EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Las siguientes notas fueron hilvanadas por este autor hace 12 años. Por su contenido, siguen vigentes, de ahí que me permita incluirlas en esta sección.

 ¿EXISTE EN EL TOREO GARANTÍA DE CONTINUIDAD O AMENAZA DE EXTINCIÓN?

    Cada nueva generación hace posible que estén garantizadas continuidad en las condiciones de vida y su desarrollo, teniendo para ello -entre muchos otros elementos-, el recurso natural a su alcance, pero también la incertidumbre que ocasionan sus diferencias, las de las sociedades o de los países que entran en conflicto por diversas causas. Y hoy en día, a pesar de ciertas restricciones, la amenaza nuclear, o el uso de armamentos más sofisticados como aquellos que emplean químicos se mantiene vigente, sostenida sobre todo por aquellas potencias que cuentan entre sus arsenales, con “modernos” elementos de destrucción.

   El planeta que habitamos es escenario de una de las etapas de mayor índice de población (casi 6,000 millones de habitantes) y por lo tanto, sus recursos tienden a reducirse, a ser irreversiblemente afectados por el daño que la sociedad de consumo e industrial aplican a su favor, pero en detrimento de lo que nos conceden los recursos naturales regenerándose unos, y entrando en proceso de extinción otros.

   Es decir las generaciones, en tanto formadoras y continuadoras de una sociedad que cumplen un ciclo definido y delimitado, se enfrentan al reto de preservar, mantener y en su caso, buscar nuevas alternativas para vivir, adecuándose de esa manera la nueva colectividad emergente, con el ámbito heredado de la anterior, y que, por consigna debe mantener, en aras de no caer en el riesgo de caos, los desequilibrios o las alteraciones, de las que la naturaleza por un lado; y las sociedades en su conjunto por el otro, deben encontrar su mejor equilibrio, sobre todo con relación a cada época que, como nuevo escenario vive en esa persistente alianza.

   Este tema lo he traído a colación porque reflexiono si algo de esto es similar en la tauromaquia. Una nueva generación de toreros concede garantías de permanencia para el espectáculo que, contra los pronósticos, probablemente no se renueve sino quede condenado al anacronismo. Eso por un lado. Por el otro, además de que se asegura continuidad el toreo se vigoriza, se enriquece con los nuevos esplendores, echa mano de algunos cultivados en el pasado pero, ¿y el porvenir? ¿Qué porvenir se le augura a la tauromaquia, independientemente de los actuales fenómenos donde el grupo empresarial que detenta el control de la fiesta, quiere imponer una autorregulación, o lo que es lo mismo, una libertad de movimiento, sacudiéndose los grilletes de la tradición, (pero tampoco alejándose de ella) evidentemente en lo que mejor convenga a sus intereses, y hacer, por tanto, un espectáculo basado en sus propios esquemas, sumamente atrevidos, que por ahora no le garantizan nada bueno a esa presente continuidad?

   Tal afirmación, se ha visto entrecortada y cuestionada en diferentes épocas de su curso, curso que debemos seguir desde el momento en que la fiesta ingresó al terreno crematístico, adecuándose también a disposiciones que los usos y costumbres han establecido en reglas perfectamente definidas llamadas “tauromaquias” y en una legalidad que ha sido compañera de esta diversión, impuesta desde el momento que debían controlarse desmanes y abusos que pasaron el límite de la tolerancia, para convertirse en el imperio de vicios perfectamente identificados.

   Por eso, la fiesta siempre ha tendido a soportar el riesgo de dos balanzas: la de la garantía de su continuidad, o la amenaza de extinción. El fiel de esa balanza ha presentado un constante vaivén justo en estos momentos que presenta un estado de alteraciones provocadas por fuerzas que van más allá de su normalidad o de su estabilidad. Ese altibajo a que me refiero lo vienen produciendo intereses creados que pretenden hacer a un lado el principio ideal de la diversión pública, para imponer esquemas deliberados que satisfagan las profundas necesidades de unos cuantos que dicen haber encontrado la ruta apropiada para deslindarse de los patrones que un pulso cotidiano ha establecido al paso de los siglos. Me explicaré mejor. Si bien ya quedó señalado el fin de la autorregulación en apenas unas cuantas palabras, este empeño tiene obsesionados a quienes pretendiendo hacer un lado la legalidad, quieren imponer un nuevo marco de referencia, basado en principios empresariales de dar al cliente -que es el público- lo mejor. Ojalá fuera posible, pero mientras sigan aspirando a ejercer dicha autorregulación por una vía que no es la correcta, basada en ofrecer un espectáculo donde el toro no es precisamente el toro, y el torero por tanto no puede ofrecer su mejor papel, si para ello falta el toro; entonces no tendremos posibilidad de entregarnos a ese artículo de fe que pretenden, sustentado en la incongruencia, o como se maneja actualmente, gracias al nuevo lenguaje cibernético: cuando se trata de una fiesta virtual. Hacer intangible lo tangible.

   La autorregulación es posible en la medida en que quien la pretenda, debe ofrecer condiciones muy claras (y decir claras es referirse a que deberán tener total transparencia en su desarrollo). Manejar un producto empresarial que garantice su consumo, entradas sostenidas cuya tendencia sea la del lleno, cobrando un boleto que pudiera resultar caro, pero con la posibilidad de que quien lo pague recibirá a cambio unos resultados que lo orillen a convertirse en espectador consuetudinario. Ofrecer toros y toreros de primera línea, ingrediente este de las mejores calidades que provoquen el ambiente de gusto que permita la consistencia necesaria en un espectáculo que evidentemente cuenta con eso y más.

   ¿Apuestan a esto los empresarios que desean la autorregulación en estos tiempos en que la modernidad los hace entrar por la senda de la calidad total?, o simplemente prometen, pero no ofrecen dejando por ello de cotizar en el mercado de los altos valores.

   He allí la pequeña gran diferencia que marca el lindero entre lo que quieren pero que no pueden ofrecer, o que ofreciendo los resultados de sus caprichos se convierte en peligrosa promoción de una cultura autorreguladora a la que tendrán que cultivar con mucho mayor cuidado, si no quieren perder el mínimo factor de credibilidad que les queda.

(22.10.2000 – 21.08.2012).

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