EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La gran mayoría de las crónicas y reseñas que ya se despliegan por medios impresos o digitales, dan cuenta de las incidencias de lo ocurrido la tarde de ayer domingo, en la plaza de toros “México”. De eso no voy a ocuparme una vez más. Cada periodista o informador, emitió su opinión al respecto. Pero creo que la gran mayoría omitió algo que es grave y que les incumbe en buena medida.

   Hubo ayer por la tarde al menos tres detalles que llamaron poderosamente mi atención y que representan el grado de desinformación que mostró la gran mayoría de los asistentes. Por un lado, quienes estuvieron, deberán recordar cómo el cuarto de la tarde, que como todos, pertenecieron a la Guadalupana, encierro impresentable por su catadura y ausencia de trapío, así como por la escasez de casta y bravura, lo que significaba de antemano, un grave error por parte de la autoridad en haber aceptado algo que no correspondía con la investidura de la plaza “México”… a últimas fechas, bastante devaluada. Pero a donde dirijo mis apuntes, es al hecho de lo ocurrido en el primer tercio del cuarto de la tarde. Como el novillo no acudía ni por casualidad a la cabalgadura, el picador en turno, colocado en contraquerencia fue prácticamente a cazarlo, lo hizo entre las dos rayas concéntricas. El picador lanzó el chuzo y entonces, se logró la reunión. Como aquello resultara favorable para el del castoreño, este al sonar el cambio de tercio, se retiró en medio de una ovación. Indudablemente los asistentes aplaudieron la ejecución, pero nunca valoraron el propósito de aquella escena de caza, donde tuvo que pisarle materialmente los talones al novillito receloso, negado a entrar en jurisdicción a la que finalmente accedió luego de aquel acoso del picador en turno (y habría sido harto interesante en esos precisos momentos, saber la opinión del ganadero). La escena de una suerte de varas como sería de esperarse, resultó todo lo contrario. Un toro, o un novillo colocado a varios metros de la cabalgadura, el sueño de cualquier ganadero para verle embestir hacia el bulto y empujar con los riñones, humillando en el peto y empujando a todo lo que da con los cuartos traseros… eso se convirtió en una imagen de leyenda que no pudo concretarse. Y el novillo seguía acusando falta de bravura y entrega…

   Pues bien, cuando César Ibelles lo tuvo enfrente, lamentablemente la “faena” no pudo ser lo esperado. Ibelles mostró un toreo ramplón, de efectos de golpe que llegaron a los tendidos, justo en los momentos en que ese novillo mostraba un cambio de lidia notable, embistiendo con calidad, pero sin bravura. Al ser arrastrado por el tiro de percherones con rumbo al destazadero, nuevamente la ovación se desató a favor del ejemplar de Juan Flores Chávez. Es decir, las palmas sonaron para un ejemplar que en rigor, no cumplió con los mínimos indispensables de presentación, casta, bravura y sólo pudo ser posible apreciar cierta nobleza. “Se toreaba solo” era la conclusión a la que llegábamos algunos en el tendido, pero seguía siendo una “hermana de la caridad”.

   El tercero y más grave de los hechos ocurrió en el sexto. Ya Ricardo Frausto había concebido una faena aseada, ligada, con toques de refinamiento, unidad y ligazón en las diversas series de muletazos que instrumentó por ambos lados. El problema vino en el momento de la “hora de la verdad”, pues colocó un espadazo caído, un “chalecazo” que derrumbó al novillo postrero del festejo y la gente, animada por aquellos momentos, los que se convirtieron en lo más sobresaliente de una novillada pasada por agua, es que, en medio de aquel heroico aguante, los asistentes se sintieron en derecho de demandar una oreja que, por ningún motivo era posible conceder desde el biombo. Y, si algún acierto tuvo ayer el juez Gilberto Ruiz Torres fue el de no otorgar esa oreja, que habría sido la debacle total en la poca credibilidad y reputación que aún conserva la otrora plaza de toros “México”, la que “da y quita”, la que es capaz de convertirse en caja de resonancia para que los contratos corran como ríos en crecida a favor de los novilleros o toreros que tuvieron ocasión de triunfar y salir del coso en olor de santidad. Y aunque algunos de estos conceptos ya no aplican, porque se perdieron en medio de tanto abuso y error, al menos quedó marcada la posibilidad de una esperanza. Claro, el juez no se salvó de una bronca injusta, rematada por insultos que no venían al caso.

   Lo peligroso en todo esto es el tipo de información, el bagaje de que están formados todos aquellos que ayer estuvieron en la plaza, y que demandaban “mentando madres” la petición de aquella oreja. Me espanta el hecho de que entonces, buena parte de la prensa no está haciendo su trabajo, no están orientando, no están diciendo las cosas en la forma más correcta posible. No están poniendo “los puntos sobre las íes” a la hora de pretender formar a nuevas legiones de aficionados. Lo sucedido ayer era suficiente materia para que corriera tinta, y se prendieran las alarmas no de uno, sí de varios de estos periodistas y comunicadores, como para advertir que lo sucedido la tarde del 15 de julio de 2012 en la plaza “México” fueron, entre otras cosas, los incidentes que aquí se han detallado con expresa preocupación. Si en una temporada como la de novilladas, donde es posible apreciar tantos y tantos detalles, no hay forma de que los desmenucen, o que estos sirvan como materia para el desarrollo de sabrosas pláticas de orientación, o diversos párrafos cuya pretensión, desde la trinchera de donde vengan sea la de educar y dar por hecho que los aficionados modernos están recibiendo los datos correctos, con los que podrán llevar a cabo un juicio equilibrado de opiniones pero no al grado de que, sin más ni más, se desataron todos los demonios y no hubo fuerza capaz de contenerlos, que no fuera el hecho de que se trataba del último novillo del festejo. De otra forma, la bronca, el disgusto (disgusto equivocado) habrían seguido causando reacciones encontradas entre quienes reclamaban esa oreja, lo cual es de agradecer en opinión del Juez de Plaza, personaje que en ese momento es la máxima autoridad en el coso, y que damos por hecho de que es y será el mejor individuo en aplicar, de manera justa y razonada, un reglamento en combinación con usos y costumbres, pero también tomando en cuenta la opinión popular. Pero aquí, aquí sí me van a disculpar los lectores: esa estocada que fue entera, pero caída, extremadamente caída, tirando a un “chalecazo” infame, no era motivo para conceder un trofeo que será simbólico, se convertirá en un manojo sangrante revestido de pelos, y será, de aquí en adelante dato para las estadísticas. Pero haberlo concedido, se habría convertido en un error muy grave. Se habría proclamado la prostitución del espectáculo. Y no exagero. Si hoy, con sensatez, con más razón que pasión vemos lo ocurrido ayer, veremos que los apasionados de la víspera, no tenían ninguna razón, sólo la que los movió por el conjunto del buen hacer de Ricardo Frausto, pero hasta ahí.

   Espero que la prensa repare en estos errores, que no todo es decir esto es una “chicuelina”, un natural o un derechazo. Detalles como los aquí presentados, son tan importantes o más que todo aquello.

16 de julio de 2012.

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