CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

REMEMORANDO A BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. A DOS SIGLOS DE SU NACIMIENTO. 27 de 31.

[PASAJE Nº 49]: LA CALLE DEL COLISEO NUEVO, SU TEATRO Y EL PALACIO DE DE LA BORDA.[1]

    Estamos a las afueras del famoso Coliseo Nuevo, escenario que comenzó a brillar con luz propia desde el siglo XVII. Conforme se tuerce a la izquierda del Banco de Londres y México se entra en la calle que hoy es de Bolívar, la 3ª, que antes se llamó del Colegio de las Doncellas y luego de Niñas, por el establecimiento benéfico que estaba en la siguiente rúa y abarcó a las dos con su nombre… ahí, ahí se encontraba, o por lo menos se encuentra hasta hoy lo que podemos decir que era el sitio en que alguna vez funcionó como el Coliseo Nuevo. La calle ya era conocida así desde aquel siglo en que operaba normalmente dicho espacio teatral. Aunque fue, y aquí un interesante relato de nuestro autor del que no me detendré hasta llegar a la parte que refiere el acontecimiento taurino que es motivo del presente pasaje. Veamos.

    El 25 de diciembre de 1753 [cuando] terminóse por entero la construcción que fundada sobre cimientos muy firmes, resultó ser muy maciza, pues sus muros “eran de extraordinario e impropio espesor”. La sala, en forma de herradura, era altísima, con cuatro pisos, el último la cazuela, galería que le decimos hoy, y en los demás estaban los “cuartos” o palcos, dieciocho en cada piso, que hacían en conjunto cincuenta y cuatro. Antes se les llamó aposentillos o desvanes. Todos ellos eran de arquería, techo de vigas y balcones volados con barandillas de fierro de Vizcaya. En el patio había cuatro bancas de lunetas, capaz para dieciocho personas la de primera fila, la de segunda y tercera para contener dieciséis y en la última se acomodaban holgadamente veinticinco.

   No había en el resto del patio ningún asiento, estaba dividido de la parte que tenía bancas por una gran viga que quedaba a la altura del cuello, por lo cual lo llamaban el Degolladero, también se le denominaba el Mosquete. Los asistentes a este lugar veían de pie la comedia, resistiendo así las tres horas mortales, o más tiempo aún, que duraba el espectáculo, por esto les costaba menos la entrada que a los que estaban repantigados cómodamente en los anchos asientos del lunetario. La cazuela era bien grande, con dos divisiones independientes, una para sólo hombres y otra para sólo mujeres. Estas se sentaban todas juntas, pues excepto en los aposentos o palcos, se prohibió que estuviese mezclada gente de distinto sexo. No fue permitido hasta 1798 que se reunieran, virreinato del bribonazo don Juan de la Grúa Salamanca y Branciforte, al que, tal vez, se le dio buena paga para que diera esa licencia, el famoso “ungüento mexicano”, que todo lo ablanda.

   Entre las dos dichas divisiones de hombres y mujeres, había un aposentillo que se llamaba el “cuarto de los vuelos”, en el cual estaba empotrada una gruesa argolla de hierro por la que pasaba una cuerda resistente que iba a parar al tablado y por la que corría una chirriante polea a la que se agarraban los ángeles o demonios de las comedias y cruzaban por el aire haciendo mil ágiles y graciosas cabriolas para mejor representar su papel, no sin riesgo de sus vidas y también de la de los que asistían a las lunetas o al bullicioso mosquete.

   Además, debajo de los palcos marcados con los números, 1, 2 y 3 estaban sobre una alfombra seis asientos forrados de damasco granatense y con el escudo real en gran realce sobre el respaldo, que eran los cómodos lugares que ocupaban los señores virreyes, cuando Sus Excelencias se dignaban asistir a la representación, lo que era muy a menudo, para estimular así con su presencia el mayor concurso en bien del espectáculo y la cultura.

Gran Teatro Nacional. Grabado de la época.

    El Coliseo

    Se inauguró en la tarde del 23 de diciembre de 1753. La obra que subió a escena fue la intitulada Mejor está que estaba, que no sé yo de qué pluma saldría. Parece que su título era alusión –y así lo entendió la gente- a lo magnífico de este teatro y a lo malo y feo de los anteriores [que también estuvieron ubicados en el mismo espacio]. Asistió el virrey, don Francisco de Güemes y horcaditas, conde de Revilla Gigedo, junto con su elegantísima mujer, doña Antonia Ceferina Pacheco de Padilla, acompañados ambos señores de muchos dignatarios palatinos, aparte de sus gentileshombres de casa y boca, de sus pomposas damas de honor, y de buen golpe de flexibles pajes.

    En ocasiones se daba

 Comedia y folla. La folla fue la alegre precursora del popular “género chico”, pues estaba compuesta de varios pasos de comedia, conexos entre sí y mezclados con otros de música.

    Pero

 Cuando la comedia o alguno de los que representaban no era del gusto de los de las cazuelas, se les silbaba de lo lindo, sin compasión; los hombres echaban sus estridentes chiflidos a lo arriero, con los dedos metidos en la boca, y las mujeres con llaves y silbatos que para el caso llevaban prevenidos. En otras ocasiones demostraban airadamente su descontento arrojando al tablado frutas y hortalizas. En cambio, si la comedia o los farsantes eran de su agrado, no cabían de contento.

    (…)

    La temporada teatral daba siempre principio en el alegre domingo de Pascua de Resurrección y terminaba el año siguiente, en el miércoles de Ceniza, en que ya todo se enluta para conmemorar la muerte de Nuestro Señor. Únicamente los sábados no había representación, pero en el resto de la semana no faltaba un solo día y siempre llenaba el Coliseo una nutrida concurrencia que ponía suma atención a las palabras que iban diciendo los actores.

    Pero, hete aquí que llegamos a la sustancia de nuestro interés:

    Hubo asentista o empresario, que no venía siendo en aquella época sino la misma cosa con distinto nombre, que para llevar más público del que de ordinario acudía a la comedia, dio una corrida de toros en el intermedio del primer acto y el segundo, de la pieza que se puso en escena y se llamaba El Mariscal Briones, en el patio de lunetas, que se convirtió para eso en un apropiado coso al que no le faltaba circunstancia. Duró más la alegre corrida llena de mucha bullanga, que la dicha comedia. Como el público puso en esto sus delicias y su mayor entretenimiento, el agudo empresario le dio gusto, ya que lo pagaba, y otro día se volvieron a correr reses bravas con gran contento de la gente que reía y gritaba de puro placer durante la lidia, llena de mil graciosos incidentes. Se dio a poco otra corrida con dos gallardos cornúpetas, en la que apareció una diestrísima torera que cara a cara mató a uno de los bravos bichos con un largo garrochón, por lo que salió de la fiesta con mil parabienes y antes había recogido en el ruedo mucha gala en premio de sus ardientes valentías.[2] 

27 de agosto de 2012.


 

[1] José Francisco Coello Ugalde: De mi libro –inédito- “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. México, 598 p. Ils., fots., grabs., facs. Pertenece a la colección: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS Nº 62.

[2] Artemio de Valle-Arizpe: Calle vieja y calle nueva. 2a. ed. México, Editorial Diana, 1980. 583 p. Ils., fots., retrs. maps., p. 397-8; 400, 401 y 404.

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