REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. Nº 37. HOMENAJE A ABRAHAM LUPERCIO MUÑOZ.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ABRAHAM LUPERCIO MUÑOZ: TORERO Y FOTÓGRAFO, DOS OFICIOS, GOZO COMPARTIDO DE TODA UNA VIDA.

 El personaje del que me ocupo en esta ocasión, posee un misterio que se descubre detrás de la cámara. Abraham Lupercio Muñoz es el nombre de una historia que se escribe al paso de cada uno de los descubrimientos fotográficos que aparecen como presencia de su quehacer, ubicado en el crepúsculo decimonónico y la alborada del siglo XX. De Lupercio se conoce en realidad bien poco, y solo sus retratos nos dan testimonio del aficionado que tiene por la fiesta de los toros una estima muy especial.

Lupercio, Lupercio

toma una foto al magnesio…

   María Conesa en la cumbre de la fama seguramente llegó a entonar estos versos con su característico acento refiriéndose al trabajo fotográfico de un personaje hasta hace poco sumergido en un velo de misterio. Abraham Lupercio Muñoz (Tepatitlán, Jalisco 1888-Ciudad de México 1931)[1], tuvo una vida corta pero trascendente en medio de un periodo que se caracterizó por agitaciones sociales como el combate al porfiriato hecho revolución (Lupercio era un porfirista recalcitrante, asunto que le acarreó muchos problemas).

   En su temprana juventud comenzó a compartir mundo con José María Lupercio, primo suyo, cuya posición social era acomodada. Seguramente, José Ma. Lupercio, banderillero que ejerció su oficio en los últimos años del siglo pasado influyó de manera definitiva para que Abraham tuviera en alta estima un gusto que lo lleva a convertirse en “aficionado práctico”.

Apreciable dibujante: Es Ud. Un Perea tapatío, pa eso de pintar asuntos taurinos, la última que me mandaste está muy (beri fain) (sic). A. Lupercio. Guadalajara 11-23-904. (Nota, el torero que aparece en la tarjeta de visita es Juan Jiménez “El Ecijano”).

Diestro: La niña que me mandaste está muy bonita, pero a mi me gustan más las postales anteriores, por tratarse del arte de Montes y Cúchares. A. Lupercio. Guadalajara, 10-28-904. (Nota, la imagen corresponde a la actuación de la cuadrilla de “Señoritas toreras”, encabezada por Dolores Pretel “Lolita” y Ángela Pagés “Angelita”, en una presentación que tuvieron durante el mes de octubre de 1904 en la plaza de toros “El Progreso”, de Guadalajara, Jal.).

 En los retratos “taurinos” existentes hasta nuestros días, Abraham nos dice con sus sentidas dedicatorias, el gusto que tuvo hacia la fiesta de los toros. Tal parece que la formación literaria de nuestro personaje -escribió poesía- define su estilo y lo plasma en pasajes sabrosísimos donde narra vivencias y dedica retratos sin más objeto que cumplir cabalmente con recuperar la memoria.

    José María fue corredor de autos, uno de los primeros mexicanos en volar aviones, pero ante todo la afición por los toros fue algo que compartieron los Lupercio al grado de vestir de corto actuando en diversos festivales al lado de otros entusiastas émulos de Gaona o Belmonte.

   El gusto que Abraham tuvo por la fotografía le permite trabajar a principios de siglo en Guadalajara; sin embargo el oficio de fotógrafo no generaba mucho dinero por lo que años más tarde se establecen el matrimonio Lupercio-González en la ciudad de México, justo en la calle dela Santa Veracruz, en pleno centro de la ciudad. Pero antes de todo esto vendieron más de 200 casas de su propiedad y listos para emprender el viaje, asumen a partir de ese momento un espíritu gitano, viajando constantemente. Por ende, no podían estar fijos en ningún lugar.

   Entre algunas fotografías donde aparece retratado Abraham notamos en su rostro un semblante triste, meditabundo, en contraste con esa necesidad por compartir la foto, en medio de grupos numerosos de familiares o amigos. En contraste, también con la vida bohemia y social que gozó plenamente, donde el pretexto de alguna ocasión significaba una “fiesta” a la que acudió siempre, como dice la canción, “loco de contento”.

   La afición a los toros se incrementó cuando Abraham casa con María de los Angeles González Gómez (1880-1940). Ella era ocho años mayor que su marido. María tuvo un hermano torero: Cayetano González famoso en su tiempo, el que también influye para que los Lupercio se integraran a cuadrillas de aficionados prácticos. En esa época el más importante de los aficionados prácticos fue Alberto Braniff, personaje distinguido, miembro de la alta sociedad, que conla Revoluciónquedó desarticulada. Por otro lado, Cayetano perteneció a la guardia de honor de la virgen de Zapopan. La condición para pertenecer a ella era ser un personaje principal en la sociedad de Guadalajara.

Autorretrato de Abraham Lupercio.

    El gusto de los tres toreros: Cayetano, José María y Abraham se respaldaba gracias a las buenas finanzas de este, con lo que fue posible mantenerse buen número de años en sitio privilegiado. Además, el fotógrafo podía comprar el magnesio para continuar con sus trabajos que ya no abandonó.

   Hoy en día sabemos que obtuvo unas 20,000 fotografías muchas de las cuales conservan sus herederos tanto en Celaya como en la ciudad de México.

 Abraham Lupercio en Guadalajara y México, como Romualdo García en Guanajuato tuvo la fortuna de retratar a personajes de todas las esferas, pero destacan entre las fotografías que han llegado hasta nuestros días el tema de su obsesión: los toros. Por entonces, la plaza de toros del “Progreso” poseía un influjo que por obvias razones se convirtió en el escenario de una fiesta que discurrió felizmente en los momentos en que el espectáculo ya había tomado un carácter definido y definitivo también.

    En plena Revolución, dos acontecimientos marcan destinos tanto para José María como para Abraham. Aquel tuvo que exiliarse en Francia a los pocos meses de iniciado el movimiento armado (esto, en febrero de 1911). Regresa a México en 1924. Concibe en aquella nación el proyecto de la primer fotonovela del mundo, misma que llevaba un tema de la vida cotidiana. No existe evidencia de este trabajo, a pesar de haber regresado a nuestro país no pudo continuar con el mismo. Muere en 1928.

   Abraham, por su parte se incorpora a la famosa jornada de la “Decena Trágica” como uno más de los reporteros gráficos que obtuvieron cantidades importantes de material que sirve hoy, para tener un mejor panorama de lo que fue aquel momento. Es posible que entre los fotógrafos se aplicaran “fusiles” o se adjudicaran fotos que no siendo de su propiedad, hacían suyas. Existe una pieza muy conocida que se atribuyen dos fotógrafos: Osuna y Lupercio. Nuestro personaje anota en la misma lo siguiente:

Foto tomada la mañana trágica del 9 de febrero de 913 frente al Palacio Nacional de México.

    Agrega, no podía ser la excepción, una breve reseña sobre la reciente corrida efectuada en “El Toreo”:

 Merced Gómez muy grave, lo mismo Cuatro dedos. Los hirió Antonio Ramos “Carbonero de Sevilla” México 3-3-913.

   Francisco I. Madero moriría trágicamente el 22 de febrero siguiente. Merced Gómez, a consecuencia de la grave herida, causada por la puntilla que empleó “Carbonero de Sevilla”, sufrió la amputación de la pierna izquierda.

Entrada de Francisco I. Madero el 9 de febrero de 1913, primera versión de la “marcha de la lealtad”. En la fotografía inferior izquierda, se puede observar a Jerónimo Hernández, de quien hasta hace poco tiempo, se le dio el privilegio de ser el autor de la célebre fotografía denominada “La Adelita”, atribuida originalmente a los hermanos Casasola, pero que, gracias a investigaciones recientes, la paternidad de la misma, ha recaído -con toda justicia-, en Hernández.

    Años más tarde, colaboraría en varias publicaciones, una de las cuales, “La verdad taurina”, recoge su trabajo como fotógrafo.

Nunca mejor testimonio como el que Abraham Lupercio nos ofrece sobre sus vivencias durante la “Decena Trágica”, en febrero de 1913. Aquí una vivencia en la que el protagonista fue Jerónimo Hernández, “El Chaparrito”.

   Abraham procrea cuatro hijos: Guadalupe, Rodolfo, María de los Ángeles y Mercedes. Al bautizar a Rodolfo, padre del Sr. Miguel Ángel Lupercio R., con quien me he entrevistado para recabar todos los recuerdos de que nos ha hecho partícipes. Como decía, el fotógrafo pide a Rodolfo Gaona -el mejor torero de su tiempo; el mejor torero de todos los tiempos- ser su compadre, a lo cual accede con gusto. Amigo de otros espadas, como el caso particular de Guillermo Ayllón Danglada, diestro que siguió frecuentando la familia Lupercio, aún después de haber muerto Abraham. Más tarde, recluido en un asilo, hasta ese lugar los hijos y los nietos del fotógrafo, siguieron visitándolo, hasta su muerte, ocurrida hacia 1987.

   El caso de Abraham Lupercio Muñoz se revela como la clara muestra de un personaje que conjugó oficio con afición (fotografía y toreo) en medio de la revolución, momento que significó un destino distinto para muchos mexicanos; aunque Lupercio no manifestó una bandera revolucionaria definida. Se mantuvo al margen, y más aún cuando su pro-porfirismo le hizo caer en una desilusión, sentimiento que quizás se grabó en ese rostro siempre espejo de soledades y angustias, de amarguras o, como resultado de aquella maravillosa frase de Ortega y Gasset, quien llegó a afirmar: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Pero los toros, la bohemia, su constante búsqueda para compartir con los familiares y los amigos lo llevan a no desaprovechar esos ambientes de los que la fotografía es evidencia directa de todo esto.

   Víctima de tuberculosis muere a los 33 años.[2] Abraham Lupercio, el fotógrafo, el torero y aficionado práctico, el bohemio, el gitano, el hombre que reflejando angustia en su rostro, se transforma en compañía de todos aquellos que estuvieron cerca de él. Hoy es ya un legado, el hombre de carne, hueso y espíritu que se aleja por fin del misterio.

Lupercio vistiendo el traje corto andaluz en la “corrida a beneficio del Casino de Estudiantes, celebrada en el “Toreo” de la Condesa, el 9 de noviembre de 1911..

 ÚLTIMOS DETALLES DE LA FAENA.

    La relación que se siguió guardando en la casa de Abraham Lupercio Muñoz es significativa, porque hubo en ella toreros ligados en lo familiar. Tal es el caso de Carlos Vera Muñoz, mejor conocido como CAÑITAS. Carlos era sobrino de Abraham y primo de Miguel Angel Lupercio, nieto a su vez de Abraham, -nuestro entrevistado- y a quien debo la reconstrucción de todos los datos que he presentado para conocer el perfil de quien aprendió a testimoniar su tiempo gracias a la fotografía.

Abraham Lupercio, a la izquierda de la fotografía. Además, la imagen fue autografiada.

    Otro torero ligado a la casa de los Lupercio fue José González López CARNICERITO DE MÉXICO, sobrino político de Abraham. Tanto CAÑITAS, como CARNICERITO significaron, cada quien con su estilo, una sobria herencia del ambiente torero que se respiraba en la casa de los Lupercio. No es casualidad. Ambos diestros tuvieron un paso trascendente en la época, mejor conocida como la EDAD DE ORO DEL TOREO EN MÉXICO.

   Hace algún tiempo fue reproducido buena parte de un archivo recién descubierto. Me refiero al de Rutilo Patiño.[3] A partir de hoy queda testimoniado parte del quehacer de Abraham Lupercio Muñoz, fotógrafo que rescató el tiempo en retratos, cada uno con una historia diferente, imágenes siempre cargadas de añoranzas, de lo imborrable.

Y de nuevo, desde el imaginario fonógrafo, a la acelerada velocidad de 78 r.p.m. volvemos a escuchar a María Conesa cantar:

Lupercio, Lupercio

toma una foto al magnesio…

AGRADECIMIENTOS

    Al Sr. Miguel Ángel Lupercio, quien gracias al testimonio oral nos proporcionó recuerdos familiares sobre su abuelo, el protagonista de esta historia.

   Al Dr. Luis Javier Padilla por haberme facilitado algunas “postales” y tarjetas de visita que fueron realizadas por el propio A. Lupercio a principios de este siglo en Guadalajara, Jal.


[1] Sus padres fueron Candelario Lupercio y Filomena Muñoz.

[2] Los restos del fotógrafo se encuentran en el panteón de Dolores.

[3] CUARTOSCURO. Revista de fotógrafos. México, año IV, número 23, marzo-abril de 1997. ARCHIVO RUTILO PATIÑO (1880-1962).

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