RECOMENDACIONES y LITERATURA. CRÓNICA DE SANGRE. 400 CORNADAS MORTALES y ALGUNAS MÁS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La incómoda condición que refiere el tratamiento a detallar cornadas o percances que diversos toreros han sufrido a lo largo de buen número de años, adquiere aquí una dimensión que no se corresponde necesariamente con la nota roja, sino con el afortunado toque literario del que gozaba Alameda. Logra hacer de Crónica de sangre un libro en el que se pueden entender las desafortunadas condiciones que pasaron los toreros reseñados a la hora de enfrentar tal o cual herida. O que incluso, murieron a consecuencia de las mismas, al instante o al cabo de horas o días, pero sin afanes escandalosos, como si se tratara de poner este delicado ejercicio a disposición de las revistas del corazón.

   Alameda, en principio se ocupa de dos personajes que, si bien, desconocidos pues no trascendieron más que en esos momentos centrales de trágico protagonismo, no deja de mencionarlos, por tratarse en uno de ellos, al de un hombre empeñoso, convencido de que aunque ya privado parcialmente de una de sus extremidades, quiso demostrar a dónde podían llegar sus capacidades, y el otro, por haberlo visto morir apenas a unos metros de donde nuestro autor se encontraba apostado en los momentos del percance durante uno de los típicos encierros en Pamplona. El relato de uno y otro caso se convierten en dramatis personae que hacen de Rocky Moody e Ignacio Eraso dos héroes arrancados del anonimato.

  Luego, se ocupa, en sentido opuesto de dos grandes: Alberto Balderas y Carmelo Pérez, de los que sus tragedias los convirtieron y siguen convertidos, en iconos de la tauromaquia entendida desde una perspectiva en que “El torero de México” y “el torero que asusta”, siguen siendo elementos emblemáticos en la historia de la tauromaquia mexicana del siglo XX, trascendidos, gracias a la memoria en lo que va del XXI, dudando mucho que esos capítulos se diluyan fácilmente.

   Tras el largo recuento de esas “400 cornadas mortales”, se detiene en casos muy particulares y donde puntualiza, hasta ese punto del libro en una “extensa nómina de sangre, que no pretendemos total, pero que certifica la constante presencia del riesgo en la fiesta de los toros”.[1]

   Y con “los que volvieron de la muerte”, no deja de destacar las tragedias que vivieron –en carne propia-, diestros como Luis Castro “El Soldado”,[2] Silverio Pérez,[3] Antonio Velázquez,[4] Manuel Capetillo,[5] Joselito Huerta,[6] Paco Camino, Manolo Martínez,[7] Antonio Lomelín,[8] recordados cada uno por haber sufrido terribles heridas provocadas, en el mismo orden por: “Calao” de Piedras Negras, “Zapatero” de la Punta, “Escultor” de Zacatepec, “Camisero” de La Laguna, “Pablito” de Reyes Huerta. De igual forma, el percance de Paco Camino en Aranjuez, el 30 de mayo de 1980 y la terrible cornada moral tras haber perdido a su hermano Joaquín quien, con su desaparición, provocó en Paco la decisión de retirarse momentáneamente. Recordemos la sentencia de Conchita Cintrón al respecto de lo establecido en el título de uno de sus libros: “¿Por qué vuelven los toreros?”[9]

   ¿Cómo no recordar la terrible cornada que Borrachón de San Mateo le pegó a Manolo Martínez?

   ¿O la que Bermejo de Xajay puso al borde de la muerte al valientísimo Antonio Lomelín?

   En todos estos casos, el recuento es puntual, se agregan incluso algunas declaraciones de los toreros heridos para que no quede la menor duda de que fueron ellos quienes “volviendo de la muerte”, y no se arredraron ante lo que significaba ese renacimiento vital; para contarnos, con sus propias palabras y emociones aquellos terribles momentos. En los que habiéndoles retirado su toque escandaloso, José Alameda pudo tratar cada capítulo como si se tratara no de casos clínicos. Si el de toda una experiencia humana que representa poner en riesgo la vida tarde a tarde.

Este otro retrato de José Alameda aparece en la contraportada del libro aquí reseñado.

    Como autores invitados, cada uno se sumó a la tarea de hacer memoriosa reseña de otros tantos casos emblemáticos. Allí está lo escrito por “Giraldés” sobre Félix Guzmán, el caso de Eduardo Liceaga, por Jorge Fosado –a la sazón, otro de los compañeros permanentes de Alameda en las cotidianas tareas de El Heraldo de México-. Allí está también un poema que Manuel Martínez Remis dedicó a la gloria del propio Eduardo Liceaga y luego el caso de José Rodríguez “Joselillo” por quien quizá lo haya conocido mejor que nadie: Esperanza Arellano “Verónica”.

   La nómina de toreros heridos mortalmente sigue su curso, y en las páginas finales de dicha obra aparecen los perfiles de José Delgado Pepe Hillo, sin que queden algunos espacios para incluir parte de las normas que el diestro analfabeta dictó a don José de la Tixera, a finales del siglo XVIII. También se encuentra el caso de Francisco Javier Herrera Rodríguez, mejor conocido como Curro Guillén. Unos apuntes más, que complementan lo ya dicho y escrito en Los Heterodoxos del toreo, sobre Manuel García El Espartero, la llorada muerte de Ignacio Sánchez Mejías, la de Joselito o Gallito, aquel enorme José Gómez Ortega, a quien sólo Bailaor de la Viuda de Ortega, un toro pequeño, según cuentan las crónicas, fue capaz de segarle la vida, en Talavera de la Reina, el 16 de mayo de 1920. Sigue con Manuel Rodríguez Manolete, de quien el mismo José Alameda colgó un epígrafe que lo dice todo: “El cansancio de la gloria”, todos estos hombres, transformados en toreros, en mártires, en glorias perdidas que la historia recoge en su más dolorosa manera de recordar, y que Alameda en alarde más que puntual, respetuoso y colmado de nostalgias intensifica en un libro donde se trata “el duro tema de la muerte”.


 

[1] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): Crónica de sangre. 400 cornadas mortales y algunas más. México, Grijalbo, 1981. 195 p. Ils., fots., p. 71.

[2] Plaza de toros “El Toreo”, de la ciudad de México. Percance ocurrido el 22 de noviembre de 1942.

[3] Plaza de toros “El Toreo”, de la ciudad de México. Cornada que sufrió el diestro el 13 de febrero de 1944.

[4] Plaza de toros “El Toreo de Cuatro Caminos”, estado de México. Fue la tarde del 30 de marzo de 1958 en que ocurrió tal accidente.

[5] Plaza de toros “México”, de la ciudad de México. Tarde del 22 de marzo de 1959.

[6] Plaza de toros “El Toreo de Cuatro Caminos”, estado de México. tarde del 30 de noviembre de 1968.

[7] Plaza de toros “México”, de la ciudad de México. Tarde del 3 de marzo de 1974.

[8] Plaza de toros “México”, de la ciudad de México. Tarde del 16 de febrero de 1975.

[9] Conchita Cintrón: ¿Por qué vuelven los toreros?  México, Editorial Diana, 1977. 234 p. Ils., fots.

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