene traspaso ni enseñanza posible, ya que para realizarlo (el toreo), de nada vale el conocimiento de un mecanismo, se necesita el genio personal, la medida prodigiosa, intransferible, que permite quedarse ahí, sin modificar el terreno. (Por lo tanto) Para torear como La Serna había que ser La Serna.[2]

 Seguramente, José Alameda vio este prodigio. Se trata ni más ni menos que de Victoriano de la Serna. Foto Vives. La Fiesta. Semanario Gráfico Taurino. México, Año 8, Nº 63.

    Algo con lo que permanentemente está luchando José Alameda es contra el dogmatismo de la fiesta, de los aficionados que se encierran en una sola idea o que cuando se tiene que someter la técnica, sobre todo esta condición, a los dictados de las Tauromaquias, la técnica de los toreros puede quedar bajo la vigilancia y al rigor de aquello que ya se estipuló, y que no es más que un sustento teórico, fruto de la experiencia en las plazas sí, aunque lo verdaderamente importante es que en estos otros tiempos lo que debe observarse va en función de las nuevas condiciones, con todos los cambios habidos en poco más de dos siglos desde que quedaron establecidas las primeras reglas del toreo de a pie. Mostrada ya la técnica, el otro aspecto relevante es el de que cada torero dejará mostrar su declaración de principios estéticos, que no pueden caber en ningún molde cuantitativo, sino cualitativo. Y ese malestar, superado notablemente con el manejo prodigioso de su pluma, puede verse notarse en el siguiente pasaje:

 Considérese, por ejemplo, que San Juan de la Cruz, el gran poeta más breve de la lengua española, como le llama Jorge Guillén, ha escrito menos de lo que ha toreado La Serna. Y ya está contestada aquella apreciación cuantitativa del que me dijo que La Serna no había hecho nada en el toreo. Hizo aquello (los de las Verónicas prodigiosas). Y el cuantitativo me podría preguntar: -¿Cuántas veces?… Y yo, responderle, preguntando: -¡Cuántas veces pintó Leonardo a la Gioconda?[3]

    Cuando la lectura de Los heterodoxos… se encuentra bastante avanzada, uno se encuentra con el capítulo dedicado a Carlos Arruza, del que apenas escribiera algunos párrafos en El toreo. Arte católico. No era necesario escribir más, pues Carlos, que se había retirado en abril de 1953, mismo año de la publicación de la que fue primero conferencia, y luego se convirtió en ese libro ahora esencial en la saga de Alameda, seguiría toreando desde el caballo, y luego a pie, con lo que hasta 1966, prodigaría sus virtudes. Pero como apuntaba, con Arruza creo que se hacía difícil realizar una labor de análisis en su toreo, sobre todo por la inmediatez de sus actuaciones. Así que cuando el propósito pudo serle posible a Alameda, este reparó en el hecho de que si “Arruza podía salirse de la regla era porque la conocía. Como el pintor, que sólo puede desdibujar cuando sabe dibujar”. Lo que va a desarrollarse en ese capítulo VIII de Los Heterodoxos… es, además una hermosa exposición del estado de cosas que se vivieron en España en diversos siglos de esplendor, pero también de aislamiento, justamente en eso que he llegado a ver y comprender como la “tibetanización”.[4]

   Superada esa “tibetanización”, y abierta España no sólo al mundo, sino a México, aquella afición se entregaba sin cortapisas a Carlos Arruza, ese “heterodoxo” “criollo” a los ojos de Alameda.

   Toca ahora el turno a Luis Procuna cuya primera sentencia por la que pasa el cedazo o filtro de Alameda quien dicho sea de paso, se encarga de poner un alto a todos aquellos que solían colgarle a Procuna las etiquetas de que no sabía torear. Por eso, y al paso de cada uno de los toreros analizados aquí, el autor va poniendo una “Pica en Flandes” y otra, y una más para arremeter o encarar, entre otras razones, las siguientes:

 Ortodoxia no es tampoco negación de la personalidad (cuando dice esto es que el protagonista del capítulo bajo revisión es ni más ni menos que Luis Procuna. N. del A.). Es un sentido de disciplina, en el que caben desde Borgia hasta Parcelli. ¡Porque no Manolete y Belmonte? Pero en el toreo, más que en la Iglesia, abundan los más papistas que el Papa.[5]

    Y es que el caso particular de Procuna se desarrolla en aquel torero que ha tenido como ninguno y sin que se sepa por dónde le vino, el raro don de dominar toreando por alto, que así lo vuelve a manifestar el autor de Los Heterodoxos del toreo. Por esa sola medida, la que aplicó en buena parte de su vida profesional, convierte a Luis Procuna en un torero que es motivo y centro de discusiones, pues no se alinea a las reglas, cuando precisamente en eso estriba la discusión draconiana de un buen sector de aficionados que se ostentan como defensores de una pureza que solo está en los tratados, pero no precisamente en el ruedo, donde solo hay aproximaciones. Que los diestros interpreten de diversa manera su forma de entender el toreo es otra cosa, pero se apegan a los principios que usos y costumbres han establecido por siglos –al menos dos-, desde que el toreo de a pie ha tenido protagonismo esencial. Y ese toreo, al cabo de 200 años cabales ha ido adquiriendo mejoras, evolución y depuración que también va emparejada por el hecho de que los ganaderos han tenido que hacer un trabajo, destinado a criar un toro más propicio para ese tipo de arquitectura. El paso de aquella presencia de toros primitivos, con una lidia cargada de elementos eminentemente guerreros, a otro en el que se suprimían ingredientes de violencia, como la aplicación del peto en los caballos y el toro se amoldaba a los requerimientos no sólo técnicos. También estéticos de esa tauromaquia moderna de la que hoy somos testigos presenciales en todos sus significados y privilegios de avanzada. Muchas veces he afirmado que el toreo es anacrónico y hasta he cuestionado ¿qué hace esa expresión en pleno siglo XXI, cuando todos sus valores pertenecen al pasado? Pues bien, en eso ha consistido toda esa transformación, y a veces esas condiciones evolucionistas afectan la aceptación de interpretaciones que, como las de Procuna no cabían en un momento en que por ejemplo, Manolete imponía un sendero clásico, o que Silverio Pérez reivindicaba la entraña de “lo mexicano”. Por fortuna, el propio Manolete le confesaba a Alameda respecto al hecho de que el toreo de Procuna era forzado, tenso y extravagante con esta afirmación fulminante:

“Sí, pero se pone donde no se ponen los demás y aguanta lo que no aguanta nadie”.

   Hay en el capítulo dedicado al también conocido como “Berrendito de San Juan” suficientes explicaciones que Alameda va postulado para explicar ese ahondamiento de raíces, mientras Rodolfo Gaona o Luis Freg lograron consolidarse durante varias temporadas en España, para que aquellos públicos se convencieran del ejercicio de esos “invasores”, mientras que en México, el caso de Joaquín Rodríguez “Cagancho” también era una forma de crear intercambio o yuxtaposiciones que, en su conjunto, afirmaban los gustos de aquellas aficiones. Gracias a esa dinámica, las aficiones españolas y mexicanas entendieron que el toreo se universalizaba.

    Finalmente a lo que se dijo en el libro sobre Procuna, caben estas palabras:

Pero como el mexicano cree en la inspiración y en la lotería, creía en Procuna, le hacía gracia Procuna, como representante vivo de un haz bohemio y colirista del México popular, ese México que consuela y distrae el México del trabajo, al México que despierta con el alba y aunque no presuma de laborioso, lo es como la abeja y ha creado la inmensa, prodigiosa, asustante colmena de su Distrito Federal.[6]

    A continuación, el personaje aludido es Manuel Benítez “El Cordobés”. De inmediato recordé, y esto sin ningún propósito peyorativo y mucho menos despectivo, como decía José Bergamín: “El toreo, es un arte analfabeta”. En buena medida, sabemos que la primera parte de la vida taurina del cordobés, se remite a un hecho marginal, donde apenas el muchacho tendría alguna educación, la suficiente para emprender, como lo hizo, todas las conquistas, en una época en la que la ruptura entre los patrones establecidos estaba haciendo mella, sobre todo entre las sociedades más conservadoras y puritanas. Eran los años 60 del siglo pasado, momentos de un quiebre social que quizá tenga alguna semejanza con lo que desde 2011 y ahora en el 2012, ha representado un despertar colectivo. También masivo de las juventudes mismas que, ligadas a una infraestructura soportada en las TIC (tecnologías de información y comunicación), han logrado los capítulos más representativos de nuestra realidad presente. Allí están la “primavera árabe”, el derrumbe de regímenes dictatoriales como los de Hosni Mubarak y Gadafi, así como la peculiar respuesta del movimiento “≠YoSoy132”, que ha venido a cambiar los destinos de un país que, como México, no gozaba de una plena participación detonada desde el ámbito de las juventudes.[7]

   Por todo lo anterior, creo que en la medida en que El Cordobés aparecía en escena con semejantes actitudes libertarias, sacudía la tauromaquia más acendrada, para imponer otra, la suya, llena de esos alardes propios del joven que consciente o inconscientemente declaraba en una entrevista lo siguiente:

 “-Si tienes cabeza, sabes por dónde tienes que tocar al toro para no molestarlo nunca y consigues triunfar y ganarle el tirón. Si tú quieres ir a la contra de él –mira qué tontería- ya estás perdido, porque tiene más fuerza que tú…Ir a favor de él, hasta que lo empiezas a dominar; cuando tú vas dominando, el toro tiene que venir a tu favor. Eso mucha gente no lo ve y se les pone difícil, ven muy difícil lo del toreo, yo lo veo muy fácil. Me acoplo rápidamente a él y hacemos ahí una función y entre los dos comenzamos a navegar.

   ¿Tal, la Tauromaquia de “El Cordobés”? Demasiado sucinta, desde luego. Pero ¿para qué más? Cierto parentesco hay en ella con la de “Cúchares”. Pienso que, sin duda, ambos coinciden en dos principios que tengo por cierto. Que al toro, sólo dándole lo suyo, se le convence; sólo empalagándolo, se le disuade. Molestarlo, nunca.[8]

    Así termina Alameda esta serie de apreciaciones, invocando, y no sé si en realidad lo pensó o lo creyó en ese momento, al mismísimo Giambattista Vico, con aquello del corso ricorso, en tanto que la historia, por alguna circunstancia puede repetirse nada más regrese, en un bucle, al punto original de donde partió. Es claro que los hechos históricos son irrepetibles, únicos. Y lo único que ayuda a entender ese atrevimiento es la coincidencia.

   Pero Alameda no termina ahí con Los Heterodoxos. Más bien, deliberadamente tuve que dejar para este segmento lo que al principio de la obra dejó en claro, como una auténtica declaración de guerra: aquella contra la “Olla podrida de la crítica” o los terroristas de la pluma. Particular y literalmente se le va a la yugular a Vicente Zabala, crítico emblemático del último cuarto de siglo XX en España, quien, a los ojos de Fernández-Valdemoro tuvo que llevar determinadas actuaciones hasta el punto de un protagonismo desagradable. Para ello, José Alameda realiza una interesante exposición en la que remite el nombre, la obra y los hechos de un periodismo taurino en evolución, desde fines del XIX y hasta el momento en que salta a la liza con este “botón de muestra”.

Conviene que, quien tenga el libro se entere de manera absolutamente clara de los conflictos que emergen cuando algunas circunstancias se van a ciertas profundidades sólo entendidas en el imaginario de quienes se asumen como actores, en un medio en el que otros, los matadores de toros, pero sobre todo el toro, son las figuras principales de esa maravillosa puesta en escena.


[1] Alameda, José (seud. Carlos Fernández Valdemoro): Los heterodoxos del toreo (Con ilustraciones de Raymundo Cobo). México, editorial Grijalvo, S.A., 1979. 159 p. Ils., fots., p. 74.

[2] Op. Cit., p. 107.

[3] Ibidem., p. 110-1.

[4] José Francisco Coello Ugalde: “El criollismo y la tibetanización: ¿Efectos de lo mexicano en el toreo? Una visión previa al apasionante siglo XIX. En: Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados)., p. 41-44.

[5] José Alameda: Los heterodoxos del… op. Cit., p. 132.

[6] Ibidem., p. 141.

[8] José Alameda: Los heterodoxos… op. Cit., p. 148-9.

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FRAGMENTOS y OTRAS MENUDENCIAS. Nº 20.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Tengo por costumbre ocultar ciertos quehaceres literarios que, como los de la poesía, -cuyos trabajos iniciales se remontan hasta el año de 1979 y hasta la fecha-, me ha parecido un atrevimiento ponerlos delante de alguien que tenga el mínimo de sentido común, para saber si esos versos tienen la debida calidad como para darlos a la luz. Por lo tanto, practicando la autocrítica, prefiero guardarme o reservarme dicha obra, evitando así las incomodidades del caso. Pero hete aquí, que haciendo una revisión a viejos materiales que preparaba allá por 1984, y que salieron algún día publicados en el ya desparecido periódico El Día, decidí publicar un poema en forma de verso libre, dedicado a José Gómez Ortega Joselito, apenas unos días después a otro aniversario más de su sentida desaparición, el 16 de mayo de 1920.

   Pues bien, y con todas estas advertencias, me tomaré una libertad, la de compartir con ustedes aquel desliz de juventud, en espera de que guste o no. Ustedes dirán…

 

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CRÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 …o mejor dicho, por Manuel Gutiérrez Nájera, que es hoy el invitado a esta sección, y quien nos ha traído un maravilloso texto que alude los acontecimientos ocurridos como bien lo anunció la prensa de la época como sigue:

   En esa ocasión, acudió el también conocido como Duque Job resolviéndose dar rienda suelta a su reconocida pluma y prestigio, para escribir sus impresiones. Nunca mejor testigo para tan singular ocasión en la que, desde luego otras fuentes hemerográficas de la época dieron su particular punto de vista. Sin embargo, por parecer de notable importancia lo que, a los ojos de Gutiérrez Nájera significaba su reflexión sobre estas diversiones públicas, me parece oportuno compartir con ustedes su crónica de la que inmediatamente haré algunos comentarios al respecto.

   Pues bien, el hecho ocurrió en la plaza de toros “Colón”. Era jueves, y tal corrida pasa como la primera con ese peculiar detalle en la ciudad de México. 4 toros de Atenco para Diego Prieto “Cuatro Dedos” y Juan León “El Mestizo”.

   El texto de Gutiérrez Nájera es modelo de la crónica, tal y como la practicaban en su época Enrique Juvenal, Juan de Dios Peza, Guillermo Prieto, Manuel Payno, o Luis G. Urbina, por mencionar a los autores más connotados del momento. Es un exquisito pasaje en el que el estilo de este cronista nacido en el Distrito Federal en 1859 y quien murió en la misma ciudad en 1895 es impecable, colmado de pasajes en donde la crónica, como ese ejercicio literario se ve matizada de diversos conocimientos que no sólo se ocupan del hecho mismo, sino que viste con otros pasajes entre literarios e históricos que son muestra del rico bagaje cultural de que era dueño nuestro autor. En algún momento llega a expresar “Puede decirse que no se oyen voces sino un remolino de gritos” justo cuando comienza a dar sus impresiones sobre aquel espectáculo, donde la plaza se encontraba iluminada por “millares de cerillos”, elogiando, no podía ser de otra manera, el reciente invento de Tomás Alva Edison, donde los focos eléctricos eran una muestra de la modernidad. A ese conjunto de lucecillas, se unían los viejos efectos de hachones de bengala y faroles con qué crear de aquel escenario nocturno una alucinante experiencia.

   Aficionados y aficionadas a quienes sus ojos y apuntes se fijan con especial atención, sin que faltara la femelle del torero: la “chula” de Triana, mientras en otro momento describe hasta la presencia de los mozos con bandeja ofreciendo cervezas circulando por la gradería.

  Pero Gutiérrez Nájera reconoce que, al margen del hecho novedoso, faltaba el sol para que los trajes de luces de los toreros resultasen mucho más vivos. Lamentablemente en los hechos, la corrida resultó un desastre, porque ante las pocas garantías que representaba aquella cantidad de luz, cuyos lúmenes habrían sido alimento de tenues evanescencias que podrían haberse descubierto en diversos puntos del redondel, fue en absoluto insuficiente.

   Dando un símil entre lo que serían aquellas imágenes nocturnas y la linterna mágica, cuyas proyecciones seguían de moda por esos años, en ambas no habría muchas diferencias en cuanto a lo que los varios miles de asistentes verían en tan histórica ocasión. Nada parece que haya alcanzado unidad en esos momentos, salvo los detalles, y entre estos hay uno que nos ha descrito Gutiérrez Nájera al final de sus notas, al respecto de ese toro “de buen alma y mejor prudencia”, y del que no se sabe si fue por mansedumbre o fue devuelto por la inoportuna decisión del juez de plaza en turno, pero el hecho es que como en Fuenteovejuna, ¡Todos a una! se armaron de pañuelos blancos que ondearon “pidiendo perdón y gracia para el toro”.

   Y hasta aquí, con la entrañable crónica de Manuel Gutiérrez Nájera.

   Gracias, don Manuel.

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Derivado de una posible tensión social, fruto del motín que se desencadenó en mayo de 1692 en la ciudad de México, los registros de fiestas en los últimos años del siglo XVII pudieron haber bajado sensiblemente, lo que me lleva en esta ocasión a sumar los pocos datos localizados no solo en el Diario de Sucesos Notables de Antonio de Robles, obra que siguió extendiéndose hasta esos momentos y todavía algunos años más al comenzar el siglo XVIII, dando cabida a estos y otros acontecimientos. También a otro tipo de fuentes que, en este caso podrían ser las relaciones de sucesos, que no existen o no han sido localizadas, a pesar de afanosas tareas de ubicación en los diferentes repositorios y otras referencias de carácter bibliográfico que pudiesen contener ese tipo de información.

   Ese fin de siglo habría de ser el preámbulo de nuevas épocas, por venir que, en consecuencia, daban otra coloratura, por lo menos al escenario taurino novohispano. Mientras tanto, incluyo a continuación algunos informes reunidos, destacando los desarrollados en 1695.

 1693

 -Certamen en San Agustín (18 de enero).

 1694

 -Paseo para la borla en Teología del Dr. D. Manuel Mendrice (23 de agosto).

-Fuegos y luminarias en la calle de Tacuba (7 de diciembre).

 1695

 -Años del virrey (11 de enero).

-Hubo toros en la Piedad, en celebridad de los años del virrey. El Conde de Santiago y otros caballeros torearon en su obsequio (12 de enero).

-Visita de los virreyes a la Santísima Trinidad, donde hubo comedia (31 de enero).

-Ida de la Virgen de los Remedios (7 de marzo).

-Fiesta de la Merced(30 de octubre).

-Años del rey (6 de noviembre).

-Toros en Chapultepec (15 de noviembre).

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DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. ENTREGA Nº 28.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace casi diez años escribía un texto que titulé: FUGÁCES Y EFÍMEROS: FÉLIX GUZMÁN, EDUARDO LICEAGA, “JOSELILLO” Y VALENTE ARELLANO. CUATRO COLUMNAS DEL TOREO QUE CAYERON, INESPERADAMENTE, ANTES DE TIEMPO. Hoy quiero compartirlo con los lectores y navegantes de este blog.

    El toreo en sí mismo, como expresión artística, debe ser entendido también como un ejercicio espiritual sometido a lo efímero, sujeto al dogma que Lope de Vega afirmó y Pepe Luis Vázquez reafirmó: “El toreo es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece”.

   Estamos pues ante la esencia y el significado de un arte perecedero en su presente; imperecedero desde que lo aborda el pasado. Dos magias rotundas y fascinantes desplazadas solamente por el tiempo, rango espacial que convoca a la emoción y al recuerdo. Dos condiciones, al menos que causan agitaciones colectivas en la plaza y conmoción de neuronas cuando es preciso rememorar la jornada gloriosa a través del tiempo.

   El tiempo, de nuevo el tiempo, fue lo que finalmente no les alcanzó a cuatro columnas del toreo que cayeron inesperadamente…, antes de tiempo. Su vida fue demasiado para un tiempo que les cobró la factura por adelantado. Y se fueron, uno a uno apenas dieron seña de su paso contundente, arrojado y arrebatado también, porque fueron capaces de tener en un grito a la afición.

   ¿Inconformes por la vida?

   Yo no lo creo.

   ¿Predestinados a morir así, antes de esperar la muerte en otras circunstancias?

   Probablemente sí.

   El hecho es que Félix, Eduardo, José y Valente apenas tuvieron tiempo, el suficiente tiempo para demostrar sus enormes cualidades, alteradas por ese profundo deseo de trascender, lejos de cualquier condición que no fuera la impuesta por ellos mismos.

   Cada quien en su espacio y su momento (su tiempo), esbozaron no esos rasgos finos, sino firmes de una tauromaquia personal, más allá de convencionalismos, capaz de rebasar horizontes que en un tiempo normal les hubiera tomado espacios quizás más largos.

   Sin embargo, para la historia, los “hubieras” no existen. Están fuera de todo contexto. ¿Qué hubiera pasado si los cuatro no mueren? Caemos en el absurdo. Mejor analicémoslos dentro de su heroica tragedia que nos obliga a ser cuidadosos para no empañar cuatro trayectorias, comportadas como cuatro estrellas fugaces en el firmamento taurino.

 PRIMER CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: FÉLIX GUZMÁN

    De cualquier forma, y aunque parece demasiado sentencioso, Félix Guzmán estaba condenado a morir. Las tardes en que se le llegó a ver en la plaza capitalina, era un auténtico martirologio, debido a su ciega e incondicional posición, convirtiéndose en auténtica “carne de cañón”, toreando a su leal saber y entender diversos enemigos a los que, de tanta entrega, andaba atropellado y constantemente por los aires, sin plantearse un reposo y mucho menos un aplomo en sus faenas. Desde luego que hay momentos donde afortunadamente tiene la fortuna de ver pasar a este o aquel novillo por delante, sin los apuros del resto de sus actuaciones. Félix, fue un novillero que asimiló el toreo a fuerza de la violencia, retribuida por aquellos instantes en que su incipiente tauromaquia se colmaba de gloria, una gloria celebrada por multitudes que creyeron y vieron en él a la nueva figura en cierne, cuando el toreo mexicano no atravesaba por ninguna crisis de valores. Antes al contrario. En la medida en que se incrementara el número de grandes diestros, tanto mejor. Aquellos primeros años de la cuarta década del siglo XX representaban una capitalización poderosa, un rico patrimonio como pocas veces se ha visto.

  Félix Guzmán en su época de novillero.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. II., p. 270.

 Conocedor de la arquitectura de la tauromaquia, aún no estaba capacitado para las grandes obras, ni las grandes construcciones, a pesar de su desmedido empeño en lograrlas. Algo de Carmelo Pérez se depositó en él, (seguramente ni siquiera lo haya visto, como también nosotros), pero intuía ese valor espartano e ilimitado que caracterizó a Armando Pérez “El Loco”, aquel que llegó a conocerse como el “novillero que asusta” y que luego, en su hermano Silverio tuvo la antítesis, discrepancia que exige una detenida contemplación para entender dos estilos totalmente opuestos, pero que maravillaron a la afición mexicana, gracias a la difícil condición de que ambos fueron dueños de recias personalidades, ese maravilloso don que no a todos les es dado.

   Félix Guzmán proponiéndoselo o no, se fue deslizando terrible y peligrosamente a la muerte, porque no pudo superar la inmadurez, remontada solo gracias a su loco empeño por ser alguien en la fiesta.

   Ha dicho Fernando Vinyes: “Aunque parezca una paradoja la definición, Félix era un torero de valor, pero de valor endeble. Su base de apoyo para arrimarse era la desesperación de la necesidad, que le hace tomar más riesgos de los estrictamente racionales, y la falta de recursos técnicos, lo que le tenía a merced de los novillos y de sus pitones”[1].

   Al morir Félix Guzmán, hubo un acto desagradable cometido por ciertos revisteros que, sin mengua de la sensibilidad, los escrúpulos y el sentido común, acudieron con la desconsolada madre de la víctima no a extenderle sus condolencias. No. A lo que iban era a cobrar el favor que en sus notas hicieron de los avances del recién desaparecido, quien ya no pudo resolver ni arreglarse con ellos. Pero ellos tenían que dejar satisfechos sus intereses. Seguramente no lo lograron, aunque lo único que sí provocaron fue que se pronunciara el dolor maternal. Poco a poco aquella mujer se convirtió en víctima de la tristeza y la nostalgia. Comenzó a tener serios trastornos que causaron la locura. Fuera de sí, salía a las calles invocando como la “llorona”·misma al hijo desaparecido.

   De aquella mujer, de delgadas facciones, que conservaba en su madurez los encantos de la juventud, ya no se supo nada después.

   Lamentablemente Félix no tuvo tiempo, el suficiente para aprender a torear como era su deseo. Aquellas tardes en “El Toreo” de la Condesa, quienes más sufrían seguramente eran los aficionados, que lo consintieron tanto, al grado de pasearlo en los mismos tendidos del coso capitalino. Guzmán, por más que apelaba a los principios de la tauromaquia en su más pura esencia, era despojado de esos propósitos por sus enemigos, que le castigaron severamente. Y es que era demasiado lo que arriesgaba en cada pase el malogrado novillero. Rebasaba los límites permitidos entre los terrenos propios del torero y los que pertenecen al toro, con lo cual este tenía mayores ventajas de embestir no al engaño, sino al cuerpo.

   Son apenas unas cuantas crónicas, unas pocas fotografías, y apenas un puñado de imágenes cinematográficas las que nos dan aproximada idea de esta columna fracturada en su parte más sensible, incapaz de resistir las batallas, a pesar de que en buena parte de ellas tuviera ánimos de mantenerse en pie, demostrando con olores de tragedia su paulatina merma que acabó asaltada por la muerte.

 SEGUNDO CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: EDUARDO LICEAGA.

 EDUARDO LICEAGA

 Era una flor su sonrisa,

Sonrisa en luz cenital.

Era una flor que fulgía

En los labios del chaval.

 

“¡Ay, Lalo, que el toro achucha!

¡Ay, Lalo, no expongas más!

¡Que ese toro es mucho toro!

¡Que es un toro de verdad

Y eres mocito que empieza

“Entoavía” a torear!”

 

Y Eduardo se sonreía:

-¡Ale, torito, a pasar!

¡Que voy a cortar tu oreja

Para prenderla en mi ojal!

 

Y la flor de su sonrisa

Se abre en luz de eternidad.

Y ríe, mientras claveles

Recoje en vuelta triunfal.

 

El perfume de tu risa

Ya nadie lo olvidará:

Era sol en que envolvías

Tu majeza al torear;

Era la sal de tus lances;

El oro de tu percal.

 

Manojo de nardos era

En el vaso de cristal

De tu pecho de mocito

Que aun no aprendiera a llorar.

 

¡Cómo la Virgen Morena,

Humilde en su Majestad,

Esperaba el homenaje

De tu risa de chaval!

 

La flor más amada era

Que florecía en su altar.

¡La flor que, después de un triunfo,

Siempre le fuiste a ofrendar!

 

¡Vengan toritos a Lalo!

¡Vengan toros a rodar

envueltos entre las luces

de su sonrisa triunfal!

 

¡Ay, Lalo! ¡como me acuerdo

-¡Quién no habría de acordar!-

Cuando, ante doce puñales,

Hubiste, en risas, triunfar!

Fotografía, colección del autor.

-¡Ale, torito, torito,

Que mañana cruzo el mar!

¡Que voy a la madre Patria

a ofrecer mi mocedad

envuelta en traje de luces

verde, de verde nopal;

Verde como la esperanza;

Verde en luces de ultramar;

Verde en aurora de estrellas;

Verde en flores de cristal!

 

Y ante el sol de Andalucía

Volvió tu risa a brillar.

Diste a Castilla la gloria

De ese claro manantial

Que brotaba de tus labios

Al ver al toro pasar.

Las flores que allá en Valencia

Nunca hubieran un rival

Se rindieron a la rosa

Que era risa en tu rosal.

 

¡Ríe, torito, que Lalo

también ríe al torear!

¿No ves cómo ríe, toro?

¡Ale, torito, a pasar!

Que si él ríe ante la Muerte,

Tú la sabes esperar.

 

¡Ay, torero de esmeraldas!

¡Ay, mi valiente chaval!

¡El de los azules giros!

¡El de los verdes-nopal!

 

¡Quien te dijera que un día

Se te habría de cuajar

La flor de aquella sonrisa

Perenne de luz astral!

 

¡Quien dijera que en San Roque,

Pueblo escaso de historial,

La rosa de tu sonrisa

Se habría de marchitar!

 

Desde San Roque a Algeciras,

Allá, frente a Gibraltar,

Un sendero de claveles

Rojos, dejaste al pasar.

 

Esos claveles, Eduardo,

Siempre frescos estarán.

¡Como aquella risa tuya

que nadie podrá olvidar!

 

¡Llora, torito, torito,

Que eduardo no ríe ya!

¡Llora, toro, que su risa

no te encelará jamás![2]

    Creo que la mejor manera de describir el paso por el toreo es este pasaje poético que condensa su ejercicio espiritual.

TERCER CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: “JOSELILLO”

 Joselillo, el tercero de aquel martirologio de 1947.

    Hasta el momento, la mayoría de las apreciaciones hechas para esta obra, son fruto de una contemplación imaginada, cuyo sustento es la lectura de múltiples obras, periódicos, escritos y testimonios de diversa índole. Para conformar el perfil de cada uno de los protagonistas ha sido necesaria una imparcialidad a la que se le ha marcado la sana distancia con las pasiones encontradas. Y es que un novillero como Laurentino José López Rodríguez, mejor conocido como Joselillo, fue capaz -en su corta aparición en escena-, de provocar pasiones encontradas debido al personal discurso que propuso, basado en una tauromaquia profundamente dramática, escalofriante, donde al parecer se desquiciaban todas las normas de la tauromaquia que quedaban sujetas al riesgo y a la emoción del vértigo.

Fotografía obtenida por Carlos González. De la colección del autor.

   Laurentino José López Rodríguez, había nacido en el pueblo de Nocedo de Curueño, provincia de León, España el 12 de julio de 1925. Apenas un adolescente en cierne, llega a nuestro país en el verano de 1932, quien junto con su hermano José Luis atenderían diversos negocios en una tienda de abarrotes. A finales de 1944 Laurentino viste por primera vez el traje de luces en Tepeji del Río, estado de Hidalgo, aunque fuera solo para permanecer la mayoría del tiempo detrás del burladero.

   José, seguramente quiso someter la técnica y la estética con un estilo que iba camino de la madurez, aunque para eso fuera necesario más tiempo, y no pudo ser. Tuvo que ponerse al tú por tú con una buena cantidad de novillos, a los cuales aprovechó hasta donde pudo, empleando métodos poco escolásticos pero convincentes y tanto, que la popularidad de su quehacer y su figura pronto se ganaron lugar destacado en el ambiente taurino mexicano, por el cual pasó en fugaz trayectoria entre los años de 1944 y 1947. Lamentablemente, en la mayoría de sus apariciones, sufría más de un susto o percance, de ahí que Rodolfo Gaona dijera de él: “No le he visto aunque por lo que me han dicho, parecer ser un chico muy valiente, que sin embargo está casi siempre a merced de los toros…”[3].

   Joselillo estaba absolutamente convencido de lo que quería: convertirse en una gran figura del toreo, aunque para ello le fuera la vida. Y así fue. Cada lance, cada pase elevaban la tensión ya por lo arriesgado, ya por el drama consumado en permanentes percances. Y en medio de esos vaivenes, la alternativa estaba planeándose para que Luis Procuna fuera su padrino, ocurriendo tal acontecimiento en la próxima feria del Señor de los Milagros, precisamente para el 19 de octubre de 1947 en la plaza de “Acho”, en Lima, Perú. Calificado de “fenómeno” en más de una crónica, fue capaz, con su sola presencia de convocar a la afición de diversas latitudes, provocando llenos y pasiones en medio de una trayectoria cubierta de irregularidades, aunque destacando en aquellas donde el triunfo era legítimo. Pero por otro lado, “Don Martín”, escribía en el Excelsior del 22 de septiembre de 1947:

 “Para el sensacional Joselillo hay una exigencia cruel y un ambiente de hostilidad que no se justifica. A su toro lo saludó con verónicas limpias, citando desde largo, y en su faena de muleta hubo destellos de arte, de valentía, de aguante como en esos derechazos profundos y en esas manoletinas en que envolvió todo su cuerpo en caricias de la muerte. Mató de media estocada en todo lo alto y mientras la mayoría aplaudía con fervor, los eternos reventadores chillaban de lo lindo. ¡Cuántos quisieran ver al ídolo ensartado entre los cuernos como un pelele trágico! Pero Joselillo ya está aprendiendo el oficio y no quiere ser carne de enfermería”[4].

    El percance del 28 de septiembre de 1947 en la plaza “México”, cuando Ovaciones de Santín le pegó una cornada fue en principio muy grave. El buen desempeño del cuerpo médico lo ponían lejos de todo peligro, aunque no los dejara tranquilo la presencia de una infección mayor. Los días de recuperación pasaron sin mayores complicaciones. Lamentablemente una complicación cardiaca segó amargamente la ilusión del toreo y de la afición en un momento que esta seguía padeciendo las tremendas sacudidas que estaban ocasionando las recientes muertes de “Manolete” y de “Carnicerito de México”, presencias las dos que no era posible aceptar como ausencias de una manera tan violenta, tan rápida, sin permitir tomarse apenas un respiro, y ahora un nuevo golpe llegaba con la noticia amarga de que Joselillo también se marchaba el 14 de octubre, cerrándose de momento aquel martirologio.

   En su figura más bien delgada se agitaba no un guerrero. Más bien todo un ejército, dispuesto a mantenerse en la línea de fuego. Que una acción más rápida del enemigo obligara esa terrible derrota, pudiera parecer un acto normal en medio de lo que para muchos es simplemente la guerra.

   Joselillo, a los 55 años de su desaparición sigue siendo un icono entrañable, a pesar de lo fugaz y efímero de su presencia, y de que se convirtió -lamentablemente- en una esperanza frustrada.

JOSELILLO

 -¡Ay, rapaz! Una amapola

Yo la vide sobre el mar.

 

-No era amapola, mi padre,

Y el mar muy lejos está.

Era el sol que se escondía

Para no verte llorar

Y vertió su sangre de oro

En las platas de un cendal.

 

No llores, padre, que rosas

En mi huerto crecerán.

Una estrella va en mi hatillo,

Que para mi brillará.

 

¡Mira padre, aquel lucero!

En su espejo me verás

Cuando la noche en tus noches

Te rondará en tu velar.

 

No llores, padre, que vamos

Caminando cara al mar,

Y tras el mar, ilusiones

Mi ilusión florecerá.

Que llevo, en mi hatillo, estrellas

Envueltas en flor de azahar

Y las estrellas con flores

Aromas de luz darán.

 

¡No llores, padre, que vamos

caminando cara al mar!

 

-¡Ay, que vide una amapola!

¡Ay, que la vide, rapaz!

Mejor será que a Nocedo

Volvamos los dos en paz,

Que amapolas traen sangre

Y yo no la tengo ya

Y ha de ser tuya, mi hijo,

La sangre que correrá.

 

Y el mozo dejó a Nocedo.

Y el padre volvió al hogar.

Y el lucero llevó triunfos,

Nuncios de marcha triunfal.

Claveles rojos prendían

En el pecho del rapaz.

Oro, sedas y caireles.

Y, entre dos soles, amar.

Y rosarios de rubíes

Colgados de un alamar.

 

El sol lloraba de miedo

Viendo a José torear.

 

Pero el mozo, bello y rubio,

Jamás miraba hacia atrás;

Que frente tenía al toro,

Y detrás del toro, el mar,

Y detrás del mar, Nocedo,

Donde crecía un rosal

Que sembrara en una tarde

En que comenzó a soñar.

 

Y fue un día… un ¡ay! Quebróse

Después de un ¡olé! Triunfal.

Y en azabaches, rubíes

Comenzaron a cuajar.

 

¡Ay, que el rosal que plantares

ya nadie lo regará!

 

¡Que en Nocedo ya no hay rosas

desde que murió el rapaz!

 

¡Una amapola de sangre

florece en ese rosal:

¡La amapola que el buen padre

viera una tarde rondar!

 

Hoy, Joselillo, las rosas

Te las vengo yo a ofrendar

¡Que yo también un buen día,

camine de cara al mar![5]

 CUARTO CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: VALENTE ARELLANO

    Cuando mi afición a los toros se encontraba absolutamente consolidada, tuve oportunidad de ser uno más de los aficionados que disfrutaron el capítulo protagonizado por tres novilleros que le dieron al espectáculo taurino una de las etapas más brillantes en, por lo menos, los últimos 25 años del siglo XX. Me refiero a la aparición en escena de Valente Arellano, Ernesto Belmont y Manolo Mejía. De los tres, solo Manolo Mejía sobrevive, en medio de ciertas adversidades que no le han permitido lograr apuntalarse total y absolutamente en un medio que se niega a reconocerlo. Negativa que se da luego de la demostración de arrogancia que tuvo el diestro de Tacuba una noche al afirmarse como el “Nº 1” cuando no ha podido demostrarlo cabal y permanentemente en cada temporada que transcurre.

   El caso evidente de Valente Arellano se constituye como uno de esos “novilleros” que se convierten en iconos, o, para mejor entenderlo, en el caso peculiar de aristotipo, o lo que es lo mismo: en modelo de toreros. Torero para toreros, dirá más de uno cuando tenga que afirmar la forma en que Valente se identificó con una fiesta a la que se consagró en cuerpo y alma, demostrando una capacidad creativa como pocos lo habían hecho hasta ese año de 1982, cuando surge a la escena. Y así como pudo demostrar una capacidad creativa, también creó en torno suyo una capacidad de asombro y admiración que le permitieron gozar de las mieles del triunfo. Lamentablemente poco le duraría el gusto.

   En él siempre hubo una fuerza interna que permanente y constantemente lo orilló al abismo, al suicidio que, por azares del destino consiguió fuera del ruedo.

   ¿Qué era Valente Arellano en el ruedo?

   Era una summa auténtica de inquietudes, un pozo de sabiduría que, de modo interminable producía y producía, lo que ocasionó una recuperación del “tiempo perdido”, causado por otras generaciones que le antecedieron, que no deslegitimamos, pero a las que les faltó ese sello que identifica de siempre al novillero ansioso de gloria. Ya habían pasado novilleros como Rodolfo Rodríguez, César Pastor, Ángel Majano, José Lorenzo Garza, Martín Agüero, Félix Briones, Alfonso Hernández y otros que crearon un ámbito de ilusiones frente a la decisión que en esos momentos significaba la inminente desaparición de los ruedos de “Manolo” Martínez, quien, en 1982 decide “irse” por primera vez (aunque algunos años más tarde retornaría para confirmar la sentencia de que “nunca segundas partes han sido buenas”).

   Sin embargo, con Valente Arellano se articulaba una sólida posibilidad de tener al más claro sucesor de “Manolo” en cuanto a esa capacidad de “arrastre” creada por otros toreros o novilleros que también lo lograron, aunque pocos trascendieron luego como “matadores de toros”. El caso de Valente tomaba otro derrotero. Tras su alternativa, lamentablemente quiso su administración mantenerlo como “novillero”, lidiando con muchas comodidades ganado que no correspondía a la estatura a la que se propuso llegar el lagunero intrépido, por lo que devino cierto desencanto.

El Heraldo de México en aquellos días, daba cabida a la triste noticia…

   Valente Arellano tuvo en los tres tercios de la lidia suficiente territorio para la creación, para la inventiva y para la recreación de suertes que sacó materialmente del “arcón de los recuerdos”. Con él, la fiesta se mantuvo en niveles económicos favorables, porque las plazas se llenaron nuevamente (incluso, con el festejo que protagonizaron los tres novilleros más destacados de la temporada 1982, justo el 28 de noviembre de ese año, fueron capaces de llenar el coso de Insurgentes, cosa que no se había visto en muchos años).

   Valente fue “ídolo” de la afición. Pero Valente Arellano apenas si duró un suspiro en los cuernos de la gloria, luego de su trágica desaparición en accidente automovilístico, que era la obsesión que lo perseguía. Es probable que, al margen de la negativa en el seno familiar de abrazar tan arriesgada profesión, el joven novillero no solo demostrara que sí era posible conseguir lo que se proponía. En el fondo, también estaba una más complicada situación de enfrentamiento con los suyos, en cuanto al hecho de que era capaz de arriesgar la vida, de ser necesario, en caso de que no se le permitieran trascender los caprichos de su vida. Tal parece que la amenaza se cumplió puntualmente.

   Hasta hoy, pasados casi 20 años de su muerte, no había escrito algo acerca de este diestro que causó las debidas conmociones en el ambiente taurino mexicano, hasta arrancarle el letargo en que luego llega a caer la fiesta, la que, de modo permanente pide a gritos su estado de reposo, pero un reposo de dicha, con los acontecimientos palpables de grandeza que con frecuencia llega a padecer. Estamos en el año 2003, y apenas han comenzado a surgir auténticos nombres que le permiten ese deseo al espectáculo taurino. Allí están Eulalio López “El Zotoluco”, Ignacio Garibay, José María Luévano o Fermín Espínola, a quienes he hecho alternar con Valente Arellano, la ausencia más importante de este cartel que no ha de celebrarse.

   Valente Arellano, in memorian.

A VALENTE ARELLANO

 Fuiste grito de angustia

Y alarido

De triunfo al rojo vivo

En río de sangre desbordado.

 

Incontenible

En la arena de los ruedos

Nada ni nadie pudo detenerte.

 

Y los rezos y ruegos

De tu gente devota

Te pusieron a salvo en la derrota.

 

Pero náufrago eterno

En el río luminoso

Ya se cernía el invierno

Sobre tu primavera florecida

Como herida

Mortal, inclemente,

Valente Arellano.

 

Y no caíste, no,

Ante las astas

Del toro que te diera

Nombre y fortuna,

Fama y jerarquía.

 

Fuiste víctima más

Del cruel asfalto,

De la velocidad,

Del sobresalto,

De la tecnología desesperada

Que en una madrugada

Al borde y desamparo

Del Valle del Silencio

Dejó en suspenso

El tesoro más caro,

El valor más amado

De la Fiesta de Toros.

 

Y te lloramos todos

Valente Arellano,

Pero muy, mucho menos

De lo que te queremos,

De lo que te admiramos.

 

Oíste el gran reclamo

Y te apagaste, lucero

Del ruedo Nazareno.

Mas no te olvidaremos

Por hombre y por torero

De los ruedos primero

VALENTE ARELLANO…[6]

Alférez.


[1] México: Diez veces llanto. Presentación de Manuel F. Molés. Madrid, Espasa-Calpe, 1991. 305 p. Ils., retrs., fots. (LA TAUROMAQUIA, 36), p. 158.

[2] Matías Conde: Cuatro romances de toreros (E. Liceaga, Joselillo, Carnicerito y Manolete). Edición Romántica. Ilustraciones de Germán Horacio, Por (…). México, editorial Malvis 1949. Ils. 46 pp., p. 11-16.

[3] José Ramón Garmabella: Joselillo. Vida y tragedia de una leyenda. México, Panorama, 1993. 168 p. Ils., fots., p. 137.

[4] Op. cit., p. 136.

[5] Matías Conde: Cuatro romances de toreros… op. cit., p. 19-23.

[6] Juan Manuel Alférez Chavarría (Alférez): POESÍA Y RETRATOS TAURINOS de (…). Apuntes de: Cobo, Álvarez, Solleiro y José Daniel. Presentación de Roberto Diéguez Armas. Prólogo de Rafael Solana. 2º ed. México, Banco Nacional del pequeño comercio, SNC, Miguel Ángel Porrúa, 1989. 125 p. Ils., p. 113-114.

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