ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XXVII. DATOS NECESARIOS SOBRE ATENCO. 7 y último.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ATENCO: 484 AÑOS DE HISTORIA Y UN MITO A CUESTAS.

    Volver al principio…

   ¿Por qué volver al principio de todas las cosas?

   Porque es importante reafirmar en buena medida, la génesis de esta emblemática e histórica hacienda ganadera. Algo de esto ya quedó tratado en los capítulos anteriores. Sin embargo, conviene acercarse a algunas interpretaciones y apreciaciones que permitan entender que si bien Atenco puede ser considerada la ganadería de toros más antigua, no sólo de México sino de todos los países donde se lleva a cabo la representación de la tauromaquia, no necesariamente presenta en esa antigüedad lo que muchos han supuesto como el pie de simiente originario, que se debe a “doce pares de toros y de vacas” de procedencia navarra.

   Ganado mayor y menor lo hubo en ese territorio maravilloso, como lo hubo y se desarrolló en el resto de la Nueva España. De las estancias salieron decenas y decenas de “toros” por decirlo de alguna manera, para satisfacer el alto índice de fiestas que iban desarrollándose como resultado de diversos factores que generaban el poder de convocatoria para la celebración y donde los festejos taurinos tuvieron por muchos años una presencia definitiva. Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652, [1] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo habitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

   Sin embargo, el 24 de junio de 1526

 que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…»[2]

 se corren toros en México por primera vez. Entonces ¿qué se lidió al citar el término «ciertos toros», si no había por entonces un concepto claro de la ganadería de toros bravos?

   ¿No serían cíbolos?

   Recordemos que Moctezuma contaba con un gran zoológico en Tenochtitlán y en él, además de poseer todo tipo de especies animales y otras razas exóticas, el mismo Cortés se encargó de describir a un cíbolo o bisonte en los términos de que era un «toro mexicano con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos».

   El bisonte en época de la conquista ascendía a unos cincuenta millones de cabezas repartidas entre el sur de Canadá, buena parte de la extensión de Estados Unidos de Norteamérica y el actual estado de Coahuila.

   Si bien los españoles debían alimentarse -entre otros- con carnes y sus derivados, solo pudieron en un principio contar con la de puerco traída desde las Antillas. Para 1523 fue prohibida bajo pena de muerte la venta de ganado a la Nueva España, de tal forma que el Rey intervino dos años después intercediendo a favor de ese inminente crecimiento comercial, permitiendo que pronto llegaran de la Habana o de Santo Domingo ganados que dieron pie a un crecimiento y a un auge sin precedentes. Precisamente, este fenómeno encuentra una serie de contrastes en el espacio temporal que el demógrafo Woodrow W. Borah calificó como “el siglo de la depresión”,[3] aunque conviene matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus afirman que

 Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.[4]

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

 Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.[5]

    En cuanto a la tesis de cíbolos o bisontes, ésta adquiere una dimensión especial cuando en 1551 el virrey don Luis de Velasco ordenó se dieran festejos taurinos. Nos cuenta Juan Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, el segundo virrey de la Nueva España entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

 “muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas [concretamente en el bosque de Chapultepec] de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.[6]

   Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de estas tierras e incluso, ellos mismos fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que no sólo fue privativo de los señores. También los mestizos, pero sobre todo los indígenas lo hicieron suyo como parte de un proceso de actividades campiranas a las que quedaron inscritos.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después señores de rancio abolengo. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; pero ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomará forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzará su dimensión profesional durante el XVIII.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.

 

   También es importante el contenido de aquella carta que, en 1544 envió Cristóbal de Benavente al rey. Benavente era fiscal de la Audiencia de México y advierte: “Los ganados de todo género y especies hay en abundancia y multiplican mucho, casi dos veces en quince meses: todas estas granjerías están en poder de ricos y de hombres que tienen indios encomendados porque con ellos se principiaron y se sustentaron y sin ellos no se pueden sustentar”. Por otro lado, Juan de Torquemada escribía en su “Monarquía Indiana” una apreciación que corresponde al tiempo en que Antonio de Mendoza fue virrey en la Nueva España (de 1535 a 1550), como sigue:

 Ya en estos tiempos habían crecido, en mucho número, los ganados (así menor como vacuno) que habían traído de Castilla e islas a esta tierra; y habiéndose descubierto estas larguísimas tierras dichas, determinaron los señores de ganados, porque los sitios que tenían eran cortos y damnificaban mucho a los indios, de tomar sitios más extendidos y acomodados; y con esto se despoblaron muchas estancias de los valles de Tepepulco, Tzompanco y Toluca (donde fueron las primeras estancias de esta Nueva España, de ganado mayor, así de vacas como de yeguas); y se fueron a poblar por aquellos llanos, adonde ahora están todas las estancias de vacas que hay en la tierra, que corren más de doscientas leguas, comenzando desde el río de San Juan hasta pasar de los Zacatecas y llegar más delante de los valles que llaman de Guadiana; todas tierras chichimecas y tan largas que parece que no tienen fin.

   Pero ante la notable multiplicación de ganado, se produjeron fenómenos harto interesantes, como es el hecho de que con su presencia en zonas como Jilotepec, la de Toluca o la de Tepeapulco, obligaran a que los naturales se viesen obligados a desplazarse a zonas montañosas, lo que representaba un problema para continuar con labores evangelizadoras por parte de misioneros que por esos años se encontraban realizando tan noble labor. Con la ausencia de mano de obra los cultivos disminuyeron, el precio del maíz se incrementó notablemente por aquellos años finales del XVI. Se pidió en cambio que los grandes rebaños pastaran en zonas menos habitadas y esto, en su momento facilitó que avanzado el siglo 16, se diese una penetración en dominios chichimecas, lo que permitió acercarse y descubrir las grandes minas en el actual territorio zacatecano.

   Para que pudiese haber dinámica en el manejo del ganado, los indios en aquellos años, se encontraban restringidos de montar a caballo. Tengo la impresión que allá, en el campo, o ni se enteraron o su actitud fue contestataria ante tal medida. En ese sentido, los indios chichimecas en forma muy rápida se convirtieron en ágiles jinetes, cazando bovinos a flechazos. Esas labores cotidianas lograron reunir diversos ingredientes que derivaron en el rodeo, faena de campo que más tarde aparecería como espectáculo. Consistía en arrear el ganado desde los lugares donde pacía hasta conducirlo a las estancias, o concentrarlo en un punto determinado para separar el propio del ajeno, contarlo y marcarlo, así como para acostumbrarlo a la presencia del hombre y evitar que se volviera demasiado cimarrón. Esto permitió que los indios se convirtieran en vaqueros eficientes, lo cual dio por resultado que con los años se produjera un diálogo entre quehaceres taurinos realizados lo mismo en el ámbito rural que en el urbano.

   Gracias a la ganadería de Atenco es como ha sido posible conocer algunos datos más que puntualizan sus orígenes y primer desarrollo, por lo menos el ocurrido en el periodo novohispano, asunto obligadísimo en esta última entrega. En otros momentos, recalcaré el “esplendor y permanencia” que tuvo dicha ganadería de toros bravos, por lo menos en el periodo que va de 1815 a 1915, donde casi 1200 noticias localizadas, dan idea de su gran capacidad para surtir de ganado, no sólo en el país. También en el extranjero, con sus consiguientes éxitos y fracasos… que también los hubo.[7]

 FIN DE ESTA SERIE.


 

[1] La primer aparición pública de ganado atenqueño se remonta al 3 de septiembre de 1652, por motivo del cumpleaños del virrey Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste, y con toros, que “se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada”, provincial de la orden de la Merced.

En Gregorio Martín de Guijo: DIARIO. 1648-1664. Edición y prólogo de Manuel Romero de Terreros. México, Editorial Porrúa, S.A., 1953. 2 V. (Colección de escritores mexicanos, 64-65)., T. I., p. 199-200. Además: Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 79-80.

[2] Hernán Cortés: Cartas de Relación. Nota preliminar de Manuel Alcalá. Décimo tercera edición. México, Porrúa, 1983. 331 p. Ils., planos (“Sepan cuántos…”, 7), p. 275.

[3] Woodrow, W. Borah: El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México).

   El autor apoya su tesis en las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

   Esta tesis ha perdido fuerza frente a otros argumentos, como por ejemplo los que plantea la sola trashumancia habida en buena parte del territorio novohispano, o aquel otro que propone Pedro Romero de Solís en su trabajo denominado “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina” (véase bibliografía). Pero también se ha desdibujado por motivo de que el autor nunca consideró que habiendo una crisis demográfica de las dimensiones analizadas en su estudio, estas nunca iban a permitir que la economía creciera. Por supuesto que la economía colonial creció desde finales del siglo XVI, se desarrolló durante todo el siglo XVII y se consolidó, en consecuencia hasta que operaron abiertamente las reformas borbónicas.

[4] Enrique Florescano y Margarita Menegus: “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)” (p. 363-430). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 365-6.

[5] Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

[6] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias (Noticias históricas de Nueva España). Compuesto en 1589 por don (…) vecino y natural de México. Nota preliminar de Federico Gómez de Orozco. México, Secretaría de Educación Pública, 1949. 246 p., facs. (Testimonios mexicanos. Historiadores, 3), p. 100.

 [7] Las fotografías en los exteriores del casco de la hacienda y plaza de tienta fueron realizadas por el autor en abril de 2012.

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