EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hoy día, enfrentamos dos embates: una para afuera, y otro para adentro. El de fuera tiene que ver con la fuerte y peligrosa presencia de fuerzas contrarias, de los enemigos de la fiesta en todas sus expresiones, mismos que han venido trabajando consistentemente, sin descanso, con objeto de materializar sus más caros propósitos: que la fiesta de los toros, la tauromaquia quede extinta en la faz de esos ocho países que la conservan como un patrimonio, como un legado. En ese sentido, hace unos días, mi amigo Leonardo Páez, publicaba una atractiva columna, de las siempre interesantes propuestas en su muy característico estilo –no sé si llamarlo provocador y contestatario-, donde deja ver el actual estado de cosas “para afuera”, combinado con los últimos acontecimientos políticos y sociales que se han registrado en el país, fenómeno que, al combinarse con el que se hicieron las primeras apreciaciones en este párrafo introductorio, lo deja a uno en profunda preocupación. (Los interesados pueden encontrar el referido texto en la siguiente liga: http://www.jornada.unam.mx/2012/07/29/opinion/a17o1dep). Vale mucho la pena.

   Ahora bien, lo que pasa hacia “adentro” o al interior del espectáculo, en algunos casos es preocupante, en otros puede resultar hasta patético. Pues bien, preocupan los hechos de cuanto ha ocurrido en los primeros cuatro festejos en la temporada de novilladas 2012, en la plaza de toros “México”. Para unos, el balance de cuatro orejas puede ser esperanzador. Para otros, una medianía. Y quizá para el resto, contenga signos de mediocridad. Pero también no deja de preocupar el número de asistente que han sido en realidad una mínima respuesta de aficionados que responden al escaso poder de convocatoria por lo que significa el nombre de los actuantes, o el de sus limitadas, pero no por ello latentes tauromaquias en proceso de mejora y depuración. Preocupa la presencia, la escasa presencia de los novillos, más de uno en dudoso cumplimiento de requisitos reglamentarios y lo que es peor, con una notoria tendencia a la mansedumbre, a la sosería, quedando ausente el peso y valor de la bravura, lo cual significa preguntarse si ello es resultado de efectos como el cambio climático, la sequía que afectó buena parte del territorio nacional, por lo menos durante 2011. También uno no deja de sospechar en la buena o mala fe de los “veedores”, pero también del incorrecto desempeño de la autoridad en aprobar encierros que no llenan, ni por casualidad, los mínimos requisitos de presentación, los que se necesitan para seguirle dando a la plaza capitalina, ese sello de respetabilidad mismo que de un tiempo a esta parte ha comenzado a perder.

   Con lo anterior, uno concluye que las cosas no se están haciendo bien, por más empeño y esperanza que ponemos los aficionados en imaginar que el próximo domingo ha de regresar por sus fueros esa verdad u honestidad por las que tanto suspiramos en términos de marcada ingenuidad.

   De seguir así las cosas no habrá suficientes razones de peso que permitan justificar el propósito que viene trabajándose desde hace tiempo, en el sentido de buscar que la tauromaquia sea considerada patrimonio cultural inmaterial. Ya teníamos como modelo la organización de los festejos que ha venido dándose en el sur de Francia. Resulta que ahora ese ejemplo ya quedó superado por las buenas acciones emprendidas en las Azores. Unos y otros hacen lo mejor, y aquí se vale copiar lo bueno.

   No pretendo dogmatizar, ni acabar sentenciando sobre algo en lo que no me compete: la organización del espectáculo, asunto que es de los empresarios. Pero sí hacerles ver que el sentir, en muchos de los aficionados, nos queda un mal sabor de boca por cuanto hacen o dejan de hacer. Desde luego estos son otros tiempos, no se parecen por ejemplo, a aquello que ocurrió, y no me voy tan lejos, durante la temporada 1982-1983 en la que Valente Arellano, Ernesto Belmont y Manolo Mejía cortaban el queso a placer y casi llenaron la plaza capitalina en varias de sus comparecencias. Son 30 años de aquel suceso. Este otro presenta signos de riesgo: entradas infames, ganado pequeño, novilleros con aspiraciones limitadas a pesar de que algunos llegan a la plaza con un sustento técnico y logran demostrar esa capacidad, aunque a veces no se perciba ningún avance representativo en su quehacer, lo que les limita acercarse a otras expectativas.

   En lo personal ya había hecho la observación de que varios muchachos han salido de escuelas, han contado con la presencia de tutores y sus apoderados los apoyan y aconsejan, pero la escuela como institución, es un factor subjetivo. La “escuela” de la vida es otra cosa y allí será posible demostrar capacidades o limitaciones. Otro grupo de aspirantes no cuentan ni siquiera con aquello que se denomina “voz de callejón” o “callejón”, es decir que alguien se asume no sólo como su apoderado, sino como tutor, en el entendido de que este papel debe asumirse con demasiado rigor pero por ningún motivo puede haber complacencias ni elogios, salvo que el novillero y su quehacer lo ameriten. Es más, y aquí pongo un ejemplo: sería deseable que conocieran un poco sobre la formación de Rodolfo Gaona, bajo la égida de Saturnino Frutos “Ojitos” para que vean que no exagero.

   Sea una cosa o la otra, el hecho es que el bajo perfil en que se encuentra hasta ahora lo que va de la temporada de novilladas en la capital del país, no deja de preocupar. Si no empiezan a hacerse las cosas como “Dios manda” nos “va a llevar el tren” por decir lo menos. Y entre otras cosas, los muchos esfuerzos que de un tiempo a esta parte vienen haciéndose para buscar que la tauromaquia sea considerada en este país un patrimonio cultural inmaterial, no va a contar con el suficiente peso. Todo parece apuntar al hecho de que cada quien, en su papel, cada cual en su empeño que supone esfuerzos de distinta índole genera una sumatoria de posibilidades. Sin embargo, de que unos empiecen a fallar o a dejar que las cosas rueden, porque tienen que rodar, eso en realidad es lo que le viene muy mal al espectáculo y seguir viendo que sus mecanismos funcionan “a la antigüita” o al “ay se va” ya no se corresponde con los tiempos que corren.

   Espero no equivocarme.

1º de agosto de 2012.

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