EL ARTE… ¡POR EL ARTE! EDUARDO LICEAGA. IN MEMORIAM…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Agosto, en el tiempo y ritmo taurinos, es un mes cargado de tragedias. Imposible olvidar a Eduardo Liceaga Maciel (20 de noviembre de 1922 – 18 de agosto de 1946) quien cargando con una estela de posibilidades, nada pudo hacer ante la muerte. En mi trabajo: “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, que ya supera los 1700 poemas he localizado el siguiente ramillete que al lanzarlo desde aquí, queda el sabor de la tranquilidad espiritual, recordándolo, evocándolo.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., Vol. 2, p. 370.

 1946

 A LA MEMORIA DE EDUARDO LICEAGA

En el amplio jardín de los Liceaga,

polícromo vergel de arte taurino,

brotó Eduardo, cuyo perfume embriaga

con aromas de un arte peregrino.

 

Espíritu, ilusión y vista halaga;

arrolla cuanto encuentra en su camino,

y en su elíptica astral su brillo apaga

el fulgor del lucero matutino.

 

En alas de la gloria vuela a España,

donde el triunfo se ofrenda a su majeza,

y al consumar el filo de una tarde,

ante la multitud, épica hazaña,

el destino, que en rayo de sol arde,

hecho cuerno mortal, entra en su entraña,

y trueca en polvo lo que fue grandeza

y hace llanura lo que fue montaña.[1]

Bachiller Juan de Córdoba. 

1946 

CAYÓ EN LA ARENA…

Detente ya, caminante que recorres los senderos

proclamando las hazañas de aquel joven paladín.

Qué, ¿no escuchas los lamentos?… ¿No ves llorar los luceros?

Es la pena dolorosa de los valientes guerreros

que nos llega con la brisa, desde lejano confín.

 

Ya no cuentes de sus triunfos, ya no digas de su arrojo:

que tu lengua se enmudezca por un sentido dolor;

que el llanto nuble tu vista; que queden secos tus ojos;

que en tu carne, con las uñas, se abran senderos muy rojos;

que tu cuerpo se estremezca por un terrible temblor.

 

Que se junten las palomas que en todos estos caminos

aleteaban presurosas al escuchar tu pregón;

que el zenzontle ya no cante sus dulces y alegres trinos;

que aquella joven princesa, la de los ojos divinos,

ya no piense en el retorno de su más cara ilusión.

 

¡Ay! ¡Qué dolor, caminante! Ha muerto el joven guerrero;

tierras remotas lo vieron, en noble lid, sucumbir.

¡Ay! Que no aromen las flores, que no brillen los luceros,

que las aguas cantarinas lloren cantos lastimeros

porque lejos de sus lares él se acaba de morir.

 

Y mañana, cuando nazca el albor del nuevo día,

cuando el sol, tras las montañas, mustio empiece a iluminar,

que los sones quejumbrosos de la humilde “chirimía”

nos embargue con sus notas, llenas de melancolía,

porque todos los aztecas nos pondremos a llorar.[2] 

Antonio Rangel. 

1946 

EDUARDO LICEAGA

 Con particular afecto, a mi excelente amigo y culto escritor taurino, don Alberto Guzmán, sincero admirador del infortunado Eduardo. Para mi hijo Francisco Javier, con todo cariño). 

Para encauzar sus ímpetus de gloria,

en pos de sus anhelos marchó a España.

¡Pronto el triunfo alcanzó!

 

De su campaña

que la muerte truncó

con amplitud nos hablará la historia.

 

Su torerismo fue, no del acaso,

ni abrazó la carrera a la ventura.

 

De dinastía taurina,

paso a paso

Quiso llegar a la suprema altura;

mas la suerte portóse con inquina

deshaciendo su vida en cruel zarpazo.

 

Concediéndole sitio preferente,

la afición fincó en él sus esperanzas,

no siendo indiferente

al torerismo que manifestara

desde el “a-b-c-d” de sus andanzas.

 

Nacido en estos tiempos de mentira,

de falsedades mil,

de mixtificaciones, de absurdas glorias,

exhibió cualidades,

muy dignas de sentencias laudatorias,

con tendencias a volver al redil

de pasadas edades.

 

Era mucho torero

para estos tiempos de ficción maldita,

por ello se enfiló por el sendero

que conduce al ¡País de la Tristeza!

cantado por Arturo R. Pueblita.

 

Su fin fue prematuro.

tras haber admirado su proeza

la Madre Patria lo devuelve muerto;

pero de la afición -¡estoy seguro!-

Vivirá en la memoria,

como ¡será bien cierto!

que el Supremo Hacedor de le su Gloria.[3] 

El-hombre-que-no-cree-en-nada. 

1946 

PARA EDUARDO LICEAGA. 

Perfumó las angustias españolas

un clavel de verónicas. ¡Torero!

Sobre el morrillo, como en un florero

se prendieron seis varas de gladiolas.

 

En el coso el silencio hablaba a solas.

Al plegar la muleta en el acero,

algo como la sombra de un agüero

alarmó las angustias españolas.

 

Luz de la tarde, que era luz de oro

sobre los alamares, y la Muerte

citada juntamente con el toro…

 

Giró el Destino en medio de la suerte,

y una flor en la carne del torero

abrióse roja, como en un florero.

José Esquivel Pren.[4] 

1946

 Corrido de Eduardo Liceaga.

Con pena en el corazón

tengo una profunda llaga,

tengo de luto un pendón

por la muerte de Liceaga.

 

En la provincia pasó,

señores, no son mentiras,

donde el sol se oscureció:

en el pueblo de Algeciras.

 

No porque soy cancionero

canto en esta patria mía.

Recuerdo al joven torero

y de su gran gallardía.

 

Joven valiente como él,

tierno como la mañana,

allí regó el redondel

con su sangre mexicana.

 

En ciudad muy conocida,

abundante, muy risueña,

que dio su primer corrida,

en la ciudad tampiqueña.

 

Qué memorable ese día,

en fecha sin precedente,

dio muestras de fantasía,

de ser artista y valiente.

 

De ese tiempo en adelante

fue torero triunfador:

hacía todo con arte,

con denuedo y con valor.

 

Eduardo, siempre mimado,

desde que estaba en la cuna,

así salió contratado

en busca de la Fortuna.

 

A España se presentó

con un cariño que entraña.

Su fama pronto voló

en todo el pueblo de España.

 

El pueblo lo recibió.

Era bueno pa´torear.

Una empresa lo llevó

hacia esa plaza fatal.

 

Cuando a San Roque llegó

lo aclamaron sin cesar.

Aburrido se marchó

al hotel a descansar.

 

Eduardo estaba sentado

del hotel en un balcón.

Sentía a ratos, asustado,

que latía su corazón.

 

La luna, apenas salía;

en silencio la miraba;

parece que se movía

y que algo le preguntaba.

 

Una visión presentía,

como si fuera de mañana,

y en ella no más veía

esta patria mexicana.

 

Sentía triste convulsión

con lo que él estaba viendo:

era que en su corazón

ya se estaba despidiendo.

 

Otro día les platico

todito lo acontecido:

desde que toreó en Tampico,

¡qué triunfos había tenido!

 

Triste, arregló su vestido,

y se preparó a salir,

no sabiendo que esa tarde

en el ruedo iba a morir.

 

Viene un coche y en él sube,

rumbo a la plaza; al partir,

mira en el cielo una nube,

tiñe de negro el zafir.

 

El primer toro salió,

se le alegró el corazón;

muy fina lidia le dio,

como era su profesión.

 

Como estatua de granito

le brillaba su vestido.

En ídolo, con gran mito,

estaba ya convertido.

 

Tendía el capote con calma,

con ansia muy atrevida;

ignoraba que mandaba

al pueblo su despedida.

 

Aquel toro de Algeciras

que muy bravo le salió,

le dio pases de rodillas

y naturales le dio.

 

Remataba ya la suerte,

un tanto se descuidó,

y en el pase de la muerte

el toro lo empitonó.

 

Eduardo cayó de bruces,

quedó en el suelo tirado,

con el vestido de luces

toditito ensangrentado.

 

El cielo se encapotaba,

todo parecía de luto;

y el toro lo zarandeaba,

lo hacía trizas al minuto.

 

El público, confundido,

empezaba a protestar:

Eduardo ya está herido,

la fiesta querían parar.

 

El pueblo pedía clemencia;

se empezaban a parar…

lo sacaron con urgencia

al Hospital Militar.

 

Se juntaron los doctores,

su vida querían salvar.

Con los tremendos dolores,

empezaba a agonizar.

 

Un Padre pedía al momento:

“Que me quiero confesar;

es horrible lo que siento,

mi vida se va acabar”.

 

“Es horrible lo que siento,

de mi vida ya no supe.

Mi alma te la recomiendo,

oh Virgen de Guadalupe”.

 

A media noche murió:

Dios le dé su buen camino.

Una estrella se apagó

del firmamento taurino.

 

Ya luego tendido estaba

en lecho de blanco tul,

y su cuerpo se miraba

envuelto en un manto azul.

 

Su cabecera tenía,

cuando llegó la mañana,

una imagen de María

y la enseña mexicana.

 

Golondrina, con esmero,

vuela recio como el viento;

anda, avisa al mundo entero,

de nuestro gran sentimiento.

 

Vuela ,vuela, en un segundo,

vuela, vuela, con esmero,

anda, avisa a todo el mundo,

que se murió un gran torero.

 

Vuela, vuela, con valor,

a dar este triste toque:

avisa con gran dolor

la tragedia de San Roque. 

Andrés Guzmán[5] 

1949

    El autor de los siguientes versos, inaugura su peculiar obra con este cuarteto: 

¡Ay, que clavé yo un ¡olé!

En las arenas de un ruedo!

¡Ay, si pudiera limpiarlo

con el agua de mis versos!

 

EDUARDO LICEAGA

 Era una flor su sonrisa,

sonrisa en luz cenital.

era una flor que fulgía

en los labios del chaval.

 

“¡Ay, Lalo, que el toro achucha!

¡Ay, Lalo, no expongas más!

¡Que ese toro es mucho toro!

¡Que es un toro de verdad

y eres mocito que empieza

“entoavía” a torear!”

 

Y Eduardo se sonreía:

-¡Ale, torito, a pasar!

¡Que voy a cortar tu oreja

para prenderla en mi ojal!

 

Y la flor de su sonrisa

se abre en luz de eternidad.

Y ríe, mientras claveles

recoge en vuelta triunfal.

 

El perfume de tu risa

ya nadie lo olvidará:

Era sol en que envolvías

tu majeza al torear;

era la sal de tus lances;

el oro de tu percal.

 

Manojo de nardos era

en el vaso de cristal

de tu pecho de mocito

que aun no aprendiera a llorar.

 

¡Cómo la Virgen Morena,

humilde en su Majestad,

esperaba el homenaje

de tu risa de chaval!

 

La flor más amada era

que florecía en su altar.

¡La flor que, después de un triunfo,

siempre le fuiste a ofrendar!

 

¡Vengan toritos a Lalo!

¡Vengan toros a rodar

envueltos entre las luces

de su sonrisa triunfal!

 

¡Ay, Lalo! ¡como me acuerdo

-¡quién no habría de acordar!-

Cuando, ante doce puñales,

hubiste, en risas, triunfar!

 

-¡Ale, torito, torito,

que mañana cruzo el mar!

¡Que voy a la madre Patria

a ofrecer mi mocedad

envuelta en traje de luces

verde, de verde nopal;

verde como la esperanza;

verde en luces de ultramar;

verde en aurora de estrellas;

verde en flores de cristal!

 

Y ante el sol de Andalucía

volvió tu risa a brillar.

Diste a Castilla la gloria

de ese claro manantial

que brotaba de tus labios

al ver al toro pasar.

Las flores que allá en Valencia

nunca hubieran un rival

se rindieron a la rosa

que era risa en tu rosal.

 

¡Ríe, torito, que Lalo

también ríe al torear!

¿No ves cómo ríe, toro?

¡Ale, torito, a pasar!

Que si él ríe ante la Muerte,

tú la sabes esperar.

 

¡Ay, torero de esmeraldas!

¡Ay, mi valiente chaval!

¡El de los azules giros!

¡El de los verdes-nopal!

 

¡Quien te dijera que un día

se te habría de cuajar

la flor de aquella sonrisa

perenne de luz astral!

 

¡Quien dijera que en San Roque,

pueblo escaso de historial,

la rosa de tu sonrisa

se habría de marchitar!

 

Desde San Roque a Algeciras,

allá, frente a Gibraltar,

un sendero de claveles

rojos, dejaste al pasar.

 

Esos claveles, Eduardo,

siempre frescos estarán.

¡Como aquella risa tuya

que nadie podrá olvidar!

 

¡Llora, torito, torito,

que Eduardo no ríe ya!

¡Llora, toro, que su risa

no te encelará jamás![6] 

1981

 ROMANCE A EDUARDO LICEAGA

Por Manuel Martínez Remis

 

La Virgen de Guadalupe

le busca en los olivares.

El hijo se le ha perdido

por los caminos de Cádiz.

Del campo de Gibraltar

llegó el caballo del aire;

es un caballo careto

que se ha escapado de un naipe.

Sobre el caballo una sombra,

y con la sombra un mensaje.

 

-“¿Qué no te encuentre llorando

cuando se acerque a abrazarte”-

 

La sonrisa de la Virgen

le da envidia a los rosales.

Con orgullo, en carne viva,

le fue contando a los árboles:

 

-“Yo tengo un hijo torero

que es más esbelto que un sauce”-

 

Un fuerte olor a vainilla

volaba en las soledades.

 

Luce el campo verde, al sol,

como si fuera un “sarape”.

 

Los arroyos se llenaban

de secretos maternales,

y los pájaros de Dios

daban música al romance.

 

-“Siempre quiero que se quede,

y él siempre quiere marcharse;

se pone su traje de oro

y se lo lleva la tarde”-

 

La hoja seca de un olivo

iba dibujando un lance.

 

-“Sangre vasca y mexicana

en el corazón le arde;

de Monterrey a Tampico

no hay ninguno que le iguale.

¡Tengo los brazos abiertos

para que, al llegar, descanse!”-

 

Ya está brillando la luna

y están durmiendo los ángeles.

 

-“Desde que mi hijo torea

me estoy volviendo cobarde.”-

 

Por caminos de sudario

volvió con el gesto grave

vestido de seda y oro,

roto de angustias el talle,

con jazmines en la cara

y amapolas en el traje.

 

Un estoque en la derecha,

con las lágrimas brillantes

y una muleta en la izquierda

llena de heridas mortales.

 

-“Me he escapado de la Plaza,

no se lo digas a nadie.

Quiero llegar en seguida

al camino de los mares.

México me está llamando;

siento su voz en la carne.

¡Quiero una Plaza más ancha

y voy a buscarla, madre!”

 

Por las sendas de la muerte

se marchitaba el vendaje;

el abrazo de la Virgen

quedó cubierto de sangre.

 

La Virgen de Guadalupe

lloraba en los olivares:

 

-Que los montes y las nubes

de su camino se aparten.

Que no despierten su sueño,

que no lloren… que no hablan…

 

Que nadie le diga nada,

¡que va muerto y no lo sabe![7] 

2001 

A LA MEMORIA DE EDUARDO LICEAGA

 En el amplio jardín de los Liceaga,

polícromo vergel de arte taurino,

brotó Eduardo, cuyo perfume embriaga

con aromas de un arte peregrino.

 

Espíritu, ilusión y vista halaga;

arrolla cuanto encuentra en su camino,

y en su elíptica astral su brillo apaga

el fulgor del lucero matutino.

 

En alas de la gloria vuela a España,

donde el triunfo se ofrenda a su majeza,

y el consumar al filo de una tarde,

ante la multitud épica hazaña,

 

el destino, que en rayo de sol arde,

hecho cuerno mortal, entra en su entraña,

y trueca en polvo lo que fue grandeza

y hace llanura lo que fue montaña.[8]

 

Bachiller Juan de Córdoba.


 

[1] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año IV, N° 195, México, D.F., 30 de agosto de 1946.

[2] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año II, Nº 103, 11 de septiembre de 1946. Este es un poema del novillero mexicano Antonio Rangel, en memoria de Eduardo Liceaga.

[3] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año IV, N° 201, México, D.F., 11 de octubre de 1946.

[4] La Fiesta, Nº 102. México, 4 de septiembre de 1946, p. 14.

[5] La fiesta, semanario gráfico taurino, publicada en México, D.F., ejemplar número 107, del 9 de octubre de 1946, página 9.

[6] Matías Conde: Cuatro romances de toreros (E. Liceaga, Joselillo, Carnicerito y Manolete). Edición Romántica. Ilustraciones de Germán Horacio, Por (…). México, editorial Malvis 1949. Ils. 46 p., p. 11-16.

[7] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): Crónica de sangre. 400 cornadas mortales y algunas más. México, Grijalbo, 1981. 195 p. Ils., fots., p. 15-127. Dice Alameda: la inserción del siguiente poema, como las de cuentos aparecen en este libro, no está determinada en modo alguno por consideraciones literarias, ajenas al propósito de la edición, sino por la relación que mantienen con el personaje, cuya fisonomía puede en ciertos casos completarse así.

   En el actual, no puede por menos de verse con gran simpatía humana que un escritor español haya dedicado este romance a un torero mexicano, a raíz de su trágica muerte en tierra española.-Nota de J.A.).

[8] Ib., p. 226.

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