EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días, se publicaba en El País, la siguiente colaboración que ahora mismo reproduzco:

El País. Edición México, del 5 de agosto de 2012, p. 23.

    Por su contenido, y por cuanto propone, me parece oportuno si no debatir, sí al menos generar nuestra postura, la que deberíamos tener per se y por añadidura, los taurinos.

   En el mismo cintillo ya se propone el hecho de que “Los defensores de la alta culturalidad de la Fiesta Nacional sobreentienden inconscientemente que la cultura es buena por definición, cuando es, desde siempre, un instrumento de control social o políticosocial”. Nunca mejor planteado que la cultura, lo mismo que la política, o la religión son eso precisamente: instrumentos de control. Si la intención de Rafael Sánchez Ferlosio es ir por un sendero específico, este autor apunta su artículo de fondo aduciendo el tema que supone hoy día, para ocho países, una declaratoria, por parte de la UNESCO para considerar a la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

   Esto no es cualquier cosa. El tema de los patrimonios en nuestros días se acerca más a una posibilidad concreta no sólo de salvar, sino salvaguardar patrimonios culturales en riesgo, muchos de ellos enfrentados a la voracidad de diversas inclemencias, pero también a la confrontación ideológica y cultural que diversas sociedades asumen como propias, entrañando sus principios en la idea de que sus formas de actuar o responder a determinado asunto o acontecimiento, funcionan de conformidad al entorno que proviene de profundas y misteriosas amalgamas, dotadas de una capacidad para constituir creencias, formas de ser y de pensar lo que permite entender toda esa condición como un hecho cultural.

   Sánchez Ferlosio abre boca con la decisión de los catalanes en cuanto a considerarse antitaurinos. No debemos olvidar que esa “cultura”, ese pueblo, tiene profundas diferencias que pueden percibirse en obras como la de Josep María Fradera, Cultura nacional en una societat dividida: patriotisme i cultura a Catalunya (1838-1868) lo que deja ver que ese asunto es tema de estudio y que por su naturaleza, a golpe de siglos de diferencias, ha encaminado a no guardar las mismas semejanzas ideológicas entre catalanes y españoles. Posiblemente lo taurino fue blanco perfecto de esas diferencias, y más aún, nutrido por la presencia –oportuna o inoportuna- de lo que yo llamo el “síndrome Anselmi”.

   Echa mano también del argumento de que quienes también han mostrado un profundo rechazo a las corridas de toros son los ingleses. De nuevo, la confrontación cultural entre la sajona y la hispánica, donde unos y otros con creencias distintas, no podrían ponerse de acuerdo en asuntos como… la tauromaquia. Lo homogéneo y perfecto de una cultura, entre otras cosas, no podrá imponerse, salvo que sea por la vía de la violencia, pero puede corregirse para remediar determinadas situaciones como la que encaró, en particular el dictador Miguel Primo de Rivera, situación que refiere el autor, de ahí que se “impusiera” el uso apropiado aunque cuestionado de un peto protector, el cual dio un giro radical en la condición primitiva, arcaica y violenta que hasta entonces tuvo la corrida de toros, esto a finales de la segunda década del siglo XX.

   Si la mirada de nuestro tiempo se orienta a una globalización irremediable, esto indicaría comportamientos no sólo verticales, sino radicales, mismos que tendrán que asumir o aceptar las sociedades en su conjunto. Por lo tanto, aquel viejo principio de laissez faire –dejar hacer- ya no tendría aplicación en el comportamiento de los grupos sociales por lo que el mismo Rafael Sánchez, en su discrepancia, cuestiona la presencia de “apologetas castellanos como algo más filosóficos o sofisticados, que o bien niegan el placer del sufrimiento o le dan una connotación especial”. Su descarga es contra Víctor Gómez Pin o Fernando Savater. El que salva la vida en este caso es el filósofo Francis Wolff. Otro más que pasó por el paredón fue el mismísimo José Ortega y Gasset, del que lo menos con que lo descalifica es aquella “chorrada” en la que el eminente filósofo decía “No puede comprender la historia de España quien no haya construido, con rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros”.

   Y si bien le da la razón, como se la doy también a Javier Ortiz el que afirmaba: “Los partidarios de la tauromaquia afirman que ellos no disfrutan con el acoso, burla y muerte de los animales. Y yo estoy convencido de que dicen la verdad”. Pero se dice, no “de dientes para afuera”. Hay en toda esa afirmación un profundo convencimiento cultural de que la puesta en escena de una corrida de toros, que implica el sacrificio y muerte de un toro, representan lazos culturales que se pierden en la noche de los tiempos. Creo que nadie “gozaría” la muerte en términos patológicamente repugnantes. Allí, en la corrida de toros hay un conjunto de elementos que se integran en forma simbólica y representativa como una summa decantada de siglos y siglos de permanente cohesión donde los pueblos que intervienen en su constitución o integración, han depositado sus creencias, materializándolas en esa expresión que hoy sigue siendo la tauromaquia, elemento cultural –discúlpeseme la reiteración-, susceptible de ser considerado y encaminado a una supervivencia en tanto patrimonio o legado que enfrenta, en su condición vulnerable, la posibilidad de su desaparición. Y es posible que suceda, incluso si se le dejara bien morir, sería lo mejor. Ahora bien, cuando ocurren acciones como las de extender su agonía a partir de esta pretensión que sigue encaminándose con vistas a entregar a la UNESCO la solicitud formal de declaratoria como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, quienes estamos comprometidos con esas acciones, estamos realizando un papel, como el mismo que se encontrarían llevando a cabo quienes intentan salvar, por ejemplo, a las zonas forestales de la embestida irracional de la desforestación… acción quizá inútil, pero acción al fin y al cabo.

   Me parece, finalmente, que Sánchez Ferlosio, deliberadamente olvidó mencionar a la UNESCO como única institución de carácter internacional, capaz de intervenir en tal salvamento. Menciona sí, el hecho de “Patrimonio de la Humanidad” pero deja un vacío, el cual me ha dado pie para incluirlo aquí, como la pieza faltante en el rompecabezas de estas eternas y draconianas discusiones.

9 de agosto de 2012.

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