EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Preocupa en el fondo, la actuación que tuvieron nuestros toreros en la reciente feria de San Isidro. El sentido común apunta al hecho de que, acostumbrados a una fiesta igual pero diferente, tal y como viene siendo costumbre en nuestro país, arribaron a Madrid por debajo de las expectativas que normalmente exige un serial como el organizado en la capital del “oso y del madroño”. Y aquí tres rápidas aclaraciones: la fiesta es igual, porque aquí y allá se siguen los mismos patrones establecidos por los usos y costumbres, pero la fiesta es diferente porque la forma en que se realiza tiene diferencias abismales, lo que establece condiciones y puestas en escena que no se corresponden. México, en particular es un país donde las empresas conceden privilegios que no se dan en España, lo que significa la cerrazón y por ende, la guerra que podría producirse en el país europeo a la hora de que los matadores de toros se colocan en sus sitios, dispuestos para dar la cara en el “frente de batalla” de cada temporada. Pero en nuestro mexicano suelo llega a darse tal relajamiento que entonces brechas y abismos entre uno y otro país se hacen notorias. También quisiera resaltar el hecho de que la feria isidril siempre ha tenido la etiqueta de exigente, lo que impediría, en primera instancia, la colocación de toreros cuyos méritos no alcanzan las cotas de dicha feria. Hoy día, y quizá por razones de la economía mundial, que afecta –sobre todo- a los países de la eurozona (donde España forma parte), la empresa se vio en la necesidad de abrir una puerta para luego encontrar respuesta en el equilibrio de las temporadas americanas, donde buena parte de ese peso corresponde a las que se preparan en México. Pero las empresas mexicanas tienen otras estrategias y ceden ante las condiciones que imponen quienes vienen del extranjero, cuando entenderíamos que todos esos profesionales fungen con su papel de “matadores de toros” y no de “novillos”, por ejemplo. Por tanto, el factor empresarial tampoco se corresponde, como no se corresponde el hecho de que el tipo de toros que aquí se lidian sea el mismo que en España. Son dos toros diferentes, aunque hay una razón que no sólo es de peso, sino de edad, lo que determina, en buena medida el grado de credibilidad que nosotros, los aficionados podríamos abonar en beneficio, primero de la fiesta. Y en seguida, de todo aquello que podría significar la confianza para con los empresarios y los toreros. Como tal no sucede en la realidad, y esa es una constante que sigue sin corregirse, se ha convertido en un síntoma crónico, al que se han acostumbrado nuestros toreros que, cuando tienen que comparecer en el extranjero, sobre todo ahora con San Isidro, la amarga consecuencia de esos vicios se dejó ver con el peso de la tremenda realidad.

   De un tiempo a esta parte han sido muchas las temporadas en la capital del país, donde el común denominador demuestra la celebración de temporadas invernales con unos resultados triunfalistas que más que asombrar, espantan por ese relajamiento donde ha trascendido la autorregulación y una escasa presencia de la autoridad, lo que pone en duda calidad y seriedad, mismos elementos de los que esperaríamos fuertes dosis de crítica y llamado a la veracidad que podría estar haciendo el sector de la prensa. El caso es que no sucede, o si ocurre es en términos aislados o marginales. Incluso podría adelantarme a apuntar que en nuestro país existen excelentes y respetables plumas, pero si quedan sometidas, condicionadas o amenazadas por los oscuros intereses que privan en un espectáculo sin control, estamos perdiendo una enorme oportunidad de acercarnos a la legitimidad del espectáculo, con lo que no tendría que haber motivos como para que los contrarios pudieran acusarnos en la forma o manera en que lo están haciendo. Es decir, les estamos dando suficientes razones para que ellos combatan en los términos en que vienen haciéndolo. De seguir así, los perdedores seremos los taurinos.

   Ya no estamos en épocas de ningún atraso. La modernidad empuja como un toro en la cabalgadura y va a más y a más… Por eso, y sin ningún propósito oportunista sugería en la Editorial anterior que bien valdría la pena el surgimiento de un movimiento similar al que hoy día sostienen y mantienen los jóvenes de este país, bajo la bandera de “≠YoSoy132”. Aunque también que no nos sorprenda el hecho del surgimiento espontáneo de algo similar, y de manera inusitada. Los jóvenes de este país se encuentran en los actuales momentos de su “propia primavera”. La “primavera árabe” era, hasta hace algunas semanas, referente mundial. Pero el capítulo que viene desarrollándose con la participación decidida de ese notable sector de la sociedad mexicana, que quiere dejar su “marca de fuego”, es hasta ahora, la mayor de las señales de esperanza por dar una definitiva vuelta de tuerca.

   Concluyo diciendo que no es deseable seguir tolerando el tipo de fiesta de toros que se desarrolla en México, y no confundir ese término con “aquelarre” o “desmadre”. Si por “fiesta” entendemos la expresión de un espectáculo que además tiene, entre sus ingredientes uno denominado “ritual”, del que se vale para sobrevivir en nuestros tiempos, ritual cuya realidad y peso constituyen la realización de unos componentes mantenidos, al paso de los siglos por la costumbre, como ocurre con la celebración de otras expresiones que han hecho suyas o han conservado también otros pueblos y comunidades, no sólo de nuestro país. Lo contemplo incluso, como una visión universal.

   Lo anterior, quiero dejarlo como una reflexión, muy seria reflexión. Cierta actitud triunfalista se dejaba notar a finales del mes de abril pasado, cuando la Asamblea de Representantes no “había subido al pleno” la discusión sobre si se prohibían o no las corridas en el Distrito Federal. Sin embargo, la fiesta de los toros misma, no puede convertirse ni en “carne de cañón”, pero tampoco dar motivos para que en otras circunstancias, la asamblea venidera tome, con “la mano en la cintura” una decisión que nos podría costar muy caro. Está visto que la improvisación no es lo mejor.

4 de junio de 2012.

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